Homilía completa de la Jornada Mariana de la Familia.

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Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

Queridísimas familias:

Un año más he de agradecer al Señor el regalo de poder celebrar esta XV Jornada Mariana de la Familia, con todos vosotros, venidos a este Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad desde tantos puntos de España y desde algunos países vecinos.

Estamos aquí –en “la casa de la Virgen” y envueltos en el entrañable recuerdo de san Josemaría Escrivá de Balaguer– como testigos del Evangelio de la familia y de la vida.

Estamos aquí con la gracia del Espíritu Santo para glorificar a Dios Padre por medio de Cristo, que renueva en la Santa Misa su Sacrificio redentor. Él es el Señor del cielo y de la tierra y actúa sin cesar en la historia humana por medio de la Iglesia, de la que formamos parte. En el salmo responsorial hemos ensalzado al Señor, con palabras de María, por sus “grandezas” en favor de los hombres . La mayor de todas ellas es, ciertamente, la Encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo, que se hace realmente presente en la Eucaristía: sacramento de su Cuerpo y su Sangre, que se nos dan como pan de vida y bebida de salvación “para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”; es decir, para que en medio del mundo “lleguemos a ser santos y fermento eficaz de santidad”.

Hoy nos encontramos en Torreciudad para avivar en nosotros estas certezas de fe y para proclamar que el matrimonio es también “sacramentum magnum” : signo eficaz de la presencia del Señor en el mundo y manifestación del amor indefectible con que Cristo ama a su Iglesia y la hace fecunda. Hemos venido a reafirmar, con el Papa Juan Pablo II, que “en la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer –relación recíproca y total, única e indivisible– responde al proyecto primitivo de Dios”; un proyecto a menudo “ofuscado en la historia por la ‘dureza de corazón’, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’” para bien de la criatura.

Sí, hermanas y hermanos, hijas e hijos míos: celebramos esta XV Jornada Mariana de la Familia como expresión inequívoca de nuestro compromiso de “proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia” , tal como la hemos recibido de Dios. A través de su Vicario en la tierra, el Señor nos convoca para vivificar la sociedad con las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues “son muchos los factores culturales, sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia”, y que a veces llegan a desvirtuar “la idea misma de la familia” .

No se trata de lamentarse. Pero –como han puntualizado expresamente Juan Pablo II y los Obispos de España– bien a la vista están los signos de ese oscurecimiento de la dignidad del hombre y de la santidad del matrimonio en las conciencias de tantos conciudadanos nuestros.

Ante una situación semejante, que puede afectar a millones de personas de España y del mundo, el lema escogido para la Jornada de este año es especialmente significativo: “la familia cristiana, esperanza del mundo”.

Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

No nos sentimos los cristianos mejores que los otros, ni más virtuosos. Pero –hoy, como siempre– estamos llamados por la gracia de Dios a ser sal y luz del mundo, fermento de la sociedad y, por tanto, a revitalizar con el amor y la verdad de Cristo los ambientes culturales y sociales. El Señor nos urge día a día a ser ejemplo para muchos que vacilan, a mostrarles la belleza y el atractivo de nuestra fe, el sentido divino del amor humano y, en consecuencia, del matrimonio fiel e indisoluble, la grandeza de la vocación matrimonial como camino de santidad, el gozo de la maternidad y de la paternidad como participación en la paternidad y maternidad de Dios, mediante las que Él enriquece y hace crecer a la familia humana. Y cuando Dios no envía hijos a un matrimonio que los desea vivamente, éste es otro modo de bendecir, para que estén especialmente abiertos a una paternidad y maternidad espiritual muy amplia.

No es éste –decía– momento para las lamentaciones, sino para la afirmación gozosa de la fe, para un compromiso apostólico constante y rebosante de optimismo. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, hemos escuchado en la primera Lectura. Esta profecía de Zacarías, que anuncia la salvación del género humano, se cumplió en un recóndito hogar de Nazaret, iluminado por Cristo y por la vida santamente ordinaria de María y de José. Y Él convirtió ese hogar –su hogar en la tierra– en modelo para todas las familias de todos los tiempos. Modelo de amor fiel, casto y fecundo, con una fecundidad espiritual que se extiende a todas las generaciones. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, repite hoy el Señor, recordándonos que quiere “habitar” también en nosotros y en todos los hogares para extender su misericordia a los fieles “de generación en generación” .

Por eso os invito, con Juan Pablo II, a no cerrar a Cristo las puertas de vuestra vida y de vuestro hogar. ¡Abridlas de par en par! Dejad que entre en vuestras almas y en vuestras casas la Luz que disipa todas las tinieblas . Secundad la “luminaria de la fe y del Amor” , que nos habilita para dartestimonio cabal de la verdad sobre el matrimonio y la familia: sobre su unidad e indisolubilidad; sobre el auténtico amor de los esposos, abierto siempre a la vida –no tengáis miedo a la llegada de otros hijos-; sobre la mutua fidelidad en las tristezas y alegrías; sobre la generosidad y la delicadeza en el trato; sobre el olvido de sí, sobre la dedicación a los hijos y al servicio a la sociedad… Acoged en vosotros la Luz divina, para que ese cúmulo de realidades –casi siempre ordinarias y aparentemente sin esplendor– que configuran la vida matrimonial y familiar, brillen en vuestro hogar con todo su relieve humano y sobrenatural y lo conviertan en una verdadera “iglesia doméstica”: en cauce de santidad y apostolado.

San Josemaría os ayudará a profundizar y hacer vida estas enseñanzas perennes sobre la familia. Su predicación está llena de ejemplos que rezuman sentido cristiano y sentido común, válidos para todas las épocas. No me resisto a transcribiros alguna de sus espontáneas consideraciones:“A los que estéis casados os felicito; pero os digo que no agostéis el amor, que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios”.

Y, en otra ocasión, a un padre de familia le aconsejaba: “quiere mucho a tu mujer, con toda el alma: procura educar bien a los hijos; procura trabajar para ellos, por agradar a Dios y por hacer un bien a la Patria. Si lo haces así, merecerás ser llamado hombre leal y hombre cristiano. No hay ninguna contradicción entre esos dos deberes, porque se funden en uno solo, como se unen los distintos cabos de una cuerda que, entrelazados, forman una maroma”.

”¿De dónde a mi tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?”. Sí, queridos hermanos y hermanas e hijos míos, también nosotros, como santa Isabel, debemos admirarnos de que Nuestra Madre nos traiga a su Hijo. Porque a pesar de nuestras debilidades, errores y pecados, El ha bajado al mundo para salvarnos, “para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción” de modo que “ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

Nuestra herencia es Cristo mismo y el Reino de santidad y de gracia que Él instauró con su venida al mundo. Abocados a las fuentes de esa gracia –especialmente, los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, junto a la oración–, y esforzándonos por adquirir la formación necesaria para “dar razón de nuestra esperanza”, cada uno de vuestros hogares vendrá a ser foco irradiador de caridad, de verdad y de paz en medio del mundo; cuna de hijos de Dios; semillero de vocaciones para el seguimiento de Cristo y para el servicio de la Iglesia en el celibato apostólico; tronco de nuevas familias cristianas que transmitan la vida y la fe a nuevas generaciones.

Permaneciendo siempre cerca del Señor, Él os concederá una “descarada carga apostólica”, repleta de comprensión y eficacia, para acometer la inmensa tarea de la nueva evangelización de las familias que la Iglesia debe llevar a cabo. Uno a uno, familia a familia, llegaréis a miles de personas y hogares y les mostraréis la grandeza humana y sobrenatural de la vocación matrimonial.

Recemos y hagamos rezar por estos aspectos esenciales del amor humano, el matrimonio y la familia. A la vez, cada uno también debe considerar cómo puede influir positivamente en el ambiente en que se mueve mediante un apostolado capilar de amistad y confidencia –¡es otro modo de rezar!–; y, además difundamos ideas positivas, claras en la doctrina, y siempre serenas, con respeto a las personas que piensen de modo distinto porque la firmeza no está reñida con la caridad.

Del deseo de defender el matrimonio y la familia nace también el amor al propio país, al que amamos como buenos ciudadanos. Este derecho y deber no se limita al ámbito estrictamente religioso o espiritual, porque como conocéis, la familia, “comunidad de vida y de amor”, es la célula básica y esencial de la sociedad; y, protegiéndola, hacéis un gran bien a vuestro pueblo y ayudáis a que los gobernantes y los dirigentes sociales tengan en cuenta –no deben ignorarlos– los deseos legítimos de sus ciudadanos, a los que han servir honestamente, en la búsqueda sincera del bien común que legitima la autoridad.

Terminamos invocando de nuevo a la Virgen Santa de Torreciudad. Sub tumm præsidium confúgimus… “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades”. Tennos de tu mano, Virgen bendita; intercede ante Dios por nuestras familias y por todas las familias de la tierra. Haznos fieles apóstoles de tu Hijo para desarrollar –muy unidos al Papa y todos los Pastores de la Iglesia– la evangelización de la sociedad. Y muéstranos, finalmente, a Jesús, fruto bendito de tu seno.
ASI SEA.

El prelado del Opus Dei confía a las familias la evangelización de la sociedad bajo la protección de la Virgen

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Monseñor Javier Echevarría presidió la concelebración eucarística de la Jornada Mariana de la Familia desde el altar exterior situado en la explanada del Santuario de Torreciudad. Recogemos algunos fragmentos de la homilía.

Opus Dei -

Queridísimas familias:

Un año más he de agradecer al Señor el regalo de poder celebrar esta XV Jornada Mariana de la Familia, con todos vosotros, venidos a este Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad desde tantos puntos de España y desde algunos países vecinos.

Estamos aquí –en “la casa de la Virgen” y envueltos en el entrañable recuerdo de san Josemaría Escrivá de Balaguer– como testigos de la familia y de la vida.(…)

Hoy nos encontramos en Torreciudad para avivar en nosotros estas certezas de fe y para proclamar que el matrimonio es también “sacramentum magnum” : signo eficaz de la presencia del Señor en el mundo y manifestación del amor indefectible con que Cristo ama a su Iglesia y la hace fecunda. Hemos venido a reafirmar, con el Papa Juan Pablo II, que “en la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer –relación recíproca y total, única e indivisible– responde al proyecto primitivo de Dios”.(…)

Sí, hermanas y hermanos, hijas e hijos míos: celebramos esta XV Jornada Mariana de la Familia como expresión inequívoca de nuestro compromiso de “proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia” , tal como la hemos recibido de Dios. A través de su Vicario en la tierra, el Señor nos convoca para vivificar la sociedad con las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues “son muchos los factores culturales, sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia”, y que a veces llegan a desvirtuar “la idea misma de la familia” . (…)

Opus Dei -

Ante una situación semejante, que puede afectar a millones de personas de España y del mundo, el lema escogido para la Jornada de este año es especialmente significativo: “la familia cristiana, esperanza del mundo”.

Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio. (…)

Por eso os invito, con Juan Pablo II, a no cerrar a Cristo las puertas de vuestra vida y de vuestro hogar. ¡Abridlas de par en par! Dejad que entre en vuestras almas y en vuestras casas la Luz que disipa todas las tinieblas . Secundad la “luminaria de la fe y del Amor” , que nos habilita para dar testimonio cabal de la verdad sobre el matrimonio y la familia: sobre su unidad e indisolubilidad; sobre el auténtico amor de los esposos, abierto siempre a la vida –no tengáis miedo a la llegada de otros hijos-; sobre la mutua fidelidad en las tristezas y alegrías; sobre la generosidad y la delicadeza en el trato; sobre el olvido de sí, sobre la dedicación a los hijos y al servicio a la sociedad… Acoged en vosotros la Luz divina, para que ese cúmulo de realidades –casi siempre ordinarias y aparentemente sin esplendor– que configuran la vida matrimonial y familiar, brillen en vuestro hogar con todo su relieve humano y sobrenatural y lo conviertan en una verdadera “iglesia doméstica”: en cauce de santidad y apostolado.

Opus Dei -

San Josemaría os ayudará a profundizar y hacer vida estas enseñanzas perennes sobre la familia. Su predicación está llena de ejemplos que rezuman sentido cristiano y sentido común, válidos para todas las épocas. No me resisto a transcribiros alguna de sus espontáneas consideraciones:“A los que estéis casados os felicito; pero os digo que no agostéis el amor, que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios”. (…)

Permaneciendo siempre cerca del Señor, Él os concederá una “descarada carga apostólica”, repleta de comprensión y eficacia, para acometer la inmensa tarea de la nueva evangelización de las familias que la Iglesia debe llevar a cabo. Uno a uno, familia a familia, llegaréis a miles de personas y hogares y les mostraréis la grandeza humana y sobrenatural de la vocación matrimonial.(…)

Del deseo de defender el matrimonio y la familia nace también el amor al propio país, al que amamos como buenos ciudadanos. Este derecho y deber no se limita al ámbito estrictamente religioso o espiritual, porque como conocéis, la familia, “comunidad de vida y de amor” , es la célula básica y esencial de la sociedad; y, protegiéndola, hacéis un gran bien a vuestro pueblo y ayudáis a que los gobernantes y los dirigentes sociales tengan en cuenta –no deben ignorarlos– los deseos legítimos de sus ciudadanos, a los que han servir honestamente, en la búsqueda sincera del bien común que legitima la autoridad.(…)

Tennos de tu mano, Virgen bendita; intercede ante Dios por nuestras familias y por todas las familias de la tierra. Haznos fieles apóstoles de tu Hijo para desarrollar –muy unidos al Papa y todos los Pastores de la Iglesia– la evangelización de la sociedad. Y muéstranos, finalmente, a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

El Prelado participó en un Congreso Eucarístico en Murcia

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Mons. Javier Echevarría ha acudido a Murcia (España) para participar en un Congreso Eucarístico. Además, celebró una Misa en la Catedral y tuvo un encuentro público con familias murcianas. Este es el resumen de la visita.

13 de noviembre de 2005

Opus Dei - El Prelado, en la UCAM, junto al presidente de la Universidad, José Luis Mendoza.
El Prelado, en la UCAM, junto al presidente de la Universidad, José Luis Mendoza.

El Prelado del Opus Dei acudió a Murcia los días 11, 12 y 13 de noviembre para participar en un Congreso Eucarístico, organizado por la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM).

En el congreso, diversos ponentes, entre los que se encontraban varios cardenales, obispos y otras personalidades de la Iglesia, hablaron sobre la Eucaristía como ‘Corazón de la vida cristiana y fuente de la misión evangelizadora de la Iglesia’.

Conferencia en la UCAM

En su conferencia, el Prelado del Opus Dei animó a los asistentes a presentar sus dones al “belén perenne que es el Sagrario” y analizó los elementos comunes y las diferencias existentes entre los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia, así como su mutua dependencia: “La Iglesia crece y se fortalece gracias a la Eucaristía y es llamada constantemente a la conversión. Querer la Eucaristía es querer la unión con Cristo, y por lo tanto, se hace preciso remover los obstáculos que la impiden”. Con una cita del entonces cardenal Ratzinger, dijo que “la Eucaristía es el sacramento de los reconciliados”.

Recomendó profundizar en el sentido de la comunión y la confesión mediante la lectura de lo que sobre ellos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “y si os parece mucho, leed el nuevo Compendio del Catecismo”, señaló. También alentó a meditar la homilía que Benedicto XVI pronunció recientemente en Bari sobre la Eucaristía.
Al recordar el reciente Sínodo que cerró el año de la Eucaristía en Roma, mencionó la preocupación de los pastores por la escasa práctica del sacramento de la Penitencia en algunos ambientes. “Muchos desconocen ese tesoro divino y las condiciones para acceder a él”, dijo.

Por eso, animó a difundir la práctica de la “confesión auricular individual” (es decir, de una sola persona, que cuenta sus pecados al confesor). “La confesión no es un diálogo entre dos personas. Es, más bien, un coloquio divino, de misericordia”.

Asimismo, pidió a los sacerdotes “que dediquen espacio a hablar de la confesión en sus homilías y que tengan una especial disponibilidad para confesar, principalmente antes y durante los actos de culto”.

Los laicos, apuntó, no pueden dejar solos a los sacerdotes en esta “urgente tarea”: “También vosotros, laicos, tenéis que participar en esta gran catequesis sobre la confesión. Decid a vuestros conocidos: ‘Tengo que decirte que estoy con una alegría enorme porque me he vuelto a encontrar con Dios”.

Alertó además del peligro de confundir los efectos que causan estos dos sacramentos. “No basta con participar en la Eucaristía para obtener el perdón de Dios. La Eucaristía no perdona las ofensas, aunque sí nos consigue otras gracias. No se debe dejar de repetir que, para quien está alejado de Dios por el pecado, la reconciliación con Él sólo cabe si se acoge al sacramento de la Penitencia que Cristo entregó a su Iglesia”.

Opus Dei -
“El cristianismo es alegría y optimismo”, dijo el Prelado en la catedral.

“Si deseamos transformar este mundo que vemos tan lacerado por el odio y la violencia, que tienen como origen los pecados personales, debemos rogar al Padre la conversión de los pecadores, ¡de nosotros mismos!”.

Eucaristía solemne en la Catedral de Murcia

Como el resto de obispos y cardenales que acudieron al Congreso, Mons. Echevarría cerró su participación en el encuentro Universitario con una solemne Eucaristía.

En la homilía, centró su exposición en la gratitud que debemos al Dios Eucarístico y la plenitud a la que el cristiano puede llegar en su cercanía con el Santísimo Sacramento.

“Dios, pensémoslo bien, nos ha prometido la felicidad sin fin que Jesucristo nos ha obtenido mediante su Pasión, Muerte y Resurrección. Me da alegría pediros y reclamar: ¡No le dejéis sólo, os quiere!”

Más adelante, pidió a los presentes que extendieran el mensaje cristiano con el ejemplo de sus vidas alegres: “No es compatible el cristianismo con la tristeza. El cristianismo es alegría y optimismo. Esa alegría nos colma de paz y serenidad”.

Asimismo, invitó a los murcianos que llenaban el templo a que redescubran “la alegría de asistir a la Misa dominical”, tal y como ha recomendado recientemente Benedicto XVI.

Encuentro público con familias de Murcia

El domingo por la mañana, miles de familias se congregaron en el Colegio Monteagudo para escuchar al Prelado. Tras una mañana lluviosa, el sol saludó sus primeras palabras: “Haced catequesis en vuestras casas, y también entre vuestros amigos. No veáis en las leyes de Dios un peso que atosiga. Cristo ha venido a traer el orden a la Tierra. Dios siempre trae la felicidad. ¡Cristiano, agradece a Dios la dignidad que te ha dado!”

Opus Dei - Animó a las familias a hacer catequesis en las casas y entre los amigos.
Animó a las familias a hacer catequesis en las casas y entre los amigos.

“La sociedad -continuó-, para que sea una buena sociedad, tiene que ser cristiana. La Iglesia necesita que cada uno de nosotros seamos coherentes”.

También, en lo que se refiere a la educación en la familia, dijo: “Los matrimonios recibís una bendición de Dios con cada hijo. Tened detalles entre vosotros, enseñadles a querer a sus hermanos y amigos, ayudadles a querer a los demás… No impongáis nada a los hijos, más bien enseñadles con vuestro ejemplo. Vivid pensando en vuestra mujer, en vuestro marido, en vuestros hijos. Ellos os llevarán a Dios”.

Pidió a los asistentes que rezasen por el Santo Padre, ya que necesita el apoyo de todos los cristianos. “Benedicto XVI es un hombre extraordinariamente sencillo, de gran categoría intelectual y una vida interior intensísima. Tenemos el deber de no dejarle solo, de protegerle con nuestra oración. Os aseguro que el peso que tiene que soportar es muy grande, pero lo lleva con la alegría del que está cerca de Dios”.

En otro momento de la tertulia, el Prelado incidió en la responsabilidad de ser cristianos en todos los momentos de la vida: “Un cristiano no puede ser sólo ‘cristiano’ cuando va a Misa los domingos. Tenemos que ser hombres y mujeres de fe en todas las circunstancias de la vida. Por eso debemos cumplir nuestras obligaciones y exigir nuestros derechos”.

Con este encuentro, el Prelado cerró su visita a Murcia.

Nazaret y Belén: con Cristo en el propio hogar

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Cuando los esposos fundamentan su comunión de vida en la Eucaristía, su hogar reproduce espiritualmente la casa de Belén, el hogar de Nazaret. Son palabras de Mons. Javier Echevarría extraídas de un capítulo de “Eucaristía y vida cristiana” que ofrecemos a nuestros lectores.

La comunión de vida que instaura el matrimonio encuentra su centro fundamental en el Misterio eucarístico. Jesús continúa entregándose a su Esposa en el Sacrificio de la Misa; y, a través de la Eucaristía, continúa dando a los esposos la luz y la fuerza para que se amen como Él ha amado a su Iglesia, para que den a su Padre nuevos hijos por medio de su amor fiel y fecundo. Para los esposos cristianos, el Sagrario se yergue siempre como la referencia emblemática de su amor.

Cuando los esposos fundamentan su comunión de vida en la Eucaristía, su hogar reproduce espiritualmente la casa de Belén, el hogar de Nazaret. No supone osadía afirmar que se incorporan sobrenaturalmente a la familia de Jesús en esta tierra. María y José vivían centrados en Jesús y unidos por Él. Sus afanes, sus pensamientos, sus ilusiones, sus alegrías, sus dolores pasaban por aquel Hijo que Dios les confió. Las narraciones evangélicas nos relatan cómo Cristo llegó al seno purísimo de María, cuando Ella había descartado la maternidad física, ofreciendo al Señor su virginidad. Mateo nos transmite también cómo Jesús entró en la vida de José, cuando el Patriarca pensaba, ante aquel misterio que le excedía, abandonar en secreto a su esposa, para no difamarla. María y José, que ya estaban desposados, ven reforzado su vínculo santo de amor por la irrupción del Padre que, enviando su Espíritu sobre María, hace nacer de Ella virginalmente a su Verbo según la naturaleza humana.
Cristo une, no separa. Al mismo tiempo, la caridad y el cariño añaden categoría al respeto por el otro y valoran sabiamente sus necesidades, de modo que el propio comportamiento espiritual no suponga un peso; evita, por ejemplo, apartarse para rezar cuando lo que urge es reparar una puerta que no cierra, atender una visita, o preparar la cena, puesto que estas mismas actividades se transforman en ocasión de encuentro con Dios, es decir, pueden convertirse en oración.

Lo que separa a los hombres entre sí, lo que lleva un matrimonio al naufragio, suele proceder de la soberbia que pretende enrocarse en “su” razón, y de este modo resiste al don de Dios y aísla al interesado de los demás. He aquí un consejo de san Josemaría a los esposos: «Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más tarde. Y más tarde —a solas— reñid, que ya haréis en seguida las paces».

Jesús sacramentado une a los esposos cristianos. Lo hace cuando cada uno por su cuenta se centra en la Eucaristía; y además, de modo muy específico cuando los dos participan juntos en algunas manifestaciones principales de la piedad eucarística. Se difundió hace muchos años el lema: “La familia que reza unida, permanece unida”; y la historia lo ha confirmado. El lema encontraba muchas aplicaciones: bendecir la mesa, rezar en común el Rosario, asistir con el cónyuge y los hijos los domingos a la Misa, y otras devociones más esporádicas. Comprendemos que de todas las manifestaciones, la eucarística precede con mucho al resto; aunque en ocasiones no falten las dificultades de orden logístico.

La importancia de participar juntos en la Santa Misa radica en la presencia de Cristo y de su Sacrificio: es poner a Jesús entre los dos, para que refuerce el vínculo de fe y amor que les une; es poner su entrega entre los dos, para que alimente la entrega de cada uno al otro. Considerar la Misa dominical como un momento esencial de la semana ayuda a centrar la comunión de vida matrimonial y de la entera familia en el Señor; es tener a Jesús y colocar su entrega en el puesto de honor, por encima de todo; es vivir de Él y por Él y con Él, aunque materialmente el templo esté alejado y no se pueda acudir allí todos los días.

Centrarse en la Eucaristía equivale a meter a Jesús en casa, a entrar en comunión espiritual con la Sagrada Familia que nos lleva como de la mano a la Trinidad Santísima. Vienen bien aquí unos versos de Lope de Vega al final del segundo acto de su obra de teatro sobre San Isidro: «Cristo, cuando acá vivía, / con Josef y con María / eran Trinidad del suelo, / figurando la del Cielo / pues que sólo un Dios había». El hogar cristiano radicado en la Eucaristía, se beneficia del hogar de Jesús, María y José, en el que cada uno pensaba en los demás, y donde el mayor estaba sujeto a los otros dos, a la vez que la esclava del Señor obedecía a quien se consideraba indigno de estar a su lado, porque la humildad sustentaba el verdadero humus del cariño y de la entrega de cada uno.

Cuando los esposos se afanan en que su fe y su amor se desarrollen con los ritmos del amor de Jesús a su Iglesia, tan manifiesto en la Eucaristía, se ajusta ya su hogar a lo que constituye un anticipo del cielo, sin que por este motivo se pierdan la sencillez y limitación que caracterizan las cosas de esta tierra. Lo notaba ya Tertuliano: «¿Cómo describiré la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y al que Dios Padre tiene por celebrado? (…). Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu (…). Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra, y les envía su paz; donde están dos, allí está también Él, y donde Él está no puede haber nada malo».

Carta del Prelado del Opus Dei sobre la familia

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En el inicio de 2006, Mons. Javier Echevarría ha escrito una carta a las personas del Opus Dei y cooperadores. Recogemos los párrafos que, en esa carta, se dedican a la necesidad de fortalecer la institución familiar.

Opus Dei -

“Que, en todos los lugares, se ayude a fondo a las familias a cumplir su misión”.

En este tiempo de Navidad, la Sagrada Familia ocupa de modo especial el centro de nuestras miradas. Por eso, resulta lógico que, al contemplar a la trinidad de la tierra, acuda a nuestro corazón, junto a la gratitud y a la adoración, la petición para que en todas partes se respete y se defienda la verdadera naturaleza y dignidad de la institución familiar; y para que especialmente las familias cristianas sean un reflejo del hogar de Nazaret. Así lo leíamos en la plegaria que la liturgia ponía en nuestros labios el pasado 30 de diciembre, fiesta de la Santa Familia de Jesús, María y José, invitándonos a rezar:Señor y Dios nuestro, que nos has dado en la Sagrada Familia de tu Hijo el modelo perfecto para nuestras familias: concédenos practicar sus virtudes domésticas y estar unidos por los lazos de tu amor, para que podamos ir a gozar eternamente, con los tres, de la alegría de tu casa. (Misal Romano, Fiesta de la Sagrada Familia, Colecta).

En su última intervención pública sobre este tema, cerca ya del final de sus días, el Santo Padre Juan Pablo II recordaba que “precisamente contemplando el misterio de Dios que se hace hombre y encuentra acogida en una familia humana, podemos comprender plenamente el valor y la belleza de la familia”. En efecto, continuaba el Papa, “la familia no sólo está en el centro de la vida cristiana; también es el fundamento de la vida social y civil y, por eso, constituye un capítulo central de la doctrina social cristiana”. (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la Asamblea del foro de las Asociaciones familiares, 18-XII-2004).

También Benedicto XVI insiste en la importancia de comprender a fondo el significado del matrimonio y de la familia en el designio divino, frente a quienes se obstinan en reducirlos a meras construcciones humanas y, por tanto, susceptibles de reformas arbitrarias con el pasar de los tiempos. “En realidad —señala el Papa—, el matrimonio y la familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Al contrario, la cuestión de la correcta relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo a partir de ahí puede encontrar su respuesta. Es decir, no puede separarse de la pregunta antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo: ¿quién soy?, ¿qué es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no puede separarse del interrogante sobre Dios: ¿existe Dios? y ¿quién es Dios?, ¿cuál es verdaderamente su rostro?”. (Benedicto XVI, Discurso en la apertura de la asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6-VI-2005).

Al suscitar estos interrogantes, el Papa recuerda algunos principios fundamentales de la Sagrada Escritura; entre otros, que “el hombre ha sido creado a imagen de Dios, y Dios mismo es Amor. Por eso, la vocación al amor es lo que hace que el hombre sea la auténtica imagen de Dios: es semejante a Dios en la medida en que ama” (Ibid). Y el amor, lo sabemos bien, se alza como lo más opuesto al egoísmo.

San Josemaría nos repitió que “nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo. Nos enseña [la fe] que la regla de nuestro vivir no debe ser la búsqueda egoísta del placer, porque sólo la renuncia y el sacrificio llevan al verdadero amor: Dios nos ha amado y nos invita a amarle y a amar a los demás con la verdad y la autenticidad con la que Él nos ama” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 24). Sólo con esta convicción, llevada un día y otro a la conducta personal, al propio hogar, al lugar de trabajo, etc., se podrán refutar con eficacia —con la ayuda de la gracia— las ideas erróneas y lograr que vuelvan a Dios las personas que las sustentan.

Una de las consecuencias inmediatas de esa vocación original al amor se centra en que nadie se pertenece exclusivamente a sí mismo. Todos nos hallamos firmemente entrelazados por los vínculos del mismo origen y del mismo fin, que tienen su fundamento en Dios. Todos estamos llamados a asumir nuestra responsabilidad personal por el bien de la sociedad, cada uno según las circunstancias de su propia situación. En el caso de la familia y del matrimonio, queda claro que las leyes que regulan esas instituciones —tanto las de la Iglesia como las de cualquier sociedad que busque rectamente el bien común— no son sin más una forma impuesta desde fuera, sino “una exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana. En cambio, las diversas formas actuales de disolución del matrimonio, como las uniones libres y el “matrimonio a prueba”, hasta el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo, son expresiones de una libertad anárquica, que se quiere presentar erróneamente como verdadera liberación del hombre. Esa pseudo-libertad se funda en una trivialización del cuerpo, que inevitablemente incluye la trivialización del hombre. Se basa en el supuesto de que el hombre puede hacer de sí mismo lo que quiera: así su cuerpo se convierte en algo secundario, algo que se puede manipular desde el punto de vista humano, algo que se puede utilizar como se quiera. El libertarismo, que se quiere hacer pasar como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo que hace despreciable el cuerpo, situándolo —por decirlo así— fuera del auténtico ser y de la auténtica dignidad de la persona” (Benedicto XVI, Discurso en la apertura de la asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6-VI-2005).

Como ciudadanos y cristianos responsables, hemos de hacer todo lo posible para defender y promover los valores irrenunciables en este campo fundamental para la vida de la Iglesia y —no lo olvidemos— de la sociedad civil. Se nos presenta como una de las tareas más urgentes de la nueva evangelización. La obligación de difundir la recta doctrina sobre el matrimonio y la familia afecta a la responsabilidad de todos. Las fiestas de estos días nos lo ponen gráficamente ante los ojos y nos impulsan a no adormecernos, a despertar a muchas otras personas del sueño malo que a veces les acomete.

Opus Dei -

“La obligación de difundir la recta doctrina sobre el matrimonio y la familia afecta a la responsabilidad de todos”.

No quiero terminar sin una mención especial de las familias numerosas, a las que nuestro Padre tenía tanto aprecio. Como fruto de su larga experiencia, solía comentar: “he visto bastantes matrimonios que, cuando el Señor no les da más que un hijo, tienen también la generosidad de dárselo a Dios. Pero no son muchos los que lo hacen así. En las familias numerosas es más fácil comprender la grandeza de la vocación divina y, entre sus hijos, los hay para todos los estados. Pero he comprobado también con acción de gracias al Señor —y no pocas veces—, que otros, a quienes el Señor no les da familia —siendo matrimonios ejemplares—, saben aceptar con alegría la voluntad santa de Dios y dedicar más tiempo a la caridad con el prójimo”(San Josemaría, Apuntes de la predicación. AGP, P03, X-63, pp. 20-21).

Igual que nuestro Padre, todo mi afecto —como el vuestro— se dirige también a los matrimonios a los que el Señor no concede hijos. He visto muchas veces cumplirse a la letra lo que afirmaba nuestro Fundador: que esas familias “no sólo pueden santificar lo mismo su hogar, sino que además disponen de más tiempo para dedicarse a los hijos de los otros, y son ya muchos los que lo hacen con una abnegación conmovedora” (San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 10-IV-1969), poniendo en práctica una paternidad y una maternidad fecundísimas. Me consuela el pensamiento de que muchos fieles han llegado a la Obra por la acción generosa de estos “padres y madres”.

Recientemente, el Papa Benedicto XVI ha afirmado que “en el actual contexto social, los núcleos familiares con muchos hijos constituyen un testimonio de fe, de valentía y de optimismo, porque sin hijos no hay futuro”. Y añadía: “formulo el auspicio de que se promuevan nuevas y adecuadas iniciativas sociales y legislativas para tutelar y sostener a las familias más numerosas, que constituyen una riqueza y una esperanza para todo el país” (Benedicto XVI, Palabras al final de la audiencia del 2-XI-2005). Que estas palabras del Santo Padre nos impulsen fuertemente a seguir esforzándonos para que, en todos los lugares, se ayude a fondo a las familias a cumplir su misión —sobrenatural y humana— indispensable para el futuro de la sociedad.

Volvamos a la contemplación del misterio de la Navidad, que de algún modo se reitera cada día porque diariamente viene Jesucristo a nuestros altares y cotidianamente nace y renace en nuestras almas por la gracia. No dejemos de acudir con frecuencia al “Belén perenne del Sagrario” (San Josemaría, enero de 1939; cit. en Camino. Ed. crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid 2004, 3ª ed., p. 1051), para pedirle luces y aprender de Él.

Como ya os he señalado antes, todos estamos implicados en esta tarea, primero con una oración generosa y, siempre que sea oportuno, con el consejo adecuado. El Señor, que en Caná de Galilea se sirvió de la docilidad de los sirvientes para convertir el agua en vino, también ahora desea servirse de los cristianos, de nosotros, para renovar sus prodigios, de modo que muchas personas crean en Él (Cfr. Jn 2, 6-11).

+ Javier

Roma, 1 de enero de 2006

El mundo necesita del genio femenino

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Con motivo del día internacional de la mujer el Prelado del Opus Dei ha escrito un artículo publicado en el diario “ABC”.

08 de marzo de 2006

Opus Dei -

El 8 de marzo es una fecha con referencia al pasado, porque recuerda la historia, no corta ya, de los esfuerzos para superar la discriminación de la mujer: una tarea que afecta también al presente. Conviene además mirar al futuro, imaginar qué sucederá y cuántos beneficios se lograrán cuando la mujer esté plenamente incorporada a todos los ámbitos de la sociedad.

Pero, ante todo, es preciso partir del reconocimiento de la igual dignidad entre varón y mujer. Desde el principio mismo de la Sagrada Escritura, en los relatos del Génesis, se nos revela que Dios ha creado al hombre y a la mujer como dos formas de ser persona, dos expresiones de una común humanidad. La mujer es imagen de Dios, ni más ni menos que el varón, y los dos están llamados a la identificación con Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre.

Con estas esenciales premisas de fe cristiana, se entiende con especial profundidad la perversión que supone maltratar a cualquier persona humana, varón o mujer. Los malos tratos toman a veces forma violenta y, en otras ocasiones, modos muy sutiles: se comercia brutalmente con el cuerpo de la mujer, considerándola como cosa, no como persona; o bien se le hace saber, amable pero insidiosamente, que un embarazo es incompatible con su contrato de trabajo. Siguen existiendo muchos motivos para recordar la necesidad de oponerse a esas discriminaciones.

También en el Génesis encontramos un segundo elemento fundamental y evidente: la diversidad. Pensemos por ejemplo en la familia: padre y madre desempeñan papeles distintos, igualmente necesarios, pero no intercambiables. La responsabilidad es la misma, pero difiere la modalidad de participación.

Suele decirse que uno de los problemas más agudos de la familia en nuestros días consiste precisamente en la crisis de la paternidad. El varón no puede considerarse “una segunda madre”, ni tampoco debe descuidar las responsabilidades del hogar, sino que necesita aprender a ser padre. Algo similar cabe decir de la sociedad en su conjunto, donde cada uno ha de encontrar su posición. El varón posee el derecho a desarrollarse como varón; la mujer, como mujer. Siempre sin dar cabida a mimetismos que producen crisis de identidad, complejos sicológicos y problemas sociales de gran trascendencia.

El principio de igualdad puede exasperarse y perder el equilibrio, cuando se confunden igualdad (de dignidad, de derechos y de oportunidades) con disolución de la diversidad. Si la mujer se homologa con el varón, o el varón con la mujer, los dos se desorientan y no saben cómo relacionarse. Pero también el principio de la diferencia se puede exasperar —y, de hecho, tantas veces se ha exasperado—, cuando se entiende la distinción como base que justifique la discriminación.

En este contexto, resulta oportuno y necesario considerar la virtud cristiana de la caridad, que Benedicto XVI ha querido situar en el comienzo y en el centro de su pontificado. La caridad ayuda a armonizar la igualdad y la diferencia e invita a la colaboración, pues ordena la relación con Dios y también las relaciones de cada uno con los demás hombres. Desde la caridad, la Iglesia promueve la comunión, el respeto, la comprensión, la apertura a la diversidad, la ayuda mutua, el servicio.

En las primeras palabras del Génesis leemos también que Dios, en su bondad, confía el mundo al hombre y a la mujer. Hemos recibido la misión de cuidar juntos del mundo y de hacerlo progresar. Este apasionante proyecto compartido ayuda a colocar en su sitio la cuestión de la relación entre ambos sexos. No estamos ante un asunto cerrado sobre sí mismo, angosto y problemático, sino ante una cuestión positiva y abierta: con igual responsabilidad, con aportaciones adecuadas al propio genio, hemos de trabajar juntos por una sociedad mejor. Las cualidades masculinas y las femeninas se necesitan mutuamente, para realizar esta tarea colectiva. En definitiva, sólo se alcanza el bien común —común a todos, hombres y mujeres— mediante un trabajo conjunto. Este cuadro muestra que la discriminación de la mujer no representa sólo una ofensa para ella: constituye una vergüenza también para el varón y un problema muy serio para el mundo.

El verdadero afán por desarrollar juntos la tarea de cuidar del mundo y hacerlo progresar, requiere abandonar esquemas maniqueos y tendencias al conflicto. Hacen falta actitudes de diálogo, cooperación, delicadeza, sensibilidad. El hombre tiene que exigirse más: escuchar, comprender, tener paciencia, pensar en la persona. La mujer también necesita comprender, ser paciente, volcarse en un diálogo constructivo, aprovechar su rica intuición.

Probablemente los dos deben rechazar los modelos que proponen algunos estereotipos dominantes: esas imágenes que empujan al hombre a competir con dureza, o que invitan a la mujer a comportarse con frivolidad, o incluso con un desgraciado exhibicionismo. Necesitamos una nueva forma de pensar, una nueva forma de mirar a los demás, que supere el dominio y la seducción. Así puede surgir un nuevo escenario social, sin vencedores ni vencidos.

En la Carta a las mujeres, Juan Pablo II señala que la aportación de la mujer resulta indispensable para “la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento”, así como para “la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad”. El genio femenino, con esa aptitud innata de conocer, comprender y cuidar del prójimo, ha de extender su influjo a la familia y a la sociedad entera.

San Josemaría solía recordar que “ante Dios, ninguna ocupación es por sí misma grande ni pequeña. Todo adquiere el valor del Amor con que se realiza”. Cuando descubrimos que lo importante es la persona, las discriminaciones de todo género tienen sus días contados. La fe cristiana posee la capacidad de ser verdadero fermento de un cambio cultural en este terreno, si las mujeres y los hombres de fe sabemos encarnarla en nuestra vida ordinaria.

Javier Echevarria
Prelado del Opus Dei

Carta del Prelado (Diciembre 2006)

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Carta de Monseñor Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. El Prelado habla del Adviento, “tiempo de alegría y esperanza”.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Dentro de dos días comienza el Adviento, tiempo litúrgico con el que la Iglesia nos urge, de una parte, a pensar en el fin de los tiempos, cuando Cristo vendrá en el esplendor de su gloria para juzgar a todos los hombres; y de otra, a prepararnos para recordar su nacimiento temporal, hace ya veinte siglos.

Las dos venidas se encuentran íntimamente relacionadas. En la primera se ha mostrado especialmente la misericordia divina; en la última, aparecerá clara la justicia; pero una y otra son manifestación del amor de Dios a los hombres, como enseña San Pablo: se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien.

Aprovechemos la ocasión, que nos ofrece ahora la liturgia, para meditar personalmente y para recordar a otras personas las espléndidas verdades de la fe sobre los novísimos. Es frecuente que la gente experimente un cierto miedo al pensar en esas realidades postreras. Los hijos de Dios, los apóstoles de Cristo —sin tremendismos, pero también sin ingenuidades—, hemos de facilitar a los demás —sin considerarnos mejores— esa toma de conciencia que, en muchas ocasiones, puede ser el comienzo de una profunda conversión o de un mayor acercamiento a Dios.

Unas semanas atrás, Benedicto XVI invitaba a considerar el Juicio de Dios, que saldrá y sale al encuentro de las ansias de justicia que anidan en los corazones. ¿Acaso no deseamos todos que un día se haga justicia a todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y han muerto después de una vida llena de dolor? ¿Acaso no queremos todos que el exceso de injusticia y sufrimiento, que vemos en la historia, al final desaparezca; que todos en definitiva puedan gozar, que todo cobre sentido?

Este triunfo de la justicia, esta unión de tantos fragmentos de historia que parecen carecer de sentido, integrándose en un todo en el que dominen la verdad y el amor, es lo que se entiende con el concepto de juicio del mundo. La fe no quiere infundirnos miedo; pero quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella; tampoco debemos conservarla sólo para nosotros mismos. Ante la injusticia no debemos permanecer indiferentes, siendo conniventes o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión en la historia y tratar de corresponder a ella. No se trata de miedo, sino de responsabilidad; se necesita responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y por la salvación de todo el mundo. Cada uno debe contribuir a esto.

Pidamos al Espíritu Santo, hijas e hijos míos, que ponga en nuestros labios las palabras oportunas para mover eficazmente a las almas. El santo temor de Dios, don del Paráclito, significa sobre todo que los hijos no desean entristecer a su Padre celestial; pero la consideración de la muerte y la fe en el juicio particular, en el juicio universal y en los otros novísimos, ayuda como potente disuasivo para apartar a muchos del pecado; y no se queda en un mero temor, sino en la certeza de que la contrapartida tiene todas las ventajas de una existencia feliz, aquí y en el más allá. Por eso escribió nuestro Padre: “Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”, rezamos en el Credo. —Ojalá no me pierdas de vista ese juicio y esa justicia y… a ese Juez. Y también¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar? .

El Adviento se nos presenta como tiempo de alegría y de esperanza. Más aún, podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. La Iglesia lo ponía de relieve en la reciente solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, cuando nos recordaba que hemos de colaborar activamente en la instauración del reino de Dios en la tierra. Y hemos de llevarlo a cabo día tras día, en las incidencias de la vida corriente, preparando el constante advenimiento del Señor a las almas. No olvidemos, en efecto, que Jesucristo no vino sólo en la primera Navidad, ni se presentará sólo al final de los tiempos. Constantemente desea el Señor estar presente en nuestras almas, y cuenta con nosotros para santificar todas las realidades humanas nobles. Actúa así mediante la gracia de los sacramentos —especialmente la Confesión y la Eucaristía— y también mediante el ejemplo y la palabra de sus discípulos, de sus amigos.

Si en la primera parte del Adviento, como anotaba al principio de esta carta, la liturgia nos orienta hacia la segunda venida de Cristo, a partir del día 17 de diciembre su horizonte se centra en la preparación inmediata de la Navidad. Caminemos, pues, hacia Belén muy pegados a María y a José. Ellos nos enseñan a tratar a Jesús con cariño y delicadeza, a seguirle, a enamorarnos de Él. Fruto de esa mayor intimidad será aquella aspiración que San Josemaría expresaba hace setenta y cinco años: quiero que mi presencia sola sea bastante para encender al mundo, en muchos kilómetros a la redonda, con incendio inextinguible. Quiero saber que soy tuyo. Después, venga Cruz: nunca tendré miedo a la expiación… Sufrir y amar. Amar y sufrir. ¡Magnífico camino! Sufrir, amar y creer: fe y amor. Fe de Pedro. Amor de Juan. Celo de Pablo.

Sigamos rezando por el Santo Padre, cada día con más insistencia. No dudo de que, con vuestra oración y vuestro sacrificio gozoso, le habéis acompañado en su reciente viaje a Turquía. Tratemos de que muchas personas se unan a la oración por su Persona y sus intenciones. Y no os olvidéis de mis intenciones: que no os suenen a cosa sabida.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

“Que vuestras discusiones acaben con un abrazo”

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400 matrimonios de todo el mundo han acudido a un congreso en Roma para compartir ideas sobre el futuro de la familia. En una tertulia, Mons. Echeverría les ha animado a santificar su convivencia diaria y renovar el amor constantemente.

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“Familias cristianas: ¿qué hacéis? ¿cómo vivis? –ha sugerido que se pregunte cada uno-. Sed una sola carne. Dad testimonio cristiano de vuestro amor, también cuando hayáis tenido un pequeño conflicto. Vuestra es la responsabilidad de transmitir a la sociedad que la familia es un camino cristiano. Comunicad a los demás que el amor matrimonial es reflejo de un amor todavía mucho más alto”.

Matrimonios de 43 países han llenado uno de los salones del hotel Parco dei Principi (Roma), donde se ha celebrado la tertulia. Por los pasillos correteaban los niños. En un carrito descansaban los más pequeños. Los presentes –padres y madres jóvenes en su mayoría- han acudido a Roma desde todo el mundo para aportar ideas sobre el matrimonio.

Los asistentes al congreso imparten en sus países de origen cursos de formación dirigidos a los esposos. Por medio del estudio de casos prácticos, transmiten ideas para afrontar los retos de la vida en común y aportar a la sociedad la felicidad que se encuentra en el matrimonio.

Opus Dei -

Los organizadores del Congreso habían pedido al Prelado del Opus Dei que les dirigiese unas palabras.

Mons. Javier Echevarría les ha hablado sobre la fidelidad, a la que se llega afrontando quizá algunos momentos difíciles: “Qué bonito es ser fiel. Es la mejor demostración de que hemos usado nuestra libertad. Sobreponeos a los momentos pasajeros de ira o de impaciencia. Sed fieles, uno con una, para siempre y abiertos a la vida”.

Animó a los presentes a ayudarse mutuamente, a mejorar y a ser pacientes: “San Josemaría Escrivá decía que tenéis que querer a vuestro cónyuge con sus defectos. Pensad, ¿cómo puedo ayudar a mi mujer, a mi marido? Si ves que tiene tal o tal defecto, quiérele como es. Acéptalo. Lo sentirás mucho más tuyo. Así, las imperfecciones del otro, os ayudarán a mejorar a vosotros”.

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“No discutáis mucho: sólo lo imprescindible. Y procurad no hacerlo delante de los hijos. El que piense que tiene razón, es el que tiene que disculparse primero. Así acabaréis vuestra disputa con un abrazo. Y es mejor que no os digáis las cosas cuando estáis enfadados. Tened paciencia, esperad. Demostrad así que no sentís rencor”.

Asimismo, ha animado a demostrar el amor al propio cónyuge en pequeños detalles: “Os podéis poner el vestido o la corbata que sabéis que le gusta al otro; preguntadle, si veis que tiene ganas de contar algo… Así evitaréis el mayor peligro que amenaza el amor, que es el acostumbramiento”.

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Y sobre los hijos, ha afirmado: “Sois sus principales maestros. Les educáis con vuestro ejemplo, con vuestra alegría, con vuestra puntualidad… Si queréis que adquieran unos principios, comenzad por vivirlos vosotros. Por ejemplo, si en alguna ocasión os dais cuenta de que os habéis equivocado ante ellos, pedidles perdón: os mirarán con otros ojos”.

Los santos siguen siendo los grandes evangelizadores

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“La mejor manera que tiene la Iglesia y cada católico de transmitir la fe a los demás –afirmó Javier Sesé, presidente del XXVIII Simposio Internacional de Teología celebrado en la Universidad de Navarra en el mes de abril– es la santidad; por eso los santos han sido y seguirán siendo los grandes evangelizadores”

Opus Dei - Esculturas de santos en el Vaticano
Esculturas de santos en el Vaticano

Los más de 200 participantes en el Simposio han reflexionado sobre los retos con los que se enfrentan los católicos actuales a la hora de transmitir la fe cristiana, ya que el hecho religioso, como puso de manifiesto el Presidente del Simposio, no puede, ni debe, reducirse al ámbito privado.

Misión de la familia

Algunos ponentes han resaltado que no hay ninguna técnica pastoral que pueda sustituir al testimonio personal de fe, que debe venir refrendado siempre por la lucha personal por ser santos.

Se ha hablado especialmente de la misión de la familia, como primer lugar en el proceso de transmisión de la fe: es el primer lugar en el tiempo y también el primer lugar en importancia y en trascendencia.

Opus Dei -

Algunos de los ponentes han destacado el dinamismo apostólico que se aprecia en la actualidad entre los católicos practicantes, y en particular entre los jóvenes. Son muestras alentadoras los encuentros de los jóvenes con el Romano Pontífice; el vigor evangelizador de tantas comunidades y movimientos; el incremento de vocaciones en numerosas instituciones de la Iglesia, etc.

“Por eso –según Javier Sesé– los motivos de esperanza son muchos, y la historia bimilenaria de la Iglesia nos muestra la enorme capacidad cristianizadora que puede tener un simple puñado de buenos católicos, y ahora somos muchísimo más que un puñado”.

Carta del Prelado (Mayo 2007)

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Carta de Mons. Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei. En estas letras, el Prelado invita a tratar con más intensidad a la Virgen María en el mes de mayo, y a defender y cuidar la familia.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

A lo largo del Tiempo pascual, las lecturas de la Misa nos presentan escenas tomadas de los Hechos de los Apóstoles. Causa una inmensa alegría comprobar que desde el principio, desde el día de Pentecostés, los primeros fieles tenían la clara conciencia de constituir la nueva familia de Dios en la tierra, fundada en el sacrificio pascual de Cristo y en la efusión del Espíritu Santo. Llenémonos de gozo y de responsabilidad, pues la Iglesia, siempre joven, somos nosotros, cada uno.

San Lucas testimonia que aquellos primeros hermanos nuestros en la fe perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2, 42). Y añade que la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma (Hch4, 32).

Una consecuencia inmediata de ese saberse y sentirse familia de Dios era la audacia apostólica, la valentía para hablar de Jesús a las personas con las que se encontraban, sin detenerse ante el miedo o los respetos humanos. Proclamaban la palabra de Dios con libertad, anota el evangelista; que subraya: con gran poder, los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús; y en todos ellos había abundancia de gracia (Hch 4, 31.33).

Detrás de este cuadro estupendo, en el que destacan el lógico entusiasmo por Jesús resucitado y el afán apostólico de los primeros cristianos, se adivina —como os decía— la convicción de saberse familia de Dios en la tierra: esa familia, unida por lazos mucho más fuertes que los de la sangre, que el Señor había anunciado en su predicación: éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12, 49-50).

Esta afirmación de Jesús se aplica en primer lugar a la Virgen Santísima, porque gracias a su plena adhesión a lo que el Arcángel le había anunciado de parte de Dios, se llevó a cabo el gran misterio de la Encarnación del Verbo. De Ella aprendieron los primeros cristianos a comportarse como hijos de Dios, como hermanos de Jesucristo.

Algunos Padres de la Iglesia resaltan el papel insustituible de María como Madre en la Iglesia primitiva, tras la Ascensión de Jesucristo al Cielo y la venida del Paráclito. Por ejemplo, en un libro atribuido a San Máximo el Confesor, se refiere que «cuando los Apóstoles se dispersaron por el mundo entero, la santa Madre de Cristo, como Reina de todos, habitaba en el centro del mundo, en Jerusalén, en Sión, con el Apóstol predilecto que Jesucristo el Señor le había dado como hijo» (Vida de María atribuida a San Máximo el Confesor, n. 95: “Testi mariani del primo millennio”, vol. II, p. 259).

Estas consideraciones resultan muy oportunas en el mes de mayo, especialmente dedicado —en gran parte del mundo— a la Virgen Santísima. Cumpliendo la misión que le había confiado su Hijo en la Cruz, Nuestra Señora se comporta en todo momento como Madre de los cristianos, como Madre de la Iglesia. Os invito a considerar el gozo de San Josemaría, cuando —al comienzo de este mes— comprobaba que «la devoción a la Virgen está siempre viva, despertando en las almas cristianas el impulso sobrenatural para obrar como domestici Dei (Ef 2, 19), como miembros de la familia de Dios» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 139).

Pienso que no es atrevido llegar a la conclusión de que San Josemaría ha sido un innovador o, si queréis, un santo que ha sacado inmensas riquezas y luces de la Sagrada Escritura. Solía repetir que el cristiano —y, concretamente, el hombre, la mujer del Opus Dei— hace, de la calle, templo, porque convierte las ocupaciones en culto y alabanza a la Trinidad. Y yo veo en esas palabras de la homilía que acabo de citar algo muy característico, que muchas personas han comentado: por su trato, por su conversación, San Josemaría convertía en otra Betania los lugares más dispares en los que se movía. Entre los enfermos, entre los menestrales, entre los universitarios, entre los intelectuales, etc. —y podría citaros muchos casos— creaba ambiente de familia, con el que todos aprendían a recibir a Cristo, como lo hacían Marta, María y Lázaro.

Resulta muy lógico que cada uno, en la medida de sus particulares necesidades, procure concretar ya desde ahora cómo va a tratar personalmente a la Virgen en estas semanas, con el afán de ver hermanos en los demás, a todas horas. Quizá podemos poner más atención y más cariño en el rezo diario del Rosario y en la contemplación de los misterios; o acudir en peregrinación —acompañado quizá de otra persona— a alguno de los santuarios o ermitas dedicados a la Virgen, en la ciudad donde habitamos o en sus cercanías.

En el Opus Dei vivimos durante este mes la costumbre de la Romería de mayo, que nuestro Fundador comenzó en el año 1935. Pongamos ya sus frutos espirituales en manos de nuestra Madre. Porque, como precisa San Josemaría, «María edifica continuamente la Iglesia, la aúna, la mantiene compacta. Es difícil tener una auténtica devoción a la Virgen, y no sentirse más vinculados a los demás miembros del Cuerpo Místico, más unidos también a su cabeza visible, el Papa» (Ibid).

Considerar a la Iglesia como familia de Dios, trae a mi mente también la necesidad de difundir la verdad sobre la familia, fundada sobre el matrimonio de uno con una y para siempre, que —como afirmaba el Papa en Valencia, hace poco menos de un año— «es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y a recibir amor» (Benedicto XVI,Discurso en el Encuentro Mundial de las Familias, 8-VII-2006). Nunca realizaremos suficientes esfuerzos para promover la doctrina cristiana sobre este punto, cuando en muchos países se minan —mediante leyes y costumbres injustas— los fundamentos naturales de la institución familiar. Pocas semanas atrás, tuve la alegría de reunirme —en Roma— con un numeroso grupo de matrimonios, que asistían a un Congreso Internacional de la Familia. Siguiendo las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, les animé a seguir fortaleciendo —con su palabra y con su vida— las raíces de esa institución, que es «un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida» (Ibid).

Si la familia es llamada, con razón, Iglesia doméstica, lo es «porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas, y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos» (Catecismo de la Iglesia Católica,Compendio, n. 350).

Característica esencial de esta institución, en cuanto comunidad fundada y edificada sobre el amor —donación desinteresada a los demás—, es que sus miembros han de saber gastarse diariamente con efectiva y afectuosa preocupación de los unos por los otros. Allí no cabe que alguno razone como si los demás no existieran; cada una, cada uno, ha de preocuparse de las necesidades de los demás: rezar los unos por los otros, ayudarse, sufrir y alegrarse con sus penas y con sus gozos. De este modo, todos contribuirán a sacar adelante el dulcísimo precepto, que lleva consigo la fraternidad cristiana, con una siembra de paz y de alegría que necesariamente acaba influyendo en la sociedad.

El deber de hacer familia en cada hogar es algo gratísimo, que incumbe a todos: al padre y a la madre, a los hermanos, a los abuelos, a las personas que colaboran con su trabajo en el cuidado del hogar. Es una tarea que a todos afecta, porque todos hemos de luchar contra el “señoritismo”, manifestación clara del apego al propio yo. Lógicamente, es labor prioritaria de los padres, que han de orientar todo su proyecto de vida, por encima de otros fines nobles, a la realización —lo más acabada posible— del modelo de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Aunque no puedan evitarse completamente algunas desavenencias entre los cónyuges, los esposos cristianos han de esmerarse en superarlas prontamente, pidiendo perdón y perdonando.

San Josemaría comprendía y disculpaba esas debilidades, porque, «como somos criaturas humanas, alguna vez se puede reñir; pero poco. Y después —añadía—, los dos han de reconocer que tienen la culpa y decirse uno a otro: ¡perdóname!, y darse un buen abrazo… ¡Y adelante! Pero que se note que ya no volvéis a tener litigios durante mucho tiempo. Y delante de los hijos, pequeños o mayores, no riñáis nunca. Aunque sean muy chicos, los niños se fijan en todo» (San Josemaría, Apuntes tomados en una tertulia, 4-VI-1974).

Este panorama estupendo, hijas e hijos míos que vivís vuestra vocación divina en el matrimonio, se manifiesta también en sacrificios generalmente pequeños, aunque a veces se os antojen grandes. La responsabilidad de sacar adelante vuestro hogar compete —al cien por cien— al padre y a la madre, en todos los órdenes. Quizá uno de los cónyuges, por exigencias del trabajo, pasará gran parte del tiempo fuera del hogar; pero al volver a casa, después de la jornada de trabajo —incluso agotadora—, no puede desentenderse de hacer grata la convivencia a los demás miembros de la familia; como no puede dedicarse a pensar con egoísmo en el propio descanso. Debéis dedicar al otro cónyuge el cariño y las atenciones a que tiene derecho, y a los hijos —sobre todo en algunas épocas más importantes de su desarrollo físico y afectivo— el tiempo y el cariño que necesitan.

Examinad, pues, hijas e hijos míos casados, vuestro comportamiento en el hogar. Pensad en cómo mejorar vuestra colaboración en los trabajos de la casa —que competen también a los hombres—; en cómo habláis con calma de cada uno de vuestros hijos, para orientarles de común acuerdo; en cómo estáis dispuestos a recortar —cuando haga falta— vuestra actividad fuera del hogar, para atender más a vuestra familia, que es ¡siempre! el mejor negocio, como aseguraba San Josemaría. Especialmente, cuando los hijos cuentan con pocos años, facilitad al otro cónyuge el cumplimiento de sus deberes cristianos, como la asistencia a la Santa Misa o a los medios de formación cristiana. Buscad los modos oportunos, ciertos de que ese esfuerzo y ese sacrificio redunda en bien de la familia entera.

En los párrafos precedentes me he dirigido más específicamente a las personas casadas, pero deseo recalcar que esos deberes y la sustancia de esos consejos se pueden aplicar a todos, pues todos somos responsables —cada una y cada uno en sus circunstancias personales— de crear y mantener a nuestro alrededor un verdadero aire y ambiente de familia. ¿Qué haces tú por los otros, excediéndote? ¿Qué interés pones en dar paz y alegría a los demás? ¿Cómo demuestras tu disponibilidad para lo que sea? En la oficina, en el taller, en el despacho, en los tiempos de descanso, ¿cómo cultivas la fraternidad, el ambiente de hogar?

Por otro lado, al escribir estas líneas, pienso de modo muy particular en el trabajo de mis hijas que se ocupan de la Administración de nuestros Centros. Precisamente porque desempeñáis, de modo muy semejante, la tarea de la Virgen en el hogar de Nazaret, ¡cuánto podéis influir, hijas mías, en la buena marcha de cada persona, de cada Centro, de cada labor, de la Obra entera, de la sociedad, con ese servicio escondido y silencioso que da sabor de familia cristiana!

De esta familia estupenda que es la Obra, he tocado dos momentos que agradezco a Dios. Hace quince días en Milán; anteayer regresé de Berlín. En las dos estancias, muchos recuerdos de la vida de nuestro Padre, que “quiere” que a toda hora, todas y todos, “hagamos familia”.

Acudamos mucho a la Madre de la Iglesia y de la Obra, para que nos enseñe a difundir por todas partes los ideales de la familia cristiana, con sus diferentes consecuencias prácticas, necesarias. Si alguna vez comportan sacrificio, no olvidemos que se presentan también como una fuente inagotable de alegría: el gozo de quien no piensa en sí mismo, sino que se gasta en una entrega generosa a los demás, por Dios, como hizo Jesucristo.

Seguid rezando mucho por mis intenciones. Dios ha querido que yo sea el Padre de esta familia sobrenatural de la Obra. Yo, solo, no puedo nada; apoyado en mis hijas y en mis hijos, con la gracia de Dios, lo podré todo:omnia possum in eo, qui me confortat (Flp 4, 13). Acordaos especialmente de encomendar a los Numerarios que recibirán la ordenación sacerdotal, en Roma, el próximo día 26. Pedid al Señor que nos los haga muy santos, totalmente dedicados al servicio de sus hermanas y hermanos, y de todas las almas.

Y rezad más, mucho más, por Benedicto XVI, el Padre común de los cristianos, el Vicario de Cristo en esta gran familia de Dios sobre la tierra, que es la Iglesia Santa.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier


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