3. El espíritu humano manifiesta a Dios

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El ser humano percibe su singularidad y preeminencia sobre el resto de la naturaleza. Aunque comparte muchos aspectos de su vida biológica con otras especies animales, se reconoce único en su fenomenología: reflexiona sobre sí mismo, es capaz de progreso cultural y técnico, percibe la moralidad de las propias acciones, trasciende con su conocimiento y su voluntad, pero sobre todo con su libertad, el resto del cosmos material. En definitiva, el ser humano es sujeto de una vida espiritual que trasciende la materia de la cual, sin embargo depende. Desde los orígenes, la cultura y la religiosidad de los pueblos han explicado esta trascendencia del ser humano afirmando su dependencia de Dios, del cual la vida humana contiene un reflejo. En sintonía con este común sentir de la razón, la Revelación judeo-cristiana enseña que el ser del hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1,26-28).

La persona humana está ella misma en camino hacia Dios. Existen itinerarios que conducen a Dios partiendo de la propia experiencia existencial: «Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual» (Catecismo, 33).

La presencia de una conciencia moral que aprueba el bien que hacemos y censura el mal que realizamos o querríamos realizar, lleva a reconocer un Sumo bien al cual estamos llamados a conformarnos, del cual nuestra conciencia es como su mensajero. Partiendo de la experiencia de la conciencia humana y sin conocer la Revelación bíblica, varios pensadores desarrollaron desde la antigüedad una reflexión sobre la dimensión ética del obrar humano, reflexión de la que es capaz todo hombre en cuanto creado a imagen de Dios.

Junto a la propia conciencia, el ser humano reconoce su personal libertad, como condición del propio actuar moral. En ese reconocerse libre, la persona humana lee en sí la correspondiente responsabilidad de las propias acciones y la existencia de Alguien ante el cual ser responsable; este Alguien debe ser mayor que la naturaleza material, y no inferior sino mayor que nuestros semejantes, también llamados a ser responsables como nosotros. La existencia de la libertad y de la responsabilidad humanas conducen a la existencia de un Dios garante del bien y del mal, Creador, legislador y remunerador.

En el contexto cultural actual se niega frecuentemente la verdad de la libertad humana, reduciendo la persona a un animal un poco más desarrollado, pero cuyo actuar estaría regulado fundamentalmente por pulsiones necesarias; o identifican la sede de la vida espiritual (mente, conciencia, alma) con la corporeidad de los órganos cerebral y de los procesos neurofisiológicos, negando así la existencia de la moralidad del hombre. A esta visión se puede responder con argumentos que demuestran, en el plano de la razón y de la fenomenología humana, la auto-trascendencia de la persona, el libre arbitrio que obra también en las elecciones condicionadas por la naturaleza, y la imposibilidad de reducir la mente al cerebro.

También en la presencia del mal y de la injusticia en el mundo, muchos ven hoy en día una prueba de la no-existencia de Dios, porque si existiera, no lo permitiría. En realidad, esta desazón y este interrogante son también “vías” hacia Dios. La persona, en efecto, percibe el mal y la injusticia como privaciones, como situaciones dolorosas no debidas, que reclaman un bien y una justicia a la que se aspira. Pues si la estructura más íntima de nuestro ser no aspirase al bien, no veríamos en el mal un daño y una privación.

En el ser humano existe un deseo natural de verdad, de bien y de felicidad, que son manifestaciones de nuestra aspiración natural de ver a Dios. Si tal pretensión quedase frustrada, la criatura humana quedaría convertida en un ser existencialmente contradictorio, ya que estas aspiraciones constituyen el núcleo más profundo de la vida espiritual y de la dignidad de la persona. Su presencia en lo más profundo del corazón muestran la existencia de un Creador que nos llama hacia sí a través de la esperanza en Él. Si las vías “cosmológicas” no aseguran la posibilidad de llegar a Dios en cuanto ser personal, las vías “antropológicas”, que parten del hombre y de sus deseos naturales, dejan entrever que el Dios del cual reconocemos nuestra dependencia, debe ser una persona capaz de amar, un ser personal ante criaturas personales.

La sagrada Escritura contiene enseñanzas explícitas sobre la existencia de una ley moral inscrita por Dios en el corazón del hombre (cfr. Sir 15,11-20; Sal 19; Rm 2,12-16). La filosofía de inspiración cristiana la ha denominado “ley moral natural”, accesible a los hombres de toda época y cultura, aunque su reconocimiento, como en el caso de la existencia de Dios, puede quedar en oscuridad por el pecado. El Magisterio de la Iglesia ha subrayado repetidamente la existencia de la conciencia humana y de la libertad como vías hacia Dios.

2. De las criaturas materiales a Dios

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El intelecto humano puede conocer la existencia de Dios acercándose a Él a través de un camino que tiene como punto de partida el mundo creado y que posee dos itinerarios, las criaturas materiales y la persona humana. Aunque este camino haya sido desarrollado especialmente por autores cristianos, los itinerarios que partiendo de la naturaleza y de las actividades del espíritu humano llevan hasta Dios, han sido expuestos y recorridos por muchos filósofos y pensadores de diversas épocas y culturas.

Las vías hacia la existencia de Dios también se llaman “pruebas”, no en el sentido que la ciencia matemática o natural da a este término, sino en cuanto argumentos filosóficos convergentes y convincentes, que el sujeto comprende con mayor o menor profundidad dependiendo de su formación específica (cfr. Catecismo, 31). Que las pruebas de la existencia de Dios no puedan entenderse en el mismo sentido de las pruebas utilizadas por las ciencias experimentales se deduce con claridad del hecho que Dios no es objeto de nuestro conocimiento empírico.

Cada vía hacia la existencia de Dios alcanza solamente un aspecto concreto o dimensión de la realidad absoluta de Dios, el del específico contexto filosófico en el cual la vía se desarrolla: «partiendo del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo se puede llegar a conocer a Dios como origen y fin del universo» (Catecismo, 32). La riqueza y la inconmensurabilidad de Dios son tales que ninguna de estas vías por sí misma puede llegar a una imagen completa y personal de Dios, sino solamente a alguna faceta de ella: existencia, inteligencia, providencia, etc.

Entre las llamadas vías cosmológicas, unas de las más conocidas son las célebres “cinco vías” elaboradas por Santo Tomás de Aquino, que recogen en buena medida las reflexiones de filósofos anteriores a él; para su comprensión se precisa conocer algunos elementos de metafísica. Las primeras dos vías proponen la idea de que las cadenas causales (paso de la potencia al acto, paso de la causa eficiente al efecto) que observamos en la naturaleza no pueden proseguir en el pasado hasta el infinito, sino que deben apoyarse en un primer motor y sobre una primera causa; la tercera, partiendo de la observación de la contingencia y limitación de los entes naturales, deduce que su causa debe ser un Ente incondicionado y necesario; la cuarta, considerando los grados de perfección participada que se encuentran en las cosas, deduce la existencia de una fuente para todas estas perfecciones; la quinta vía, observando el orden y el finalismo presentes en el mundo, consecuencia de la especificidad y estabilidad de sus leyes, deduce la existencia de una inteligencia ordenadora que sea también causa final de todo.

Estos y otros itinerarios análogos han sido propuestos por diversos autores con diversos lenguajes y distintas formas, hasta nuestros días. Por tanto, mantienen su actualidad, aunque para comprenderlos es necesario partir de un conocimiento de las cosas basado en el realismo (en contraposición a formas de pensamiento ideológico), y que no reduzcan el conocimiento de la realidad solamente al plano empírico experimental (evitando el reduccionismo ontológico), así que el pensamiento humano pueda, en definitiva, ascender de los efectos visibles a las causas invisibles (afirmación del pensamiento metafísico).

El conocimiento de Dios es también accesible al sentido común, es decir, al pensamiento filosófico espontáneo que ejercita todo ser humano, como resultado de la experiencia existencial de cada uno: la maravilla ante la belleza y el orden de la naturaleza, la gratitud por el don gratuito de la vida, el fundamento y la razón del bien y del amor. Este tipo de conocimiento también es importante para captar a qué sujeto se refieren las pruebas filosóficas de la existencia de Dios: Santo Tomás, por ejemplo, termina sus cinco vías uniéndolas con la afirmación: “y esto es a lo que todos llaman Dios”.

El testimonio de la Sagrada Escritura (cfr. Sb 13,1-9; Rm 1,18-20; Hch 17,22-27) y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia confirman que el intelecto humano puede llegar, hasta el conocimiento de la existencia del Dios creador, partiendo de las criaturas (cfr. Catecismo, 36-38). Al mismo tiempo, ya sea la Escritura, ya sea el Magisterio, advierten que el pecado y las malas disposiciones morales pueden hacer más difícil este reconocimiento.

La paz nace en el corazón del hombre

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Carta pastoral de mons. Javier Echevarría dirigida a los fieles de la Prelatura y cooperadores del Opus Dei con ocasión del inicio de la Cuaresma.

En el inicio de la Cuaresma, quisiera hacer resonar en vuestros corazones los reiterados llamamientos del Santo Padre Juan Pablo II en favor de la paz del mundo. «En esta hora de preocupación internacional, todos sentimos la necesidad de dirigirnos al Señor para implorar el gran don de la paz. Como afirmé en la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariæ, “las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto (…) puede hacer esperar en un futuro menos oscuro” (n. 40). Invito a todos a tomar en la mano el rosario para invocar la intercesión de la Virgen Santísima: “No se puede rezar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz” (Ibid., 6)» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 9-II-2003).

Estas palabras cobran nueva urgencia a la luz de las actuales circunstancias. Es preciso que con perseverancia, y con fe en la eficacia de la oración, se alce al Cielo la súplica de todos los hombres de buena voluntad, especialmente de los que nos honramos con el nombre de discípulos de Cristo. Así lo ha reafirmado el Santo Padre hace pocos días: «nosotros, los cristianos, estamos llamados especialmente a ser como los “centinelas de la paz”, en los lugares donde vivimos y trabajamos. Se nos pide que vigilemos para que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 23-II-2003).

La verdadera concordia entre las naciones está muy vinculada al respeto de la Ley de Dios, de su Palabra, de sus Mandamientos, precisamente porque es opus iustitiæ, fruto de esa actitud de respeto y fidelidad a las leyes divinas que la Sagrada Escritura llama “justicia”. Por eso mismo, «la paz jamás es una cosa hecha del todo, sino un perpetuo quehacer. Siendo tan frágil la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno un constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima» (Concilio Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 78).

En este contexto resulta fácil comprender que la paz ha de nacer en el corazón del hombre, de la mujer, como acogida libre y voluntaria del amor de Dios. Si en el corazón de las personas persisten odios y envidias, rencores y malquerencias, no puede germinar allí esta planta delicadísima. Se debe purificar el alma del afecto al pecado, para que en las familias, en la sociedad y en el mundo entero se difunda “el reino de justicia, de amor y de paz” que Jesucristo ha traído a la tierra. Peleemos todos contra cualquier sombra de resentimiento o de rencor que, por romper la fraternidad, quiebra la comunión con el Señor.

Escuchemos a San Josemaría: «Pax in cœlo, paz en el cielo. Pero miremos también el mundo: ¿por qué no hay paz en la tierra? No; no hay paz; hay sólo apariencia de paz, equilibrio de miedo, compromisos precarios (…). No hay paz en muchos corazones, que intentan vanamente compensar la intranquilidad del alma con el ajetreo continuo, con la pequeña satisfacción de bienes que no sacian, porque dejan siempre el amargo regusto de la tristeza» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 73).

Ved la enorme importancia de la propia lucha interior —de cada una, de cada uno—, para la causa de la paz del mundo. No lo consideréis como una utopía: un hombre o una mujer que procura —un día tras otro— ser más grato a Dios, que se duele de sus faltas y se propone pequeñas y grandes ascensiones en la vida espiritual, que se dedica con empeño al bien de las personas con las que se relaciona más de cerca, que trata de comunicar a otros los ideales cristianos que le mueven, esa persona está colaborando de modo eficaz en la implantación de la paz.

Para el próximo día 5 de marzo, Miércoles de Ceniza, Juan Pablo II convoca a todos los hombres de buena voluntad, y especialmente a los hijos de la Iglesia, a dedicar esa jornada «a la oración y al ayuno por la causa de la paz, especialmente en el Oriente Medio» (Juan Pablo II, Alocución en el Ángelus, 23-II-2003.). Os recuerdo este deseo del Papa, al que queremos unirnos de la manera más generosa, con la esperanza de que la plegaria y el sacrificio unidos, presentados a Dios por intercesión de la Santísima Virgen, abran de par en par, una vez más —como ha sucedido frecuentísimamente a lo largo de la historia— las puertas de la misericordia divina.

«Antes que nada, imploraremos de Dios la conversión de los corazones y la prudencia en las decisiones justas, para resolver con medios adecuados y pacíficos las disputas, que obstaculizan el peregrinar de la humanidad en este tiempo nuestro» (Ibid). Sólo la luz de Dios se muestra capaz de disipar el apasionamiento, el orgullo, los prejuicios personales, de raza o de nación, que frecuentemente se hallan en la base de los fracasos para resolver pacíficamente los conflictos entre las diversas comunidades humanas. La oración se muestra como un medio de primera importancia, para que el diálogo entre los representantes de las naciones produzca sus frutos. No cesemos, pues, de rezar a diario por esta intención. En su llamamiento, el Santo Padre expresa su esperanza de que, el Miércoles de Ceniza, «en cada santuario mariano se elevará al Cielo una ardiente plegaria por la paz, con la recitación del Santo Rosario. Confío —añade— que también en las parroquias y en las familias sea recitado el Rosario por esta gran causa de la que depende el bien de todos» (Ibid).

La intención que nos propone el Papa, acompañada ese día por el ayuno, resulta muy adecuada para el comienzo de la Cuaresma, tiempo que en la Iglesia se dedica especialmente a la oración, a las obras de caridad y de penitencia. Por eso, en su convocatoria, Juan Pablo II precisa: «esa invocación coral irá acompañada por el ayuno, expresión de penitencia por el odio y la violencia que contaminan las relaciones humanas. Los cristianos comparten la antigua práctica del ayuno con tantos hermanos y hermanas de otras religiones, que mediante esa práctica procuran despojarse de toda clase de soberbia y disponerse para recibir de Dios los dones más grandes y necesarios, entre los que sobresale el de la paz» (Ibid).

Seamos generosos, —cada uno en la medida de sus personales circunstancias—, en la práctica de la mortificación, que tanto remueve el Corazón de Dios, e impulsemos a muchas otras personas a hacer lo mismo; no sólo el Miércoles de Ceniza, sino cuidando a lo largo de toda la Cuaresma, con particular esmero, el espíritu de penitencia en comidas y bebidas, en la realización acabada del propio trabajo, en el descanso y el uso del tiempo libre, en el ofrecimiento de las contrariedades y penalidades de la vida, llevando todo con alegría, como nos recomendaba San Josemaría. «Fomenta tu espíritu de mortificación en los detalles de caridad, con afán de hacer amable a todos el camino de santidad en medio del mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra del espíritu de penitencia» (San Josemaría, Forja, n. 149).

La Cuaresma nos llama a una mayor entrega a los demás: las obras de misericordia, en sus variadísimas expresiones, constituyen otra de las prácticas tradicionales de este período litúrgico. En su Mensaje para este año, el Romano Pontífice ha elegido como lema unas palabras de la Sagrada Escritura: “hay mayor felicidad en dar que en recibir”(Hch 20, 35). Todos tenemos experiencia inmediata de esta verdad. Cuando seguimos la llamada interior a servir a los demás, sin esperar nada a cambio, experimentamos una grandísima felicidad, que no cambiaríamos por ningún gozo de la tierra. En cambio, cuando nos resistimos a esa invitación de Dios y nos cerramos ante quienes nos rodean, nos sentimos infelices e insatisfechos. Si esto sucede en lo que se refiere a las simples relaciones humanas, ¡cuánta mayor felicidad encontramos al responder con nuestro amor al Amor —con mayúscula— de la Trinidad, con nuestra entrega a la entrega del Hijo, que Dios Padre ha realizado por causa nuestra!

Mons. Javier Echevarría habla de filiación divina

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En el último libro del prelado del Opus Dei se dedica un capítulo a la filiación divina: una de las realidades sobrenaturales en las que se fundamenta la formación que se imparte en los centros de la Prelatura. Incluimos en esta sección algunos textos seleccionados de ese capítulo de “Eucaristía y vida cristiana”.

Opus Dei -

«A todos los que la recibieron (la Palabra, el Verbo hecho carne), les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1, 12). Al cristiano no se le concede sólo un modo de hablar, de autodenominarse. La conciencia de la filiación divina responde a la radicalidad del don divino, que transforma al hombre verdaderamente desde dentro, desde su misma raíz, como dice san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre, que nos llamemos hijos de Dios: ¡y lo somos! (…). Ya ahora somos hijos de Dios» (1 Jn 3, 1-2). Por eso, afirmaba san Josemaría: «El que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima», no ha descubierto aún ni la razón profunda de su ser, ni el sentido de su existencia sobre la tierra.

Lo narraba entusiasmado el Apóstol Pablo, contemplando en sí mismo y en sus hermanos en la fe la acción de Dios: «Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. En efecto, no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con Él, para ser con él también glorificados» (Rm 8, 14-17).

Los Padres de la Iglesia no se cansaron de contemplar, y de inculcar en los fieles cristianos, esta verdad a la vez sencilla y extraordinaria: el Hijo de Dios «se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios» . Desde entonces, los discípulos del Señor han vivido de esta realidad, tratando de asimilarla, de descubrir su riqueza infinita, que se expresa en múltiples manifestaciones, como el mismo Cristo explicó a lo largo de su predicación: en la oración, con la que el cristiano empieza llamando Padre al Creador, le expone sencillamente la propia necesidad y acoge sinceramente como propias las intenciones divinas; en la penitencia para cumplir a fondo los designios del cielo, que lleva a cabo reciamente pero sin ostentación, de un modo amable que no molesta a los demás; en la caridad, que empuja a mirar siempre al otro como a hermano, porque es hijo del mismo Padre; en la prontitud para perdonar eventuales agravios y ofensas, signo y consecuencia de saberse perdonado antes y más profundamente por el Señor de todos; en el deseo sincero de reencaminarse hacia el Padre cuando se le ha abandonado por cualquier motivo.

Con el don de la filiación divina, Cristo ha destruido radicalmente las barreras que puedan separar a los hombres, porque ha superado la distancia fundamental, la que aleja la tierra del Cielo y de las mismas criaturas. Dios se ha acercado tanto al hombre que ha llegado a ser uno de nosotros. Al asumir nuestra naturaleza, el Verbo ha unido en sí lo humano y lo divino; desde entonces, como repite san Pablo, «ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Dios ya no está lejos: es nuestro Padre. No lo están tampoco los demás: son nuestros hermanos en el Señor.

Transformarse en Cristo significa identificarse con el Hijo, paso absolutamente necesario para alcanzar el fin del camino. La meta de la vida humana, según el designio de Dios, se alcanza con la visión amorosa del Padre, a la que llega el hombre cuando logra la plena identificación con el Hijo. Cristo ha dicho explícitamente: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» (Mt 11, 27). “Revelarlo” supone comunicar la Palabra que manifiesta al Padre; y creer en esa revelación exige que se acoja esa Palabra, que a su vez significa participar de la Filiación divina que es el Verbo. Durante la vida terrena, esa Palabra se recibe de manera imperfecta, en la fe; en la vida celestial, el hombre la asumirá perfectamente, en la visión gloriosa, como dice san Pablo: «Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto (…). Ahora vemos como en un espejo, oscuramente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido» (1 Cor 13, 10.12).

San Juan relaciona específicamente esta dinámica con el desarrollo de la filiación divina: «Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! Por eso el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él. Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3, 1-2). Por eso decimos que el hombre puede ver al Padre sólo si está plenamente identificado con el Hijo.

Esa identificación se inicia en el sacramento del Bautismo, puerta del camino cristiano. Pero en el Bautismo la filiación divina se nos otorga como sucede con la vida a un recién nacido; después, debe crecer más y más con el impulso y la luz del Paráclito, según la disposición divina y con la correspondencia del hombre a la gracia. El mismo Cristo se ocupa de acompañar a su discípulo en ese recorrido. También por este motivo se queda en la Eucaristía como alimento; de forma que sus discípulos logren participar cada vez más plenamente de su Filiación divina. Jesús Eucaristía es para todos Camino que lleva a la Casa del Cielo, porque en la Eucaristía se ha hecho viático, senda que conduce progresivamente —al cristiano que lo trata y recibe con las debidas disposiciones— a la completa identificación con Él. A esta finalidad se abre el camino: a la visión cara a cara del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”


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