Caben hasta los no católicos

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“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

Me contaban hace poco el caso de un ingeniero de Boston que, al comienzo de los años 50, leyó un artículo sobre el Opus Dei en un periódico americano, se quedó un par de días reflexionando sobre el asunto en los ratos libres, recordó después que en el artículo en cuestión se decía que había sido fundado en nuestro país y escribió una carta pidiendo detalles a esta dirección: «Opus Dei–Iglesia Católica–Madrid–España». A las dos semanas y gracias al buen funcionamiento de los carteros, recibía la información solicitada y la invitación a dirigirse, para más detalles, a una residencia universitaria que estaba… a unos quinientos metros de su oficina. Yo no sé si este ingeniero era católico, protestante o ateo. Sé, en cambio, que ahora es ciertamente católico y del Opus Dei, y sé también que son muy numerosos los protestantes (entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones), ortodoxos, musulmanes, judíos e incluso no creyentes (es de esperar que por el momento) que colaboran activamente en todas las latitudes con la gente del Opus Dei y que son capaces de explicarlo, como el anglicano del avión, de corrido y sin que se les trabe la lengua.

La realidad supera siempre a la fantasía, del mismo modo que la naturaleza supera al arte. La gente del Opus Dei no vive en la luna, sino en el mundo y ve en cada persona alguien a quien hay que ayudar, alguien a quien hay que comprender y alguien con quien hay que convivir. Pero siempre desde el mismo plano, ni desde arriba ni desde abajo, y pensando que el mejor favor que se le puede hacer a cualquiera es sacarlo de sí mismo para que haga algo por los demás.

–¿Cuál es la posición del Opus Dei –le preguntaron al Fundador el 30 de noviembre de 1964 en el transcurso de un coloquio– en relación con los no católicos?

–«De amor, de apertura. Basta decir que, desde 1947, con permiso de la Santa Sede, tenemos junto a nosotros –no había precedentes en la Iglesia Romana– como Cooperadores a los no católicos y a los no cristianos. Merecen el respeto de su libertad, la libertad de las conciencias. Y merecen el calor de nuestro corazón. Entre ellos hay personas admirables: ¡Ya querría yo para mí las virtudes humanas que tienen muchos de ellos! ».

Fue este espíritu de universal comprensión el que hizo decir a un Cooperador anglicano del Opus Dei, en presencia de la reina madre de Inglaterra con motivo de la inauguración oficial de hIetherhall House, residencia internacional de universitarios, que «las obras bien hechas no tienen por qué ser confesionales ». Ese espíritu cristiano es el que había empujado desde mucho antes a Monseñor Escrivá de Balaguer a solicitar, durante el pontificado de Pío XII, la autorización para acoger en el Opus Dei, en calidad de Cooperadores, incluso a personas no católicas y no cristianas o carentes en absoluto de fe religiosa. La petición llevaba consigo un problema completamente nuevo y de nada fácil solución, porque venía a constituir el precedente de vincular a una institución católica –y de hacerlas también participar en lo posible de sus bienes espirituales– a personas no pertenecientes a la Iglesia Católica. Esto explica por qué fue necesario un estudio atento por parte de la Santa Sede, y un «filial forcejeo», por parte del Fundador del Opus Dei, como él mismo decía, a quien evidentemente correspondía un papel de pionero en este terrena. Se llegó así a 1950, año en que la petición fue definitivamente acogida por Pío XII.

Cuando en 1958 iniciaba su pontificado Juan XXIII, había ya entre los Cooperadores del Opus Dei en todo el mundo –de Italia a Inglaterra, de los Estados Unidos al Japón, a Kenya y a Australia– varios centenares de ortodoxos, protestantes, hebreos y musulmanes; por eso no es extraño que Mons. Escrivá de Balaguer le dijese sonriendo al Pontífice, en una de las frecuentes y cordiales audiencias, «que él no había aprendido el ecumenismo de Su Santidad», y que también el «Papa Giovanni» se riese emocionado en esa ocasión.

Otro modo de leer “Camino”

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Mª Teresa Burgoa es telefonista y técnico de Braille

Opus Dei -

“La vocación a la Obra ha cambiado mi vida. Antes de pertenecer al Opus Dei, mi trabajo, mis ocupaciones diarias eran para mí cumplir con una obligación o con un deber, cuyo resultado era el cansancio y a veces, incluso el hastío, el aburrimiento. Soy telefonista y Técnico de Braille (sistema de lecto-escritura para ciegos)…”.

Efectivamente Mª Tere es ciega. Burgalesa, de un pequeño pueblo llamado Guzmán, perdió la vista a causa de un glaucoma infantil. A los 12 años salió de su entorno familiar para estudiar en Madrid, en un Colegio de la ONCE; hizo un curso de telefonía y trabajó en Pontevedra en otro Centro de la ONCE durante un par de años. Con estas experiencias regresó a Burgos: allí ha trabajado treinta años como telefonista en la ONCE y además imparte clases de Braille.

“Desde que pertenezco a la Obra afronto cada día con nueva ilusión, porque ahora sé que con las mismas actividades que antes me cansaba, puedo santificarme y santificar a los demás. Antes, tenía fe, creía en Dios pero quizá no sabía cómo relacionar la fe con la vida diaria. Ahora he aprendido a escuchar a Dios, y he comprendido que me quiere muchísimo. Sé que me exige porque me quiere y no quiere que sea simplemente buena, sino santa”. El 4 de marzo del 2005 el prelado del Opus Dei, don Javier Echevarría, estuvo en Burgos y Mª Tere tuvo oportunidad de saludarle antes de uno de los encuentros que tuvo con un grupo de personas. El prelado le dio la bendición y le animó a sacar partido de su ceguera; “cuanta vida interior puedes tener”, le dijo.

Cuando le preguntan como se encontró con el Opus Dei, se ríe a carcajadas… Fue a través de una de sus hermanas, cooperadora, que le grababa en cinta magnetofónica algunos escritos de San Josemaría Escrivá. Más tarde conoció a un sacerdote diocesano que le regaló Camino en Braille; después le presentaron a otra persona y fue a un centro de la Obra. Cuenta su historia como si todo hubiera sido sencillo… Parece un cúmulo de casualidades que le hicieron plantarse delante de Dios, descubrir su vocación, y decidirse a formar parte del Opus Dei.

Como profesora de Braille es una experta. Esta actividad le mantiene en permanente contacto con gente joven: estudiantes de Educación Especial; jóvenes profesionales que trabajan con personas invidentes, etc. Mª Tere sabe que, además del sistema Braille, puede enseñarles muchos aspectos de la vida cristiana. Trata de hacer lo mejor posible su trabajo como profesora y, a la vez, procura mostrarles su alegría, trabar amistad, compartir inquietudes. Lo resume diciendo que “lo importante es que las personas se sientan tratadas con cariño”. A alguna le ha regalado Camino… quizá recordando que, en su caso, así empezó la historia de su vocación.

Gracias a Camino

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Melvin, un estudiante de Puerto Rico, cuenta su búsqueda de la Verdad, su camino hacia la plenitud de la fe y su regreso a la Iglesia Católica, gracias a la lectura de Camino

Opus Dei -

Un día se celebró una feria de libros usados en la Universidad. Vendían libros de diversas materias desde $1 dólar. Con un poco de suerte -y de habilidad para adentrarse en aquel mar de libros- se podía conseguir alguna que otra “ganga”, y decidí echar una miradita. Logré abrirme paso entre los curiosos; encontré un libro pequeño que me llamó la atención (me gustan mucho los libros de bolsillo) y lo hojeé rápidamente. Era un conjunto de frases y  pensamientos. Se llamaba Camino.

Atravesaba entonces un momento decisivo de mi vida. A pesar de haber sido bautizado en la Iglesia Católica y de haber estudiando en un colegio católico, pertenecía a una confesión protestante desde mis once años de edad. En esa confesión había encontrado personas muy buenas y de gran religiosidad. Yo me había destacado también por mi devoción y participación activa, y me había desempeñado durante dos años como líder de un grupo de jóvenes, coordinando actividades de carácter espiritual: predicaciones, charlas, dinámicas, etcétera.

En aquellos momentos me describía a mí mismo, y lo comentaba entre mis amistades más cercanas, como un anti-católico. Mi camino –mi regreso- hacia la plenitud de la fe, fue un largo proceso en el que  Dios, a través de la lectura de la Escritura, de la oración y del estudio personal, fue logrando en mi alma un cambio de actitud para con la Iglesia Católica.

Opus Dei -

Desde que llegué a la Universidad había conocido a personas de diversas confesiones religiosas y eso me había motivado a profundizar en mi fe. Trataba de encontrar los motivos del por qué creía lo que creía. Buscaba argumentos de una mayor solidez doctrinal y teológica, y gracias a Camino mi camino personal hacia la reincorporación a la Iglesia avanzó rápidamente. Conocí muchos compañeros y profesores católicos que fueron contestando atentamente a cada una de mis preguntas y estuve dialogando con algunos sacerdotes del Opus Dei.

Al fin, peregriné a Roma, durante la Semana Santa, con un propósito claro: reincorporarme a la Iglesia Católica. Lo hice el viernes 7 de abril de 2006, en la iglesia prelaticia  de Santa María de la Paz, junto a la tumba de San Josemaría.

Opus Dei -

Durante un encuentro con Mons. Echevarría le pedí consejo y nunca me olvidaré de sus palabras. ¡Cuánto te quiere Dios! –me dijo-. En la Escritura se dice que el Señor hablaba a Moisés al oído, como el amigo al amigo. Y lo mismo a ti: ha ido hablándote poco a poco, diciéndote: mira este panorama… te ha ido descubriendo lo que por fin has decidido hacer. Dale muchas gracias. Tú,  con tu libertad, has dicho que sí. Pero es el Señor quien te ha buscado… con todo su amor, se ha ocupado de ti….

Aquellas palabras fueron para mí como si el mismo Señor, por medio de aquellas palabras, me diese su gozosa bienvenida a su Iglesia. ¡Cuánto me quiere Dios!

De Marx a…¡’Camino’!

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Anselmo tiene 51 años y trabaja como cartero en París. En 1974 yo era miembro del PCF (Partido Comunista Francés). Leía a Karl Marx, Georges Marchais, Jean-Paul Sartre y soñaba con el ‘eurocomunismo’. “Con todo, no lograbla aplacar mi sed de justicia y de ideales”, afirma. Entonces, cayó en sus manos ‘Camino’, libro de san Josemaría, que supuso un cambio importante en su vida. “Era lo que estaba buscando. Me di cuenta de que era el ‘libro de los trabajadores’”.

Opus Dei -

¿Cómo llegó ese libro a sus manos?
En 1986 hice unos ejercicios espirituales en una casa de caridad de Marthe Robin. Uno de los participantes -que no era del Opus Dei- me prestó ese librito. Lo leí. Lo medité. Me gustaban mucho sus consideraciones espirituales, porque me hablaban de cosas concretas. Mire: yo no soy un intelectual, porque dejé mis estudios a los 16 años. Aun así, me gustó tanto que se lo pasé a una amiga. En seguida, lamenté haberlo hecho: ¡lo necesitaba para rezar! Fui a muchas librerías para poder comprarlo, pero era imposible. Un día, acudí a Notre Dame du Taur (Toulouse) a confesarme, y el sacerdote me habló de ‘Camino’. Le pregunté que dónde podría comprarlo y me dio las señas de un centro del Opus Dei.

¿Y fue?
Sí, pero el libro se había agotado. Tenían que encargarlo. Dos semanas más tarde, cuando el director del centro me entregaba el libro, me preguntó: “¿Le gusta ‘Camino’? Entonces le gustaría también hacer un retiro espiritual”. Tenía razón, porque pronto aprecié el valor de este modo de formación espiritual. Poco después, el mismo sacerdote que me había hablado de ‘Camino’, me preguntó: “¿Has pensado entregar tu vida a Dios por completo?”. Lo pensaba desde hacía mucho, la verdad. Tras pedir consejo al obispo de mi diócesis, solicité ser admitido en el Opus Dei.

¿Pasó del Partido Comunista Francés al Opus Dei?
En 1975, cuando vivía en París en un local que alojaba a jóvenes trabajadores, conocí a un chico, Vinh. Su padre había luchado en el ejército de Vietnam del Sur. Me contó cómo era realmente allí el comunismo. Aquello comenzó a cambiar mi visión. Luego, leí algunos libros de Soltzenistzsin. Creo que aquello fue el inicio de mi cambio.

¿Cómo reaccionó su familia?
Mi padre era agnóstico. Cuando me convertí a los 27 años, le pareció mal. En 1992, mi madre falleció. Durante la misa de funeral, él entró en la iglesia. No me lo esperaba. El sacerdote que había celebrado la Misa se entretuvo charlando con él. Era, sin duda, la primera vez que hablaba con un sacerdote. En 1998 cayó muy enfermo y le animé a prepararse para su encuentro con Dios y aceptó de muy buena gana volver a hablar con aquel sacerdote. Recibió todos los sacramentos y murió algunos días más tarde.

Sus padres eran españoles, un país de amplia tradición católica
Procedo de una familia republicana. Mis padres llegaron a Francia en marzo de 1955. Aquí vivía un tío mío, refugiado político. Mi abuelo había sido miliciano republicano. Durante la guerra civil española, señalando a un sacerdote, había ordenado a sus camaradas: “A ése, matadle”. Era algo que todos tenían la intención de hacer. Cuando acabó la guerra, los testigos de aquel crimen denunciaron a mi abuelo, como ocurre tras todas las guerras. Fue arrestado, torturado y condenado a cadena perpetua, aunque luego permaneció en la cárcel nueve años. Mi abuela murió de pena. Sus hijos -criados en la calle pues eran huérfanos- conservaron un odio profundo hacia la Iglesia, culpable, a su juicio, de la muerte de su madre y de su desgraciada situación. Siendo ya adultos, se exiliaron en Francia.

¿Con una historia familiar así, como reaccionó usted cuando escuchó lo que algunos dicen de que el Opus Dei era franquista?
Cuando conocí la Obra, ignoraba ese calificativo. Pertenezco a una familia que no guarda mucha estima por Franco. Y puedo asegurarle que no he encontrado ninguna señal de franquismo en el Opus Dei.

¿Que queda de sus años en el PCF?
Mi visión de la justicia y de los ideales no ha cambiado. Nunca he estado de parte de los empresarios, salvo si eran buenos en su tarea.

¿En qué le ha ayudado san Josemaría?
Me ha hecho descubrir que el cristianismo se puede vivir en la vida ordinaria. Me ha mostrado también que la unión con Dios no se lleva a cabo simplemente con la oración o en la Iglesia, sino también cuando escribo una carta o cuando estoy en el metro. Es posible tratarle y adorarle en cualquier momento o, más exactamente, en las ocasiones que cada jornada nos pone por delante.

¿Cual es la frase de san Josemaría que más le ha impactado?
“Cristo vive”. Se la oí en una película. Cristo no es un personaje de novela: Cristo vive. Eso lo cambia todo.

TEMA 36. El séptimo mandamiento del decálogo

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El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener lo que es del prójimo injustamente y perjudicar al prójimo en sus bienes.

«El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien común exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo» (Catecismo, 2401).

1. El destino universal y la propiedad privada de los bienes

«Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (cfr. Gn 1, 26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano» (Catecismo, 2402).

Sin embargo, «la apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo» (ibidem).

«El derecho a la propiedad privada, adquirida por el trabajo, o recibida de otro por herencia o por regalo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio» (Catecismo, 2403). El respeto del derecho a la propiedad privada es importante para el desarrollo ordenado de la vida social.

«”El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 69, 1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos» (Catecismo, 2404).

El socialismo marxista y en particular el comunismo, al pretender, entre otras cosas, la subordinación absoluta del individuo a la sociedad, niega el derecho de la persona a la propiedad privada de los bienes de producción (los que sirven para producir otros bienes, como la tierra, ciertas industrias, etc.), afirmado que sólo el Estado puede poseer esos bienes, como condición para instaurar una sociedad sin clases.

«La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al comunismo o socialismo. Por otra parte, ha rechazado en la práctica del capitalismo el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano» (Catecismo, 2425).

2. El uso de los bienes: templanza, justicia y solidaridad

«En materia económica el respeto de la dignidad humana exige la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad» (Catecismo, 2407).

Parte de la templanza es la virtud de la pobreza, que no consiste en no tener, sino en estar desprendido de los bienes materiales, en contentarse con lo que basta para vivir sobria y templadamente, y en administrar los bienes para servir a los demás. Nuestro Señor nos dio ejemplo de pobreza y desprendimiento desde su venida al mundo hasta su muerte (cfr. 2 Co 8, 9). Enseñó asimismo el daño que puede causar el apegamiento a las riquezas: “Difícilmente un rico entrará en el reino de los cielos» (Mt 19, 23).

La justicia, como virtud moral, consiste en el hábito mediante el cual se da con voluntad constante y firme a cada uno lo que le es debido. La justicia entre personas singulares se llama conmutativa (por ejemplo, el acto de pagar una deuda); la justicia distributiva «regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades» (Catecismo, 2411); y la justicia legal es la del ciudadano hacia la comunidad (por ejemplo, pagar los impuestos justos).

La virtud de la solidaridad es «la determinación firme y perseverante de empeñarse a favor del bien común: es decir, del bien de todos y de cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos”. La solidaridad es “comunicación de los bienes espirituales aún más que comunicación de bienes materiales» (Catecismo, 1948).

3. El respeto de los bienes ajenos

El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener injustamente lo ajeno, o causar algún daño injusto al prójimo en sus bienes materiales. Se comete hurto o robo cuando se toman ocultamente los bienes del prójimo. La rapiña es el apoderarse violentamente de las cosas ajenas. El fraude es el hurto que se lleva a cabo engañando al prójimo con trampas, documentos falsos, etc., o reteniendo el justo salario. La usura consiste en reclamar mayor interés del lícito por la cantidad prestada (generalmente, aprovechándose de una situación de necesidad material del prójimo).

«Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho [p. e., el soborno de un empleado público o privado]; la apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación» (Catecismo, 2409).

«Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas en el respeto exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguardia de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y el cumplimiento de obligaciones libremente contraídas» (Catecismo, 2411). «Los contratos [deben ser] rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es moralmente justo» (Catecismo, 2410).

La obligación de reparar: quien ha cometido una injusticia debe reparar el daño causado, en la medida que esto sea posible. La restitución de lo robado –o al menos el deseo y propósito de restituir- es necesario para recibir la absolución sacramental. El deber de restituir obliga con urgencia: la culpable demora agrava el daño al acreedor y la culpa del deudor. Excusa del deber de restitución la imposibilidad física o moral, mientras dure. La obligación puede extinguirse, por ejemplo, al ser perdonada la deuda por parte del acreedor.

4. La doctrina social de la Iglesia

La Iglesia, «cuando cumple su misión de anunciar el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina» (Catecismo, 2419). El conjunto de estas enseñanzas sobre principios que deben regular la vida social se llama Doctrina social y forma parte de la doctrina moral católica.

Algunas enseñanzas fundamentales de la Doctrina social de la Iglesia son: 1) la dignidad trascendente de la persona humana y la inviolabilidad de sus derechos; 2) el reconocimiento de la familia como célula básica de la sociedad fundada en el verdadero matrimonio indisoluble, y la necesidad de protegerla y fomentarla a través de las leyes sobre el matrimonio, la educación y la moral pública; 3) las enseñanzas acerca del bien común y de la función del Estado.

La misión de la Jerarquía de la Iglesia es de orden diverso a la misión de la autoridad política. El fin de la Iglesia es sobrenatural y su misión es conducir a los hombres a la salvación. Por eso, cuando el Magisterio se refiere a aspectos temporales del bien común, lo hace en cuanto deben ordenarse al Bien supremo, nuestro último fin. La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, «cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas».

Es importante subrayar que «no corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos» (Catecismo, 2442).

5. Actividad económica y justicia social

«El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cfr. Gn 1, 28; Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 34; Juan Pablo II, Enc. Centessimus annus, 31). El trabajo es, por tanto, un deber: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3, 10; cfr. 1 Ts 4, 11). El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor» (Catecismo, 2427). Realizando el trabajo en unión con Cristo, el hombre se hace colaborador del Hijo de Dios en su obra redentora. El trabajo es medio de santificación de las personas y de las realidades terrenas, informándolas con el Espíritu de Cristo (cfr. Ibidem).

En el ejercicio de su trabajo, «cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al bien común (cfr. Juan Pablo II, Enc. Centessimus annus,1-5-1991, 32; 34)» (Catecismo, 2429).

La responsabilidad del Estado: «La actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario supone seguridad sobre las garantías de la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues, la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente».

Los empresarios «están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias. Sin embargo, éstas son necesarias; permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir de las empresas, y garantizan los puestos de trabajo» (Catecismo, 2432). A ellos «les corresponde ante la sociedad la responsabilidad económica y ecológica de sus operaciones».

«El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación injusta, a hombres y mujeres, sanos y disminuidos, autóctonos e inmigrados (cfr. Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, 19; 22-23). Habida consideración de las circunstancias, la sociedad debe por su parte ayudar a los ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cfr. Juan Pablo II, Enc. Centessimus annus, 48)» (Catecismo, 2433). «El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia» (Catecismo, 2434).

La justicia social. Esta expresión se ha comenzado a utilizar en el siglo XX, para referirse a la dimensión universal que han adquirido los problemas de justicia. «La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación» (Catecismo, 1928).

Justicia y solidaridad entre las naciones. «Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es también una obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas procede de recursos que no han sido pagados con justicia» (Catecismo, 2439).

«La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta para reparar los graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de forma duradera las necesidades» (Catecismo, 2440).

Es necesario también reformar las instituciones económicas y financieras internacionales para que promuevan y potencien relaciones equitativas con los países menos desarrollados (cfr. ibidem; Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, 30-12-1987, 16).

6. Justicia y caridad

La caridad –forma virtutum, forma de todas las virtudes–,que es de nivel superior a la justicia, no se manifiesta sólo o principalmente en dar más de lo que se debe en estricto derecho. Consiste sobre todo en darse uno mismo –pues esto es amor–, y debe acompañar siempre a la justicia, vivificándola desde dentro. Esta unión entre justicia y caridad se manifiesta, por ejemplo, en dar lo que se debe con alegría, en preocuparse no sólo de los derechos de la otra persona sino también de sus necesidades, y en general en practicar la justicia con suavidad y comprensión.

La justicia debe estar siempre informada por la caridad. No se pueden tratar de resolver los problemas de la convivencia humana simplemente con una justicia entendida como un pretendido adecuado funcionar, anónimo, de las estructuras sociales: «Al resolver los asuntos, procura no exagerar nunca la justicia hasta olvidarte de la caridad» (San Josemaría, Surco, 973).

La justicia y la caridad se han de vivir especialmente en la atención a las personas necesitadas (pobres, enfermos, etc.). Nunca se podrá alcanzar una situación social en que sea superflua la atención personal a las necesidades materiales y espirituales del prójimo. El ejercicio de las obras de misericordia materiales y espirituales será siempre necesario (cfr. Catecismo, 2447).

«El amor -caritas- siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido -cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal».

La miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los «más pequeños de sus hermanos» (Mt 25, 40). También por ello, los que sufren la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes no ha cesado de trabajar para aliviarlos y defenderlos (cfr. Catecismo, 2448).

Pau Agulles

TEMA 34. El quinto mandamiento del Decálogo

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La vida humana es sagrada, porque es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador.

1. “No matarás”

«La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin (…); nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente» (Catecismo, 2258).

El hombre es alguien singular: la única criatura de este mundo a la que Dios ama por sí misma. Está destinado a conocer y amar eternamente a Dios, y su vida es sagrada. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27), y éste es el fundamento último de la dignidad humana y del mandamiento no matarás.

El libro del Génesis presenta el abuso contra la vida humana como consecuencia del pecado original. Yahvé se manifiesta siempre como protector de la vida: incluso de la de Caín, después de haber matado a su hermano Abel; sangre de su sangre, imagen de todo homicidio. Nadie debe tomarse la justicia por su mano, y nadie puede abrogarse el derecho de disponer de la vida del prójimo (cfr. Gn 4, 13-15).

Este mandamiento hace referencia a los seres humanos. Es legítimo servirse de los animales para obtener alimento, vestido, etc.: Dios los puso en la tierra para que estuviesen al servicio del hombre. La conveniencia de no matarlos o maltratarlos proviene del desorden que puede implicar en las pasiones humanas, o de un deber de justicia (si son propiedad de otro) (cfr. Catecismo, 2417). Además, no hay que olvidar que el hombre no es “dueño” de la Creación, sino administrador y por tanto, tiene obligación de respetar y cuidar la naturaleza, de la que necesita para su propia existencia y desarrollo (cfr. Catecismo, 2418).

2. Plenitud de este mandamiento

El mandamiento de salvaguardar la vida del hombre «tiene su aspecto más profundo en la exigencia de la veneración y amor hacia la persona y su vida».

La misericordia y el perdón son propios de Dios; y en la vida de los hijos de Dios también debe estar presente la misericordia, que nos lleva a compadecernos en nuestro corazón por la miseria ajena: «Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7).

También es necesario aprender a perdonar las ofensas (cfr. Mt 5, 22). Al recibir una ofensa hay que procurar no encolerizarse, ni permitir que la ira invada el corazón. Es más, en el Paternoster –la oración que nos dejó Jesús como oración dominical–, el Señor liga su perdón –el perdón acerca de las ofensas que hemos cometido– al perdón de los que nos han ofendido (cfr. Mt 6, 9-13; Lc 11, 2-4). En esta lucha nos ayudará: contemplar la Pasión de Nuestro Señor, que nos ha perdonado y redimido llevando con amor y con paciencia las injusticias; considerar que nadie debe resultar, para el cristiano, un extraño o un enemigo (cfr. Mt 5, 44-45); pensar en el juicio que sigue a la muerte, en el que se nos juzgará del amor al prójimo; recordar que un cristiano debe vencer el mal con el bien (cfr. Rm 12, 21); y ver las injurias como ocasión para la propia purificación.

3. El respeto de la vida humana

El quinto precepto manda no matar. Condena también golpear, herir o hacer cualquier daño injusto a uno mismo y al prójimo en el cuerpo, ya por sí, ya por otros; así como agraviarle con palabras injuriosas o quererle mal. En este mandamiento se prohíbe igualmente darse a sí mismo la muerte (suicidio).

3.1. El homicidio voluntario

«El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al cielo (cfr. Gn 4, 19)» (Catecismo, 2268).

La encíclica Evangelium vitae ha formulado de modo definitivo e infalible la siguiente norma negativa: «con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón (cfr. Rm 2, 14-15), es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal». Así, el homicidio que es sin excepción gravemente inmoral es aquél que responde a una elección deliberada y se dirige a una persona inocente. Por tanto, la legítima defensa y la pena de muerte no se incluyen en esta formulación absoluta, y son objeto de un tratamiento específico.

El poner la vida en manos del hombre implica un poder de disposición, que conlleva saber administrarlo como una colaboración con Dios. Esto exige una actitud de amor y de servicio, y no de dominio arbitrario: se trata de un señorío ministerial, no absoluto, reflejo del señorío único e infinito de Dios.

3.2. El aborto

«La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción» (Catecismo, 2270). No es admisible ninguna discriminación, ni siquiera la fundada en las diferentes etapas del desarrollo de la vida. En situaciones conflictivas, es determinante la pertenencia natural a la especie biológica humana. Con esto no se imponen a la investigación biomédica límites distintos que los que la dignidad humana establece para cualquier otro campo de la actividad humana.

«El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente» . La expresión como fin o como medio comprende las dos modalidades de la voluntariedad directa: en este caso, el que actúa quiere conscientemente matar, y por eso cumple la acción.

«Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón y proclamada por la Iglesia». El respeto de la vida debe ser reconocido como el confín que ninguna actividad individual o estatal puede superar. El derecho inalienable de toda persona humana inocente a la vida es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación y como tal debe ser reconocido y respetado tanto por parte de la sociedad como de la autoridad política (cfr. Catecismo, 2273).

Así, podemos afirmar que «el derecho a mandar constituye una exigencia del orden espiritual [moral] y dimana de Dios. Por ello, si los gobernantes promulgan una ley o dictan una disposición cualquiera contraria a ese orden espiritual y, por consiguiente, opuesta a la voluntad de Dios, en tal caso ni la ley promulgada ni la disposición dictada pueden obligar en conciencia al ciudadano (…); más aún, en semejante situación, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa». Tanto es así que «leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia».

«Puesto que debe ser tratado como una persona desde la concepción, el embrión deberá ser defendido en su integridad, cuidado y atendido médicamente en la medida de lo posible, como todo otro ser humano» (Catecismo, 2274).

3.3. La eutanasia

«Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor (…). Es una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana (…). Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio». Se trata de una de las consecuencias, gravemente contrarias a la dignidad de la persona humana, a las que puede llevar el hedonismo y la pérdida del sentido cristiano del dolor.

«La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el encarnizamiento terapéutico. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla» (Catecismo, 2278).

En cambio, «aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona no pueden ser legítimamente interrumpidos» (Catecismo, 2279). La alimentación e hidratación artificiales son, en principio, cuidados ordinarios debidos a todo enfermo.

3.4. El suicidio

«Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella» (Catecismo, 2280). «El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mimo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo» (Catecismo, 2281).

Preferir la propia muerte para salvar la vida de otro no es suicidio, antes bien, puede constituir un acto de extrema caridad.

3.5. La legítima defensa

La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho de impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa puede ser incluso un deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común (cfr. Catecismo, 2265).

3.6. La pena de muerte

Defender el bien común de la sociedad exige que se ponga al agresor en situación de no poder dañar. Por esto, la legítima autoridad puede infligir penas proporcionales a la gravedad de los delitos. Las penas tienen como fin compensar el desorden introducido por la falta, preservar el orden público y la seguridad de las personas, y la enmienda del culpable (cfr. Catecismo, 2266). «Para conseguir estas finalidades la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo (…). Estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes».

4. El respeto de la dignidad de las personas

4.1. El respeto al alma del prójimo: el escándalo

Los cristianos estamos obligados a procurar la vida y la salud sobrenatural del alma del prójimo, además de la del cuerpo.

El escándalo es lo contrario: «es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo (…). El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave» (Catecismo, 2284). Se puede causar escándalo por comentarios injustos, por la promoción de espectáculos, libros y revistas inmorales, por seguir modas contrarias al pudor, etc.

«El escándalo adquiere una gravedad particular según la autoridad de quienes lo causan o la debilidad de quienes lo padecen» (Catecismo, 2285): «al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino y le echen al mar» (Mt 18, 6).

4.2. El respeto a la salud del cuerpo

El respeto al propio cuerpo es una exigencia de la caridad, pues el cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr. 1 Co 6, 19; 3, 16ss.; 2 Co 6, 16), y somos responsables –en lo que de nosotros depende– de procurar la salud corporal, que es un medio para servir a Dios y a los hombres. Pero la vida corporal no es un valor absoluto: la moral cristiana se opone a una concepción neopagana que promueve el culto al cuerpo, y que puede conducir a la perversión de las relaciones humanas (cfr. Catecismo, 2289).

«La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de excesos, el abuso de la comida, del alcohol, del tabaco y de las medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por afición inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables» (Catecismo, 2290).

El uso de drogas es una falta grave, por el daño que representa para la salud, y por la huida de la responsabilidad de los actos que se pueden realizar bajo su influencia. La producción clandestina y el tráfico de drogas son prácticas inmorales (cfr. Catecismo, 2291).

La investigación científica no puede legitimar actos que en sí mismos son contrarios a la dignidad de las personas y a la ley moral. Ningún ser humano puede ser tratado como un medio para el progreso de la ciencia (cfr. Catecismo, 2295). Atentan contra este principio prácticas como la procreación artificial sustitutiva o el uso de embriones con fines experimentales.

4.3. El trasplante de órganos

La donación de órganos para trasplantes es legítima y puede ser un acto de caridad, si la donación es plenamente libre y gratuita, y respeta el orden de la justicia y de la caridad.

«Una persona sólo puede donar algo de lo que puede privarse sin serio peligro o daño para su propia vida o identidad personal, y por una razón justa y proporcionada. Resulta obvio que los órganos vitales sólo pueden donarse después de la muerte».

Es preciso que el donante o sus representantes hayan dado su consentimiento consciente (cfr. Catecismo, 2296). Esta donación, «aun siendo lícita en sí misma, puede llegar a ser ilícita, si viola los derechos y sentimientos de terceros a quienes compete la tutela del cadáver: los parientes cercanos en primer término; pero podría incluso tratarse de otras personas en virtud de derechos públicos o privados».

4.4. El respeto a la libertad física y a la integridad corporal

Los secuestros y el tomar rehenes son moralmente ilícitos: es tratar a las personas sólo como medios para obtener diversos fines, privándoles injustamente de la libertad. También son gravemente contrarios a la justicia y a la caridad el terrorismo y la tortura.

«Exceptuados los casos de precripciones médicas de orden estrictamente terapéutico, las amputaciones, mutilaciones o esterilizaciones directamente voluntarias de personas inocentes son contrarias a la ley moral» (Catecismo, 2297). Por lo tanto, no son contrarias a la ley moral aquéllas que se siguen de una acción terapéutica necesaria para el bien del cuerpo tomado en su totalidad, y que no se quieren ni como fin ni como medio, sino que se sufren y se toleran.

4.5. El respeto a los muertos

«Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cfr. Tb 1, 16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo» (Catecismo, 2300). «La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana» (CIC, can. 1176).

5. La defensa de la paz

«Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 8). Característica del espíritu de filiación divina es ser sembradores de paz y de alegría. «La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad (…). Es obra de la justicia (cfr. Is 32, 17) y efecto de la caridad» (Catecismo, 2304).

«A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra (cfr. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, 81,4)» (Catecismo, 2307).

Existe una «legítima defensa mediante la fuerza militar». Pero «la gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral» (Catecismo, 2309).

«Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra» (Catecismo, 2317).

«Ama a tu patria: el patriotismo es una virtud cristiana. Pero si el patriotismo se convierte en un nacionalismo que lleva a mirar con desapego, con desprecio —sin caridad cristiana ni justicia— a otros pueblos, a otras naciones, es un pecado».

Pau Agulles Simó

Carta del Prelado (febrero 2008)

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El Prelado del Opus Dei anima a vivir la Cuaresma con optimismo y deseos de conversión, para gozar con Dios de la felicidad. Publicamos su carta pastoral de febrero.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Estamos a las puertas de la Cuaresma: tiempo en el que la Iglesia, como Madre buena, recuerda insistentemente a sus hijos la necesidad de convertirse una y otra vez a Dios, rectificando lo que haya que cambiar en nuestra existencia personal. Ciertamente, como recordaba el Papa en una circunstancia análoga, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida[1].

Durante el rito litúrgico del Miércoles de Ceniza, el sacerdote, al imponernos las cenizas, pronuncia unas palabras que constituyen una llamada urgente a examinarnos: acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver[2]. Así reza una de las fórmulas previstas. Es un recuerdo muy expresivo de nuestra condición de criaturas mortales: llegará el momento en el que el Señor nos llamará a su presencia, juzgará nuestros pensamientos, palabras y acciones, y nos dará la recompensa —de gloria, de purificación o de condena— que haya merecido nuestra existencia.

La consideración de esta realidad no ha de asustarnos, sino movernos a dolor por nuestras faltas, a propósitos de mejora y a la alegría del encuentro definitivo con la Trinidad. Lo recuerda el Santo Padre en su última carta encíclica: ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios[3].

Es lo que pone de manifiesto la otra fórmula que puede emplearse en ese rito: convertíos y creed en el Evangelio[4]. Somos pecadores, necesitados del perdón de Dios; por eso, se nos invita a un cambio profundo, a enderezar el rumbo de nuestra peregrinación terrena hacia la meta definitiva: la felicidad eterna con Dios. Deseo que, con un sentido de optimismo, veamos en estas palabras la exigencia de mejorar día tras día: si mantenemos esa pelea, para nosotros el Juez divino no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús[5], “nuestro” Jesús: un Dios que perdona.

Meditemos, por tanto, lo que escribió San Josemaría: considerad esta maravilla del cuidado de Dios con nosotros, dispuesto siempre a oírnos, pendiente en cada momento de la palabra del hombre. En todo tiempo —pero de un modo especial ahora, porque nuestro corazón está bien dispuesto, decidido a purificarse—, Él nos oye, y no desatenderá lo que pide un corazón contrito y humillado (Sal 50, 19)[6].

La Iglesia Santa nos pone delante, una y otra vez, con una pedagogía muy acertada, las ideas fundamentales, para que se nos queden bien grabadas y no las olvidemos. Al comenzar la Cuaresma, mientras el sacerdote actúa en esa ceremonia del Miércoles de Ceniza, nos invita a entonar un cántico lleno de esperanza: renovemos nuestra vida con un espíritu de humildad y penitencia; ayunemos y lloremos delante del Señor, porque la misericordia de nuestro Dios está siempre dispuesta a perdonar nuestros pecados[7].

Cada año consideramos que el espíritu de la Cuaresma se resume en tres prácticas tradicionales de este período: la oración, la penitencia, las obras de misericordia. Os he invitado a deteneros en estos puntos, precisamente con ocasión de este tiempo litúrgico. Ahora querría fijarme especialmente en el espíritu de penitencia, que nos ha de mover —con dolor y refugiándonos en la misericordia divina— a reparar por nuestros pecados y por los de todas las criaturas.

Glosando la llamada del profeta Joel al arrepentimiento —convertíos a mí de todo corazón—, que la liturgia propone al comienzo de la Cuaresma[8], San Jerónimo se expresaba de la siguiente manera: «Que vuestra penitencia interior se manifieste por medio del ayuno, del llanto y de las lágrimas. Así, ayunando ahora, seréis luego saciados; llorando ahora, podréis luego reír; lamentándoos ahora, seréis luego consolados (…). No dudéis del perdón, pues, por grandes que sean vuestras culpas, la magnitud de su misericordia remitirá, sin duda, la abundancia de vuestros muchos pecados»[9].

En primer lugar, reparemos por nuestras faltas personales. Todos nosotros hemos recibido el Bautismo, que nos ha convertido en hijos de Dios y miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. ¿No es lógico que correspondamos a tanto amor con toda nuestra alma? Sin embargo, debemos reconocer que con frecuencia, por nuestra debilidad, no cumplimos la Voluntad de Dios o, por lo menos, no correspondemos a su Amor con la prontitud y la generosidad que tiene derecho a esperar de nosotros.

¡Cómo le dolía a nuestro Padre que tantos cristianos olvidasen la grandeza y dignidad de su filiación divina! Podemos aplicarnos sus palabras.Reacciona. —Oye lo que te dice el Espíritu Santo: “Si inimicus meus maledixisset mihi, sustinuissem utique” —si mi enemigo me ofende, no es extraño, y es más tolerable. Pero, tú… “tu vero homo unanimis, dux meus, et notus meus, qui simul mecum dulces capiebas cibos” —¡tú, mi amigo, mi apóstol, que te asientas a mi mesa y comes conmigo dulces manjares![10].

Hijas e hijos míos, sin perder nunca la paz, reconozcamos sin ambages nuestros pecados y nuestras faltas: Padre y muy Padre nuestro es el Señor, siempre dispuesto a acogernos en sus brazos. Cuidemos diariamente los minutos de examen —sin escrúpulos pero con delicadeza de conciencia—, para descubrir con la luz del Espíritu Santo lo que ha salido bien, lo que ha ido mal, lo que podríamos cumplir mejor. Ante lo bueno, reaccionemos con sincera gratitud; ante las faltas, imploremos filialmente el perdón; y acabemos siempre con un acto de contrición —dolor de amor— y con algún propósito bien concreto de lucha; pequeño quizá, pero con serio afán de crecimiento interior.

De este modo, cuando acudamos al sacramento de la Penitencia, lo haremos bien preparados y obtendremos más provecho espiritual. ¿Somos conscientes de que, al practicar el examen de conciencia, de antigua raigambre cristiana, ponemos nuestra alma al descubierto delante del Señor? ¿Nos damos cuenta de que Dios está dispuesto a concedernos su gracia para que le amemos más?

La Iglesia ha recomendado y sigue recomendando la práctica de la confesión frecuente. Sin este medio de santificación personal, resulta muy difícil —por no decir imposible— mantener un alto nivel de vida cristiana; más aún cuando, en el ambiente que nos rodea, abundan las ocasiones de apartarse del Señor. No me canso, por eso, de animaros a seguir realizando un intenso y extenso apostolado de la Confesión No nos dejemos llevar por los respetos humanos, y alimentemos en nuestros amigos, parientes, colegas, este afán de ayudar a las personas con las que coinciden.

Decid a todos —también porque nos vean convencidos de lo que manifestamos— que aprovechen la abundante gracia de la Cuaresma, para purificar a fondo sus almas y descubrir o intensificar un trato de intimidad con el Señor. Se llenarán de paz y serán más felices, pues no hay gozo más grande que saberse hijos de Dios. Orientémosles a que acudan periódicamente a este sacramento de la alegría, como lo calificaba nuestro Padre.

Os mencionaba también la necesidad de pedir perdón por los pecados de los demás. Para esto no es preciso llevar a cabo tareas grandes. Eso ya lo ha hecho Nuestro Señor, muriendo en la Cruz por nosotros. Pero Él desea que unamos a su Sacrificio redentor las pequeñas mortificaciones y penitencias que la misma existencia trae consigo: las molestias de una enfermedad, las incomprensiones por parte de otros, las dificultades del trabajo, el fracaso de un plan que nos habíamos trazado con gran ilusión… Para aceptar con buen humor las contrariedades de este tipo, que constituyen materia de nuestra santificación personal, conviene que —especialmente durante estas semanas— añadamos con generosidad pequeñas mortificaciones en la comida, en la bebida, en la comodidad, en los momentos de descanso o distracción, que nos unan más a la Cruz de Jesucristo y nos vayan preparando para obtener mucho fruto de la Pascua.

Recientemente, Benedicto XVI ha recordado a todos la perenne validez de este modo de comportarse. Escribe en su encíclica sobre la esperanza: la idea de poder “ofrecer” las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, eran parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada[11]. Y añade el Papa, lamentándose del olvido en que parecen haber caído esas muestras de amor a Dios, que las almas piadosas, mediante el ofrecimiento de las contrariedades de la jornada, estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de com-pasión que necesita el género humano[12]. Y concluye: quizá debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros[13]. Es una pregunta que os traslado, para que la consideréis cada uno de vosotros, redescubriendo el valor del sacrificio escondido y silencioso[14], y para que la hagáis resonar al oído de las personas con las que coincidís.

Como todos los meses, os pido que estéis muy unidos a mis intenciones. Encomendad ahora de modo especial los comienzos de la labor apostólica estable en Rumanía y en Indonesia; se están dando pasos concretos para ponerla en marcha, si Dios quiere, dentro de este año. Y seguid rezando por el Papa y por sus intenciones, entre las que ocupa un lugar importante la deseada unión de todos los cristianos, comenzando por una unidad más honda y sobrenatural entre los católicos.

También deseo que encomendemos diariamente a las personas enfermas: el Señor nos concede con abundancia el tesoro de poder atender a tantas y a tantos que sufren. Me interesa que, así como el Señor iba tras los dolientes para sanarlos y consolarlos, así vayamos todas y todos a enriquecernos con esta caridad, auténtico cariño, atendiendo a quienes lo necesiten.

No quiero alargarme, pero os pido que acudáis al queridísimo don Álvaro, que celebraba su santo el 19 de febrero. Pidámosle que nos obtenga del Señor una superabundancia de caridad fraterna, de modo que todos en la Obra —en cualquier momento, y más aún si algunas o algunos pasan por un período de enfermedad—, experimentemos vivamente que el Opus Dei es familia, familia de verdad, en la que gustosamente nos desvivimos los unos por los otros.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2008.

[1] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 21-II-2007.

[2] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Gn3, 19).

[3] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n. 41.

[4] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Imposición de las cenizas (cfr. Mc1, 15).

[5] San Josemaría, Camino, n. 168.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 57.

[7] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Antífona en la imposición de las cenizas (cfr. Jl 2, 13).

[8] Cfr. Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Primera lectura (Jl 2, 12).

[9] San Jerónimo, Comentario sobre el libro del profeta Joel II, 12-13.

[10] San Josemaría, Camino, n. 244.

[11] Benedicto XVI, Carta encíclica Spe salvi, 30-XI-2007, n, 40.

[12] Ibid.

[13] Ibid.

[14] Cfr. San Josemaría, Camino, nn. 185 y 509.

Carta del Prelado (marzo 2008)

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El avance de la Cuaresma centra la carta de este mes. Cercana ya la Semana Santa, el Prelado invita a amar a Dios y a los demás con mayor empeño, como el que ponen los atletas cuando ven cercana la meta.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Opus Dei -

Hace dos semanas, he tenido la alegría de estar cuarenta y ocho horas en Holanda. Como siempre en estos viajes breves —igual que en otros más largos—, doy muchas gracias al Señor, pues se palpa la unidad de la Obra: ese ser cor unum et anima una[i], y todos diferentes. San Josemaría, que pidió esta diversidad desde los comienzos, rompía en acción de gracias al ver cómo se iba realizando, y también al comprobar que esta variedad daba paso a una unidad más fuerte, más alegre.

Nos hallamos cerca de la Semana Santa y de la Pascua. Ha transcurrido ya la mitad de la Cuaresma y urge que aceleremos el paso. En las carreras deportivas, los atletas redoblan el esfuerzo cuando se aproximan a la meta. Si hasta entonces habían reservado las fuerzas, ahora las gastan generosamente, con la esperanza de conseguir una buena marca o incluso de ganar la competición. A veces me viene a la cabeza que el tiempo va más rápido que nuestros afanes de santidad, de conversión, y no debería ser así, porque hemos de caminar al paso de Dios.

Comportémonos del mismo modo que los deportistas. ¿Qué son estas semanas sino un entrenamiento para arribar bien purificados al Triduo Pascual, que nos ofrece de nuevo la posibilidad de participar más íntimamente aún en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte? Esta conocida metáfora deportiva, de connotación paulina[ii], la han desarrollado ampliamente los Padres de la Iglesia. Fijaos cómo se expresa, por ejemplo, San León Magno. Exhortando a los cristianos a redoblar los esfuerzos «para conseguir la palma en la carrera del estadio espiritual»[iii], expone una razón para que nos esforcemos más en estas semanas: «Ninguno de nosotros es tan perfecto y tan santo que no pueda ser aún más perfecto y más santo. Por eso, todos juntos, sin diferencia de dignidad y sin distinción de méritos, corramos con piadosa avidez desde donde estamos hasta donde aún no hemos llegado»[iv].

El mes pasado os sugería que cuidarais especialmente el espíritu de mortificación y de penitencia. Hoy quisiera detenerme en la práctica de las obras de misericordia, materiales y espirituales, que la Cuaresma también pone muy en primer plano. En su Mensaje cuaresmal de este año, el Papa se ha centrado en la limosna, advirtiendo que este acto de caridad, además de ayudar a los indigentes, es también un ejercicio ascético para mantener el alma desasida de los bienes materiales[v].

Al acudir en socorro de los necesitados, cumpliendo las condiciones señaladas por Jesucristo en el Evangelio[vi], nos identificamos más y más con el Señor, que vino a la tierra para librar a los hombres de sus miserias, sobre todo del pecado; al mismo tiempo, prestamos un servicio a Jesús, que ha decidido identificarse con sus hermanos más pequeños: tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme[vii].

A la luz de estas palabras del Señor, percibimos que las obras de caridad, y concretamente la limosna, trascienden la dimensión puramente material y se muestran, sobre todo, como una manifestación de la caridad con la que Dios mismo nos ama: cada vez que, por amor de Dios, compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado, experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría[viii].

Vivamos, pues, cada uno en la medida de sus posibilidades, la práctica de esta obra de caridad de tanta raigambre evangélica, a la que el Señor mismo ha unido especiales frutos espirituales para el que la ejercita, puesla caridad cubre la multitud de los pecados [ix]; y todos estamos muy necesitados del perdón de Dios.

Como es lógico, y así lo ha entendido siempre la Iglesia, la caridad con el prójimo no puede limitarse al ámbito puramente material. En realidad hay muchos pobres, no de medios económicos, sino de afecto, de amor; se mueven en una triste soledad o rodeados por el frío de la indiferencia. En esta óptica se entiende bien lo que San Josemaría enseñó constantemente: Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”[x]. Esta máxima espiritual tiene numerosas aplicaciones en la existencia corriente y será siempre de gran actualidad.

Aunque, con el progreso social, se llegaran a satisfacer todas las deficiencias físicas más perentorias de las personas —alimentación, vestido, vivienda, atención sanitaria, etc.—, nunca podrán resolverse las carencias interiores —afecto, comprensión, disculpa, acogida— que experimentan tantas gentes. Mientras que lo primero admite una programación por parte del Estado, lo segundo atañe a la esfera íntima de cada uno, en la que la relación personal resulta insustituible. Aquí tenemos los cristianos un gran campo para hacer llegar a los demás el consuelo de la caridad de Cristo.

El amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa, escribió el Papa en su primera encíclica. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido —cualquier ser humano— necesita: una entrañable atención personal[xi].

Lo descubrimos al leer atentamente el Evangelio. Ciertamente, Jesús se preocupa de las multitudes que no tienen que comer, de los enfermos que le presentan para que los sane, de las turbas deseosas de recibir la doctrina salvadora[xii]… Pero se ocupa igualmente de las personas singulares: atiende al leproso que se arroja a sus pies pidiendo la salud; charla a solas con Nicodemo, que busca la verdad; se entretiene largo rato con la mujer samaritana junto al pozo de Sicar, para convertirla; acoge a la pecadora arrepentida en casa del fariseo, derramando en su alma el perdón de Dios[xiii]…

De los primeros cristianos se decía, con admiración: ¡mirad cómo se aman![xiv]. Esa alabanza de nuestros primeros hermanos en la fe, debería resonar también ahora, en cualquier lugar donde se encuentre un discípulo del Maestro. Resulta de gran actualidad aquella advertencia de San Josemaría: si percibes que tú, ahora o en tantos detalles de la jornada, no mereces esa alabanza; que tu corazón no reacciona como debiera ante los requerimientos divinos, piensa también que te ha llegado el tiempo de rectificar. Atiende la invitación de San Pablo: hagamos el bien a todos y especialmente a aquellos que pertenecen, mediante la fe, a la misma familia que nosotros (Gal 6, 10), al Cuerpo Místico de Cristo[xv]. Por eso, continuaba nuestro Padre, el principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?[xvi].

El próximo 15 de marzo celebraremos litúrgicamente la solemnidad de San José, anticipada este año porque el 19 es Miércoles Santo. La vida del Patriarca, completamente dedicada al cuidado de Jesús y de María, nos habla de un amor llevado hasta el olvido total de sí mismo. Al renovar el día 19 nuestra entrega a Dios, maravillados ante el ejemplo de este varón justo, meditemos a fondo que —como señala San Juan— la verdad del amor a Dios se manifiesta en la caridad concreta con el prójimo. En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad.

En su mensaje para la Cuaresma, el Papa recuerda la viuda que echa unas monedas en el tesoro del Templo. Esa mujer pobre recibe el elogio de Jesús por su generosidad: ha ofrecido todo lo que tenía. Considerando que ese hecho se sitúa históricamente en los días que preceden a la Pasión y Muerte del Señor, manifestación máxima del amor de Dios,Benedicto XVI propone una enseñanza concreta: podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.

¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar en nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor[xviii].

Rezo para que la participación piadosa en los ritos litúrgicos del Triduo Santo nos impulse, de una parte, a renovar nuestro dolor por los pecados, que han sido el motivo de la entrega del Señor a la Pasión; y de otra, a fomentar nuestro amor y nuestro agradecimiento a Dios, esmerándonos más y más en los servicios materiales y espirituales a las personas que el Señor va poniendo a nuestro lado. ¿Cómo te has propuesto acompañar a Jesús en esas jornadas? ¿Qué interés alimentas para no perderte ni un gesto del Maestro, para velar su Cuerpo santo, cadáver, con la delicadeza de tu oración y de tu expiación, que son dos formas de amar?

Además de estas fiestas litúrgicas, en el mes de marzo tenemos otras conmemoraciones. El día 11 es el aniversario del nacimiento del queridísimo don Álvaro; y el 23, el de su tránsito a la casa del Cielo, hace ahora catorce años. Durante las jornadas anteriores caminó tras los pasos del Señor por Tierra Santa, dejándonos un ejemplo estupendo de piedad. Pidamos a Dios que nos conceda, a todas y a todos, una fidelidad al espíritu de la Obra tan grande como la que reluce en la vida de este fidelísimo Padre y Pastor del Opus Dei.

No puedo pasar por alto que el día 19 se cumplen veinticinco años de la ejecución de la Bula pontificia por la que se erigió el Opus Dei como prelatura personal. Basta echar una mirada al cuarto de siglo transcurrido para descubrir —¡y no los conocemos todos!— tantos motivos de acción de gracias a la Santísima Trinidad. Esmerémonos en cuidar la Obra, hijas e hijos míos, repitiendo frecuentemente aquella jaculatoria de San Josemaría, completada por su primer sucesor: Cor Mariæ dulcissimum, iter para et serva tutum! Y agradezcamos al Siervo de Dios Juan Pablo II el haber sido dócil instrumento en las manos del Señor. Esta intención la llevó San Josemaría a su Misa diaria, y como es lógico nos unimos a su piedad eucarística, aprovechando también el aniversario de su ordenación sacerdotal, el 28 de este mes.

Hoy he finalizado el curso de retiro espiritual. Os ruego que me apoyéis con vuestras oraciones, para que también yo me convierta a fondo de nuevo en esta Cuaresma y llegue a las fiestas pascuales bien purificado, bien encendido en el amor de Dios, de mis hijas e hijos, y de todas las almas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de marzo de 2008.

[1]

[i] Hch 4, 32 (Vg).

[ii] Cfr. 1 Cor 9, 24-27; Flp 3, 12-14.

[iii] San León Magno, Homilía 7 sobre la Cuaresma.

[iv] San León Magno, Homilía 2 sobre la Cuaresma.

[v] Cfr. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2008, 30-X-2007, n. 1.

[vi] Cfr. Mt 6, 2-4.

[vii] Mt 25, 35-36.

[viii] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2008, 30-X-2007, n. 4.

[ix] 1 Pe 4, 8.

[x] San Josemaría, Camino, n. 463.

[xi] Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 25-XII-2005, n. 28.

[xii] Cfr. Mt 14, 13-21; Mc 1, 32-24; Mc 6, 33-34.

[xiii] Cfr. Mt 8, 1-4; Jn 3, 1-21; Jn 4, 7-30; Lc 7, 36-50.

[xiv] Tertuliano, Apologético 39.

[xv] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 225.

[xvi] Ibid., n. 226.

[xvii] 1 Jn 3, 16-18.

[xviii] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2008, 30-X-2007, n. 5.

“San Josemaría me hizo ver que mi trabajo es servicio”

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Testimonio de Patrick Utomi, profesor de ciencias empresariales y consultor en Nigeria. “Mis primeros contactos con Josemaría Escrivá revisten un toque dramático. Un amigo mío aterrizó en mi casa a una hora inusual para la mayor parte de las personas: la medianoche”.

Patrick Utomi.

Mis primeros contactos con Josemaría Escrivá revisten un toque dramático. Un amigo mío, viajero empedernido, aterrizó en mi casa a una hora inusual para la mayor parte de las personas: la medianoche. Cuando estaba a punto de irse, me sugirió que le acompañara a un retiro espiritual en un centro del Opus Dei que está a menos de 10 minutos a pie desde mi casa. Acepté, más movido por el deseo de que se marchara cuanto antes, que por haberlo pensado mucho.

A la mañana siguiente vino a buscarme y fui con él sólo porque una promesa es una promesa… Tres horas después, las cosas habían cambiado. Lo que allí oí transfiguró totalmente mi existencia. Al final, compré el libro de homilías “Amigos de Dios”. El mes siguiente volví al retiro y compré más bibliografía. Esa misma tarde, llamé a otro amigo y le dije que había descubierto un tesoro que quería compartir con él. Fuimos juntos al siguiente retiro…

No volví a ver a mi amigo itinerante hasta un año después, pero el tesoro que me descubrió permanece conmigo: Un secreto. –Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. –Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. –Después… “pax Christi in regno Christi” –la paz de Cristo en el reino de Cristo. (Tomado de “Camino”).

Cuando me encontré por primera vez con estas ideas que animan a trabajar con seriedad y orden, para mejorar el propio prestigio, pensé que iban contra la humildad. Luego caí en la cuenta de que una persona que actúa con integridad y sentido de la justicia, que ama a su prójimo, si tiene a la vez prestigio, es un aliciente para que otros actúen de la misma manera, y de ese modo contribuye a iluminar los caminos de la tierra.

San Josemaría también me ha ayudado a entender mi trabajo como un servicio. Además de mi trabajo profesional, dedico tiempo a asociaciones civiles como “Concerned Professionals” que reúne a profesionales comprometidos con la democracia y el buen gobierno, y la sección nigeriana de “Transparency International”, una organización en pro de la honestidad civil.

Otro programa que he impulsado está dirigido a viudas. La idea nació al ver el estado lamentable de las viudas en muchas de las culturas nigerianas y los ritos humillantes a los que a veces se ven sometidas. El centro que hemos abierto ofrece consejo y capacitación a mujeres de escasos recursos, y les facilita el acceso a microcréditos y becas para sus hijos. Además, se ha creado una plataforma de ayuda común orientada a defender sus derechos”.

“La Eucaristía tuvo un papel decisivo en mi conversión”

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Rianne Spoon, holandesa de 22 años y estudiante de medicina, fué recibida en la Iglesia Católica el  12 de diciembre de 2004, en el trascurso de una Misa solemne que tuvo lugar en la catedral de Sta. Catalina de Utrecht.

Fui a Utrecht para comenzar la universidad. Quería estudiar medicina. Necesitaba una residencia donde vivir y fui a parar a Hogeland, conocida por su clara inspiración católica. Yo había sido educada con la idea de que la fe católica era una doctrina errónea, por eso me pregunté si era razonable que fuera a vivir a Hogeland. Cosas de la juventud, elegí la ventaja de la duda y descubrí muy pronto que las cosas no eran como me las había imaginado. Encontré un ambiente de gran libertad y respeto.

Hace año y medio una compañera universitaria se convirtió y eso me hizo pensar mucho. Me daba cuenta de que creíamos en el mismo Dios. A pesar de tener una fuerte sensación de unidad con la fe católica, había dos puntos de desunión: la Eucaristía y la manera de ver a María, la Madre de Dios. Después de un período de estudio sobre estos y otros temas, decidí hacer la profesión de fe en la comunidad protestante a la que pertenece mi familia, aunque tuviese dificultades con algunos puntos, entre otros por el modo como veían a la Iglesia Católica.

Esta decisión de no seguir buscando y dejarlo todo en manos de Dios no me dio la paz. Las dudas no se me iban de la cabeza y estaba intranquila. En la residencia Hogeland hay un oratorio, donde muchas estudiantes van a rezar o asisten a la Misa que un sacerdote del Opus Dei celebra todos los días.

Recuerdo que no podía pasar junto al oratorio sin sentir la necesidad de entrar. Es difícil explicar los sentimientos. En la situación en la que me encontraba, me daba cuenta de que si me decidía a entrar en el oratorio y me arrodillaba ante Su Presencia en el sagrario, no podría continuar siendo protestante. Por el momento no quería comprometerme a hacerlo: no tenía la motivación ni la seguridad de poder tomar esa decisión. No quería desobedecer ni a mi comunidad cristiana ni a mi familia, así que decidí dejar pasar el tiempo con la esperanza de que todos mis “problemas” desaparecieran.

Hogeland.

“Dios no se cansa de esperar”
Después vino la Navidad y la claridad que esperaba encontrar en este tiempo de felicidad y descanso no se produjo . La lectura de un pasaje del libro “Por fin en casa”, de Henri Nouwen, me volvió a dar esperanza. Me hizo mucho bien leer que Dios nos quiere infinitamente, tanto que no desea de nosotros un amor obligado, sino libre. Él sabe esperar. No se cansa de esperar.

Pero lo que jugó un papel decisivo en mi conversión fue la Eucaristía. Tenía envidia de la gente que iba todos los días a Misa. No podía imaginarme mi vida como católica sin ir diariamente a Misa. También fue importante, sin duda, encontrar en el Papa la figura de un padre, y ver brillar el rostro de Cristo en los sacerdotes y en los católicos que he conocido.

Echando la vista atrás, no deja de sorprenderme cómo Dios ha actuado conmigo. Por un lado, porque la mayor parte de la fe católica la he aprendido tomándome un vaso de chocolate caliente con mi amiga Agnes. Por otro lado, y reflexionando en serio, porque he comprobado en mi propia piel que Cristo vive. Si escribo estas cosas es sólo para compartir mi agradecimiento. Como dice un sacerdote que me ha ayudado en este camino hacia la fe plena, “no sólo debo estar agradecida por lo que yo he recibido, sino por lo que a partir de ahora puedo significar para otros, si soy fiel”.


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