Setenta años del Opus Dei

D. Álvaro  Tagged , , , , No Comments »

El dos de octubre de 1998 se cumplen setenta años de la fundación del Opus Dei. Setenta años son quizá pocos para realizar un balance provisional. Pero es tiempo más que suficiente para hacer examen de conciencia ante Dios. “Gracias por la ayuda que me has dado, perdona mi debilidad, ayúdame más”: Mons. Álvaro del Portillo, primer sucesor del Beato Josemaría al frente del Opus Dei, rezaba con esas palabras en fechas como ésta. Hoy yo quiero hacer mía aquella oración.

¿Qué perspectivas se abren en este momento a la Prelatura del Opus Dei? Las mismas que el Beato Josemaría vio el 2 de octubre de 1928. El trabajo es tarea y dignidad perpetua del hombre sobre la tierra. Siempre será preciso, por tanto, mostrar que el trabajo es, a la vez, lugar donde los hombres pueden encontrar a Cristo y materia misma de su santidad.

Deseo transcribir un fragmento de una carta del Beato Josemaría fechada en 1932. En ella, el Opus Dei es descrito en su núcleo esencial: “Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle”.

No nos santificamos a pesar del mundo, sino en el mundo. El Beato Josemaría escribió en otra ocasión: “Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”.

Ningún cristiano puede olvidar que el camino de la santidad pasa por la Cruz de Cristo. El esfuerzo por identificarse con Cristo en el trabajo cotidiano no puede quedar confinado en la esfera de las intenciones, sino que implica también fatiga, fortaleza en las contrariedades, dedicación, espíritu de servicio, lealtad probada.

Por eso pido al Señor que enseñe a todos los hombres a amar el sacrificio. Junto a la Cruz descubriremos que somos hijos queridísimos de Dios y experimentaremos la protección materna de María.

Declaraciones de personalidades sobre D. Álvaro

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Tras el fallecimiento de don Álvaro, el 23 de marzo de 1994, diversas personalidades eclesiásticas y civiles manifestaron su pesar y su cariño por el sucesor del Fundador del Opus Dei. Con una actitud humilde y de servicio, supo ganarse el corazón de miles de personas.

Opus Dei -

Juan Pablo II: “Siervo bueno y fiel”

“Mientras recuerdo con agradecimiento al Señor la vida llena de celo sacerdotal y episcopal del difunto, el ejemplo de fortaleza y de confianza y de confianza en la Providencia divina que ha ofrecido constantemente, así como su fidelidad a la Sede de Pedro y su generoso servicio eclesial como íntimo colaborador y benemérito sucesor de san Josemaría (entonces beato), elevo al Señor fervientes sufragios para que acoja en el gozo eterno a este siervo bueno y fiel, y envió para consuelo de cuantos se han beneficiado de su dedicación pastoral y de sus preclaras dotes de mente y de corazón una especial bendición apostólica”.

Javier Echevarría, prelado del Opus Dei: “Tuvo una ambición: ser buen hijo de Dios”

“Conocí a mons. Alvaro del Portillo a finales de los años 40, y he estado muy cerca de él desde que me trasladé a Roma en 1950. Esta persistente cercanía –más de 40 años- me ha permitido conocer a fondo su gran inteligencia, su vasta cultura, su capacidad de trabajo, la serenidad de su ánimo y, lo que es más importante, la profundidad de su fe y la intimidad y riqueza de su relación con Dios. Tuvo una única ambición: ser un buen hijo de Dios y un servidor fiel de la Iglesia, según el espíritu recibido de san Josemaría y siguiendo su ejemplo”.

Joaquín Navarro-Valls, director de la Oficina de Prensa del Vaticano: “Buen humor y un carácter optimista”

“Fue una persona con dos rasgos especiales: buen humor y un carácter muy optimista y positivo. Representó la continuidad más fiel al fundador del Opus Dei. Ha dejado tras de sí una huella imborrable, característica de los hombres de Dios que han cumplido silenciosamente una misión para el bien de los demás”.

Cardenal Ángel Suquía: “Tenía un corazón ancho, en el que cabía todo el mundo”

“Era un hombre esencialmente bueno, entrañable en su conversación, muy prudente y muy alegre y animoso. No recuerdo haber salido nunca de estar con él sin más alegría que antes de haber entrado. Amaba a Dios mucho y a la Obra tanto como a Dios. Tenía un corazón ancho en el que cabía todo el mundo”.

José Luis Olaizola, escritor: “Su fidelidad, el mejor ejemplo”

“Don Álvaro estaba siempre en lo mejor de la vida, porque de su vida había hecho un eterno presente en la presencia de Dios. Se entregó a su vocación al Opus Dei con una fidelidad que es el mejor ejemplo que nos pudo dejar: fidelidad al fundador, al Santo Padre, a los hermanos en la fe, y amor a cuantos se cruzaban en su camino”.

Monseñor Amigo, cardenal arzobispo de Sevilla: “Un hombre providencial”

“Álvaro del Portillo ha sido el hombre providencial con el que contó el Opus Dei para la importante etapa que se abrió en la institución después de la muerte del fundador”.


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