La formación de la conciencia cristiana como contexto de las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá sobre materia social y política

compromiso  Tagged , , , , No Comments »

Extracto del estudio “La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá”, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997

Angel Rodríguez Luño

En los escritos del Fundador del Opus Dei existen abundantes reflexiones teológico-morales sobre la acción de los cristianos en el terreno social y político4, pero no encontramos en ellos lo que comúnmente se entiende por «ideas u opiniones políticas». Este hecho responde a una línea de conducta reflexivamente asumida y constantemente respetada. El Beato Josemaría afirmó repetidas veces: «yo no hablo nunca de política»5. Con estas palabras quería declarar su máxima de no proponer ni sugerir «la solución concreta a un determinado problema, al lado de otras soluciones posibles y legítimas, en concurrencia con los que sostienen lo contrario»6. Se negaba de este modo a intervenir en el común debate político, en el juego de las opiniones que suelen determinar la adscripción de los ciudadanos a los diversos partidos políticos, sindicatos, movimientos culturales, etc., con el propósito de concurrir noblemente a la configuración política de nuestra vida en común. Y nunca permitió que sus palabras o su actividad fuesen interpretadas en sentido político.

¿Por qué adoptó el Beato Josemaría esta línea de conducta? El estudio de sus escritos permite aducir varios motivos. Mencionamos en primer lugar el carácter completa y exclusivamente sacerdotal7 que quiso dar a toda su actividad («mi misión como sacerdote es exclusivamente espiritual»8), y la vivísima conciencia de la misión sobrenatural de la Iglesia, que le impedía concebir el Cristianismo como una «corriente político-religiosa —sería una locura—, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres»9. Cosa bien diversa es que el Fundador del Opus Dei haya afirmado siempre el derecho y el deber de la Jerarquía de la Iglesia de pronunciar juicios morales sobre asuntos temporales, cuando ello era exigido por la fe o la moral cristianas10. Es más, enseñó constantemente que los fieles tienen entonces la obligación moral de aceptar interna y externamente esos juicios doctrinales11, e incorporó a sus enseñanzas orales y escritas los contenidos fundamentales del magisterio pontificio y episcopal en materia social. Pero tal actitud no hizo más que reforzar su habitual línea de conducta: el derecho y el deber de enjuiciar moralmente los nuevos problemas planteados por el creciente cambio social o por los avances tecnológicos corresponde a la Jerarquía eclesiástica.

Un segundo motivo de la mencionada línea de conducta surge de la naturaleza y de la espiritualidad específica del Opus Dei y, por tanto, de la misión del Beato Josemaría como fundador y pastor de almas. El Opus Dei tiene una misión exclusivamente espiritual12. Por eso, la Obra no propone ni sugiere a sus miembros «ningún camino concreto, ni económico, ni político, ni cultural. Cada uno de sus miembros tiene plena libertad para pensar como le parezca mejor en este terreno [...]: caben en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir [...] Ese pluralismo no es, para la Obra, un problema. Por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, que pone patente la legítima libertad de cada uno»13. Y por si quedasen dudas, el Beato Josemaría no tuvo dificultad en afirmar: «Si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo —en ese instante equivocado— me hubiera marchado de la Obra»14.

Las consideraciones que acabamos de hacer son verdaderas e importantes, pero incompletas, ya que nos dicen únicamente lo que las enseñanzas del Beato Josemaría no son y lo que el Opus Dei no es. ¿Cuáles son entonces las enseñanzas sobre la acción política y social del cristiano que innegablemente encontramos en sus escritos? ¿Cómo las podemos calificar positivamente? La respuesta debe buscarse a la luz de una aclaración de capital importancia sobre la finalidad del Opus Dei y, por tanto, de las enseñanzas de su Fundador: «La actividad principal del Opus Dei consiste en dar a sus miembros, y a las personas que lo deseen, los medios espirituales necesarios para vivir como buenos cristianos en medio del mundo. Les hace conocer la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia; les proporciona un espíritu que mueve a trabajar bien por amor de Dios y en servicio de todos los hombres. Se trata, en una palabra, de comportarse como cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo»15. Es decir, las enseñanzas del Beato Josemaría se proponen dar la formación necesaria para vivir como buenos cristianos en medio del mundo. Acertadamente se ha escrito que esas enseñanzas constituyen una apremiante llamada «a una plenitud de vida cristiana que, por verificarse en medio del mundo, connota constantemente frutos de transformación social, de instauración de la justicia, de fraternidad, de paz (la fe y el amor deben desbordarse en vida y manifestarse en obras; y la gracia puede y debe producir frutos de Redención en el presente histórico); pero que, a la vez e inseparablemente, trasciende esas realizaciones, ya que la existencia humana posee horizontes que van más allá del tiempo y de la historia, y las presenta como efectos que advienen a modo de redundancia o añadidura, respecto de la realidad central: la radical identificación con Cristo, la plena entrega a Dios»16.

Hemos de concluir, por tanto, que el contexto de las enseñanzas que estamos estudiando es la formación de la conciencia de los cristianos que viven en el mundo y que desean santificarse en el mundo, animando cristianamente las realidades en las que se desenvuelve su vida: realidades profesionales, culturales, sociales, políticas, etc. En función de esa finalidad el Fundador del Opus Dei transmitía «la doctrina de Cristo» y «las enseñanzas de la Iglesia» (en nuestro tema, la Doctrina social de la Iglesia)17. Pero, en sus escritos, esa doctrina y esas enseñanzas adquieren acentos, perspectivas e intencionalidades específicas y muchas veces altamente originales, que por eso no siempre fueron bien comprendidas, incluso por parte de observadores bien intencionados. Sobre estos acentos, perspectivas e intencionalidades se centrarán ahora nuestras reflexiones.

Notas
4) Ver la amplia selección de textos contenida en el estudio de J. M. PERO-SANZ, J. M. AUBERT, T. GUTIÉRREZ CALZADA, Acción social del cristiano… ,cit.
5) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 48 (en adelante se cita: Conversaciones). En idéntico sentido: Es Cristo que pasa, n. 183.
6) Conversaciones, n. 76.
7) Cfr. por ejemplo Es Cristo que pasa, n. 79.
8) Conversaciones, n. 48.
9) Es Cristo que pasa, n. 183.
10) Cfr. Conversaciones, n. 11.
11) Cfr. Conversaciones, n. 29. Cfr. Carta, 30-IV-1946, n. 18.
12) Cfr. por ejemplo Es Cristo que pasa, n. 70. Es éste un punto enérgicamente reafirmado en multitud de ocasiones.
13) Conversaciones, n. 48. Para el Fundador del Opus Dei existe también un legítimo pluralismo en lo teológico, y en ese sentido aclaró siempre que la Obra no tiene una opinión propia —una escuela— en las cuestiones teológicas opinables: cfr. Carta, 24-X-1965, n. 53.
14) Citado por A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, 2 ed., Rialp, Madrid 1984, p. 295.
15) Conversaciones, n. 27.
16) El itinerario jurídico…, cit., p. 59.
17) Cfr. Conversaciones, n. 27.

El marco teológico fundamental

compromiso  Tagged , , , , , No Comments »

Extracto del estudio “La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá”, publicado en Romana nº 24, enero-junio de 1997

Angel Rodríguez Luño

En los escritos del Beato Josemaría se advierte claramente la presencia constante y unificante de «una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre», que permite encontrar en la «Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del hombre y, a través del trabajo humano, de todas las realidades creadas». Glosando las enseñanzas de la Epístola a los Colosenses (1, 19-20), el Fundador del Opus Dei afirma: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte» . Y, refiriéndose de modo más directo al tema que nos ocupa, añade: «La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana [...]. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro».

El principio cristológico que acabamos de mencionar determina la visión que el Beato Josemaría tiene de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Esta se traduce en lo que podríamos llamar el principio de responsabilidad y de participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas para configurarlas cristianamente. «Estad presentes sin miedo en todas las actividades y organizaciones de los hombres —escribía en 1959—, para que Cristo esté presente en ellas. Yo he aplicado a nuestro modo de trabajar aquellas palabras de la Escritura: ubicumque fuerit corpus, illic congregabuntur et aquilae (Matth. XXIV, 28), porque Dios Nuestro Señor nos pediría cuenta estrecha, si, por dejadez o comodidad, cada uno de vosotros, libremente, no procurara intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que depende el presente y el futuro de la sociedad». Late en estas palabras una aguda percepción del sentido ético y religioso de la interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que en la sociedad moderna ha adquirido una dimensión mundial. Desde los inicios de su actividad, el Fundador del Opus Dei advirtió la necesidad de no encerrar en límites estrechos, provincianos, la solidaridad cristiana, a la vez que, con prudente realismo, aclaraba que la solidaridad comienza con los que están más cerca. La preocupación santa de un cristiano —escribía en 1933— «empieza por lo que tiene a su alcance, por el quehacer ordinario de cada día, y poco a poco extiende en círculos concéntricos su afán de mies: en el seno de la familia, en el lugar de trabajo; en la sociedad civil, en la cátedra de cultura, en la asamblea política, entre todos sus conciudadanos de cualquier condición social sean; llega hasta las relaciones entre los pueblos, abarca en su amor razas, continentes, civilizaciones diversísimas».

Particularmente interesante y complejo es el modo en el que, según el Fundador del Opus Dei, esta responsabilidad por el mundo debe actuarse. En muchas de sus reflexiones se advierte el eco del Sermón de la Montaña, que contiene un mensaje caracterizado por una novedad que no implica ruptura, sino cumplimiento23: las enseñanzas del Señor no rompen con los contenidos más nobles de la ley de Moisés y de la moral simplemente humana, sino que los llevan a su plenitud, los interiorizan y radicalizan, conduciéndolos así a su más cumplida expresión, libre de extenuantes casuísticas. Esta perspectiva, que refleja fielmente la lógica de la Encarnación, tiene numerosas aplicaciones en los escritos que examinamos; de muchas de ellas, como son —por ejemplo— la convicción de que entre la fe y la ciencia existe una perfecta armonía, o la alta estima de las virtudes humanas, no podemos ocuparnos ahora. Por lo que respecta a nuestro tema, interesa destacar el alto valor que se reconoce y concede a las realidades creadas y, más concretamente, a la libertad personal, principal don natural concedido por Dios al hombre, y a la autonomía y consistencia propia de las realidades terrenas.

La autonomía y consistencia de las realidades temporales implica, en los escritos del Beato Josemaría, el imperativo de conocer y respetar su dinámica intrínseca, fruto de la racionalidad que la Sabiduría del Creador ha impreso en sus obras, y por consiguiente una exigencia de competencia técnica y profesional, presupuesto imprescindible de cualquier proyecto apostólico para la santificación del mundo desde dentro. «El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas».

Esta misma perspectiva, cuando se despliega en el ámbito social, da lugar a una comprensión profunda de la naturaleza y consistencia propia de las relaciones sociales. Dios no crea sólo individuos, crea también relaciones sociales —como es, por ejemplo, la familia—, cuya dinámica ha de ser conocida, apreciada y respetada, si es que queremos también redimirla. Podríamos quizá precisar más: Dios no crea individuos, crea personas, y por eso crea también relaciones. Durante muchos años ha sido dominante en las ciencias sociales la tendencia a definir la existencia humana como una polaridad entre el individuo, entendido como un átomo, y el Estado; a lo más, se admitía un tercer polo: el mercado. Sólo recientemente, con el desarrollo de la sociología del tercer y cuarto sector, se está superando ese estrecho planteamiento26. El Fundador del Opus Dei nunca entró en debates metodológicos con las ciencias sociales, pero sus enseñanzas y sus iniciativas en el ámbito de la familia, de la enseñanza, de la promoción social, de los medios de comunicación social, etc., demuestran que poseía una visión de los «sujetos sociales» mucho más amplia de la que era habitual en muchos estudiosos de lo social. Probablemente esta sensibilidad procedía de su profunda meditación y de su personal elaboración de los presupuestos de la Doctrina social de la Iglesia, aunque un juicio definitivo sobre esta hipótesis sólo lo podremos formular cuando sea posible realizar un estudio detenido sobre la génesis y fuentes de su concepción de la especificidad de lo social, en cuanto realidad diversa de lo estatal y de lo simplemente privado.

El Fundador del Opus Dei poseía también una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enunciaciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingencia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo práctico. Por eso, afirmaba que «nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal»29. Pero con esto no pretendía decir que todo lo que hay en esta tierra es contingente, ya que propagaba a los cuatro vientos, sin respetos humanos, las exigencias éticas universalmente válidas. Su pensamiento queda claramente reflejado en el n. 275 de Surco: «No me olvides que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. —Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia»30.

Este sentido de la limitación de todo proyecto humano de realización concreta de valores influyó notablemente en su modo de entender el principio de libertad, así como en su resistencia a tolerar la imposición de criterios únicos sobre problemas que admitían diversas soluciones igualmente compatibles con la conciencia cristiana: «son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables. Ese modo injusto y antinatural de proceder —porque va contra la dignidad de la persona humana— no puede nunca ser camino para convivir, ya que ahoga el derecho del hombre a obrar según su conciencia, el derecho a trabajar, a asociarse, a vivir en la libertad dentro de los límites del derecho natural»

Al principio de libertad ya hemos aludido, aunque desde una perspectiva muy limitada. Hemos dicho, en efecto, que la conciencia del carácter exclusivamente espiritual de su misión sacerdotal y de la finalidad del Opus Dei le llevó a no expresar opiniones ni a sugerir soluciones sobre problemas concretos. Los que le seguían y los que le escuchaban eran libres de tener cualquier opinión compatible con la fe y la moral cristianas. Esta línea de conducta se ve ulteriormente reforzada por el sentido de la autonomía y la consistencia específica de las realidades temporales y, además, por la inevitable dosis de contingencia e incertidumbre de las soluciones prácticas que un determinado problema puede recibir aquí y ahora. Pero para comprender el significado que el principio de libertad tiene en el pensamiento del Beato Josemaría se han de dar varios pasos más.

La libertad, en efecto, aparece en sus escritos como un valor sustancial, indisolublemente unido al principio de responsabilidad y, por tanto, a la participación y a la solidaridad. La presencia del principio de responsabilidad permite entender que la libertad no es para él ni un valor meramente formal, ni solamente procedimental, ni mucho menos es la expresión de una concepción individualista-atomista del hombre; pero el que la responsabilidad sea vista como inseparablemente unida al principio de libertad, lleva a rechazar cualquier tipo de providencia social que lesione o suprima la «subjetividad» de las formaciones sociales, es decir, que elimine la libertad o que de un modo u otro genere irresponsabilidad. Nos parece, en definitiva, que si quisiéramos expresar en una fórmula sintética la perspectiva que unifica el pensamiento del Beato Josemaría Escrivá sobre la acción social y política del cristiano, esa fórmula no sería otra que la del nexo indisoluble entre la libertad personal y la correspondiente personal responsabilidad.

Notas
18) C. FABRO, La tempra di un Padre della Chiesa, cit., p. 115. Sobre este punto véase también J. L., CHABOT, Responsabilità di fronte al mondo e libertà, en M. BELDA, J. ESCUDERO, J. L. ILLANES, P. O’CALLAGHAN, Santità e mondo. Atti del Convegno teologico di studio sugli insegnamenti del beato Josemaría Escrivá, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1994, pp. 197-198.
19) Es Cristo que pasa, n. 112.
20) Ibid., n. 125.
21) Carta, 9-I-1959, n. 20; cfr. también Forja, n. 715. En muchas otras ocasiones, el Beato Josemaría hizo reflexionar sobre el fundamento cristológico del concepto de secularidad: «Se dan, a veces, algunas actitudes, que son producto de no saber penetrar en ese misterio de Jesús. Por ejemplo, la mentalidad de quienes ven el cristianismo como un conjunto de prácticas o actos de piedad, sin percibir su relación con las situaciones de la vida corriente, con la urgencia de atender a las necesidades de los demás y de esforzarse por remediar las injusticias. Diría que quien tiene esa mentalidad no ha comprendido todavía lo que significa que el Hijo de Dios se haya encarnado, que haya tomado cuerpo, alma y voz de hombre, que haya participado en nuestro destino hasta experimentar el desgarramiento supremo de la muerte. Quizá, sin querer, algunas personas consideran a Cristo como un extraño en el ambiente de los hombres. Otros —en cambio— tienden a imaginar que, para poder ser humanos, hay que poner en sordina algunos aspectos centrales del dogma cristiano, y actúan como si la vida de oración, el trato continuo con Dios, constituyeran una huida ante las propias responsabilidades y un abandono del mundo. Olvidan que, precisamente Jesús, nos ha dado a conocer hasta qué extremo deben llevarse el amor y el servicio. Sólo si procuramos comprender el arcano del amor de Dios, de ese amor que llega hasta la muerte, seremos capaces de entregamos totalmente a los demás, sin dejarnos vencer por la dificultad o por la indiferencia» (Es Cristo que pasa, n. 98).
22) Carta, 16-VII-1933, n. 15.
23) Cfr. por ejemplo Mt 5, 17 ss.
24) Ya dijimos que no afrontamos en estas páginas el estudio diacrónico del pensamiento de nuestro autor. Pero no sería difícil demostrar que esta viva sensibilidad por la autonomía y consistencia de las realidades temporales está presente desde el principio de la actividad del Fundador del Opus Dei, es decir, desde el final de los años 20 de este siglo, mucho antes por tanto que la temática fuese tratada por la Const. Gaudium et spes del Concilio Vaticano II.
25) Es Cristo que pasa, n. 184.
26) Cfr. por ejemplo P. DONATI, Pensiero sociale cristiano e società post-moderna, Editrice A.V.E., Roma 1997; dirigida por el mismo autor, Sociologia del terzo settore, Nis, Roma 1996.
27) Cfr. en este sentido JUAN PABLO II, Enc. Centesimus annus, nn. 46 y 49. Con la referencia a esta encíclica, y a la concepción en ella propuesta de la «subjetividad de lo social», queremos aclarar, entre otras cosas, que no nos referimos aquí al «corporativismo» defendido por algunas corrientes de pensamiento social de inspiración cristiana. Ésta concepción «corporativista» no aparece en los escritos del Fundador del Opus Dei.
28) A cuanto decimos sobre la percepción de la especificidad de lo social no puede oponerse el hecho de que, cuando a partir de los años 60 diversos ambientes teológicos católicos se mostraban partidarios de aceptar el análisis social marxista como principio de hermenéutica teológica, el Fundador del Opus Dei insistiese, en sus conversaciones y en sus escritos, en el carácter personal de la salvación y de la liberación del pecado, oponiéndose a los que reducían el Cristianismo a un cambio de las estructuras sociales. Siguiendo las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, el Beato Josemaría afirmaba la incompatibilidad del marxismo con la fe católica, a la vez que manifestaba su convicción de que «dentro del cristianismo hallamos la buena luz que da siempre respuesta a todos los problemas: basta con que os empeñéis sinceramente en ser católicos» (Amigos de Dios, n. 171). Mientras decía estas cosas, puso en marcha, especialmente en países en que advertía la existencia de llamativas desigualdades sociales, diversas obras de promoción social, en el ámbito de la formación profesional de jóvenes, campesinos, amas de casa, etc

Haití: oraciones y ayuda material

compromiso  Tagged , , , , No Comments »

Probablemente más de 100.000 muertos y tres millones de afectados: es el balance del terremoto de 7.3 grados en la escala Ritchter que ha afectado a Haití, el país más pobre del hemisferio occidental. Palabras de dolor del Santo Padre.

El Santo Padre ha propuesto oraciones por las personas que han fallecido y por quienes sufren la catástrofe: “Invito a unirse a mi oración al Señor por las víctimas de esta catástrofe y por aquellos que lloran por las desapariciones”.

Benedicto XVI manifestó su cercanía “a todas las personas que han sido probadas en esta gran calamidad, implorando a Dios el consuelo y alivio de su sufrimiento”.

El Papa ha pedido “que no falte a estos hermanos y hermanas que viven un momento de necesidad y dolor, nuestra concreta solidaridad, y la ayuda efectiva de la Comunidad Internacional”.

También aseguró que la Iglesia Católica saldrá al encuentro de todos los necesitados a través de sus instituciones de caridad.

El epicentro tuvo lugar tan sólo a 16 kilómetros de Puerto Príncipe y con una profundidad de 10 kilómetros lo cual ha hecho que las consecuencias sean más graves.

100% estona y 100% española

compromiso  Tagged , , , , No Comments »

Teresa Peña es española y vive en Estonia desde hace 12 años. Es filóloga de lenguas románicas y trabaja en la Universidad de Tallinn como profesora de español

Opus Dei -

¿Cuánto tiempo lleva en Estonia?

Doce años.

¿Le costó mucho tomar la decisión de marcharse?

No, veinte segundos. Cuando me dijeron que el Padre había pensado en mí para empezar la labor del Opus Dei en Estonia, después de la sorpresa inicial, contesté inmediatamente que sí. Lo mismo que hago aquí, lo hago allá. De todas maneras, me dijeron que lo reflexionara con calma y total libertad antes de dar una respuesta. Tardé dos días en escribir una carta al Padre diciéndole que contara conmigo. Para mí, el mayor inconveniente era verme poca cosa ante tan gran aventura, pero pensé en el espíritu de familia de la Obra: Yo no iba sola, sino con otras cinco personas, así que unas a otras nos ayudaríamos. Más la fuerza de Dios y de la Santísima Virgen. No está mal, ¿no?

¿Es esto corriente en el Opus Dei?

Lo normal de la gente del Opus Dei es encontrar a Dios allá donde está. En este sentido, la mayoría sigue haciendo su trabajo y no cambia de lugar de residencia. Sin embargo, no podemos olvidar que hay muchos pueblos que aún no conocen a Cristo y nos reclaman. ¿Por qué no trasladarse allí a trabajar y así difundir el espíritu cristiano?

“Llevar a Dios todas estas realidades humanas, sencillas y nobles, es precisamente el mensaje del Opus Dei”

¿En qué aspectos puede ayudar el mensaje del Opus Dei al pueblo estonio? ¿Cómo se está recibiendo este mensaje?

El pueblo estonio es un pueblo trabajador, con mucho sentido artístico y creativo. Disfruta de la música, del trabajo bien hecho, de la naturaleza. Llevar a Dios todas estas realidades humanas, sencillas y nobles, es precisamente el mensaje del Opus Dei. Para ellos, al igual que para cada pueblo, ya que el mensaje de la Obra es universal, se abre un panorama más amplio y profundo. Todo aquello que hacen y aman lo pueden llevar a Dios. Actualmente en Estonia hay cooperadores del Opus Dei que son artistas, periodistas, actores de teatro, campesinos, músicos, enfermeras, cocineros, empresarios, etc.

¿Cómo se sintió recibida?

Con sorpresa. Cuando yo llegué hacía poco que se habían abierto las fronteras tras la larga ocupación soviética. No estaban acostumbrados a ver extranjeros, y además que quisieran vivir en su país, aprender su idioma, sufrir su clima frío. La pregunta más frecuente era “miks?” = “¿por qué?” y “¿hasta cuándo os vais a quedar?”. Cuando decíamos que para siempre, sus ojos se abrían como platos o se llenaban de lágrimas. Por otro lado, al ser personas de otra cultura, causábamos interés.

¿Le costó mucho adaptarse al nuevo país?

¡Qué difícil responder! Sí y no. El frío, el idioma, su carácter más cerrado, la oscuridad del invierno… eran los puntos flacos. Su amor a la naturaleza, su talento artístico, su fino humor intelectual, su seriedad en el trabajo, su respeto hacia los demás me fueron cautivando.

¿Muchas dificultades con el idioma?

Sí, es un palo. Un palo duro de roer. Dicen que es uno de los idiomas más difíciles del mundo. Pero bueno, hasta en esto se cumple lo de que todo es ponerse.

Opus Dei -

¿Piensa quedarse para siempre?

Sí. Si Dios quiere, sí.

¿Se siente ya estona?

Sí. Me siento 100% estona y 100% española.

Visto desde España parece que se trata de una actividad misionera, ¿es así?

No sé. Todos los cristianos somos misioneros… o lo deberíamos ser: llevar la alegría de Dios a los que nos rodean, ampliando el radio de acción todo lo que se pueda. Si piensas en la palabra de Jesús: “Id hasta los confines de la tierra”… pues yo estoy un poco más cerca de uno de los confines, el del Polo Norte. Dios me ha hecho este regalo.

Entonces, ¿tiene o piensa tener un trabajo profesional?

¿Cómo no voy a tener un trabajo profesional? Hay que traer el pan a casa. Yo soy filóloga de lenguas románicas y trabajo en la Universidad de Tallinn como profesora de español. En este campo del español hay mucho por hacer. Mis otras compañeras del centro del Opus Dei de Estonia son ingeniero, médico, economista, contable, químico y biólogo. Todas trabajamos.

¿En qué consiste la tarea evangelizadora del Opus Dei en el país?

Es una labor de catequesis y de apoyo a los que se van bautizando. La Iglesia Católica de Estonia es como un bebé recién nacido. A lo largo de estos doce años yo he visto muchas conversiones, la mayoría de adultos o de gente joven. Ellos necesitan y desean aprender a vivir la fe en su vida diaria. Los estonios son muy profundos y no se conforman con saber cuatro cosas del catecismo. En nuestro centro tenemos dos veces al mes un aula de teología. También hay otras actividades culturales variadas e interesantes, pero el aula de teología y el retiro espiritual son las actividades estrella, que tienen más éxito.

Opus Dei - Tallin

Tallin

¿Ha notado diferencia en la calidad de vida?

Pues sí. Al llegar tuve la sensación de haber vuelto al pasado, a la España de los años 40. Todo estaba viejo y roto. Pero gracias al tremendo esfuerzo de los estonios las cosas han mejorado mucho. En algunos aspectos el desarrollo tecnológico está ya a nivel europeo.

Habrá menos medios materiales que en España. Pese a todo ¿cree que la gente es más feliz?

Cuando uno no tiene nada disfruta de una puesta de sol, del sonido de los árboles, de cosas pequeñas. Esto es un valor que yo encontré al llegar. Ahora la economía de mercado es un peligro para las nuevas generaciones estonas. En algunas personas hay actualmente un hambre desequilibrada de tener, de adquirir, de comprar… –aunque tener un mínimo de bienestar es razonable-. Confío en el sentido común de los estonios para llegar a un equilibrio.

¿Qué valores cristianos se conservan?

Más que cristianos, he visto valores naturales; pues la mayoría no sabe mucho de Jesucristo. Pero aunque no tengan ninguna religión, porque nadie se la ha anunciado, sí son religiosos. Son paganos pero no ateos. Todos tienen un respeto y agradecimiento a Dios que les ha creado y dado esa tierra que aman.

Opus Dei -

¿Son muchos los católicos? ¿Cuántos creyentes hay de otras confesiones?

La Iglesia Católica es en Estonia una iglesia naciente, pero es respetada y valorada positivamente. En total somos 3.500 católicos. La mayoría de la población no tiene religión. Y después, de los que se definen como creyentes, un 15% son luteranos y un 14% son ortodoxos (la población rusa del país). También hay baptistas, metodistas, judíos y musulmanes.

¿Se puede decir qué los católicos de allí viven con más intensidad su fe que la media de los españoles, por ejemplo?

Sí, verlos rezar te impresiona. Impresiona su respeto y adoración a Dios, a la Eucaristía. Quizá por su sentido artístico dan mucho valor a la belleza de la liturgia, de los símbolos; los viven con sinceridad de corazón y no como una oración aprendida de memoria. Meditan las palabras, los gestos. Como les ha costado más esfuerzo conocer a Dios, lo valoran más. Es un tesoro encontrado y no una herencia recibida.

De todas maneras, yo veo que actualmente en España se está purificando mucho la fe. Ahora el que cree es porque quiere creer y es consecuente en medio de un ambiente adverso.

¿Cómo ve el futuro del desarrollo del catolicismo en el país?

Positivo. Y ecuménico. En Estonia la Iglesia Católica aunque sea pequeña tiene prestigio entre las confesiones luteranas y ortodoxas. Hay un diálogo ecuménico fraterno. Esto puede servir de modelo en otros países nórdicos y puede contribuir a la Iglesia Católica Universal.

¿Cuáles son las notas comunes del carácter de los estones?

Es difícil generalizar. Pero yo diría que son responsables, serenos, reflexivos, sencillos, con sentido del humor, artistas, independientes.

“Las enseñanzas de san Josemaría son ecuménicas”

compromiso  Tagged , , , , No Comments »

Traducir las homilías de san Josemaría Escrivá al ruso puede abrir un nuevo mediterráneo espiritual. Así le ocurrió a Evgeni Pazukhin, ortodoxo, quien subraya el ecumenismo de las enseñanzas del santo. “San Josemaría une los dos pulmones de Europa”, dice. Este testimonio es uno más de los que se ofrecen en el folleto ‘La alegría de los hijos de Dios’.

Opus Dei - El filósofo ruso Evgeni Pazukhin.

El filósofo ruso Evgeni Pazukhin.

Evgeni Pazukhin (San Petersburgo, Rusia) es filósofo y escritor. De su pluma salió la primera biografía de san Josemaría Escrivá en ruso y también ha traducido a esta lengua eslava muchas de las homilías del santo.

“El occidente cristiano no puede existir sin el oriente cristiano y viceversa. El Papa Juan Pablo II habla por eso de los “dos pulmones de Europa”. Escrivá, pregonando la idea de un materialismo cristiano, une los dos pulmones: espiritualiza la materia, entendida en occidente de una forma tan pragmática, y materializa el espíritu, demasiado espiritualizado en oriente. Por eso digo que la enseñanza de Josemaría Escrivá es, en su esencia, ecuménica.

Cuando mi mujer y yo estábamos traduciendo la colección de homilías de ‘Amigos de Dios’, que en la versión rusa se titula ‘Los más cercanos al Señor’, la primera homilía con la que nos enfrentamos fue la dedicada al trabajo hecho en presencia de Dios.

Mientras avanzábamos en la traducción, nos dábamos cuenta de que el trabajo realizado con la intención de hacerlo del mejor modo a los ojos de Dios, era precisamente el trabajo del que hablaba Josemaría, y que la traducción que estábamos haciendo era obra de Dios.

Así, gracias a Escrivá, y lo digo como ortodoxo y por tanto ligado a una tradición de misticismo, me he dado cuenta de que Dios está presente en todas las situaciones de todos los días”.

“El ecumenismo es, en primer lugar, una cuestión de oración y de caridad”

compromiso  Tagged , , , , , No Comments »

La teóloga Jutta Burggraf afirma que el ecumenismo no es sólo una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino en primer lugar de oración y de caridad

Opus Dei -

Jutta Burggraf es profesora de Teología Sistemática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y es autora de «Conocerse y comprenderse. Una introducción al ecumenismo», Madrid 2003, 2ª ed. 2003 y del folleto: «Ecumenismo: ¿Qué es? ¿Cómo se vive?», Madrid 2006.

¿Por qué es necesaria, la semana de oración para la unidad?

Durante el octavario, los cristianos católicos, ortodoxos y protestantes de todas las denominaciones -esparcidos por el mundo entero- están invitados a rezar juntos por su unidad. Lo expresa claramente el lema de este año: «No ceséis de orar».

La Semana se celebra del 18 al 25 de enero, día en que la Iglesia conmemora la conversión de San Pablo. La fecha es significativa: nos recuerda que no podemos acercarnos unos a otros sin una profunda conversión interior, sin buscar cada uno vivir en intimidad con Cristo. Es en Él donde nos uniremos algún día.

“La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo”

La esperada unidad no será un producto de nuestras fuerzas, sino «un don que viene de lo alto». Su verdadero protagonista es el Espíritu Santo, quien nos conduce, por los caminos que quiere, hacia la madurez cristiana.

En la oración encontramos sobre todo a Dios, pero de manera especial también a los demás. Cuando rezo por alguien, le veo a través de otros ojos, ya no con aquellos llenos de sospecha o de ánimo de control, sino con los ojos de Dios. De esta manera, puedo descubrir lo bueno en cada persona, en cada planteamiento. Dejo aparte mis prejuicios y comienzo a sentir simpatía por el otro.

Rezar significa, purificar el propio corazón, para que el otro verdaderamente pueda tener sitio dentro de él. Si tengo prejuicios o recelos, cualquiera que entre en ese recinto recibirá un golpe rudo. Tenemos que crear un lugar para los demás en nuestro interior. Tenemos que ofrecerles nuestro corazón como lugar hospitalario, donde puedan encontrar mucho respeto y comprensión.

Si conseguimos esto, será más auténtico el diálogo. A veces, creemos poder disimular fácilmente nuestros sentimientos y pensamientos negativos. Tratamos de guardar las apariencias, y luego nos asombramos que los demás desconfíen de nosotros. La razón es muy sencilla: los demás suelen percibir con gran nitidez lo que pasa en nuestro interior. Notan si los aceptamos o los rechazamos, y actúan en consecuencia. Así vemos la importancia de empezar por nosotros mismos en la búsqueda de la unidad.

Se insiste mucho en el llamado «ecumenismo espiritual»…

Con razón, porque el ecumenismo no es, en primer lugar, una cuestión de doctrina teológica ni de colaboración pastoral, sino de oración y de caridad. Así como la falta de amor engendra desuniones, la «santidad de vida» puede considerarse como el «alma» o motor de todo el movimiento ecuménico.

Es significativo que Juan Pablo II haya invitado repetidas veces a una purificación de la memoria a todas las personas y asociaciones. Sabemos bien que la memoria no es sólo una facultad relativa al pasado; por el contrario, influye profundamente en el presente. Lo que recordamos afecta, con frecuencia, a nuestras relaciones con los demás. Si una herida del pasado queda en la memoria, esta herida puede llevar a una persona a encerrarse en sí misma; puede traducirse en una cierta resistencia a encontrarse de una manera serena entre los demás, y puede dificultar o incluso impedir una amistad.

Teniendo esto en cuenta, Benedicto XVI ha dado ejemplos elocuentes: cuando, por ejemplo,a causa de su famosa conferencia de Ratisbona había llegado a ser la víctima de una campaña organizada por algunos adversarios de la Iglesia, no culpó a nadie; es más, sobrepasó las reglas de la mera justicia y pidió perdón a los musulmanes por las palabras que podrían haberles herido.

Podemos estar seguros de que una persona contribuye más a la unidad de la Iglesia cuando procura transmitir el amor de Dios a los demás, que cuando se dedica a los diálogos teológicos más eruditos con un corazón frío.

El Papa está demostrando continuamente su compromiso ecuménico. ¿Advierte un celo análogo, entre los católicos en general?

Benedicto XVI señaló, desde el comienzo de su pontificado, que está dispuesto a «trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo».

Está realizando una gran labor ecuménica, hecha no sólo de palabras, sino, sobre todo, de gestos fraternos. Así, por ejemplo, ha donado una considerable cantidad de dinero al patriarcado de Moscú para la reconstrucción de la catedral de la Trinidad en San Petersburgo.

Y, a pesar de las dificultades, que se experimentan actualmente entre anglicanos y católicos por cuestiones de carácter teológico y ético, ha firmado, hace algo más de un año, una animante declaración conjunta con el primado de la Comunión anglicana.

Los católicos están cada vez más familiarizados con el reto que supone la unidad de todos los cristianos. Comprenden mejor que antes lo que afirma el Cardenal Walter Kasper: “El ecumenismo no es una elección opcional, sino un deber sagrado”. Así, muchos participaron en la “Asamblea ecuménica europea”, celebrada en septiembre del año pasado en Sibiu-Hermannstadt (Rumanía), y juntamente con los diálogos oficiales, tuvieron lugar grandes encuentros de los nuevos movimientos que se dedican a la labor ecuménica, por ejemplo en Stuttgart en 2004 y en 2007.

A la vez, se dan cuenta -y el Papa insiste también en esto- de que el diálogo tiene distintos niveles o «círculos». Tiene que comenzar antes, en la «propia casa», entre los mismos católicos, que tienen que conocerse para entenderse bien. No debemos excluir de nuestro interés y cariño a las personas de otras comunidades católicas. Hay mucha variedad en nuestra Iglesia.

Asimismo, los católicos tienen una viva conciencia de que el diálogo va más allá del ecumenismo. Se dirige también a los seguidores de otras religiones y al mundo secularizado. Allí nos espera una inmensa tarea, que sólo podemos afrontar si estamos unidos: con Dios, entre nosotros los católicos y con todos los cristianos.

Ecumenismo

compromiso  Tagged , , , , , No Comments »

Es mucho lo que ya tenemos en común todos los cristianos. Con todo, la división que aún existe es una herida en el cuerpo de la Iglesia. En la Semana para la Unidad de los Cristianos proponemos este artículo sobre el Ecumenismo.

Opus Dei -

En la encíclica Ut unum sint, Juan Pablo II señalaba la centralidad de la tarea ecuménica: «el movimiento a favor de la unidad de los cristianos, no es un mero “apéndice” que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su acción. Como su antecesor, Benedicto XVI también ha querido poner el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad de todos los discípulos del Señor. «Por lo que me concierne, renuevo (…) mi firme voluntad, manifestada al principio de mi pontificado, de asumir como compromiso prioritario el trabajar, sin ahorrar energías, en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo». Esta honda preocupación por la unidad afecta a todos los católicos. Una aspiración esencial de los cristianos es la comunión plena de todos los hombres con Dios –según la oración del Señor: que todos sean uno– como miembros de la única Iglesia fundada por Cristo, que «continúa existiendo» (subsistit in) en la Iglesia Católica, como enseña la constitución dogmática Lumen gentium.

Para alcanzar la plena comunión entre los cristianos, lo primero es la oración, bien unida a la de Cristo: no ruego sólo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad . «No podemos “hacer” la unidad sólo con nuestras fuerzas. Podemos obtenerla solamente –dice Benedicto XVI– como don del Espíritu Santo. Por tanto, el ecumenismo espiritual, es decir, la oración, la conversión y la santidad de vida, son el corazón del encuentro y del movimiento ecuménico». En su oración, todos los fieles de la Obra piden cada día con las mismas palabras del Señor: Ut omnes unum sint, sicut tu Pater in me et ego in te: ut sint unum, sicut et nos unum sumus. Movido por el deseo de promover la unidad, san Josemaría exhorta a cada cristiano: ofrece la oración, la expiación y la acción por esta finalidad: «ut sint unum!» –para que todos los cristianos tengamos una misma voluntad, un mismo corazón, un mismo espíritu: para que «omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!» –que todos, bien unidos al Papa, vayamos a Jesús, por María.

EL DRAMA DE LAS DIVISIONES

La misión de la Iglesia –presencia de Jesucristo en el tiempo, que llamamos justamente “tiempo de la Iglesia”– es edificar la unidad de fe y de comunión entre los hombres. «No se debe olvidar –advertía Juan Pablo II– que el Señor pidió al Padre la unidad de sus discípulos, para que ésta fuera testimonio de su misión». En efecto, Jesús mismo señaló la finalidad misionera de esa estrecha unidad: ut mundus credat, para que el mundo crea que Tú me has enviado. La división contradice la voluntad de Cristo y constituye una seria dificultad para la evangelización. En concreto, «la falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la Iglesia, no en el sentido de quedar privada de su unidad, sino en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia.

Opus Dei -

Los avatares históricos han llevado, sin embargo, a discrepancias y separaciones entre los cristianos a veces no sin culpa de las partes implicadas. Por eso Juan Pablo II invitaba a todos los cristianos –católicos y no católicos- a una «necesaria purificación de la memoria histórica» y a «reconsiderar juntos su doloroso pasado» para «reconocer juntos, con sincera y total objetividad, los errores cometidos y los factores contingentes que intervinieron en el origen de sus lamentables separaciones». Por otra parte, los cristianos que ahora nacen en las Iglesias y comunidades no católicas –como subrayó el Decreto Unitatis redintegratio– no tienen culpa de la separación pasada y son amados por la Iglesia y reconocidos como hermanos.

UN PATRIMONIO COMÚN

Es mucho lo que ya tenemos en común todos los cristianos. Nos une la Sagrada Escritura, la vida de la gracia y de las virtudes, la comunión de oraciones y otros dones espirituales. Se da incluso, entre todos nosotros, creyentes en Cristo, un modo de «verdadera unión en el Espíritu Santo», ya que Él actúa, también, en los cristianos no católicos y «los santifica con sus dones y gracias y, a algunos de ellos, les dio fuerzas incluso para derramar su sangre». De manera principal, la incorporación a Cristo por el bautismo, patrimonio común de todos los cristianos, establece entre nosotros –católicos y no católicos– un vínculo sobrenatural. Todos los cristianos nacen en las aguas del bautismo. Como enseña el Concilio Vaticano II en el Decreto Unitatis redintegratio, «aquellos que creen en Cristo y recibieron debidamente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica». «La fraternidad entre los cristianos –dice Benedicto XVI– no es simplemente un vago sentimiento y tampoco nace de una forma de indiferencia con respecto a la verdad (…). Se basa en la realidad sobrenatural de un único bautismo, que nos inserta a todos en el único Cuerpo de Cristo (cfr. 1 Co 12, 13; Ga 3, 28; Col 2, 12). Juntos confesamos a Jesucristo como Dios y Señor; juntos lo reconocemos como único mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tm 2, 5), subrayando nuestra común pertenencia a Él (cfr. Unitatis redintegratio, n. 22; Ut unum sint, n. 42). A partir de este fundamento esencial del bautismo, que es una realidad procedente de Cristo, una realidad en el ser y luego en el profesar, en el creer y en el actuar, el diálogo ha dado sus frutos y seguirá haciéndolo».

Opus Dei -

La conciencia de compartir esa riqueza común es el fundamento común del ecumenismo. Esta conciencia es, en efecto, la que nos lleva a una consideración especialmente positiva de las otras confesiones cristianas, y debe suscitar un trato mutuo marcado por la conciencia gozosa de ser unos y otros –todos– cristianos. Por este motivo, «es preciso que los católicos reconozcan con alegría y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común», que se encuentran en nuestros hermanos separados». Esta valoración es, pues, de gran importancia: redunda en la estima y en el modo peculiar de vivir la caridad con esos hermanos nuestros que no son católicos. Por estar enraizada en la fe común en Jesucristo, el modo de vivir con ellos el amor cristiano tiene, en efecto, rasgos especiales.

Otra es, en cambio, la situación de los no creyentes y de los que no profesan la religión cristiana. Con los no cristianos la Iglesia desea y busca otro tipo de diálogo, el llamado diálogo interreligioso, que es diverso del ecumenismo, porque el punto de partida es radicalmente diverso. En este contexto ocupa un lugar propio, como es bien sabido, la relación de los cristianos con los hebreos, nuestros hermanos mayores, según la expresión utilizada por Juan Pablo II, con quienes el Pueblo de Dios del Nuevo Testamento está espiritualmente unido.

ECUMENISMO Y “CONVERSIONES”: RELACIÓN Y DIVERSIDAD

Como enseña el Concilio Vaticano II, «por “movimiento ecuménico” se entienden las actividades y las iniciativas que, según las diversas necesidades de la Iglesia y las circunstancias actuales, se promueven y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos». El movimiento ecuménico se dirige más a las comunidades que a las personas individuales y responde específicamente a una dimensión de índole “corporativa”: trabajar para que las diversas Iglesias y comunidades cristianas lleguen, en cuanto tales, a la plena comunión en orden a la unidad visible. El punto de partida es esa común identidad cristiana de que hablábamos. A la vez, cada confesión debe ser consciente de sus rasgos propios, pues sólo desde el reconocimiento de la propia identidad se puede dialogar.

Aunque el empeño ecuménico se expresa en múltiples actividades institucionales entre las confesiones cristianas, no se reduce a ellas, pues constituye una responsabilidad personal de todos los cristianos. No se trata de una tarea sólo para especialistas, o de un ámbito lejano de la existencia cotidiana. Se trata de «un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad». El ecumenismo es, sencillamente, una dimensión de la existencia cristiana. Por ejemplo, como ya señaló el Concilio Vaticano II, a todos nos afecta la preocupación por «eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las relaciones mutuas con ellos».

Pero, sobre todo, entre los que han recibido el Bautismo, la primera palabra del diálogo se encamina a fomentar precisamente lo que supone para todos el Sacramento de la regeneración, y llevarlo a sus últimas consecuencias: ser buenos cristianos. En otras palabras, el encuentro de un católico –que sea consciente de su fe– con un ortodoxo, un anglicano o un protestante, tenderá a suscitar en primer lugar que cada uno viva de modo más pleno el cristianismo, o que comience a practicar su fe, si no lo hacía. Es necesario considerar ante todo esta riqueza común de la llamada bautismal a vivir una vida nueva en Cristo. Todos los fieles cristianos están llamados a la santidad. «Recuerden todos los fieles que promoverán e incluso practicarán tanto mejor la unión de los cristianos cuanto más se esfuercen por vivir una vida más pura según el Evangelio. Pues cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntima y fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua».

Opus Dei -

A la luz de esta consideración, salta a la vista lo atractivo que es el mensaje que Dios confió a San Josemaría para su difusión, y las posibilidades tan amplias de acción ecuménica que tenemos. Al mismo tiempo, «los bienes presentes en los otros cristianos pueden contribuir a la edificación de los católicos», que se sentirán llamados a su propia conversión personal, porque todo testimonio auténtico de fe y de amor cristianos incita a una mayor entrega en todos.

En el marco de la relación con los demás cristianos, cabe considerar otra tarea, que es –con palabras de Unitatis redintegratio – «el trabajo de preparación y de reconciliación de las personas singulares que desean la plena comunión católica», es decir, la atención a aquellos cristianos de otras confesiones que desean ser católicos. Es necesario distinguir, como hace el Decreto, la actividad ecuménica y la atención a estas situaciones particulares. La primera –el ecumenismo– se orienta a la unión plena y visible de las Iglesias y comunidades eclesiales como tales. Ahora, en cambio, en esa atención de que hablamos, se trata de algo que afecta a la persona concreta, a la conciencia de las personas que se plantean libremente la decisión de ser católicas. Las dos tareas se fundamentan en el deseo de colaborar con el designio de Dios y, lejos de oponerse, están íntimamente compenetradas. El presupuesto común es siempre el respeto y la estima de las personas, de sus ideas y de la riqueza que poseen por su dimensión religiosa. Por ejemplo, el testimonio de vida de un colega o amigo católico puede suscitar en otro cristiano, con la gracia de Dios, el deseo de una vida realmente cristiana en el seno de la Comunidad eclesial a la que pertenece; pero puede despertar también, en el proceso de la gracia, el deseo de incorporarse a la Iglesia católica. El amigo católico acompañará esa decisión con su oración y su palabra, con pleno respeto de su libertad. De ese modo, manifiesta una amistad sincera, que comporta la confidencia, y brota de la caridad que Dios ha derramado en nuestros corazones: sólo Él, en efecto, puede cambiar nuestro corazón.

De modo genérico, cabría decir que un cristiano que da ese paso en realidad no cambia o retorna de una Iglesia a otra, sino que se incorpora plenamente a la Iglesia, a la única Iglesia, a la que ya estaba unido de manera no plena: a la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica, que preside desde la Cátedra de Roma el Sucesor de Pedro. Ese amigo llega a ser del todo lo que ya era de modo imperfecto. Por este motivo, quienes se adhieren al catolicismo prefieren en ocasiones no hablar de conversión: para ellos, no sin razón, su conversión es en realidad un proceso de conversiones –caben muchas a lo largo de la vida– que se inicia con el Bautismo, hasta llegar, con un nuevo impulso de la gracia, a dar el paso hacia la plena comunión, hacia el hogar: ¡Roma! Con gran delicadeza hacia estos sentimientos el Concilio Vaticano II sustituyó la expresión “conversión” –más propia, en rigor, de quien acepta por vez primera el cristianismo– por la de “plena incorporación”.

Opus Dei -

Ciertamente estas decisiones son motivo de profunda alegría para los hijos de la Iglesia católica, que desean vivamente y trabajan para que todos los hombres alcancen la plena comunión con Dios y con los demás en la Iglesia universal.

PARA ENTABLAR UN DIÁLOGO VERDADERO

Como seres sociales, los hombres necesitan comunicarse con los demás, apoyarse unos en los otros, para superar las dificultades, para gozar del producto de sus afanes y contribuir al conocimiento de la verdad. Dios ha hecho al hombre de tal manera que no puede dejar de compartir con otros su vida, y aspira a que los demás le comprendan y respeten. Por ello, el diálogo es un reconocimiento de la humanidad del interlocutor; en un clima que estará necesariamente empapado de cordialidad, de amistad y de caridad.

La actitud abierta y respetuosa del católico en el diálogo ecuménico requiere un conocimiento y una exposición clara de la fe: «la paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales». Por eso es muy importante que los católicos conozcan, cada uno según sus propias posibilidades, los documentos del Concilio Vaticano II, el Catecismo de la Iglesia Católica, y otros textos importantes, como por ejemplo la carta Communionis notio, la declaración Dominus Iesus, y las recientes Responsa ad quaestiones emanadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Opus Dei -

Entablar un diálogo con otros cristianos requiere, además, que puedan apreciar que se está en condiciones de descubrir los valores positivos que tiene la fe que han recibido por medio de su comunidad cristiana, aun en medio de deficiencias. Pero esto nos exige a los católicos formación, estudio, conocimiento profundo de nuestra fe.

Desde el estudio, pues, al diálogo. Los cristianos pueden siempre aprender unos de otros, y llegar a valorar aún más realidades que conocían. También encuentran un acicate al ver con qué profundidad otros ahondan en su fe. Es significativo, por ejemplo, el estudio de la Escritura tan enraizado en la vida de muchos protestantes; la belleza de tantas celebraciones litúrgicas ortodoxas; el amor a la Sagrada Eucaristía y su centralidad en la vida de los católicos, tan atrayente para muchos protestantes. Las enseñanzas de San Josemaría sobre la santificación del trabajo suscitan un gran interés y simpatía en tantos cristianos. Es crucial redescubrir la convergencia que existe en aspectos como éstos, sin perder de vista que sólo la caridad permite superar las divisiones. Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen. –Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad.

«Hace falta, aun antes de hablar, oír la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo», decía el Papa Pablo VI. Si no se descubre en el interlocutor un deseo sincero de conocer y comprender, nadie puede sentirse respetado e inclinado a dialogar: nada debe ser más ajeno a la actitud del apóstol cristiano que la arrogancia infatuada o, como ahora suele decirse, el triunfalismo. No es nuestra doctrina el fruto de nuestro esfuerzo, de nuestra perspicacia o de nuestro ingenio, sino palabra de Dios que ha venido a nosotros: no porque fuéramos mejores que los demás o porque estuviéramos más preparados, sino porque el Señor ha querido usarnos como instrumentos suyos (…). Más aún: estamos persuadidos de que esa verdad divina, que llevamos, nos trasciende: que nuestras palabras resultan insuficientes para expresar toda su riqueza, que es incluso posible que no la entendamos con plenitud y que hagamos el papel de quien transmite un mensaje que él mismo no comprende del todo. No somos propietarios de la verdad, no nos pertenece; queremos ser cooperadores de la verdad: cooperatores simus veritatis; tratamos de actuar en la verdad y por ella.

CON LA CARIDAD DE CRISTO

Para que cumpláis como es debido la parte que os corresponde en la misión de la Iglesia, hace falta que no olvidéis el ejemplo de Cristo. No hay verdadero diálogo cristiano, si no es reproduciendo el modo de ser y de obrar del Señor. El ejemplo de Jesucristo nos lleva a dialogar; ese mismo ejemplo nos enseña cómo hemos de hablar con los hombres. Con palabras de San Josemaría, son dos los rasgos fundamentales: fidelidad a la verdad, amistad con los hombres. No puede haber un diálogo fecundo sin que se dé o se cree entre los que dialogan un clima de auténtica amistad, de honradez y de certidumbre.

Opus Dei -

Sin amor a los demás no puede haber un ecumenismo verdadero, sino meras estrategias, que por sí solas resultan infecundas: el Señor nos ha llamado en momentos, en los que se habla mucho de paz y no hay paz: ni en las almas, ni en las instituciones, ni en la vida social, ni entre los pueblos. Se habla continuamente de igualdad y de democracia y abundan las castas: cerradas, impenetrables. Nos ha llamado en un tiempo, en el que se clama por la comprensión, y la comprensión brilla por su ausencia, incluso entre personas que obran de buena fe y quieren practicar la caridad, porque -no lo olvidéis- la caridad, más que en dar, está en comprender. Verdadero diálogo es sólo el que nace de un deseo de amistad sincera, de un afán de ayudar y servir a los demás. «El clima del diálogo es la amistad. Más todavía: el servicio».

Los católicos, en la acción ecuménica, deben preocuparse de los hermanos, orando por ellos, tratando con ellos y adelantándose a su encuentro. El amor ha de estar en la raíz de todas las acciones humanas. Con palabras de San Pablo, omnia vestra in caritate fiant: obrad siempre con caridad. Por eso, además de conocimiento mutuo, es necesaria también la estima y el afecto verdadero, que surgen espontáneamente, como percibieron el 7 de octubre de 2002 quienes acompañaban al Patriarca de la Iglesia ortodoxa rumana, al término de la audiencia concedida por Juan Pablo II a los participantes en la canonización de san Josemaría. Este evento ecuménico ha tenido una fuerte repercusión, en personas de Rumanía y en muchas otras; algunas conocían poco el Opus Dei, otras participan en sus apostolados, como manifestaban con inmensa alegría familias de ortodoxos libaneses que asistieron a la ceremonia.

La vida de los santos permite descubrir lo que Dios rea­liza en quienes pertenecen a otras Iglesias y comunidades eclesiales. «Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de sangre: Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras. Quienes han dado su vida por Cristo constituyen así un punto de encuentro: «Este común testimonio de santidad, como fidelidad al único Señor, es un potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. «El ecumenismo de los santos, de los mártires, es tal vez el más convincente. La communio sanctorum habla con una voz más fuerte que los elementos de división. El martyrologium de los primeros siglos constituyó la base del culto de los santos. Proclamando y venerando la santidad de sus hijos e hijas, la Iglesia rendía máximo honor a Dios mismo; en los mártires veneraba a Cristo, que estaba en el origen de su martirio y de su santidad. Se ha desarrollado posteriormente la praxis de la canonización, que todavía perdura en la Iglesia católica y en las ortodoxas».

SUSCITAR LA COLABORACIÓN EN SERVICIO A LOS HOMBRES

Crear las condiciones para que surjan actividades conjuntas de cristianos de distintas confesiones, o para que otros cristianos cooperen en actividades de la Iglesia Católica, facilita el conocimiento mutuo y, en la medida en que esa cooperación se realiza, esas actividades nos acercan a la plena comunión de los cristianos.

La colaboración en el campo social es una vía concreta propuesta por el Concilio Vaticano II para el ejercicio del ecumenismo, que los fieles de la Prelatura, como todos los miembros de la Iglesia, debemos secundar. «La cooperación de todos los cristianos pone de manifiesto de un modo vivo aquella unión con la que ya están vinculados y expone con una luz más clara el rostro de Cristo Siervo. Es necesario que esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, se vaya perfeccionando más y más, principalmente en las regiones donde se lleva a cabo un desarrollo social o técnico, tanto en la justa estimación de la dignidad de la persona humana como en la promoción del bien de la paz, en el impulso de la aplicación social del Evangelio, en la penetración de las ciencias y las artes, por el espíritu cristiano, en procurar toda clase de remedios contra las miserias de nuestro tiempo, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la miseria, la escasez de vivienda y la injusta distribución de los bienes. Por medio de esta cooperación, todos los que creen en Cristo pueden fácilmente aprender cómo conocerse mejor unos a otros, apreciar a los demás y allanar el camino hacia la unidad de los cristianos».

De modo especial en muchos lugares de Occidente, pero también en el resto del mundo, «la presencia de los cristianos –afirmaba recientemente Benedicto XVI– sólo será eficaz e iluminadora si tenemos la valentía de recorrer con decisión el camino de la reconciliación y de la unidad (…). Todos tenemos una responsabilidad específica (…); es más fácil el encuentro entre los pueblos; hay más oportunidades de aumentar el conocimiento y la estima recíproca, con un enriquecedor intercambio mutuo de dones; se siente la necesidad de afrontar unidos los grandes desafíos del momento, comenzando por el de la modernidad y la secularización. La experiencia demuestra ampliamente que el diálogo sincero y fraterno engendra confianza, elimina temores y prejuicios, supera dificultades y abre a la confrontación serena y constructiva».

*   *   *

Os lo he escrito tantas veces, con las palabras de Pablo: veritatem facientes in caritate (Ef 4, 15), haciendo la verdad con caridad: éste es el modo de dialogar, de dar doctrina. El “encuentro” ecuménico, vivido en la vida secular, es para que todos tratemos de caminar en la verdad y en la caridad y seamos mejores discípulos de Jesucristo, porque todos estamos llamados por el Señor –¡desde el Bautismo!– a la santidad personal. Es el gran mensaje de san Josemaría, reafirmado en el Concilio Vaticano II.

Hoy la Iglesia necesita ese “ecumenismo práctico” que brota también del espíritu de la Obra: el ecumenismo en medio de todas las actividades humanas. Es como ir extendiendo por todas partes redes y redes de cristianos amigos, de discípulos de Cristo, de “amigos de Dios”, para la conversión del mundo. Son las redes del Duc in altum!, las redes del apostolado ad fidem, de las que hablaba San Josemaría; son las redes que recogerán piscium multitudinem copiosam: hombres y mujeres que viven en el paganismo o en el neopaganismo. Y mientras los pescadores cumplen, unidos en amistad humana y cristiana, el mandato de Cristo, el amor de Dios Padre les concederá la plena comunión por la que oró –y ora en el Cielo– su Hijo: ut unum sint, y esto –repitámoslo con Jesús–, ut mundus credat: para que las redes se llenen hasta rebosar.

Todo es posible con esta condición: que no perdáis nunca el diálogo con nuestro Dios, vivo y amante, con el Espíritu Santo, con Cristo, Señor Nuestro, y con María, Reina del Cielo y Madre de la Iglesia. De ahí sacaréis cada día luces de doctrina, deseos de apostolado, afán de almas, caridad universal y delicada.

Pedro Rodríguez

“La unidad asume la diversidad”

compromiso  Tagged , , , No Comments »

Benedicto XVI se refirió este domingo a la Iglesia como a un organismo rico, vital y no uniforme.

Opus Dei -

Benedicto XVI afirmó que, gracias a los carismas regalados por el Espíritu Santo, “la Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que conduce a todos a la unidad profunda, asumiendo la diversidad sin abolirla y realizando un conjunto armonioso”.

Refiriéndose al texto de san Pablo correspondiente a la liturgia de hoy, indicó que “la Iglesia está concebida como el cuerpo, del que Cristo es la cabeza, y forma con Él una unidad”

Y explicó que “lo que el Apóstol quiere comunicar, es la idea de la unidad en la multiplicidad de los carismas, que son los dones del Espíritu Santo”.

Seguidamente, destacó que la Iglesia “prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado, en particular mediante los Sacramentos, la Palabra de Dios, los carismas y los ministerios distribuidos en la comunidad”.

“Por eso, precisamente en Cristo y en el Espíritu Santo, la Iglesia es una y santa, es decir una íntima comunión que trasciende las capacidades humanas y las sostiene”, añadió.

“Transmitir la belleza de ser una sola cosa en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
Benedicto XVI mostró su interés en destacar este aspecto de la Iglesia “cuando estamos viviendo la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que concluirá mañana, fiesta de la Conversión de San Pablo”.

Recordó que este lunes, como es tradición, celebrará las Vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros, con la participación de los representantes de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales presentes en Roma.

Y explicó que “pediremos a Dios el don de la plena unidad de todos los discípulos de Cristo y, en particular, según el tema de este año, renovaremos el compromiso de ser juntos testigos del Señor crucificado y resucitado”.

Además, pidió que “la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos conceda seguir progresando en la comunión, para transmitir la belleza de ser una sola cosa en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Antes de rezar el Ángelus, también recordó la figura de san Francisco de Sales, patrón de los periodistas y de la prensa católica, en el día de su memoria litúrgica.

Confió a su asistencia espiritual el Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,que ha firmado para la ocasión.

El texto, titulado “El sacerdote y la pastoral en el mundo digital: los nuevos medios al servicio de la Palabra”, fue presentado este sábado en el Vaticano.

El Santo Padre glosó brevemente la vida san Francisco de Sales: “Nacido en Savoya en 1567, estudió derecho en Padua y en París y, llamado por el Señor, se convirtió en sacerdote”, explicó.

Y destacó: “Se dedicó con gran fruto a la predicación y a la formación espiritual de los fieles, enseñando que la llamada a la santidad es para todos y que cada uno -como dice san Pablo con la comparación del cuerpo- tiene su lugar en la Iglesia”.

Sobre la personalidad de un “Defensor de la vida”

compromiso  Tagged , , , , , No Comments »

¿Cómo ayudar a quienes parecen despreciar la vida? ¿Cómo orientar a las personas que, frente a situaciones límite, han elegido una salida que supone una tragedia porque han optado por el aborto o la eutanasia?

Reflexiones introductorias*
Recuerdo a una escritora alemana, Karin Struck. Fuimos amigas en la última época de su vida. Si ella no hubiera sufrido una muerte prematura (2006), seguramente estaría hoy entre nosotros, en este gran Congreso por la vida.

Durante muchos años, Karin fue una novelista famosa. En sus tiempos de universitaria, militó en el partido comunista; después, propagó el amor libre y la homosexualidad. Decidió vivir sola con sus cuatro hijos, sin marido ni novios.

Un día abortó a su quinto hijo. Aunque no practicaba ninguna religión y vivía ajena a los tradicionales códigos éticos, quedó profundamente asustada del acto que había cometido. Con su sensibilidad de artista, expresó su angustia en un libro titulado “Ich seh mein Kind im Traum” (“Veo a mi hijo en los sueños”, 1992).

Opus Dei - Fotografía de Kerianne Brow

Fotografía de Kerianne Brow

A raíz de la publicación de ese libro, su vida cambió radicalmente. Las grandes editoriales le cerraron las puertas, y también las revistas importantes, la radio y la televisión rechazaron sus colaboraciones habituales. Karin quedó completamente marginada, eliminada de la mirada del gran público. Y tomó conciencia, cada vez más profunda, del grado de enfermedad de nuestras sociedades.

Fue una mujer radical y valiente. Cuando se dio cuenta de que estaba financiando —indirectamente— miles de abortos, por el mero hecho de pagar la seguridad social, se dio de baja en ella, junto con sus cuatro hijos. Pero pocas semanas más tarde, tuvo un accidente gravísimo con su hijo pequeño en el coche: tanto ella como el niño quedaron en coma, precisaban de varias intervenciones quirúrgicas y de largos períodos en el hospital. Desde el punto de vista de su situación económica, esto significaba que Karin había caído en la indigencia.

Sin embargo, ella no estaba sola. Los grupos pro vida —de Alemania, Suiza y Austria— y muchas personas singulares que la habían conocido a través de su libro contra el aborto formaron una red de ayuda para Karin. Le socorrieron tanto material, como espiritualmente; le dieron fuerza para replantear su vida desde los cimientos, y ánimo para salir adelante. En una de sus últimas cartas, Karin me contó: “Ahora limpio las casas de otras familias y, en algún momento, espero terminar mis estudios. Ya no soy famosa, ni quiero serlo. Por fin, estoy en paz”.

Opus Dei -

Me gustaría que mirásemos juntos a estas personas que ayudaron a Karin. Le dieron la ayuda económica, tan necesaria en una situación precaria. Pero le regalaron mucho más: le transmitieron una nueva alegría, una nueva esperanza en su situación dolorosa. Se puede decir que despertaban y defendían su vida de un modo integral.

En lo que sigue, no me refiero, por tanto, a lo que digan los “defensores de la vida” —que somos todos nosotros— a los grupos de presión o a algunos políticos. Tampoco me refiero a los panfletos que escriben, ni a las manifestaciones que organizan. Sólo quiero reflexionar con ustedes sobre nuestro comportamiento diario frente a personas concretas “del otro bando”: personas que han abortado o quieren hacerlo, que han pedido la eutanasia o quieren hacerlo.

Algunos de los “defensores” están organizados en asociaciones, otros no. Ordinariamente, no hace falta pertenecer a un grupo para defender la vida, aunque muchas veces sea oportuno. Sin embargo, no debemos olvidar que la potencia de un grupo depende de la personalidad de cada uno de sus miembros. Por eso, es tan importante empezar por nosotros mismos, si queremos defender la vida con eficacia.

I. ALGUNAS ACTITUDES CONVENIENTES
Todos somos muy distintos los unos de los otros, y también las circunstancias en las que nos encontramos. Es bueno, además, que las diferentes personas tengamos diferentes maneras de actuar. Sin embargo, podemos destacar algunos rasgos comunes que, de un modo u otro, debería desarrollar cada “defensor”.

Opus Dei - Fotografía de Kerianne Brown

Fotografía de Kerianne Brown

1. Fortaleza
Hace falta una buena dosis de valentía y de fortaleza para trabajar a favor de la vida en nuestra era de las dictaduras ocultas o manifiestas. Les voy a contar unos hechos que lo muestran con toda claridad.

Cuando cayó el Muro de Berlín, Alemania Oriental fue, de repente, un Estado libre, en el que regían nuevas leyes. Entonces, se abrieron los archivos de la policía secreta, y se descubrieron —entre miles de otros asuntos vergonzosos— algunos hechos especialmente considerables, que apenas fueron dados a conocer a los ciudadanos. La policía secreta de la Alemania comunista había estado muy pendiente de la destrucción de la moral pública y privada en Alemania Occidental. Empleó métodos muy precisos para frenar la defensa de la dignidad humana, del matrimonio y de la familia. Así, por ejemplo, cada vez que alguien se pronunciaba a favor de la vida —en la televisión, en la radio o en algún periódico—, recibía severas críticas en casi todos los medios. Era llamado “fascista”, intolerante y arrogante; fue despreciado, ridiculizado y —finalmente— callado. Muchas de las críticas llegaron con un nombre falso de Alemania comunista.

Opus Dei -

Si estamos dispuestos a trabajar a favor de la vida, necesitamos un corazón libre y fuerte. Tenemos que llegar a ser cada vez más independientes de los juicios de los otros. Un auténtico “defensor” acepta serenamente ser tomado por loco. En realidad, es más sano que una persona considerada “normal” en razón de su buena adaptación en nuestra sociedad, porque no renuncia a su capacidad de pensar por cuenta propia, ni a su espontaneidad; sigue, a pesar de los obstáculos, su propia luz interior, y se opone a todo lo que empequeñece al hombre, le masifica o cosifica, le manipula y engaña.

Antes de la despenalización de la eutanasia en los Países Bajos (1-IV-2002), ya era costumbre, en muchos hospitales, “hacer desaparecer” a los enfermos terminales clandestinamente, cuando a alguien le parecía oportuno. En esos tiempos, la madre de Piet, un conocido mío, estaba muriendo de una enfermedad dolorosa. En sus últimos días sufría enormemente y, estando toda la familia reunida en su habitación, el médico jefe entró, miró a la gente, llamó a Piet y le dijo en el pasillo: “Mira, yo daría ahora una inyección a tu madre, para provocarle una buena muerte. Pero sé que tú tienes otras convicciones. Por eso, necesito tu consentimiento; no quiero tener líos”. Piet no dio el permiso, y el médico no pudo aplicar la eutanasia. La madre sufrió una larga agonía. “Fue traumático —me comentó Piet después—. Ves morir a tu madre y no puedes ayudarla. Y, por encima de eso, toda la familia te echa la culpa por sus sufrimientos, y te reprocha la dureza de tu corazón”.

Realmente, hay situaciones sumamente duras. Existe el peligro de tambalearse, y es posible que caigamos, si no tenemos convicciones fuertes, muy personalizadas y arraigadas en una visión completa de la existencia.

2. Humildad
El “defensor de la vida” está dispuesto a oponerse —contra viento y marea— al mal en nuestro mundo. Por esta causa, vale la pena perder el prestigio social y gastar hasta las últimas energías.

Sin embargo, tenemos que reconocer que todos somos débiles y podemos cansarnos. Todos participamos en el mal. Durante la II Guerra Mundial, el escritor trapense Thomas Merton afirmó con contrición, desde América: “Que cada uno reconozca su propia gran culpa, ya que todos somos, de algún modo, culpables de esta guerra… Nosotros somos un árbol del cual Hitler es uno de sus frutos, y todos le alimentamos”.

Según uno de sus biógrafos, Merton sabía muy bien “que el pecado, el mal y la violencia que veía en el mundo, era el mismo pecado, el mismo mal y la misma violencia que había descubierto en su propio corazón… La impureza del mundo era un espejo de la impureza en su propio interior”. En la soledad y en el silencio, Merton tomó conciencia de que en él vivía la humanidad entera, con toda su miseria, pero también con su anhelo de amor: encontró el mundo en su propio territorio.

Opus Dei -

Estas experiencias nos invitan a mirar hondamente la condición humana, y a hacer menos radicales nuestros juicios sobre situaciones complejas. No hay sólo dos colores, el blanco y el negro: el mundo no está lleno de pecadores, por una parte, y de mártires que mueren cantando, por otra.

Este hecho lo ilustró Juan Pablo II en su visita al campo de concentración, en Auschwitz. Cuando el papa entró en ese lugar de espanto, donde habían muerto muchos de sus amigos y compañeros de la infancia, no dio ningún sermón, ninguna amonestación. Comenzó a rezar la oración del “Yo confieso” pidiendo perdón a Dios por sus propios pecados.

Todos estamos profunda y personalmente involucrados en los acontecimientos de nuestro mundo. Si aceptamos humildemente este hecho y miramos al centro más íntimo de nuestro ser, podemos mejorar, al menos, una pequeña porción de la sociedad, de la que formamos parte. Y entonces podemos ver, con ojos más limpios, que, aparte de todos los errores, hay mucho bueno y bello en los demás.

Se cuenta que el general Robert Lee habló, en alguna reunión, en los términos más elogiosos sobre algún oficial bajo su mando. Otro militar que estaba presente quedó atónito: “General —le dijo— ¿no sabe que el hombre del que habla con tanta admiración es uno de sus peores enemigos, que no pierde ocasión de denigrarle?” “Sí —respondió el general Lee—. Pero me pidieron mi opinión de él, no la opinión que él tiene de mí”.

Opus Dei -

Sólo cuando luchamos por ser sinceramente humildes, existe la posibilidad de que otra persona nos abra su corazón. A veces conviene hablar primero de nuestras propias faltas, de los propios errores. El sabio chino Laotse dijo hace 25 siglos: “La razón por la cual los ríos y los mares reciben el homenaje de cien torrentes de la montaña es que se mantienen por debajo de ellos. Así son capaces de reinar sobre todos los torrentes de la montaña”. De modo parecido tendría que actuar quien quiere transmitir una verdad: debe colocarse debajo de los hombres. Así, los otros no sienten su peso, y no toman sus palabras como insulto.

Aparte de ello, cada hombre es, realmente, superior a nosotros en varios aspectos. En este sentido, podemos aprender de todos.

3. Saber escuchar
Una de las consecuencias inmediatas de la humildad es la capacidad de acoger y escuchar al otro. A veces, se necesita mucho carácter y dominio de sí mismo para no exasperarse inmediatamente. Sin embargo, el enfado y los reproches son inútiles, porque ponen a la otra persona a la defensiva y, por lo común, hacen que trate de justificarse. Herir al otro con críticas punzantes, no sólo no corrige, sino que agrava la situación. Las heridas pueden crear resentimientos que, a veces, perduran décadas y siguen ardiendo hasta la muerte.

Cuando alguien se equivoca, quizá lo admita para sus adentros. Y si le sabemos llevar, con suavidad y con tacto, quizá lo admita también ante nosotros. Pero no ocurre así cuando tratamos de convencerle a toda costa de que no tiene razón.

El secreto para actuar con tranquilidad consiste en no identificar a la persona con su obra. Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis, y habla de los crímenes cometidos en Francia: “Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás”. Cada persona está por encima de sus peores errores.

Casi todos hablamos demasiado, cuando tratamos de atraer a los demás a nuestro modo de pensar. Primero tiene que hablar la otra persona. Ella sabe más que nosotros acerca de sus problemas, de sus luchas y sus sufrimientos. Es preciso crear un clima en el que puede hablar sin medir sus palabras, puede mostrar sus debilidades sin temor alguno a que se le censure.

Opus Dei -

Estamos llamados a empeñarnos en el difícil arte de ir al fondo con los demás, de no quedarnos en lo que dicen, sino llegar a lo que quieren decir, de no oír solamente palabras, sino mensajes. Con frecuencia, conviene asumir la función de papelera o de cubo de basura. Tal vez la escasez de estos “oyentes papelera” sea la causa de una soledad angustiosa de tantas personas: están llenas de sentimientos destructivos y de experiencias horribles, que no pueden compartir con nadie.

Si nos vemos en desacuerdo con la persona que habla, podemos estar tentados de interrumpirla. Pero es mejor no hacerlo; así no la ayudamos. Ella no nos prestará atención, mientras tenga todavía una cantidad de ideas y vivencias propias que reclaman expresión. Lo primero no es dar consejos, sino estar al lado del otro.

Tenemos que escuchar, tranquilamente, hasta el final. La palabra que se queda dentro de una persona puede ser la decisiva. Y justamente esta palabra tiene que salir. Por eso —advierte Guardini—, hemos de ejercitarnos para “ver, escuchar, sentir cómo, detrás de un sentimiento que se muestra, detrás de un pensamiento que se expresa, hay mucho más que permanece oculto; y cuando lo que ha estado oculto es finalmente conocido, puede ser que detrás de ello exista todavía más”.

Los mejores conversadores no son los que hablan bien, sino las personas que se interesan por lo que dicen los demás.

4. Comprensión
Recuerdo a una adolescente desesperada que se había quedado embarazada y sufría fuertes presiones para abortar. Durante varias semanas, había buscado ayuda, pero no sabía a quién dirigirse. Cuando hablé con ella, le pregunté por qué no había dicho nada a su amiga que colaboraba fervorosamente en una asociación pro vida. “Imposible —me respondió—. No puedo hablar con ella sobre estos temas. Sería un escándalo para ella. Nuestra amistad acabaría”. Pero, cuando alguien ha caído en las profundidades del dolor, ¿no es precisamente el amigo, la amiga, quien debe luchar por él y con él? “Sé solidario con los otros, sobre todo cuando sean culpables”, reza un proverbio francés.

En un momento de desaliento, de fracaso o de angustia, es tremendamente importante encontrar a una persona que comprenda, que no riña, que no clasifique fríamente, sino que sea capaz de compartir los sentimientos —tantas veces contradictorios—, que se encuentran en el corazón humano. Hay momentos en los que cada hombre —incluso el más cruel asesino— necesita consuelo y alivio. El criminal americano Crowley, condenado a la silla eléctrica por matar a mucha gente, escribió poco antes de su muerte: “Tengo bajo la ropa un corazón fatigado, un corazón bueno: un corazón que a nadie haría daño”.

Opus Dei -

¿Sabemos lo que ese hombre ha vivido? ¿Conocemos las manipulaciones y presiones a las que estaba expuesto desde su infancia, su vacío interior, su aburrimiento? ¿Qué ha provocado su desesperación y su odio? Hay una razón oculta por la que cada persona piensa y procede como lo hace. Si descubrimos esa razón, tendremos la llave de sus acciones, y quizá la de su personalidad.

En medio de un mundo lleno de situaciones terribles, estamos llamados a descubrir la posibilidad de una compasión. El gran escritor británico Graham Greene afirma: “Si conociéramos las cosas hasta el fondo, tendríamos compasión hasta con las estrellas”.

No me refiero, por supuesto, al ejercicio de la justicia pública; no se trata de saldar un castigo. Hablo sencillamente de la actitud de una persona concreta frente a otra, que se ha hecho culpable. En la vida diaria, no nos compete condenar a otros, ni juzgar sobre sus intenciones. Cuando estos actos se realizan “en la calle”, a menudo no están exentos de una gran dosis de morbo farisaico. Además, inician un nuevo ciclo de violencia y de opresión. La única liberación verdadera es aquella que toca el corazón y mueve a cambiarlo, con la gracia de Dios.

Opus Dei -

Un comentario mordaz o cínico no ayuda nada, sino que hunde al otro todavía más en la miseria. En cambio, si éste nota un verdadero interés, una auténtica preocupación por su persona y situación, puede ser que reaccione favorablemente. La comprensión tiene un efecto sanante.

Es preciso comprender que cada uno necesita más amor del que “merece”; cada uno es más vulnerable de lo que parece. Y hasta la persona más violenta puede arrepentirse de sus faltas, puede cambiar y crecer mientras viva. “No hay pecador sin futuro, ni santo sin pasado”, dice la sabiduría popular.

Comprender es tener la firme convicción de que cada persona, independientemente de todo el mal que haya hecho, es un ser humano capaz de hacer el bien. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz. Al comprender, decimos a alguien: “No, tú no eres así. ¡Sé quién eres! En realidad eres mucho mejor”. Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.

Existen, realmente, estas personas que saben dar cariño y esperanza a los demás. Su presencia engendra una sensación de bienestar. Los otros saben que están en buenas manos, cuando están con ellas; saben que son estimados y queridos, a pesar de todos sus fallos. Pueden dejar sus cargas, descansar y descubrir valores que, quizá, nunca hayan conocido.

II. SER CAPAZ PARA LA AMISTAD
Si deseamos que otro se desprenda, realmente, del error, de la equivocación, de la fealdad o de la maldad, y que se abra a nuevos conocimientos, es preciso entrar en una relación amistosa con él. Se acepta un consejo cuando hay confianza. Se sigue a un amigo y a nadie más.

La amistad proporciona un nuevo brillo a nuestra existencia y hace más amable nuestra vida. Goethe lo expresa de un modo poético: “Nuestro mundo parece muy vacío —afirma—, si lo imaginamos sólo lleno de montañas, ríos y ciudades. Pero sabemos que aquí o allá hay alguien que está en sintonía con nosotros, alguien con quien seguimos viviendo, aunque sea en silencio. Esto, y solamente esto, hace que la tierra sea un jardín habitable”.

Opus Dei - Fotografía de Kerianne Brown

Fotografía de Kerianne Brown

Precisamente ante la masificación y el anonimato, tan característicos de nuestra época, necesitamos lugares cálidos, espacios en los que podamos sentirnos como en casa. Donde hay amigos, surge la experiencia de la confianza, la experiencia del hogar. Para muchos contemporáneos, la amistad es su hogar y su patria en medio de una tierra sin patria y sin hogar.

Quien tiene amigos de otros partidos políticos, otras profesiones, religiones y nacionalidades, es una persona dichosa. Se le abre un mar sin orillas. Tratando y queriendo a la gente más variada, se amplía su mente y se ensancha su corazón. Recibe mucho y entrega mucho. Es quien mejor puede orientar a los que parecen estar en una situación sin salida.

Por supuesto, la amistad no se puede forzar. Es un don de lo alto. Pero podemos capacitarnos para recibir este don.

1. Una condición imprescindible
Para aventurarme en la vida del otro, debo estar en paz conmigo mismo. Debo llevarme bien conmigo mismo y llegar a ser, de alguna manera, “mi propio amigo”.

Conozco a una mujer que ha abortado varias veces y —después de un espectacular cambio de mente— trabajaba agresivamente a favor de la vida. En una ocasión, ella me confesó: “Francamente, me odio. Y odio a todas las mujeres que abortan. Si una persona ha realizado este crimen, sólo le quedan dos caminos: luchar vehemente en pro o en contra de la vida, para callar la voz de su conciencia”.

Opus Dei -

Sin embargo, no defendemos la vida, en primer lugar, para solucionar problemas personales, sino para ayudar a los demás. No podremos hacerlo con eficacia, si no transmitimos nada más que nuestro caos interior, ahogando a los otros con nuestros sentimientos amargos y nocivos. Huirán de nosotros para protegerse.

Si no estoy a gusto conmigo mismo, no estoy a gusto en ningún lugar. Si no me he encontrado a mí, no puedo realizar un verdadero encuentro con ninguna otra persona. Si no estoy en armonía conmigo, no puedo sembrar paz a mi alrededor.

Cabe también una tercera posibilidad para los que han experimentado el aborto: pueden defender la vida serenamente, si han llegado a ser “su propio amigo”. Pero, ¿cómo es posible esto? La amistad reclama una actitud de profunda sinceridad. No se puede construir sobre una mentira. Así, para ser “mi amigo”, necesito comportarme con rectitud interior. No debo reprimir las grandes cuestiones que se plantean, con mayor o menor frecuencia, en mi interior. Tengo que ordenar mi propia alma, dirigirla hacia el bien y buscar el sentido completo de mi existencia.

Si una persona se ha reconciliado con Dios y con ella misma, tiene la oportunidad de dar al mundo su propio testimonio con especial convicción. Es una tarea hermosa, una ocasión para desagraviar y, por supuesto, también es un tratamiento para curar las propias heridas cada vez más hondamente.

2. El valor de la amabilidad
Hay dos formas de mostrar nuestra fuerza en una conversación: podemos empujar al otro hacia abajo, o tirarle hacia arriba; podemos actuar de un modo destructivo o de un modo constructivo.

Un lenguaje ofensivo, unas palabras sarcásticas, cierta arrogancia, brusquedad, prepotencia y reproches son ejemplos para una conversación destructiva; producen resistencias y, en ocasiones, rebeliones abiertas.

Opus Dei -

No hacen falta habilidades para pisar al otro. Cualquiera puede hacerlo. Se hiere, a veces, todavía más con la frialdad que con el enfado. Pero el precio es alto. Si discutimos, nos enfrentamos y contradecimos, creamos distancias. Si nos dejamos llevar por la agitación interior, terminamos ofendiendo. Alguna vez, podremos lograr algún triunfo. Pero será una victoria vacía. Una persona forzada contra su voluntad no cambia de opinión. No sale del círculo vicioso en el que se encuentra y, con frecuencia, tiende a sabotear los esfuerzos de quien la frustra.

Es verdad, la coacción puede evitar, en ocasiones, un mal. Puede evitar, por ejemplo, la muerte de inocentes. Pero no es un medio adecuado para conducir a una persona hacia el bien. Un cambio violento, normalmente, no es profundo ni duradero. No se puede forzar a nadie a ser bueno.

Los chinos dicen: “Quien pisa con suavidad, va lejos”. Lo mismo expresa la famosa fábula del sol y del viento. Ambos discutieron acerca de cuál era más fuerte, y el viento dijo: “¿Ves aquel chico envuelto en una capa? Te apuesto a que le haré quitar la capa más rápido que tú”. Comenzó a soplar, con una fuerza enorme, hasta ser casi un ciclón. Pero cuanto más soplaba, tanto más el chico se envolvía en su capa. Por fin, el viento se calmó y se declaró vencido. Entonces salió el sol y sonrió benignamente sobre el chico. No pasó mucho tiempo hasta que éste, acalorado, se quitó la capa.

Realmente, la suavidad es más poderosa que la furia. Sólo a través del corazón podemos llegar a la razón de otra persona. Si ella nos rechaza, no podemos hacer nada. Pero si nota que la queremos de verdad, que es especial e importante para nosotros, y que deseamos que sea plenamente feliz, entonces se abre la posibilidad de una relación amistosa, en la que —como ya hemos visto— cada uno escucha al otro y cada uno aprende del otro.

Opus Dei - Fotografía de Juan Salvarredy

Fotografía de Juan Salvarredy

La amistad surge y se acrecienta cuando rompemos las imágenes que nos hemos hecho de otra persona. Es una experiencia muy íntima, que necesita tiempo, calma y mucha sensibilidad.

El que ama, da algo de sí mismo, de su propia vida, de lo que está vivo en él. Comparte sus alegrías y sus penas, sus ilusiones y desilusiones, sus experiencias y proyectos, sus reflexiones y, no en último lugar, la verdad que ha encontrado; en una palabra: se da a sí mismo. En este ambiente no es difícil hablar de todo, también de las propias faltas, aunque sean muy graves.

3. Transmitir la verdad
Para elevar al otro hacia una comunicación constructiva, conviene que profundicemos en la relación positiva que ya existe entre nosotros. Es importante ver lo bueno en el otro, porque todos tendemos a comportarnos según las expectativas de los demás. En este sentido, aconseja la sabiduría popular: “Si quieres que los otros sean buenos, trátales como si ya lo fuesen”.

Tendríamos que hablar siempre con un sello personal. Cuando los otros escuchan frases trilladas, hay quien deja de escuchar. No deberíamos olvidar que las palabras —y hasta los mejores ejemplos— se desgastan con el uso excesivo. Dado que los argumentos a favor de la vida se utilizan con frecuencia y en tantos contextos, puede ser que dejen de causar impresión. Necesitamos una fidelidad creativa a principios comunes.

Quien quiere al otro de verdad, no palia ni encubre el mal que éste haya hecho. Intentará transmitir las exigencias éticas con toda claridad, adaptadas a las circunstancias de cada caso. No buscará compromisos falsos, porque sabe que ellos no pueden llevar a nadie a una paz estable. “No es honesto eludir principios éticos elementales —afirman Natalia Horstmann y Enrique Sueiro—. Hay cosas buenas y cosas malas, y su bondad o maldad es independiente de consensos. El tabaco no mata porque lo diga la cajetilla…; ni la violencia machista es aberrante porque la condene el Gobierno. Son realidades dañinas en sí mismas, lo diga quien lo diga o aunque no lo diga nadie”.

Opus Dei -

El otro tiene derecho a conocer toda la verdad, aun allí donde a primera vista puede resultarle amarga. Por esto, tenemos la obligación grave de hacerle partícipe de la luz que tenemos, probablemente por la generosidad de otros.

Asimismo, para ganar en sinceridad en cualquier relación humana, es conveniente y necesario dar a conocer la propia identidad. El otro quiere saber quién soy yo, tal como yo quiero saber quién es él. Si reprimimos las diferencias y nos acostumbramos a callarlo todo, tal vez podamos gozar durante algún tiempo de una armonía aparente. Pero en el fondo, no nos aceptaríamos mutuamente tal como somos en realidad, y nuestra relación se tornaría cada vez más superficial, más decepcionante, hasta que, antes o después, se rompería.

Si creamos un ambiente de confusión, no ayudamos a nadie. Por esto es preciso exponer la verdad tan clara e íntegramente como sea posible. Cuando actuamos de esta manera, no obstaculizamos la amistad sino, muy al contrario, la fomentamos, si guardamos la delicadeza y el respeto. “No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad. El uno sin lo otro se convierte en una mentira destructora”. Estas palabras, inspiradas en la filósofa Edith Stein, me parecen especialmente aptas para la defensa de la vida. Toda verdad mezclada con veneno se vuelve, sin más, falsa.

4. Ayudar a salir de las dificultades
Según Sócrates, no conviene enseñar nada a nadie. El gran maestro conducía a sus contemporáneos sabiamente a verdades que ellos mismos encontraban. Su método refleja un conocimiento hondo del corazón humano. Muchas veces, realmente, estamos más convencidos de las verdades que hemos descubierto por cuenta propia, que de aquellas que otros nos sirven en bandeja de plata.

En la psicología se habla —análogamente— de la “intención robada”: si quiero hacer algo —incluso con mucho afán—, y otra persona me dice que debo hacer justamente esto, puede ser que disminuyan mis ganas. Me siento un mandado, no el protagonista de la obra. A nadie le agrada recibir órdenes sobre cosas que ha decidido hacer.

Opus Dei -

Así, conviene apelar a los motivos más nobles del otro y ayudarle a que él mismo quiera realizar el bien o arrepentirse del mal. Él mismo puede y debe decidirse a salir del pozo en el que ha caído. En la proximidad de un amigo, esto es posible. Junto al amigo, una persona puede entrar en relación con su auténtico yo; puede percibir lo sincero y lo verdadero en su propio corazón. Puede sentirse como envuelto en el aire de la montaña, gracias al cual puede respirar de forma diferente a como lo hace normalmente; y ese aire le lleva a entrar en contacto con lo más sublime y elevado que hay en él.

Nuestra tarea consiste, sobre todo, en poner al otro en relación con sus sentimientos más íntimos y auténticos, y en incitarle a expresar los silenciosos impulsos de su corazón. Podemos asegurarle nuestra cercanía, echarle una mano y transmitir la creencia firme de que el camino hacia la salvación es viable.

Un buen amigo da ánimo, luz y esperanza, aunque la noche sea oscura. Ayuda al otro a salir de una depresión, después de una gran caída. Le da valor para levantarse, y fuerza para asumir la propia culpa —con todas sus consecuencias—. Y, no en último lugar, le despierta la ilusión de decidirse, nuevamente, por la vida. Un proverbio japonés afirma: “Con un amigo a mi lado no hay ningún camino que sea demasiado largo”.

NOTA FINAL
El amor a la vida se expresa, muchas veces, en la valentía, en la fortaleza y en la justicia. Y se muestra, al mismo tiempo, en la humildad, en la escucha y en la compasión. Siempre defiende la verdad y, en el mejor de los casos, llega a construir una auténtica amistad.

Opus Dei -

Queremos dar la vida a todos, tanto a los que están en peligro material de perderla, como a los que están en peligro espiritual de robarla. Todos necesitan nuestra solicitud, y no debemos olvidar que aquel que hace el mal se daña aún más que aquel que lo sufre.

Por esto, hemos puesto nuestra mirada en las víctimas quizá todavía más destrozadas que los niños que no nacerán, o los ancianos que mueren antes de tiempo. Queremos dar vida también a los responsables del aborto y de la eutanasia. Queremos ofrecerles nuestra ayuda para salir de su error y revisar sus actitudes. Con ello, tenemos muy claro que “la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad”.

Si un “defensor” se acostumbra a descubrir el núcleo bueno de todos los hombres, y a realizar un encuentro con quien ha actuado mal, entonces aumentará incluso su propia vida. En el trato sincero con los demás crece su vitalidad. Se le ocurren más ideas, relucen más valores. El “defensor” se hace, sobre todo, cada vez más capaz de amar, más apto para orientar. Adquirirá, en medio de un mundo caótico, sabiduría para comprender, paciencia para luchar, y una alegría inexpresable, que es fruto del empeño de conducir a otros desde la oscuridad a la luz. Su estilo de vida se resume en el famoso lema de Antonio Machado: “Pensar alto, sentir hondo, hablar claro”.

Opus Dei -


* Conferencia de la doctora Jutta Burggraf, pronunciada el 6 de noviembre de 2009 en el IV Congreso Internacional Provida, celebrado en Zaragoza (España).

Jutta Burggraf es Profesora de Teología Dogmática y de Ecumenismo en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra

Ordenación de 24 diáconos en Madrid

compromiso  Tagged , , , , , , , , , No Comments »

En la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, Mons. Javier Echevarría, ordenó el pasado 6 de abril a veinticuatro diáconos de la Prelatura procedentes de trece países: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, España, Gran Bretaña, Honduras, Irlanda, Kenia, México, Nigeria, Portugal y Uruguay.

Opus Dei - Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

Mons. Javier Echevarría impone las manos a Ricardo Acosta, de Costa Rica, en la ceremonia

En su homilía, el Prelado recordó la relación que guarda el templo de Nuestra Señora de los Ángeles con la fundación de la Obra. El 2 de octubre de 1928, el beato Josemaría Escrivá vio por primera vez el Opus Dei mientras realizaba unos días de retiro espiritual en la casa central de los PP. Paúles. “Conmovido, me arrodillé – explicaba el Fundador-. Estaba solo en mi cuarto (…) Di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles”. En muchas ocasiones afirmó que ese tañer de campanas, que llegaba como un regalo de la Virgen, “nunca ha dejado de sonar en mis oídos”.

El beato Josemaría Escrivá recordaba esos momentos en 1974 ante un grupo de personas en Latinoamérica: “¿Vosotros pensáis lo que es tener veintiséis años, la gracia de Dios, buen humor y nada más; y unas campanas que se oyen, y el querer de Dios, con todo aquello que era un imposible, sin ningún medio humano; y ponerse a soñar, y después verlo realizado en todo el mundo?”.

Durante la homilía, Mons. Echevarría agradeció a “la Reina de los Ángeles” toda “la movilización espiritual de cristianos corrientes nacida de la respuesta del beato Josemaría, que en toda la tierra busca la plenitud de la vida cristiana y trata de ejercitar el apostolado mediante las actividades familiares, sociales y profesionales que entretejen las jornadas de la gran mayoría de las personas”.

Habló también del “toque de campana” que ha dado Juan Pablo II en su última Carta Apostólica: “Jesucristo se sirve de su Vicario en la tierra cuando nos exhorta a recorrer con garbo las sendas de nuestra vocación cristiana”. Con la Novo millennio ineunte, “el Santo Padre ha querido despertar a los tibios, animar a los pusilánimes, impulsar a todos”.

Citando al Papa, dijo que “los caminos por los que cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias caminan son muchos, pero no hay distancias entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de vida”.

Hasta su ordenación presbiteral, estos diáconos asistirán al clero de la prelatura y trabajarán en la labor que el Opus Dei desarrolla en los diferentes países. Entre la variada procedencia geográfica de los nuevos ordenados, se encuentran algunos que proceden del continente africano: Thomas Joseph Mboya Ayugi, keniano; y Innocent Okwudili Uwakwe, nigeriano. Llegan al sacerdocio, con 32 y 34 años, respectivamente.

Todos los diáconos han realizado alguna carrera universitaria civil y han ejercido su profesión antes de iniciar sus estudios teológicos. Entre ellos hay ocho ingenieros, tres periodistas, cuatro abogados, dos filólogos, dos historiadores, etc.


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Iniciar sesión