Para rezar con el Papa ante el Belén

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Selección de fragmentos de las homilías navideñas de Benedicto XVI desde que ocupó la cátedra de san Pedro en 2005 hasta hoy.

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Preparación

· «El Niño, a quien hace unos dos mil años adoraron los pastores en una gruta en la noche de Belén, no se cansa de visitarnos en la vida cotidiana, mientras como peregrinos nos encaminamos hacia el Reino. Invocar el don del nacimiento del Salvador prometido significa también comprometerse para preparar el camino, para predisponer una digna morada no sólo en el ambiente en torno a nosotros, sino sobre todo en nuestro espíritu» (19 dic 2007).

· «Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: “Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo”. Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora.

El breve inciso, “lo envolvió en pañales”, nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él.

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¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?» (19 dic 2007).

Fe

· «El mundo se hace cada vez más caótico e incluso violento: lo vemos cada día. Y la luz de Dios, la luz de la Verdad, se apaga. La vida se hace oscura y sin brújula. ¡Qué importante es, por tanto, ser realmente creyentes y como creyentes reafirmamos con fuerza, con nuestra vida, el misterio de salvación que trae consigo la celebración de la Navidad de Cristo!» (19 dic 2007).

· «Hombre moderno, adulto y, sin embargo, a veces débil en el pensamiento y en la voluntad, ¡déjate llevar de la mano por el Niño de Belén, no temas, fíate de Él!» (25 dic 2005).

Testimonio

· «Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene celebrar la Navidad? La celebración se vacía. Ante todo, nosotros, los cristianos, tenemos que reafirmar con convicción profunda y sentida la verdad de la Navidad de Cristo para testimoniar ante todo la conciencia de un don gratuito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos. De aquí se deriva el deber de la evangelización» (19 dic 2007).

Esperanza

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· «El hombre de la era tecnológica, si se encamina hacia una atrofia espiritual y a un vacío del corazón, corre el riesgo de ser víctima de los mismos éxitos de su inteligencia y de los resultados de sus capacidades operativas. Por eso es importante que abra la propia mente y el propio corazón a la Navidad de Cristo, acontecimiento de salvación capaz de imprimir renovada esperanza a la existencia de todo ser humano.

En Navidad nuestro espíritu se abre a la esperanza contemplando la gloria divina escondida en la pobreza de un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre: es el Creador del universo reducido a la impotencia de un recién nacido. Aceptar esta paradoja, la paradoja de la Navidad, es descubrir la Verdad que nos hace libres y el amor que transforma la existencia. En la noche de Belén, el Redentor se hace uno de nosotros, para ser compañero nuestro en los caminos insidiosos de la historia. Tomemos la mano que Él nos tiende: es una mano que nada nos quiere quitar, sino sólo dar» (25 dic 2005).

Amor

· «Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad» (25 dic 2005).

· «”Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”. Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así» (25 dic 2005).

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«En aquel Niño acostado en el pesebre, Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da como don a sí mismo y que se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto en su luz”. Donde ha aparecido la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón» (25 dic 2005).

Apostolado

· «No hay nada más hermoso, urgente e importante que volver a dar gratuitamente a los hombres lo que hemos recibido gratuitamente de Dios. No hay nada que nos pueda eximir o dispensar de este exigente y fascinante compromiso. La alegría de la Navidad que ya experimentamos, al llenarnos de esperanza, nos empuja al mismo tiempo a anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros» (23 dic 2007).

· «Sólo redescubriendo el don recibido, la Iglesia puede testimoniar a todos a Cristo Salvador; hay que hacerlo con entusiasmo y pasión, en el pleno respeto de cada tradición cultural y religiosa; y hacerlo con alegría, sabiendo que Aquél a quien anuncia nada quita de lo que es auténticamente humano, sino que lo lleva a su cumplimiento. En verdad, Cristo viene a destruir solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo demás, lo eleva y perfecciona» (25 dic 2006).

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· «El verdadero misterio de la Navidad es el resplandor interior que viene de este Niño. Dejemos que este resplandor interior llegue a nosotros, que prenda en nuestro corazón la lumbrecita de la bondad de Dios; llevemos todos, con nuestro amor, la luz al mundo. No permitamos que esta llama luminosa se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo. Que la custodiemos fielmente y la ofrezcamos a los demás» (25 dic 2005).

Conversión

· «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo» (25 dic 2007).

· «[Éste es] el gran misterio del amor que nunca termina de sorprendernos. Dios se hizo hijo del hombre para que nos convirtiéramos en hijos de Dios» (23 dic 2007).

· «Dios ama a todos porque todos son criaturas suyas. Pero algunas personas han cerrado su alma; su amor no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen no necesitar a Dios; no lo quieren. Otros, quizás moralmente igual de pobres y pecadores, al menos sufren por ello. Esperan en Dios. Saben que necesitan su bondad, aunque no tengan una idea precisa de ella. En su espíritu abierto a la esperanza, puede entrar la luz de Dios y, con ella, su paz» (25 dic 2005).

Humildad

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· «En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra (…). El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo» (25 dic 2007).

· «La Navidad es el día santo en el que brilla la “gran luz” de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios» (25 dic 2007).

Tiempo

· «¿Quién está listo para abrirle las puertas del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante?» (25 dic 2007).

Felicidad

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· «A la sed de sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las personas y las naciones no teman reconocerlo y acogerlo».

«¿Tiene todavía valor y sentido un “Salvador” para el hombre del tercer milenio? ¿Cómo no darse cuenta de que, precisamente desde el fondo de esta humanidad placentera y desesperada, surge una desgarradora petición de ayuda? (…) Es precisamente en su intimidad, en lo que la Biblia llama el “corazón”, donde siempre necesita ser salvado. Y en la época actual postmoderna necesita quizás aún más un Salvador, porque la sociedad en la que vive se ha vuelto más compleja y se han hecho más insidiosas las amenazas para su integridad personal y moral. ¿Quién puede defenderlo sino Aquél que lo ama hasta sacrificar en la cruz a su Hijo unigénito como Salvador del mundo?» (25 dic 2006).

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«”Despiértate, hombre: por ti, Dios se ha hecho hombre” (S. Agustín). ¡Despierta, hombre del tercer milenio! En Navidad, el Omnipotente se hace niño y pide ayuda y protección; su modo de ser Dios pone en crisis nuestro modo de ser hombres; su llamar a nuestras puertas nos interpela, interpela nuestra libertad y nos pide que revisemos nuestra relación con la vida y nuestro modo de concebirla» (25 dic 2005).

Madre de seis hijos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me suelo levantar a las siete –dice Ketty, mujer de un ingeniero naval y madre de seis hijos–, generalmente muy cansada. Es el momento de organizar a la familia para que lleguen a tiempo a los autobuses y al colegio. Después suelo ir a Misa de diez. Y a continuación me dedico a organizar la casa… Es un trabajo maravilloso, porque supone entregarte continuamente a los demás. Pero esto tampoco te exige estar siempre encerrada, sin abrirte a un horizonte más amplio. Cuando nos casamos, mi marido y yo estábamos muy enamorados, como es normal… No necesitábamos de nada ni de nadie para ser felices, pero esto no quiere decir que nos encerráramos el uno en el otro y nada más… Y aunque todavía procuramos reservar momentos de serenidad para tratar los asuntos más personales y delicados, esto a veces resulta difícil. Cuando los niños se van haciendo mayores, toman parte en todas las conversaciones con los padres. Durante año y medio no hemos tenido apenas tiempo de hablar… Entonces lo que hacíamos era comer rápidamente y yo le acompañaba al trabajo: tomábamos café en una cafetería y así podíamos estar unos minutos a solas. Todo es cuestión de buena voluntad, de ordenarte. Mi trabajo profesional es la casa. A mis hijos y a mi marido les hace una ilusión enorme quesea yo la que arregle la casa y cuide de todo. Además es la única forma de poder ir educando y enseñando a los niños… De nada sirve predicarles si se dan cuenta de que tú no vives eso que mandas. Me preocupa que ahora a los niños se les educa con un excesivo bienestar material. ¡Pero qué cariño es ése! Pienso que a mí me ha venido tan bien pasar una infancia con privaciones… el mayor manjar que ha existido para mí durante años era el pan con tocino. Por eso creo que el educar a los niños con un exceso de comodidades y de caprichos es uno de los mayores daños que se les puede hacer…

Trabajo también –sigue Ketty– en el Departamento de Orientación Familiar de un colegio. Nos preocupa la formación, tanto humana como espiritual de los niños. Pero esta formación debe continuar en la familia. El mayor problema es la falta de confianza. Tiene que haber un diálogo entre los hijos y los padres.


Un matrimonio de Lagos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Son ahora un profesional africano de Lagos (Nigeria), Mr. Biodun Sanwo, y su esposa, ambos del Opus Dei, quienes responden:

–Mr. Sanwo, ¿qué efecto ha tenido el Opus Dei en su vida?

–El Opus Dei ha cambiado completamente mi vida. Cuando conocí el Opus Dei y empecé a pensar que Dios podía decirme que me hiciera de la Obra pensé que era completamente incompatible con mi vida normal de trabajo… y pensé que era imposible. Ahora estoy muy contento al ver que estoy en el Opus Dei y que soy perfectamente feliz en mi quehacer profesional y en mi vida normal.

–¿Cómo ha reaccionado la gente a su alrededor ante su nueva vida, como usted la llama?

–Al principio, cuando me hice de la Obra la gente estaba muy sorprendida. Ahora, algunas de esas personas son ya Cooperadores del Opus Dei.

–¿En qué forma ha participado usted en la expansión del Opus Dei en Lagos?

–He tenido la suerte de haber sido una de las personas del Opus Dei en sus primerísimos momentos aquí en Lagos. Me vienen ahora a la cabeza los primeros momentos. Estábamos tratando de empezar un Club juvenil, y necesitábamos aulas pero no teníamos espacio. El único sitio disponible era un garaje. Tuvimos que reunir dinero para convertirlo en una clase decente. No sólo lo usamos como aula para los chicos sino también para reuniones con profesionales. Realmente era bueno trabajar en estas cosas. Estoy muy contento de ver que ahora usamos ya un edificio llamado Helmbridge Study Centre, y, aunque todavía tenemos que acabar de pagarlo…

–Señora Sanwo, ¿qué es lo que le ha impresionado más entre las enseñanzas del Fundador del Opus Dei?

–Una enseñanza del Padre que siempre me ha impresionado mucho es que el trabajo es un medio de santificación. Antes yo acostumbraba a ponerme nerviosa y empezaba a refunfuñar cuando trabajaba demasiado y me sentía cansada, pero ahora ofrezco mi trabajo a Dios y lo hago más contenta y más diligentemente tanto en casa como en la oficina.

–¿Ha afectado el espíritu del Opus Dei a su vida familiar?

–El espíritu de la Obra ha afectado grandemente a mi vida familiar. Antes yo me enojaba fácilmente con los niños, que siempre están causando problemas y gritando por toda la casa. Ahora tengo mucho mejor humor. Los comprendo más y no me enojo fácilmente. Como mi marido también es de la Obra, nuestro hogar es ahora más feliz y alegre de lo que acostumbraba.

–¿En qué manera piensa usted que el Opus Dei puede ayudar a la gente en Lagos y en Nigeria en general?



TEMA 25. El matrimonio

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La íntima comunidad de vida y amor conyugal entre hombre y mujer es sagrada, y está estructurada según leyes establecidas por el Creador, que no dependen del arbitrio humano.

«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (CIC, 1055 §1).

1. El designio divino sobre el matrimonio

«El mismo Dios es autor del matrimonio.  La íntima comunidad conyugal entre el hombre y la mujer es sagrada, y está estructura con leyes propias establecidas por el Creador que no dependen del arbitrio humano.

La institución del matrimonio no es una ingerencia indebida en las relaciones personales íntimas entre un hombre y una mujer, sino una exigencia interior del pacto de amor conyugal: es el único lugar que hace posible que el amor entre un hombre y una mujer sea conyugal, es decir un amor electivo que abarca el bien de toda la persona en cuanto sexualmente diferenciada. Este amor mutuo entre los esposos «se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (Gn 1, 31). Y este amor es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. Y los bendijo Dios y les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn 1, 28)» (Catecismo, 1604).

El pecado original introdujo la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer, debilitando la conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio. La Ley antigua, conforme a la pedagogía divina, no crítica la poligamia de los patriarcas ni prohíbe el divorcio; pero «contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cfr. Os 1-3; Is 54.62, Jr 2-3.31; Ez 16, 62; 23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cfr. Mal 2, 13-17)» (Catecismo, 1611).

«Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia” (Ef 5, 25)» (Compendio, 341).

«Entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento» (CIC, 1055 §2).

El sacramento del matrimonio aumenta la gracia santificante, y confiere la gracia sacramental específica, la cual ejerce una influencia singular sobre todas las realidades de la vida conyugal, especialmente sobre el amor de los esposos. La vocación universal a la santidad está especificada para los esposos «por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar». «Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar».

2. La celebración del matrimonio

El matrimonio nace del consentimiento personal e irrevocable de los esposos (cfr. Catecismo, 1626). «El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio» (CIC, 1057 §2).

«La Iglesia exige ordinariamente para sus fieles la forma eclesiástica de la celebración del matrimonio» (Catecismo, 1631). Por eso, «solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono delegado por uno de ellos para que asistan, y ante dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas» por el Código de Derecho Canónico (CIC, 1108 §1).

Varias razones concurren para explicar esta determinación: el matrimonio sacramental es un acto litúrgico; introduce en un ordo eclesial, creando derechos y deberes en la Iglesia entre los esposos y para con los hijos. Por ser el matrimonio un estado de vida en la Iglesia, es preciso que exista certeza sobre él (de ahí la obligación de tener testigos); y el carácter público del consentimiento protege el “Sí” una vez dado y ayuda a permanecer fiel a él (cfr. Catecismo, 1631).

3. Propiedades esenciales del matrimonio.

«Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento» (CIC, 1056). El marido y la mujer «por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad”.

«La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y pleno amor. La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y otro y al amor conyugal que es único y exclusivo» (Catecismo, 1645).

«En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cfr. Mt 19, 8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mt 19, 6)» (Catecismo, 1614). En virtud del sacramento, por el que los esposos cristianos manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32), la indisolubilidad adquiere un sentido nuevo y más profundo acrecentando la solidez original del vínculo conyugal, de modo que «el matrimonio rato [esto es, celebrado entre bautizados] y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte» (CIC, 1141).

«El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo» (Catecismo, 2384). «Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado en conformidad con la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del Matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido» (Catecismo, 2386).

«Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación» (Catecismo, 1649). Si tras la separación «el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral» (Catecismo, 2383).

Si tras el divorcio se contrae una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, «el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo, 2384). Los divorciados casados de nuevo, aunque sigan perteneciendo a la Iglesia, no pueden ser admitidos a la Eucaristía, porque su estado y condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor indisoluble entre Cristo y la Iglesia significada y actualizada en la Eucaristía. «La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

4. La paternidad responsable

«Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación. Los hijos son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios, que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18), y que hizo desde el principio al hombre, varón y mujer” (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tiende a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más» (Catecismo, 1652)[11]. Por ello, entre «los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente».

El estereotipo de la familia presentada por la cultura dominante actual se opone a la familia numerosa, justificado por razones económicas, sociales, higiénicas, etc. Pero «el verdadero amor mutuo trasciende la comunidad de marido y mujer, y se extiende a sus frutos naturales: los hijos. El egoísmo, por el contrario, acaba rebajando ese amor a la simple satisfacción del instinto y destruye la relación que une a padres e hijos. Difícilmente habrá quien se sienta buen hijo —verdadero hijo— de sus padres, si puede pensar que ha venido al mundo contra la voluntad de ellos: que no ha nacido de un amor limpio, sino de una imprevisión o de un error de cálculo [...], veo con claridad que los ataques a las familias numerosas provienen de la falta de fe: son producto de un ambiente social incapaz de comprender la generosidad, que pretende encubrir el egoísmo y ciertas prácticas inconfesables con motivos aparentemente altruistas».

Aún con una disposición generosa hacia la paternidad, los esposos pueden encontrarse «impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al menos por cierto tiempo, no puede aumentarse». «Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad».

Es intrínsecamente mala «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación».

Aunque se busque retrasar un nuevo concebimiento, el valor moral del acto conyugal realizado en el periodo infecundo de la mujer es diverso del efectuado con el recurso a un medio anticonceptivo. «El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad». Mediante el recurso a la anticoncepción se excluye el significado procreativo del acto conyugal; el uso del matrimonio en los periodos infecundos de la mujer respeta la inseparable conexión de los significados unitivos y procreativos de la sexualidad humana. En el primer caso se comete un acto positivo para impedir la procreación, eliminando del acto conyugal su potencialidad propia en orden a la procreación; en el segundo sólo se omite el uso del matrimonio en los periodos fecundos de la mujer, lo que de por sí no lesiona a ningún otro acto conyugal de su capacidad procreadora en el momento de su realización. Por tanto, la paternidad responsable, tal como la enseña la Iglesia, no comporta de ningún modo mentalidad anticonceptiva; al contrario, responde a determinada situación provocada por circunstancias concurrentes, que de suyo no se quieren, sino que se padecen, y que pueden contribuir, con la oración, a unir más a los cónyuges y a toda la familia.

5. El matrimonio y la familia

«Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación».

«El Creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana; la familia es por ello la célula primera y vital de la sociedad». Esta específica y exclusiva dimensión pública del matrimonio y de la familia reclama su defensa y promoción por parte de la autoridad civil. Las leyes que no reconocen las propiedades esenciales del matrimonio —el divorcio—, o la equiparan a otras formas de unión no matrimoniales —uniones de hecho o uniones entre personas del mismo sexo— son injustas: lesionan gravemente el fundamento de la propia sociedad que el Estado está obligado a proteger y fomentar.

En la Iglesia la familia es llamada Iglesia doméstica porque la específica comunión de sus miembros está llamada a ser «revelación y actuación específica de la comunión eclesial». «Los padres han de ser para con sus hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno, y con especial cuidado la vocación sagrada». «Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras. El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y escuela del más rico humanismo. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida» (Catecismo, 1657).

Una conversación en Boston

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

20 de agosto. Estoy en Boston con el matrimonio Freemont–Smith, Maury y Harriet. Les pregunto:

–El Fundador del Opus Dei hablaba con frecuencia sobre la vocación de llevar adelante una familia. ¿Qué consejos suyos les han ayudado de forma especial en su vida de familia?

Bueno, yo diría–comienza él– que había muchas cosas del Fundador del Opus Dei que nos ayudaban, y siguen ayudándonos en la vida de familia. Probablemente lo más destacado es cuando decía que el mejor don que podemos dar a nuestros hijos es querernos mucho entre nosotros. Y ser muy leales y muy felices el uno conel otro. Y hay muchas cosas más. Cuando hay que corregir a los hijos, procurar hacerlo por amor, y no por impaciencia.

Otras cosas podrían parecer de poca importancia: por ejemplo, tertulias de familia y el estar apiñados en la familia, pero no lo son. Unen mucho a las personas, les dan un sentido de unidad y de lealtad.

Ahora es Harriet quien habla.

–También decía cosas muy bonitas sobre la libertad, y lo importante que es que los padres den a los hijos la libertad, aun la libertad de cometer un error. Pero de lo que más me acuerdo es que dijo: «Si el marido y la mujer discuten –y tiene que ocurrir porque somos humanos– no debe ser delante de los niños. Pero si lo hacen, entonces deben tener la delicadeza de hacer la paz también delante de los hijos».

–Harriet, ¿cómo encuentra tiempo para seguir con sus afanes profesionales, y también cuidar de sus responsabilidades familiares?

–Creo que ser madre de nueve niños es una empresa muy profesional. Es una aventura. Pero también creo que es importante que la mujer tenga otras ocupaciones fuera del hogar. Les ayuda a tener más interés en sus familias cuando están en casa. Pero estar en casa ha venido a ser para muchas mujeres una cosa que consideran poco deseable. En cuanto a mí, yo pienso que es formidable tener la influencia de educar a todas esas personas –los niños son personas–. En fin, organizarse y tener disciplina. Y el propósito de no limitarse a la casa, sino salir fuera y divertirse un poco también.

–Maury, voy a hacerle esta pregunta: ¿Cómo cree que el Opus Dei podría ayudar a los profesionales que piensan muchas veces que están demasiado ocupados, que no tienen tiempo para practicar su fe?

–En todo esto se trata de tener prioridades. Siempre conseguimos acabar lo que realmente nos interesa. Si queremos ver la televisión, encontraremos el tiempo. Si queremos estar con nuestros hijos, encontraremos el tiempo. Si queremos unas vacaciones, encontraremos el tiempo para estar en la montaña o donde sea. Ahora bien, si una persona quiere aprender a amar más a Dios, si alguien se interesa suficientemente en la vida eterna, para el que quiera aprender más, el Opus Dei le ofrece un programa de formación e información que le ayudará a realizarlo. Ajustando esta dedicación a la vida diaria, sin cambiar nada en esta vida, pero ayudándonos a dedicarnos más a ese fin, de amor a Dios, ayudando a otros, formando amistades, cosas que querernos hacer porque son importantes.

Homilía de la Misa en Nazaret

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Jueves 14 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas

la Anunciación, el lugar que contempló los años escondidos del crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia (cfr. Lc 2,52). Agradezco al arzobispo Elias Chacour sus gentiles palabras de bienvenida, y abrazo con el signo de la paz a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y todos los fieles de Galilea, que en la diversidad de sus ritos y tradiciones, dan expresión a la universalidad de la Iglesia de Cristo. Saludo con respeto al presidente de Israel que nos honra con su presencia. Deseo dar las gracias de forma especial a cuantos han hecho posible esta celebración, particularmente a quienes han participado en la planificación y construcción de este nuevo teatro este su espléndido panorama de la ciudad.

Aquí en la ciudad de Jesús, María y José, estamos reunidos para señalar la conclusión del Año de la Familia celebrado por la Iglesia en Tierra Santa. Como signo prometedor del futuro, bendeciré la primera piedra de un Centro Internacional para la Familia, que será construido en Nazaret. Oremos para que este Centro promueva una sólida vida familiar en esta región, ofrezca apoyo y asistencia a las familias en cualquier lugar y las anime en su insustituible misión en la sociedad.

Además tengo esperanza en que esta etapa de mi peregrinación atraiga la atención de toda la Iglesia hacia esta ciudad de Nazaret. Como dijo el Papa Pablo VI todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana. Aquí, tras el ejemplo de María, José y Jesús, podemos apreciar aún más la santidad de la familia que, en el plan de Dios, se basa sobre la fidelidad de por vida de un hombre y una mujer, consagrada por el pacto conyugal y abierta al don de Dios de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo de reapropiarse de esta verdad fundamental, que está en la base de la sociedad y cuán importante es el testimonio de parejas casadas en base a la formación de conciencias maduras y a la construcción de la civilización del amor!

En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Eclesiástico (Eclo 3,3-7.14-17), la palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de aquellas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para la familia, el amor del marido y la mujer produce el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una formación integral humana y espiritual para sus hijos. En la familia cada persona, se trate del niño más pequeño o del familiar más anciano, es valorada por lo que es en sí misma, y no simplemente como un medio para otros fines. Aquí empezamos a observar algunos de los papeles esenciales de la familia como primera piedra de la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora. Además alcanzamos a apreciar, dentro de la sociedad más amplia, el papel del Estado llamado a sostener a las familias en su misión educadora, a proteger la institución de la familia y sus derechos inherentes, y a asegurar que todas las ellas puedan vivir y florecer en condiciones de dignidad.

Opus Dei -

Escribiendo a los Colosenses, el apóstol Pablo habla instintivamente de la familia cuando intenta ilustrar las virtudes que edifican “el único cuerpo” que es la Iglesia. Como “elegidos de Dios, santos y amados”, estamos llamados a vivir en armonía y en paz los unos con los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el amor como el vínculo más grande de perfección (cfr. Col 3, 12-14). Como en el pacto conyugal, el amor del hombre y de la mujer viene elevado por la gracia hasta convertirse en compartido, y expresión del amor de Cristo y de la Iglesia (cfr. Ef 5, 32), de modo que la familia, fundada sobre el amor, esta llamada a ser una “iglesia doméstica”, un lugar de fe, de oración y de preocupación amorosa por el verdadero y duradero bien de cada uno de sus miembros.

Mientras reflexionamos sobre estas realidades, en ésta que es la ciudad de la Anunciación, nuestro pensamiento se dirige naturalmente a María, “llena de gracia”, la Madre de la Sagrada Familia y nuestra Madre. Nazaret nos recuerda el deber de reconocer y respetar la dignidad y misión concedidas por Dios a las mujeres, como también sus carismas y talentos particulares. Ya sea como madres de familia, como presencia vital en las fuerzas laborales y en las instituciones de la sociedad, o como en la particular vocación a seguir al señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, las mujeres tienen un papel indispensable en la creación de esa “ecología humana” (cfr Centesimus annus, 39) de la que nuestro mundo, y también esta tierra, tienen necesidad tan urgente: un ambiente en el que los niños aprendan a amar y querer a los otros, a ser honestos y respetuosos hacia todos, a practicar las virtudes de la misericordia y del perdón.

Aquí pensamos también en san José, el hombre justo que Dios puso al frente de su casa. Del ejemplo fuerte y paterno de José, Jesús aprendió las virtudes de la piedad masculina, de la fidelidad a la palabra dada, de la integridad y del trabajo duro. En el carpintero de Nazaret vemos como la autoridad puesta al servicio del amor es infinitamente más fecunda que el poder que intenta dominar. ¡Cuanta necesidad tiene nuestro mundo del ejemplo, de la guía y de la silenciosa calma de hombres como José!

Por último, contemplando la Sagrada Familia de Nazaret, dirijamos ahora la mirada al niño Jesús, que en la casa de María y de José creció en sabiduría y conocimiento, hasta el día en el que inició su ministerio público. Aquí querría añadir un pensamiento particular a los jóvenes presentes. El Concilio Vaticano II enseña que los niños tienen un papel especial en hacer crecer a sus padres en la santidad (cfr. Gaudium et spes, 48). Les pido que reflexionen sobre ello y dejen que el ejemplo de Jesús les guíe no sólo mostrando respeto a sus padres, sino también ayudándoles a descubrir con más plenitud el amor que da a nuestra vida el sentido más completo. En la Sagrada Familia de Nazaret fue Jesús el que enseñó algo a María y a José sobre la grandeza del amor de Dios, su celeste Padre, la fuente última de todo amor, el Padre de quien toda familia en el cielo y en la tierra toma su nombre (cfr. Ef 3, 14-15).

Queridos amigos, en la oración colecta de la Misa de hoy hemos pedido al Padre que “nos ayude a vivir como la Sagrada Familia, unidad en el respeto y en el amor”. Renovemos aquí nuestro compromiso de ser levadura de respeto y de amor en el mundo que nos circunda. Este Monte del Precipicio nos recuerda, como lo ha hecho con generaciones de peregrinos, que el mensaje del Señor fue en ocasiones fuente de contradicción y de conflicto con los mismos que le escuchaban. Por desgracia, como sabe el mundo, Nazaret ha experimentado tensiones en los años recientes, que han dañado las relaciones entre las comunidades cristiana y musulmana. Invito a las personas de buena voluntad de ambas comunidades a reparar el daño que ha sido hecho, y en la fidelidad al credo común en un único Dios, Padre de la familia humana, trabajar para construir puentes y encontrar formas de convivir pacíficamente. ¡Que cada cual rechace el poder destructivo del odio y del prejuicio, que asesinan el alma humana antes que al cuerpo!

Opus Dei -

Permítanme que concluya con una palabra de gratitud y alabanza hacia cuantos se esfuerzan para llevar el amor de Dios a los niños de esta ciudad y para educar a las nuevas generaciones por los caminos de la paz. Pienso de manera especial en los esfuerzos de las iglesias locales, particularmente en sus escuelas y en sus instituciones caritativas, para derribar los muros y para ser terreno fértil de encuentro, de diálogo, de reconciliación y de solidaridad. Animo a los sacerdotes, a los religiosos, a los catequistas y a los profesores a que se comprometan, junto con los padres y cuantos se dedican al bien de nuestros muchachos, a perseverar en dar testimonio del Evangelio, a tener confianza en el triunfo del bien y de la verdad, y a confiar en que Dios hará crecer toda iniciativa destinada a difundir su Reino de santidad, solidaridad, justicia y paz. Al mismo tiempo reconozco con gratitud la solidaridad que muchos hermanos y hermanas nuestros en todo el mundo expresan hacia los fieles de Tierra Santa, apoyando los loables programas y actividades de la Catholic Near East Welfar Association.

“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). ¡Qué la virgen de la Anunciación, que valerosamente abrió el corazón al misterioso plan de Dios, y se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos guíe y nos sostenga con su oración! ¡Que obtenga para nosotros y nuestras familias la gracia de abrir los oídos a esta palabra del Señor que tiene el poder de construir (cfr. Hch 20, 32), que nos inspire decisiones valerosas, y que guíe nuestros pasos por el camino de la paz!

TEMA 33. El cuarto mandamiento del Decálogo: honrar padre y madre

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El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres. Pero, se refiere también a otras relaciones de parentesco, educativas, laborales, etc.

1. Diferencia entre los tres primeros mandamientos del Decálogo y los siete siguientes

Los tres primeros mandamientos enseñan el amor a Dios, Sumo Bien y Último Fin de la persona creada y de todas las criaturas del universo, infinitamente digno en sí mismo de ser amado. Los siete restantes tienen como objeto el bien del prójimo (y el bien personal), que debe ser amado por amor de Dios, que es su Creador.

En el Nuevo Testamento, el precepto supremo de amar a Dios y el segundo, semejante al primero, de amar al prójimo por Dios, compendian todos los mandamientos del Decálogo (cfr. Mt 22,36-40; Catecismo, 2196).

2.  Significado y extensión del cuarto mandamiento

El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres. Se refiere también a las relaciones de parentesco con los demás miembros del grupo familiar. Finalmente se extiende a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a su patria, etc. Este mandamiento implica y sobreentiende también los deberes de los padres y de todos los que ejercen una autoridad sobre otros (cfr. Catecismo, 2199).

a) La familia. El cuarto mandamiento se refiere en primer lugar a las relaciones entre padres e hijos en el seno de la familia. «Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental» (Catecismo, 2203). «Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia» (Catecismo, 2202). «La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo» (Catecismo, 2205).

b) Familia y sociedad. «La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad (…) La vida de familia es iniciación de la vida en sociedad» (Catecismo, 2207). «La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la responsabilidad respecto de los pequeños y mayores, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres» (Catecismo, 2208). «El cuarto mandamiento ilumina las demás relaciones en la sociedad» (Catecismo, 2212).

La sociedad tiene el grave deber de apoyar y fortalecer el matrimonio y la familia, reconociendo su auténtica naturaleza, favoreciendo su prosperidad y asegurando la moralidad pública (cfr. Catecismo, 2210). La Sagrada Familia es modelo de toda familia: modelo de amor y de servicio, de obediencia y de autoridad, en el seno de la familia.

3. Deberes de los hijos con los padres

Los hijos han de respetar y honrar a sus padres, procurar darles alegrías, rezar por ellos y corresponder lealmente a su sacrificio: para un buen cristiano estos deberes son un dulcísimo precepto.

La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana (cfr. Ef 3,14); es el fundamento del honor debido a los padres (cfr. Catecismo, 2214). «El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en edad, en sabiduría y en gracia. “Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?” (Sir 7,27-28)» (Catecismo, 2215).

El respeto filial se manifiesta en la docilidad y obediencia. «Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es agradable al Señor» (Col 3,20). Mientras están sujetos a sus padres, los hijos deben obedecerles en lo que dispongan para su bien y el de la familia. Esta obligación cesa con la emancipación de los hijos, pero no cesa nunca el respeto que deben a sus padres (cfr. Catecismo, 2216-2217).

«El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que puedan, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento» (Catecismo, 2218).

Si los padres mandaran algo opuesto a la Ley de Dios, los hijos estarían obligados a anteponer la voluntad de Dios a los deseos de sus padres, teniendo presente que «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Dios es más Padre que nuestros padres: de Él procede toda paternidad (cfr. Ef 3,15).

4. Deberes de los padres

Los padres han de recibir con agradecimiento, como una gran bendición y muestra de confianza, los hijos que Dios les envíe. Además de cuidar de sus necesidades materiales, tienen la grave responsabilidad de darles una recta educación humana y cristiana. El papel de los padres en la formación de los hijos tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. El derecho y el deber de la educación son, para los padres, primordiales e inalienables.

Los padres tienen la responsabilidad de la creación de un hogar, donde se viva el amor, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado. El hogar es el lugar apropiado para la educación en las virtudes. Han de enseñarles —con el ejemplo y con la palabra— a vivir una sencilla, sincera y alegre vida de piedad; transmitirles, inalterada y completa, la doctrina católica, y formarles en la lucha generosa por acomodar su conducta a las exigencias de la ley de Dios y de la vocación personal a la santidad. «Padres, no irritéis a vuestros hijos, antes bien educadles en la doctrina y enseñanzas del Señor» (Ef 6,4). De esta responsabilidad no deben desentenderse, dejando la educación de sus hijos en manos de otras personas o instituciones, aunque sí pueden –y en ocasiones deben– contar con la ayuda de quienes merezcan su confianza (cfr. Catecismo, 2222-2226).

Los padres han de saber corregir, porque «¿qué hijo hay a quien su padre no corrija?» (Hb 12,7), pero teniendo presente el consejo del Apóstol: «Padres, no os excedáis al reprender a vuestros hijos, no sea que se vuelvan pusilánimes» (Col 3,21).

a) Los padres han de tener un gran respeto y amor a la libertad de los hijos, enseñándoles a usarla bien, con responsabilidad. Es fundamental el ejemplo de su propia conducta;

b) en el trato con los hijos deben saber unir el cariño y la fortaleza, la vigilancia y la paciencia. Es importante que los padres se hagan “amigos” de sus hijos, ganando y asegurándose su confianza;

c) para llevar a buen término la tarea de la educación de los hijos, antes que los medios humanos —por importantes e imprescindibles que sean— hay que poner los medios sobrenaturales.

«Como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos (cfr. Concilio Vaticano II, Declar. Gravissimum educationis, 6). Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio» (Catecismo, 2229).

«Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cfr. Mt 16,25): “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37)» (Catecismo, 2232) . La vocación divina de un hijo para realizar una peculiar misión apostólica, supone un regalo de Dios para una familia. Los padres han de aprender a respetar el misterio de la llamada, aunque puede ser que no la entiendan. Esa apertura a las posibilidades que abre la trascendencia y ese respeto a la libertad se fortalece en la oración. Así se evita una excesiva protección o un control indebido de los hijos: un modo posesivo de actuar que no ayuda al crecimiento humano y espiritual.

5. Deberes con los que gobiernan la Iglesia

Los cristianos hemos de tener un «verdadero espíritu filial respecto a la Iglesia» (Catecismo, 2040). Este espíritu se ha de manifestar con quienes gobiernan la Iglesia.

Los fieles «han de aceptar con prontitud y cristiana obediencia todo lo que los sagrados pastores, como representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en cuanto maestros y gobernantes. Y no dejen de encomendar en sus oraciones a sus prelados, para que, ya que viven en continua vigilancia, obligados a dar cuenta de nuestras almas, cumplan esto con gozo y no con pesar (cfr. Hb 13,17)» .

Este espíritu filial se muestra, ante todo, en la fiel adhesión y unión con el Papa, cabeza visible de la Iglesia y Vicario de Cristo en la tierra, y con los Obispos en comunión con la Santa Sede:

«Tu más grande amor, tu mayor estima, tu más honda veneración, tu obediencia más rendida, tu mayor afecto ha de ser también para el Vice-Cristo en la tierra, para el Papa.

Hemos de pensar los católicos que, después de Dios y de nuestra Madre la Virgen Santísima, en la jerarquía del amor y de la autoridad, viene el Santo Padre».

6. Deberes con la autoridad civil

«El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina tanto los deberes de quienes ejercen la autoridad como los de quienes están sometidos a ella» (Catecismo, 2234). Entre estos últimos se encuentran:

a) respetar las leyes justas y cumplir los legítimos mandatos de la autoridad (cfr. 1 P 2,13);

b) ejercitar los derechos y cumplir los deberes ciudadanos;

c) intervenir responsablemente en la vida social y política.

«La determinación del régimen y la designación de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos». La responsabilidad por el bien común exige moralmente el ejercicio del derecho al voto (cfr. Catecismo, 2240). No es lícito apoyar a quienes programan un orden social contrario a la doctrina cristiana y, por tanto, contrario al bien común y a la verdadera dignidad del hombre.

«El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29)» (Catecismo, 2242).

7. Deberes de las autoridades civiles

El ejercicio de la autoridad ha de facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los gobernantes deben velar para que no se favorezca el interés personal de algunos en contra del bien común.

«El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y a administrar humanamente la justicia respetando los derechos de cada uno, especialmente los de las familias y los de los desamparados. Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía (…) no pueden ser suspendidos por la autoridad sin motivo legítimo y proporcionado» (Catecismo, 2237).

Antonio Porras

7. Entrevista a D. Álvaro del Portillo, primer sucesor de San Josemaría Escrivá

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Capítulo del dossier informativo “Libertad política de los fieles del Opus Dei durante el régimen de Franco”

Monseñor Álvaro del Portillo (1914-1994) vivió y trabajo junto a San Josemaría Escrivá durante cuarenta años, y fue elegido como primer sucesor cuando falleció el fundador del Opus Dei en 1975. Fue nombrado obispo en 1991.

Cesare Cavalleri (1936) es columnista del periódico italiano Avvenire, escritor, y profesor de Periodismo en la Universidad de Genoa. Su libro, Entrevista sobre el fundador del Opus Dei (Milán, 1992), fue publicado poco después de que el Papa Juan Pablo II beatificara a Monseñor Escrivá el 17 de mayo de 1992.

En el extracto que publicamos Cavalleri le pregunta a Monseñor del Portillo por las relación entre Escrivá (y el Opus Dei), y Franco.

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¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Hacia la santidad

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Javier Echevarría, Obispo Prelado del Opus Dei, visitó Costa Rica .

30 de enero de 2000

Vanessa Barahona // La Nación (Costa Rica)

Del 11 al 19 de enero por primera vez estuvo en Costa Rica monseñor Javier Echevarría, actual Obispo Prelado del Opus Dei. Preside esa institución de la iglesia católica y entre otros cargos también funge como Gran Canciller de la Universidad de Navarra, en España.

El Opus Dei fue fundado en 1928 por el beato Josemaría Escrivá de Balaguer, y cuenta con más de 80.000 fieles en todo el mundo. En una entrevista exclusiva para La Nación, Echevarría habló de la santidad, del cuidado de la familia y del poder que entraña el amor.

El Opus Dei ha venido a recordar que la santidad está al alcance de toda persona, ¿cómo es esto posible en un mundo tan convulso?

Este mundo convulso es también un mundo bueno, porque procede de Dios. La razón más clara de que la santidad está al alcance de todos es que Dios se hizo hombre para que quienes creen en El sean acogidos por Dios como hijos suyos.

La santidad es identificarse con Jesucristo: pensar, querer, obrar como El. Es posible, si abrimos el alma al Evangelio. No es fácil, porque esta identificación pasa por la cruz.

¿Se puede encontrar la santidad en el trabajo, con la familia o los amigos, y en los detalles de cada día?

A la plenitud de la vida cristiana se llega a través de los caminos honrados, usualmente empedrados de cosas pequeñas. Para identificarse con Jesucristo no es necesario realizar acciones extraordinarias: basta realizar con amor a Dios y a los demás todas las acciones, aún las más cotidianas.

El trabajo, la familia y la amistad nos ofrecen cada día mil oportunidades de ejercitarnos en la caridad: durante una reunión, un paseo familiar, junto a la cama de un amigo enfermo Todas las ocasiones nos ofrecen la oportunidad de ser sembradores de la paz y de la alegría de Cristo.

Del trabajo dependemos todos, sin distingo de profesión. ¿Qué tiene que ver con la santidad y el perfeccionamiento de quien lo realiza?

El trabajo no es un modo de llenar el tiempo, de obtener éxito o dinero. Es aporte a la sociedad, medio para sustentar nuestra familia, ocasión de acercamiento personal. Con el trabajo cumplimos el encargo de Dios al hombre de modelar el mundo.

Cuando consideramos el trabajo con sentido cristiano, de cara a Dios y al prójimo, se abre ante nosotros un panorama imponente. El trabajo se convierte en la materia prima con la que cada uno ha de realizar -con la ayuda de Dios- su propia obra de arte. Cualquier trabajo honrado es ocasión de dar gloria a Dios y servir a los demás.

Cada día parece más difícil que las familias surjan unidas, fuertes y felices. ¿Cuáles son las piedras que hay que quitar del camino para pisar blando?

Es importante no desanimarse, procurar que no nos gane la visión negativa ante los problemas. El pesimismo es mal consejero, suele generar tristeza, y al final agrava las dificultades. Cada día es más importante mantener en la familia el ambiente que le es propio, de confianza, de cariño desinteresado, de alegría. Al contrario que el pesimismo, la alegría es buena consejera: sabe pasar de puntillas sobre las dificultades, las hace más llevaderas. Hemos de aprender a descubrir los motivos de la alegría y saborearlos en familia. También es muy importante la lucha contra el egoísmo, que agota la capacidad de amar, de perdonar, de comprender, de servir, facetas que enriquecen la personalidad.

Hogar y profesión, ámbitos en los que se debaten día a día muchas mujeres. ¿Cómo lograr un equilibrio y establecer prioridades?

El equilibrio entre la dedicación a la familia y al trabajo fuera del hogar no es un problema exclusivo de la mujer: la familia debe ser una responsabilidad compartida, y su atención ha de basarse en una adecuada distribución de tareas entre la mujer y el hombre. Esa es una condición necesaria para la armonía: el apoyo mutuo entre los esposos, compartir el amor a la familia, el deseo de educar bien a los hijos, de transmitirles la propia fe con la palabra y la conducta.

Marido y mujer pueden unirse para vencer las dificultades y, juntos, decidir en cada caso cómo distribuir las responsabilidades apoyándose mutuamente, no como dos competidores, sino como copartícipes en una tarea santa.

¿Qué podemos aprovechar del año jubilar?

Lo diría con una sola palabra: conversión. El Jubileo conmemora los 2000 años del nacimiento de Jesús y, como hacemos con las personas que amamos, no nos acordamos solo el día del cumpleaños: todos los días están en nuestro corazón. Eso es la conversión: abrir de par en par las puertas de nuestro corazón a Jesucristo, para que arranque lo que sea incompatible con nuestra vocación cristiana.

Para que el Año Santo no se quede en un sentimiento genérico de bondad, hay que acudir al sacramento de la penitencia, a la conversión, con el propósito de comenzar una vida nueva: una vida que seguramente requerirá una lucha nueva contra aquello que nos aparta de Jesucristo.

Homilía completa de la Jornada Mariana de la Familia.

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Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

Queridísimas familias:

Un año más he de agradecer al Señor el regalo de poder celebrar esta XV Jornada Mariana de la Familia, con todos vosotros, venidos a este Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad desde tantos puntos de España y desde algunos países vecinos.

Estamos aquí –en “la casa de la Virgen” y envueltos en el entrañable recuerdo de san Josemaría Escrivá de Balaguer– como testigos del Evangelio de la familia y de la vida.

Estamos aquí con la gracia del Espíritu Santo para glorificar a Dios Padre por medio de Cristo, que renueva en la Santa Misa su Sacrificio redentor. Él es el Señor del cielo y de la tierra y actúa sin cesar en la historia humana por medio de la Iglesia, de la que formamos parte. En el salmo responsorial hemos ensalzado al Señor, con palabras de María, por sus “grandezas” en favor de los hombres . La mayor de todas ellas es, ciertamente, la Encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo, que se hace realmente presente en la Eucaristía: sacramento de su Cuerpo y su Sangre, que se nos dan como pan de vida y bebida de salvación “para que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”; es decir, para que en medio del mundo “lleguemos a ser santos y fermento eficaz de santidad”.

Hoy nos encontramos en Torreciudad para avivar en nosotros estas certezas de fe y para proclamar que el matrimonio es también “sacramentum magnum” : signo eficaz de la presencia del Señor en el mundo y manifestación del amor indefectible con que Cristo ama a su Iglesia y la hace fecunda. Hemos venido a reafirmar, con el Papa Juan Pablo II, que “en la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer –relación recíproca y total, única e indivisible– responde al proyecto primitivo de Dios”; un proyecto a menudo “ofuscado en la historia por la ‘dureza de corazón’, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’” para bien de la criatura.

Sí, hermanas y hermanos, hijas e hijos míos: celebramos esta XV Jornada Mariana de la Familia como expresión inequívoca de nuestro compromiso de “proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia” , tal como la hemos recibido de Dios. A través de su Vicario en la tierra, el Señor nos convoca para vivificar la sociedad con las enseñanzas perennes de la Iglesia, pues “son muchos los factores culturales, sociales y políticos que contribuyen a provocar una crisis cada vez más evidente de la familia”, y que a veces llegan a desvirtuar “la idea misma de la familia” .

No se trata de lamentarse. Pero –como han puntualizado expresamente Juan Pablo II y los Obispos de España– bien a la vista están los signos de ese oscurecimiento de la dignidad del hombre y de la santidad del matrimonio en las conciencias de tantos conciudadanos nuestros.

Ante una situación semejante, que puede afectar a millones de personas de España y del mundo, el lema escogido para la Jornada de este año es especialmente significativo: “la familia cristiana, esperanza del mundo”.

Queridas familias, tened la gozosa certeza de que esto es así: sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. El Señor espera a nuestra fidelidad –unida a la de tantos otros– para iluminar este mundo, el Señor cuenta con vosotros –en palabras de san Josemaría– “para ahogar el mal en abundancia de bien” y para llevar de nuevo al mundo el mensaje salvador de su Evangelio.

No nos sentimos los cristianos mejores que los otros, ni más virtuosos. Pero –hoy, como siempre– estamos llamados por la gracia de Dios a ser sal y luz del mundo, fermento de la sociedad y, por tanto, a revitalizar con el amor y la verdad de Cristo los ambientes culturales y sociales. El Señor nos urge día a día a ser ejemplo para muchos que vacilan, a mostrarles la belleza y el atractivo de nuestra fe, el sentido divino del amor humano y, en consecuencia, del matrimonio fiel e indisoluble, la grandeza de la vocación matrimonial como camino de santidad, el gozo de la maternidad y de la paternidad como participación en la paternidad y maternidad de Dios, mediante las que Él enriquece y hace crecer a la familia humana. Y cuando Dios no envía hijos a un matrimonio que los desea vivamente, éste es otro modo de bendecir, para que estén especialmente abiertos a una paternidad y maternidad espiritual muy amplia.

No es éste –decía– momento para las lamentaciones, sino para la afirmación gozosa de la fe, para un compromiso apostólico constante y rebosante de optimismo. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, hemos escuchado en la primera Lectura. Esta profecía de Zacarías, que anuncia la salvación del género humano, se cumplió en un recóndito hogar de Nazaret, iluminado por Cristo y por la vida santamente ordinaria de María y de José. Y Él convirtió ese hogar –su hogar en la tierra– en modelo para todas las familias de todos los tiempos. Modelo de amor fiel, casto y fecundo, con una fecundidad espiritual que se extiende a todas las generaciones. “Alégrate hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti”, repite hoy el Señor, recordándonos que quiere “habitar” también en nosotros y en todos los hogares para extender su misericordia a los fieles “de generación en generación” .

Por eso os invito, con Juan Pablo II, a no cerrar a Cristo las puertas de vuestra vida y de vuestro hogar. ¡Abridlas de par en par! Dejad que entre en vuestras almas y en vuestras casas la Luz que disipa todas las tinieblas . Secundad la “luminaria de la fe y del Amor” , que nos habilita para dartestimonio cabal de la verdad sobre el matrimonio y la familia: sobre su unidad e indisolubilidad; sobre el auténtico amor de los esposos, abierto siempre a la vida –no tengáis miedo a la llegada de otros hijos-; sobre la mutua fidelidad en las tristezas y alegrías; sobre la generosidad y la delicadeza en el trato; sobre el olvido de sí, sobre la dedicación a los hijos y al servicio a la sociedad… Acoged en vosotros la Luz divina, para que ese cúmulo de realidades –casi siempre ordinarias y aparentemente sin esplendor– que configuran la vida matrimonial y familiar, brillen en vuestro hogar con todo su relieve humano y sobrenatural y lo conviertan en una verdadera “iglesia doméstica”: en cauce de santidad y apostolado.

San Josemaría os ayudará a profundizar y hacer vida estas enseñanzas perennes sobre la familia. Su predicación está llena de ejemplos que rezuman sentido cristiano y sentido común, válidos para todas las épocas. No me resisto a transcribiros alguna de sus espontáneas consideraciones:“A los que estéis casados os felicito; pero os digo que no agostéis el amor, que procuréis ser siempre jóvenes, que os guardéis enteramente el uno para el otro, que lleguéis a quereros tanto que améis los defectos del consorte, siempre que no sean una ofensa a Dios”.

Y, en otra ocasión, a un padre de familia le aconsejaba: “quiere mucho a tu mujer, con toda el alma: procura educar bien a los hijos; procura trabajar para ellos, por agradar a Dios y por hacer un bien a la Patria. Si lo haces así, merecerás ser llamado hombre leal y hombre cristiano. No hay ninguna contradicción entre esos dos deberes, porque se funden en uno solo, como se unen los distintos cabos de una cuerda que, entrelazados, forman una maroma”.

”¿De dónde a mi tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme?”. Sí, queridos hermanos y hermanas e hijos míos, también nosotros, como santa Isabel, debemos admirarnos de que Nuestra Madre nos traiga a su Hijo. Porque a pesar de nuestras debilidades, errores y pecados, El ha bajado al mundo para salvarnos, “para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción” de modo que “ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios”.

Nuestra herencia es Cristo mismo y el Reino de santidad y de gracia que Él instauró con su venida al mundo. Abocados a las fuentes de esa gracia –especialmente, los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, junto a la oración–, y esforzándonos por adquirir la formación necesaria para “dar razón de nuestra esperanza”, cada uno de vuestros hogares vendrá a ser foco irradiador de caridad, de verdad y de paz en medio del mundo; cuna de hijos de Dios; semillero de vocaciones para el seguimiento de Cristo y para el servicio de la Iglesia en el celibato apostólico; tronco de nuevas familias cristianas que transmitan la vida y la fe a nuevas generaciones.

Permaneciendo siempre cerca del Señor, Él os concederá una “descarada carga apostólica”, repleta de comprensión y eficacia, para acometer la inmensa tarea de la nueva evangelización de las familias que la Iglesia debe llevar a cabo. Uno a uno, familia a familia, llegaréis a miles de personas y hogares y les mostraréis la grandeza humana y sobrenatural de la vocación matrimonial.

Recemos y hagamos rezar por estos aspectos esenciales del amor humano, el matrimonio y la familia. A la vez, cada uno también debe considerar cómo puede influir positivamente en el ambiente en que se mueve mediante un apostolado capilar de amistad y confidencia –¡es otro modo de rezar!–; y, además difundamos ideas positivas, claras en la doctrina, y siempre serenas, con respeto a las personas que piensen de modo distinto porque la firmeza no está reñida con la caridad.

Del deseo de defender el matrimonio y la familia nace también el amor al propio país, al que amamos como buenos ciudadanos. Este derecho y deber no se limita al ámbito estrictamente religioso o espiritual, porque como conocéis, la familia, “comunidad de vida y de amor”, es la célula básica y esencial de la sociedad; y, protegiéndola, hacéis un gran bien a vuestro pueblo y ayudáis a que los gobernantes y los dirigentes sociales tengan en cuenta –no deben ignorarlos– los deseos legítimos de sus ciudadanos, a los que han servir honestamente, en la búsqueda sincera del bien común que legitima la autoridad.

Terminamos invocando de nuevo a la Virgen Santa de Torreciudad. Sub tumm præsidium confúgimus… “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades”. Tennos de tu mano, Virgen bendita; intercede ante Dios por nuestras familias y por todas las familias de la tierra. Haznos fieles apóstoles de tu Hijo para desarrollar –muy unidos al Papa y todos los Pastores de la Iglesia– la evangelización de la sociedad. Y muéstranos, finalmente, a Jesús, fruto bendito de tu seno.
ASI SEA.


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