3. Cómo era el Padre

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

Usted ha vivido cuarenta años junto al Padre. Soy consciente de que es prácticamente imposible describir una personalidad tan rica en cualidades humanas y dones sobrenaturales como la del Fundador del Opus Dei. Pero, por otra parte, ¿quién, fuera de usted, podría ofrecer un retrato lo menos incompleto posible?

–Su personalidad era tan rica de facetas que difícilmente puede describirse mediante esquemas generales. Además, había recibido tantas gracias del Señor que, al examinar su conducta, resulta difícil distinguir entre las cualidades naturales de su carácter y lo que es consecuencia de la gracia de Dios y la lucha ascética. He dicho intencionadamente “distinguir” y no “separar”, porque uno de los rasgos fundamentales de su personalidad era la perfecta unidad, la plena compenetración entre los aspectos humanos, apostólicos y ascéticos de su vida. Sería imposible diferenciarlos.

Nos enseñó siempre que las virtudes humanas son el fundamento de las sobrenaturales: quienes han tenido la suerte de vivir a su lado han visto realizada en su comportamiento aquella unidad de vida que predicaba con tanta pasión.

Para trazar un cuadro de conjunto, se podría decir que, ya fuera por sus virtudes o por sus dotes naturales –inteligencia, simpatía, carácter–, el Padre tenía la perfección del instrumento preparado por el Señor para la misión de fundar el Opus Dei.

Para comprender el carácter de nuestro Fundador es preciso tener presente una cualidad fundamental, que penetra todas las demás: la entrega a Dios y a las almas por Él; la disponibilidad para corresponder generosamente a la Voluntad del Señor. Este fue el norte de toda su vida. Como hombre enamorado, había descubierto el secreto que describió en el punto 1006 de Forja: Veo con meridiana claridad la fórmula, el secreto de la felicidad terrena y eternal: no conformarse solamente con la Voluntad de Dios, sino adherirse, identificarse, querer –en una palabra–, con un acto positivo de nuestra voluntad, la Voluntad divina. –Este es el secreto infalible –insisto– del gozo y de la paz.

Su entrega no era fría, “oficial”. Brotaba del amor y por eso se traducía en muestras sinceras de cariño y comprensión: tenía un corazón grande y noble. Estaba abierto a todos. Amaba el mundo apasionadamente, porque había sido creado por Dios. Le atraían todas las realidades humanas. Leía los periódicos, veía el telediario, le gustaban las canciones de amor, rezaba por los astronautas que iban a alcanzar la Luna… Era muy afable, sabía dar confianza y acoger a los demás.

A propósito de canciones: al Fundador le gustaba oír cantar, y refiriéndose a los viajes apostólicos realizados para preparar la “prehistoria” del Opus Dei en distintos países, afirmaba que había sembrado Europa de Avemarías y canciones…

–Sí, cantaba muy a menudo, con aquella voz suya de barítono, tan afinada y agradable. No era un hombre hosco, distanciado; al contrario, rebosaba humanidad, cordialidad, alegría. Nos enseñó que una sonrisa es, muchas veces, la mejor mortificación, porque nuestras mortificaciones nunca deben molestar a los que están a nuestro alrededor. Y fue por delante cumpliendo fielmente esta enseñanza. Su vida de oración y de penitencia, lejos de entristecer a los demás, infundía un auténtico gozo sobrenatural y humano a los que estaban a su lado.

Volvamos al temperamento del Padre…

–Puedo asegurar que su vida fue paradigma de hombre que sabe querer con todo el corazón y que desea servir a los demás y hacerles felices.

Estaba dotado de una inteligencia rápida y aguda, complementada por una cultura nada común y abierta a todas las ramas del saber, una destacada mentalidad jurídica y un notabilísimo gusto estético. Su personalidad humana era vigorosa y recia; su temperamento, valiente e impetuoso, fuerte y enérgico, y supo adquirir pleno dominio de sí mismo. Más de una vez me contó lo que le sucedió cuando era un sacerdote joven. Por un grave contratiempo había perdido un momento la serenidad: Me enfadé… y después me enfadé por haberme enfadado. En aquel estado de ánimo, caminaba por una calle de Madrid y se tropezó con una de esas máquinas automáticas que hacían seis fotos de carnet por unas monedas: el Señor le hizo comprender que tenía al alcance de la mano una buena ocasión para humillarse y recibir una lección ascética sobre la alegría. Entró en la cabina y se hizo las fotografías: ¡Estaba divertidísimo con la cara de enfado! Después rompió todas menos una: La llevé en la cartera durante un mes. De vez en cuando la miraba, para ver la cara de enfado, humillarme ante el Señor y reírme de mí mismo: ¡por tonto!, me decía.

El Fundador nos ha enseñado la corrección en el vestido, y una cierta elegancia según las circunstancias sociales de cada uno. Es un modo “secular” de entender la pobreza en este campo, en el que también fue por delante.

–Solía tener dos sotanas, que utilizaba en días alternos para que le durasen más; pero en algún periodo, por ejemplo, entre 1941 y 1944, no tuvo más que una, y así, cuando era preciso repasarla, no le quedaba más remedio que encerrarse en su habitación hasta que su hermana Carmen terminaba de coserla. También alguna vez en Roma tuvimos que pedir a sus hijas que la repasaran mientras esperaba en su habitación, en mangas de camisa.

Todas las noches cepillaba con cuidado el polvo de la sotana y, si tenía alguna mancha, la limpiaba con un poco de agua: yo le he ayudado muchas veces en esta operación, sosteniendo la tela. Cuando hacía falta lavarla, la pasaba a sus hijas que trabajaban en la Administración de la casa. Por eso le duraban tanto tiempo.

Hasta la fundación del Opus Dei, el Padre tenía la ropa sacerdotal necesaria tanto para invierno como para verano: cada año –cuando estaba todavía en Zaragoza–, se ponía la ropa de invierno el doce de octubre, fiesta de la Virgen del Pilar, y el siete de marzo, entonces fiesta de Santo Tomás, la de verano. Esto significa que pasaría calor en octubre, y frío en marzo y abril. Desde la fundación del Opus Dei en adelante, como otro signo de sobriedad y pobreza, decidió usar las mismas prendas todo el año.

No le gustaba llevar camiseta, y esto desde que era niño. Pero estando en Turín el 27 de noviembre de 1949, pescó un fuerte resfriado por el intenso frío. Le compré entonces una de lana y le rogué que se la pusiera. Accedió, pero, como no estaba acostumbrado a llevarla, le cortó las mangas. Años después, para combatir el reumatismo, los médicos le prescribieron que usase rodilleras: nuestro Fundador empleó entonces aquellas mangas como “rodilleras”.

Padre, algún otro detalle de su vida cotidiana…

–El Padre amaba la limpieza y el aseo personal, pero no usaba ningún tipo de perfume, convencido de que para un sacerdote el mejor olor es no oler a nada; sólo al cabo de los años aceptó nuestro consejo de emplear un agua de lavanda para desinfectar eventuales cortes al afeitarse.

Durante muchos años se cortaba el pelo en casa con nuestra ayuda; en un momento determinado, quiso comprar uno de esos peines con cuchilla pensados expresamente para cortarse el pelo uno mismo. Pero acabamos aconsejándole que recurriera al peluquero, porque el pequeño ahorro económico no compensaba los resultados tan poco satisfactorios.

Como estaba heroicamente desprendido de sí mismo, no tenía nada superfluo. Por ejemplo, desde los años cuarenta hasta 1970 usó siempre las mismas gafas, aunque eran de un modelo bastante anticuado. Se decidió a cambiarlas por la insistencia de don Javier Echevarría y mía.

Desde 1953 el Padre dormía, en la Sede Central, en una habitación pequeña y fría con el pavimento de baldosas. Un día de 1973, al levantarse por la mañana, se cayó al suelo y estuvo algunos instantes sin conocimiento sobre las frías losas. Cuando lo supe, me preocupé, por su predisposición a las enfermedades bronquiales: poco tiempo antes le había sucedido algo similar a un cardenal de la Curia Romana, el Cardenal Larraona, quien contrajo una pulmonía y murió repentinamente. Por eso, aprovechando un viaje de nuestro Fundador, en 1974 revestimos el suelo de moqueta. A su regreso se molestó, porque habíamos tomado aquella iniciativa sin que lo supiera, y sólo la aceptó cuando le dijimos que lo habíamos hecho por consejo del médico.

Sé que el Padre no fumaba. Lo había dejado cuando entró en el seminario, y regaló el tabaco y las pipas al portero.

Sin embargo, vivió siempre con personas que fumaban, sin quejarse nunca. Es más, si recibía como regalo de alguna visita una caja de puros, los guardaba para los demás. Los dejaba en un armario empotrado de su dormitorio con un frasco de agua al lado, que iba sustituyendo periódicamente, para que no perdiesen humedad. Los días de fiesta los llevaba a la tertulia, después de comer, con gran alegría, y dejaba encendida una vela fina para que los fumadores pudieran prender sus cigarros.

Estas anécdotas traducen la sencillez, la delicadeza, el espíritu de servicio, el orden y el buen humor del Padre. Y, ya que hablamos de su vida cotidiana, ¿sería posible trazar el esquema de una de sus jornadas habituales?

–En realidad, no se puede hablar de una jornada “habitual”, porque su actividad se organizaba siempre en función de lo que el Señor le pedía: servir a todas las almas por amor. Lo verdaderamente habitual para nuestro Fundador era la disponibilidad de secundar en todo momento el querer divino.

Es verdad que a lo largo de su existencia terrena se sujetó a un plan de vida que tenía puntos de referencia intocables: la oración mental, la Santa Misa, el rezo del Breviario y del Santo Rosario, y otras prácticas de piedad. De hecho, y contrariamente a lo que podría pensar quien le hubiera escuchado hablar tan sólo de la santificación del trabajo, sin conocer bien el espíritu del Fundador de la Obra, repetía constantemente esta verdad fundamental: El arma del Opus Dei no es el trabajo: es la oración. Por eso convertimos el trabajo en oración, y tenemos alma contemplativa.

Aun conservando estos puntos esenciales, la jornada del Padre tuvo características muy diferentes según las distintas épocas: por ejemplo, sus jornadas de los años treinta, cuando desarrollaba una intensa y directa actividad pastoral por los barrios de Madrid, eran muy diferentes de las de los años sesenta, en Roma, cuando su ocupación fundamental era el gobierno y la atención al desarrollo del Opus Dei.

Hablemos entonces de una jornada–tipo del Padre, en Roma, durante los últimos años.

–Al final de los años sesenta, el Padre, obedeciendo a lo que le habían prescrito los médicos, descansaba todas las noches entre siete horas y media y ocho: era tan fiel a la indicación recibida que, aunque se despertaba mucho antes, no se levantaba de la cama hasta que no se lo decía uno de sus Custodes, don Javier Echevarría; el otro Custos era yo. Antes de recibir esta prescripción médica, tenía la costumbre de levantarse en cuanto se despertaba, o apenas sonaba el despertador, aunque hubiera dormido sólo dos o tres horas: nunca se quedaba en la cama más del tiempo previsto, ni durmió jamás la “siesta”. Para no darnos preocupaciones, no le gustaba hablar de sus largas horas de insomnio, que pasaba haciendo oración. Siempre me he divertido cuando alguno le preguntaba por la mañana si había descansado bien; el Padre respondía con frecuencia: Muchas gracias, igualmente; así daba la impresión de que contestaba a la pregunta, pero, de hecho, la eludía.

En cuanto se despertaba, vivía el minuto heroico: saltaba de la cama y besaba el suelo, pronunciando como jaculatoria un vibrante Serviam! Ofrecía toda su jornada al Señor, y hacía la señal de la cruz sobre su frente, sobre los labios y sobre el pecho, mientras repetía: Todos mis pensamientos, todas mis palabras y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera, por amor. Besaba también el crucifijo y la imagen de la Virgen que tenía sobre la mesilla de noche.

Mientras se afeitaba solía repetir las oraciones que había aprendido en su infancia de labios de sus padres. Muchas veces, sobre todo a partir de los años cincuenta, en que ya tuvo una habitación personal, rezaba estas oraciones en voz alta, e incluso cantando. Después del aseo personal se preocupaba de dejar bien limpio el baño, arreglar la habitación y de que todo quedase en orden, por delicadeza con las personas que se ocupaban de las tareas del hogar, y para facilitarles su trabajo.

Acto seguido, continuando con la oración mental que había hecho mientras estaba despierto, en la cama, hacía otra media hora como preparación inmediata para la Santa Misa. A veces dirigía la meditación en voz alta para los que estábamos en el oratorio; debo decir que todos esperábamos, como un gran regalo del Señor, los momentos en los que el Padre, por decirlo así, nos abría su alma y nos confiaba, en la presencia de Dios, detalles de su vida interior. Pero la mayor parte de las veces, sobre todo en los últimos años, utilizaba los libros de Meditaciones escritos por indicación suya.

En cuanto a la Santa Misa, habría que extenderse mucho más…

Sobre este tema me reservaría una pregunta específica para cuando hablemos de la vida sacramental del Padre.

Conforme, lo dejamos para entonces. Su desayuno era frugal y rápido, de acuerdo con su profundo espíritu de mortificación y la severa dieta que los médicos le habían impuesto desde que le diagnosticaron la diabetes. Se limitaba a una taza de café con leche sin azúcar, y sin pan, y a una fruta, generalmente una manzana o una pera. Mantuvo este régimen después de curarse de la diabetes, sustituyendo la fruta por un pequeño trozo de pan. Siempre era café poco cargado, y la leche, descremada.

Después del desayuno, el Padre dedicaba unos minutos a la lectura del periódico. Antes, dividía las páginas en dos mitades, y me las iba pasando a mí, que desayunaba a su lado. Se notaba que, mientras leía, rezaba por tantos problemas del mundo y de la Iglesia. En los últimos años, se puede decir que prácticamente no conseguía leer el diario porque, muchas veces, le sucedía que, nada más empezar, prescindía inmediatamente de las noticias, y su mente se sumergía por completo en Dios: apoyaba la frente sobre la palma de la mano derecha, cerraba los ojos y rezaba, aprovechando que estaba a solas conmigo. Mirándole, y viéndole tan absorto en Dios, yo también rezaba.

Tras el Breviario, que solía recitar condon Javier Echevarría y conmigo, antes de empezar a trabajar, el Padre dedicaba un tiempo a la lectura meditada del Nuevo Testamento. Con frecuencia anotaba alguna frase, nada más leerla, y la utilizaba en la predicación, en sus escritos, o en la oración mental de la tarde, etc. Tengo la certeza de que siempre sacaba por lo menos una consideración para meditarla durante el día en la presencia de Dios.

La mañana de trabajo comenzaba normalmente con el despacho de asuntos relacionados con el gobierno del Opus Dei. En este trabajo de gobierno, nuestro Fundador veía siempre almas detrás de los papeles. Para mantenerse en la presencia de Dios se valía de algunas “industrias humanas”; por ejemplo, miraba frecuentemente al crucifijo de la pared o a la imagen de la Virgen que estaba en su escritorio. Me impresionó siempre el cariño con que besaba esta imagen cuando yo la hacía caer, sin darme cuenta, al cambiar de sitio alguna cosa.

Después venía el tiempo del correo. Al Padre le gustaba abrir los sobres personalmente, aunque después me los pasaba a mí –y en los últimos años también a don Javier–, para que le ayudase a leer el contenido. Separaba las cartas relacionadas con el gobierno, dirigidas al Consejo General, de las personales. En cuanto a estas últimas, si advertíamos que alguna era confidencial, se la devolvíamos inmediatamente, sin leerla. Estoy seguro de que el Padre no leyó ninguna carta sin rezar por la persona que la había escrito, y por el problema que se le exponía.

Terminada la lectura del correo, rezaba el Angelus al mediodía. Constituía un momento importante de su jornada, porque además de ser una conversación filial con la Virgen, marcaba el tiempo en que su devoción eucarística cambiaba de signo: hasta entonces había pasado la mañana dando gracias a Dios por la Misa que había celebrado; a partir del Angelus comenzaba a prepararse para la Misa que celebraría al día siguiente.

A continuación iniciaba el espacio dedicado a recibir a las numerosas personas que acudían, a veces desde países muy lejanos, para visitar a nuestro Fundador y recibir su estímulo y sus consejos. Dispuso que, salvo algún caso excepcional, cada visita durase diez minutos: en parte, por motivo de orden, ya que eran muchos los que deseaban conocerle; y en parte, por mortificación, para evitar entretenerse más con las personas cuya compañía, por la razón que fuese, le resultaba más grata. Naturalmente, cuando era oportuno, el Padre dedicaba el tiempo que hiciera falta y no dudaba en quedar de nuevo para otra entrevista.

Después de despedirse de la última visita con una bendición sacerdotal y paterna, rezaba con los miembros del Consejo General las Preces de la Obra: como es costumbre en el Opus Dei, besaba el suelo diciendo Serviam! y renovaba interiormente el ofrecimiento de obras que había hecho por la mañana; después rezaba las invocaciones de alabanza y súplica a la Trinidad, a Jesucristo, a la Virgen, a San José y a los Ángeles Custodios; rezaba por el Papa y por el obispo de la diócesis –cuando estaba fuera de Roma–, por la unidad en el apostolado, por los benefactores de la Obra, por sus hijos y por los difuntos, y terminaba con una oración y seis invocaciones a los Patronos del Opus Dei: tres Arcángeles y tres Apóstoles.

Al final de las Preces, el Padre hacía un breve examen de conciencia sobre la mitad de la jornada transcurrida y consideraba, en particular, cómo había cumplido el propósito formulado en el examen de conciencia de la noche anterior. Si se daba cuenta de que aquella mañana había algo por lo que debía pedir perdón a alguien, actuaba con rapidez, buscando inmediatamente al interesado.

Normalmente comíamos con el Padre sólo don Javier Echevarría y yo, por la sencilla razón de que no quería obligar a sus hijos más jóvenes, que seguramente necesitaban comer más, pues era muy austero en las comidas. También por este motivo, cuando tenía invitados, se las ingeniaba para no hacer notar su frugalidad, y no desairar a los otros comensales. En el almuerzo, como en el desayuno, seguía la dieta prescrita por los médicos, pero, además, procuraba añadir a cada plato el condimento de la mortificación. De primero, tomaba verdura cocida y sin sal. De segundo, un poco de carne o de pescado, generalmente a la plancha, con un mínimo de guarnición. De postre, fruta. No probaba el pan ni el vino, y bebía uno o dos vasos de agua, por expresa indicación médica, pues, por su parte, tendía a mortificar severamente la sed. También por mortificación, nunca empezaba a comer hasta que nos habíamos servido don Javier Echevarría y yo.

Después del almuerzo el Padre hacía la Visita al Santísimo. Luego pasaba un rato, treinta o cuarenta minutos, charlando con sus hijos: era una costumbre que nuestro Fundador practicó siempre, a diario, desde que los miembros del Opus Dei comenzaron a vivir en familia en nuestros Centros, e indicó expresamente que se viviera en todos los Centros de la Obra. En el ambiente sencillo y acogedor del cuarto de estar, como sucede en toda familia cristiana, la conversación discurría sobre los sucesos cotidianos, y anécdotas apostólicas, o también temas divertidos; el Padre aprovechaba para formar en nosotros un criterio doctrinal seguro, para dar tono sobrenatural a las noticias del día, y hacer descansar a sus hijos. En muchas ocasiones nos abría confidencialmente su alma, y transmitía su espíritu, mejorando la formación espiritual de quienes le escuchaban. Me ha admirado siempre ver cómo se entregaba el Padre en estas reuniones, completamente olvidado de sí mismo, incluso cuando se encontraba agotado por el cansancio, las noches de insomnio o por haber sufrido una dura contrariedad.

Después de este rato de familia hacía la lectura espiritual, preferentemente con tratados clásicos de ascética, y volvía otra vez al trabajo: no le gustó nunca la siesta, hasta el punto de disponer que los miembros de la Obra no la hiciesen salvo por prescripción médica. A primera hora de la tarde continuaba la tarea de la mañana, y era muy frecuente que llamase a algún miembro del Consejo General para estudiar juntos algún asunto concreto. Dedicaba mucho tiempo a escribirnos cartas, bien en retazos de la mañana o en las primeras horas de la tarde.

Durante el tiempo de trabajo que precedía a la media hora de oración de la tarde, se preparaba interiormente para esta cita con el Señor. Después, antes de volver a las ocupaciones interrumpidas, la merienda, que consistía en un vaso de agua y una pieza de fruta, que con frecuencia dividía con don Javier o conmigo.

Todos los días recitaba y meditaba las tres partes del Rosario: las distribuía oportunamente a lo largo de la jornada, y terminaba con la parte del día, junto con las letanías lauretanas, después de la oración y la merienda.

La cena era aún más frugal que el almuerzo: un plato de menestra, de caldo o de verdura, sin pan; en los últimos años el médico le mandó tomar también un poco de queso, o una tortilla, además de fruta.

Después de la cena, el Padre veía a veces el telediario. También en estos momentos se valía de algunas “industrias” para vivir la presencia de Dios: por ejemplo, cuando aparecía sobre la pantalla la carátula del programa, con la imagen del globo terráqueo girando sobre su eje, aprovechaba para rezar por la evangelización de la Iglesia en todo el mundo, y por el trabajo apostólico del Opus Dei. Puedo afirmar que, especialmente en los últimos años, el Padre rezaba con mucha intensidad mientras veía las noticias de la televisión: encomendaba al Señor los sucesos que se comentaban y pedía por la paz del mundo.

Después del telediario volvía a su trabajo hasta las nueve y media. A esta hora pasaba otro rato con sus hijos en una tertulia familiar como la del mediodía. Al terminar, antes de salir de la habitación, se paraba un instante en la puerta, de modo casi imperceptible, para “dejar pasar a sus dos ángeles”: era un pequeño detalle que pasaba inadvertido a los demás y que muestra cómo vivía el trato con su ángel custodio y su arcángel ministerial. No era un gesto teatral, pues hacía falta estar muy atento y al corriente del “secreto”, para darse cuenta.

Inmediatamente después de esta tertulia con sus hijos, se retiraba en profundo silencio para hacer el examen de conciencia y rezar las últimas oraciones. Antes de acostarse recitaba a diario el salmo Miserere, postrado en tierra: después, de rodillas con los brazos en cruz, tres Avemarías, pidiendo la pureza para todas las almas, y especialmente para sí, y para sus hijos del Opus Dei. Solía meter en el bolsillo del pijama un crucifijo, que besaba repetidamente antes de dormirse, mientras repetía jaculatorias, comuniones espirituales, etc., o acompañaba con la imaginación al Señor presente en los tabernáculos de lugares lejanos.

2. Ciudadanos de las dos ciudades

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

La secularidad, que según el Vaticano II constituye “la índole propia y peculiar de los laicos” (Lumen gentium, n.31), se expresa también a través del correcto ejercicio de los propios derechos de ciudadano, es decir, siendo católicos sin ser clericales o beatos, y, al mismo tiempo, siendo ciudadanos que no olvidan que son católicos en el momento de sus opciones decisivas. Ésta ha sido una enseñanza constante del Fundador del Opus Dei. Me alegraría oír algún ejemplo tomado directamente de su vida.

–La secularidad, que puede considerarse como la unión armónica del alma sacerdotal con la mentalidad laical, que el Padre ha querido para todos los miembros de la Obra, sacerdotes y laicos, mujeres y hombres, la tuvo siempre muy en primer plano y constituyó un elemento de su carácter, de su existencia. Por ejemplo, se manifestaba en su intenso sentido de la justicia, y en el ejercicio de los propios derechos de ciudadano que el Padre no dejó de vivir nunca y que le llevó a titular “Ciudadanía” un capítulo de Surco.

Entre los miles de episodios que podría citar me parece significativo uno de su vida de estudiante. A partir del curso académico 1922–1923, cuando ya había sido nombrado Inspector del Seminario de Zaragoza y había recibido la tonsura, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza. En junio de 1924 se presentó al examen de Historia de España, una materia que conocía muy bien por sus estudios de Bachillerato y sus múltiples lecturas: tuvo siempre gran afición a la Historia, que dominaba profundamente. Durante aquel año no había asistido a clases, porque no era alumno oficial, y estaba muy ocupado con el estudio de la teología y el encargo de Inspector del Seminario. A través de algunos amigos comunes, el profesor le hizo saber que no se presentase al examen porque lo suspendería. El joven Josemaría se quedó atónito: no tenía obligación de asistir a clase; por esto, para reivindicar un derecho que le correspondía en virtud del régimen académico, y porque estaba muy bien preparado, decidió presentarse. El profesor le suspendió, sin hacerle ni una pregunta.

Josemaría reflexionó con calma sobre lo sucedido y decidió escribir una carta al profesor para manifestarle respetuosamente que había cometido una injusticia y que tenía obligación de reparar. Añadía que deseaba presentarse en la convocatoria de septiembre, y quería asegurarse de que sería tratado justamente.

En aquella época los profesores gozaban de plena autonomía y decidían con absoluta libertad sobre el desarrollo y las calificaciones de los exámenes. No era fácil para un alumno hacer valer sus derechos, aun extremando el respeto. En septiembre el profesor fue muy correcto: reconoció su error y el alumno fue aprobado.

Resultaba muy secular también la sencillez con que, en hábito talar, trataba a sus compañeros universitarios. De vez en cuando, a la salida de clase, sus amigos le invitaban a tomar un aperitivo en un local frecuentado por los estudiantes: era el bar Abdón, en el Paseo de la Independencia, junto a la Plaza de la Constitución. Josemaría aceptaba algunas veces, y así cultivaba la amistad de un modo muy natural. Su comportamiento era tan sacerdotal y al mismo tiempo tan humano que, cuando se ordenó sacerdote, algunos de sus compañeros lo escogieron como confesor habitual.

Abogado y sacerdote. ¿Hubo algún momento en que el Fundador del Opus Dei hizo valer esa doble condición?

–Los estudios civiles le sirvieron, entre otras cosas, para dar clases particulares, que contribuyeron a mantener a su familia, tanto en Zaragoza como en sus primeros años de Madrid. Pero no empleó nunca su título civil, porque quiso ser siempre un sacerdote al cien por cien.

Es significativo un hecho que sucedió durante la guerra civil española. Cuando en Madrid el Padre no pudo ejercitar el ministerio sacerdotal y el clima se hizo irrespirable, en constante peligro de muerte –arrestos y fusilamientos en masa, quema de iglesias y de conventos, auténtica persecución religiosa–, no tuvo otra opción que atravesar la frontera por la zona de los Pirineos para pasarse a la zona libre, a través de Andorra. El punto de partida era Barcelona. Leyendo el periódico se enteró de que un colega suyo de la Universidad de Zaragoza, Pascual Galbe, era magistrado en la Audiencia de Barcelona, en representación del Gobierno autónomo de Cataluña. Habían sido grandes amigos, pero en aquellas circunstancias no era fácil prever cómo reaccionaría. Por esto, el Padre le hizo saber, a través de Tomás Alvira –que había sido a su vez compañero de Instituto de Pascual–, que se encontraba en Barcelona y que deseaba verlo. “En el tribunal no –respondió–, mejor que venga a comer a mi casa”.

Apenas lo vio, Pascual Galbe lo abrazó emocionado: “No sabes cuánto he sufrido, pensaba que habías muerto…”. Para ayudarle a salir del peligro le propuso incorporarse a la magistratura de Barcelona: él era una persona muy influyente, y además, los tribunales tenían una necesidad real de licenciados en derecho. Pero el Padre no aceptó: Si, cuando no perseguían al clero y a la Iglesia no he ejercido esta profesión porque debía dedicarme completamente a mi sacerdocio, ahora, sin duda, no buscaré esta escapatoria, para sobrevivir sirviendo a una autoridad que persigue a mi Madre, la Santa Iglesia. Pascual Galbe trató de convencerle: “Si te detienen, y es muy probable, te matarán”. El Padre repuso: No me importa, yo me debo a mi sacerdocio, y no me importa que me maten.

Me parece que en esta línea se sitúa también la cuestión del título nobiliario…

–Es un punto en el que conviene detenerse, porque, además, pone de manifiesto la gran humildad del Padre.

Conscientes de lo que el Fundador del Opus Dei era para nosotros sus hijos, y de lo que significaba para la Iglesia, comenzamos a recoger, con prudencia y amor filial, todos los datos que pudimos sobre su familia. Aprovechábamos para esta finalidad los viajes que miembros de la Obra, por motivos apostólicos o profesionales, hacían a los lugares donde había residido la familia de nuestro Fundador, o de donde procedían sus antepasados.

En los años sesenta enviamos las noticias y datos de primera mano recogidos a un conocido genealogista de Aragón, quien comprobó que algunos títulos nobiliarios correspondían, en línea directa, a la familia de nuestro Fundador. En mi calidad de Secretario General del Opus Dei decidí encargar al genealogista un estudio detenido. Después, sugerí al Padre la posibilidad de solicitar la rehabilitación de esos títulos. Teníamos muy presente cuánto había trabajado y sufrido por la Obra la familia de nuestro Fundador. Al principio, el Padre eludió el problema. Después se dio cuenta de que no se trataba de una cuestión meramente personal, suya, sino que afectaba a su hermano y a los descendientes de sus padres. Lo meditó detenidamente en la presencia de Dios. En su vida privada el Padre distinguía siempre, por una parte, sus deberes y sus derechos de cristiano y de sacerdote, que trató de cumplir y ejercitó heroicamente en todo momento, y por otra, sus derechos y deberes de ciudadano, no incompatibles con los primeros: su sacerdocio abrazó toda su existencia, pero no por esto renunció a sus obligaciones y derechos en cuanto miembro de una familia, y en cuanto ciudadano, dando ejemplo también en esto a sus hijos y a la gente que trataba.

Además de querer compensar de algún modo los sacrificios y sufrimientos que la fundación y desarrollo del Opus Dei habían supuesto para su familia, comprendió que no podía hacerles pagar de nuevo las consecuencias de su desprendimiento personal de los honores humanos: de hecho, como primogénito, de acuerdo con la legislación española vigente, sólo él podía recuperar los derechos nobiliarios. Repito que los honores no le importaban nada. La solución fue reclamar aquellos derechos para transmitirlos después a su hermano. Consideró, insisto, que –por una falsa humildad, y aún menos por miedo a las críticas y difamaciones–, no podía privar a su hermano y a sus sobrinos de algo que les pertenecía.

Pero sabía muy bien que ese gesto podía ser mal interpretado, y por eso, antes de tomar una decisión definitiva, pidió consejo a diversas personas, también de fuera de la Obra. Entre otros se dirigió al Cardenal Dell’Acqua, al Cardenal Marella, al Cardenal Larraona, al Cardenal Antoniutti, al Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla y buen amigo suyo desde hacía muchos años, y a Mons. Casimiro Morcillo, Arzobispo de Madrid, también viejo amigo del Padre.

Todos le dieron su parecer favorable y le animaron a llevar adelante el proyecto. El cardenal Larraona, que era un insigne canonista, le precisó que no sólo tenía derecho a reclamar los títulos nobiliarios, sino que, como Fundador de la Obra, tenía obligación de hacerlo: “Usted ha enseñado a sus hijos a cumplir los propios deberes civiles y a ejercitar todos sus derechos de ciudadanos. Por tanto, si no lo hiciera, les daría mal ejemplo”. El Cardenal pensaba que, si el Fundador renunciaba a aquel derecho tan cierto, sus hijos del Opus Dei y muchos otros buenos católicos probablemente seguirían ese ejemplo de humildad, renunciando, quizá, a derechos irrenunciables.

Nuestro Fundador informó también a la Secretaría de Estado Vaticana. Todos estuvieron de acuerdo. También contaba con el parecer favorable de las autoridades civiles competentes. Pero nuestro Fundador preveía claramente lo que iba a suceder: sabía que sería criticado por personas poco informadas, por algunos quizá envidiosos y malévolos, y por otros de lengua suelta, azuzados por el demonio. Veía con toda claridad que era como presentarles en bandeja de plata un pretexto para insultarle.

Como el Padre había previsto, no faltaron las críticas y dicerías que pusieron en evidencia su heroica y profunda humildad. Del mismo modo que había ejercitado sus derechos, cumplió un deber de justicia, para dar ejemplo a sus hijos, y procuró explicar claramente que el asunto, en sí mismo, carecía de importancia.

El 24 de julio de 1968 fue rehabilitado oficialmente el título de marqués de Peralta. Desde ese día arreciaron las polémicas y duraron tiempo. Hubo también personas amigas que le pidieron aclaraciones o que le hicieron llegar sus muestras de solidaridad. Nuestro Padre afrontó siempre el asunto con claridad y, más de una vez, con sentido del humor.

Tiempo después, cuando se calmaron las murmuraciones y el problema podía considerarse más o menos cerrado, entonces, sin publicidad, hizo las gestiones oportunas –como había previsto desde el principio– para ceder el título a su hermano, de modo que pudiese transmitirse por sucesión a sus descendientes.

El Fundador del Opus Dei detestaba esa forma de clericalismo que consiste en recibir tratos de favor. Por esto, no le gustaba la costumbre, difundida en ambientes eclesiásticos, de pedir prestaciones gratuitas a algunos profesionales, en calidad de abogados, médicos, ingenieros o dentistas “católicos”. El Fundador se empeñaba en pagar siempre los honorarios.

–Llegaba al extremo de que también pagaba en la Clínica Universitaria de Navarra cuando le hacían los reconocimientos médicos, a pesar de ser el Gran Canciller de la Universidad.

Por otra parte, exigía siempre en los trabajos, de acuerdo con lo debido en justicia. Me viene a la cabeza un suceso muy significativo. Al proyectar el oratorio del Consejo General del Opus Dei, se decidió que el pavimento fuese de mármol, con dibujos geométricos, formado cada uno por una sola piedra. Se aprobó un presupuesto de acuerdo con esta condición; pero, cuando el marmolista acabó de acristalar y dio por terminado su trabajo, el Padre advirtió que se habían compuesto los dibujos con varias piezas de mármol y se advertían las junturas. Aquello le pareció una chapuza intolerable, sobre todo, porque se trataba de un lugar destinado al culto. Lo consultó conmigo y con otras personas, y decidió hacer levantar el suelo y cambiarlo. Los motivos estaban claros: el presupuesto se había aprobado con aquella condición y ya se había pagado la factura. Aceptar la chapuza sería una falta de pobreza; y, además, para quienes vinieran después, un ejemplo desedificante de poco esmero en las cosas destinadas al Señor.

A propósito de los derechos del ciudadano, la enseñanza del Fundador es muy clara también en lo que se refiere al ejercicio de las actividades políticas. Los miembros del Opus Dei, en política como en otras actividades temporales, tienen la misma libertad, los mismos derechos y deberes que los demás ciudadanos católicos. Es un aspecto que no fue a veces bien entendido, especialmente a causa de la situación española. ¿Podría recordar algunos sucesos, comenzando por la postura del Fundador ante el comunismo y el nazismo?

–Por lo que se refiere al comunismo y al marxismo, el Padre fue siempre fiel a las clarísimas enseñanzas del Magisterio eclesiástico sobre estas ideologías. Y expresó en público su postura, cuando lo exigieron las circunstancias; su oposición no era fruto de las dificultades que sufrió personalmente bajo la dictadura comunista en España –había perdonado desde el primer momento–, sino que se fundamentaba en el ateísmo y en el carácter inhumano y antirreligioso de esta doctrina.

Especialmente a comienzos de los años sesenta y en particular en sus catequesis por la Península Ibérica y América Latina, ante la difusión entre los fieles de corrientes que intentaban conciliar el cristianismo con el marxismo, nuestro Fundador se hizo eco de las enseñanzas reiteradas por Pablo VI y de las condenas contenidas en los documentos de los dicasterios romanos competentes.

Por lo demás, un fragmento de una homilía suya pronunciada en 1963 ilustra muy claramente su actitud frente al comunismo: Precisamente por eso, urge repetir –no me meto en política, afirmo la doctrina de la Iglesia– que el marxismo es incompatible con la fe de Cristo. ¿Existe algo más opuesto a la fe, que un sistema que todo lo basa en eliminar del alma la presencia amorosa de Dios? Gritadlo muy fuerte, de modo que se oiga claramente vuestra voz: para practicar la justicia, no precisamos del marxismo para nada. Al contrario, ese error gravísimo, por sus soluciones exclusivamente materialistas que ignoran al Dios de la paz, levanta obstáculos para alcanzar la felicidad y el entendimiento de los hombres. Dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos, non verbo neque lingua, sed opere et veritate (1 Ioh 3,18), no con palabras ni con la lengua, sino con obras y de veras: decidlo, siempre que se os presente la ocasión –buscadla, si es preciso–, sin reticencias, sin miedo (Amigos de Dios, num.171).

Al final de los años treinta, después de haber vivido la triste experiencia de la guerra civil, la mayor parte de los españoles alimentaba una fundada prevención contra el comunismo. No sucedía lo mismo con el nazismo: es más, la propaganda oficial, por un motivo o por otro, no sólo silenció los crímenes del nacionalsocialismo, sino que prohibió en España la publicación del documento pontificio que lo condenaba. Por esto, nuestro Fundador tuvo que pronunciarse más de una vez contra el nazismo en su ministerio sacerdotal. Precisamente porque en algunos ambientes oficiales españoles se miraba con simpatía al régimen alemán, se sintió en el deber de poner en guardia a los que se olvidaban de las aberraciones de aquella ideología: no sólo criticaba su totalitarismo, sino también la persecución y las discriminaciones a los católicos, a los hebreos, etc., y el tono de paganismo que caracterizaba el racismo nazi. Se prodigó en dar a conocer el contenido del documento pontificio de condena, y en difundirlo privadamente.

Sin embargo, algunos periódicos, hace poco, aunque se desmintió inmediatamente, hablaron de una “simpatía” del Fundador hacia el nazismo.

–Es una aberración que se descalifica por sí sola, pero quiero dar a conocer un testimonio que me llegó precisamente a la vez que aquella campaña de calumnias. (Un inciso: cuando suceden cosas de este tipo, seguimos viviendo el criterio que nos dejó el Padre: perdonar desde el primer momento, rezar por los calumniadores, reafirmar la verdad, y, siempre, “ahogar el mal en abundancia de bien”, persuadidos además de que la verdad acaba siempre abriéndose paso.) Pues bien, con fecha 9 de enero de 1992, Domingo Díaz–Ambrona me escribía desde Madrid: “Conocí al futuro beato en el transcurso de la guerra civil española. Durante ese periodo, me encontraba que refugiado, junto con mi mujer, en la embajada de Cuba, y estando allí se cumplió el tiempo del parto de nuestra hija Guadalupe, que nació el 3 de septiembre de 1937 en el Sanatorio Riesgo, ahora inexistente, que estaba entonces bajo protección de la bandera inglesa. Por las circunstancias que atravesaba el país no la podíamos bautizar, y así se lo comuniqué a un buen amigo mío, José María Albareda.

“Pocos días más tarde, José María Albareda me dijo que un sacerdote amigo suyo vendría en una determinada fecha a administrarle el bautismo. Confiado en la protección que nos ofrecía la bandera inglesa del sanatorio, invité al acto a los padrinos y a varios amigos más. El sacerdote se presentó a las cinco de la tarde, dos horas antes de la hora prevista, y estuvo el tiempo justo para bautizarla. Fue todo tan rápido, que ni siquiera le preguntamos el nombre. Más tarde supe que se trataba de Mons. Escrivá. Su comportamiento fue una lección de prudencia para todos en aquellos momentos difíciles. Yo intenté que se quedara, pero me comentó: ‘Me necesitan muchas almas’.

“Durante ese periodo, por lo que he sabido después, aunque no contaba más que con una precaria documentación y el clima social y político era muy peligroso para un sacerdote, desarrollaba una intensa labor apostólica: confesaba a muchas personas –con peligro de su vida muchas veces–, daba cursos de retiros cambiando constantemente de sede y atendía a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

“Pero en aquel entonces yo no sabía, por las circunstancias citadas, de quién se trataba. Lo supe más tarde, durante un encuentro casual en el tren, en la línea Madrid–Avila, en el mes de agosto de 1941. Viajaba con mi mujer y mi hija de cuatro años cuando don Josemaría, al vernos, nos reconoció, entró en nuestro departamento y nos dijo: ‘A esa niña la he bautizado yo’. Nos saludamos, me dijo su nombre y estuvimos hablando de la situación histórica que atravesábamos. Nos encontrábamos en un momento decisivo de la historia de Europa: recuerdo que yo tenía un gran deseo de llegar cuanto antes a las Navas del Marqués, para saber por la radio como iba el avance de las tropas alemanas en territorio ruso.

“Yo le comenté que acababa de regresar de un viaje a Alemania y había podido captar el miedo de los católicos a manifestar sus convicciones religiosas. Esto me había llevado a recelar del nazismo; pero, como a muchos españoles, se me ocultaban los aspectos negativos del sistema y de la filosofía nazi, deslumbrados por la propaganda de una Alemania que se presentaba como la fuerza que iba a aniquilar por fin al comunismo. Y quise saber su opinión.

“Por todas esas razones que acabo de exponer me sorprendió profundamente, en aquellos momentos, la respuesta tajante de aquel sacerdote, que tenía una información muy certera de la situación de la Iglesia y de los católicos bajo el régimen de Hitler. Mons. Escrivá me habló, con mucha fuerza, en contra de ese régimen anticristiano, con un vigor que ponía de manifiesto su gran amor a la libertad. Hay que hacer notar que no era fácil encontrar en España, por aquel entonces, a personas que condenasen con tanta contundencia el sistema nazi y que denunciasen con tanta claridad su raíz anticristiana. Por eso, esa conversación, en aquel preciso momento histórico, en el que no se conocían aún todos los crímenes del nazismo, se me quedó profundamente grabada.

“Tiempo más tarde le comenté a mi amigo José María Albareda este encuentro y supe que había estado conversando con el Fundador del Opus Dei.

“Yo no soy del Opus Dei, pero mi experiencia personal me permite afirmar que quien sostenga una opinión contraria sobre el pensamiento en este sentido de Josemaría Escrivá de Balaguer no busca más que empañar inútilmente la vida santa de este futuro beato, que era un gran enamorado de la libertad”.

Es un testimonio incontrovertible que confirma los dictados del sentido común…

–Lógicamente, el Padre distinguía entre el nazismo y el pueblo alemán. Precisamente porque sentía un particular cariño hacia aquella nación –era un sentimiento heredado de su padre–, le dolía muchísimo verla sometida a aquella dictadura aberrante. Su pena se acrecentaría al estallar la Segunda Guerra mundial.

¿Y las relaciones con el franquismo?

–Antes de responder, me parece indispensable repetir una consideración bien conocida: la actividad y la finalidad del Opus Dei son exclusivamente espirituales, como también fueron sólo espirituales la misión y el ministerio sacerdotal de su Fundador. El Gobierno de una nación –cualquiera que sea– y el Opus Dei son realidades que se mueven en planos totalmente diferentes. La Prelatura impulsa a sus miembros a ejercer sus derechos y a cumplir diligentemente sus propios deberes como cristianos coherentes, pero les deja la más completa libertad en las opciones temporales; más aún, fomenta esa libertad: el único criterio que les señala en este punto es el de seguir las eventuales orientaciones que en este campo emane la jerarquía eclesiástica.

En el caso del franquismo, es necesario recordar que el final de la guerra civil significó el resurgir de la vida de la Iglesia, de las asociaciones, de las escuelas católicas, con una clara toma de posición de la Jerarquía a favor del General Franco, que era considerado en muchos ambientes como “providencial”. Basta pensar que, al término de la guerra civil, en la fachada de las catedrales de todas las ciudades españolas que eran sede episcopal se puso el escudo de la Falange con la inscripción: “Caídos por Dios y por España. ¡Presentes!” El Fundador del Opus Dei protestó muchas veces por este abuso.

En esta situación, el Padre, aun reconociendo a Franco el mérito de la pacificación, debió oponer resistencia a dos peligros: por una parte, la instrumentalización de la fe, ante el intento de determinados grupos de monopolizar la representación de los católicos en la vida pública; y por otra, la tendencia de algunos ambientes católicos a servirse del poder público como un brazo secular. En suma, dos facetas del clericalismo.

El Padre reconoció siempre que era competencia exclusiva de la Jerarquía dar indicaciones a los católicos en materia política; por eso siempre se abstuvo en este campo. La Jerarquía animó abiertamente a los católicos a sostener a Franco, tanto, que en los diversos gobiernos figuraron representantes de Acción Católica y de otras organizaciones religiosas. Y el clericalismo llegó al extremo de que alguno pidió el permiso del propio obispo (y lo consiguió, naturalmente), antes de aceptar la cartera de ministro.

Cuando, en los años cincuenta, algunos miembros de la Obra llegaron a ser ministros de Franco, el Padre ni lo aprobó ni lo desaprobó: actuaron según su libertad de ciudadanos católicos, respetuosos con la Jerarquía, aunque hubo quien intentó atribuir a la Obra como tal presiones o injerencias en el campo político. No nos faltaron dificultades e incomprensiones por ese motivo.

Ya en los años cuarenta, por ejemplo, algunos miembros del Opus Dei se presentaron a oposiciones de cátedras universitarias, y por su preparación, las ganaron brillantemente sin recomendación alguna. Surgió entonces una violenta reacción de los enemigos de la Iglesia que, desde fines del siglo anterior, a través de la Institución Libre de Enseñanza, controlaban la Universidad. Se hizo circular el rumor, absolutamente calumnioso, de que los miembros del Opus Dei ganaban las oposiciones de modo irregular, cuando lo cierto es que no gozaron de facilidad alguna, y más bien eran discriminados respecto de los que pertenecían a otras instituciones católicas favorecidas por los ministros de Educación Nacional.

Y no eran sólo enemigos de la Iglesia los que se oponían o no entendían. Cuando el Fundador, en 1947, pasó una temporada en España para preparar el traslado del gobierno de la Obra a Roma, se entrevistó en una ocasión con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín Artajo, que antes de entrar en el Gobierno había sido Presidente de la Acción Católica española. El Padre contó luego que, con gran sorpresa, el ministro le había dicho que no entendía “cómo se podía estar consagrado a la Iglesia, incluso con un vínculo de obediencia, y servir al mismo tiempo al Estado”. El Padre le explicó que no había ninguna dificultad, porque la materia de la obediencia debida a la Iglesia era la misma para él, que para el resto de los católicos, consagrados o no a Dios: esa obligación era del mismo grado, aunque por diverso título. Pero el ministro no acertó a entender esta palmaria verdad, y dio la orden de no admitir en el Cuerpo Diplomático a miembros del Opus Dei o personas consideradas como tales, aunque hubieran ganado el correspondiente concurso. Contra toda justicia, esa orden se cumplió en varios casos.

Como otras organizaciones católicas sostenían directa y abiertamente al Régimen, algunos no podían imaginar que la Obra se comportase de modo diverso. Sin embargo, el Fundador defendió siempre con vigor la libertad de opinión de sus hijos, y es natural que entre los miembros de la Obra hubiera quienes sostenían el franquismo, y quienes estaban en la oposición.

Recuerdo la película de una de las catequesis del Fundador en la que cuenta que no dudó en presentarse delante de un personaje muy poderoso para defender la libertad de opinión de un hijo suyo. Me gustaría conocer ese suceso con mayor detalle.

Un miembro de la Obra había escrito un artículo en oposición al régimen franquista. La reacción de las autoridades fue muy dura, y se vio obligado a exiliarse. Sobre esto nuestro Padre no tenía nada que decir, porque se trataba de cuestiones en las que no intervenía: correspondían a sus hijos como ciudadanos libres y responsables. Pero, entre otras injurias lanzadas contra aquel miembro de la Obra, dijeron que era “una persona sin familia”. Nuestro Fundador reaccionó entonces como un padre que defiende a su hijo. Se fue a España inmediatamente, solicitó audiencia a Franco y fue recibido enseguida. Sin entrar en las causas de las divergencias políticas, afirmó con toda claridad que no podía tolerar que de un hijo suyo se dijera que era un hombre sin familia: tenía una familia sobrenatural, la Obra, y él se consideraba su padre. Franco le preguntó: “¿Y si le meten en la cárcel?” El Padre respondió que respetaría las decisiones de la autoridad judicial, pero que si lo llevaban a prisión nadie le podría impedir facilitar a aquel hijo la asistencia espiritual y material que necesitara. Repitió las mismas ideas al almirante Carrero Blanco, brazo derecho de Franco. Y debo precisar que ambos, demostrando ser unos caballeros y tener sentido cristiano, reconocieron que nuestro Fundador tenía razón.

Muchos ataques a la Obra y a la libertad de sus miembros provenían directamente de instituciones del Régimen, como la Falange.

–Es elocuente en este sentido la carta que nuestro Fundador escribió el 28 de octubre de 1966 al ministro José Solís, jefe de la Falange:

Muy estimado amigo:

Hasta aquí me llega el rumor de la campaña que, contra el Opus Dei, hace tan injustamente la prensa de la Falange, dependiente de V.E.

Una vez más repito que los socios de la Obra –cada uno de ellos– son personalmente libérrimos, como si no pertenecieran al Opus Dei, en todas las cosas temporales y en las teológicas que no son de fe, que la Iglesia deja a la libre disputa de los hombres. Por tanto, no tiene sentido sacar a relucir la pertenencia de una determinada persona a la Obra, cuando se trate de cuestiones políticas, profesionales, sociales, etc.; como no sería razonable, hablando de las actividades públicas de V. E., traer a cuento a su mujer o a sus hijos, a su familia.

Con ese modo de proceder equivocado se comportan las publicaciones que reciben inspiración de su Ministerio: y así no logran más que ofender a Dios, confundiendo lo espiritual con lo terreno, cuando es evidente que los Directores del Opus Dei nada pueden hacer para cohibir la legítima y completa libertad personal de los socios, que nunca ocultan –de otra parte– que cada uno de ellos se hace plenamente responsable de sus propios actos y, en consecuencia, que la pluralidad de opiniones entre los miembros de la Obra es y será siempre una manifestación más de su libertad y una prueba más de su buen espíritu, que les lleva a respetar los pareceres de los demás.

Al atacar o defender el pensamiento o la actuación pública de otro ciudadano, tengan la rectitud –que es de justicia– de no hacer referencia, desde ningún punto de vista, al Opus Dei: esta familia espiritual no interviene ni puede intervenir nunca en opciones políticas o terrenas en ningún campo, porque sus fines son exclusivamente espirituales.

Espero que habrá comprendido mi sorpresa, tanto ante el anuncio de esa campaña difamatoria como al verla realizándose: estoy seguro de que se dará cuenta del desatino que cometen y de las responsabilidades que en conciencia adquieren ante el juicio de Dios, por el desacierto que supone denigrar a una institución que no influye –ni puede influir– en el uso que, como ciudadanos, hacen de su libertad personal sin rehuir la personal responsabilidad, los miembros que la forman, repartidos en los cinco continentes.

Le ruego que ponga un final a esa campaña contra el Opus Dei, puesto que el Opus Dei no es responsable de nada. Si no, pensaré que no me ha entendido; y quedará claro que V.E. no es capaz de comprender ni de respetar la libertad, qua libertate Christus nos liberavit la libertad cristiana de los demás ciudadanos.

Peleen ustedes en buena hora, aunque yo no soy amigo de las peleas, pero no mezclen injustamente en esas luchas lo que está por encima de las pasiones humanas.

Aprovecho esta ocasión para abrazarle y bendecirle, con los suyos,

in Domino.

Si se me permite expresar una opinión del todo personal, me parece que aquellos miembros de la Obra que, bajo su exclusiva responsabilidad, colaboraron libremente con el gobierno de Franco, trabajaron por el bien de su país, obtuvieron éxitos, reconocidos hoy unánimemente, en el saneamiento de la economía y en la ruptura del aislamiento de España, proyectándola hacia Europa. Aun absteniéndose de intervenir y de exponer públicamente opiniones en materia política, ¿cuál era en este tema lo que más preocupaba al Fundador?

–Le preocupaba el problema de la sucesión de Franco. No vaciló en hacérselo saber al interesado directamente, y procuró sensibilizar sobre este delicado asunto a los obispos españoles que venían a visitarle. Pero nuestro Fundador supo también resistir las insinuaciones que le llegaban del Vaticano para que tomase iniciativas en este campo: rechazó hacer de intermediario de algunos, porque no era misión suya inmiscuirse en política. Dejó clara su postura en esta materia, sin posibilidad de equívocos, en una carta de conciencia dirigida el 14 de junio de 1964 a Pablo VI.

Ahora comprendo mejor por qué tenía tanta devoción a Santa Catalina de Siena.


1. Hijo de la Iglesia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El decreto sobre la heroicidad de las virtudes vividas por Mons. Josemaría Escrivá, promulgado el 9 de abril de 1990 por Juan Pablo II, sitúa la figura del Fundador del Opus Dei en un preciso contexto eclesial: la llamada a la santidad de todos los bautizados que es, según Pablo VI, “el elemento más característico del Magisterio conciliar, y por así decir, su fin último”. Mons. Escrivá, desde el 2 de octubre de 1928, dedicó todas sus energías a difundir esa vocación universal a la santidad, “en coincidencia profética con el Concilio Vaticano II”.

Como es bien sabido, el amor a la Iglesia y la voluntad de servirla penetran todos los escritos, la predicación y la vida del Fundador. Me gustaría conocer detalles de cómo manifestaba personalmente, Mons. Escrivá, su profunda convicción de hijo de la Iglesia.

–Conservo el recuerdo imborrable de su llegada a Roma. Era el 23 de junio de 1946. El Padre tenía 44 años. Yo estaba en Roma desde febrero de aquel año, porque el Fundador me había encomendado diversas gestiones para la aprobación pontificia de la Obra. Como las características propias del Opus Dei representaban una novedad absoluta en el Derecho canónico vigente, yo trabajaba en la medida de mis posibilidades, siguiendo las indicaciones precisas del Fundador. Pero me dijeron, entre otras muchas cosas, que no era posible aún obtener la aprobación del Opus Dei: habíamos nacido –ésta fue la expresión literal– con un siglo de anticipación. Las dificultades eran tan grandes, aparentemente insuperables, que decidí escribir al Padre para manifestarle la necesidad de su presencia en Roma.

Aunque en aquel momento padecía una diabetes gravísima –hasta el punto de que el médico que entonces le atendía, el Dr. Rof Carballo, había declinado toda responsabilidad sobre su vida si emprendía aquel viaje–, el 21 de junio el Padre se embarcó en el viejo J. J. Sister, en Barcelona. Antes había pedido su parecer a los miembros del Consejo General del Opus Dei, y se había abandonado en manos de la Virgen de la Merced.

Después de una dura travesía, a causa de una tempestad absolutamente insólita en el Mediterráneo, la nave atracó en el puerto de Génova el 22 de junio, poco antes de la medianoche. Yo había ido a esperarle desde Roma junto con Salvador Canals, otro miembro del Opus Dei. Pasamos antes por un modesto hotel para reservar las habitaciones. Recuerdo que allí Salvador y yo cenamos muy frugalmente: estábamos en plena posguerra, y como postre nos sirvieron un trozo de parmesano. Yo no conocía este tipo de queso, lo probé y me pareció tan bueno que lo guardé para nuestro Fundador. No podía imaginar que sería su primer alimento después de cuarenta y ocho horas. El Padre me tomó siempre el pelo afectuosamente por aquello.

Al día siguiente celebró su primera misa en tierra italiana, en una iglesia muy dañada por los bombardeos. El viaje hasta Roma, en un pequeño coche alquilado, por aquellas carreteras destrozadas tras la guerra, fue interminable e incomodísimo. Pero el Padre rebosaba alegría, sin una queja: le emocionaba pensar que al fin iba a cumplirse una de sus más grandes aspiraciones: videre Petrum. Durante todo el recorrido rezó muchísimo por el Papa.

Llegamos a Roma al atardecer del 23 de junio. Cuando divisó por vez primera la cúpula de S. Pedro desde la Via Aurelia, rezó muy conmovido un Credo. Habíamos subarrendado algunas habitaciones de un apartamento en el último piso de un edificio de la plaza de Città Leonina, nº 9, que tenía una terraza desde la que se veía la Basílica de San Pedro y el Palacio pontificio. Al asomarse a esta terraza y contemplar las habitaciones que ocupaba el Vicario de Cristo, el Padre expresó su deseo de quedarse allí un rato, recogido en oración, mientras los demás, cansados de un viaje tan accidentado, se retiraban a descansar. Llevado por su amor al Papa, y emocionado por estar tan cerca de sus habitaciones, el Padre permaneció en la terraza toda la noche, rezando, sin dar importancia al cansancio del viaje ni a su falta de salud, ni a la tremenda sed que le producía su enfermedad, ni a los contratiempos del viaje en barco.

Este episodio puede dar una idea de la intensidad con que el Fundador amaba a la Iglesia y al Papa. Y, aún más, a pesar del gran deseo –ansia incluso– de acercarse a rezar ante la tumba de San Pedro, el Padre esperó varios días antes de entrar en el Templo de la Cristiandad; tan grande era su espíritu de mortificación.

A finales de aquel mes, exactamente el 30 de junio, el Padre pudo escribir a sus hijos del Consejo General del Opus Dei, que tenía entonces su sede en España: Tengo un autógrafo del Santo Padre para “el Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei”. ¡Qué alegrón! Lo besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.

El 31 de agosto pudo regresar a Madrid, con un documento de la Santa Sede llamado De alabanza de los fines, instrumento canónico que no se otorgaba desde hacía casi un siglo. Las dificultades comenzaban a superarse.

El 22 de octubre de 1946, Mons. Escrivá quiso volver a rezar ante la Virgen de la Merced; después, el 8 de noviembre, volvió desde Madrid definitivamente a Roma, ciudad que sería durante casi treinta años su residencia habitual, hasta el día en que Dios lo llamó a su Presencia.

Volvamos al tema. El Beato Josemaría fue favorablemente acogido en la Curia Romana, especialmente por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Montini, pero no le faltaron dificultades por parte de algunos eclesiásticos. Algunas veces dijo que había perdido la inocencia al llegar a Roma…

–Pero sus reacciones se caracterizaron por una profunda visión sobrenatural. Por ejemplo, comenzó a ir con frecuencia a la Plaza de San Pedro para rezar el Credo delante de la tumba del Príncipe de los Apóstoles. Utilizaba la fórmula castellana que su madre le había enseñado de pequeño, y cuando llegaba a las palabras: Creo en la Santa Iglesia Católica, añadía el adjetivo romana y, a continuación, un paréntesis: a pesar de los pesares. Una vez, estando yo delante, se lo confió a Mons. Tardini –no recuerdo si ya había sido nombrado Cardenal Secretario de Estado–, y el prelado le preguntó: “¿Qué quiere decir con esto de ‘a pesar de los pesares’?”. El Padre respondió: A pesar de mis pecados y de los suyos. Lógicamente el Padre no quería ofender a Mons. Tardini. Si ningún hombre está exento de pecado, y el justo cae siete veces al día, nuestro Fundador subrayaba la necesidad de que los colaboradores del Papa fuesen muy santos y estuviesen llenos del Espíritu Santo, para que en toda la Iglesia hubiera más santidad.

No admitía ni justificaba la falsa humildad de algunos eclesiásticos, proclives a la “autocrítica” de la Iglesia: la Iglesia, repetía a menudo, no tiene manchas, porque es la Esposa de Cristo. Este meaculpismo, como solía llamarlo, le llenaba de dolor: no admitía que el reconocimiento de la debilidad de los hombres ofuscase la fe en la santidad objetiva de la Iglesia.

El Fundador conoció a tres Papas. ¿Cuáles fueron sus relaciones con el primero, Pío XII?

–El Santo Padre Pío XII le recibió en audiencia muchas veces, y demostró su estima personal por la Obra concediendo las dos primeras aprobaciones pontificias: el Decretum Laudis de 1947, y la aprobación definitiva en 1950. Para mostrar su afecto, nuestro Fundador llegaba incluso a ofrecer al Papa regalos muy sencillos. Por ejemplo, una vez le llevó unas naranjas que había recibido de España (en aquella época no teníamos dinero ni para comer). Otra vez, como sabía que al Santo Padre le gustaba un determinado vino español, consiguió unas botellas y se las regaló.

Hay un episodio significativo de este afecto del Padre por el Sumo Pontífice. Durante una audiencia, en un determinado momento, quiso besar los pies de Pío XII. El Papa le dejó besar uno, pero no quiso que le besara el otro. Entonces el Padre insistió filialmente expresando al Santo Padre que era aragonés y, como todos los aragoneses, tozudo.

Pío XII manifestó su aprecio por el Fundador del Opus Dei en muchas ocasiones. Al cardenal Gilroy y a su obispo auxiliar les confió: “Es un verdadero santo. Un hombre enviado por Dios para nuestros tiempos”. El auxiliar, Mons. Thomas Muldeon, después de la muerte del Padre, consignó este recuerdo en un testimonio escrito.

En una entrevista periodística (Conversaciones, num. 229), el Fundador recordó que, en cierta ocasión, animado por el carácter afable y paterno de Juan XXIII, le dijo: en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Su Santidad… Y el Papa se reía, emocionado, pues sabía que desde 1950 la Santa Sede había autorizado al Opus Dei para admitir como cooperadores a los no católicos e incluso a los no cristianos.

–Sucedió en la primera audiencia que Juan XXIII concedió al Fundador, el 5 de marzo de 1960. El Santo Padre era muy afable y sencillo, lo que facilitaba a sus interlocutores confidencias fuera de todo protocolo. Además, en aquellas audiencias papales, también cuando debía tratar de asuntos importantes, no dejaba de contarle hechos que pudieran alegrarle. Recuerdo que pocos días después de su llegada a Roma le recibió Mons. Montini, entonces Sustituto de la Secretaría de Estado. Nuestro Fundador le habló extensamente de la Obra, y le contó algunas anécdotas apostólicas. Mons. Montini aseguró que enseguida se las referiría al Santo Padre: “Aquí llegan solamente penas y dolores, y el Papa se alegrará mucho cuando conozca tantas cosas buenas que están haciendo ustedes”.

Al término de aquella primera audiencia, Juan XXIII le confió que las explicaciones del Padre sobre el espíritu de la Obra le habían abierto “insospechados horizontes de apostolado”.

A la audiencia privada concedida por Juan XXIII el 27 de julio de 1962, le acompañó don Javier Echevarría. Fue una conversación a solas, entre el Papa y el Fundador del Opus Dei. Sé que hablaron largamente sobre el espíritu y la actividad de la Obra en el mundo, y que pocos días después, el 12 de junio de 1962, el Padre escribió una carta a todos sus hijos del mundo entero pidiéndoles que se unieran al agradecimiento que en justicia sentía hacia Juan XXIII, por haberle ofrecido una vez más el honor y la gloria de ver a Pedro. Debo añadir que nuestro Fundador me habló muchas veces, con gran admiración, de las virtudes sacerdotales del Papa Roncalli.

Durante la dolorosa enfermedad de Juan XXIII, Mons. Angelo Dell’Acqua contó al Padre –le manifestó siempre gran confianza– algunos detalles de cómo cuidaba al Papa. Por ejemplo, mientras estaba junto a la cabecera de su lecho, el Papa le tomaba la mano, y cuando hacía gesto de irse y le soltaba, exclamaba: “Angelino, no me dejes”. El Padre se entristecía al pensar en la soledad en que se encontraba el Papa y daba las gracias de todo corazón a Mons. Dell’Acqua, que, con los más íntimos colaboradores de la casa pontificia, atendían con tanto cariño al Papa Juan XXIII durante sus últimos días.

Por detalles precedentes se intuye que la estima de Pablo VI al Opus Dei y a su Fundador eran anteriores a su elevación al Pontificado.

–Basta recordar que, una vez obtenida la aprobación pontificia del Opus Dei, me pareció oportuno pedir a la Santa Sede, en calidad de Procurador General y en nombre del Consejo General de la Obra, el nombramiento de Prelado doméstico para nuestro Fundador. El entonces monseñor Montini no sólo aprobó mi iniciativa, sino que la hizo suya. Estábamos al comienzo de 1947.

Como conocía bien la humildad del Padre, hice las gestiones sin informarle previamente. En la primavera de ese año llegó una carta de Mons. Montini con el nombramiento del Fundador del Opus Dei como Prelado doméstico. Estaba fechado el 22 de abril de 1947. Mons. Montini alababa al Opus Dei y a su Fundador, y añadía que la Obra era una esperanza para la Iglesia.

El Padre se sintió reconocido, pero me dijo que no quería aceptar y que, con toda su gratitud, pensaba devolver el documento de nombramiento a Mons. Montini explicándole que no deseaba ninguna distinción honorífica. Don Salvador Canals y yo le pedimos que no lo hiciera, y el argumento decisivo fue que con ese nombramiento se mostraba de modo aún más patente la secularidad del Opus Dei. Entonces cambió de parecer y escribió una carta al Sustituto de la Secretaría de Estado manifestando su gratitud por aquella prueba de afecto del Santo Padre y suya. Después nos enteramos de que Mons. Montini había tenido también la delicadeza de pagar de su bolsillo las tasas por el nombramiento.

Pude comprobar de modo particularísimo el afecto de Pablo VI al Padre cuando me recibió después de haber sido llamado a suceder al Fundador. Pablo VI me habló del Padre con admiración y dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma, y me preguntó a qué edad lo había publicado nuestro Fundador. Le respondí que lo había dado a la imprenta cuando tenía treinta y siete años, pero precisé que el núcleo del libro ya había aparecido con el título de Consideraciones espirituales en 1934, y lo había redactado un par de años antes, es decir, a la edad de treinta años. El Papa se quedó un momento pensativo y después observó: “Entonces lo escribió en la madurez de su juventud”.

Aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquella visita de Pablo VI al Centro Elis el 21 de noviembre de 1965, día de su inauguración. Los edificios que se levantan en el popular barrio romano del Tiburtino nacieron por iniciativa de Juan XXIII, quien decidió destinar la suma recogida entre católicos de todo el mundo con motivo del ochenta cumpleaños de Pío XII a la creación de una obra social en Roma, confiando el proyecto, la realización y la gestión al Opus Dei. De ahí surgió una estructura polivalente, compuesta por una residencia para estudiantes obreros, un centro de formación profesional con varios programas de especialización técnica y artesanal, una biblioteca, un centro deportivo y una escuela de hogar con todas las actividades necesarias para la promoción de la mujer. Junto al Elis está la iglesia parroquial de San Giovanni Battista al Collatino, confiada a sacerdotes del Opus Dei. El Papa se entretuvo en la visita bastante más tiempo del previsto. Celebró la Santa Misa, bendijo una imagen de la Virgen destinada a la Universidad de Navarra y visitó detenidamente los locales del centro. Al terminar abrazó al Fundador y visiblemente emocionado, exclamó. “Aquí todo es Opus Dei”. Fue un signo de gran consideración hacia la Obra y el Padre, sobre todo teniendo en cuenta que en aquel momento las visitas del Pontífice eran rarísimas; y Pablo VI quiso que la inauguración del Elis se fijase durante la fase final del Vaticano II, para facilitar así la participación de muchos Padres Conciliares en la ceremonia, como sucedió de hecho.

¿Cuál fue el último encuentro del Fundador con Pablo VI?

–Tuvo lugar el 25 de junio de 1973, con unas características singulares, inolvidables. El Padre habló al Papa de temas muy sobrenaturales, y le puso al día sobre el desarrollo de la Obra y los frutos que el Señor concedía en todo el mundo. Pablo VI se alegró mucho, y a veces le interrumpía dejándose llevar por algún elogio o simplemente exclamando: “Usted es un santo”. Lo sé porque, al terminar la audiencia, vi que el Padre tenía un aspecto más bien apesadumbrado, casi triste. Le pregunté el motivo, pero en un primer momento no quiso responderme. Después me contó que el Papa le había dicho aquellas palabras y se había llenado de vergüenza y de dolor por sus propios pecados hasta el punto de protestar filialmente al Papa: No, no. Vuestra Santidad no me conoce. Yo soy un pobre pecador. Pero el Papa le insistió: “No, no, usted es un santo”. Entonces el Fundador replicó lleno de emoción: En la tierra no hay más que un santo: el Santo Padre.

Por otra parte, Mons. Carlo Colombo, asesor teólogico y amigo personal de Pablo VI, ha testimoniado que el Santo Padre le animó a escribir la carta postulatoria para la apertura del proceso de beatificación del Fundador del Opus Dei. Estas son sus palabras: “En el curso de un encuentro con Pablo VI, donde se trataron varios temas, tuve la oportunidad de expresar al Pontífice mi intención de dirigir una carta postulatoria solicitando el inicio del proceso canónico que introdujese la causa de Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Sentí el deber de comunicar al Papa que pensaba dirigirle una carta postulatoria, que no habría escrito si personalmente no hubiera tenido serios motivos para hacerlo: no podía permitirme defraudar la íntima confianza que me tenía el Papa. Pablo VI me dio su pleno asentimiento y aprobación, por la gran estima que sentía por el Siervo de Dios, de quien conocía el gran deseo de hacer el bien que le movía, su amor ferviente a la Iglesia y a su Cabeza visible, y el celo ardiente por las almas”.

Estuve presente, con un grupo de miembros del Opus Dei de varios países, en la Misa que Juan Pablo II celebró para nosotros el 19 de agosto de 1979, donde pronunció la inolvidable homilía en la que dijo, entre otras cosas: “Gran ideal, verdaderamente, el vuestro, que desde sus comienzos ha anticipado aquella teología del laicado que caracterizaría después a la Iglesia del concilio y del postconcilio”. Escuchar directamente al Sucesor de Pedro este elogio de nuestra espiritualidad y de nuestro “ser Iglesia”, me conmovió, a mí y a todos los presentes, y nuestra mente se dirigió al Fundador, que no tuvo oportunidad de conocer al futuro Juan Pablo II, un Papa cuyo nombre está ligado a la historia de la Obra.

El Fundador del Opus Dei ha sido considerado, pues, un precursor del Concilio Vaticano II, aunque no participó personalmente en el Concilio.

–El Padre se alegró mucho por la convocatoria del Concilio Vaticano II y, apenas Juan XXIII la hizo pública, le envió inmediatamente una carta llena de gratitud. Entre otras cosas, preveía que el Concilio colmaría la laguna teológica sobre el papel de los laicos en la Iglesia, como de hecho sucedió.

Pensó que podían convocarle en calidad de presidente general de un Instituto Secular, pues ésa era entonces la configuración jurídica del Opus Dei. En ese caso debería participar como Padre Conciliar junto a otros superiores de Instituciones incluidas en el estado de perfección. Aunque deseaba muchísimo intervenir personalmente en las reuniones conciliares, no le pareció conveniente tomar parte a título de presidente de un Instituto Secular. De hecho podría significar, si no la aceptación de un estatus jurídico inadecuado a la naturaleza de la Obra, al menos un dato que constituiría un precedente poco favorable para la futura revisión del encuadramiento canónico del Opus Dei. Expuso a la Curia los motivos por los que no consideraba prudente participar en el Concilio, y su decisión fue bien comprendida.

Entonces Mons. Loris Capovilla le invitó a intervenir como perito del Concilio, trasladando el deseo del Santo Padre Juan XXIII. Nuestro Fundador reiteró una vez más su disponibilidad total e incondicionada, pero, después de haber agradecido la invitación, explicó las razones por las que preferiría no aceptar, sometiéndose, en todo caso, a la decisión del Papa. En resumen eran éstas: por un lado, no podría dedicar a esta misión todo el tiempo necesario; por otro, varios hijos suyos obispos eran Padres Conciliares, y resultaría chocante que interviniese como un simple perito: no se trataba ciertamente de una actitud de vanidad, sino del deseo de evitar malentendidos a la Santa Sede. Si el Fundador del Opus Dei hubiese aceptado el nombramiento de perito, tras haber rehusado el de Padre Conciliar, alguno podría pensar que lo que buscaba era moverse entre bastidores. En cambio, los que no estaban al corriente de la situación podrían pensar que al Opus Dei no se le concedía ninguna importancia eclesial.

Al mismo tiempo, nuestro Fundador ofreció a la autoridad eclesiástica competente la colaboración de toda la Obra y de sus miembros, muchos de los cuales, efectivamente, participaron en la preparación y desarrollo del Concilio.

Por lo a que mí se refiere, me exhortó a aceptar varios nombramientos de diversas Comisiones del Concilio y a poner todo mi empeño en esta tarea. Al comienzo de los trabajos fui nombrado perito conciliar, Secretario de la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano, dentro de la cual tuve que intervenir muy activamente.

Es la Comisión que elaboró el decreto Presbyterorum Ordinis

–Exacto. Además fui nombrado consultor de otras tres comisiones conciliares (para los obispos y el régimen de las diócesis; para los religiosos; para la doctrina de la fe; también consultor de la comisión mixta para las asociaciones de fieles) y consultor de la comisión para la revisión del Código de Derecho Canónico. Concluidas las actividades de la Asamblea Ecuménica, recibí el nombramiento de consultor de la comisión postconciliar para los obispos y el gobierno de las diócesis.

Durante el desarrollo de las sesiones conciliares, junto a los resultados positivos y sugerentes, que se condensarían en los documentos definitivos, también hubo discrepancias y confusiones a menudo amplificadas por los periódicos. Esas tensiones hacían sufrir a Juan XXIII y a Pablo VI, como Mons. Dell’Acqua confiaba a nuestro Fundador. Es necesario aclarar que la confianza que este prelado manifestaba a nuestro Fundador, de la que es prueba evidente la abundante correspondencia de este periodo, no era simplemente fruto de la íntima amistad que les unía, sino que el propio Santo Padre animaba al Sustituto de la Secretaría de Estado en esa línea; de esta forma se estableció un canal de comunicación directo, siempre abierto, entre el Papa y nuestro Fundador.

En los tres años de Concilio, sin contar el período preparatorio, nuestro Fundador se entrevistó con muchos Padres Conciliares, peritos, etc. A veces, les invitaba a comer en nuestra sede central; otras, iba a buscarlos a las casas donde se alojaban, casi siempre para devolverles la visita. Hubo días en que recibió más de media docena de visitas, y no le resultaba nada fácil sacar, de sus ocupaciones de gobierno en la Obra, el tiempo necesario para acoger debidamente a esos cardenales, arzobispos, obispos, nuncios, teólogos, etc.

Yo estuve presente en muchas de estas entrevistas, y pude observar con qué sencillez y afabilidad trataba el Padre a quienes venían a verle. Por ejemplo, Mons. François Marty, entonces arzobispo de Reims, que luego sería Cardenal Arzobispo de París, escribió: “En la época del Concilio Vaticano II tuve ocasión de encontrarme varias veces con Mons. Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. De aquellas conversaciones tengo el recuerdo de un hombre que sólo hablaba de Dios. Un rato de charla con él era como un rato de oración. Esto era compatible con su buen humor, con su sentido sobrenatural, con su caridad llena de cariño”.

También Mons. Abilio del Campo, Obispo de Calahorra, ha dejado este testimonio: “Creo con sinceridad que Josemaría contribuyó decisivamente a clarificar doctrinalmente muchos puntos en los que las luces que había recibido de Dios y su extraordinaria experiencia pastoral en el mundo del trabajo eran casi insustituibles. Fueron muchos los Padres conciliares que, apoyándose de su amistad, pudieron recoger sus atinados consejos”.

Imagino que algunos de estos consejos procurarían también defender la ortodoxia católica en aquella época en que un malentendido “espíritu conciliar” sembraba cierta confusión

–Es significativo el testimonio de Mons. Giacomo Barabino, entonces Secretario del Cardenal Siri, y hoy obispo de Ventimiglia, que declaraba: “Su defensa de la ortodoxia no procedía de un espíritu conservador, de cerrazón mental o rigidez de carácter. Tenía una evidente preocupación por asegurar la ortodoxia y las estructuras vitales, divinas de la Iglesia; pero no era menos evidente su espíritu de apertura e innovación: me entusiasmaba oírle hablar de cómo era necesario secundar, cada uno desde su sitio, con fidelidad al propio carisma dentro de la Iglesia, la corriente santificadora que el Espíritu Santo derrama en el pueblo de Dios, en cada uno de los fieles, llamados a la plenitud de la vida cristiana. Dentro de su audaz apertura subrayaba la condición misionera de la Iglesia en todos los ambientes, incluso en los más difíciles. Se trataba de una realidad que vivía a diario: la coherencia con la idea fundamental de la que había partido, la vocación universal a la santidad, idea vigorosa que aplicaba continuamente con una elasticidad verdaderamente admirable a las exigencias de los tiempos y al desarrollo de la Iglesia entre los hombres”.

Debió de ser muy grande la emoción de Mons. Escrivá de Balaguer al ver confirmada por el Concilio y convertida en patrimonio de toda la Iglesia aquella intuición que el Señor le había confiado el 2 de octubre de 1928…

–Desde luego. Poco después de la clausura del Concilio solía repetir: Hijos míos, hemos de estar contentos al acabar este Concilio. Hace treinta años, a mí me acusaron algunos de hereje, por predicar cosas de nuestro espíritu, que ahora ha recogido el Concilio de modo solemne. Y en una entrevista concedida a L’Osservatore della Domenica en 1968 declararía: Una de mis mayores alegrías ha sido precisamente ver cómo el Concilio Vaticano II ha proclamado con gran claridad la vocación divina del laicado. Sin jactancia alguna, debo decir que, por lo que se refiere a nuestro espíritu, el Concilio no ha supuesto una invitación a cambiar, sino que, al contrario, ha confirmado lo que –por la gracia de Dios– veníamos viviendo y enseñando desde hace tantos años. La principal característica del Opus Dei no son unas técnicas o métodos de apostolado, ni unas estructuras determinadas, sino un espíritu que lleva precisamente a santificar el trabajo ordinario (Conversaciones, num.72).

La última piedra

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 9 de enero de 1960 se pone la última piedra de Villa Tevere. No había querido el Padre bendecir la primera piedra, como es frecuente al inicio de las construcciones; prefiere bendecir la última, que representa el final acabado, completo, el trabajo bien hecho y terminado que se ofrece a Dios. Es algo que está en la entraña del espíritu del Opus Dei. En el muro exterior del ábside de un oratorio dedicado a los Santos Apóstoles, los albañiles colocan una lápida pequeña que corona el esfuerzo de más de diez años. Grabada en la superficie se lee esta frase latina:
Melior est finis quam
principium.
IX-Iannuarií-MDCCCCLX

Son las once de la mañana y llueve fino sobre Roma. La calle anuda su ritmo habitual: es el sonido cotidiano de la Vía Bruno Buozzi; ir y venir apresurado de las gentes. A pocos metros de distancia, sin solemnidades, en la absoluta normalidad de un día cualquiera, se pone y bendice la piedra final de estos edificios. Un momento más, el último, de las obras de “Villa Tevere”. El Padre ha rezado un Te Deum en acción de gracias. Es la rúbrica litúrgica de este día tan esperado.

«Soy poco aficionado a las solemnidades; tenemos una vida poco solemne, pero coherente. De esta manera haremos lo que hemos dicho tantas veces: hacer de la prosa diaria, endecasílabos, versos heroicos»(41)

El Acta que ha leído don Álvaro en la brevísima ceremonia queda depositada en el muro, junto con un puñado de monedas, las más pequeñas en circulación, de los países en los que hay miembros del Opus Dei. El Señor y su Iglesia tienen aquí un instrumento eficaz que facilitará la extensión de la Obra y, con ella, el amor de Jesucristo.

Al recorrer esta Villa romana por la que tanto se ha rezado, sufrido y trabajado, llaman la atención la solidez y el buen gusto. Pero una mirada más atenta descubre tras la seriedad de muros y estancias, una presencia entrañable, un repetido gesto de amor que aparece en los pequeños detalles.

En muchos ángulos, las fotografías de quienes se han marchado lejos para abrir los caminos de Dios y de la Obra por el mundo. Algunas vidrieras, de colores y diseños simples, recogen una iconografía llena de fuerza y gratitud: la Anunciación de la Virgen en una gallería; un ángel, con el escudo embrazado, protegiendo a la Obra; San Rafael, con su pez colgado, marchando junto a Tobías. Cuadros, alusivos, evocan momentos históricos que el Opus Dei no olvidará nunca. Representan las etapas por las que ha pasado la Obra de Dios en su camino de la tierra.

En el Cortile dei Cantori hay una greca de mosaico que representa unas cadenas rotas. Al descubrirlas por primera vez, alguien pregunta al Padre:

-«¿Por qué están las cadenas rotas?».

-«Porque ni tú ni yo estamos encadenados. ¡Nos ata sólo el amor de Cristo! »(42).

Los detalles recios y gratos se multiplican. No hay un rincón sin arreglar, un descuido sobre aquello que la generosidad de Dios ha puesto en sus manos. Se estira la duración de las cosas hasta el límite, manteniendo siempre su aspecto digno.

Hay inscripciones que conmemoran momentos importantes, como una lápida en el. cuarto de trabajo de don Álvaro, donde el Padre concluyó los Estatutos de la Obra, o la que recuerda las bodas de plata en el sacerdocio de Monseñor Escrivá de Balaguer. Una imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, está colocada, para un bello encuentro, en uno de los vestíbulos. La de Sancta Maria Stella Maris en un aula, con la invocación escrita por el Padre en el sobre de la primera carta que llegó a Roma del Japón.

Otros objetos que tienen su pequeña y simpática historia, se dispersan también por la casa, como la vitrina, llena de pequeños borricos de adorno, que han venido desde las más lejanas latitudes. Los hay de cristal, de trapo, de madera, de cerámica… En las actitudes que se le han ocurrido al más imaginativo artista y al más simple artesano. El Padre tiene una gran simpatía por el borrico de noria. Un animal amable, trabajador, silencioso, que juega y se alegra con la fertilidad del campo mientras da vueltas, incansable, al eje que hace llegar el agua hasta las plantas. Un borrico fue el trono de Jesús cuando hizo su último ingreso en Jerusalén:

«Jesús se contenta con un pobre animal por trono. Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo (…), los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma» (43)

Cualquier recuerdo de una hija o de un hijo suyo, cualquier envío entrañable de índole familiar, tiene lugar y aprecio en el espacio de la Villa. Se acumulan, con buen gusto, los mensajes de todo el mundo. Con su carga de alegría y heroísmo, de sencillez y agradecimiento.

Villa Tevere guarda buena parte de la historia de este camino, abierto por Dios como un nuevo brote en la vida siempre fecunda de la Iglesia de Cristo.

Mucho más importante que la casa, para el Fundador, son sus hijas y sus hijos. Junto al sagrario, donde se mantiene permanente la Presencia del Señor, nombra cada día a los que están cerca y a los que han partido lejos, pero que siguen siempre junto a su corazón.

Hoy, 9 de enero de 1960, coincidiendo con el cincuenta y ocho aniversario del Fundador, ha concluido una etapa costosa, llena de sacrificios y de fe heroica. Algo que ya forma parte de la historia y del espíritu de la Obra: «El amor a Jesucristo campea en cada rincón de esta casa»(44)

Santa María, Estrella del Mar

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En noviembre de 1957, Monseñor Taguchi, Obispo de Osaka, se encuentra en Roma. Tiene proyectado un viaje por España y Sudamérica, donde hay colonias de emigrados japoneses con elevado número de fieles católicos. Antes de concluir el año regresará a Japón.

Monseñor Escrivá de Balaguer es amigo suyo. Además, el Cardenal Ottaviani ha explicado al Obispo asiático, con todo detalle, los planes apostólicos del Opus Dei. Le ha dicho que tendrá una gran ayuda cuando la Obra llegue al Japón.

Aprovechando la estancia de Monseñor Taguchi en la Ciudad Eterna, el Padre envía a don José Luis Múzquiz, que también se encuentra temporalmente en Roma, a visitarle.

El Fundador cree que ya es tiempo de que sus hijos crucen otros mares, camino de Oriente, y piensa en don José Luis para iniciar las gestiones que han de llevar a los primeros miembros de la Obra hasta el Japón.

El Obispo japonés recibe, en Roma, la primera visita de don José Luis. Le escucha con amabilidad. Cuando termina de grabar mentalmente los proyectos de la Obra para llevar el mensaje de Cristo a los japoneses, dice:

«Me gustaría que usted llegara a Japón hacia mediados de abril. En esos días estaré yo en Tokyo en una reunión y podré recibirle. Y es la época en que están los cerezos en flor: sacará una impresión más agradable del país» (33).

Cuando el Padre conoce la respuesta, sonríe divertido, por el detalle de cortesía relacionado con los cerezos.

Desde el primer momento, el Fundador y aquellos que van a emprender la aventura de Oriente tienen un hondo respeto al modo de ser del pueblo japonés. Aprenderán más tarde que en el Japón casi todo lo expresan los árboles. El paisaje, verde, con infinitas tonalidades, es como el ritual de un inmenso templo. Las hileras de bosques enteros dibujan la permanente armonía del cosmos. De ahí que Monseñor Taguchi desee al Opus Dei, como un augurio de bienvenida, la nevada belleza de los cerezos en primavera.

A primeros de abril de 1958, don José Luis Múzquiz toma el avión que ha de conducirle a Tokyo. Nada más bajar, en el aeropuerto, tiene la evidencia de haber llegado a un mundo distinto. Felizmente, le espera un muchacho japonés que ha conocido el Opus Dei en Illinois, Estados Unidos, y que ha vuelto a su país de origen.

El Padre tuvo siempre un gran interés en el apostolado con orientales desplazados de su tierra. A los hijos de estos emigrantes, en Japón, se les conoce con el nombre de nissei. Y cuando uno de ellos solicita visado de entrada en el país de sus padres las autoridades estampan, sobre el pasaporte, la siguiente leyenda: «vuelve a su patria»(34). Nadie mejor que ellos para traer a Oriente, junto con la identidad de sangre y de idioma, la eternidad de un Evangelio que ya tuvo raíces muy profundas en la tierra japonesa.

Nada más acomodarse en la ciudad envía su primera carta al Padre. Cuenta todas las impresiones del viaje. Y, entre ellas, algo que será muy importante para las futuras actividades de los miembros de la Obra en Japón: el interés que tienen muchos japoneses por conocer idiomas de ámbito internacional.

La carta saldrá de Tokyo el día 19 de abril, y su llegada a Roma llenará de alegría el corazón de todos. El Padre escribe en el mismo sobre:

«¡La primera carta del Japón! Sancta Maria, Stella maris, fijos tuos adiuva!»(35)

Repite esta frase de oración a la Señora, Estrella del Mar, para que ayude a sus hijos del Opus Dei que irán a Oriente. En 1974, en su catequesis por América, insiste a todos:

«Pedid mucho por Japón (…). Yo quiero mucho a ese país maravilloso de gente trabajadora, ordenada, seria, de una cabeza formidable. Tengo para el Japón todas las alabanzas, pero me da mucha pena que no conozcan la verdadera fe (…). Es un país inmenso: si no por la extensión, sí por el número de habitantes. Conviene que recéis para que el Señor mande muchas vocaciones, y así podáis atraer a Dios a tantos, que con la fe católica harán todavía mucho más bien» (36)

Y más adelante:

«Me emociona pensar en la laboriosidad, en el encanto, en la espiritualidad de todas esas criaturas (…) de aquella tierra bendita, donde llega un momento en el que florecen los cerezos, y todo es poesía. Pero, además, con esa poesía yo quiero que metáis el amor a Jesucristo, la devoción a la Santísima Virgen, que es la flor más hermosa que hay en el Paraíso» (37).

Durante un mes, don José Luis continuará su viaje de trabajo por las grandes islas del archipiélago japonés. Tomará nota de los diversos ambientes. La imagen de sus campos, sus ciudades y sus gentes. Desde el tren, a la salida de Tokyo, ve con claridad la cumbre majestuosa, nevada, del monte Fui¡. Según una leyenda, el Fujiyama es extraordinariamente celoso y suele esconderse detrás de las nubes cuando un extranjero pretende mirarlo. Sólo pueden ver la cima aquellos que miran con ojos sinceros…

Las llanuras están cultivadas con esmero: campos de arroz y muchos árboles frutales. Los pueblos, muy próximos, se envuelven en el humo de las fábricas. Japón es agricultor e industrial. Lo aponés y lo occidental conviven en este país, en cada calle, en cada edificio, en la vida del archipiélago. Su condición de isla no le ha separado, sino que ha contribuido a la unidad de las grandes culturas eurasiáticas. De ahí el espíritu cosmopolita de la civilización japonesa, que llega hasta los últimos márgenes de sus pueblos y ciudades. Esta carencia de grandes extensiones ha contribuido también a modelar sus características de minuciosidad.

Toda esta riqueza de matices será apreciada y transmitida al Padre por don José Luis; así como también el deseo, expresado por varias autoridades católicas, de que la Obra llegue lo antes posible y trabaje en los medios culturales universitarios.

Antes de salir de las islas, cumplirá un último encargo del Padre: besar, en su nombre, la tierra de Nagasaki donde murieron multitud de cristianos.

Después del regreso de don José Luis a Roma, el primer miembro del Opus Dei que llega al Japón es don José Ramón Madurga, que aterriza en estas tierras el 8 de noviembre de 1958; dos meses más tarde, el 18 de enero de 1959, le sigue don.Fernando Acaso. Entre los dos montan el que habrá de ser primer Centro de la Obra en Osaka: situado en Toyonaka, un amplio barrio de esta ciudad que tiene más de un millón y medio de habitantes.

El 8 de abril de 1959 se instala en la casa el primer sagrario del Opus Dei en Asia. Cerca, cruzan los barcos la bahía de Osaka; la ciudad continúa su ritmo incesante de trabajo. En los corazones de un reducido número de hombres alborea hoy, por amor de Dios, la luz del sol naciente.

Además de iniciar en este nuevo país las actividades profesionales que cada uno puede desarrollar de acuerdo con su preparación, empiezan a relacionarse con otras personas a quienes logran interesar en el proyecto de un instituto de idiomas.

En 1960 comienza, en la ciudad de Ashiya, el Seido Language Institute. Su primera sede estará situada en una casa de típico corte japonés. Sobre la entrada, una placa de madera con el primitivo nombre del Instituto de Idiomas: Seido Juku.

Las actividades de este Centro Cultural tratan de poner en contacto a los japoneses con los idiomas y civilización occidentales. Serán numerosísimos, en pocos años, los universitarios y profesionales que asistan a estos cursos; porque Seido no es una isla occidental en un mundo oriental, sino un equipo que ha hecho suyas las necesidades de la sociedad japonesa. Los profesores de inglés, francés, español y alemán ofrecen, a diario, el testimonio de un trabajo serio y concienzudo, de un modo de ser que ha intentado asimilar las esencias y formas del alma japonesa.

Por eso, Seido Juku será también un foco de evangelización entre las personas que asisten diariamente a estudiar idiomas. Esta casa acogerá en sus aulas a doscientos alumnos. Pero pronto hay que proyectar una segunda etapa, con un nuevo edificio capaz para seiscientos. En tres años, estas plazas pasan a convertirse en mil doscientas, con «peligro» de rebasar también esta cifra. La última ampliación contará con la generosa colaboración de todo el personal: el notario, corredor de fincas, intermediarios… No son cristianos, pero conocen ya la labor de Seido. Un empleado trae un puñado de dinero proporcional a medio año de sueldo.

Esta generosidad será agradecida por Dios con el regalo de una nueva fe. En pocos años, el Centro abre a muchos empleados y alumnos las puertas a la Iglesia Católica.

«L’Osservatore Romano» del 4-VII-63, al referirse al Seido Cultural Center, afirmaba:

«El apostolado del Opus Dei, universal por su espíritu y por su difusión en todos los ambientes y en los más diversos países, no podía menos de ser particularmente idóneo para superar las extraordinarias dificultades que la evangelización encuentra en Oriente».

Hoy, el sistema de idiomas utilizado en Seido ha sido adoptado por muchas Escuelas y Universidades japonesas; los libros y material de laboratorio se extienden por los principales centros docentes. Pronto se traduce «Camino» al japonés. Cada uno de sus puntos ha adoptado, con la misma flexibilidad que preside su espíritu, las formas de una escritura que pertenece al lugar del mundo más apartado de Occidente.

El 13 de junio de 1960 parten camino del Japón las primeras mujeres del Opus Dei. Harán el viaje en barco. Al salir de Roma, el Fundador enciende una lamparilla ante la imagen de la Virgen que hay en una de las galerías de la casa. Para pedirle protección durante el camino… Y les ha dicho:

«Cristo vive, Cristo ha resucitado y con Cristo podemos todo. Estoy seguro de que antes de un año me escribiréis y me diréis: Padre, ya tenemos vocaciones»(38).

El deseo del Padre se cumplirá: antes de diez meses, las primeras japonesas habrán solicitado la admisión en el Opus Dei.

El viernes día 17 hacen escala en Port Said. Los vendedores egipcios, con túnica y fez rojo, arman sus puestos de venta sobre cubierta: figuras de marfil, cuero repujado, pantuflas de color vivo…

Por entre el bullicio, Margaret viene radiante con un sobre que acaban de entregarle: son unas líneas desde Roma. Siguen pendientes del viaje. «Hasta que sepamos que estáis en Osaka luce la lamparica junto a la Madonna de la galería»(39).

El 27 de junio el barco entra en el gigantesco puerto de Colombo. Poco después, enfila su proa hacia el mar de la China. Unos días más tarde, Japón aparece a la vista. Cuatro muchachas de pelo muy negro, ojos oscuros y hablar suave las están esperando en el puerto: son las primeras amigas de Osaka. El coche las lleva ahora hacia un barrio residencial: Shukugawa. Y aquí, el primer Centro de la Sección de mujeres en Oriente. En el jardín hay pinos y cerezos. El sol, brillante, ilumina un rótulo que campea sobre la puerta: Shukugawa Juku. Es el 15 de julio de 1960. Al seguir la costumbre de cambiar los zapatos por sandalias para no dañar el suelo, frágil suelo de los pasos japoneses, parecen sonar las palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer en la homilía de la Misa del domingo de Resurrección de 1960 en la Casa Central:

«Firmes, seguras, alegres, sinceras»…

Y las que les dirige unos días más tarde:

«Yo tengo la seguridad completa de vuestra victoria… daréis al Señor el consuelo de ver un fruto espléndido»(40).

El Padre sigue afirmando que su fe, su trabajo, su apostolado personal, tendrán el respaldo del Cielo y la respuesta será un acercamiento de las almas a Jesucristo. Cuando este es el móvil exclusivo, que conduce todo esfuerzo, los resultados siempre son positivos.

El 2 de septiembre, la voz del Padre se dejará oír a través del teléfono: llama desde Londres. Quiere hablar unos segundos con cada una de sus hijas. Y enviarles, una vez más, su bendición para el comienzo de la tarea en Japón.

Carmen Escrivá de Balaguer

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El verano de Roma estalla en los balcones cubiertos de flores. Es el 20 de junio de 1957. Faltan unas horas para el amanecer, y en un hotelito del barrio Prati, a la orilla derecha del Tíber, agoniza Carmen Escrivá de Balaguer. Están junto a ella el Fundador del Opus Dei, su hermano Santiago, don Alvaro del Portillo y don Javier Echevarría. También algunas mujeres de la Obra, que atienden sus últimos días en la tierra.

Hace cuatro años que Carmen y Santiago, los hermanos del Padre, llegaron a Roma. Se acababa de poner en marcha un Centro a unos cien kilómetros de la Ciudad Eterna, en Salto di Fondi, en el que habrían de organizarse cursos de retiro, convivencias, estudios de verano y otras muchas actividades. El Padre llama a su hermana Carmen, que pondrá su trabajo, su experiencia y cariño en la atención doméstica de este nuevo Centro. Carmen, que no ha recibido de Dios la vocación al Opus Dei, no vacilará jamás en la disponibilidad absoluta. Tiene la convicción de que la Obra es de Dios y se sabe instrumento suyo para cooperar en que se realice.

Ahora pone todo su empeño y su trabajo en Salto di Fondi. Hasta el último detalle estará moldeado por su afecto, su visión práctica, su exquisita manera de convertir en hogar los rincones de una casa.

Más adelante, cuando las mujeres del Opus Dei se hagan cargo de la Administración en Salto di Fondi, Carmen y Santiago se instalarán en un hotelito de Via degli Scipioni, 276. Santiago viajará con frecuencia a España en función de su trabajo. A pesar de tanta ausencia, Carmen nunca está sola, porque ha volcado su grande y recia capacidad de ternura sobre una familia numerosa que es el Opus Dei.

Hace algo más de dos meses, en abril de 1957, el médico ha diagnosticado la enfermedad incurable. El Padre se lo comunica a los miembros de las dos Secciones porque, por gracia de Dios, Carmen ha dado su cariño interminable e idéntico a todos.

En la Administración de Villa Tevere se reúne unos minutos con sus hijas para darles algunas noticias. Una, pregunta:

-¿Buenas, Padre?

-Sí, hija mía, buenas, porque la Voluntad de Dios siempre es buena.

Luego les informa de que su hermana Carmen tiene un cáncer hepático y el médico le pronostica dos meses de vida.

Lo ha expresado con firmeza, aunque su gesto transparenta el dolor de la situación. Y les ruega que pidan al Señor su curación si ésa es su Voluntad (15)

Al día siguiente hablará brevemente con quienes forman parte del Gobierno Central de la Sección de mujeres de la Obra. Todas desean atender a Carmen durante su enfermedad, pero el Padre afirma con energía que no puede abandonarse por ningún acontecimiento la dedicación de cada una a su trabajo. Una vez más domina los impulsos de su corazón para poner aquello que el Cielo le ha exigido y a lo que Carmen -de hecho- ha dedicado su vida, por encima de cualquier otra situación familiar o personal.

Es don Álvaro quien comunica el carácter y estado de su enfermedad a Carmen Escrivá de Balaguer. De esta conversación los miembros de la Obra conocen solamente las conclusiones:

«Le dije que, sin un milagro, no se curaría; que a juicio de los médicos le quedaban dos meses de vida, aunque, si el cuerpo respondía, podría sobrevivir algo más, pero no mucho».

Recibió la noticia con tranquilidad, serena, sin lágrimas, como una persona santa de la Obra. Después, comentó llena de paz y de buen humor a Encarnita Ortega: «Álvaro me ha comunicado ya la sentencia»(16).

Efectivamente. Su aceptación tendrá las mismas características que su vida entera. Sencillez, espontaneidad y un heroísmo silencioso que se esconde tras el humor y la sonrisa.

El médico que la atiende comentará que es una de las personas más inteligentes y con mayor riqueza espiritual que ha conocido. Hasta el último día, la enferma agradecerá su cariño, sus cuidados. Envía unos caramelos para los niños, unas plantas de la terraza para su mujer. Cualquier detalle de afecto. Un religioso Agustino Recoleto que le atiende en confesión, está asombrado de su temple e indestructible confianza en Dios.

-«Yo vengo aquí, más que para ayudarla, para edificarme»(17).

La vida en la Sede Central de Roma continúa aparentemente igual. El Fundador no prodiga las visitas a su hermana, a pesar del enorme cariño que siente por ella. Da ejemplo de serenidad y desprendimiento a la hora de entregarle a Dios su tiempo, su actividad y sus amores en la tierra.

Durante dos días, Carmen agonizará en Roma. El Padre, de rodillas a los pies de la cama y con los ojos fijos en el tríptico que cuelga sobre la cabecera, repetirá una oración que han rezado mil veces de niños, allá en el hogar de Barbastro: «mírala con compasión, no la dejes Madre mía… ».

La enferma sufre y su respiración se hace cada vez más difícil. Pero no le oirán una queja.

-«¿Estás contenta, Carmen? ¿Tienes paz?», le pregunta don Alvaro.

-«Tengo una paz interior muy grande, ¡qué paz!».

El 18 de junio don Alvaro le da la Extremaunción, y el 19 su hermano le administra el Viático. El Padre le dice:

«Pídele al Señor perdón por tus pecados; yo le pido perdón por los míos»(18).

Y, despacio, como quien se siente invitada al heroísmo final de una gran empresa, va ofreciendo sus dolores y molestias por la Iglesia, por el Romano Pontífice, por la Obra y por todas las almas.

A las 3,25 de la madrugada muere. Ha sido una inolvidable lección para cuantos la han conocido. Los ojos de Carmen Escrivá de Balaguer se abren a la luz de la eternidad. Se cierran hoy, bajo el gesto afectuoso de toda la Obra, a los cuidados de la tierra.

La Cripta de Santa María de la Paz, en Villa Tevere, está todavía en construcción, pero se acaba la sepultura con toda la rapidez posible. Con los necesarios permisos de las autoridades eclesiásticas y civiles italianas, Carmen es sepultada en la Sede Central del Opus Dei. Han rodeado su cuerpo las flores que cuidó durante estos años romanos. Los miembros de la Obra velan, en pie de cariño, a esta mujer de 57 años que acaba de partir.

El Padre preside el duelo. El Acta de defunción se encabeza con estas palabras:

«Aquí yacen los restos mortales de Carmen Escrivá de Balaguer, que después de ayudarnos con heroico espíritu de sacrificio desde los comienzos del Opus Dei, descansó santamente en el Señor, el día 20 de junio de 1957»(19).

Muchas personas que mantienen contacto habitual con la Obra sabrán la noticia y enviarán al Padre el testimonio de su recuerdo emocionado. El Cardenal Tedeschini, escribirá al Fundador una extensa carta en la que concluye:

«Con el más vivo afecto pediré por ella, aunque no necesite de mis oraciones; y con ella tendré en mi corazón a usted, que ha ofrecido a Roma la suerte de que Carmen Escrivá de Balaguer se haya hecho romana»(20).

Un año después, el Padre hablaría así de los últimos momentos de Carmen:

«Llevó la enfermedad como una persona santa del Opus Dei. Me da consuelo recordarlo. Antes de morir, le dije que la enterraríamos aquí, en la sottocripta. Y se le ocurrió comentar: oye, si va Santiago, que tenga cuidado, porque aquello está muy frío.

Estaban a su lado, conmigo, don Álvaro, don Javier y el doctor Pastor, que le tomaba el pulso. También estaban presentes Numerarias y Numerarias Auxiliares. Bien se había merecido esa compañía. Yo lloré como un niño, a escondidas, ante el Sagrario, hasta que murió, porque veía que se nos acababa otro tiempo histórico, porque quería muchísimo a mi hermana, y porque pensaba en lo mucho que nos había ayudado, sin tener vocación, como ella decía. Luego, cuando dejó esta tierra, recé un responso y, en cuanto pude, bajé a decir Misa. Estuve con mucha paz y muy contento: contento con la Voluntad de Dios, que sabe muy bien lo que hace. Pero me costó, porque con ella -insisto- se nos iban treinta años de historia de la Obra. Y me costó también porque tengo corazón»(21).

Perú: tierra de misión

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

También el espíritu que el Fundador recibiera el 2 de octubre de 1928 en Madrid, ha llegado ya a las estribaciones andinas. Desde 1955 hay Centros del Opus Dei en Perú. Pero es en abril de 1957 cuando su Santidad Pío XII crea la Prelatura territorial de Yauyos, en el territorio desmembrado de la Archidiócesis de Lima, la confía a sacerdotes de la Obra y nombra Prelado a don Ignacio María de Orbegozo.

Estas Prelaturas, denominadas Nullius, son territorios con clero y pueblo, separados de toda diócesis, y en los que el Prelado ejerce una jurisdicción episcopal. Se trata de un encargo particular de la Santa Sede. El territorio de esta Prelatura comprende Yauyos y Huarochirí. Son las provincias de los Andes con mayor pobreza y peores comunicaciones. Con una extensión de 10.000 kilómetros cuadrados y unos 100.000 habitantes de mayoría católica, en 1957 la situación espiritual y material es mísera. Muchos pueblos no han tenido nunca sacerdote ni han sido visitados por un Obispo desde el siglo XVI.

El Padre comunica en Roma esta concesión de la Santa Sede. Y explica a sus hijos el motivo de que el Opus Dei acuda a ese lugar en la tierra del Perú.

«Cuando la Santa Sede llamó a don Álvaro del Portillo a elegir una zona del Perú para erigir una Prelatura que habíamos de llevar, contestó -porque tiene mi espíritu- que aquella que nadie quisiera. Porque la Obra no ha venido a servirse de la Iglesia, sino a servirla» (10)

En 1957, la Prelatura de Yauyos es un lugar de difícil acceso, en la sierra de Perú, y muy abandonado. Don Ignacio María de Orbegozo, y un pequeño grupo de sacerdotes, dará comienzo a la tarea, en silencio, venciendo los mil obstáculos que la situación, el clima y las circunstancias humanas del lugar han de plantear de modo inevitable.

El 2 de octubre de 1957 el nuevo Prelado toma posesión en Yauyos. El terreno es quebrado y montañoso, sembrado de cerros y punas. Hay que conocer muy bien los senderos para no despeñarse en cualquier desfiladero a 5.000 metros de altura. Pero ninguna dificultad ha impedido que los habitantes de la comarca se reúnan hoy en la plaza y en los caminos de acceso. Han traído flores de sus montañas y el suelo está cuidadosamente lleno de retamas: la planta típica de la región. Con el pueblo, las autoridades y el Nuncio de su Santidad. Estos indios son descendientes de los quechua (pueblo del valle cálido), cuyo idioma sobrevive a la cultura de los incas, una de las más importantes de América.

Ocupan completamente la iglesia de Yauyos mientras el Nuncio lee en voz alta la Bula de la Santa Sede. Después de oficiar la Santa Misa, todos los sacerdotes presentes cantan el Te Deum.

Monseñor Orbegozo se dirige por primera vez a sus fieles de Yauyos: con sencillez, con las manos abiertas a sus problemas humanos, a sus necesidades materiales y espirituales.

Les habla de su presencia allí. De lo que le ha llevado hasta Perú. Del Opus Dei, que ha nacido veintinueve años antes, en un 2 de octubre como éste. Les habla del Padre, y les pide que este día recen por el Fundador de la Obra.

Por la noche, un telegrama de Monseñor Escrivá de Balaguer llegará, desde Roma, para bendecir y ayudar este apostolado que comienza. Ha pasado el día unido a Yauyos y con la esperanza puesta en este rincón del mundo.

Durante los próximos años, don Ignacio y el grupo de sacerdotes que le acompañan, recorrerán a pie, o a lomos de un mulo, de día y de noche, toda la región hasta conocerla como la palma de la mano. Ni el soroche (mal de montaña) ni los peligros naturales de la zona conseguirán frenar su trabajo.

En la Navidad de 1959 escribe, recordando uno de sus viajes andinos:

«Los cerros recortaban sus crestas en el firmamento, y sus picos audaces estaban ya más altos que la luna. Y allá arriba, las estrellas (…). ¡Qué maravilla! Pensé en aquellas palabras del Evangelio de San Juan: Por El fueron hechas todas las cosas. Y seguí pensando, y cantando bajito un villancico y otro (…). Llegué a casa. Arrodillado junto al Sagrario, y a los pies de la Virgen, acabé esta correría, que me ha llevado una vez más al convencimiento de que también esta dura y difícil parcela andina será tierra de santos»(11) .

Los primeros sacerdotes que acompañaron a Monseñor Orbegozo tendrán que multiplicarse para llegar a los lugares donde se solicita su presencia. En menos de diez años las Comuniones pasarán de 300 a 4.000. Cerca de 30 sacerdotes ejercen su ministerio en la Prelatura territorial de Yauyos. Se han visitado 10.000 enfermos y se ha predicado en más de 60.000 ocasiones. Se han reparado 153 iglesias y 34 están levantándose de nueva planta.

En 1963 da comienzo un pre-seminario en el colegio Nuestra Señora del Valle. Como consecuencia del trabajo sacerdotal por los pueblos, llegan los primeros alumnos. En 1978 se ordenarán los primeros sacerdotes que, en 1982, ya son dieciocho.

En 1967 se inicia Valle Grande, una obra corporativa del Opus Dei destinada a la promoción de los campesinos, gracias a la puesta en marcha de Programas de Formación en Técnicas Agropecuarias. Con categoría de Instituto Rural, prestan servicios en esta obra de formación, ingenieros agrónomos, veterinarios y técnicos agrícolas. Valle Grande tiene su sede material en San Vicente de Cañete. Cañete fue añadida a la Prelatura de Yauyos en 1962. Desde sus comienzos, asumirá el reto de la promoción técnica, social y humana de los campesinos pobres. La formación espiritual está confiada al Opus Dei.

La prensa se hará eco de esta labor eficaz y silenciosa de los sacerdotes de la Obra. Quince años más tarde escribe un periódico:

«Los 40.000 habitantes del territorio reciben el cultivo de una pastoral intensa, en condiciones naturales difíciles, por parte de veintiún sacerdotes del clero diocesano (…).

Pueden estar contentos aquellos sacerdotes… En verdad, cuatro diáconos que tocan ya con sus manos el presbiterado, más de veinte alumnos -y bien escogidos y formados, por cierto- en el Seminario Mayor y un centenar largo de adolescentes cultivados con esmero hacia el sacerdocio; y todo ello en medio de unas parroquias trabajadas intensamente y con espíritu apostólico; son seguro presagio del futuro de una gran diócesis sacerdotal y misionera» (12).

Una de las actividades de Valle Grande adquiere pronto categoría de labor cultural de gran extensión, desafiando la altura de las montañas. «Radio Estrella del Sur» transmite para un territorio de 15.000 kilómetros cuadrados toda una serie educativa que les pueda ayudar a mejorar su oficio, su formación personal, su comunicación con el mundo. Algunos miembros y amigos del Opus Dei, colaboradores habituales del Instituto Rural, se encargan de montar los programas y de la atención a miles de personas que siguen, regularmente, las clases que llegan por el aire.

Un día el Fundador muestra en Roma a don Ignacio el modelado en barro que están haciendo para una imagen de la Virgen en cemento policromado, que resista todos los rigores del tiempo. Se la quiere regalar a la Prelatura territorial andina.

Don Ignacio escribe, entusiasmado, a los sacerdotes que ha dejado en aquel rincón de América:

«Envío una foto de la Santísima Virgen que por encargo -directísimo, personalísimo- del Padre están esculpiendo para nosotros: la foto es del negativo en barro y, en este momento, ya han hecho el molde en yeso. Enseguida harán el vaciado (…) para terminar dejando una maravilla. ¡Es preciosa!»(13)

En noviembre de 1965 será instalada solemnemente en la ermita que se ha construido para Ella en los terrenos del Seminario menor de la Prelatura. El césped y los árboles llegan hasta la verja. Siempre hay flores frescas en los jarrones de hierro. Las envuelve el contorno en un marco verde, apacible; el confín es el valle entero de Cañete.

Desde Brasil

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Brasil es una generosa tierra que ha sabido acoger y adaptar sus posibilidades a todo tipo de inmigración: blancos, amarillos, negros, mestizos de varias tonalidades y hasta un rastro de indio aborigen de las orillas amazónicas.

Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer tenga la oportunidad de hablar con los brasileños, durante su viaje en 1974, les dirá:

«Hay mucho trabajo, mucha labor que hacer en Brasil. Y hay muchas almas buenas. Vosotros tenéis en el corazón el fuego de Dios, el que Jesucristo vino a traer a la tierra, y hay que pegarlo a otros corazones. Tenéis simpatía y bondad, capacidad humana y sobrenatural para hacerlo»(8).

Tomando el símil de la fecundidad de esta tierra, les anima a hacer una generosa siembra apostólica:

«Me contaron que habéis plantado no sé dónde las maderas de una portería de fútbol, ¡y les han salido ramas! De modo que, con un poquito de empeño y de buena voluntad, con un poquito de cariño… »(9).

Está diciendo a sus hijos, ya numerosos, que han de llevar el espíritu del Opus Dei a todas partes: en Brasil y desde Brasil.

Buena frase para un pueblo que sabe mucho de conquistas y trabajo frente al obstáculo de la selva, a través de la oscuridad y el peligro. Para esta heterogénea sociedad que forja la grandeza y diversidad de su futuro.

Los primeros miembros del Opus Dei arriban al Brasil en marzo de 1957. Algún tiempo después montan en Sáo Paulo la Residencia de estudiantes que habrá de llamarse Pacaembu.

El día 19 de septiembre, a las once de la mañana, el barco que trae a Brasil a las primeras mujeres del Opus Dei entra en la bahía de Río de Janeiro. El Páo de Accucar se refleja en el espejo de un mar manso y azul. Allá arriba, el Corcovado se empina hasta 709 metros de altura. Desde su cumbre, la estatua del Corazón de Jesús, con sus cuarenta metros, abre los brazos sobre esta región inmensa.

Les sorprende todo en esta nueva tierra que ya es la suya. Las cartas que envían al Padre hablan de esta ingente labor que se adivina a las puertas. Y del espíritu formidable de un pueblo, hecho con muchos pueblos, y que lucha por la conquista del suelo y del trabajo. En 1960 se abre el primer Centro de la Sección de mujeres en Sáo Paulo. Desde el Brasil, el mundo está a la vista.

Vocación docente

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Los primeros miembros del Opus Dei recuerdan la pasión con que el Padre estudiaba la posibilidad de establecer centros docentes. Juan Jiménez Vargas oyó de sus labios una clarísima exposición acerca de estas iniciativas en el ámbito de la enseñanza.

Serían promovidas por algunos de los miembros de la Obra dedicados profesionalmente a la docencia, ya que otros muchos preferirían seguir trabajando en áreas del Estado o de entidades privadas. «Puedo asegurar -concluye- que, cuando me hablaron del planteamiento de la Universidad de Navarra, casi veinte años después, no me sorprendió nada, porque era idea conocida». El propio Fundador expone así el proyecto de la Universidad de Navarra: «Surgió en 1952 -después de rezar durante años: siento alegría al decirlo- con la ilusión de dar vida a una institución universitaria, en la que cuajaran los ideales culturales y apostólicos de un grupo de profesores que sentían con hondura el quehacer docente. Aspiraba entonces -y aspira ahora- a contribuir, codo con codo con las demás universidades, a solucionar un grave problema educativo: el de España y el de otros muchos países, que necesitan hombres bien preparados para construir una sociedad más justa» (19)

«Esta es una Universidad más de España. Yo amo a la Universidad: me honro de haber sido alumno de la Universidad española»(20).

Efectivamente, su licenciatura en Zaragoza, los estudios eclesiásticos en su Universidad Pontificia, los años de profesor en Zaragoza y Madrid así como los Doctorados civiles y teológicos, las investiduras Honoris Causa en Filosofía y Letras y los nombramientos de Gran Canciller de Navarra y Piura, avalan su total dedicación a la Universidad. Y, sobre todo, la entrega de su esfuerzo a la formación de una juventud que acude a las aulas de todo el mundo.

Monseñor Escrivá de Balaguer es, en el sentido más total de la palabra, un universitario. Un hombre universal que se enfrenta a empresas de envergadura con el espíritu de los magnánimos:

«Miremos con ánimo grande hacia el porvenir. Ayudar a forjarlo es labor de muchos, pero muy específicamente empeño vuestro, profesores universitarios. No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los sabores, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes»(21).

El ideal cristiano no se aparta de los problemas que afectan a una sociedad y en un momento histórico, sino que contribuye a resolverlos, precisamente, desde el espíritu cristiano.

Este es el motivo por el que la Obra, corporativamente, se implica en diversas iniciativas. Pero con un criterio claro de que el Opus Dei aborda actividades que constituyan, de modo evidente, un apostolado cristiano.

En «Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer», el Padre concluía:

«Para llevar adelante estas labores se cuenta en primer lugar con el trabajo personal de los miembros, que en ocasiones se dedican plenamente a ellas. Y también con la ayuda generosa que prestan tantas personas, cristianas o no. Algunos se sienten movidos a colaborar por razones espirituales; otros, aunque no compartan los fines apostólicos, ven que se trata de iniciativas en beneficio de la sociedad, abiertas a todos, sin discriminación alguna de raza, religión o ideología» (22).

Emprende la tarea de promover la Universidad de Navarra, convencido de que el Señor quiere este servicio a la cultura cristiana; con la confianza de que vale la pena iniciarlo con decisión y generosidad, y que no pueden faltar los medios para llevarlo a cabo; y con un amor muy grande a las almas, capaz de superar las dificultades de todo género que habrán de presentarse.

Con este esquema para el futuro centro docente, llegan a Pamplona, en 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda. Pamplona es una ciudad con dos mil años de historia, con gentes de ruda sinceridad y lealtad probada. Parece un símbolo que Navarra haya sido elegida por el Padre para levantar este empeño porque, ya en 1652, dice la ley 42 de la Corte:

«Y ansi el hacerse la Universidad de Navarra, y con toda presteza, no sólo es de gran servicio a Dios Nuestro Señor sino bien público y común de este Reyno».

Los dos profesores llegan en el mes de abril y se entrevistan con las autoridades civiles y eclesiásticas. Cuentan con las dificultades. Entre otras, tal vez la más importante: conseguir la aceptación de un proyecto docente que rompe con el sistema de monopolio estatal, vigente en materia universitaria desde hace más de cien años. Se remonta a medio siglo el tiempo desde el que no se ha creado una nueva Universidad en España, y no parece sentirse necesidad alguna de aumentar las existentes.

Por si esto fuera poco, no se cuenta con medios económicos para constituir un patrimonio ni para afrontar la financiación de los terrenos, edificios e instalaciones imprescindibles. Tampoco se ve la forma de atender el déficit de sostenimiento: la cuantía de los derechos de inscripción de los estudiantes es muy baja y es de prever un presupuesto fuertemente deficitario.

Pero la fe sobrenatural del Padre y el ímpetu del Amor de Dios que le mueve, en éste como en todos los apostolados que emprende, les contagia e impide cualquier vacilación ante un proyecto que a muchos puede parecer locura. A ninguno de sus hijos se le plantea duda alguna acerca de si va a salir o no adelante la Universidad de Navarra.

En el mes de abril de 1952, don Amadeo de Fuenmayor y don José María Albareda comunican a don Enrique Delgado, entonces Obispo de la ciudad navarra, el deseo de Monseñor Escrivá de Balaguer de promover en Pamplona un centro de enseñanza superior. En julio volverán, para presentarle al que va a ser Director del Centro: Ismael Sánchez Bella.

El primer mes que Ismael pasa en Pamplona lo dedica íntegramente a la búsqueda de un local apropiado para empezar las clases. La Diputación, que había prometido amplia ayuda económica unos meses antes, acuerda conceder 150.000 pesetas «por dos años y a prueba». Ante esta oferta, a Ismael no le parece prudente dar un paso más sin consultar al Padre la posibilidad de llevar el proyecto universitario a otra ciudad donde se pueda encontrar más ayuda. Pero el Padre le anima a seguir y observa:

«Nunca nos han regalado nada: hay que ganárselo»(23).

La Diputación accede a que la Facultad de Derecho, con la que va a dar comienzo la vida universitaria en la ciudad, pueda instalarse provisionalmente en la Cámara de Comptos Reales. Se trata de un edificio del siglo XVI, antigua Casa de la Moneda y Tribunal de Cuentas del Reino.

También los profesores, nueve en total, de los cuales cuatro son navarros, consiguen alquilar un piso en una calle céntrica y próxima a la futura sede universitaria. El 13 de septiembre de 1952 pasarán a ocuparlo. Es la víspera de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Apenas hay en todo el inmueble algo más que una silla para cada uno. Pero Ismael tiene la suerte de estar rodeado de un pequeño grupo de optimistas incontenibles.

Los días que preceden a la inauguración de la Escuela de Derecho son de gran actividad. Hasta altas horas de la noche se estará trabajando en la Cámara de Comptos. Amanece, por fin, la mañana del día 17 de octubre y, con ella, los imprevistos…, las togas a punto, el borrador de una conferencia, los últimos detalles de instalación…

A las diez y media, se celebra la Misa del Espíritu Santo en el altar de la Virgen del Camino, Patrona de Pamplona. Luego, el cortejo se traslada a la Cámara de Comptos Reales. Aquellas habitaciones, llenas de polvo y con aire de museo histórico, han recuperado su brillantez de otros tiempos: bancos tapizados de terciopelo rojo, mesas de estilo español. Y, al frente, un repostero bordado en colores brillantes: en pie, la figura del Arcángel San Miguel que sostiene en sus brazos el escudo de Navarra, cruzado por las cadenas del Rey don Sancho. Alrededor, unas palabras circunvalando el dibujo: Estudio General de Navarra.

En el Salón de Actos de la Diputación Foral se celebra, después, un Acto Académico. Preside el Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza, y asisten las autoridades provinciales y locales, muchos catedráticos, magistrados, abogados y público. Los profesores llevan la toga respectiva. Dos jefes de protocolo conducen la ceremonia. Hay presentaciones, discurso y lección magistral. A las dos de la tarde, todo ha concluido. Comienza su singladura, pequeño pero ávido de proezas, este barco que hoy ha soltado sus amarras. Sus profesores habrán de ganarse, en arduo esfuerzo, la confianza, el prestigio y el reconocimiento. Parece que hasta el bedel, único en estos primeros tiempos, está convencido de la trascendencia de este acto inaugural. Felipe es timbalero de la Diputación y barítono del Orfeón Pamplonica. Buena voz para llamar cada mañana, amistosamente, a los cuarenta y un alumnos que componen esta primera promoción. Para ser espectador de un crecimiento incesante al que abrirá las puertas en años venideros.

Desde el principio, el Estudio General es para todos los que quieran acudir, con lealtad y empeño, poniendo las fuerzas vivas con que cuenta a su disposición. En palabras de Monseñor Escrivá de Balaguer, estos estudios «están abiertos a todos los que merecen estudiar, sean cuales fuesen sus recursos económicos»(24). «La Universidad debe estar abierta a todos y, por otra parte, debe formar a sus estudiantes para que su futuro trabajo profesional esté al servicio de todos» (25) .

También pedirá el Fundador una apertura total al estudio de cuantos problemas plantee la sociedad, la historia, la situación temporal del entorno humano. Ahora bien, cuando el periodista Andrés Garrigó le pregunta, en 1967, acerca de la posibilidad de admitir en el recinto universitario el desarrollo de actividades políticas por parte de estudiantes y profesores, responde sin titubear:

«Me parece que sería preciso, en primer lugar, ponerse de acuerdo sobre lo que significa política. Si por política se entiende interesarse y trabajar en favor de la paz, de la justicia social, de la libertad de todos, en ese caso, todos en la Universidad, y la Universidad como corporación, tienen obligación de sentir esos ideales y de fomentar la preocupación por resolver los grandes problemas de la vida humana.

Si por política se entiende, en cambio, la solución concreta a un determinado problema, al lado de otras soluciones posibles y legítimas, en concurrencia con los que sostienen lo contrario, pienso que la Universidad no es la sede que haya de decidir sobre esto.

La Universidad es el lugar para prepararse a dar soluciones a esos problemas; es la casa común, lugar de estudio y de amistad; lugar donde deben convivir en paz personas de las diversas tendencias que, en cada momento, sean expresiones del legítimo pluralismo que en la sociedad existe»(26)

Pero esto no significa «neutralidad» ante los avatares históricos: «La Universidad sabe que la necesaria objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo conformismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública»(27).

Similares acontecimientos marcarán el comienzo de la Facultad de Medicina en octubre de 1954. Juan Jiménez Vargas, que ha vivido tantas primeras horas junto al Padre, vendrá una vez más a impulsar este apostolado del Opus Dei. Es Catedrático de Fisiología de la Universidad de Barcelona y programará la docencia de asignaturas básicas para la carrera. En 1958 llegará el profesor Ortiz de Landázuri, como organizador de las enseñanzas clínicas en esta nueva Facultad instalada en un edificio del Hospital Civil de Pamplona.

Eduardo Ortiz de Landázuri conocerá al Fundador del Opus Dei después de haber pasado a formar parte del Cuerpo Académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Y conservará siempre un recuerdo vivísimo de esta experiencia:

«Aquella conversación con el Padre duró unos minutos y fue tan entrañable, que rápidamente, después de besarme una y otra vez y de sentarme a su lado, me sentí como si hubiera estado en el Cielo. Con la mayor confianza le conté mi vida, la vida de Laurita -mi mujer-, y de mis siete hijos; mi amor a la Universidad, etc. El, con gesto cariñosísimo y buen humor, me interrumpió para preguntarme:

-Y tú, ¿a qué has venido a Pamplona? Muy ufano contesté:

-Para ayudar a levantar esta Universidad.

El Padre, con la rapidez que le caracterizaba, me dijo con energía y levantando la voz:

-Hijo mío, has venido a hacerte santo; si lo logras, habrás ganado todo.

Entonces, levantando incluso un poco más la voz y dirigiéndose a los presentes -que sólo entonces pude reconocer: don Álvaro del Portillo, don Javier Echevarría, don Florencio Sánchez Bella, don Amadeo de Fuenmayor y Antonio Fontán-, insistió y dijo:

-Esto lo digo para todos, cada uno donde esté; lo importante es el camino de la santidad personal. Y para mí mismo también»(28).

Esta vez, en el contexto de un diálogo personal, el Fundador vuelve a dejar claros los fines últimos de toda actividad: no se trata de instrumentalizar los hechos con fines ajenos a sí mismos sino de llevar las cosas a su más alta dimensión y significado. El Padre suele decir que hay que «elevar las cosas al orden de la gracia». Sin perder nada de su condición humana, cultural, social, estarán transfiguradas con el fin sobrenatural que les corresponde.

El comienzo de la Facultad de Medicina lleva consigo el establecimiento de la Clínica Universitaria; el mismo año 1954 empieza también la Escuela de Enfermeras. En 1955 se pone en marcha la Facultad de Filosofía y Letras; y en 1958 se promueve la creación del Instituto de Periodismo, que habrá de convertirse en Facultad de Ciencias de la Información. En el mismo año comienza en Barcelona el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa. En 1959 inician sus actividades la Facultad de Ciencias y el Instituto de Derecho Canónico, que al año siguiente se convertirá en Facultad.

En el curso académico 1986-87, la Universidad contará con 1.148 profesores; 1.477 colaboradores no docentes; 13.123 alumnos en cursos regulares, y más de 8.652 participantes en programas de formación permanente.

El Fundador recibe el nombramiento de Gran Canciller de la Universidad. Es la máxima representación Académica. En 1954 se constituye la Asociación de Amigos de la Universidad, de la que forman parte todos los que, libremente, quieren aportar su dinero, su esfuerzo, su colaboración y su oración para sacar adelante esta empresa. De ella forman parte personas -españolas y extranjeras- de todos los estamentos sociales. Con su ayuda se amplía, cada vez más, la posibilidad de ofrecer becas a estudiantes de países que inician el camino de su desarrollo.

En 1967, el Gran Canciller se dirigirá a esta Asociación:

«Vosotros, Amigos de la Universidad de Navarra, sois parte de un pueblo que sabe que está comprometido en el progreso de la sociedad, a la que pertenece. Vuestro aliento. cordial, vuestra oración, vuestro sacrificio y vuestras aportaciones no discurren por los cauces de un confesionalismo católico: al prestar vuestra cooperación, sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal; atestiguáis que una Universidad puede nacer de las energías del pueblo, y ser sostenida por el pueblo»(29).

En mayo de 1974, durante su última estancia en Navarra con motivo de la investidura de Doctores honorís causa, mientras el Rector Magnífico, el Excelentísimo Doctor don Francisco Ponz, le acompaña y ayuda a revestirse con las vestes académicas, el Fundador le dice:

«Paco, tenemos que ponernos esto por algún motivo sobrenatural, porque si no, no tendría sentido »(30)

Y unas horas más tarde, en la última tertulia emocionada con los amigos y profesores de la Universidad, que le reciben con una ovación:

«Esos aplausos son para vosotros… Para vosotros que os lo merecéis, que hacéis posible, con vuestra oración y con vuestro sacrificio económico, toda la labor de la Universidad de Navarra: Dios os bendiga (…).

Estáis viviendo aquello que dice San Marcos: “Omnia possibilia sunt credentí”: para el que tiene fe, todas las cosas son posibles. Vosotros habéis hecho realidad la Universidad de Navarra. Y yo estoy lleno de agradecimiento, conmovido: ¡gracias!»(31)

Este ha sido el motor, la única fuerza que puso en marcha, una vez más, uno de los centros universitarios más prestigiosos de España.

La «batalla» de la formación

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde siempre han oído comentar al Padre que uno de los más importantes enemigos, en todos los campos, es la ignorancia. Y fundamentalmente en lo que podríamos llamar las ciencias sagradas. Incluso intelectuales que exhiben una magnífica cultura en multitud de campos han interrumpido su formación doctrinal religiosa en un eslabón casi elemental.

Por eso, la formación humana y sobrenatural ocupará un lugar primordial para esta batalla, hermosa batalla de amor y de paz, para la que Dios le ha convocado. Señala la necesidad de apoyar la vida interior en la doctrina -piedad doctrinal- y llegar al conocimiento y al amor de la fe con una sólida preparación científica.

Como esto solamente se consigue a través de un trabajo y estudio serios, es preciso hacer compatible esta dedicación con las actividades profesionales propias de cada uno de los miembros de la Obra. Y adaptar los diversos planes y programas a las posibilidades que ofrezca la formación intelectual previa.

Se delinearán ya las horas dedicadas durante los meses de invierno; la formación intensiva que se impartirá en los de verano, aprovechando las vacaciones de los diversos trabajos que ocupan las jornadas habituales. De un modo flexible, y durante varios años, los miembros Numerarios y Agregados del Opus Dei, en las dos Secciones, cursarán Filosofía y Teología. A esto se añade el resto de las asignaturas que integran los programas de las Universidades Pontificias. Todos reciben, igualmente, formación doctrinal-religiosa en clases, charlas y cursos de retiro espiritual que se desarrollan durante el año completo. Las Numerarias Auxiliares de la Obra cursarán programas de acuerdo con sus circunstancias, pero recibirán la misma formación en cuanto a la doctrina de la Iglesia y el espíritu de la Obra.

Los miembros Supernumerarios del Opus Dei, en ambas Secciones, compartirán sus obligaciones profesionales y su vida familiar -en su mayoría casados- con programas completos de formación en el orden doctrinal-religioso.

En un futuro próximo, tanto los clérigos como los laicos de la Obra estarán en condiciones de impartir, a sus hermanos y hermanas más jóvenes en el Opus Dei, las clases y medios de formación establecidos en programas sucesivos, independientes para cada Sección.

Al acabar esta reunión en la que se fijan las líneas de una tarea ingente, Su Santidad Pío XII enviará un telegrama cuyo texto cierra estas jornadas de trabajo. Desea de corazón la luz y la gracia del Cielo para este Congreso General y espera, siempre, un incondicional y eficaz servicio a la Iglesia. Imparte al Fundador y a todos los Congresistas Su Bendición Apostólica. Está firmado por Monseñor Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado.


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