Sentido homenaje a la Virgen de Montserrat en Torreciudad

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Con motivo del vigesimoquinto aniversario de la entronización de la Virgen de Montserrat en el Santuario de Torreciudad, un millar de peregrinos catalanes se desplazaron hasta el santuario oscense

Opus Dei -

Un millar de peregrinos procedentes de Cataluña participaron el sábado en el homenaje a la Virgen de Montserrat celebrado en Torreciudad. A la entrada de los peregrinos, los niños cantores del “Petit Cor” del Colegio Bell.lloc de Gerona entonaron el “Lauda Ierusalem” a modo de bienvenida.

Los asistentes honraron así la advocación catalana con motivo del vigesimoquinto aniversario de la entronización de la Virgen de Montserrat en el santuario altoaragonés.

El padre Josep María Soler, abad de Montserrat, presidió los actos, acompañado de los rectores de Torreciudad y Montserrat, y del vicario delegado de la Prelatura del Opus Dei en Barcelona, Antoni Pujals.

En la homilía el P. Soler destacó que la Virgen María es Madre de todos los hombres y mujeres sin excepción, Madre de Misericordia que intercede por sus hijos ante Dios.

Opus Dei -

Ponderó también la devoción mariana de San Josemaría como un ejemplo entrañable para el pueblo fiel, y mostró su satisfacción por la difusión que está adquiriendo la Ruta Mariana El Pilar-Torreciudad-Montserrat-Lourdes.

Los actos incluyeron una procesión, una ofrenda de flores y alumnas de Igualada mostraron su trabajo sobre Montserrat y Torreciudad.

Dispuestos a escuchar, preparados para responder

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Palabras de Mons. Javier Echevarría sobre la Jornada Mundial de la Juventud, pronunciadas el 13 de agosto, antes de emprender su viaje a Colonia. Ofrecemos el link al website de Radio Vaticano, que ha publicado el domingo 14 una entrevista a Benedicto XVI, en la que el Santo Padre se refiere extensamente al encuentro con los jóvenes: “Querría que comprendiesen la belleza de ser cristianos”.

Opus Dei -

Durante el inolvidable encuentro de bienvenida de la JMJ del 2000, en Roma, Juan Pablo II preguntaba a los jóvenes: “¿Qué habéis venido a buscar? ¿A quién habéis venido a buscar?”. Eran las palabras apasionadas de un hombre entrado en años que ama con el corazón joven y que es capaz de contagiar el amor a Cristo a otros jóvenes. Las JMJ han sido siempre esto: muchachas y muchachos de todo el mundo que vienen a ver al Papa buscando a Cristo. De este encuentro personal con el Señor dependen cosas grandes, para la vida de cada una, de cada uno; grandes cosas, también para la vida de la Iglesia entera y de la sociedad.

Al inaugurar su pontificado, Benedicto XVI proclamó que la Iglesia es joven, que la Iglesia está viva. La Iglesia está viva —dijo— porque Cristo vive. La historia “grande” de la Iglesia se juega en las historias “personales” de amistad con Jesucristo, “sólo con esta amistad —nos dice el Papa— se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera”. Vamos a Colonia con la ilusión de volver a saborear la perenne juventud de la Iglesia, que se mantiene gracias a la amistad con Jesucristo.

Durante la JMJ se percibe que algo germina, que una nueva planta nace. En las mujeres y en los hombres de hoy —y más todavía en los jóvenes— hay una gran sed de esperanza, sueños de felicidad, afán de sentido, deseos de encontrar algo por lo que merezca la pena dar la vida. Y, al mismo tiempo, hay dudas, rebeldía ante la injusticia, conciencia de la propia debilidad, a veces miedo. Afanes que en Cristo encuentran su respuesta; sombras que se desvanecen con su luz.

La Iglesia guarda en su seno el futuro del mundo, ha señalado también Benedicto XVI al comenzar su pontificado. El futuro tiene directa relación con los jóvenes. De la generosidad de los jóvenes depende en gran parte la proyección de la Iglesia en el espacio y en el tiempo. Ellos son también portadores del mensaje de Cristo a su generación y a las generaciones venideras. Ellos han de esparcir la semilla de la caridad, la semilla de la castidad, que es expresión de amor auténtico. Cuando parece que el mundo se aleja más de Dios, podemos pensar que el mundo necesita más a Dios: hoy más que nunca, el mundo necesita la alegría de los jóvenes discípulos de Cristo.

El Papa ha otorgado a los participantes en este encuentro la posibilidad de lucrar la indulgencia plenaria. Nos recuerda así que la amistad personal con Jesucristo, que es fuente de alegría, pasa a través de los sacramentos. Cristo que nos perdona en la Confesión y Cristo que se nos entrega en la Eucaristía.

Opus Dei - Benedicto XVI ha concedido una entrevista a Radio Vaticano. Ofrecemos el link en la columna de la derecha.

El Sacrificio del Altar es el centro y el tema de esta JMJ, y de todo este Año. Las catequesis que preceden la llegada del Santo Padre, la Vigilia del sábado y la Misa del domingo giran todos alrededor de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía: “Hemos venido a adorarte”, como los Reyes Magos fueron a Belén.

Rezo por los frutos de conversión de cada uno de los que participaremos en estas Jornadas en Colonia, y la pido en primer lugar para mí. Hemos de convencernos de que siempre es posible convertirse de nuevo, transformar el corazón.
Hemos de convencernos de la urgencia fascinante de seguir de cerca a Jesucristo, “según la vocación que Dios ha indicado a cada uno” (Decr. acerca de las Indulgencias concedidas en ocasión de la XX JMJ, 8.8.2005). La llamada de Dios resuena en el alma, como algo muy íntimo y personal. Y la respuesta repercute también en el propio ambiente, en la sociedad a la que pertenecemos. Decir que sí a Dios, equivale a dar a la propia existencia un sentido de servicio, a ponerse a disposición de los demás.

Tal vez hay que superar cierto temor natural, que todos experimentamos ante las decisiones grandes y comprometidas. “¡No tengáis miedo!” en estas palabras de Cristo, repetidas por el queridísimo Juan Pablo II, encontraremos la audacia que necesitamos. Le hizo eco, desde el primer día, Benedicto XVI: “quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande”. Cristo da todo y no quita nada. Vale la pena afrontar esta magnífica aventura divina y humana.

“De los jóvenes dependen muchas cosas grandes”

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Publicamos la entrevista concecida por Monseñor Javier Echevarría a la agencia de noticias Zenit, en la que el prelado del Opus Dei hace un balance de la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia.

Por ser prelado del Opus Dei usted conoce a gente de todo el mundo, pues su «diócesis» no está limitada territorialmente. ¿Tienen todos ellos la misma «hambre de Dios» de la que ha hablado el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, o son, por el contrario, los hombres del sur, por su mentalidad, más cercanos a Dios que los alemanes o que los del norte en general?


En primer lugar deseo aclarar que el Opus Dei es una prelatura personal y, por tanto, forma parte de la estructura jerárquica de la Iglesia, pero no es una diócesis. Ciertamente el Opus Dei está extendido por el mundo entero. Los fieles de la Prelatura pertenecen a muy diferentes nacionalidades, pero todos tienen como común denominador, la seguridad de que somos hijos de Dios con «hambre de trato con Dios», que procuran aumentar cada día. Es un hecho real a la vista de cualquiera que las personas somos diferentes: las del norte y las del sur, las del este y las del oeste, pero todos luchan con alegría para vivir cerca de Dios. No excluyo, al contrario, pienso que en Alemania existe un rico tesoro de gente que desea acercarse a Dios; muchas personas -con su mentalidad alemana- transcurren sus jornadas en trato con el Señor -en la familia, en el trabajo, en el tráfico de los traslados, en la diversión-, y con el afán de acercar a este gran ideal del hombre -su cercanía con Dios- a otras muchas personas.

¿Qué ha habido de especial en estos días en Colonia, para el mundo y especialmente para Alemania?


Para mí, lo especial de esta visita pastoral es que viene el sucesor de Pedro y, alrededor del sucesor de Pedro -por la comunión de los santos- toda la Iglesia procura unirse a las intenciones del padre común, del Papa. Por tanto, lo que está sucediendo estos días en Colonia tiene mucha importancia para Alemania y para el mundo, porque hace notar que la Iglesia está viva, que la Iglesia es joven, con una juventud que es también de las personas ancianas, de las personas maduras, de los enfermos y de las personas sumidas en la pobreza; ya que lo que importa es la juventud del alma y todas estas personas tienen una gran juventud, para poder ofrecer Dios a los otros, precisamente porque es lo que les falta.

¿Supondrá la visita del Santo Padre Benedicto XVI el inicio de una primavera espiritual de la Iglesia en su patria?


Naturalmente: en la Iglesia siempre estaremos en una situación de crecimiento. Aunque aparentemente pueda haber momentos en los que se experimenta una especie de parón, ese parón no existe, porque aquí –en este país estupendo que es Alemania- se cuenta ahora con la gran riqueza de la oración de muchas mujeres y hombres desconocidos. La Iglesia no se hace solamente con lo que se ve exteriormente, sino también con la riqueza de la santidad de muchas personas. Es seguro que aquí en Alemania hay mucha gente santa, que agradece al Señor pertenecer a la Iglesia católica y que desea amar a todos los ciudadanos de Alemania, y a los del mundo, con el amor de Cristo.

El Santo Padre quisiera mostrar que el ser cristiano proporciona alegría. ¿Qué tipo de alegría es esta?


El Santo Padre ha insistido recientemente en que, lejos de lo que algunas personas quieren hacer creer, el cristianismo no es un peso; antes bien, el conjunto de preceptos son esas alas de las que ha hablado Benedicto XVI, que nos ayudan a volar hacia el Creador, hacia Dios, que nos sigue a cada uno muy de cerca. Por tanto, la alegría consiste en saber que, en todas las circunstancias en que nos encontremos, tenemos un Padre que no nos abandona nunca y que se ocupa de nosotros en todas esas situaciones. En la vida humana no falta el dolor, el sacrificio, como no faltó en quien es modelo para todos los cristianos -nuestro Señor Jesucristo- y en la persona que ha estado más de cerca de Jesucristo, la Virgen María. Esto no significa masoquismo, sino que se debe al amor, porque -hasta en lo más humano- no existe amor, entrega, sin sacrificio, que consiste en gastarse gustosamente por los demás.

Su antecesor, San Josemaría, fundó el Opus Dei para enseñar a todas las gentes que pueden ser santos, sin hacer cosas extraordinarias. ¿Qué es por tanto la santidad?, ¿cómo se hace uno santo?


San Josemaría ha recogido las enseñanzas y la predicación de Jesucristo, que «coepit facere et docere», que empezó primero a hacer, y predicó después; al comienzo, con su nacimiento humilde, pobre, en una gruta, rodeado por el amor de María y de José y de los pastores -hombres pobres, pero con gran capacidad de amar-, y luego también por los Magos que acudieron a adorarle. Aunque estos últimos eran hombres con posibilidades humanas, en ese momento de búsqueda del rey de los judíos, nos dejan ver que tenían la misma necesidad o más que los pastores. La santidad es procurar encontrar a Dios en lo que nos ocupa en cada momento, identificarse con Cristo sin que sea preciso recurrir a cosas extraordinarias; no son imprescindibles las grandes abnegaciones, aunque no hay excluirlas si llegan, o buscarlas libre y voluntariamente si nos las pide el Señor.

Por eso, lo importante es cumplir la voluntad de Dios en cada momento, llevando a cabo heroicamente el deber de cada instante, sin quitar el hombro ante la sugerencia de fidelidad que precisamente nos hace Cristo, en lo agradable y en lo desagradable.

¿Qué ayuda proporciona el Opus Dei en ese camino hacia la santidad?


El Opus Dei ha venido a recordar a todo el mundo que la santidad no es cosa de privilegiados, es decir que todos podemos acercarnos a Dios ahí donde nos encontramos. A los hombres, a cada uno, ha dicho Jesucristo: «Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto». El Opus Dei recuerda la necesidad de transformar todas las actividades, también las aparentemente más banales, en un diálogo con Dios, e igualmente recuerda la necesidad de la vida sacramental, pues sin los sacramentos no puede aumentar esa vida de la gracia, ya que los sacramentos son los medios que nos ha dejado Nuestro Señor Jesucristo, para renovarnos y para identificarnos con Él.

El lema de estas Jornadas de la Juventud reza: «Hemos venido a adorarle» (Mateo 2, 2). Hoy vivimos un tiempo radicalmente cambiante en el que con facilidad se pierde de vista lo esencial y el recogimiento, el silencio, se considera a menudo insoportable. ¿Cómo llegar a esta actitud de adoración? ¿En qué consiste? ¿Cómo se puede hablar con Dios?


Antes de responder a esta pregunta, querría decirle algo que es fundamental en la vida del cristiano, en la vida de un hijo de Dios: el optimismo. No podemos enfocar las cosas o las situaciones con el pesimismo que, en ocasiones, pueda dominar el ambiente. El hijo de Dios se sabe con capacidad de transformar en alegría todas las circunstancias, también aquellas que otros puedan ver como una contradicción. Desde luego, el silencio y el recogimiento resultan esenciales para que exista un diálogo con Dios. Esto no puede considerarse insoportable, como nunca se considerará insoportable un diálogo —o estar— con la persona a la que se ama. Y todos los hombres somos los amados, los predilectos de Dios, como Él mismo ha dicho: en la Biblia se nos revela que sus delicias son estar con los hijos de los hombres. Si secundamos ese diálogo, seremos mujeres y hombres que participan en esa felicidad, en esa complacencia que Dios tiene puesta en cada uno. ¿Cómo se puede hablar con Dios? Con sencillez, con naturalidad, como se habla con el amigo, con el hermano. San Josemaría Escrivá aconsejaba que tratásemos con Dios de nuestra vida, porque hacer oración es hablar de nuestra alma, de nuestras luchas pequeñas o grandes; y Él nos acoge, nos escucha como el Padre más interesado, con un gran cariño y con el deseo de ayudarnos en todo lo que necesitemos, aunque a veces -como todo buen padre- permite la prueba o la contradicción, precisamente para que maduremos y contemos más con la ayuda de su Gracia.

El Santo Padre ha concedido a todos los participantes en estas jornadas una indulgencia plenaria. ¿Qué papel desempeñan las indulgencias en la vida de la Iglesia? ¿Cómo se relacionan con el sacramento de la penitencia?


Las indulgencias desempeñan un papel vital, porque son la aplicación al alma de los méritos infinitos de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Nos hacen participar en esa Vida gloriosa a la que estamos todos llamados; por tanto, las indulgencias nos facilitan el que podamos acercarnos a Dios, perdonándonos los restos de pena merecida por los pecados ya perdonados y poniéndonos así en la disposición de acudir en adelante con más docilidad y con más facilidad a recibir la gracia en el sacramento de la confesión. Es en este sacramento donde Cristo perdona de raíz los pecados mortales, porque otro medio —fuera de circunstancias extraordinarias— no existe, aunque la Iglesia enseña que una contricción perfecta remite los pecados, también los mortales. Sin embargo, ¿quién puede estar seguro de que su contrición es perfecta? El hombre necesita la certeza del perdón de ese Dios que nos escucha, que nos atiende y nos quita también la tristeza por el fracaso, precisamente en el sacramento de la confesión.

¿Qué mensaje deja san Josemaría a los jóvenes del mundo que han estado estos días en Colonia?


El mensaje de san Josemaría lo resumiría en unas pocas palabras, que escribió cuando era un sacerdote muy joven. Nos ha dicho a todos, no sólo a los jóvenes, sino también a las personas maduras y a las personas ancianas -porque toda edad es tiempo de encuentro con Dios-, pero a la juventud les señalaría, si hoy viviera, lo que escribió en aquellos años de los comienzos del Opus Dei, cuando se vio rodeado de no pocas dificultades. Precisó: «De que tú y yo nos comportemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes». De que se porten muy bien los que se encuentran estos días en Colonia, esta juventud que nos rodea, dependen muchas cosas grandes: para su alma y para las almas que tratan, y también para sus países y para las almas del mundo entero.

Jóvenes de todo el mundo quieren encontrar y seguir a Cristo

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El Prelado del Opus Dei concedió en Colonia una entrevista a la cadena COPE en la que respondió a varias cuestiones acerca de su participación como obispo catequista en la XX Jornada Mundial de la Juventud.

Opus Dei -

Antes de la celebración de los actos presididos por Benedicto XVI en la explanada de Marienfeld; el miércoles 18 de agosto en la parroquia de St. Nikolaus (Bensberg) y el jueves 19 en la de St. Margarita (Düsseldorf-Niederrhein), Mons. Javier Echevarría dirigió unas de las catequesis previstas para los diversos grupos lingüísticos.

La percepción del ambiente que reinaba en las jornadas -”es una realidad preciosa comprobar que jóvenes de todo el mundo quieren encontrar y seguir a Cristo”-, la necesidad de conocer bien la doctrina -”recomiendo que se estudie el Catecismo de la Iglesia Católica”- para afrontar el clima de relativismo moral al que con frecuencia se han de enfrentar los jóvenes: “no sólamente para defender la doctrina, sino incluso para defender la vida y la dignidad de esas personas que están equivocadas”, son algunos de los temas que se tratan en la entrevista.

Con los ojos de la fe

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A los diez años contrajo una enfermedad que le hizo perder la vista. José Enrique Fernández del Campo, agregado del Opus Dei, nos cuenta su historia.

En la puerta de mi casa.

Cuando tenía diez  años contraje un glaucoma, una enfermedad degenerativa de la vista que entonces tenía muy poco tratamiento. Mis padres pusieron todos los medios y los médicos me hicieron varias intervenciones quirúrgicas, pero dieron muy poco resultado. Aunque se prolongó algo más el proceso y durante un tiempo conservé la vista, acabé perdiéndola del todo.

Al principio me costaba aceptar mi realidad: me estaba quedando ciego. Gracias a Dios, mis padres me ayudaron mucho y se esforzaron para que tuviera una atención adecuada, llevándome a un colegio especial. Hoy esto no resulta necesario, pero entonces no existía la pedagogía adecuada en los centros ordinarios y fue una buena solución.

Aquel colegio fue una sorpresa para mí, porque era muy diferente de cómo me lo esperaba. Los chicos de mi edad, a pesar de sus limitaciones, hacían lo mismo que cualquier chaval de doce años: se subían a los árboles, jugaban al fútbol, etc. Aquello me pareció un paraíso, y el cambio de colegio me vino muy bien.

Allí aprendí a funcionar con autonomía, sin depender de nadie; y desde entonces voy en metro y viajo en tren o en avión cuando es necesario sin que me suponga ningún trastorno grave. Naturalmente algún pequeño accidente sí que tengo de vez en cuando, pero sin mayor importancia: una brecha al tropezarme con un andamio que han puesto en mitad de la acera y cosas así.

Ya sé que esto puede sorprender, pero tengo muchos amigos ciegos y la mayoría no vivimos esta limitación como una tragedia. Cuando una persona se queda ciega, los que la rodean lo consideran algo terrible; pero desde un punto de vista cristiano, sobrenatural, comprendes que el hecho de ver o no ver físicamente no es algo tan decisivo en la vida. Es algo que puedes superar, una situación a lo que te puedes adaptar. La ceguera verdaderamente terrible es la espiritual, que tantas veces nace del pecado. Y no es irremediable: basta con acudir con humildad a la misericordia de Dios, pidiéndole luz y perdón.

Gracias a mi ceguera

Gracias a mi ceguera, incluso he hecho muchos  amigos. A Pedro, uno de mis mejores amigos, lo conocí porque un día me ayudó a cruzar la calle. Pedro estudiaba Matemáticas, dos cursos por detrás. Varios días después nos encontramos de nuevo, empezamos a charlar y nos fuimos a tomar algo. Y así nació una amistad que se ha prolongado durante cuarenta años.

Dando clase en la ONCE.

La primera noticia que tuve del Opus Dei fue cuando estudiaba segundo de Matemáticas en la Universidad. Me acuerdo perfectamente del día y del momento. Luís, que era de mi mismo curso, me invitó a una conferencia en Montalbán, un Colegio Mayor de Madrid. Asistí  por simple interés profesional.

Fue la primera vez que estuve en un centro de la Obra. Le pregunté qué era aquello y me habló del Opus Dei, de su finalidad, de su misión, etc., pero yo tenía mis ideas preconcebidas y no estaba dispuesto a aceptar sus explicaciones, aunque a partir de entonces, empezamos a vernos con más frecuencia en la Facultad y acabamos haciéndonos amigos.

Un día me propuso hacer un curso de retiro y le dije que no podía; lo cierto era que no me interesaba ni mucho ni poco,  porque, aunque había recibido formación cristiana en mi casa, en aquel tiempo no era especialmente fervoroso, y estaba concentrado en la preparación de unas oposiciones para profesor del colegio de ciegos donde había estudiado.

Pasaron los meses. Unos días venía Luís a  estudiar a mi casa y otros días iba yo con él a estudiar a Montalbán. Allí tenían por costumbre, haciendo un alto en el estudio, reunirse  en el oratorio para hacer un rato de oración. Un día Luís me invitó, y acepté.

A veces leían algunos puntos de Camino, un libro que me interesó tanto que acabé consiguiéndome una edición en Braille. Y a partir de entonces empecé a leerlo y a meditarlo, a mi aire, todos los días. Así, casi sin darme cuenta, comencé a hacer oración y a tratar personalmente al Señor.

Iba con más frecuencia a Montalbán. El ambiente me atraía: gente muy alegre y al mismo tiempo muy seria en el estudio. Empezó a interesarme la formación cristiana y asistía  cada semana a un curso de formación cristiana para universitarios, y a las meditaciones espirituales que dirigía el sacerdote.

“¿Por qué no te animas a hacer un retiro?”, me preguntaba Luís de vez en cuando. Yo le daba siempre la misma excusa: “mira, es que tengo que estudiar esto, tengo que preparar lo otro…”. Acababa de iniciarme por aquel entonces profesionalmente en el mundo de la enseñanza; aunque la verdadera razón era que no quería comprometerme demasiado con Dios.

Durante ese tiempo san Josemaría estuvo de paso en  Madrid y  Luís le dijo que tenía un amigo ciego al que procuraba acercar a Dios. San Josemaría le comentó que rezaría por mí para “que viera” con visión sobrenatural.

Poco después, un día de 1967, después de estudiar con Luís, hicimos un rato de lectura, que más bien fue de  oración en mi casa con el libro Santo Rosario. Al terminar, estuvimos charlando del  curso de retiro y decidí acudir. Fue un paso decisivo para mi trato con Dios y para mi vocación al Opus Dei, donde pedí la admisión como agregado un mes después.

Cuando le contaron a San Josemaría que había pedido la admisión comentó que ahora lo que hacía falta es que supiera mirar todas las cosas siempre con los ojos de la fe.

Con San Josemaría

Ese mismo año le conocí, porque estuve en Pamplona,  en la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. San Josemaría celebró la Misa en el Campus y por la tarde tuvimos un encuentro con él. Yo iba con un amigo mío, ciego también, que no era de la Obra. Le dije a un chico catalán que se ocupaba de la organización de la Asamblea que me gustaría saludar al fundador cuando pasase, si había oportunidad.

Con un amigo, en tandem.

Yo pensaba como mucho, en darle la mano, en decirle unas palabras o algo así… pero cuando le dijo que estábamos allí san Josemaría se acercó hasta nosotros y nos dio un par de besos. Era realmente un Padre. Me emocioné.

Pocos meses después me dieron una carta con el remite de Roma. La abrí y era de San Josemaría. Me escribía para agradecerme personalmente las cartas que le había escrito, tan llenas de cariño –decía- y de visión sobrenatural. Le agradecí mucho aquello, aunque lo consideraba algo como… ¡exagerado!: en mis cartas yo sólo expresaba el cariño normal de un hijo con su padre, diciéndole que rezaba por él. Y no fue la única carta que me escribió; un par de años después recibí otra en la que me decía que me encomendaba todos los días durante la Santa Misa y me pedía que siguiera rezando por él y por sus intenciones. Lo hice, hasta su fallecimiento en 1975. Desde entonces, acudí a su intercesión.

Durante ese tiempo me licencié en Matemáticas y luego estuve un año en Bélgica, estudiando Didáctica. Hasta 1983 trabajé en el colegio de ciegos y en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Te das cuenta…?

Desde 1982 a 1985 desempeñé varios cargos diversos representativos y ejecutivos en la O.N.C.E., la Organización Nacional de Ciegos Españoles (O.N.C.E.) con algunas incursiones en el campo del marketing y la publicidad.

Por entonces participé en la vida pública de Madrid, hasta 1987. Luego volví de nuevo a la enseñanza, hasta hace tres años, cuando decidí dedicarme a tareas de asesoramiento e investigación en cuestiones relacionadas con la Didáctica de la Matemática y la Educación de ciegos: mi verdadera vocación profesional, que fue el tema de mi tesis doctoral.

A veces, cuando estoy trabajando, me detengo y me pienso: ¿te das cuenta de que un santo ha estado rezando por ti? Es un don, una responsabilidad, que le agradezco a Dios. Una de las grandes gracias que he recibido en mi vida.

Otra de ellas es la de poder estar junto a Juan Pablo II cuando vino a España en 1982, en el estadio Santiago Bernabéu. Yo era profesor en el colegio de ciegos y les planteé a mis alumnos de bachillerato la posibilidad de acudir. A todos les pareció muy bien. Conseguí unas treinta entradas de segunda fila, en el césped. Les dije a mis alumnos que para prepararse para estar con el Papa, la mejor manera era confesarse y comulgar. Y muchos lo hicieron.

Cuando el Papa terminó su discurso, se acercó a saludar a los enfermos como de costumbre. Vino hasta nosotros y pudimos darle la mano y estar con él.

Estas cosas se te quedan grabadas para siempre. Piensas: he tocado a un santo. Es algo inolvidable, lo mismo que aquel par de besos que nos dio san Josemaría a mi amigo y a mí.

Desde el ateismo a la fe

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El 30 de mayo “El Correo Gallego” publicó una entrevista con Daniel Tapia, un joven norteamericano de San Diego, que estudió en Ciencias Políticas y Biología en la Universidad de Harvard.

Al terminar, hizo un master de Teología en Roma, algo poco frecuente en Europa, pero relativamente frecuente en el currículum de muchos estudiantes norteamericanos. En la actualidad prepara su doctorado en Medicina en Chicago.

Tapia nació en el seno de una familia sin convicciones religiosas y decididamente atea. Se convirtió en su juventud y mas tarde pidió la admisión en el Opus Dei como supernumerario. Extractamos algunas preguntas de la entrevista:

“A sus veinticuatro años, Daniel Tapia tiene muy claras sus convicciones religiosas. Es católico y miembro del Opus Dei, a pesar de que vive en un país, Estados Unidos, en el que el catolicismo es una religión minoritaria. Estos días ha estado en Galicia, participando en una convivencia cristiana.

¿Cuál es el motivo de tu visita a Galicia?

He venido a participar en una convivencia cristiana del Opus Dei y también a conocer Santiago y su catedral.

¿Cuándo decidiste hacerte católico?

Cuando tenía ocho años mi madre falleció de cáncer de mama y yo sentí la necesidad de buscar consuelo en la religión. Me ayudó a entender qué es la vida y la muerte. Sin embargo, hasta los trece años no me convertí.”

Aunque esta decisión  no gustó en su ambiente familiar, siguió adelante:

“Sí, porque sentí la llamada de Dios. Así es la vida”.

¿Cómo llegaste hasta el Opus Dei?

Yo iba a Misa todos los domingos, hasta que conocí a un miembro del Opus Dei que me enseñó la doctrina y me hice miembro de la Obra.

Tú has estado un año en Roma. ¿Has encontrado muchas diferencias entre el modo de vivir la fe en tu país y Europa?

Si, en América el catolicismo es una religión minoritaria y los que la practican no hacen diferencias entre liberales o moderados. No hay interpretaciones

Nunca es tarde

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José López Lengo, de Motril (Granada) evoca en este testimonio su primer encuentro con el Opus Dei, y relata como fue se fue acercando a esta realidad de la Iglesia al cabo de los años gracias a la amable tenacidad de un buen amigo

Años cincuenta

Corrían los años cincuenta. Yo estudiaba entonces tercero de Derecho en Granada, y vivía sumido en el “aura mediocritas” del ir aprobando y procurar amores. Por entonces se organizó una liga universitaria de fútbol. Yo jugaba con los de mi curso y uno de aquellos  sábados tocó jugar a mi curso contra el Colegio Mayor Albaycín, una residencia del Opus Dei que había impulsado san Josemaría en aquella capital del sur varios años antes.

Como la escuadra deportiva de los residentes y amigos del “Albaycín” era deficitaria en jugadores, mi equipo les hizo un préstamo: el alicantino Peña, un “tercero” y el que suscribe. El partido se mantuvo igualado hasta mediada la segunda parte, en que me tocó sacar un córner. Lo lancé bombeado, y Peña, dando un gran cabezazo logró que el balón alcanzara la red. Fue el gol de la victoria, 1-0.

San Josemaría en el Colegio Mayor Albaycín

Pero la alegría duró poco: al lunes siguiente, mis compañeros de curso, indignados con por la eficacia deportiva de los tres desertores del equipo, nos impidieron entrar en clase de Administrativo; lo que a mí me supuso repetir en septiembre, por acumulación de faltas a clase

Recuerdo que los residentes del colegio Mayor nos invitaron a merendar en la Residencia y que hicimos una Visita al Santísimo. Y poco más recuerdo, salvo la afabilidad de los residentes, el buen orden de las estancias, y la lectura de “El valor divino de lo humano” que me prestó uno de ellos.

Años después, veraneando en Torre Nueva, un pueblo de Granada, un amigo de mi hijo, ahora numerario, le dio a leer “Camino”. Pero fui yo quien lo leyó, no él. Aquellas páginas me hicieron reflexionar y junto con la “Imitación de Cristo” lo incluí entre mis lecturas habituales. Las consideraba buenas herramientas para mejorar en las lides netamente humanas, sin reparar en la proyección espiritual: el fragor de lo cotidiano me atenazaba.

A punto de jubilarme

Vista panorámica de la Alhambra

Transcurrió el tiempo, y cuando vivía en Madrid y estaba ya a punto de jubilarme, orillando los sesenta años, un amigo mío, paisano de Motril, mi pueblo, supernumerario del Opus Dei, me requería frecuentemente para pasear al salir del despacho. Siempre, como de pasada me proponía que hiciéramos una al Santísimo en alguna de las iglesias que encontrábamos al azar…

Pienso ahora que había poco de azar en aquellos encuentros. Un día me invitó a ver una película sobre las enseñanzas cristianas de san Josemaría en un centro del Opus Dei. Y así fue pasando el tiempo: seguimos hablando de Dios y un día me propuso ser cooperador.

Acepté; me gustaba cooperar con tantas iniciativas nobles; pero presentía en el horizonte de mi alma la posibilidad de una entrega a Dios y aquello me asustaba: en aquellos momentos no estaba dispuesto a dar más. Por eso, a partir de entonces rehuía a aquel buen amigo: no atendía sus llamadas y eludía los encuentros.

Foto actual de alumnos de Colegio Mayor Albaycín

Pero él no se desanimaba, y un día fue más allá y me propuso hacer un curso de retiro espiritual: naturalmente me negué en redondo.

Yo pensaba que con eso se había acabado la presente historia, pero mi amigo volvió a invitarme. Esta vez acepté, como excepción. Fuimos a Molinoviejo, una casa de retiros que hay cerca de Segovia. El sacerdote era don José Miralles. Aquellos días fueron decisivos y me removieron espiritualmente. Confesé, comulgué y desde entonces considero a mi pertinaz amigo un fiel aliado de mi Ángel de mi Guarda.

Mi amigo de casi cien años

Actualmente visito todas las semanas a un amigo mío que cumplirá el 23 de marzo próximo, si Dios quiere, los cien años de edad. Jugamos a las cartas y hablamos de lo divino y de lo humano, entre cinquillo y cinquillo. Rezo para que Dios le ilumine y yo sepa ser también un buen aliado de su Ángel de la Guarda, como lo fueron conmigo, para acercarlo a Cristo, que siempre se hace con nosotros el encontradizo.

Y aquí estoy, al final del periplo, viendo venir los ochenta años, con el cuerpo ajado y menguante, pero con el fervor del enamorado, y la ilusión del joven, diciendo cada nuevo día: ¡aquí!

“Encontré a Dios en la Universidad”

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Marina estudia en la Universidad de Roma (Italia). Descubrió su vocación cristiana recientemente, ayudada por una amiga de la carrera. Ahora se enfrenta a la aventura de ser apóstol entre sus compañeros de aula.

¿Cómo te acercaste a la fe?

Marina (izqda) estudia Ciencias Políticas en una Universidad de Roma.

Vivo en Roma desde hace dos años. Estudio Ciencias políticas, y he vuelto a la práctica de la fe tras entrar en contacto con el Opus Dei por casualidad.

Una amiga acudía a una residencia universitaria para recibir unos cursos de formación cristiana que ofrecía el Opus Dei. Más de una vez me invitó a acompañarla, pero sinceramente la idea no me atraía mucho.

Desde hacía algún tiempo había dejado de ir a Misa. No veía motivos para acercarme a una Iglesia en la que, pensaba entonces, se vivía una fe “medieval”. Aquello no iba conmigo.

Así que a esta amiga le respondía: “No, gracias. No me interesan esas cosas”. Y, por si acaso insistía, me inventaba cualquier excusa.

Finalmente, más por educación que otra cosa, decidí acompañarla a la residencia universitaria “Celimontano”, que así se llama aquel lugar. Pensaba que contentándola una vez, bastaría para que no insistiese en futuras ocasiones.

¿Qué encontraste allí?

Se podía charlar con un sacerdote, y por curiosidad comencé a hablar con él. Me sorprendió su capacidad de escucha (y a mí me gusta hablar, lo reconozco). Hablamos de san Josemaría, el Fundador del Opus Dei, y su vida me resultó muy atractiva.

Comencé a estudiar con una estampa del santo delante de los libros. No sé por qué inicié aquella costumbre. En cambio sí recuerdo que me decía a mí misma: “Veamos si, de verdad, una hora de estudio es una hora de oración”.

Por aquel entonces pensé que podría extender mi “gusto por la conversación” al diálogo con Dios. Tenía verdaderas ganas de encontrar a Alguien que diese un Significado a mi vida, pero temía quedar decepcionada.

“Mucha gente no conoce a Dios simplemente porque no ha hablado con nadie de Él”.

¿Cuáles fueron los primeros pasos?

Leí muchas veces algunos puntos de “Camino”. Comprendí que la puerta que había cerrado podía abrirse de nuevo. Así que comencé a asistir a un curso de doctrina cristiana básica y después a los círculos de formación cristiana que se organizan en la residencia.

Durante este tiempo he podido pensar mucho en mi relación personal con Dios. Comprendí, por ejemplo, que corría el riesgo de basarlo todo en el sentimentalismo. Pero es peligroso, porque cuando el sentimiento cambia o decrece, nuestra amistad con Dios también puede hacerlo.

Para descubrir estos problemas a otras personas, mi amiga –aquella que tanta paciencia había tenido conmigo- y yo hemos pedido un aula de la Universidad. Allí organizamos encuentros con amigos y otros estudiantes una vez a la semana, en los que hablamos de cuestiones relativas a Dios y a la existencia humana.

Las dos pensamos que hay mucha gente que no conoce a Dios simplemente porque no ha hablado con nadie de Él. Por la misma razón, otros muchos viven su religiosidad de forma rutinaria, sin profundizar.

¿Pero es posible hablar de Dios en la Universidad?

“Ahora sé que trabajo para ofrecer todas estas cosas a una Persona”.

¡Yo misma puedo decir que encontré a Dios en la Universidad! Hacer “apostolado” –hablar a los demás de Dios- allí no es solamente posible, sino que además resulta una experiencia intelectualmente estimulante.

Por ejemplo, en la asignatura de Derecho Privado es normal hablar del Matrimonio, como institución social. Este año, la profesora ha visto la necesidad de estudiar también las “parejas de hecho”.

Pensé que se me presentaba una ocasión única, y solicité realizar un estudio específico y presentarlo en público. Mis compañeros pensaban que citaría textos de la Sagrada Escritura, pero yo fundamenté la diferencia entre la institución matrimonial y esas otras realidades basándome únicamente en el derecho y el sentido común.

Esto no significa que no haya otros argumentos válidos de diferente naturaleza. De hecho, muchos compañeros me mostraron su interés por conocer otras fundamentaciones de mi exposición, más allá de los conceptos jurídicos.

Estoy muy contenta por haber encontrado sentido a mi esfuerzo, a mi estudio, a mis actividades. Un sentido que no se queda simplemente en la satisfacción inmediata del deber cumplido, del reconocimiento o del prestigio. Ahora sé que trabajo para ofrecer todas estas cosas a una Persona.

Desde aquí” o “desde allí”

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Entrevista a la profesora Marie Louisse de Abidján (Costa de Marfil)

¿Cómo está la situación en Costa de Marfil?

Actualmente hay tranquilidad. Estamos en fase de “reconciliation nationale”. Es un buen momento para mirar hacia el futuro y perdonar los errores del pasado.

¿Cuáles son las necesidades más urgentes?

Formación. En todos los aspectos. Hay mucha juventud, mucha ilusión; pero hay que orientar acerca de los fines que se proponen –también los trascendentales- y de los medios para conseguirlos. En esto Occidente nos puede dar muy buenos ejemplos, pero otras veces nos puede confundir. La juventud africana tiene que encontrar ideales por los que valga la pena vivir… Sólo el cristianismo da la formación integral que se necesita para ser felices y hacer felices a los demás.

De las personas del Opus Dei que conocí en la Universidad me sorprendía la formación tan profunda y la alegría que tenían. Hablábamos mucho y un día pregunté dónde y cómo se podía adquirir toda esa formación. Me indicaron un Centro de la Obra, y allí descubrí mi vocación.

¿Usted es profesora de algún centro educativo en Abidján?

Soy Licenciada en Psicología por la Universidad y estoy haciendo el Doctorado; pertenezco al Comité Directivo del Centro Educativo Yaraní para chicas con pocas posibilidades económicas. Allí se estudia hostelería y formación profesional. Se cuidan también muchos otros aspectos de la formación: hogar, higiene, cultura, etc. Y, por supuesto, le damos mucha importancia a la formación humana y espiritual.

¿Qué proyectos tienen actualmente?

Lo más inmediato es la ampliación del Centro de Salud, pues la demanda es muy superior a los medios que ahora tenemos. Queremos hacer una Clínica, con la intención de que llegue a ser un buen hospital, con centro de educación de enfermeras, maternidad, etc. También queremos abrir un colegio con todas las etapas: primaria, secundaria y superior.

¿Cómo podemos ayudar desde aquí?

Bueno… “desde aquí” o “desde allí”. Lo digo porque un grupo de jóvenes de Málaga van a ir allí a un campo de trabajo que hemos organizado para que colaboren en campañas de vacunación y de alfabetización, etc. Tienen mucha esperanza en los frutos del campo de trabajo. “Desde aquí” se puede ayudar, como es lógico, con el medio más importante que tenemos los creyentes: la oración. Después, estamos necesitados de medios económicos y de medicinas.

¿Hay decisiones de mayor compromiso cristiano en África?

Sí, gracias a Dios. Los jóvenes, como ya he dicho, en cuanto reciben formación buena, la valoran y se comprometen de una u otra forma. Es como la tierra africana: basta echar la semilla y enseguida prende y da cosecha.

Del menos dos al diez

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Hay exámenes en los que si te equivocas te restan puntos

He quedado con Alberto a la entrada de la facultad. Sólo hemos hablado por teléfono. Para que me reconociera rápido le he dicho que iría con una carpeta vieja de color verde; su nota identificativa era que es más bien pelón. Ya nos hemos reconocido.

Intentamos ir al bar de la facultad, pero parece que nuestra idea no resulta original del todo: está completamente lleno. ¡Yo que pensaba que eso era propio únicamente de facultades de letras! Al final decidimos salir a los jardines del Palacio Real. Hace sol y se está muy bien fuera.

Hola Alberto… según tengo entendido también eres conocido comoParra, ¿por qué este sobrenombre?

Sí, dicen que soy un poco despistado y que estoy en la Parra. Por ejemplo, este año he cambiado de habitación en el Colegio Mayor Monterols y a menudo me confundo y entro en la antigua. También cuando hablo con los amigos, de repente saco un tema y todo el mundo se ríe. Entonces, me percato que de aquello ya se había hablado hacía rato y ahora estaban con otras cuestiones… En fin, si les divierte…

¿Por qué elegiste ingeniería?

Siempre me ha gustado hacer inventos, cosas creativas más que estudiar de memoria. Quizá sea eso lo que me ha llevado a escoger esta carrera.

Colegio Mayor Monterols

Cuando te llamé hace dos días me dijeron que estabas en alemán… ¿Tienes tiempo para hacer ambas cosas?

Si uno se organiza encuentra tiempo para llegar a todo. Voy todos los martes y jueves a una escuela de idiomas… También doy clases particulares de matemáticas y física a un chaval de bachillerato, doy catequesis en la parroquia de Santa Agnès, en la calle Sant Elies de Barcelona, también participo en una “colla castellera”,…

¿Una colla castellera?

Sí, un día un amigo, que hacía falcons(un tipo de Castells), me dijo: ¿por qué no nos apuntamos a la colla castellera de la universidad? Y vamos todos los martes. En total somos unos 50 ó 60. Nos llamamos Els arreplegats de la zona universitària. Los ensayos empiezan a las 16.30. Al acabar, estamos un rato en el bar.

Y ¿cuál es tu función? ¿No harás de “enxeneta”?

Yo soy bajo. Es decir, estoy en la base de todo, pero me cogen los que forman la piña. Nos lo pasamos muy bien. Hicimos una actuación delante del Palacio Real, con motivo de la Fiesta Erasmus que organiza la Plataforma por la Lengua.

(En este momento, se abren los aspersores que se encuentran justo detrás de nuestro banco. Nos giramos, para ver si nos mojarán o no. Alberto comenta que no hace mucho tuvo que elaborar un trabajo sobre “dispensadores de agua a presión”).

Eres universitario y quieres ser santo en medio del mundo, es decir, eres una persona que busca encontrar la santidad allí donde se encuentra. ¿Eso quiere decir que todo te sale perfecto?

¡Hombre, no…! Lucho para hacer las cosas en presencia de Dios y procuro ofrecer aquello que tengo entre manos. Pero claro, soy humano y me equivoco. Ya te lo he dicho, no es casualidad que me digan Parra. Por ejemplo, a veces llego tarde a clase… Ya se sabe, a primera hora de la mañana, la Diagonal puede estar colapsada… Pues entro discretamente y, si ha sido por pereza o por no poner atención, interiormente pido perdón a Dios.

También se pueden santificar los exámenes. Si me quedo en blanco ante un problema de álgebra o de cálculo, le digo a mi Ángel de la Guarda que me dé luces y paso al siguiente. Pero las cosas no siempre salen bien… He sacado algunos ceros… y no pasa nada.

O sea, ¿se pueden santificar los ceros?

Claro, y también los –2… (Ríe)

¿Los –2?

Hay exámenes que si te equivocas te restan puntos. Si has estudiado y has puesto todo tu ingenio para hacerlo bien y después, por lo que sea, el resultado no es el deseado… no quiere decir que el trabajo realizado anteriormente no sirva por nada. Estoy convencido de que a Dios le gusta más un –2 (bien aceptado, claro) fruto de muchas horas de esfuerzo y estudio ofrecido, que un 10 nacido del egoísmo y la vanidad o de la buena suerte…

Y, ¿cómo haces para hacer las cosas cara a Dios?

Pues, busco trucos. Por ejemplo, cuando me pongo a estudiar con los amigos, rezo por ellos o pido para que quieran acercarse más a Dios. Es muy fácil, pero no siempre uno se acuerda. Se trata de poner un poco más la cabeza.

¿Y tus amigos se percatan que vives con intensidad el cristianismo?

Yo intento ser cristiano con naturalidad, haciendo lo mismo que todo el mundo pero cara a Dios. Cuando voy en el autobús, procuro rezar el rosario, pero no voy con un rosario de estos largos colgando de la mano… Mis amigos saben que soy católico. Cuando se lo digo, hay reacciones de todo tipo. Uno me dijo, “¿pero eres practicante? Pues qué alegría, yo también y eres el primero que me encuentro en la facultad”. Este amigo ahora viene a estudiar a Monterols y también frecuenta algunos medios de formación cristiana: charlas, retiros espirituales… También a menudo quedo para estudiar con uno que es de religión hindú. Está descubriendo la fe católica y le gusta mucho leer. A veces hablamos del origen del universo y de la vida en el planeta. El año pasado participó en el Univ, el Congreso universitario internacional que tiene lugar en Roma durante la Semana Santa.

¿Y hablas de Dios con todos tus compañeros de clase?

“Yo intento ser cristiano con naturalidad, haciendo lo mismo que todo el mundo pero cara a Dios”

No, hombre, no. Somos muchos en Industriales y además la gente es diferente en cada asignatura. Yo hablo de Dios a mis amigos, porque me sale natural. Por ejemplo, cuando les digo que vivo en Monterols, les explico que es una residencia del Opus Dei… y les hablo de San Josemaría y su mensaje. Después cuando estudiamos, claro, yo acostumbro a tener una imagen de la Virgen María o un crucifijo delante de los apuntes para ofrecer las horas de estudio; o cuando salimos a hacer deporte –voy a correr al Tibidabo y también hago natación–, si son las doce, rezamos la oración del ángelus, como hago todos los días… Además, a veces voy con los amigos de clase a una residencia de ancianos o al Cotolengo, o llevamos alimentos a una familia necesitada del barrio del Raval…

De repente, Alberto se para y me pregunta:

¿Qué hora es?

La una y media.

Pensaba que era más pronto. Bien, tengo que dejarte: he quedado a comer con un compañero de clase. Después tenemos ensayo con los Els arreplegats de la zona universitària.


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