¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?

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Francisco Varo

Aquellos que se sienten incómodos ante la afirmación de que Jesús ha resucitado y encuentran vacío el sepulcro en donde había sido depositado, lo primero que se les ocurre pensar y decir es que alguien había robado su cuerpo (cfr. Mt 28,11-15).

La losa encontrada en Nazaret con un rescripto imperial donde se recuerda que es necesario respetar la inviolabilidad de los sepulcros testimonia que hubo un gran revuelo en Jerusalén motivado por la desaparición del cadáver de alguien procedente de Nazaret en torno al año 30.

No obstante, el hecho mismo de encontrar el sepulcro vacío no impediría pensar que el cuerpo había sido robado. Pese a todo, causó tal impacto en las santas mujeres y en los discípulos de Jesús que se acercaron al sepulcro, que incluso antes de haber visto a Jesús vivo de nuevo, fue el primer paso para el reconocimiento de que había resucitado.

En el evangelio de San Juan hay un relato preciso de cómo encontraron todo. Narra que en cuanto Pedro y Juan oyeron lo que María les contaba, salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro: «Los dos corrían juntos, pero el otro discí­pulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos aplanados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, en­tró en el sepulcro y vio los lienzos aplanados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no caído junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en el mismo sitio de antes. Entonces, entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó» (Jn 20, 3-8).

Las palabras que utiliza el evangelista para describir lo que Pedro y él vieron en el sepulcro vacío expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que pudieron contemplar. De entrada, la sorpresa de encontrar allí los lienzos. Si alguien hubiera entrado para hacer desaparecer el cadáver, ¿se habría entretenido en quitarle los lienzos para llevarse sólo el cuerpo? No parece lógico. Pero es que, además, el sudario estaba «todavía enrollado», como lo había estado el viernes por la tarde alrededor de la cabeza de Jesús. Los lienzos permanecían como habían sido colocados envolviendo al cuerpo de Jesús, pero ahora no envolvían nada y por eso estaban «aplanados», huecos, como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado y hubiera salido sin desenvolverlos, pasando a través de ellos. Y todavía hay más datos sorprendentes en la descripción de lo que vieron. Cuando se amortajaba el cadáver, primero se enrollaba el sudario a la cabeza, y después, todo el cuerpo y también la cabeza se envolvían en los lienzos. El relato de Juan especifica que en el sepulcro el sudario permanecía «en el mismo sitio de antes», esto es, conservando la misma disposición que había tenido cuando estaba allí el cuerpo de Jesús.

La descripción del evangelio señala con extraordinaria precisión lo que contemplaron atónitos los dos Apóstoles. Era humanamente inexplicable la ausencia del cuerpo del Jesús. Era físicamente imposible que alguien lo hubiera robado, ya que para sacarlo de la mortaja, habría tenido que desenvolver los lienzos y el sudario, y éstos habrían quedado allí sueltos. Pero ellos tenían ante sus ojos los lienzos y el sudario tal y como estaban cuando habían dejado allí el cuerpo del Maestro, en la tarde del viernes. La única diferencia es que el cuerpo de Jesús ya no estaba. Todo lo demás permanecía en su lugar.

Hasta tal punto fueron significativos los restos que encontra­ron en el sepulcro vacío, que les hicieron intuir de algún modo la resurrección del Señor, pues «vieron y creyeron».

El Cáliz y la Cruz

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Un equipo de profesores de Historia y Teología de la Universidad de Navarra responde a 10 preguntas sobre lo que sucedió en Jerusalen del Jueves Santo al Domingo de Resurrección.

Opus Dei - Capilla del Santo Grial en Valencia

Capilla del Santo Grial en Valencia

¿Qué pasó en la Última Cena?

¿Por qué condenaron a muerte a Jesús?

¿Quién fue Caifás?

¿Qué era el Sanedrín?

¿Cómo fue la muerte de Jesús?

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¿Cómo se explica la resurrección de Jesús?

¿Pudieron haber robado el cuerpo de Jesús?

¿Quién fue José de Arimatea?

¿Qué es el Santo Grial? ¿Qué relaciones tiene con el Santo Cáliz?

¿Quién fue Poncio Pilato?

Con los ojos de la fe

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D. Julián Díez-Antoñanzas pertenece a la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz y es párroco de San Valero en Zaragoza. Hace unas semanas acompañó a un grupo de personas ciegas en peregrinación a Tierra Santa. Ahora cuenta algunas de sus experiencias.

D. Julián, ¿puede una persona ciega aprovechar una peregrinación religiosa a Tierra Santa, cuando parece que todo se basa en poder “ver” los distintos lugares en los que se desarrolló la vida de Jesús?

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A los ciegos les gusta viajar, incluso “ver” películas (así se expresan ellos). A través del sonido se hacen una idea bastante real de las cosas. Están acostumbrados a pasar por los lugares sin especiales indicaciones. Por eso creo que para un ciego es más fácil “conectar” con la tierra de Jesús que para alguien que ve, porque no le distraen los edificios modernos, los coches, los postes de la luz… El ciego siente la geografía, paladea el clima, asocia los sonidos naturales a los que escuchó Nuestro Señor… Saben que están en un lugar santo, los guías y acompañantes les describen las cosas, y eso les ayuda mucho. Tocan, palpan la piedra, porque para ellos el sentido del tacto es esencial. Y con su imaginación completan el cuadro.

¿Tuvieron algún problema en la entrada al país?
Desde el propio viaje en avión en una aerolínea israelí hasta la llegada al aeropuerto fuimos tratados de modo excelente por las autoridades de Israel. Pusieron todo tipo de facilidades y amablemente agilizaron los trámites.

Jesucristo curó a varios ciegos a lo largo de su vida. ¿Se ha producido también algún milagro estos días?

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Al llegar a Jerusalén varios empezaron a pedir en tono de broma “llévenos a Siloé, que para eso hemos venido…”. No se podía ir al lugar donde el Señor curó al ciego de nacimiento, pero entonces advertí que los ciegos tienen mucho sentido del humor, que les gusta hacer bromas relacionadas con su limitación.

Y lo cierto es que ellos iban a ver con los ojos de la fe, y creo que han cumplido sobradamente su deseo. Han regresado muy removidos religiosamente, y todos con la convicción de que habían “visto” la tierra del Señor.

Uno de los peregrinos ha dejado escrito: “Junto al Cenáculo pudimos tocar el relieve en bronce que representa al colegio apostólico, acariciando la figura del Señor que hace de puerta del Sagrario”. ¿La fe necesita de los sentidos?
Sí. La Encarnación y los Sacramentos son la materialización del amor de Dios para que podamos palparlo con los dedos. Junto al Cenáculo recorrieron un gran retablo en bronce con las figuras de los apóstoles y de Jesús en la Última Cena. Pudieron palpar la gruta de la Encarnación, que está cerrada para los peregrinos, pero a ellos les dejaron. Nos impresionó mucho, cuando cerraron la Basílica, cómo en silencio uno por uno entraban para tocar las paredes, la estrella donde indica que el Verbo se hizo carne…

Les impactó poder mojar sus manos con el agua del Jordán, y también tuvieron el privilegio de tocar uno de los olivos más antiguos de Getsemaní, porque el hermano franciscano custodio del lugar les permitió pisar el jardín con la condición de que no arrancaran ninguna hoja. Se abrazaban al olivo centenario y salían emocionados. Esa noche hicieron una hora de adoración ante el Santísimo delante de la roca de la agonía, y también pudieron confesarse. Fue uno de los momentos más impresionantes.

“Ellos iban a ver con los ojos de la fe, y creo que han cumplido sobradamente su deseo”

¿Cómo se vive el espíritu del Opus Dei, tan unido a la vida ordinaria, en una ocasión extraordinaria como ha sido esta peregrinación?
Es muy fácil vivirlo en una peregrinación a Tierra Santa. En realidad, vivir las normas del plan de vida y el espíritu de servicio es lo ordinario, y más con estas personas. Y hay que tener en cuenta que el espíritu de peregrinación también es ordinario, porque es espíritu de vigilancia, de conversión, de estar en camino hacia Dios… Eso puede vivirse en cualquier circunstancia.

¿Qué ha aprendido de estas personas ciegas?


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A mirar con más profundidad las cosas, a contemplar, a captar aspectos que el bullicio de la vida en ocasiones no deja ver con claridad. Ellos perciben con todo su ser, porque cuando uno no puede ver con los ojos se esfuerza con el resto de su persona.

Además, los ciegos son personas muy organizadas, necesitan tener siempre cada cosa en su sitio, y son muy puntuales, facilitaron la peregrinación al máximo; diez minutos antes de cada cita ya estaban todos preparados.

Supieron prescindir de las comodidades de los hoteles para estar en las residencias de los franciscanos, junto a los lugares sagrados, y poder emplear el tiempo libre en pasar (siempre acompañados) a los lugares sagrados. Y también era muy contagiosa su alegría, su sentido del humor; rebosaban felicidad.

Zaragoza. Rezar era el camino

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

En 1920 se trasladó al Seminario de Zaragoza para completar sus estudios. Tres años después, con permiso de sus superiores, inició la carrera de Derecho como alumno libre. Era un seminarista con afanes intelectuales, amante de la literatura, de carácter abierto y hondo trato con Dios; un trato que lo iba llevando, como a San Juan de la Cruz y a tantos místicos cristianos, hacia intimidades divinas de altura insospechada: Volé tan alto, tan alto… “Desde joven —afirma Ambrogio Eszer, relator General de la Congregación para las Causas de los Santos— el Señor le condujo a través de experiencias místicas que le llevaron a alcanzar las cumbres de la unión transformante: locuciones interiores, purificaciones y consolaciones que le hacían sentir en toda su humildad, la acción impetuosa de la gracia, y que, como todos los verdaderos místicos, acompañaba con un rigurosísimo esfuerzo ascético”.

En 1922 le nombraron inspector del Seminario. Desempeñó ese encargo con solicitud y caridad hacia los seminaristas. Me hicieron un gran bien —evocaba años más tarde—, yo recuerdo tantas virtudes de aquellos chicos, muchos de ellos después mártires. Tantas cosas maravillosas recuerdo. Y recuerdo (…) que iba anotando con alegría: van mejor, se les ve crecer, Dios está aquí en esta alma… tantas veces

Seguía pidiendo luces a Dios: Tenía barruntos de que el Señor quería algo: pasaron muchos años sin saber qué era, y –mientras– decía de continuo una jaculatoria acordándome del ciego del Evangelio, yo ciego también, en cuanto a mi porvenir y al servicio que Dios deseaba de mí: (…) que sea, que se haga eso que Tú quieres; que yo lo sepa, da luz a mi alma. Las luces no venían, pero evidentemente rezar era el camino.

El 27 de noviembre de 1924, de improviso, falleció su padre. Murió agotado, con sólo 57 años, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación.

Otro cambio, doloroso e inesperado, en su vida: cuando sólo faltaban cuatro meses para su ordenación sacerdotal, se convirtió, de repente, en cabeza de familia. Los Escrivá estaban en una coyuntura económica difícil y a partir de aquel momento dependían de él, su madre, su hermana Carmen y su hermano Santiago, nacido en 1919.

Aceptó la voluntad divina uniéndose al dolor de Jesús, que también sufrió por cumplir la Voluntad del Padre. No fue una simple resignación: esa palabra no le parecía del todo cristiana: ¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la Voluntad de Dios!

La aceptación rendida de la Voluntad de Dios —enseñaba— trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada.

El 28 de marzo de 1925 recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del Seminario de San Carlos. Había rezado allí durante noches enteras, en sus años de seminarista. Nunca olvidó la emoción de aquellos momentos: Aquí, en este altar —recordaba, años después—, yo me acerqué tembloroso para coger la forma sagrada y dar por primera vez la Comunión a mi madre.

Al día siguiente, dejó el Seminario. El día 30 celebró su primera Misa solemne en la Capilla del Pilar. El 31 partió hacia Perdiguera, su primer encargo pastoral.

Los primeros

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Fueron años de fe; años de dificultades que don Josemaría fue superando con la ayuda de Dios; y también, años de frutos, que fueron llegando poco a poco. El 24 de agosto de 1930 Isidoro Zorzano, un joven ingeniero de origen argentino, se dispuso a vivir su vocación bautismal con el carisma del Opus Dei.

Y a éste siguieron varios hombres más. En los primeros días de 1932 se vinculó a los afanes del joven fundador José María Somoano, un sacerdote asturiano de su misma edad —treinta años—, que era capellán de un Hospital de tuberculosos.

Fue creciendo también, por otro lado, la labor con mujeres. El 9 de abril de ese mismo año se incorporó al Opus Dei una andaluza, María Ignacia García Escobar, enferma en el Hospital del Rey.

Universitarios, obreros, artesanos, maestros, artistas y pequeños empresarios como Luis Gordon, que se incorporó en 1932. Fe, dificultades, frutos…

No os podéis imaginar lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero ¡que aventura más maravillosa! (…) Es como cultivar un terreno selvático: primero hay que talar los árboles, arrancar la maleza, apartar las piedras…, para después arar la tierra a fondo (…). Una vez roturada, hay que dejar reposar la tierra, para que se airee bien. Luego viene la siembra, y los mil cuidados que exigen las plantas: prevenir las plagas; el temor a que descargue una tormenta…

Cuando parecía que superaba una primera dificultad, se presentaba otra, y luego otra, y otra… En esos primeros años, cuando contaba con un puñado de personas, que casi se podían contar con los dedos de las manos, Dios se llevó consigo a tres de los primeros: José María Somoano falleció el 16 de julio de 1932, en la fiesta de la Virgen del Carmen, en el mismo hospital que atendía, posiblemente envenenado por los enemigos de la Fe. Luis Gordon murió santamente tras una breve enfermedad, pocos meses después, el 5 de noviembre; y María Ignacia falleció al año siguiente, en septiembre de 1933, también en olor de santidad.

Fue una dura prueba para don Josemaría, que se unió con toda su alma a la Cruz de Cristo, renovando, entre lágrimas, su confianza en Dios: ¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!

Con el tiempo fue comprendiendo los planes divinos. Fue providencial que se muriese Luis —comentaba muchos años después— , porque así el Opus Dei continuó naciendo en la más grande pobreza: si hubiese vivido, hubiésemos tenido medios materiales, medios temporales, que quizá nos hubiesen producido daño. Era menester que la Obra naciese en la pobreza, como nació Jesús en Belén.

Dios le fue señalando, entre sucesos a menudo desconcertantes, el camino a seguir; y desde el 3 de enero de 1933 pudo contar en su empeño apostólico, entre otros, con Juan Jiménez Vargas, un joven estudiante de Medicina;y unas semanas después, el 21 de enero, dio la primera clase de formación espiritual del Opus Dei, en una sala del Asilo de Porta Coeli, que había pedido prestada a las religiosas que trabajaban allí.

Pentecostés

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuentan los Hechos de los Apóstoles(44) que «al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar, y se produjo de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso que pasa, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse».

Los idiomas de los hombres dejaron de ser extraños; se entendían con todos: partos, medos, elamitas, los que habitan en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y las partes de la Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, podían escuchar y traducir de sus labios las grandezas de Dios.

Y María está con ellos, porque los siente suyos: ha sido el último legado de Cristo. Y porque es orgullo de madre rodearse de hijos decididos, leales, afectuosos; pero también es de mujer recogerlos en los momentos del fracaso. Ser la viga maestra que impida la ruina en las situaciones de desaliento.

Durante muchos años, el Fundador del Opus Dei ha metido en su alma y en la de sus hijos la devoción filial a Santa María, junto a esta Presencia amable de la Trinidad Divina entre los hombres.

Ante las dificultades por las que el cristianismo cruza en nuestro momento histórico, el Padre sabe que, otra vez, hay que esperar la fortaleza y la claridad del Espíritu que ilumine las inteligencias y desborde los corazones. Le invoca, le llama con el amor que Pablo de Tarso recordaba a los primeros discípulos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba!, ¡Padre!»(45)

Su fe inquebrantable en esta barca de Pedro que no puede hundirse en la mar, porque Cristo sigue eternamente a su lado, no impide el sufrimiento que le produce el desconcierto, la duda, la fragilidad y la visión humana de muchos que, dentro de ella, han dejado de esperar la verdadera fortaleza sobrenatural. La solución está en la santidad, en la entrega incondicional de la vida a esa transcendencia que el cristiano conoce a través de la Sabiduría del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano II fue un gran intento de poner las verdades de la fe al alcance y al modo de los hombres del siglo XX, sin cesión, de ninguna verdad esencial.

El Padre ha presenciado actitudes post-conciliares que nada tienen que ver con la doctrina establecida en los documentos aprobados. Por eso, sufre cuando ve intentos de menoscabar la autoridad del Romano Pontífice; cuando comprueba la crisis de disciplina y autoridad que sufre la Iglesia; el abandono en la práctica de los sacramentos y la supuesta creación de nuevas Teologías que intentan arrumbar los dogmas como productos de una decisión condicionada históricamente y que debe revisarse e interpretarse de un modo supuestamente «progresista».

Para hacer volver las aguas a su cauce, el Padre anima a la fe auténtica, al trabajo santificado y santificador, a la lealtad con la Iglesia y con la Obra:

«Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre Todopoderoso, en Su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida (…).

El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano»(46)

En estos momentos difíciles para la Iglesia, el Padre quiere más que nunca que los miembros del Opus Dei busquen la santidad. Y con este noble empeño escribe una oración, conversación familiar con el Espíritu Santo, que la Obra entera repetirá cada año.

El 30 de mayo de 1971, a media mañana, se reúne con algunos hijos suyos en un oratorio de la Sede Central en Roma. Una vidriera de colores representa la escena de María y de los apóstoles el día en que descendió visiblemente sobre ellos el Espíritu Santo. Un color de fuego ilumina las figuras de este retablo transparente. Don Alvaro del Portillo lee la nueva Consagración de la Obra:

«Concede la paz a tu Iglesia para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza (…).

Ilumina nuestra inteligencia, purifica nuestro corazón, confirma nuestra voluntad. Haz que recibamos todas las cosas como venidas de tu mano, sabiendo que todo concurre al bien de los que aman a Dios (…).

Te consagramos el Opus Dei y nuestra vida entera. Te ofrecemos todo cuanto somos y podemos: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestros sentidos, nuestra alma y nuestro cuerpo (…).

De modo que, viviendo siempre en tu amor, lleguemos con María nuestra Madre a gozar de tu gloria sempiterna, unidos ya para siempre al Padre que con el Hijo vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos»(47).

Desde su vidriera del oratorio romano de Pentecostés, la Virgen escucha estas palabras que muy pronto repetirán los miembros del Opus Dei repartidos por toda la tierra, mientras preside esta unidad de corazones y de almas.


El «milagro» de Irlanda

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Ahí, en la punta más occidental de Europa, sobre una tierra expuesta a los vientos y lluvias del Atlántico, arraigó la Obra con la misma decisión y firmeza que hay en sus llanuras y montañas. En Irlanda llueve un día de cada dos; pero después del temporal estalla la luminosidad de su color verde y del azul intenso del mar. Algo parecido ocurre con el temperamento irlandés: apasionado y sereno, en una alternancia que perfila su gran personalidad. La Isla ha defendido desde el siglo XII, fecha de la invasión normanda, todo su derecho de independencia.

Desde que San Patricio la ganó para el cristianismo, es un baluarte de la fe. Los irlandeses son firmes, generosos y tenaces. Con un hondo sentido familiar. Es el único país de habla inglesa con mayoría católica.

El Fundador del Opus Dei conoce la historia y cultura de Irlanda con todo detalle. Parece haber vivido en esta tierra. Cuando habla de cuestiones que pueden afectar a los irlandeses, se ambienta con enorme rapidez. Jamás ha dado a las situaciones un matiz político: se limita a enumerar hechos y a pedir a sus hijos que se abran al mundo con sentido universal. Sabe que es un país tenaz, y que han sufrido. Su gente es muy valiosa y él la ama especialmente, porque han defendido su libertad a golpe de valor.

El primer grupo joven y entusiasta- de vocaciones, va a arraigar en esta tierra por una fe y fortaleza fuera de lo común.

El Padre, recordando la fidelidad de sus hijas irlandesas en medio de todas las contradicciones e incomprensiones que encontraron en su país, decía: «si todas las vocaciones son divinas, las de mis hijas irlandesas son archidivinas»(45). Y hablaba del «milagro» de Irlanda.

En octubre de 1947, el Fundador envía a esta isla atlántica a José Ramón Madurga(46). Va solo. Respaldado por la oración de toda la Obra. Esto es lo que José Ramón ofrece cada día al Señor: la única moneda de cambio para alcanzar las primeras vocaciones irlandesas para el Opus Dei.

En la Universidad de Dublín conoce a Cormac Burke(47), estudiante de Letras en la especialidad de Arte. Cormac y su hermana, a la que familiarmente llaman Teddy, proceden de Sligo, una ciudad pequeña del oeste. Teddy estudia la rama de Lengua Española en la misma Facultad. Son los más pequeños de cinco hermanos y siempre han estado muy unidos. Entre los cuatro mil estudiantes de Dublín, se ven con frecuencia, intercambian amistades y experiencias y compiten en calificaciones, porque los dos han dejado ya demostrada su capacidad.

Apenas han transcurrido tres meses desde la llegada de José Ramón, exactamente el 9 de enero de 1948, cuando Cormac escribe al Padre pidiendo su admisión en el Opus Dei. A partir de este momento, Cormac aprovecha las vacaciones para presentar a sus padres y hermanos a José Ramón, para hacer cursos internacionales en España y formarse más profundamente en el espíritu de la Obra. A Teddy no le extraña la actitud de Cormac. Sólo ve en su hermano, y en aquel muchacho español que le acompaña, una gran amistad, ayuda mutua y alegría que desborda los límites habituales. Cantan, se divierten con los acontecimientos familiares y participan de las inquietudes universitarias.

El 27 de mayo de 1949, Cormac llama a su hermana para que se acerque a Northbrook, la residencia que comparte con otros estudiantes. Allí, en una pequeña salita, Teddy se entera de que Cormac es del Opus Dei; tiene su primer contacto con el espíritu de la Obra y escucha, emocionada y sobrecogida, las palabras con que le habla de entrega a Dios, de trabajo y servicio, de la aventura cotidiana y divina de poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas. Y mientras la claridad inunda su ánimo, se siente invadir también por un cierto miedo. Fuera, llueve desde hace varias horas. Cuando Teddy regresa a su casa, se mezclan las lágrimas con la lluvia de este día tormentoso de Irlanda. Por la noche no podrá dormir. Rezará por una luz que ha de llegarle con el amanecer del nuevo día. Dos fechas más tarde, escribe al Padre pidiendo la admisión en el Opus Dei.

Teddy va a aprenderlo todo a través de su hermano. Traduce y lee intensamente «Camino» en español. Y en julio de ese mismo año viene a España para conocer a otras mujeres del Opus Dei. Cuando regresa a Dublín lleva una profunda determinación en el alma: dejar de ser la única vocación irlandesa, acercar a otras personas a la Obra. El afán apostólico del Fundador ha prendido en ella, y sabe que el futuro descansa sobre su oración y actividad. Primero hablará con Maire Gibbons y luego con Anna Barrett. Tras charlar largo y confiado con la primera, Maire pregunta cuántas vocaciones hay en Dublín y Teddy, con naturalidad, le contesta que está ella sola. Inmediatamente, sin pensarlo más, Maire concluye:

-«Pues ya somos dos»(48).

Es el 9 de septiembre de 1949. El 1 de octubre Anna Barrett escribe también al Padre; y al día siguiente, Teddy, Maire y Anna celebran con una comida, en un restaurante estudiantil, el aniversario de la Fundación del Opus Dei.

Los padres de Teddy y un tío sacerdote, Father Costello, comprenderán la Obra desde el primer momento. Este sacerdote tiene una casa grande en Dublín y les cede el piso superior, independiente, para que puedan instalarse. Se abre así el primer Centro de la Sección de mujeres en Irlanda.

En los comienzos de 1950 buscan un apartamento en Lisson Park, que va a ser bautizado con un nombre breve y simpático: el flat. Este año pasarán a ser cinco. Eileen Maher, una estudiante de medicina que frecuenta el flat, y Olive, prima de Anna Barrett, pedirán la admisión en la Obra.

También un hermano de Olive, Dick, llegará a la Obra a través de Cormac.

Olive y Dick son hijos de un general adscrito a la revolución irlandesa. Durante varios años, Patrick Mulcahy no entenderá la vocación de sus hijos. Pero, algún tiempo después, cuando se retire del ejército, enviará al Padre lo más representativo de su vida: la capa militar y la espada. En 1959, así se lo hace constar a su hija Olive en una carta:

«El Padre mencionó que encontraba el país frío. Más tarde, cuando me jubilé del Ejército, le envié mi capa militar a Roma, con Dick, y le pedí que la aceptara. El Padre lo hizo y la usaba en los días fríos. En una ocasión le dijo a Dick: “Yo abracé a tu padre en Irlanda y ahora él me abraza a mí todos los días fríos cuando llevo su capa”. Espero que él me salude con su sonrisa cuando me llegue el tiempo de cruzar la Gran Frontera».

En septiembre de 1952, Antonieta Gómez recibe del Padre la invitación para ir a Irlanda. Acepta inmediatamente, y se desplaza de Madrid a Roma para recibir directamente del Padre experiencias y orientaciones valiosas para desenvolverse en su nuevo país.

Insiste el Fundador en la importancia de que se identifique con la mentalidad, las costumbres, sin añorar nada:

«No vamos a enquistarnos en un país. Vamos a fundirnos. Si no, no va: porque lo nuestro no es hacer nacionalismo, es servir a Jesucristo y a su Iglesia santa»(49)

Antonieta anota en un block de líneas apretadas todas la indicaciones del Padre. En un momento de la conversación, Monseñor Escrivá de Balaguer le pide el cuaderno y escribe un comentario:

«En Dublín, en Roma, en Madrid como en medio de Africa: ¡almas!»(50)

Insiste en que deben hacer partícipes de su vibración apostólica a personas de toda condición: estudiantes, empleadas, campesinas…

Y como resumen final para esta mujer que emprende el camino hacia aquel gran país, el Padre quiere hacerla portadora de un legado de fe, valor y confianza:

«Cuando te pido una cosa, hija, no me digas que es imposible, porque ya lo sé. Pero, desde que empecé la Obra, el Señor me ha pedido muchos imposibles… ¡y han ido saliendo! Por eso me gusta que seáis como las patas para echaros al agua: sin vacilaciones, sin miedos. Si Dios pide una cosa, hay que hacerla; hay que echarse adelante con valentía»(51).

Pocos días más tarde, en una jornada de lluvia y viento, Antonieta llegará a Londres. Tomará el tren en Eweston Station, para llegar hasta Holyhead. El Ferry-mail, por último, la dejará sobre el suelo verde de Irlanda.

Este país dará al Opus Dei vocaciones fieles. Y siempre llevarán en el alma aquel apremio del Fundador:

«Irlanda tiene una misión en el mundo, especialmente en todo el mundo de habla inglesa… que es medio mundo. Hacen falta muchas irlandesas, por aquí… por allí… Irlanda, este país que es una maravilla, que es el consuelo de Dios, con esta gente tan buena que hay por aquí, tan espléndida… Yo vendré el año que viene por este tiempo, pero os habéis de multiplicar por diez… Alegres, hambrientas de ir por todo el mundo a servir a Nuestro Señor, enamoradas de Jesucristo… »(52)
Cumpliendo este deseo se extenderán por muchos paises y serán firmes, como las rocas atlánticas que bordean sus tierras.

En la Legación de Honduras

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En enero de 1937, Juan Jiménez Vargas sale de la cárcel y va al sanatorio. El Padre sigue allí, aunque nota un ambiente de recelo. Hay una enfermera que sospecha, desde hace algún tiempo, que este paciente no padece enfermedad alguna. Un día se presentan los milicianos. Hay, en el establecimiento del doctor Suils, otras personas refugiadas que se hacen pasar por locos. La situación es peligrosa. Hasta que un enfermo se acerca a uno de los que amenaza con un arma y pregunta, con toda seriedad, cogiendo la metralleta:

-«¿Esto es un instrumento de aire o de cuerda?»(14)

La intervención es providencial. Los que dirigen la redada deciden que allí no hay nadie en su sano juicio y abandonan el lugar.

Sin embargo, en la clínica no hay sitio para que Juan y José María permanezcan más tiempo allí, y el Padre no quiere quedarse si no puede compartir este refugio con ellos. Es preciso encontrar otro lugar. José María González Barredo está relacionado con el Cónsul de Honduras en Madrid; a través de una cadena de amigos, trazan el plan para lograr cobijo en espera de futuros acontecimientos.

A pesar del gran número de gentes que solicitan asilo político dentro de Legaciones y Embajadas, esta vez la gestión tiene resultados positivos.

A primeros de marzo de 1937 pueden trasladarse al edificio situado en el Paseo de la Castellana número 51, muy cerca de la Plaza de Castelar. Es, en realidad, la propia casa del Cónsul de Honduras. Toda su familia se ha instalado en un par de habitaciones con los muebles y objetos de su propiedad. El resto de la vivienda, más bien destartalada y vacía, ha quedado a disposición de un grupo abigarrado de personas que huyen de la muerte. En los meses de mayor persecución llegará a pasar un número elevado de hombres y mujeres por la protección de esta casa del Paseo de la Castellana.

Nada más entrar, y a la derecha del vestíbulo, hay una puerta grande que se abre a un largo corredor; a los dos lados, varias habitaciones, cada una ocupada por un grupo de personas vinculadas por algún nexo de amistad o parentesco. A uno de estos cuartos con suelo de loseta, provisto de una estrecha ventana que da a un patio interior, llegarán el Padre, su hermano Santiago, Alvaro del Portillo, José María González Barredo, Juan Jiménez Vargas y Eduardo Alastrué, un estudiante que frecuentaba la Residencia de Ferraz. Sobre estos diez metros cuadrados, iluminados por una bombilla que cuelga solitaria del techo, se pueden ver cuatro colchones enrollados, sin ropa alguna de cama. Durante el día servirán de asientos. Por la noche, se extienden sobre el suelo y dan cabida a seis personas.

Los refugiados tienen edades, condiciones y oficios muy diversos, pero predominan los que, en tiempo de paz, dedicaban su actividad a profesiones liberales: médicos, ingenieros, profesores, artistas… Algunos han perdido a varios miembros de la familia; otros, han salido de la cárcel. Muchos, desconocen el paradero de sus gentes.

En esta situación, aislados y reducidos a una interminable espera sin plazo presumible ni resultados finales fáciles de predecir, es lógico que el ambiente sea tenso; a veces crítico. Y que la convivencia resulte difícil porque los nervios, las privaciones e incertidumbres actúan, un minuto tras otro, sobre el ánimo de todos.

En ese ambiente, contrasta y no pasa inadvertido el modo de enfocar y vivir la situación de este grupo de hombres que acaba de llegar a la Legación. Aun participando de la tragedia colectiva, a veces en una medida más colmada que los otros, mantienen la alegría y la paz, el interés por el estudio y el trabajo cotidiano, la atención por cada uno de sus compañeros, la objetividad y caridad en el trato y las conversaciones. El Padre organiza un horario. Desde el primer día, celebra la Santa Misa. Alguna vez puede hacerlo en el vestíbulo, sobre un mueble-consola de traza elegante; y utiliza, como cáliz, una taza de oro que la familia del Cónsul pone a su servicio. Pero el Cónsul y algunos de los refugiados tienen miedo a una denuncia y el Padre ha de celebrar, habitualmente, en la propia habitación en la que permanecen casi todo el tiempo. Colocan varias maletas superpuestas como un altar portátil, y con elementos improvisados, pero elegidos y tratados con el amor y la veneración del uso a que van a destinarse, tiene lugar la Misa cotidiana. El Padre recita despacio, intensamente, las oraciones del Santo Sacrificio.

Con frecuencia les prepara charlas, meditaciones, comentarios a textos evangélicos. Y anima el ambiente con una esperanza y un calor inexpresables. Organizan una tarea para cada uno. Estudian; trabajan en la medida de sus posibilidades. Alvaro del Portillo, incluso, se brinda a llevar las cuentas y gastos de la Legación porque ve abrumada a la familia por la carestía y el número creciente de personas que viven allí. El Padre visita y anima con frecuencia al Cónsul y a su mujer, que se encuentra enferma. Les lleva su sentido sobrenatural, su buen humor, la esperanza en un final más feliz. Y el agradecimiento de cuantos han salvado la vida a costa de su hospitalidad.

La apatía o el aburrimiento no hacen presa en ellos, a pesar de la lentitud con que las horas se deslizan dentro del encierro. José María González Barredo habla de sus experiencias e investigaciones científicas; a veces, salta el recuerdo de su tierra y canta «asturianadas». Juan relata sus andanzas por los frentes. Eduardo Alastrué escribe las charlas y meditaciones de don Josemaría, ayudado por una memoria de hierro que no le falla nunca. Alvaro hace observaciones sobre el ambiente, con una visión humorística que despierta la risa colectiva. Santiago disfruta con las ocurrencias de todos.

A lo largo de toda la vida recordarán aquel encierro, arduo pero también entrañable. Incluso gozoso. Guardan una imagen inolvidable del calor humano y sobrenatural de este rincón de refugiados.

Habitualmente informado de la situación del país, el Padre está atento a cuanto ocurre, aunque no se deja abatir por noticias adversas. Cuando los demás celebran victorias, él permanece callado. Este es un desastre entre hermanos y como tal le afecta. Los que comparten estas largas horas son testigos de que nunca se le oye un comentario peyorativo ni para las personas, ni para las dificultades de toda índole.

No es prudente que Isidoro Zorzano visite con exceso la Legación. Por eso, hay otros emisarios que resultan insustituibles: son los hermanos pequeños de Alvaro del Portillo, María Teresa y Carlos. Debido a su corta edad, los vigilantes de la puerta son grandes amigos. Bromean con los chiquillos y les dejan pasar sin dificultad. María Teresa y Carlos van a ver a su hermano, aunque ése es un secreto que saben mantener. Y además, llevan ocultas en los calcetines noticias que Isidoro les traspasa. El Padre les da, alguna vez, pequeños papeles escritos de modo que no puedan comprometer, que salen de la Legación de Honduras por la misma inocente valija diplomática. Los llevan hasta la casa de Isidoro en la calle de Serrano.

A los pequeños les gusta mucho ir a la Legación. Se sienten importantes y, además, lo pasan muy bien. Ven a Alvaro; juegan sobre los colchones y el Padre les hace reír de firme.

Años más tarde, recordando estas anécdotas, el Padre habla con María Teresa y Carlos:

-«¿A que siempre estábamos de muy buen humor?»(15)

Preocupa a don Josemaría no tener noticia de los que han quedado en Levante. Por eso, decide escribir desde la Legación. Pero resulta peligroso porque existe una censura de correos muy estricta: ni las propias Embajadas están a cubierto de asaltos, saqueos y fusilamientos. Sin embargo, el Padre ve la necesidad de tener un mínimo contacto con sus hijos a lo largo de estos meses. Por este motivo, en sus cartas deberá utilizar una terminología comprensible para ellos pero oscura para la investigación de los censores. De este modo, los miembros de la Obra, dispersos por la geografía de España, tendrán noticias del Fundador y de quienes le acompañan.

A pesar de su ánimo, la energía humana y sobrenatural del Padre se siente prisionera dentro de estos muros. Sigue sin documentación civil que le permita salir, pero, tras varias gestiones, consigue del Cónsul un documento que le acredita como Intendente General del Consulado de Honduras. Es muy poca protección pero, al menos, puede parar un primer golpe. Le regalan un traje que, por supuesto, no responde a sus medidas. Está delgadísimo: ha perdido más de treinta kilos durante su encierro.

La falta de alimentos es muy grave; además, el Padre se somete a una penitencia continua que le lleva a ceder parte de la exigua comida a otros refugiados y a buscar la mortificación voluntaria que añade a las penalidades del entorno. La mayor parte de los días se mantiene con un poco de sopa de arroz y algarrobas. No hay otra cosa.

Un día, doña Dolores Albás puede acudir a la Legación de Honduras para ver a su hijo sacerdote -después de muchos meses de persecución y angustia-, y no le reconoce. Tanta es su. delgadez. Sólo puede identificarle cuando la llama. El único rasgo que mantiene intacto es el tono de voz.

Desde que don Josemaría tuvo que huir precipitadamente de la casa de su madre, en agosto de 1936, ella y Carmen no le han vuelto a ver. Los miembros de la Obra que aún pueden circular por Madrid, aprovechan la menor coyuntura para acercarse a la casa de la calle de Caracas, donde la Abuela y Carmen están refugiadas. En estas dificilísimas circunstancias siguen encontrando el cariño y la atención de un hogar. Algunos recordarán siempre el día de San José de 1937. La familia del Fundador invita a almorzar a todos los que tienen posibilidad de acudir. Nadie sabe a costa de qué privaciones doña Dolores y Carmen convierten la jornada en una gratísima fiesta.

El día 31 de agosto de 1937, don Josemaría abandona este refugio definitivamente, para iniciar su actividad apostólica dentro de la ciudad en guerra. Vive en una pensión, en el ático del número 67 de la calle de Ayala, con Juan Jiménez Vargas.

Lleva con frecuencia el Santísimo consigo dentro de una pitillera de plata, con el interior dorado, envuelto en uno de los pequeños corporales que hiciera su hermana’ Carmen. Una vez cerrada, la enfunda en una bolsa de tela que tiene dibujada la bandera de Honduras. El Padre la sujeta además, con unos imperdibles, al forro del bolsillo interior de la chaqueta. Dios hecho Hombre, entre los hombres que sufren, comienza a pasear las casas, las calles de Madrid, protegido por un pabellón extranjero.

Así puede asistir de cerca a la enfermedad de don Ramón del Portillo, padre de Alvaro, que muere el 14 de octubre de 1937 en una casa situada bajo la protección de la Embajada de México, en la calle de Veláquez 98. Le han ocultado a su hijo la gravedad para impedir que salga de la Legación y exponga su vida. El Padre viene todos los días con una cartera en la mano. Ante los extraños, pasa por ser el médico. Don Ramón del Portillo muere a causa de una tuberculosis imparable. El entierro tiene lugar el día 15.

En su incesante dedicación apostólica de estos meses, el Padre se pone en contacto con José María Albareda, que vive en un piso de la calle Menéndez y Pelayo. Allí conoce también a Tomás Alvira, que años más tarde será una de las primeras personas casadas que soliciten la admisión en el Opus Dei. Celebra el Santo Sacrificio en el fervor de pequeñas reuniones, y extrema su amor a la Eucaristía en esta época en la que revive la actuación y el modo de los primeros cristianos durante las persecuciones.

Incluso llega a dar unos días de retiro espiritual, dirigiendo las meditaciones en distintas casas, para no llamar la atención; reúne a unos pocos que se encuentran y separan discretamente, y que rezan, por entre la angustia y la tristeza de los peatones, la luminosa plegaria del Rosario a María, Madre de Dios y de los hombres.

En una tienda que se dedicaba, hasta que estalló la guerra, a vender objetos religiosos consigue una pequeña imagen de la Virgen. Años más tarde, el 14 de febrero de 1961, en Roma, contará cómo fue la aventura de esta adquisición:

«Me acuerdo, como si fuera ahora, de cuando compré esa imagen de la Virgen, en plena guerra civil de España. Fue en la plaza del Angel, en una tienda donde venden marcos, estampas y, sobre todo, espejos. Se asustaron cuando les pedí una imagen de Nuestra Señora. Saqué mis documentos, y la trajeron desde la trastienda, muy a escondidas.

Luego la tuvimos en el piso donde estuve refugiado con Juan: un piso que nos dejaron. Al día siguiente de irnos, cayó allí una bomba.

A mí me gusta mucho esta imagen, porque me recuerda un poquico a mi madre. No es que se le parezca, pero tiene algo de ella»(16)

El cuadro es una reproducción de L’Addolorata de G. B. Salvi, llamado el Sassoferrato, un pintor italiano del siglo XVII.

Una conversación en Boston

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

20 de agosto. Estoy en Boston con el matrimonio Freemont–Smith, Maury y Harriet. Les pregunto:

–El Fundador del Opus Dei hablaba con frecuencia sobre la vocación de llevar adelante una familia. ¿Qué consejos suyos les han ayudado de forma especial en su vida de familia?

Bueno, yo diría–comienza él– que había muchas cosas del Fundador del Opus Dei que nos ayudaban, y siguen ayudándonos en la vida de familia. Probablemente lo más destacado es cuando decía que el mejor don que podemos dar a nuestros hijos es querernos mucho entre nosotros. Y ser muy leales y muy felices el uno conel otro. Y hay muchas cosas más. Cuando hay que corregir a los hijos, procurar hacerlo por amor, y no por impaciencia.

Otras cosas podrían parecer de poca importancia: por ejemplo, tertulias de familia y el estar apiñados en la familia, pero no lo son. Unen mucho a las personas, les dan un sentido de unidad y de lealtad.

Ahora es Harriet quien habla.

–También decía cosas muy bonitas sobre la libertad, y lo importante que es que los padres den a los hijos la libertad, aun la libertad de cometer un error. Pero de lo que más me acuerdo es que dijo: «Si el marido y la mujer discuten –y tiene que ocurrir porque somos humanos– no debe ser delante de los niños. Pero si lo hacen, entonces deben tener la delicadeza de hacer la paz también delante de los hijos».

–Harriet, ¿cómo encuentra tiempo para seguir con sus afanes profesionales, y también cuidar de sus responsabilidades familiares?

–Creo que ser madre de nueve niños es una empresa muy profesional. Es una aventura. Pero también creo que es importante que la mujer tenga otras ocupaciones fuera del hogar. Les ayuda a tener más interés en sus familias cuando están en casa. Pero estar en casa ha venido a ser para muchas mujeres una cosa que consideran poco deseable. En cuanto a mí, yo pienso que es formidable tener la influencia de educar a todas esas personas –los niños son personas–. En fin, organizarse y tener disciplina. Y el propósito de no limitarse a la casa, sino salir fuera y divertirse un poco también.

–Maury, voy a hacerle esta pregunta: ¿Cómo cree que el Opus Dei podría ayudar a los profesionales que piensan muchas veces que están demasiado ocupados, que no tienen tiempo para practicar su fe?

–En todo esto se trata de tener prioridades. Siempre conseguimos acabar lo que realmente nos interesa. Si queremos ver la televisión, encontraremos el tiempo. Si queremos estar con nuestros hijos, encontraremos el tiempo. Si queremos unas vacaciones, encontraremos el tiempo para estar en la montaña o donde sea. Ahora bien, si una persona quiere aprender a amar más a Dios, si alguien se interesa suficientemente en la vida eterna, para el que quiera aprender más, el Opus Dei le ofrece un programa de formación e información que le ayudará a realizarlo. Ajustando esta dedicación a la vida diaria, sin cambiar nada en esta vida, pero ayudándonos a dedicarnos más a ese fin, de amor a Dios, ayudando a otros, formando amistades, cosas que querernos hacer porque son importantes.

Otra caricia de la Virgen

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Seguía padeciendo la fuerte diabetes que le habían diagnosticado en El Escorial. Desde un punto de vista meramente humano, se iba enfrentando, en cada época de su vida, con dificultades fuera de lógica: cuando quiso empezar en otras ciudades de España, estalló la guerra civil. Cuando se dispuso a expandir el Opus Dei por el mundo, comenzó la guerra mundial. Y ahora, que impulsaba la labor apostólica en tantos países desde Roma, sufría una enfermedad le provocaba cada jornada una molestia distinta: un día estaba desfallecido; otro, le dolía la cabeza; al siguiente, le fallaba el ojo derecho. Tuvo una infección que le produjo un giro violento en las raíces dentales, y que llegó a tal punto que el dentista tuvo que hacerle una extracción con los dedos, para evitar una hemorragia, fatal en aquellos momentos.

Todo ilógico humanamente, respondía a la misteriosa lógica de Dios, que en un determinado momento le dio la enfermedad; y en otro determinado momento… se la quitó.

Era consciente de la gravedad de su mal. Había hecho colocar un timbre junto a su cama para pedir los sacramentos, por si le llegaba su última hora de forma repentina. Pero no vivía aquella situación de forma dramática: cada noche, antes de acostarse, rezaba confiado: Señor, no sé si me levantaré mañana; te doy gracia por la vida que me des y estoy contento de morir en tus brazos. Espero en tu misericordia.

A comienzos de 1954 el resultado de los análisis semanales era cada vez más negativo. Hasta que el 27 de abril, fiesta de la Virgen de Montserrat, cuando estaba sentado en la mesa, hacia la una de la tarde, sufrió un shock anafiláctico: se dio cuenta que se moría y le dijo a Álvaro del Portillo, que le acompañaba, como de costumbre:

Álvaro, dame la absolución.

—Padre, ¿qué dice? —le preguntó éste, desconcertado.

¡La absolución!

Comenzó a indicarle la fórmula —ego te absolvo…— y se desvaneció sin sentido.

Tras absolverle, del Portillo intentó que tomara azúcar y avisó rápidamente al médico. Este llegó a los pocos minutos, cuando don Josemaría empezaba a recobrarse, aunque se había quedado ciego.

El médico se quedó extrañado por aquella sorprendente evolución. Al cabo de varias horas, don Josemaría se repuso del todo y recobró la vista. Y desde aquel día quedó curado de la diabetes que sufría desde hacía diez años. Fue una nueva caricia de la Virgen en su vida.

Personalmente estaba muy tranquilo —comentaba—, aunque me daba pena irme de vosotros. Pero por todo lo que habéis pedido por mí al Señor, Él os ha oído.


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