9 de enero: cada hijo, un regalo

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El 9 de enero se celebra el 105 aniversario del nacimiento de San Josemaría. El mismo día, en Lleida (España), Marc cumple tres años. Es el hijo mayor de Anna Oromí y Juan Antonio Sancho. El pequeño Marc y su hermano Álex, con síndrome de Down, son dos niños que san Josemaría, desde el Cielo, conoce bien…

Un 9 de enero, hace 3 años, en el aniversario del nacimiento de san Josemaría, tuviste tu primer hijo…

Opus Dei - La familia Sancho-Oromí, con Álex y Marc.

La familia Sancho-Oromí, con Álex y Marc.

Bueno, antes de nacer Marc, ya había tenido un primer embarazo que desgraciadamente no llegó a término. A raíz de aquel aborto natural, toda la familia encomendó mucho a San Josemaría la llegada de un nuevo bebé.

Tenemos devoción a este sacerdote santo, y yo tenía la ilusión de crear un hogar luminoso y alegre, como él decía. Así que gracias a Dios, Marc llegó, justamente, un 9 de enero.

No fue el único regalo que habéis tenido tu marido y tú.

Efectivamente, después de Marc ha llegado Álex: y él es un verdadero regalo. A comienzos de este tercer embarazo, los médicos nos dijeron que había muchas posibilidades de que el niño naciera con síndrome de Down y problemas de corazón.

¿Cómo reaccionasteis?

En aquel momento no esperábamos una noticía así. ¿Qué hacer? Mi marido y yo rezamos mucho. Cada uno habló con Dios de lo que, al principio, nos parecía una contrariedad. Pero ante Él las cosas se ven claras.

Aunque en ningún momento nos planteamos no tener a Àlex, yo rezaba y rezaba para que fuese lo que Dios quisiera, y para que me ayudase a ser generosa. Al mismo tiempo, pedía ayuda para saber tomar la decisión correcta ante cada nuevo paso que sugiriesen los médicos: lo más importante era que Álex naciera.

¿Por qué rezar ante una situación así? ¿no es más lógico rebelarse?

La oración me ha ayudado a vivir con más serenidad el día a día, a no angustiarse por problemas de futuro y a hacer lo que haya que hacer en en cada momento. Esto lo aprendí del fundador del Opus Dei: ante una situación difícil, hay que acudir a Dios, preguntarle cómo actuar.

Opus Dei - La familia rezó a san Josemaría y don Álvaro por los dos niños.

La familia rezó a san Josemaría y don Álvaro por los dos niños.

También recé particularmente a don Álvaro del Portillo, el primer sucesor de San Josemaría, a quien tengo una especial devoción. Así que les he pedido en mi oración que me ayuden y han estado en todo momento cerca de mí. Igual que mi marido, claro está, que me ha ayudado con su entereza para afrontar estas circunstancias.

Así que Álex nació el pasado 5 de septiembre, y desde ese día no dejo de dar gracias a Dios.

¿Todos han comprendido vuestra decisión?

Desgraciadamente, no es una decisión muy corriente en los últimos años. Lo fácil es abortar, y te lo ponen fácil, y así evitar el problema. Por nuestra parte, cuando dijimos a mi ginecóloga que seguiríamos adelante con el embarazo, ella se alegró porque sabía que este niño llegaba a una casa donde lo acogerían con cariño.

Últimamente parece que la frase del “millón” –que tanta gente nos repite- es: ‘Qué valientes sois por tener un niño con síndrome de down’. Pero no es cuestión de valentía: la dignidad de cada niño está por encima de sus características.

¡No puedes escoger un “hijo a la carta”! Simplemente, lo recibes y lo quieres tal y como es. Un hijo siempre es un don, venga como venga. Mi marido dice que Álex tendrá sus amigos que lo querrán por él mismo, y yo opino igual.

Y eso de que es un don, no sólo lo pienso yo. La chica que me ayuda con el trabajo de la casa le comentó a su marido que yo tengo un libro que se titula “Hablar con Dios” (lo leo cuando hago oración). Él le respondió: “Por eso tienen este hijo, porque es algo enviado por Dios”.

No lo aceptas, por tanto con resignación.

Opus Dei - (Foto de carlosluis, bajo creative commons).

(Foto de carlosluis, bajo creative commons).

¡No! Sinceramente creo que la vida es una cosa muy grande. No actúo así sólo porque tenga unas creencias religiosas, como me dicen algunos. La fe ayuda, es fundamental, pero el amor a la vida es algo universal, que todos deberíamos compartir.

Tengo mucha suerte y quiero vivir intensamente esta oportunidad. Puedo aprender mucho de Álex. La realidad es que los niños con síndrome de down son seres especiales, llenos de luz. Él tiene una sonrisa especial.

Imagino que es una oportunidad para hablar con mucha gente.

Sigo un consejo que me dio una persona vinculada a una asociación de niños con síndrome de down, que me dijo: “La gente no sabe cómo reaccionar cuando ve que tienes un niño así. Así que lo mejor es adelantarte tú”.

Y esto es lo que hago cuando me encuentro a alguien que todavía no lo sabe: le presento a Àlex y le digo que tiene síndrome de down y que ya lo sabíamos antes de que naciera. Esto me permite hablar con muchas personas y abrirles una puerta para poder reflexionar sobre algo tan importante como el derecho de todos a la vida. He entrado en contacto con asociaciones de síndrome de down, y he descubierto gente maravillosa que me emociona por su entrega y alegría.

Tengo en el comedor de casa un libro muy bonito de una de estas asociaciones, lleno de testimonios. En uno de ellos hay una carta, en la que un niño con síndrome de down da las gracias a sus padres sólo por el hecho de haberlo tenido, y les garantiza que esto no es un cástigo y que él les corresponderá con mucho amor. Me emociona mucho leer esas letras.

Perfectus Deus, perfectus homo

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Reflexiones sobre la ejemplaridad del misterio de la Encarnación del Verbo en las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá

La reflexión sobre el misterio del Verbo Encarnado, «mediador y plenitud de toda revelación» nota(’25′,’8.0′,’1′,’1′) 1, representa el más importante lugar de comprensión de la historia de la salvación y del plano divino sobre la creación. Se trata de un misterio inagotable, «en el cual se hallan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia escondidos» nota(’25′,’8.0′,’1′,’2′) 2, capaz de capturar constantemente el estudio y la contemplación de los teólogos y de los santos. Precisamente éstos últimos, con la diversidad, pero también con la profunda consonancia con la cual han propuesto a lo largo de los siglos las modalidades de la sequela Christi, nos han ofrecido un ejemplo de cuántas luces, también para la reflexión teológica, derivan de la veneración sincera y afectiva al Hijo de Dios hecho hombre. El conocimiento de la Palabra revelada progresa de hecho no sólo mediante el estudio sino también «cuando comprenden internamente los misterios que viven» nota(’25′,’8.0′,’1′,’3′) 3. De Francisco de Asís a Catalina de Siena, de Ignacio de Loyola a Teresa de Ávila, de Tomás Moro a Alfonso de Ligorio, las páginas que los santos han dedicado a la meditación del misterio de Cristo han sido siempre tesoro de inestimable valor para la comprensión de la fe.

En cuanto a lo que se refiere a las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá, leemos en el Decreto Pontificio sobre la heroicidad de sus virtudes: «Gracias a una viva contemplación del misterio del Verbo Encarnado, el Siervo de Dios comprendió con hondura que el entramado de las realidades humanas se compenetra íntimamente, en el corazón del hombre renacido en Cristo, con la economía de la vida sobrenatural, convirtiéndose así en lugar y medio de santificación» nota(’25′,’8.0′,’1′,’4′) 4. En las obras del Fundador del Opus Dei hay huellas evidentes de cómo la consideración de la perfección divino-humana del Verbo Encarnado le condujo con sorprendente naturalidad a comprender y predicar de modo atrayente y profundo el núcleo esencial de la condición y de la vida cristiana. Su enseñanza ha sido una continua invitación a mirar a Jesucristo, para reconocer en Él al verdadero Dios y al verdadero hombre, y a través de la contemplación de su humanidad santísima, poder acceder al misterio de su divinidad nota(’25′,’8.0′,’1′,’5′) 5. Tal itinerario, así como nos viene mostrado en sus escritos, tiene origen en primer lugar en su oración personal. Esto se podría mostrar fácilmente, casi a modo de resumen, recordando la tierna devoción que, ya en los primeros años de trabajo sacerdotal, manifestó hacia una imagen del Niño Jesús propiedad de la comunidad de religiosas agustinas de las cuales él era el capellán: una imagen que le gustaba llevarse a casa, casi movido de la imperiosa necesidad de una presencia sensible que le ayudara en su oración nota(’25′,’8.0′,’1′,’6′) 6.

En las enseñanzas del Beato Josemaría se encuentra con frecuencia la descripción de numerosas implicaciones ascéticas y doctrinales que derivan precisamente de la condición divino-humana de Cristo. En este trabajo nos proponemos explorar algunos de los principales contenidos teológicos asociados a tales implicaciones, limitándonos a los escritos publicados hasta ahora. Dada la amplitud de la temática —de hecho, las consecuencias de la Encarnación implican, directa o indirectamente, todos los aspectos de la fe cristiana— estas observaciones nuestras pueden tener sólo un valor indicativo y limitado. Esas se limitan además, como sugiere el título de nuestro estudio, a ofrecer una lectura del misterio de la Encarnación en clave esencialmente noética y hermenéutica, sin poder desarrollar las correspondientes reflexiones sobre su centralidad salvífica. Esta distinción, útil para el análisis teológico, no sería pertinente buscarla en la experiencia espiritual del Beato Josemaría, ya que la comprensión del valor salvífico del misterio de Jesucristo, la adhesión a su Persona y sus implicaciones para la vida cristiana —análogamente a cuanto sucede de hecho en la vida de cualquier creyente y de los santos en modo particular— preceden a cualquier reflexión objetiva sobre el contenido o el alcance cognoscitivo del misterio mismo.

Como pista principal para nuestra investigación utilizaremos las numerosas referencias a la expresión perfectus Deus, perfectus homo —a veces implícita— presentes en los escritos del Beato, para dirigirnos después a otros textos donde el Autor se detiene a comentar en modo intencional las facetas doctrinales o pastorales relacionadas con el misterio del Verbo Encarnado. Intentaremos finalmente organizar esos textos alrededor de los correspondientes contextos temáticos que resultan interesados. El tema que nos ocupa no es nuevo, pues ha sido afrontado en estudios precedentes, los cuales, bajo diversos enfoques, han puesto ya en evidencia otros aspectos importantes del cristocentrismo del Beato Josemaría nota(’25′,’8.0′,’1′,’7′) 7.

1. El misterio del Verbo encarnado en la economía de la Revelación

Con el fin de introducir la cuestión, puede ser útil reepilogar brevemente cuáles son las principales coordenadas bíblicas y teológicas que permiten una lectura del misterio de la Encarnación como especificidad del cristianismo y principio hermenéutico de la relación entre Dios y el hombre.

En primer lugar el epistolario paulino nos presenta el plano salvífico divino como un misterio que pertenece al Padre, ocultado durante siglos, pero ahora revelado en el Hijo nota(’25′,’8.0′,’1′,’8′) 8. Este misterio es Cristo mismo en sus naturalezas humana y divina nota(’25′,’8.0′,’1′,’9′) 9, condición de una mediación gracias a la cual se ha cumplido la redención, en sus dimensiones tanto de repacificación de Dios con la humanidad, como de recapitulación-reordenación de la creación con su Creador. La Encarnación del Verbo se presenta así como un evento sumamente revelador, no sólo, evidentemente, por la forma con que la Palabra de Dios viene entregada a la humanidad —palabra divina encarnada, expresada por las palabras y los gestos humanos del Verbo—, sino también por su capacidad de reasumir el entero contenido: todo lo que la Trinidad divina quiere revelar/donar a los hombres está recogido y cumplido en el don del Hijo eterno del Padre, hecho hombre por obra del Espíritu Santo. Mirando a Cristo se puede leer toda palabra que Dios dirige al hombre y, a causa de su mediación humana, las modalidades de la palabra con las que el hombre debe responder a Dios.

En segundo lugar, el hecho de que la plenitud de la revelación y de la donación de Dios al mundo —como nos recuerda el prólogo de Juan— se cumplan en la Persona del Verbo hecho hombre, caracteriza de modo determinante las relaciones entre Dios y el mundo, entre Dios y cada persona humana. En el misterio de Cristo se cumplen la obra de la creación y la de la redención. Él, al presentarse como la razón y el modelo de nuestra predestinación a la filiación divina y de nuestra participación a la vida trinitaria nota(’25′,’8.0′,’1′,’10′) 10, se nos propone, ya en la economía presente, como el lugar de nuestra trascendencia nota(’25′,’8.0′,’1′,’11′) 11. Dicho en otras palabras, la relación entre lo humano y lo divino es esencialmente «cristiana». Este adjetivo tiene en sí la capacidad de originar y de iluminar de modo coherente todo un panorama teológico rico de facetas en el plano histórico, existencial e incluso cultural. En la relación entre lo humano y lo divino hay de hecho, implícitamente contenidos, muchos temas. Esto es representativo de la relación que intercorre entre naturaleza y gracia, entre inmanencia y trascendencia, entre historia y eternidad, entre signo y sacramento, entre razón y fe, entre el trabajo y la oración, entre la ciudad de los hombres y la ciudad de Dios. De nuestra comprensión de qué es la Encarnación no depende sólo la comprensión de la relación entre naturaleza y gracia, sino que allí se juega también nuestra comprensión del mundo y del hombre, y se decide nuestra concepción de Dios.

En tercer lugar, la centralidad del misterio de Cristo en el plan de la creación, no sólo en el de la redención, pone la Encarnación del Verbo en condiciones de revelar de manera privilegiada el proyecto de Dios sobre la creación misma nota(’25′,’8.0′,’1′,’12′) 12. En Él subsisten tanto las razones de la primera creación como las de la nueva creación. Más aún, precisamente porque de la creación Él constituye el sentido último y la razón de su ordenabilidad al Padre en el Espíritu, la condición divino-humana del Verbo Encarnado revela la capacidad que las realidades humanas y terrenas tienen de poder conducir a Dios y, por tanto, su implícito valor salvífico, cuando son leídas, pero sobre todo vividas, a la luz del evento terreno de Cristo, de manera particular a la luz de su misterio pascual nota(’25′,’8.0′,’1′,’13′) 13. En definitiva, el mundo creado pertenece al misterio del Verbo encarnado y puede ser plenamente comprendido, custodiado y conducido a su fin sólo en unión con Cristo, o sea, participando en su misterio y reproduciendo en nosotros su lógica salvífica.

2. El origen y el significado de la expresión perfectus Deus, perfectus homo

En los escritos del Fundador del Opus Dei publicados hasta la fecha, la referencia directa a la perfecta humanidad y a la perfecta divinidad de Jesucristo, mediante la conocida fórmula del Símbolo pseudoatanasiano Quicumque en su forma latina «perfectus Deus, perfectus homo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’14′) 14 o en su equivalente en lengua castellana, aparece de modo explícito 18 veces nota(’25′,’8.0′,’1′,’15′) 15. Si incluimos en el análisis de frecuencias la expresión equivalente «verdadero Dios y verdadero hombre» y las referencias directas a la «perfecta humanidad de Verbo encarnado», el número total de referencias asciende a 44 nota(’25′,’8.0′,’1′,’16′) 16. Podemos por tanto afirmar que, junto a la expresión «alter Christus, ipse Christus» referida a la condición del cristiano, estamos ante una de las fórmulas conceptuales más frecuentes en la predicación del Beato Josemaría nota(’25′,’8.0′,’1′,’17′) 17.

Pero, ¿cuál fue el origen de esta expresión en el magisterio de la Iglesia antigua y cuáles sus finalidades dogmáticas? Si hacemos abstracción por un momento del Símbolo Quicumque, surgido entre el fin del siglo V y el inicio del VI con objetivos catequéticos y litúrgicos, y en el cual el enunciado «perfectus Deus, perfectus homo» viene recogido junto a las principales afirmaciones trinitarias y cristológicas elaboradas anteriormente nota(’25′,’8.0′,’1′,’18′) 18, una primera cita de una expresión de este género la encontramos en el año 374, en una carta del Papa Dámaso I. Estigmatizando contra los arrianos y los apolinaristas, él objetará el error de los primeros que del Hijo «dicen imperfecta la divinidad», y el de los segundos que de Jesucristo «afirman falsamente una humanidad imperfecta» nota(’25′,’8.0′,’1′,’19′) 19.

Pero la formulación pseudoatanasiana aparece de modo explícito por vez primera en lengua griega, en el año 433, en el llamado Decreto de Unión. En él leemos: «Confesamos, consiguientemente, a nuestro Señor Jesucristo Hijo de Dios unigénito, Dios perfecto y hombre perfecto (theòn theleion kai ánthropon teleion) [compuesto] de alma racional y cuerpo, antes de los siglos engendrado del Padre según la divinidad, y el mismo en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, nacido de María Virgen según la humanidad, el mismo consubstancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y consubstancial con nosotros según la humanidad» nota(’25′,’8.0′,’1′,’20′) 20. Hecho redactar por Sixto III, tal Decreto sancionaba la reunificación de los Obispos de la Iglesia de Antioquía con la confesión de fe ortodoxa, como natural consecuencia de la solución de la crisis nestoriana resuelta por el Concilio de Éfeso en el 431. La doctrina de este Concilio había definido dos años antes la presencia de ambas naturalezas, la divina y la humana, en el Hijo de Dios hecho hombre, explicando como su unión se daba en la hipóstasis, es decir en el sujeto del Verbo.

Como se sabe, las aclaraciones del magisterio de la Iglesia acerca de la «perfecta humanidad del Verbo encarnado» debieron prolongarse todavía durante más de dos siglos, desde el Concilio de Calcedonia (año 451) hasta el Concilio III de Costantinopla (año 681), por motivo de las frecuentes discusiones de parte de posiciones heréticas o, de cualquier forma, no plenamente ortodoxas nota(’25′,’8.0′,’1′,’21′) 21. Así, en una carta dirigida al obispo Flaviano de Constantinopla, el Papa León Magno puntualizará, contra Eutiques, que «en naturaleza, pues, íntegra y perfecta de verdadero hombre, nació Dios verdadero, entero en lo suyo, entero en lo nuestro (totus in suis, totus in nostris )» nota(’25′,’8.0′,’1′,’22′) 22. Pocos años después, el Concilio de Calcedonia, habiéndose finalmente establecido el término «persona», pudo fijar el vocabulario cristológico mediante la fórmula «una persona, dos naturalezas», precisando cómo estas últimas subsistían inconfuse, immutabiliter, indivise, inseparabiliter nota(’25′,’8.0′,’1′,’23′) 23. Será finalmente el Concilio III de Constantinopla el que defienda otra vez la perfecta humanidad de Cristo frente al error monotelita, respondiendo que en Cristo Jesús subsistía una verdadera voluntad humana, y que la asunción de la humanidad por parte del Verbo no disminuía ni —menos aún— anulaba tal voluntad, sino que incluso le daba autonomía, consistencia y fundamento: «Como, en efecto, su carne toda santa, inmaculada y animada, si bien deificada, no fue suprimida, sino que quedó en su propio estado y en su propio modo de ser, así su voluntad humana, aunque deificada, no fue anulada sino más bien salvada» nota(’25′,’8.0′,’1′,’24′) 24.

Es la segunda Persona de la Santísima Trinidad quien, después de la Encarnación y «durante toda la economía de su vida encarnada, obró prodigios y sufrió dolores no aparentemente, sino realmente» nota(’25′,’8.0′,’1′,’25′) 25.

No es difícil comprender el alcance y las consecuencias de esta profesión de fe ortodoxa nota(’25′,’8.0′,’1′,’26′) 26. La Iglesia naciente, así como el magisterio de los grandes Concilios de la antigüedad, sólidamente fundados sobre el mensaje evangélico, eran plenamente conscientes de que solamente la confesión de las dos perfectas naturalezas del Verbo encarnado, la divina y la humana, aseguraba a la redención todo su valor y realismo. Si Cristo no hubiera sido verdadero Dios, habría quedado desprovista de valor la eficacia universal y salvífica del sacrificio vicario; si no hubiera sido verdadero hombre, no habría sido comprendida la grandeza del amor de Dios por la humanidad, es decir la veracidad que era mostrada en aquel sacrificio, ni se habría instaurado una verdadera solidaridad con la naturaleza humana caída, prejuzgando el valor salvífico de la humanidad del Verbo como instrumento de la gracia divina nota(’25′,’8.0′,’1′,’27′) 27. El cumplimiento de la mediación, así como el auténtico significado de la alianza salvífica, requerían tanto la plenitud de la humanidad como de la divinidad: el Unigénito del Padre debía ser también el primogénito de los hombres nota(’25′,’8.0′,’1′,’28′) 28. Por otro lado, a la verdadera humanidad del Verbo encarnado estaba ligada su capacidad para ser verdadero modelo para todo ser humano, alguien de quien se puede de verdad tomar ejemplo nota(’25′,’8.0′,’1′,’29′) 29.

La confesión del auténtico dogma cristológico es por lo tanto una condición necesaria e irrenunciable para que la misión de la Iglesia pueda comprenderse como la prolongación de la misión de Cristo y proponer así a todos los hombres la universalidad de Su mediación salvífica. En la confesión de una lex incarnationis, por la que es asumida por el verdadero Verbo divino una verdadera y perfecta humanidad, se contiene, en cierto modo, el fundamento mismo de la llamada universal a la santidad y de la ordenación a Dios de todas las realidades terrenas: Dios, haciéndose hombre en Cristo, «se ha unido en cierto modo a todo hombre» nota(’25′,’8.0′,’1′,’30′) 30. Ningún hombre puede sentirse extraño a Cristo, ningún suceso humano puede ser extraño a los eventos de Su historia terrena. Todo hombre está llamado a participar de la recapitulación con que el Hijo reconduce al Padre en el Espíritu la creación que Él mismo ha redimido tanto en virtud de su sujeto divino, cuanto en virtud de su verdadera humanidad. De aquí la particular sensibilidad de toda la Tradición cristiana —de la cual la experiencia y la enseñanza de los santos son intérpretes vivos— en reconocer en el perfectus Deus, perfectus homo una afirmación esencial para la proclamación y la eficacia de la universalidad de la misión salvífica de la Iglesia.

En el caso del Fundador del Opus Dei creemos poder afirmar que las consideraciones precedentes asumen un valor del todo particular. Recordar a toda persona la llamada universal a la santidad, la santificación y la santificabilidad de las realidades terrenas por medio de un trabajo llevado a cabo en unión con Cristo, de modo especial el trabajo ordinario que sigue el ejemplo de los treinta años de vida oculta de Jesús, constituyen el núcleo del mensaje del que se hizo portador en nuestros tiempos el Beato Josemaría nota(’25′,’8.0′,’1′,’31′) 31. Precisamente en esto consiste también la peculiar misión pastoral confiada al Opus Dei por la Iglesia, así como viene formulada en el momento de erigirla como Prelatura personal nota(’25′,’8.0′,’1′,’32′) 32. «Con sobrenatural intuición —afirmaba Juan Pablo II en la homilía de la Misa de la beatificación— el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por tanto, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando es vivido en unión con Cristo, porque el Hijo de Dios, encarnándose, en cierto modo se ha unido a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la cual el deseo desenfrenado por la posesión de las cosas materiales las transforma en ídolos y en motivo de alejamiento de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente por la gloria del Creador y por el servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’33′) 33. De hecho, la llamada a la imitación de la verdadera humanidad de Cristo y la exhortación a divinizar el trabajo ordinario mediante una vida plena y sinceramente filial, teniendo por fin la identificación con Cristo, acompañarán cada paso de la predicación del Beato Josemaría.

3. La Encarnación del Verbo, ley de condescendencia y fundamento de la santificabilidad de la vida ordinaria

En un primer grupo de textos del Fundador del Opus Dei que contienen la fórmula pseudoatanasiana (u otra equivalente a ella), la perfecta humanidad de Jesús, verdadero Dios pero también verdadero hombre, viene propuesta como modelo para la vida de todo cristiano. El contexto más frecuente es el de la catequesis moral sobre las virtudes, de la que hablaremos en la próxima sección, en modo particular aquellas relacionadas con el ejercicio del trabajo. Un segundo contexto, igualmente representativo, es aquél en el que la contemplación pausada de Cristo verdadero hombre «mueve» al cristiano a ponerse en relación con Dios, suscitando sentimientos de agradecimiento, pero también de contrición y deseo de correspondencia, porque la humanidad perfecta del Verbo «revela» la magnitud del amor de Dios por cada uno de nosotros.

Precisamente en este último contexto, la condición divino-humana del Hijo de Dios viene presentada como una ley de condescendencia, un misterio en el que «hay algo que debería remover a los cristianos» nota(’25′,’8.0′,’1′,’34′) 34, algo que hace a los hombres más fácil la imitación de Cristo y el acceso al amor del Padre: «Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, para hacer llegar a los hombres su doctrina de salvación y manifestarles el amor de Dios, procedió de modo humano y divino. Dios condesciende con el hombre, toma nuestra naturaleza sin reservas, con excepción del pecado. Me produce una honda alegría considerar que Cristo ha querido ser plenamente hombre, con carne como la nuestra. Me emociona contemplar la maravilla de un Dios que ama con corazón de hombre» nota(’25′,’8.0′,’1′,’35′) 35. Desde la humanidad de Cristo a la Persona del Verbo: se traza así un recorrido ideal, capaz de revelar la divinidad a través de la contemplación del amor condescendiente manifestado en la asunción de una perfecta humanidad: «Cada uno de estos gestos humanos es gesto de Dios. Cristo es Dios hecho hombre, hombre perfecto, hombre entero. Y, en lo humano, nos da a conocer la divinidad. (…) Estamos descubriendo a Dios. Toda obra de Cristo tiene un valor trascendente: nos da a conocer el modo de ser de Dios, nos invita a creer en el amor de Dios, que nos ha creado y quiere conducirnos a su intimidad» nota(’25′,’8.0′,’1′,’36′) 36.

Como es lógico, esta ley de condescendencia y de revelación toca el vértice de su llamada en la Pasión redentora: «¡Gracias, Jesús mío!, —leemos en Surco— porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo…» nota(’25′,’8.0′,’1′,’37′) 37. Y en el comentario al Via Crucis: «Nuestros pecados han sido la causa de la Pasión: de aquella tortura que deformaba el semblante amabilísimo de Jesús, perfectus Deus, perfectus homo. Y son también nuestras miserias las que ahora nos impiden contemplar al Señor, y nos presentan opaca y contrahecha su figura» nota(’25′,’8.0′,’1′,’38′) 38.

El Beato Josemaría menciona en sus obras una costumbre muchas veces seguida en sus primeros años de sacerdocio, la de difundir el Evangelio y los libros sobre la Pasión del Señor; práctica que asociará una vez más al deseo de mover a otros a contemplar la perfección del amor divino-humano del Dios hecho hombre: «Para acercarnos a Dios hemos de emprender el camino justo, que es la Humanidad Santísima de Cristo. Por eso, aconsejo siempre la lectura de libros que narran la Pasión del Señor. Esos escritos, llenos de sincera piedad, nos traen a la mente al Hijo de Dios, Hombre como nosotros y Dios verdadero, que ama y que sufre en su carne por la Redención del mundo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’39′) 39. Siempre en el contexto de la Pasión, la perfecta humanidad de Cristo será presentada como el motor del deseo, plenamente humano, de querer quedarse para siempre con sus discípulos, a pesar de la inminente separación; deseo que la perfecta divinidad de Jesús hará posible en el don de la Eucaristía nota(’25′,’8.0′,’1′,’40′) 40.

La humanidad del Verbo, reveladora del amor del Hijo al Padre y del amor del Padre a todos los hombres en el Hijo, mueve al cristiano a tomar ejemplo de toda la vida de Jesús. De la consideración del episodio de sus tentaciones, nace un estímulo para saber luchar mejor contra nuestros límites y nuestras pasiones nota(’25′,’8.0′,’1′,’41′) 41; de la admiración de su accesibilidad, manifestada por un hambre, por una sed o por un cansancio en todo iguales a los nuestros, nace un empuje a hablar con el Señor, a establecer una relación personal con Dios en Cristo. «[El Evangelio] nos relata que Jesús, “volviendo a la ciudad, tuvo hambre, y descubriendo una higuera junto al camino se acercó allí” (Mt. 21,18-19). ¡Qué alegría, Señor, verte con hambre, verte también junto al Pozo de Sicar, sediento! (Jn. 4,7). Te contemplo perfectus Deus, perfectus homo, verdadero Dios, pero verdadero Hombre: con carne como la mía. “Se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo” (Fil. 2,7), para que yo no dudase nunca de que me entiende, de que me ama. “Tuvo hambre”. Cuando nos cansemos —en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica—, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor, cómo te haces querer!» nota(’25′,’8.0′,’1′,’42′) 42. Con palabras análogas, volverá en otra homilía sobre el mismo tema: «Tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas padece hambre! ¡Señor, te agradezco que —por inspiración divina— el escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la contemplación de tu Humanidad Santísima! Perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como yo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’43′) 43.

La centralidad que la santificación del trabajo y de los deberes del propio estado ocupa en la predicación del Fundador del Opus Dei, le llevará a proponer insistentemente el valor redentor de la vida ordinaria de Jesús de Nazaret, cuyo fundamento teológico sitúa una vez más en la doble naturaleza, divina y humana del Hijo de Dios: «Si os fijáis, entre las muchas alabanzas que dijeron de Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas…”Bene omnia fecit” (Mc. 7,37), todo lo ha hecho admirablemente bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es perfectus Deus, perfectus homo, perfecto Dios y hombre perfecto. Toda la vida del Señor me enamora. Tengo, además, una debilidad particular por sus treinta años de existencia oculta en Belén, en Egipto y en Nazaret. Ese tiempo —largo—, del que apenas se habla en el Evangelio, aparece desprovisto de significado propio a los ojos de quien lo considera con superficialidad. Y, sin embargo, siempre he sostenido que ese silencio sobre la biografía del Maestro es bien elocuente, y encierra lecciones de maravilla para los cristianos. Fueron años intensos de trabajo y de oración, en los que Jesucristo llevó una vida corriente —como la nuestra, si queremos—, divina y humana a la vez» nota(’25′,’8.0′,’1′,’44′) 44. Encontramos constantemente expresiones análogas, en las cuales se ilumina el valor redentor del trabajo ordinario —en especial, el escondido y hecho de cosas aparentemente poco importantes— cuando se lleva a cabo en unión con Cristo. Un buen número de ellas nacen precisamente de una referencia al misterio de la Encarnación o a la condición divino-humana de Jesús de Nazaret. Consideraciones a menudo propuestas con tonos llenos de emotividad, como de alguien que quiere desvelar un descubrimiento que ha caracterizado profundamente toda su vida: «Al comportarnos con normalidad —como nuestros iguales— y con sentido sobrenatural, no hacemos más que seguir el ejemplo de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Fijaos en que toda su vida está llena de naturalidad. Pasa seis lustros oculto, sin llamar la atención, como un trabajador más, y le conocen en su aldea como el hijo del carpintero (…) No había en Jesús ningún indicio extravagante. A mí, me emociona esta norma de conducta de nuestro Maestro, que pasa como uno más entre los hombres» nota(’25′,’8.0′,’1′,’45′) 45.

4. La Encarnación en el horizonte de la relación entre naturaleza y gracia: nadie puede superar al cristiano en humanidad

Como se ha indicado antes, una significativa serie de referencias a la fórmula pseudoatanasiana aparece en el contexto de la enseñanza sobre las virtudes. Dentro de este tema, como otros autores han puesto ya de relieve, se contienen algunos aspectos importantes con respecto a una visión de la relación entre naturaleza y gracia precisamente a partir del misterio de la Encarnación nota(’25′,’8.0′,’1′,’46′) 46.

En la homilía Las virtudes humanas, pronunciada en 1941 y recogida en Amigos de Dios, las alusiones a la fórmula pseudoatanasiana son al menos siete y los oyentes son explícitamente invitados, antes que cualquier otra cosa, a profundizar en el misterio del Verbo encarnado nota(’25′,’8.0′,’1′,’47′) 47. Su doble naturaleza es presentada como el paradigma de la armonía que debe existir entre virtudes humanas y sobrenaturales, entre naturaleza y gracia: «Cristo es Perfectus Deus, perfectus homo: Dios, segunda Persona de la Trinidad Beatísima, y hombre perfecto. Trae la salvación, y no la destrucción de la naturaleza» nota(’25′,’8.0′,’1′,’48′) 48. La misma idea será recogida en un punto de Surco: «Iesus Christus, perfectus Deus, perfectus homo… Muchos son los cristianos que siguen a Cristo, pasmados ante su divinidad, pero lo olvidan como hombre…, y fracasan en el ejercicio de las virtudes sobrenaturales —a pesar de todo el armatoste externo de piedad—, porque no hacen nada por adquirir las virtudes humanas» nota(’25′,’8.0′,’1′,’49′) 49.

La relación entre naturaleza y gracia nos parece que debe ser leída en dos líneas, una ascendente y otra descendente. Según la primera, el recto ejercicio de las virtudes humanas constituye el fundamento de las virtudes cristianas (utilizamos el adjetivo cristiano a posta, en lugar de sobrenatural, a causa de su mayor carga noético-positiva). De ello, es un ejemplo explícito el siguiente texto: «En este mundo, muchos no tratan a Dios; son criaturas que quizá no han tenido ocasión de escuchar la palabra divina o que la han olvidado. Pero sus disposiciones son humanamente sinceras, leales, compasivas, honradas. Y yo me atrevo a afirmar que quien reúne esas condiciones está a punto de ser generoso con Dios, porque las virtudes humanas componen el fundamento de las sobrenaturales. Es verdad que no basta esa capacidad personal: nadie se salva sin la gracia de Cristo. Pero si el individuo conserva y cultiva un principio de rectitud, Dios le allanará el camino: y podrá ser santo porque ha sabido vivir como hombre de bien» nota(’25′,’8.0′,’1′,’50′) 50.

En un sujeto que «conserva y cultiva un principio de rectitud», haciendo fructificar generosamente los talentos recibidos, la naturaleza se dispone a ser elevada por la gracia, empujada por aquella abnegación y por aquella generosidad que cada ejercicio virtuoso sincero y auténtico lleva consigo. Se requiere el ejercicio de la libertad, la orientación a no vivir ya para sí mismos sino por los demás; se requiere la capacidad de reconocer los valores buenos y nobles contenidos en tales realidades de la tierra. Sin esta base, el cristianismo quedaría desencarnado, puro espiritualismo incapaz de integrarse en una verdadera unidad de vida, inadecuado no sólo para afrontar los desafíos de la historia, sino también para asumir las tareas propias de la misión de la Iglesia en el mundo.

En su lectura descendente, la relación entre gracia y naturaleza a partir del principio de Encarnación nos dice que todo lo que Cristo propone al hombre es, precisamente por eso, una auténtica promoción de todo aquello que es profundamente humano. En todo creyente debe nacer entonces el deseo sincero de trabajar en las cosas del mundo sin complejos ni limitaciones, sin inhibiciones respecto a la propia fe, porque su ser cristiano es precisamente lo que puede hacer al mundo más humano: «El cristiano es uno más en la sociedad; pero de su corazón desbordará el gozo del que se propone cumplir, con la ayuda constante de la gracia, la Voluntad del Padre. Y no se siente víctima, ni capitidisminuido, ni coartado. Camina con la cabeza alta, porque es hombre y es hijo de Dios» nota(’25′,’8.0′,’1′,’51′) 51. El creyente es consciente de que conocer su condición de creado en Cristo, le ha desvelado definitivamente la verdad sobre la naturaleza humana nota(’25′,’8.0′,’1′,’52′) 52, así como, la condición creada —o sea, referida ontológicamente a Dios— del mundo y de la historia, le desvela también el sentido y la verdad de todas las cosas. Aquí yace, a nuestro parecer, el sentido más profundo de aquella «naturalidad» que todo cristiano, precisamente en cuanto cristiano, está llamado a vivir en medio de un mundo humano nota(’25′,’8.0′,’1′,’53′) 53.

La gracia y la luz recibidas de la Revelación no son para la naturaleza algo yuxtapuesto, ni mucho menos algo superfluo. Las virtudes cristianas desvelan a su fundamento, es decir, a las virtudes naturales, cuál es su origen y su fin — su tèlos—, en el sentido de pleno cumplimiento y significado. A imitación de Cristo, verdadero hombre, el cristiano es, por tanto, hombre completo. Sólo teniendo bien unidos estos dos polos y la armonía de estas dos vertientes, se puede dar razón de la verdad de la Encarnación: «Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Jn 1, 14)» nota(’25′,’8.0′,’1′,’54′) 54.

El tema de las virtudes humanas como fundamento de las cristianas, de la naturaleza como presupuesto de la gracia, merece algunas precisaciones. La insistencia del Fundador del Opus Dei en las virtudes humanas —son conocidos, por ejemplo, su amor a la lealtad y la sinceridad, que reconocía como auténticos valores presentes en muchos ambientes, también no cristianos, o su insistencia en la necesidad del estudio y de la competencia profesional— no debe ser leída en sentido naturalista. Sería una falsa interpretación, de carácter semipelagiano, pensar que una naturaleza más noble y más fuerte constituya un mejor presupuesto para la acción de la gracia, justificando erróneamente un cuidado de la naturaleza como si fuera un fin para sí mismo. En una perspectiva de ese género, el horizonte virtuoso sería fácilmente interpretado como una mera forma de equilibrio o de eficacia humana. Cuando, en cambio, la naturaleza se pone en camino hacia un cumplimiento que va más allá de sí misma, y las cualidades humanas hacia una perfección que supera el interés individual de quien las ejercita, las virtudes humanas reconocen implícitamente su tèlos, no ya en la naturaleza misma, sino en algo que las trasciende, abriéndose así a la acción gratuita de la gracia divina. Es sólo desde esta última que, mediante la Revelación y la fe, puede llegar la verdadera luz que da significado pleno a todo valor humano: «Nuestra fe —afirmará el Beato Josemaría en la misma homilía sobre las virtudes humanas— confiere todo su relieve a estas virtudes que ninguna persona debería dejar de cultivar. Nadie puede ganar al cristiano en humanidad. Por eso el que sigue a Cristo es capaz —no por mérito propio, sino por gracia del Señor— de comunicar a los que le rodean lo que a veces barruntan, pero no logran entender: que la verdadera felicidad, el auténtico servicio al prójimo pasa sólo por el Corazón de Nuestro Redentor, perfectus Deus, perfectus homo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’55′) 55.

La economía divino-humana inaugurada por el evento de la Encarnación, cuyo misterio estaba y está presente en el orden histórico-real del plano divino sobre la creación, hace que existan sólo dos modos de vivir sobre la tierra: o se vive una vida divina, o una vida animal, más o menos ilustrada: «No olvidemos jamás que para todos —para cada uno de nosotros, por tanto— sólo hay dos modos de estar en la tierra: se vive vida divina, luchando para agradar a Dios; o se vive vida animal, más o menos humanamente ilustrada, cuando se prescinde de Él. Nunca he concedido demasiado peso a los santones que alardean de no ser creyentes: los quiero muy de veras, como a todos los hombres, mis hermanos; admiro su buena voluntad, que en determinados aspectos puede mostrarse heroica, pero los compadezco, porque tienen la enorme desgracia de que les falta la luz y el calor de Dios, y la inefable alegría de la esperanza teologal. Un cristiano sincero, coherente con su fe, no actúa más que cara a Dios, con visión sobrenatural; trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’56′) 56.

5. Las consecuencias de la lex incarnationis: estar en el mundo sin ser del mundo, para reconducir a Dios el mundo a través del trabajo

La lógica que nos ha sido entregada por el evento de la Encarnación revela que el mundo es en sí bueno, ordenable a Dios. En consecuencia, el cristiano debe estar presente en el mundo y en todas las actividades humanas mediante su trabajo, para alcanzar el cumplimiento de este ordenamiento en unión con Cristo. En la historia humana, marcada por el pecado, tal ordenamiento asumirá necesariamente también un carácter de redención. Como el Verbo ha asumido sobre Sí una naturaleza idéntica a la nuestra, excepto en el pecado, así el cristiano, plenamente inmerso en las realidades del mundo, las asume sobre sí mismo y debe compartirlas enteramente, excepto el pecado mismo. Sin embargo, del pecado, él —como Cristo— asume las consecuencias, las recoge como una materia que hay que purificar y reconducir en el álveo del proyecto divino, según un encargo que puede con razón llamarse corredención con Cristo de esas mismas realidades nota(’25′,’8.0′,’1′,’57′) 57: «No me cansaré de repetir, por tanto, que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo, es la corredención» nota(’25′,’8.0′,’1′,’58′) 58. El enlace entre trabajo humano y Encarnación del Verbo no se refiere, por tanto, solamente al plano ejemplar. El cristiano no está llamado a trabajar sólo porque Cristo mismo, verdadero hombre, ha querido trabajar en esta tierra. Esta motivación, aun siendo correcta, resultaría insuficiente. El trabajo pertenece al misterio de Cristo porque, a través de él, el cristiano reproduce en sí la misma economía salvífica inaugurada por la Encarnación, la del Hijo enviado por el Padre al mundo en una verdadera humanidad, para ligarse así a una creación que Él redime y salva. Y esto es especialmente verdadero para aquellos cristianos que trabajan en el saeculum como tarea propia, es decir los fieles laicos. Estas implicaciones de la lex incarnationis vienen resumidas por el Fundador del Opus Dei con palabras análogas a las precedentes: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. (…) Hemos de amar el mundo, el trabajo, las realidades humanas. Porque el mundo es bueno; fue el pecado de Adán el que rompió la divina armonía de lo creado, pero Dios Padre ha enviado a su Hijo unigénito para que restableciera esa paz. Para que nosotros, hechos hijos de adopción, pudiéramos liberar a la creación del desorden, reconciliar todas las cosas con Dios» nota(’25′,’8.0′,’1′,’59′) 59.

A causa de aquella conciencia que deriva de la dimensión descendente de la relación entre gracia y naturaleza, entre lo que es cristiano y lo que es humano, no hay ámbitos de la vida cultural o social en los cuales los creyentes no puedan proponer, con la cabeza bien alta, las consecuencias y luces provenientes de su fe: «Sería lamentable que alguno concluyera, al ver desenvolverse a los católicos en la vida social, que se mueven con encogimiento y capitidisminución. No cabe olvidar que nuestro Maestro era —¡es!— “perfectus Homo” —perfecto Hombre» nota(’25′,’8.0′,’1′,’60′) 60. La apelación a una praxis cristiana que alcance a iluminar y a dejar huella en la esfera social es, en muchos textos del Beato Josemaría, explícita y precisa: «La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana. Todo, hasta el más pequeño de los acontecimientos honestos, encierra un sentido humano y divino. Cristo, perfecto hombre, no ha venido a destruir lo humano, sino a ennoblecerlo, asumiendo nuestra naturaleza humana, menos el pecado: ha venido a compartir todos los afanes del hombre, menos la triste aventura del mal. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro, estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo…» nota(’25′,’8.0′,’1′,’61′) 61.

El continuo referirse a la perfección divino-humana del Verbo, evitando cuidadosamente confundir los planos, pero teniéndolos bien enlazados en cuanto forman parte de la misma economía de la salvación, reviste gran interés precisamente con el fin de la recta comprensión de cuál ha de ser una autentica «praxis cristiana». Una convencida y simultánea afirmación del perfectus Deus, perfectus homo evita tanto el error del «materialismo» como el del «espiritualismo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’62′) 62. Lo divino no puede ser absorbido por lo humano, hasta disolverse la gracia en la naturaleza, ni lo humano debe ser penalizado a cargo de lo divino, hasta perder su propia consistencia. Un trabajo que no sabe convertirse en oración cesará pronto de ser un trabajo cristiano, una conducta humana que no sabe nutrirse de los sacramentos de la gracia acabará por ocultar a Cristo, en lugar de hacerlo presente en el mundo. Por su parte, la naturaleza, para servir a la gracia, debe seguir siendo naturaleza, creada buena por las manos de Dios: la nueva creación no destruye la primera, sino que la reconcilia con el Padre, reconduciéndola a su verdadero fin; Jesús no abandona su cuerpo humano a la corrupción, por el contrario lo hace presente a la derecha del Padre.

En la predicación del Fundador del Opus Dei estos contenidos aparecen en numerosos contextos y con un lenguaje en ocasiones radical: él hablará por ejemplo de su “anticlericalismo”, o de un verdadero y propio “materialismo cristiano” opuesto tanto al clericalismo y a falsos espiritualismos, como a los materialismos cerrados a la acción del Espíritu, o también de “divinización buena” y “divinización mala”, para distinguir la bondad de una naturaleza que sabe abrirse a la acción de la gracia, de la situación de una naturaleza que, con el pretexto de unirse con lo divino, no respeta o descuida las exigencias y deberes que son propios de su estado nota(’25′,’8.0′,’1′,’63′) 63. Como otros autores previamente han puesto de relieve, la homilía Amar al mundo apasionadamente representa el lugar en el que tal enseñanza se expone con una sorprendente claridad y con mayor profundidad nota(’25′,’8.0′,’1′,’64′) 64.

Las consecuencias de la lex incarnationis y el sentido de la analogía entre vida cristiana y condición divino-humana del Verbo, encuentran finalmente su acabada expresión cuando se dirige la atención desde la relación “objetiva” entre naturaleza y gracia hacia su dimensión “subjetiva”, esto es, cuando se reflexiona no ya sobre la doble naturaleza humana y divina, sino sobre la única Persona del Verbo. En la Persona de Jesús hay siempre el Yo divino que actúa, y es precisamente ésta la condición que hace de aquellas acciones unas acciones salvíficas. Por lo tanto las acciones del cristiano, si quieren participar plenamente de aquella economía y así poder corredimir, deben ser cumplidas en unión con la Persona de Cristo, casi como una prolongación de Su humanidad nota(’25′,’8.0′,’1′,’65′) 65. Esto ayuda a comprender porqué en la doctrina del Fundador del Opus Dei es prácticamente imposible separar todo lo hasta aquí dicho sobre el misterio del perfectus Deus, perfectus homo —con todas sus consecuencias sobre la santificación de la vida ordinaria y la reconducción del mundo a Dios— de su insistente exhortación a la identificación con Cristo, mediante su reclamo a la condición del cristiano como alter Christus, ipse Christus. Aquí también encuentra su lugar en la dogmática, como posterior determinación, la doctrina sobre la filiación divina, la cual no manifiesta sino la modalidad de esta identificación, esto es, como hijos en el Hijo. Quien reconduce el mundo al Padre en el único Espíritu es el mismo Hijo, y los cristianos pueden hacerlo sólo en la medida en que son «uno», por medio del Espíritu, con este Hijo nota(’25′,’8.0′,’1′,’66′) 66.

6. Saber ser humanos para poder ser divinos: la condición divina y humana de Cristo como modelo de la unidad de vida del cristiano

En los escritos del Fundador del Opus Dei, así como en su predicación oral encontramos numerosas exhortaciones que impulsan a considerar al mismo tiempo la dimensión terrena-humana y la celeste-divina, propias de toda existencia cristiana. Estas dos dimensiones vienen unidas entre sí con naturalidad y singular riqueza expresiva, en testimonio no sólo de su posible coexistencia, sino también de su recíproco dinamismo. Frases como «ser contemplativos en medio del mundo», «hacer divinos los caminos de la tierra», «transformar en endecasílabos la prosa ordinaria», «tener un solo corazón para amar a Dios y a los hombres», «tener los pies en la tierra y la cabeza en el cielo», «ser humanos para poder ser divinos» —todas lo suficientemente conocidas y generosamente usadas como para ahorrarnos aquí las referencias puntuales— tienen en común, una vez más, la intuición de poder tomar, como ejemplo de vida y modelo de comprensión, la simultánea presencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana del Hijo de Dios hecho hombre. Nos lleva a pensar así el hecho de que muchos de los pasajes en los que dichas frases aparecen presentan con frecuencia una referencia al misterio de la Encarnación nota(’25′,’8.0′,’1′,’67′) 67. En una página de la ya citada homilía sobre las virtudes humanas, encontramos algunas de estas ideas explícitamente asociadas a una nueva mención de la fórmula pseudoatanasiana: «Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere —insisto— muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a El, que es perfectus Deus, perfectus homo» nota(’25′,’8.0′,’1′,’68′) 68.

La convicción de que el cristiano deba saber conjugar el ser humano y el ser divino es sin duda una de las más radicadas en el pensamiento del Beato Josemaría. En un modo más preciso, estamos ante la certeza de que para poder ser divinos, es necesario saber ser muy humanos: «Él, perfectus Deus, perfectus Homo —perfecto Dios y perfecto Hombre—, que tenía toda la felicidad del Cielo, quiso experimentar la fatiga y el cansancio, el llanto y el dolor…, para que entendamos que ser sobrenaturales supone ser muy humanos» nota(’25′,’8.0′,’1′,’69′) 69. Y también: «Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez» nota(’25′,’8.0′,’1′,’70′) 70. Además de la santificación de la vida ordinaria, uno de los lugares privilegiados donde se desarrolla tal paralelismo es en los comentarios acerca del corazón amante: «Pero fijaos en que Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo (…) No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos» nota(’25′,’8.0′,’1′,’71′) 71. A esta línea ascendente (un corazón humano para poder amar de un modo divino), corresponde una descendente (un corazón lleno de Dios para poder amar de modo auténticamente humano), porque «no existe corazón más humano que el de una criatura que rebosa sentido sobrenatural» nota(’25′,’8.0′,’1′,’72′) 72.

Pero, ¿qué se quiere decir con la expresión «saber ser humanos para poder ser divinos»? Se trata, en nuestra opinión, de un modo fecundo y sintético de reproducir una precisa visión de la relación entre naturaleza y gracia, una vez más centrado en el misterio de la Encarnación, que engloba muchos de los aspectos ya vistos anteriormente. Es necesario saber ser humanos, porque la «humanidad» es el lenguaje con el que Dios ha hablado al mundo, el lenguaje del trabajo y del padecimiento, de la vida ordinaria y de la fidelidad, del amor y de la muerte; sólo quien tiene experiencia de este modo humano de vivir y de comunicar puede comprender lo que Dios, en Cristo, ha querido revelarnos. Más todavía, es necesario saber ser humanos para ser divinos, porque la humanidad es el lugar de nuestra santificación, la materia que podemos ofrecer a Dios, la «condición» para podernos unir a Cristo en el trabajo y en el descanso, en la alegría y en el llanto. En definitiva, debemos ser humanos, si queremos ser divinos, porque «humano» es nuestro modo de reconocer el Amor y humano es nuestro modo de amar. El punto de interés —y el segundo paso que completa la circularidad del dinamismo— es que en el mismo momento en que comprendemos que todas estas realidades humanas no son insignificantes, porque Cristo mismo las ha vivido, y entonces nos esforzamos por vivirlas en unión con Él, ahora éstas adquieren un significado y hasta un status divino, son capaces de corredimir, asociadas al misterio de la redención. «Somos cristianos corrientes; trabajamos en profesiones muy diversas; nuestra actividad entera transcurre por los carriles ordinarios; todo se desarrolla con un ritmo previsible. Los días parecen iguales, incluso monótonos… Pues, bien: ese plan, aparentemente tan común, tiene un valor divino; es algo que interesa a Dios, porque Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer, animar desde dentro hasta las acciones más humildes» nota(’25′,’8.0′,’1′,’73′) 73. El trabajo, las virtudes, el corazón, el amor de una persona que vive en la gracia de la caridad filial no son ya un trabajo, las virtudes, un corazón o un amor humanos, sino que vienen transformados, divinizados, dando origen a un modo divino de trabajar, de amar, de vivir. Para que esta dinámica divino-humana se realice concretamente en la vida de cada uno, la identificación del cristiano con Cristo, como hemos señalado en la sección precedente, reviste un papel absolutamente central en cuanto constituye la condición de su misma posibilidad: «Cuando luchamos por ser verdaderamente ipse Christus, el mismo Cristo, entonces en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino. Todos nuestros esfuerzos —aun los más insignificantes— adquieren un alcance eterno, porque van unidos al sacrificio de Jesús en la Cruz» nota(’25′,’8.0′,’1′,’74′) 74.

A la luz del misterio de la Encarnación, la particular coherencia con la que debe comportarse el cristiano que vive en el mundo puede denominarse con razón «unidad de vida». Que se manifiesta ya en ser conscientes de las implicaciones morales y teologales de su condición secular, ya en la armonía entre trabajo y oración, entre la dedicación a las realidades familiares, profesionales y sociales y el diálogo continuo con Dios nota(’25′,’8.0′,’1′,’75′) 75. Vive en unidad de vida el cristiano que sabe ser contemplativo en medio del mundo, que sabe hacer divinos los caminos de la tierra, que sabe estar contemporáneamente en la tierra y en el Cielo, tal vez con los vértigos de un hombre que se sabe embarcado en un trabajo divino, pero que no se queda por esto amedrentado: «Hemos de estar —y tengo conciencia de habéroslo recordado muchas veces— en el Cielo y en la tierra, siempre. No entre el Cielo y la tierra, porque somos del mundo. ¡En el mundo y en el Paraíso a la vez! Esta sería como la fórmula para expresar cómo hemos de componer nuestra vida, mientras permanezcamos in hoc saeculo. En el cielo y en la tierra , endiosados; pero sabiendo que somos del mundo y que somos de la tierra, con la fragilidad propia de lo que es tierra…» nota(’25′,’8.0′,’1′,’76′) 76.

Enseñanzas análogas aparecerán en el contexto de la «presencia de Dios», esto es, de aquella forma de oración continua que sabe servirse de las cosas más materiales y ordinarias de la vida terrena para hacer de ellas ocasión de diálogo filial con Dios-Padre, elevándolas a un plano divino. También en este contexto la reflexión del fundador del Opus Dei se despliega sobre la polaridad tierra-Cielo, vida humana-vida divina, centrada con frecuencia en torno a una referencia cristológica nota(’25′,’8.0′,’1′,’77′) 77. Quizás el ejemplo más ilustrativo lo constituye su exhortación habitual a ser contemplativos en la vida ordinaria, utilizando como itinerario espiritual el que se dirige «de la trinidad de la tierra a la Trinidad del Cielo», de la santa Familia de Nazaret al misterio del Dios Uno y Trino: «Trato de llegar a la Trinidad del Cielo por esa otra trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Están como más asequibles. Jesús, que es perfectus Deus y perfectus Homo. María, que es una mujer, la más pura criatura, la más grande: más que ella, sólo Dios. Y José, que está inmediato a María: limpio, varonil, prudente, entero. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué modelos! Sólo con mirar, entran ganas de morirse de pena: porque, Señor, me he portado tan mal… No he sabido acomodarme a las circunstancias, divinizarme. Y Tú me dabas los medios: y me los das, y me los seguirás dando…, porque a lo divino hemos de vivir humanamente en la tierra» nota(’25′,’8.0′,’1′,’78′) 78. Es interesante señalar que en esta analogía el quicio está representado por el mismo Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, asociado a través de su naturaleza humana a la vida de María y de José, y unido, a través de su naturaleza divina, al misterio de su vida intratrinitaria.

Si la caridad filial propia de la condición de hijos de Dios, en definitiva la gracia creada, es la causa formal intrínseca que hace posible tal unidad de vida, porque confiere una «forma filial» a toda acción del cristiano, la coexistencia de las dos naturalezas, humana y divina, del Verbo es de alguna manera la causa formal ejemplar: la unidad de vida es el reflejo de la vida de Cristo en el cristiano nota(’25′,’8.0′,’1′,’79′) 79. Unidad de vida, sentido de la filiación divina, condición del cristiano como alter Christus, ipse Christus y contemplación-imitación del perfectus Deus, perfectus homo, son en realidad modos diversos de acceder al más profundo y mismísimo núcleo de la existencia y de la praxis cristiana, admirablemente resumido por San Pablo en las palabras «Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» nota(’25′,’8.0′,’1′,’80′) 80. El misterio de la Cruz será por esto el lugar privilegiado de esta identificación y, al mismo tiempo, de la plenitud de su revelación filial. Manifestando una implícita coherencia dogmática, la predicación del Beato Josemaría nos ofrecerá también numerosas páginas sobre esta última implicación nota(’25′,’8.0′,’1′,’81′) 81.

7. Observaciones conclusivas

El cristocentrismo del Beato Josemaría Escrivá presenta una gran coherencia de fondo. Al cambiar la clave de lectura que se utiliza —el sentido de la filiación divina, la unidad de vida, la identificación con Cristo o el ejemplo que Él nos da como verdadero Dios y verdadero hombre— se encuentran inalterados los contenidos esenciales de su mensaje espiritual: de la vida de oración a la santificación del trabajo; de la llamada universal a la santidad al empeño por corredimir con Cristo. Más que hablar de diversas claves, sería más correcto hablar de una única clave de comprensión de la existencia cristiana en el mundo, Cristo mismo y el misterio de su Encarnación, al cual podemos acceder a través de varias líneas de fuerza paralelas.

Sostenemos que la reflexión sobre la perfecta humanidad y la perfecta divinidad del Verbo es, de estas líneas de fuerza, una de las más fecundas, bien por la alta frecuencia de las referencias presentes en sus obras, bien por la capacidad de abarcar los principales temas de su predicación y de sus enseñanzas. Ésta actúa sobre todo en el nivel de causalidad ejemplar, comprendida en sentido fuerte —totus in suis, totus in nostris, según la expresión leoniana— como intuición, referencia constante del razonamiento, analogía sobre la cual apoyar y desarrollar las diversas argumentaciones. Al mismo tiempo —es oportuno subrayarlo explícitamente— nos encontramos frente a un modelo vivo, no a una idea o un simple principio hermenéutico de lectura teórica. Los argumentos y las enseñanzas propuestos surgen de la contemplación de la vida de Cristo, del deseo de dialogar con Él y de unirse a Él, abrazando todo el horizonte de Su historia terrena, sin olvidarse nunca de Su condición eterna. Surgen de ahí provechosos usos de la lex incarnationis, entendida como ley de condescendencia de gran valor revelador, como modelo para la unidad de vida del cristiano, como paradigma para una visión de la relación entre naturaleza y gracia, como punto de referencia para iluminar una praxis histórica de compromiso en el mundo que pueda llamarse de veras «cristiana». La referencia al Verbo encarnado, perfectus Deus, perfectus homo, no llega nunca a ser un expediente para «resolver conceptualmente» dichas temáticas, sino por el contrario representa la manera más coherente para mostrar su contenido mistérico, es decir, su asociabilidad al misterio del Hombre-Dios. No se trata, por tanto, de un empobrecimiento del misterio con una fácil simplificación del evento cristiano, sino del reconocimiento de que todo lo que pertenece a ese evento —y a la historia originada de él— debe hacer necesariamente referencia al horizonte del misterio de Cristo.

Sería atrayente, pero no es ésta la sede, poner en relación muchas de las consideraciones desarrolladas por el Beato Josemaría sobre los temas apenas citados, con el magisterio del Concilio Vaticano II y con el de pontificados sucesivos, especialmente con las enseñanzas de Juan Pablo II. El interés de la comparación nace también del hecho de que las obras del Fundador del Opus Dei hasta ahora publicadas, utilizadas aquí como base para nuestro estudio, recogen en buena parte material escrito anteriormente a los años en los que tuvieron origen tanto aquel magisterio eclesial, como la discusión teológica que acompañó su preparación.

Giuseppe Tanzella-Nitti
Pontificio Ateneo de la Santa Cruz

La venida del Espíritu Santo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse. (Hechos, 1).

“La venida solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de El y de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la primitiva comunidad cristiana: El es quien inspira la predicación de San Pedro[i], quien confirma en su fe a los discípulos[ii] quien sella con su presencia la llamada dirigida a los gentiles[iii], quien envía a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la enseñanza de Jesús[iv]. En una palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.

Esa realidad profunda que nos da a conocer el texto de la Escritura Santa, no es un recuerdo del pasado, una edad de oro de la Iglesia que quedó atrás en la historia. Es, por encima de las miserias y de los pecados de cada uno de nosotros, la realidad también de la Iglesia de hoy y de la Iglesia de todos los tiempos. Yo rogaré al Padre —anunció el Señor a sus discípulos–— y os dará otro Consolador para que esté con vosotros eternamente[v] Jesús ha mantenido sus promesas: ha resucitado, ha subido a los cielos y, en unión con el Eterno Padre, nos envía el Espíritu Santo para que nos santifique y nos dé la vida”.

Es Cristo que pasa, 127-128

“Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza, de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie de raíz nuestros corazones, para hacerlos a su medida. Una vida cristiana madura, honda y recia, es algo que no se improvisa, porque es el fruto del crecimiento en nosotros de la gracia de Dios. En los Hechos de los Apóstoles, se describe la situación de la primitiva comunidad cristiana con una frase breve, pero llena de sentido: perseveraban todos en las instrucciones de los Apóstoles, en la comunicación de la fracción del pan y en la oración [vi] (…).

No hay cristianos de segunda categoría, obligados a poner en práctica sólo una versión rebajada del Evangelio: todos hemos recibido el mismo Bautismo y, si bien existe una amplia diversidad de carismas y de situaciones humanas, uno mismo es el Espíritu que distribuye los dones divinos, una misma la fe, una misma la esperanza, una la caridad[vii] .

Podemos, por tanto, tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol: ¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo mora en vosotros? [viii], y recibirla como una invitación a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido: un nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno –una de las tres Personas del único Dios–, con quien se habla y de quien se vive.

Hace falta –en cambio– que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza, como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia. Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo, nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse cristianos: advertiremos toda la grandeza y toda la verdad de ese endiosamiento, de esa participación en la vida divina, a la que ya antes me refería”.

Es Cristo que pasa, 134-135

La Ascensión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y, al verlo, le adoraron; pero otros dudaron. Y acercándose Jesús les habló: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. (Mt 28, 16-20)

Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. (Hechos 1, 8-9)

“Cristo ha subido a los cielos, pero ha trasmitido a todo lo humano honesto la posibilidad concreta de ser redimido. (…) No me cansaré de repetir, por tanto, que el mundo es santificable; que a los cristianos nos toca especialmente esa tarea, purificándolo de las ocasiones de pecado con que los hombres lo afeamos, y ofreciéndolo al Señor como hostia espiritual, presentada y dignificada con la gracia de Dios y con nuestro esfuerzo. En rigor, no se puede decir que haya nobles realidades exclusivamente profanas, una vez que el Verbo se ha dignado asumir una naturaleza humana íntegra y consagrar la tierra con su presencia y con el trabajo de sus manos. La gran misión que recibimos, en el Bautismo, es la corredención. Nos urge la caridad de Cristo[i], para tomar sobre nuestros hombros una parte de esa tarea divina de rescatar las almas. (…)

Tenemos una gran tarea por delante. No cabe la actitud de permanecer pasivos, porque el Señor nos declaró expresamente: negociad, mientras vengo[ii]. Mientras esperamos el retorno del Señor, que volverá a tomar posesión plena de su Reino, no podemos estar cruzados de brazos. La extensión del Reino de Dios no es sólo tarea oficial de los miembros de la Iglesia que representan a Cristo, porque han recibido de El los poderes sagrados. Vos autem estis corpus Christi [iii], vosotros también sois cuerpo de Cristo, nos señala el Apóstol, con el mandato concreto de negociar hasta el fin.

Queda tanto por hacer. ¿Es que, en veinte siglos, no se ha hecho nada? En veinte siglos se ha trabajado mucho; no me parece ni objetivo, ni honrado, el afán de algunos por menospreciar la tarea de los que nos precedieron. En veinte siglos se ha realizado una gran labor y, con frecuencia, se ha realizado muy bien. Otras veces ha habido desaciertos, regresiones, como también ahora hay retrocesos, miedo, timidez, al mismo tiempo que no falta valentía, generosidad. Pero la familia humana se renueva constantemente; en cada generación es preciso continuar con el empeño de ayudar a descubrir al hombre la grandeza de su vocación de hijo de Dios, es necesario inculcar el mandato del amor al Creador y a nuestro prójimo”.

Es Cristo que pasa, 120-121

“Nunca hablo de política. No pienso en el cometido de los cristianos en la tierra como en el brotar de una corriente político–religiosa –sería una locura–, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres. Lo que hay que meter en Dios es el corazón de cada uno, sea quien sea. Procuremos hablar para cada cristiano, para que allí donde está –en circunstancias que no dependen sólo de su posición en la Iglesia o en la vida civil, sino del resultado de las cambiantes situaciones históricas–, sepa dar testimonio, con el ejemplo y con la palabra, de la fe que profesa.

El cristiano vive en el mundo con pleno derecho, por ser hombre. Si acepta que en su corazón habite Cristo, que reine Cristo, en todo su quehacer humano se encontrará –bien fuerte– la eficacia salvadora del Señor. No importa que esa ocupación sea, como suele decirse, alta o baja; porque una cumbre humana puede ser, a los ojos de Dios, una bajeza; y lo que llamamos bajo o modesto puede ser una cima cristiana, de santidad y de servicio”.

Es Cristo que pasa, 183

La oración de Jesús

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él; y, cuando lo encontraron, le dijeron: Todos te buscan (Mc 1, 35-37) .

Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles (Lc 6, 12-13) .

“Es muy importante –perdonad mi insistencia– observar los pasos del Mesías, porque El ha venido a mostrarnos la senda que lleva al Padre. Descubriremos, con El, cómo se puede dar relieve sobrenatural a las actividades aparentemente más pequeñas; aprenderemos a vivir cada instante con vibración de eternidad, y comprenderemos con mayor hondura que la criatura necesita esos tiempos de conversación íntima con Dios: para tratarle, para invocarle, para alabarle, para romper en acciones de gracias, para escucharle o, sencillamente, para estar con El.

Ya hace muchos años, considerando este modo de proceder de mi Señor, llegué a la conclusión de que el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de la vida interior. Por eso me parece tan natural, y tan sobrenatural, ese pasaje en el que se relata cómo Cristo ha decidido escoger definitivamente a los primeros doce. Cuenta San Lucas que, antes, pasó toda la noche en oración[i]. Vedlo también en Betania, cuando se dispone a resucitar a Lázaro, después de haber llorado por el amigo: levanta los ojos al cielo y exclama: Padre, gracias te doy porque me has oído[ii]. Esta ha sido su enseñanza precisa: si queremos ayudar a los demás, si pretendemos sinceramente empujarles para que descubran el auténtico sentido de su destino en la tierra, es preciso que nos fundamentemos en la oración.

Son tantas las escenas en las que Jesucristo habla con su Padre, que resulta imposible detenernos en todas. Pero pienso que no podemos dejar de considerar las horas, tan intensas, que preceden a su Pasión y Muerte, cuando se prepara para consumar el Sacrificio que nos devolverá al Amor divino. En la intimidad del Cenáculo su Corazón se desborda: se dirige suplicante al Padre, anuncia la venida del Espíritu Santo, anima a los suyos a un continuo fervor de caridad y de fe.

Ese encendido recogimiento del Redentor continúa en Getsemaní, cuando percibe que ya es inminente la Pasión, con las humillaciones y los dolores que se acercan, esa Cruz dura, en la que cuelgan a los malhechores, que El ha deseado ardientemente. Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz [iii]. Y enseguida: pero no se haga mi voluntad, sino la tuya[iv]. Más tarde, cosido al madero, solo, con los brazos extendidos con gesto de sacerdote eterno, sigue manteniendo el mismo diálogo con su Padre: en tus manos encomiendo mi espíritu[v]”.

Amigos de Dios, 239-240

Hacerse como niños

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos.

Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió. ( Mc 9, 33-37).

“¿No os enamora este modo de proceder de Jesús? Les enseña la doctrina y, para que entiendan, les pone un ejemplo vivo. Llama a un niño, de los que correrían por aquella casa, y le estrecha contra su pecho. ¡Este silencio elocuente de Nuestro Señor! Ya lo ha dicho todo: El ama a los que se hacen como niños. Después añade que el resultado de esta sencillez, de esta humildad de espíritu es poder abrazarle a El y al Padre que está en los cielos”.

Amigos de Dios, 102

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién juzgas que es el mayor en el Reino de los Cielos? Entonces, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos ( Mt 18, 1-4) .

“Hacernos niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia; reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños.

Y todo eso lo aprendemos tratando a María. (…) Porque María es Madre, su devoción nos enseña a ser hijos: a querer de verdad, sin medida; a ser sencillos, sin esas complicaciones que nacen del egoísmo de pensar sólo en nosotros; a estar alegres, sabiendo que nada puede destruir nuestra esperanza. El principio del camino que lleva a la locura del amor de Dios es un confiado amor a María Santísima”.

Es Cristo que pasa, 143

“¡Qué buena cosa es ser niño! —Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín —como los niños no tienen méritos—, basta con que diga: soy hijo de Fulano.

¡Ah, Señor! —díselo ¡con toda tu alma!—, yo soy… ¡hijo de Dios!”

Camino, n. 892

El demonio mudo

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al llegar junto a los discípulos vieron una gran muchedumbre que les rodeaba, y unos escribas que discutían con ellos. En seguida, al verle, todo el pueblo se quedó sorprendido, y acudían corriendo a saludarle.

Y él les preguntó: ¿Qué discutíais entre vosotros? A lo que respondió uno de la muchedumbre: Maestro, te he traído a mí hijo, que tiene un espíritu mudo; y en cualquier sitio que se apodera de él, lo tira al suelo, le hace echar espuma y rechinar los dientes y lo deja rígido. Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.

El les contestó: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? ¡Traédmelo!

Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al niño, que cayendo a tierra se revolcaba echando espuma.

Entonces preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Le contestó: Desde muy niño; y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él; pero si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros.

Y Jesús le dijo: ¡Si puedes…! ¡Todo es posible para el que cree!

En seguida el padre del niño exclamó: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad.

Al ver Jesús que aumentaba la muchedumbre, increpó al espíritu inmundo diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él!

Y gritando y agitándole violentamente salió; y quedó como muerto, de manera que muchos decían: Ha muerto.

Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y se mantuvo en pie.

Cuando entró en casa le preguntaron sus discípulos a solas: ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo?

Y les respondió: Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración (Mc, 9, 14-29) .

“No hemos de alejarnos de Dios, porque descubramos nuestras fragilidades; hemos de atacar las miserias, precisamente porque Dios confía en nosotros.

¿Cómo lograremos superar esas mezquindades? Insisto, por su importancia capital: con humildad, y con sinceridad en la dirección espiritual y en el Sacramento de la Penitencia. Id a los que orientan vuestra almas con el corazón abierto; no lo cerréis, porque si se mete el demonio mudo, es difícil de sacar.

Perdonad mi machaconería, pero juzgo imprescindible que se grabe a fuego en vuestras inteligencias, que la humildad y –su consecuencia inmediata– la sinceridad enlazan los otros medios, y se muestran como algo que fundamenta la eficacia para la victoria. Si el demonio mudo se introduce en un alma, lo echa todo a perder; en cambio, si se le arroja fuera inmediatamente, todo sale bien, somos felices, la vida marcha rectamente: seamos siempre salvajemente sinceros, pero con prudente educación.

Quiero que esto quede claro; a mí no me preocupan tanto el corazón y la carne, como la soberbia. Humildes. Cuando penséis que tenéis toda la razón, no tenéis razón ninguna. Id a la dirección espiritual con el alma abierta: no la cerréis, porque –repito– se mete el demonio mudo, que es difícil de sacar.

Acordaos de aquel pobre endemoniado, que no consiguieron liberar los discípulos; sólo el Señor obtuvo su libertad, con oración y ayuno. En aquella ocasión obró el Maestro tres milagros: el primero, que oyera: porque cuando nos domina el demonio mudo, se niega el alma a oír; el segundo, que hablara; y el tercero, que se fuera el diablo.

Contad primero lo que desearíais que no se supiera. ¡Abajo el demonio mudo! De una cuestión pequeña, dándole vueltas, hacéis una bola grande, como con la nieve, y os encerráis dentro. ¿Por qué? ¡Abrid el alma! Yo os aseguro la felicidad, que es fidelidad al camino cristiano, si sois sinceros. Claridad, sencillez: son disposiciones absolutamente necesarias; hemos de abrir el alma, de par en par, de modo que entre el sol de Dios y la claridad del Amor.

Para apartarse de la sinceridad total no es preciso siempre una motivación turbia; a veces, basta un error de conciencia. Algunas personas se han formado –deformado– de tal manera la conciencia que su mutismo, su falta de sencillez, les parece una cosa recta: piensan que es bueno callar. Sucede incluso con almas que han recibido una excelente preparación, que conocen las cosas de Dios; quizá por eso encuentran motivos para convencerse de que conviene callar. Pero están engañados. La sinceridad es necesaria siempre; no valen excusas, aunque parezcan buenas”.

Amigos de Dios, 187-189


La viuda de Naín

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Sucedió, después, que marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda, y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad.

Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: No llores. Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron; y dijo: Muchacho, a ti te digo, levántate. Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar; y se lo entregó a su madre.

Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo (Lc 7, 11-16).

“Recordad la escena que nos cuenta San Lucas, cuando Cristo andaba cerca de la ciudad de Naím[i]. Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo.

El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor, ni se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana.

Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer, y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: no llores [ii]. Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre.

Si no aprendemos de Jesús, no amaremos nunca. Si pensásemos, como algunos, que conservar un corazón limpio, digno de Dios, significa no mezclarlo, no contaminarlo con afectos humanos, entonces el resultado lógico sería hacernos insensibles ante el dolor de los demás. Seríamos capaces sólo de una caridad oficial, seca y sin alma, no de la verdadera caridad de Jesucristo, que es cariño, calor humano. Con esto no doy pie a falsas teorías, que son tristes excusas para desviar los corazones –apartándolos de Dios–, y llevarlos a malas ocasiones y a la perdición (…).

Si queremos ayudar a los demás, hemos de amarles, insisto, con un amor que sea comprensión y entrega, afecto y voluntaria humildad. Así entenderemos por qué el Señor decidió resumir toda la Ley en ese doble mandamiento, que es en realidad un mandamiento solo: el amor a Dios y el amor al prójimo, con todo nuestro corazón”

Pasión

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día (Mt, 16-21) .

“Habla Pilatos: Vosotros tenéis costumbre de que os suelte a uno por Pascua. ¿A quién dejamos libre, a Barrabás —ladrón, preso con otros por un homicidio—o a Jesús? (Math., XXVII,17.) —Haz morir a éste y suelta a Barrabás, clama el pueblo incitado por sus príncipes. (Luc., XXIII, 18.) Habla Pilatos de nuevo: Entonces ¿qué haré de Jesús que se llama el Cristo? (Math., XXVII, 22.)

¡Crucifige eum! —¡Crucifícale! (Marc., XV, 14.)

Pilatos, por tercera vez, les dice: Pues ¿qué mal ha hecho? Yo no hallo en él causa alguna de muerte. (Luc., XXIII, 22.)

Aumentaba el clamor de la muchedumbre: ¡crucifícale, crucifícale! (Marc., XV, 14.)

Y Pilatos, deseando contentar al pueblo, les suelta a Barrabás y ordena que azoten a Jesús.

Atado a la columna. Lleno de llagas.

Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. –Más golpes. Más saña. Más aún… Es el colmo de la humana crueldad.

Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. –Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto.

Tú y yo no podemos hablar. –No hacen falta palabras. –Míralo, míralo… despacio.

Después… ¿serás capaz de tener miedo a la expiación?”

Misterios dolorosos. Santo Rosario

“¡Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey! –Llevan a mi Señor al patio del pretorio, y allí convocan a toda la cohorte. (Marc., XV, 16) —Los soldadotes brutales han desnudado sus carnes purísimas. —Con un trapo de púrpura, viejo y sucio, cubren a Jesús. —Una caña, por cetro, en su mano derecha…

La corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas… Ave Rex judeorum! —Dios te salve, Rey de los judíos. (Marc., XV, 18.) Y, a golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean… y le escupen.

Coronado de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío: Ecce homo! —Ved aquí al hombre. Y de nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale, crucifícale! (Joann., XVIII, 5 y 6.)

—Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir?

Ya no más, Jesús, ya no más… ”

Misterios dolorosos. Santo Rosario

“Con su Cruz a cuestas marcha hacia el Calvario, lugar que en hebreo se llama Gólgota. (Joann., XIX, 17.) –Y echan mano de un tal Simón, natural de Cirene, que viene de una granja, y le cargan la Cruz para que la lleve en pos de Jesús. (Luc., XXIII, 26.)

Se ha cumplido aquello de Isaías (LIII, 12): cum sceleratis reputatus est fue contado entre los malhechores: porque llevaron para hacerlos morir con El a otros dos, que eran ladrones. (Luc., XXIII, 32.)

Si alguno quiere venir tras de mí… Niño amigo: estamos tristes, viviendo la Pasión de Nuestro Señor Jesús. –Mira con qué amor se abraza a la Cruz. –Aprende de El. –Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.

Pero no lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz.

Y de seguro, como El, encontrarás a María en el camino.”

Misterios dolorosos, Santo Rosario

Las Bienaventuranzas

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Textos de San Josemaría sobre esta escena del Evangelio

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu… (Mt, 5, 1 ss).

Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña están en el centro de la predicación de Jesús, y en ellas Dios nos llama a su propia bienaventuranza.

La predicación de san Josemaría Escrivá, que bebe directamente en las páginas del Evangelio, se detiene con frecuencia en las bienaventuranzas, proponiéndolas como un ideal asequible para todos. Son un ideal realizable —recuerda—, no una utopía; constituyen un apasionante programa de vida que todos podemos llevar a cabo en nuestra existencia, luchando cada día con propósitos concretos de conversión y mejora.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

“Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad…; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta[i]. Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras”.

Amigos de Dios, n. 123

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

“Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a El las penas, para que dejen de ser penas”.

Forja, n. 54

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

“Me hizo pensar la frase dura, pero cierta, de aquel varón de Dios, al contemplar la altanería de aquella criatura: “se viste con la misma piel del diablo, la soberbia”.

Y vino a mi alma, por contraste, el deseo sincero de revestirme con la virtud que predicó Jesucristo, “quia mitis sum et humilis corde”, –soy manso y humilde de corazón–; y que ha atraído la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra: la humildad, el sabernos y sentirnos nada”.

Surco, n. 726

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

“Grabémoslo bien en nuestra alma, para que se note en la conducta: primero, justicia con Dios. Esa es la piedra de toque de la verdadera hambre y sed de justicia[ii], que la distingue del griterío de los envidiosos, de los resentidos, de los egoístas y codiciosos… Porque negar a Nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido?[iii]—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura”.

Amigos de Dios, n. 167

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

“Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia[iv]. Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso[v]. Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (…). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!”.

Es Cristo que pasa, 7

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

“Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros.(…)

La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa”.

Es Cristo que pasa, n. 5

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

“Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.

—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad”.

Surco, n. 864

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

“El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos”.

Camino, n. 959

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo.

“Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, “cum gaudio et pace” —con alegre serenidad, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.

—Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, “que digan”, siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: “beati estis cum… dixerint omne malum adversus vos mentientes propter me” —bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa” .


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