Mensaje del Papa para la Cuaresma 2008

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El Santo Padre invita a redescubrir en este tiempo “el valor de ser cristianos” y reflexiona sobre la limosna.

Opus Dei -

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas, lo afirma Jesús de manera perentoria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13).

La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva. San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén (cf. 2Cor 8,9; Rm 15,25-27 ).

2. Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un medio de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).

En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

“La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos”.

3. El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha”, dice Jesús, “así tu limosna quedará en secreto” (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa de los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo vaya a mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.

Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la óptica evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. ¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de sostén al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que “Dios ve en el secreto” y en el secreto recompensará no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

4. Invitándonos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, la Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. Y hay más: San Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. “La caridad –escribe– cubre multitud de pecados” (1P 4,8). Como a menudo repite la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece, a los pecadores, la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

5. La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo” (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo “todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee sino lo que es. Toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días inmediatamente precedentes a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se ha hecho pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos empuja a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándole conseguimos estar dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. ¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

6. Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma nos invita a “entrenarnos” espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el Apóstol San Pedro dijo al hombre tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar” (Hch 3,6). Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, que este tiempo esté caracterizado por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor. María, Madre y Sierva fiel del Señor, ayude a los creyentes a llevar adelante la “batalla espiritual” de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2007

BENEDICTUS PP. XVI

Yo los pasearía un poco…

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Breve biografía sobre el Fundador del Opus Dei escrita por José Miguel Cejas

Conocía los fuertes desequilibrios económicos y sociales de algunos países que recorría en su siembra de doctrina, y ante determinados panoramas de pobreza y marginación, recordaba a los que le escuchaban las exigencias del compromiso cristiano con toda su radicalidad, previniéndoles ante una falsa espiritualidad, individualista e indiferente a la suerte de los demás.

Se comprende muy bien —escribió en su libro de homilías Es Cristo que pasala impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar.

Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas que son santas porque vienen de Dios, tratadas como simples cosas, como número de una estadística. Comprendo y comparto esa impaciencia, que me impulsa a mirar a Cristo, que continúa invitándonos a que pongamos en práctica ese mandamiento nuevo del amor.

En Brasil —comentó, durante un encuentro de catequesis— hay mucho que hacer, porque hay gente necesitada de lo más elemental. No sólo de instrucción religiosa —hay tantos sin bautizar—, sino también de elementos de cultura corriente. Los hemos de promover de tal manera que no haya nadie sin trabajo, que no haya un anciano que se preocupe porque está mal asistido, que no haya un enfermo que se encuentre abandonado, que no haya nadie con hambre de sed y de justicia, y que no sepa el valor del sufrimiento.

A los que podían ayudar especialmente a los menos favorecidas desde el punto de vista económico, les insistía: Hay que intensificar las labores con obreros y campesinos. Hemos de ayudarles, con calor humano y afecto sobrenatural, a que adquieran la cultura necesaria para que puedan sacar de su trabajo más fruto material, y lleguen a mantener la familia con mayor desahogo y dignidad. Para eso no hay que hundir a los que están arriba; pero no es justo que haya familias que estén siempre abajo.

Yo los pasearía un poco… —le dijo a un venezolano, que le pidió un consejo para educar a sus hijos— por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas (…) para que vieran las chabolas, unas encima de otras. (…) Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido y sin un cobijo… No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?

Mirad, hemos de procurar que no le pase a nadie; hay que habilitar a la gente para que, con su trabajo, pueda asegurarse un bienestar mínimo, estar tranquilos en la vejez y en la enfermedad, cuidar de la educación de los hijos, y tantas otras cosas necesarias. Nada de los demás puede resultarnos indiferente y, desde nuestro sitio, hemos de procurar que se fomente la caridad y la justicia.

Roma, 28 de marzo de 1950

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“Al paso de Dios” es una biografía de San Josemaría escrito por François Gondrand

Rodeado de sus hijos que están en Roma, siguiendo la costumbre de ocultarse y desaparecer, el Padre celebra el veinticinco aniversario de su ordenación sacerdotal.

Muchos recuerdos vienen a su memoria: los primeros barruntos de la Obra, en 1917 y 1918; el seminario de Logroño y luego el de Zaragoza; la ordenación, los primeros años de ministerio sacerdotal y, finalmente, aquel 2 de octubre de 1928 en Madrid, cuando vio en su plenitud lo que Dios quería que hiciese; los comienzos de la Obra; la búsqueda de las almas, una a una, para transmitirles la llamada divina; la falta de decisión de unos, la respuesta generosa de otros, la fidelidad de los primeros…

Y he aquí que, ahora, la cosecha apunta ya en muchos lugares de dos continentes, mientras prosigue la siembra en otros países. ¿Cómo no dar a Dios gracias encendidas?

Como ocurre en todas las familias -y la Obra es una familia de vínculo sobrenatural- los hijos y las hijas sólo conocen a medias lo que ha costado todo eso. Pero no le gusta referirse a ello:

¡Sacrificio, sacrificio! -Claro que seguir a Jesucristo -lo ha dicho Él- es llevar la Cruz. Pero no me gusta oír hablar tanto de cruces y de sacrificio a las almas que aman al Señor; porque, cuando hay Amor, el sacrificio es gustoso -aunque cueste- y la Cruz es la Santa Cruz. -El alma que sabe amar y entregarse así está llena de alegría y de paz. Y entonces, ¿por qué hablar de sacrificio, como buscando un consuelo, si la Cruz de Cristo, que es tu Vida, te hace feliz?.

Ha terminado por ceder al deseo de sus hijos, especialmente de don Álvaro, que querían grabar una lápida -de acuerdo con las costumbres romanas- de sus bodas sacerdotales, pero con una condición: que se ponga en lo alto de la inscripción un borrico… Este borriquillo de noria o ese burro sarnoso bajo cuya figura se ve cuando se dirige a Dios…

Dos etapas jurídicas importantes

Las gestiones previas a la definitiva aprobación pontificia siguen su curso. La documentación presentada por el Fundador de la Obra es estudiada varias veces por grupos de expertos de la Curia romana: primero por una comisión de consultores y luego por el Congreso plenario. Mons. Escrivá de Balaguer hace hincapié en que el decreto de aprobación definitiva tenga en cuenta las características propias del espíritu y de los apostolados del Opus Dei. Entre otros puntos, insiste en que los no católicos, e incluso los no cristianos, puedan ser admitidos como cooperadores de la Obra -no como miembros- y quedar así unidos a su labor apostólica.

“Monseñor, ¡usted siempre pide cosas nuevas!”, le han dicho la primera vez. Porque, ciertamente, la Santa Sede nunca ha admitido que una institución católica incorpore de alguna manera a sus apostolados a personas que no forman parte de la Iglesia. Hasta que, tras una actitud dilatoria, que él considera ya como una aceptación implícita, llega la respuesta positiva.

Otro de los deseos del Fundador es lograr que puedan incorporarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos formados en los seminarios e incardinados en sus respectivas diócesis.

¿Qué estoy haciendo por mis hermanos sacerdotes?, se pregunta con frecuencia, pues su preocupación por la vida espiritual de los mismos viene de muy lejos. Un sacerdote -recuerda- no se salva ni se condena solo… Desde su época en el Seminario de Zaragoza, conoce la generosidad y el amor de Dios que tienen muchos de sus hermanos en el sacerdocio y desea ardientemente poder ayudarles en una tarea que ellos, con frecuencia, realizan con un heroísmo silencioso.

Le lleva a ello la altísima idea que tiene del sacerdocio ministerial; no en vano, cuando predicaba a sus hermanos sacerdotes en los años cuarenta, solía permanecer de rodillas ante el altar cuando se refería a este tema.

El Fundador está convencido de que la espiritualidad del Opus Dei puede contribuir mucho a que esos sacerdotes se santifiquen en su estado. Pero, ¿cómo incorporarles a la Obra sin alejarles de las diócesis en que trabajan y sin modificar en nada las relaciones y los lazos que les unen a sus obispos respectivos? Las sugerencias que le han hecho algunos expertos en Derecho canónico, así como diversas personalidades de la Curia, no le han parecido satisfactorias. Así, pues, continúa buscando una fórmula, como había hecho hasta el 14 de febrero de 1943, cuando vio cómo tenía que resolver la ordenación de sacerdotes en el Opus Dei.

Con todo, le acucia la urgencia de solucionar este asunto. Siente como si Dios le pidiese hacer algo, y pronto… Por eso, en 1949, después de haberlo madurado en la oración y a pesar del desgarramiento interior que supone para él, había llegado a la conclusión de que sería preciso hacer una nueva fundación orientada específicamente a ayudar a los sacerdotes. Aunque eso significaba, tal vez, tener que abandonar el Opus Dei, la Santa Sede, hecha la correspondiente consulta, le había autorizado a llevar a cabo una nueva fundación.

Inmediatamente, había informado de su decisión a los miembros del Consejo General de la Obra, los cuales, aunque conmovidos y abrumados ante tal determinación, habían decidido respetar la voluntad del Padre.

Mientras se preparaba para dar ese paso, no sin seguir dando vueltas a otras posibles soluciones, había descubierto, de repente, la manera de asociar a los sacerdotes diocesanos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sin necesidad de fundar nada nuevo.

La solución, que durante tanto tiempo había buscado y nadie le había sugerido, era muy simple. En efecto: si la vocación al Opus Dei consistía en buscar la santificación a través de las ocupaciones ordinarias -el trabajo familiar y los deberes familiares, en el caso de la mayoría de los fieles- estaba claro que los sacerdotes podían hacer lo mismo, esforzándose, en su caso, en cumplir su ministerio con la mayor perfección posible; la Obra sólo aportaría la ayuda espiritual necesaria para que lo lograsen.

De esta forma, podrían asociarse a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz sacerdotes diocesanos incardinados en sus respectivas diócesis, y continuar dependiendo en todo de su Ordinario. Esos sacerdotes no tendrían “superiores” en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz; su único superior sería el obispo de la diócesis a la que perteneciesen. La Obra se limitaría a proporcionarles ayuda espiritual, con objeto de que pudieran santificarse en su ministerio sacerdotal, el cual llevarían a cabo en dependencia exclusiva de su obispo. Lo único que haría la Obra, con su espíritu de lucha ascética y de estímulo de vida interior, sería reforzar los lazos entre los sacerdotes y la jerarquía. Además, la fraternidad que encontrarían y vivirían en la Obra evitaría el riesgo de que se sintieran solos en un momento u otro de su vida. Finalmente, en virtud de esta nueva llamada, procurarían hacer más fecundo su ministerio y su vida sacerdotal. Lo lograrían gracias a la espiritualidad del Opus Dei, que consiste, para todos, en realizar el trabajo ordinario con la mayor perfección posible, humana y sobrenatural.

El Padre sabe que esta solución -no en vano la había buscado tanto-, tan sencilla en apariencia, tendrá consecuencias muy beneficiosas para los sacerdotes que respondan a esa llamada y para muchos otros que se verán influidos por su palabra y su ejemplo. Y también para los fieles que estén en relación con ellos. Sin duda, la recristianización de la sociedad, tan necesaria, se verá reforzada y acelerada.

Al comprender que así no tendrá que abandonar el Opus Dei, el Padre se ha sentido enormemente aliviado. El Señor, sin duda, le había hecho creer que le pedía ese desgarrador sacrificio, a la manera como había pedido a Abraham que sacrificase a su hijo, para probar su obediencia…

Ludens in orbe terrarum… (Prov. VIII, 30). El Señor había estado jugando con él como juega con los hijos de los hombres a lo largo y a lo ancho de la tierra… Como un padre juega con sus hijos: El niño tiene unos tarugos de madera, de formas y colores diversos… Y su padre le va diciendo: pon éste aquí, y ese otro ahí, y aquel rojo más allá… Y al final, ¡un castillo!

Una aprobación decisiva

El año 1950 trae otra gran alegría al Fundador del Opus Dei. Como culminación de todas las gestiones realizadas y después de que ciento diez prelados de diecisiete nacionalidades -entre ellos doce cardenales, un patriarca y veintiséis arzobispos- enviaran a la Santa Sede cartas de recomendación, el Papa firma el decreto de aprobación definitiva y solemne del Opus Dei el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón.

El documento, más largo de lo habitual, evoca la rápida extensión de la Obra, que, como en la parábola evangélica, “se ha multiplicado de tal forma que el pequeño grano de mostaza se ha transformado de manera admirable en un árbol frondoso”.

El decreto recoge también los aspectos específicos del espíritu del Opus Dei: la secularidad -que lo distingue de los institutos religiosos-, las virtudes cristianas y humanas que sus miembros se comprometen a practicar, la libertad que éstos tienen en el terreno profesional y político, la filiación divina, que es el fundamento de su vida espiritual…

Tres días después de la publicación del decreto, Radio Vaticana difunde un amplio comentario sobre el mismo en cada una de sus treinta emisiones en distintos idiomas. El Padre escucha en silencio una de ellas, con la cabeza baja, como si no fuera con él…

Al recibir la noticia, había rezado un Te Deum con algunos de sus hijos. Luego, había pedido a todos los que estaban lejos de él, en diversos países, que se unieran a sus acciones de gracias y respondieran a la misericordia divina con un deseo renovado de santidad y de apostolado.

En Villa Tévere y por todo el mundo

Por todas partes empiezan a recogerse los primeros frutos de la siembra. El mismo día en que la aprobación definitiva de la Obra se ha hecho pública -16 de junio- don Adolfo Rodríguez Vidal celebra Misa por vez primera en el oratorio del primer Centro del Opus Dei en Santiago de Chile.

Un día antes, el 15, un norteamericano, Richard Rieman, ha pedido la admisión en la Obra. Acaba de terminar sus estudios en la Universidad y durante la guerra ha prestado sus servicios en la Marina. Unos días más tarde, el Padre le escribe una carta de su puño y letra, hablándole de la bendita responsabilidad que implica su vocación, y que le incumbe particularmente a él, primer miembro de la Obra en los Estados Unidos.

Durante el verano, se amplían los cursos de formación. Los hay en España -concretamente en Molinoviejo-, en Coimbra -Portugal-, cerca de Toormakeady -al oeste de Irlanda-, y también en Castelgandolfo, en Italia.

En este país, la labor del Opus Dei empieza ya a madurar, al igual que ha ocurrido en España desde hace algunos años. Los jóvenes que se reúnen en Castelgandolfo provienen de Roma, de Milán, de Palermo y de otras ciudades italianas. Uno de ellos escribe a otro, que está lejos: “Casi todas las tardes viene el Padre, y la familia se completa. Se queda con nosotros un largo rato y la jornada se hace entonces más intensa, porque el Padre nos comunica su alegría sobrenatural, nos estimula con su ejemplo y nos hace sentirnos más cerca de los demás miembros de la Obra”.

El Fundador aprovecha esos ratos para comunicarles su preocupación por verlos volar cuanto antes con sus propias alas. Los edificios de Villa Tévere, que han permitido iniciar la labor apostólica en Italia, no deberán servir, en el futuro, más que para sede de la dirección central de la Obra, y, provisionalmente, durante algunos años, como sede del Colegio Romano de la Santa Cruz. Así pues, sus hijos italianos tendrán que buscar cuanto antes una casa, porque, si no -les dice-, tendréis que refugiaros bajo los puentes del Tíber…

Las obras de la Sede Central prosiguen, en efecto, tan deprisa como se puede. A mediados de septiembre, las mujeres de la Sección femenina pueden ya instalarse en un edificio independiente, que les servirá de base para sus apostolados propios. Además, desde allí podrán, con las separaciones requeridas, encargarse de algunas tareas domésticas -cocina, decoración, limpieza, etc.- en los edificios ocupados por el Padre y por los miembros varones, como ya lo vienen haciendo en los Centros de la Obra en España y en otros países.

Bajo el manto de Nuestra Señora

El 1.° de noviembre de 1950 se produce la primera vocación a la Obra en Argentina. En ese mismo día, el Padre ha recibido un gozo indescriptible: el Papa Pío XII proclama, en la plaza de San Pedro, el dogma de la Asunción a los cielos de María Santísima. Día de gozo para los católicos del mundo entero, que se complacen al ver definido solemnemente un privilegio de la Virgen. Día de intensa acción de gracias para Josemaría Escrivá de Balaguer, que siempre lo ha puesto todo bajo la protección de Nuestra Señora: su vocación sacerdotal y esta Obra de Dios, tanto antes de que le fuera claramente revelada como después, a medida que ha ido creciendo paso a paso. Ella le ha correspondido con creces, de tal forma que muchas etapas decisivas en la historia de la Obra se han cubierto en fiestas de la Virgen.

Hace ya mucho tiempo, durante una acción de gracias tras celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Isabel, en Madrid, había escrito unas palabras que ahora ayudan a miles y miles de cristianos a contemplar mejor el misterio de la Asunción, lo mismo que los demás misterios del Santo Rosario:

… María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y los Ángeles se alegran! Así canta la Iglesia (..). Jesús quiere tener a su madre, en cuerpo y alma, en la gloria. -Y la Corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora (..). La Trinidad Beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de Dios… -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Esta ?

La voz del Sumo Pontífice se hace más fuerte en el momento en que pronuncia la fórmula solemne por la que define la verdad de fe: “Con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de divina revelación que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

Frente a una imagen de madera policromada que preside la sala de estar donde se encuentra, el Fundador del Opus Dei ha oído estas palabras arrodillado…

“Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón humano”

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El domingo empezó en la basílica de San Pablo Extramuros en Roma, la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”

A las 9,30,  el Papa presidió la concelebración eucarística con los padres sinodales, con ocasión de la apertura de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”.

Comentando en la homilía el Evangelio sobre la imagen de la viña, el Santo Padre afirmó que lo que denuncia este episodio “interpela de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes”.

“Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que “Dios ha muerto”, se declara a sí mismo “dios”, considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo. (…) Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha “muerto”, ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? (…) ¿No sucede más bien -como lo demuestra la crónica cotidiana- que se difunden el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida”.

Tras poner de relieve que “en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida”, Benedicto XVI aseguró que “el mensaje consolador que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, que fue el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa”.

“Sólo la Palabra de Dios -continuó- puede cambiar profundamente el corazón del ser humano; por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea”.

El Santo Padre dijo que “en este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio!”; grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo”.

“La mies es mucha”, repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Por eso, es indispensable que los cristianos de todos los continentes estén dispuestos a responder a quien pida razón de su esperanza, anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio”.

El Papa concluyó pidiendo a Dios su ayuda para que durante las sesiones sinodales “nos planteemos juntos cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para que su luz ilumine todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida.

ESTADOS UNIDOS La pobreza de las ciudades

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Capitulo de “El Opus Dei: Ficción y realidad”, un libro de M.J.West

Yendo en la línea L de tren desde la estación Racine de Chicago, una vez pasadas las fábricas, las altas chimeneas y los coches oxidados, se llega a South Loomis Street, calle en la que hay un par de edificios de ladrillo, de la época victoriana, que pertenecieron un dia a un miembro de la banda de Al Capone. Lo único insólito de esas dos casas es que están unidas, por un campo de baloncesto. Ninguna otra cosa indica ue sea un lugar que atrajo la atención de la nación en otro tiempo.

Por dentro, el edificio principal es corno cualquier hogar, con su escalera de madera barnizada, su cuarto de estar con muebles confortables, antigüedades, pinturas y fotos. El centro, Midtown, es un audaz experimento destinado a ayudar a los chavales negros y de origen hispánico a estudiar y a adaptarse a la vida escolar.

Incluso sin Al Capone, el interior 01 Wide Side de Chicago, con sus sectores raciales -Hisponic Pilsen, Chinatown y los ghettos negros- sigue siendo una de las zonas más duras de una dura ciudad. Uno de cada 26 jóvenes negros que pasean por las calles encontrará una muerte violenta. Midtown ha perdido en luchas callejeras de gangs a cinco estudiantes y a una madre, pues la ciudad está dividida en bandas rivales cuyos símbolos pueden verse pintarrajeados en las fachadas de los edificios. Con frecuencia, la única forma de que un chico joven esté a salvo es que se traslade, aunque sea en trayectos muy cortos, en coche o en autobús.

Alrededor del 75 por 100 de los jóvenes del West Side son hijos de divorciados; el 50 por 100 no llega a terminar sus estudios y los negros y los hispanos tienen grandes dificultades para obtener un título. Durante las vacaciones de verano y. fuera del horario escolar a lo largo del curso, Midtown se esfuerza por remediar esa situación proporcionando a los estudiantes -hispanos, negros, asiáticos- ayuda en sus estudios y orientación profesional. También se da bastante importancia a los deportes. Un folleto explicativo de las actividades del centro añade: “Una o dos veces por semana, los estudiantes pueden hablar personalmente con un preceptor y reflexionar sobre el pasado y proyectar su futuro”.

Este último aspecto es clave en el programa de Midtown, que tiende a fortalecer el carácter de los jóvenes tanto como a desarrollar su inteligencia. Los preceptores actúan como modelos a imitar para que los chicos sé motiven. Generalmente son personas todavía jóvenes que han vivido en el barrio, pero que fueron capaces de salir adelante.

Uno de ellos, Jimmy Palos, poseedor de un brillante currículum universitario, explica: “Había chicos mucho más inteligentes que yo que se vieron atrapados en los gangs y se pasan la vida peleándose con cadenas, cuchillos y escopetas. Y no eran malos. Lo que pasa es que no tuvieron la suerte de venir por Midtown; y ahí siguen, en la calle”.

Y un estudiante declaró a un periódico local: “Si no hubiese conocido Midtown, seguramente hubiese dejado la escuela mucho antes. Mis amigos de entonces no hacen nada”. Y añadía que dos de ellos habían encontrado la muerte en luchas callejeras.

Otro decía: “Crecí en la calle 18, que ahora es un ghetto hispano. Si no hubiese frecuentado Midtown, todavía estaría allí, pues no creo que hubiese sido capaz de hacer nada solo”.

“Tratamos de estimularles -me explicó uno de los que trabajan en Midtown, Joe Mayor-. Procuramos abrirles los ojos para que se den cuenta de lo que valen, porque muchos de ellos tienen horizontes muy cortos. Entre otras cosas, les explicamos temas profesionales y les facilitamos becas y recursos financieros. Y también les damos clases de formación cristiana, procurando que sean aptas para todos, católicos y no católicos.”

Alrededor del 60 por 100 de los chicos que frecuentan Midtown asisten regularmente a la escuela, mientras la media, en la zona, es del 30 por 100. De ellos, el cien por cien acaba sus estudios. Estos datos estadísticos han atraído la atención tanto de las autoridades locales como de las nacionales. Midtown, actualmente, cuenta con la ayuda del alcalde de Chicago y ha recibido una subvención del gobierno federal, siendo visitado por relevantes personalidades políticas, como el ex presidente Carter. La televisión local se ocupó de Midtown en un documental titulado “Caminos hacia el éxito”.

Leo Gómez, un joven graduado en Psicología, actúa como consejero en Midtown. Vestido con pantalón corto, camiseta de deporte y gorro puntiagudo, no da la imagen de un psicólogo profesional. Es vivo y animado al hablar, dando la impresión de estar encantado con su trabajo. “Disfruto aconsejando a estos chicos, porque yo era como ellos -dice-. No me agrada la idea de ser autoritario, prefiero ser su amigo. No me envanezco con la idea de ser un modelo, porque yo sé que no soy perfecto, pero trato de hacerles comprender que tienen toda una vida por delante. Lo que Midtown pretende es hacerles ver que se puede estudiar y salir adelante.

Gran parte de nuestra ayuda consiste en hacerles más comunicativos. A veces, los padres se encuentran desorientados. “¿Qué podemos hacer?”, preguntan. Y yo les pregunto si hablan con sus hijos, y a los chicos si hablan con sus padres de sus amigos y amigas. Suelen creer que no deben hablar a sus padres de esas cosas, pues se enfadarían. La clave está en incitarles a que hablen y en aconsejar a los padres que no se enfaden si les cuentan algo que no les gusta. Lo que los chicos necesitan es que se les escuche, que haya alguien que se interese por sus asuntos; que los padres les pregunten “¿cómo van las cosas?” y se sienten a hablar con ellos con calma.

Son chicos de la calle. Hay que dejarles que hablen del porro, de la coca y de la panda. Y hablar como ellos, para que te comprendan. Yo les digo, cuando vienen, que desembuchen, que no se inhiban. Lo que pretendemos en Midtown es que se den cuenta de lo importante que es su formación. Yo les digo que ahora que soy mayor sé la importancia que tiene. Lo único que se puede hacer es esperar que se esfuercen por comportarse bien. Yo creo que uno empieza a ser un buen cristiano cuando lucha, cuando carga con su cruz. Si no se hace así, sé por experiencia lo que pasa. Uno se vuelve indiferente, arrogante y demás. Y eso es lo que les digo a los chicos: ¡chicos, tenéis que luchar!”

Luis Hymie y su mujer, Petra, viven en uno de los suburbios más pobres de Chicago. Han padecido enfermedades, desempleo y pobreza durante muchos años, pero eso no parece haberles amargado. Y me cuentan cómo han utilizado todas esas pruebas para crecer espiritualmente.

A comienzos de los años setenta, Luis, un hombre robusto que siempre había trabajado con sus manos, sufrió un ataque al corazón. Los médicos dijeron que sus posibilidades de sobrevivir eran una entre un millón. Le hicieron tres operaciones a vida o muerte. Luis se salvó, pero los riñones le fallaban. Su familia no había cesado de rezar en todo ese tiempo, pero ahora se redoblaron sus oraciones y los hijos fueron, con flores, a una capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe.

La señora Hymie recuerda que, durante todo un día, nadie en el hospital, ni médicos ni enfermeras, se acercó a ella, pues pensaban que su marido iba a morir de un momento a otro. Luego, a las tres de la tarde, un médico fue a examinarle; inmediatamente llamó a’ otros colegas y estuvieron tratándole hasta las ocho, hora en la que fueron a anunciarle que su esposo estaba fuera de peligro. La señora Hymie entonces miró el reloj y se dio cuenta de que a esa hora sus hijos estarían rezando el rosario en la capilla de la Virgen. “No sé por qué he hecho lo que he hecho -le dijo el médico-. Si sale adelante, no podrá moverse, ni andar, ni hablar. Nada. Será como un vegetal.”

Luis salió de la unidad de cuidados intensivos, pero los médicos seguían pensando que no se recobraría. El hospital se ofreció a pagar las enfermeras, porque les daba pena. “Además, pensaban que no tardaría en morir”, comenta la señora Hymie.

Al cabo de unas semanas, Luis había mejorado tanto, que pudo ser enviado a un centro de rehabilitación, para ser sometido a una serie de pruebas; éstas mostraron que tenía extensas e irreversibles zonas dañadas en el cerebro, y los médicos confirmaron los pronósticos anteriores. Así pues, aconsejaron a la señora Hymie que ingresara a su esposo en un asilo, porque nunca volvería a andar ni a hablar; sería siempre un vegetal.

“Pero me lo llevé a casa -comenta la señora Hymie-. Por entonces, un amigo nuestro fue a Venezuela para ver a Monseñor Escrivá, que estaba allí visitando el país. Cuando le habló de Luis, Monseñor Escribá le dijo que ya le habían hablado de él y que Dios sería muy generoso con Luis, pues Luis había sido muy generoso con Dios”.

Seguimos rezando. Cuando el médico volvió a verle se quedó desconcertado. Dijo que veía cambios en él y que merecía la pena someterle a terapia, cuando antes había dicho que no valdría para nada. Así que empezó la terapia. Fue como si renaciera, física y mentalmente. Se recuperó como un niño pequeño. Cuando empezó a caminar y todo lo demás, el médico me dijo que no sabía lo que yo había hecho ni lo que había sucedido, pero que no era posible.

Vea cuál ha sido la providencia de Dios en estos diez años, cómo Dios se ha ocupado de todo. Tantas cosas que han sucedido en nuestra familia… Yo- nunca fui a trabajar, y eso que éramos muy muy pobres. Y los chicos, todos, pudieron seguir yendo a la escuela. Fue la divina providencia y la ayuda de Monseñor Escrivá -decíamos su oración, los chicos la conocen nunca podríamos contar todas las cosas que nos han sucedido día tras día. Creo que los chicos han. aprendido mucho con lo de mi marido, y eso nos hace muy felices.”

Retrocedamos en el tiempo: Antes de que Luis cayera enfermo, los Hymies tenían nueve hijos y no querían tener más. Pero un sacerdote les recordó lo bueno que era ser generosos con Dios. “Qué quiere que le diga, aquello no me agradó -comenta la señora Hymie-. Pero aceptamos el consejo y lo dejamos todo en manos de Dios. Y Dios quiso que tuviéramos dos hijos más, y los dos han sido una bendición. Esos dos niños… de no haber sido por ellos… Josemaría, el más pequeño, tenía sólo un año cuando mi marido enfermó, así que han “crecido” juntos, lo cual es algo tan raro…; él respetaba a su padre y cuidaba de él.”

Luis me comentó: “Un día fui a un estanco y compré unos pitillos. ¿Sabe? Yo fumaba antes de caer enfermo. El caso es que me fui al porche y encendí un pitillo y empecé a fumar. Joe, entonces, se me acercó -tendría poco más de tres años- y me dijo: “Papá ¿estás fumando?”. Yo le dije que sí. “No debes fumar -repuso el-. Así que tira ese pitillo. Sabes que te perjudica”.”

La Sra. Hymie dice: “Sabía cómo cuidar a mi marido. Porque, a veces, Luis creía que podía hacer lo mismo que antes. Joe lo respetaba y al mismo tiempo cuidaba de él, dos cosas difíciles de compaginar. Y crecieron como amigos. Jugaba con mi marido, y le leía, y le ataba los zapatos, y yo creo que le ayudaba a madurar…” .

De su enfermedad, el señor Hymie dice: “En cierta manera me alegro de ella, porque así he tenido ocasión de ofrecer algo a Dios por mi mujer y mis hijos. Fue muy duro, ¿sabe? No podía hacer nada, no podía trabajar… A veces me siento mal, porque ni siquiera puedo segar el césped. Pero, como le he dicho, me alegra tener algo que ofrecer. Y mis hijos han aprendido a tener fe”.

El Club Metro, cerca de Midtown, reliza entre las chicas una labor semejante. Fue posible ponerlo en marcha, en parte, gracias al US President’s Inaugural Committee, que selecciona, entre miles, 23 proyectos dignos de ser subvencionados. Las clases incluyen, entre otras muchas cosas, expresión oral, formación cristiana, baile y orientación profesional. Las estudiantes son, en su mayoría, de origen hispánico, asiático y negro.

La coordinadora de programas, Margaret Black, dice que el club trata de evitar que las chicas se pasen el día en la calle, pues terminarían cayendo en la delincuencia organizada de las bandas. Muchas de ellas solo piensan en dejar de ir a la escuela cuanto antes y obtener un empleo cualquiera. Una de cada tres suele quedarse embarazada antes de dejar la escuela.

Como en Midtown, la clave del programa de Metro es el preceptor -en este caso preceptora- personal. Es casi la única persona “de fuera” con la que las chicas son capaces de hablar. “Se dan cuenta de que no están solas -dice Margaret-, de que tienen quien las ayude a salir adelante.” El resultado, en muchos casos, es que las chicas han avanzado considerablemente en la escuela. De ser las últimas han pasado a ser de las primeras. Para otras, el Metro Club les ha proporcionado mayor estabilidad emocional.

La directora del club, Natalie Jakueyn, me explica qué en el ámbito cultural negro del West Side de Chicago ya casi se ha perdido el concepto de familia, algo a lo que el club trata de poner remedio. Al parecer está dando buenos resultados, pues maestros, educadores y padres aseguran que las chicas tienen más confianza en sí mismas y progresan en su trabajo. “Hablando con ellas una a una -dice Natalie- tratamos de mejorar su autoestima, sus resultados académicos y su relación con Dios.”

Algo parecido oí cuando visité un centro similar del Opus Dei en Nueva York, concretamente en el Bronx.

Si Manhattan es frío y deshumanizado, cuando por la Quinta Avenida se desemboca en el Bronx uno tiene la sensación de haber entrado en una zona bombardeada. Todo está sucio, descuidado, semiderruido. La mayoría de las casas tienen las escaleras de incendios rotas y oxidadas y las fachadas ennegrecidas y desconchadas. La única diferencia entre los pisos habitados y los deshabitados son los visillos en las ventanas.

El taxista que me llevó, hacia diez años que no entraba en aquella zona, y se perdió. Fuimos a parar a una calle sin salida rodeada de viviendas quemadas. Los mendigos vagabundeaban por allí; otros, sentados en el suelo, nos miraban. No se veía ningún blanco. El motor se caló dos veces, a causa del sofocante calor, y el taxista empezó a ponerse nervioso. Temblaba tanto que no era capaz de leer la guía. Hasta que decidió buscar un puesto de policía para informarse. Luego se volvió hacia mí y preguntó malhumorado: “¿Se puede saber qué demonios viene usted a hacer aquí?”

Por fin dimos con East 174th Street, una casa pequeña, de dos pisos, que alberga Rosedale Club, un club para chicas. Abierto en 1978, ayuda a las jóvenes del Bronx a desarrollar su personalidad y mejorar sus estudios. Por él han pasado ya unas 500 chicas. Quienes dirigen el club dicen que lo más difícil es luchar con las consecuencias de los hogares rotos, de las malas relaciones entre padres (o padrastros) e hijos, de la droga y del ambiente de violencia. “En muchos casos, los padres declinan sus responsabilidades -dice Elizabeth Nonnemacker, que fue una de las fundadoras de Rosedale-. Lo que pretendemos es fortalecer a las familias. Muchas de nuestras actividades están orientadas a las “artes del hogar”, para que las familias se den cuenta de la importancia de tener un hogar digno.”

A finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, el gobierno de los Estados Unidos trató de resolver el problema de los ghettos empleando en ello mucho dinero, pero no se tardó en comprobar que el dinero no basta y que, en algunos casos, incluso se agrava el problema. Ahora casi todo el mundo reconoce que el problema básico es la ausencia de vida familiar, la falta de unos vínculos sólidos.

“A veces, la situación familiar de las chicas que vienen a Rosedale es terrible -dice Elizabeth-. En sus casas todo el mundo se insulta y se pelea, así que procuramos que las chicas vuelvan a sus hogares después de haber pasado un buen rato aquí. Y les animamos a hacer algo por sus padres. Esta semana, por ejemplo, las chicas están preparando un “show” para el Día de la Madre. Eso une a las familias. También les damos formación espiritual; tienen clases de doctrina católica, retiros espirituales, etc. Y no sólo para las chicas, sino también para sus padres. Algunos se han bautizado y otros han recibido la Primera Comunión.”

Nueva York es más impetuosa, brillante y espectacular que las películas que se han hecho sobre ella. Una ciudad en la que todo el mundo camina deprisa, sin mirar hacia los lados. Eso me recordó algo que un miembro español del Opus Dei, el doctor José María Barredo, me había dicho. Había emigrado a los Estados Unidos en 1946 y había permanecido allí 38 años. Según él, los norteamericanos siempre tienen prisa, por lo que sólo se puede hablar tranquilamente con ellos en los transportes públicos. “Recuerdo que una vez, en un taxi, empecé a hablar con el taxista y pronto nuestra conversación recayó en temas espirituales. Al cabo de un rato me di cuenta de que no nos acercábamos nada a mi punto de destino. Cuando se lo dije me contestó que llevaba un rato dando vueltas, porque tenía pocas ocasiones de hablar de temas serios.”

El taxista de un taxi que tomé a la puerta de la Estación Grand Central me dijo que llevaba veinte años trabajando en Manhattan, justo desde que llegó de Sudamérica, y que ya estaba cansado. “Tengo cuarenta años -me explicó- y quiero regresar a Colombia, donde hay tiempo para hacer cosas. Allí yo iba a Misa todos los días. Aquí, si no trabajo en domingo, el dinero no me llega. La mayoría de los neoyorquinos sólo piensan en tres cosas: trabajar, ganar dinero y ser los primeros…”

Pregunté a varios miembros norteamericanos del Opus Dei sobre la manera de encarar la vida en el país del trabajo, el dinero y el prurito de ser los primeros. Uno de ellos, Don Popp, editor estadístico de una importante revista financiera de Nueva York (hombre bajito, fuerte, de aire energético), me habló así de su actitud ante el trabajo: “Tengo un amigo judío que es muy buen profesional -empezó diciendo-, pero no le gusta trabajar. Prefiere quedarse en casa o ir a la sinagoga, si puede. No se da cuenta del valor del trabajo, así que yo trato de imbuirle la idea de lo bueno que es trabajar. Y es que mucha gente no considera el trabajo como algo bueno en sí mismo, sino como una necesidad; es un problema de nuestra cultura. La gente trabaja muchísimo con objeto de adelantar todo lo que puede la edad de jubilación. Vivimos inmersos en una cultura que lo quiere todo. Nos hemos creado infinidad de necesidades y la gente sacrifica muchas cosas para darse la buena vida. Tienen dos empleos, su mujer trabaja, pero siempre para tener más cosas, para comprar. Parece que nunca tenemos lo suficiente, por mucho que tengamos. No he encontrado nadie que esté contento con lo que gana.

El espíritu del Opus Dei me ha ayudado mucho a superar todo esto, sobre todo la idea de que uno debe estar desprendido de las cosas materiales y trabajar, sobre todo para santificar el trabajo, para agradar a Dios. Ése es mi objetivo: agradar a Dios haga lo que haga. Lo cual no quiere decir que no cometa errores. Soy estadístico y manejo cifras. Me equivoco, aunque procuro evitarlo. Procuro ser honrado. Disfruto enormemente con mi trabajo -bueno, con la mayoría de lo que hago-. Tras 25 años en este trabajo, siempre hago lo mismo, pero no me aburro. A veces me canso, pero si no me olvido de por qué trabajo, si recuerdo que lo estoy haciendo por Dios y para servir al prójimo, me siento alegre.

Procuro mejorar la calidad de mi trabajo, pero mi mayor deseo no es llegar a ser presidente de mi compañía. Mi antiguo jefe, que tuvo el trabajo que yo tengo ahora, no quería más que subir y subir. Ahora gana muchísimo dinero y quiere seguir subiendo. Ése no es mi caso. prefiero seguir donde estoy e influir favorablemente en quienes trabajan conmigo.

Es maravilloso saber que nuestro trabajo puede ser obra de Dios, trabajo de Dios. Me ilusiona poder transmitir a los demás que el trabajo puede ser un medio de santificación, ya sea el trabajo físico de un peón que trabaja de nueve de la mañana a cinco de la tarde, un trabajo intelectual, el de un ama de casa, e incluso el esfuerzo que supone practicar algún deporte. Esto, para mucha gente, es toda una revelación”.

Eric Streiff, director de fotografía, converso al catolicismo, poseedor de unos grandes almacenes en Nueva York, y su mujer, Jolene, diseñadora de moda que ya no ejerce, dedican mucho tiempo a formar una familia, “pasatiempo” pasado de moda entre sus colegas. Eric dice que en Nueva York es corriente que un fotógrafo trabaje de 12 a 13 horas diarias. Pocos de ellos son felices en su matrimonio. Como la de otros muchos neoyorquinos, la vida de Eric y Jolene es trepidante, pero, a diferencia de otros’ muchos, pasan todo el tiempo que pueden en su hogar. Su casa está en las afueras, pues decidieron dar prioridad a los hijos frente a un BMW y un apartamento de lujo en la Quinta Avenida. “Creo que si los dos trabajásemos y no parásemos nunca en casa, el trabajo acabaría por absorber nuestra vida -dice Eric-. Es lo que le pasa a mucha gente con la que trabajo. Solo piensa en triunfar, en tener éxito, y trabaja sin pausa. Es como si no supiesen hacer otra cosa, no encuentran satisfacción con nada. Por eso son tan desgraciados. En mi caso, mi familia constituye todo un mundo. Cuando termina mi jornada de trabajo, estoy deseando, volver a casa.”

Jolene confiesa que crear una verdadera familia en el ambiente neoyorkino que les rodea no es tarea fácil. “Hay momentos en los que me entran ganas de llorar. Pero, si se tiene fe en Dios, una pronto se serena y todo vuelve a su cauce. Yo creo. que la gente ahora no deja a Dios actuar. Quieren decidir y resolverlo todo por sí mismos, controlar las situaciones en el acto.”

Chris y Ann Woolf son protagonistas de una historia similar, escrita a contracorriente, aceptando los hijos que Dios ha querido que tuviesen. Chris es profesor asociado de Derecho Constitucional en la Universidad de Marquette, y Anne, aunque graduada en Ciencias, se dedica exclusivamente a ser ama de casa, esposa y madre. Anne dice que la cultura norteamericana está orientada hacia el triunfo, por lo que limitarse a ser madre y ama de casa significa renunciar a esa especie de reconocimiento público que muchas de sus amigas tienen en el mercado del trabajo. “Nadie aprecia lo que haces en casa y por eso tienes que fortalecerte interiormente. El Opus Dei me ha ayudado mucho, enseñándome a procurar vivir constantemente en la presencia de Dios.”

Cuando los Woolf empezaron a tener hijos, Chris era un simple graduado. Vivían en una ciudad universitaria en la que era “casi tabú” tener un hijo. “Todo el mundo mostraba hostilidad -cuenta Anne-. El movimiento defensor del crecimiento cero de la población era muy activo y su actitud prevalente que tener hijos era algo que sólo hacía la gente con un nivel muy bajo de educación. Aquello era muy duro. Por eso, lo que aprendí en el Opus Dei me ayudó mucho. Me dijeron que me preguntase a mí misma por qué las’ críticas me irritaban tanto, así que reflexioné y me dije: “Está bien. Lo que yo creo y lo que yo hago no tiene por qué verse afectado por lo que hagan o piensen los demás”. Sí, era tiempo de crecer por dentro, de abandonar la estúpida idea de que una tiene que hacer lo que los demás creen que es importante, de que hay que estar en escena, viviendo para que a una la aplaudan. Al contrario: aprendí a ser yo misma.”

Habla Chris: “La maternidad ayuda a lograr eso”.

Anne: “Claro que sí. Es muy bueno tener alguien con quien hablar de todas estas cosas. En la dirección espiritual una se hace más realista, se olvida de sí misma y adquiere sentido del humor. Es muy difícil para una madre encontrar significado en cambiar pañales, recoger juguetes y lavar el suelo. Sólo se encuentra cuando se concibe el cristianismo como algo que da sentido a los detalles más insignificantes de nuestra vida. Entonces todo cambia. Se da una cuenta de que aunque esas cosas, aisladas, no tienen sentido, juntas integran un todo que proporciona a la vida un cambio tremendo, pues contribuyen a crear un ambiente en el que los demás pueden desarrollar más fácilmente su personalidad y crecer espiritualmente. Pienso que se trata de adquirir una especie de profesionalidad. Se trata de crear una atmósfera adecuada para que florezcan los demás y resulta apasionante encontrar la mejor forma de lograrlo”.

Chris: “Creo que la idea de dar una orientación sobrenatural al trabajo no tiene nada que ver con los motivos por los que la mayoría de los norteamericanos trabajan. Antes de conocer el Opus Dei, la idea de ofrecer a Dios el trabajo era para mí algo teórico, inefectivo. Procurar que tuviese consecuencias prácticas a lo largo del día, minuto a minuto, era algo nuevo, que me ha dado, creo, la capacidad de apreciar mejor la eficacia sobrenatural del trabajo. Corría el mismo peligro que otros muchos americanos: tratar de superarme por motivos humanos, para sobresalir y ser admirado.

Hubiese sido una persona muy ambiciosa por motivos muy poco nobles. Ciertamente es bueno procurar hacer las cosas lo mejor que uno puede. Un punto de Camino habla de no tener una visión chata, estrecha, de “ave de corral”. Pero el Opus Dei me enseñó a distinguir entre ambición egoísta y ambición para la gloria de Dios y el bien de los demás. Algo que he tenido muy presente últimamente, pues acabo de publicar un libro que seguramente será citado por el fiscal general al final del año. Ya antes de que apareciese, me repetía a mí mismo: “Toda la gloria para Dios, no para mí”. Algo que con toda seguridad no habría hecho antes.

El Opus Dei hace también que uno desee transmitir la fe a los demás de una forma espontánea. Hay un alumno en mi clase de Derecho Constitucional que estaba tan deprimido que quería suicidarse. Tras hablar con él largo y tendido, hace poco vino y me dijo: “Te voy a dar una buena noticia: soy un alcohólico”. Comprendí enseguida que era una buena noticia porque, por fin, lo había reconocido. Procuro ayudarle y animarle todo lo que, puedo, también espiritualmente. Si eso le hace crecer en sentido religioso, tanto mejor. Hay muchas maneras de hacer apostolado, es decir, de ayudar a la gente para que vea las cosas como son…”.

Jack Burns es un telefonista de mediana edad que vive en un barrio obrero del West Side, en Chicago. Es corpulento, extravertido, y tiene mucho sentido del humor. Cuando pidió la admisión en el Opus Dei, su mujer, Dorothy, quedó tan impresionada por el cambio que experimentó que ella misma se interesó por la Obra y terminó pidiendo la admisión también.

Jack: “Para mí el Opus Dei trata de santificar mi vida y mi familia y de animar a otros a hacer lo mismo. En el trabajo, procuro dar ejemplo y conocer mejor a mis compañeros, para poder ayudarlos. A veces, necesitan un consejo y yo les digo lo que pienso. No sermoneándoles, claro, sino de una manera natural”.

Dorothy: “Lo que más me impresionó cuando Jack se hizo del Opus Dei es que empezó a ayudarme mucho más en la casa. Tenemos seis hijos y fue como si de repente se diese cuenta de que yo necesitaba colaboración para hacer la vida agradable en el hogar. Solía jugar al béisbol al salir del trabajo, al menos tres días por semana, pero lo dejó. Llegaba a casa antes y bañaba a los niños. Parece una tontería, pero me impresionó y me hizo pensar…

Cuando la familia es numerosa, una llega a sentirse abandonada si carece de vida interior. La vida interior proporciona seguridad y fuerza para afrontar las dificultades. La gente se enfada y se altera por cualquier cosa. Mi experiencia es que, rezando, las cosas se resuelven. No es que todo salga a pedir de boca, pero ayuda. La gente quiere que todo le salga bien… Yo hago lo que puedo, procuro hacerlo, y dejo que Dios haga el resto.

Hay tantas cosas que alejan de Dios, tantas cosas materiales, tantas ideas que tratan de arrancarnos la fe… Una vez, leyendo en una revista femenina un artículo de una doctora en Filosofía, católica, me extrañó que tratara de justificar por qué solo quería tener dos hijos. Se lo di a leer a Jack, que, cuando lo hubo leído, me dijo: “No menciona a Dios ni una sola vez. Sólo habla de sus deseos: yo quiero, yo quiero…” Era cierto”.

Jack: “Es todo muy sutil. La gente escribe muy bien y parece que tiene razón. Pero, cuando se reflexiona, uno se da cuenta de que se olvida de Dios, de que sólo trata de hacer lo que le apetece. A mí, por ejemplo, me apasiona la pesca, pero si dejara que me absorbiese y me apartase de mi vida espiritual y mi familia…

En junio iremos todos de pesca, con los chicos y los vecinos. Disfrutaremos de lo lindo y, al mismo tiempo, tendremos oportunidad de hablar con los demás y procuraremos ayudarles, si hace falta. Lo malo es que cuando se va de pesca se suele beber mucho, así que tendremos que tener cuidado…”.

La raza de los hijos de Dios

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Tajamar, Instituto de Enseñanza que dirigen miembros del Opus Dei en Madrid, está lleno hasta los bordes una tarde de octubre de 1967. El Padre se dirige a una variada multitud de oyentes y les habla, en un momento de este encuentro, de la vocación al Opus Dei:

«Esta vocación, que no es para todos, la entienden perfectamente las almas que tienen el corazón noble, aunque no sean católicas. Y yo logré del Santo Padre Pío XII, en 1950, después de darme dos negativas, que al fin me concedieran traer junto a nosotros como Cooperadores los no católicos, los católicos que no practican y los anticatólicos, siempre que fueran nobles y tuvieran virtudes humanas»(42).

La Obra era así la primera asociación de la Iglesia que abría fraternalmente sus brazos a todos los hombres, sin distinción de credo o confesión.

Este respeto a la libertad de las conciencias es algo que Monseñor Escrivá de Balaguer ha gritado en todos los idiomas del mundo. Ha dicho, repetidamente, que daría la vida por defender la libertad de la conciencia de una sola persona. ¡Libérrimos!… repite constantemente a sus hijos. En la certeza de aquella afirmación de Juan Apóstol: «La verdad os hará libres »(43)

Creer firmemente en las verdades de la Iglesia Católica es situarse en las antípodas de un fanatismo despiadado e inútil. La Obra pregona a los cuatro vientos que, por encima de toda ideología y creencia, mantiene el profundo respeto a la persona y a su libertad. Porque la primera y última vocación del cristiano es la comprensión, la caridad. El Apóstol de Tarso definía así esta virtud y, con ella, todo el talante existencial de los discípulos de Cristo: «paciente, es servicial; no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe; la caridad no se ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; la caridad no se alegra de la injusticia, pero se alegra de la verdad. Todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera»(44)

Si el Opus Dei practica esta abierta acogida con todos los credos de la tierra, pide en cambio que se reconozca la libertad de su espíritu. No es más que reclamar la libertad de las conciencias para seguir a Jesucristo de acuerdo con aquella vocación a la que han sido llamados sus miembros.

Y, por otro lado, reclama igualmente, el derecho de cada uno a servir y a ejercer sus oficios individuales con la independencia y responsabilidad de cualquier ciudadano. Es la autonomía del orden temporal respecto a cualquier injerencia de índole eclesiástica.

De ahí que, junto a una flexibilidad en las cuestiones temporales, en las que no existen dogmas, Monseñor Escrivá de Balaguer tenga una seguridad inconmovible en las verdades de fe. Una imposibilidad de manejar asertos que no le pertenecen, que son un tesoro que la Iglesia custodia. Creer en la veracidad de unos dogmas trascendentes no permite concesiones ni recortes, por la sencilla razón de que el hombre no puede crear la verdad: sólo descubrirla y aceptarla.

«La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (45)

Los Cooperadores no católicos de la Obra ayudan en las empresas sociales, educativas, culturales, del Opus Dei, y al calor y al ejemplo de esta firme y humana actitud, algunos han llegado a la verdad de la Iglesia Católica por el camino de la amistad, del respeto, de la libertad.

Por esta doble postura de apertura y firmeza, podía escribir el Cardenal Primado de España, unos días después de la muerte del Fundador del Opus Dei:

«Mucho antes del Concilio Vaticano II trabajó Monseñor Escrivá de Balaguer, como nadie, en la promoción del laicado, en la auténtica y profunda promoción, no en las ridículas y tristes experiencias que tanto han abundado y siguen haciendo acto de presencia en los años del posconcilio; y en el campo del ecumenismo, y en el diálogo con el mundo moderno, y en el reconocimiento efectivo de la sana autonomía de las realidades temporales.

Precisamente por eso, ahora, cuando tantos se mueven alocadamente, sin rumbo, porque su frivolidad les priva de la luz, él supo mantenerse tan firme y enhiesto en la roca de la fidelidad sin convertirse jamás en un futurólogo insustancial que, creyendo atisbar el porvenir, consiente en que el presente se le desmorone entre las manos. Porque supo ser un auténtico progresista, fue también -como no puede ser menos- un conservador denodado y valiente, de la raza de los mártires y los confesores de la fe, o simplemente del linaje espiritual de los que, a imitación de María, saben conservar en su corazón de pobres del Reino lo que debe ser conservado siempre para ser feles»(46)

Son múltiples los ejemplos prácticos de esta actitud del Padre. Escenas que se han repetido continuamente en público y en privado. Una vez es un matrimonio peruano que visita al Padre en Roma en 1958. Les acompaña un hijo que no practica ningún género de creencia religiosa. Cuando los padres se arrodillan ante la bendición de Monseñor Escrivá de Balaguer, el muchacho se retira y permanece de pie. A la hora de marcharse, el Padre se acerca, con un afecto natural y sencillo para decirle que aunque no ha querido recibir su bendición de sacerdote, seguramente no tendrá inconveniente en recibir un abrazo de amigo.

Y en una tertulia muy numerosa, aquella voz que surge del fondo de la sala:

-«Padre, nosotros somos una familia ecuménica: mi esposa es metodista…

-¡Dios la bendiga! ¿Está aquí? -Está aquí, conmigo.

-Dile que la quiero mucho.

-Estamos muy unidos en la educación religiosa de nuestros hijos…

-¡Muy bien!

-Dos ya hicieron la Primera Comunión… -¡Bien!

-Me gustaría que dijese algunas palabras a mi esposa.

-¡Hija mía!, te digo lo siguiente: que tienes un marido estupendo y que te quiero mucho en el Señor. Quiero a todas las almas. Pero a una madre que da libertad a los hijos, y que además se ocupa de que se eduquen en esta fe maravillosa, que ve con alegría que se acerquen al Santo Sacramento de la Eucaristía, a una madre así yo ya la admiro. ¡Te admiro! (…). Reza por mí (…). Mañana, en la Misa, me voy a acordar mucho de ti. Allí no soy yo. Tú no tienes por qué creerlo, por ahora; pero pediré al Señor que te dé mi fe, porque -no te enfades- la tuya no es la verdadera. Yo daría mi vida cien veces por defender la libertad de tu conciencia; de modo que seríamos muy amigos, si yo viviera aquí. Pero, claro, yo creo que tengo la verdadera fe; si no, no vestiría esta funda de paraguas».

Y señala su sotana, mientras la gente ríe…

-«¡Reza por mí! Nadie como tu marido para defender la fe tuya. Y nadie como tu marido y como yo, para pedirle al Señor que te dé (…) mucha claridad de ideas. Y gracias, porque eres muy generosa y muy buena»(47).

Y en octubre de 1967, con el salón de actos de Tajamar abarrotado:

«Si me permitís, os voy a dar la bendeción (…). El que no tenga fe, que sepa que la bendición de un sacerdote es como la bendición de un padre y de una madre, porque es la bendición de Dios. Y los que tenéis la dicha de tener fe, recibidla como lo que es, como algo santo, grande, bueno:

Que el Señor esté en vuestros labios, en vuestros corazones, en vuestros hogares, en vuestros amores, en vuestro trabajo, y os dé siempre la alegría y la paz. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»(48).

Y Peter Forbarth, periodista, que acompañado por Javier Ayesta acude a visitar al Fundador de la Obra. Javier describe así sus impresiones:

«En 1967 acompañé a Roma al periodista americano Peter Forbarth que iba a efectuar una entrevista a Mons. Escrivá de Balaguer para “Time Magazine”. El Fundador del Opus Dei le invitó a comer, y le trató con su cariño y delicadeza proverbiales.

Yo había hablado con el Padre antes del almuerzo y le informé que mi colega era judío, y que no daba muestras de practicar su religión. Me contestó que la fe era un don que no se podía transmitir con simples razonamientos: había que contar con Dios. Me animó a ser un buen amigo suyo y a no importunarle en materia religiosa para que no se le hiciese odiosa la verdadera fe.

Peter salió muy impresionado de la entrevista y sólo decía: ¡Increíble! ¡Increíble! Estaba lleno de admiración y, horas más tarde, me decía que en el Fundador del Opus Dei se palpaba algo superior… »(49)

Otras veces, la historia es larga y la búsqueda tenaz. Como en el caso de Hilary Schlesinger, inglesa de nacionalidad pero de origen judío, y educada en un ambiente agnóstico. Hilary vive en la capital inglesa todo el horror de la última Guerra Mundial. Siente pasión hacia la música y maneja perfectamente el violín, pero abandona sus estudios instrumentales para dedicarse a la terapia ocupacional de las víctimas de los bombardeos. Un día una mujer joven, paralizada por un ataque de poliomielitis, le pregunta desde el pulmón de acero por el sentido del dolor y de la vida. Hilary no tiene respuesta. Pero se promete a sí misma buscar una finalidad al sufrimiento. Lee apasionadamente el Evangelio y pide fe. Siente profunda admiración por la figura de Jesús de Nazaret.

Siguiendo las líneas de su trabajo tiene que desplazarse a Argentina. Unos meses después, la ONU la envía a Chile. Un amigo le proporciona «Camino», un libro que le ayuda a rezar. Se interesa por la Obra y frecuenta uno de sus Centros en Santiago. El 19 de marzo de 1968 se bautiza en la religión católica. Cuando llega a Colombia, siguiendo su periplo profesional, pide allí, al Padre, su admisión en el Opus Dei.

Si algo ha impresionado su ánimo ha sido la libertad, la universalidad de la Obra a través de los países latinoamericanos que ha visitado. Su origen judío la hace doblemente querida por el Padre que, en más de una ocasión, ha respondido a un hebreo que le quiere porque sus dos grandes amores de la tierra son Jesucristo, que es judío, y su Madre, María, también hebrea.

Confirmando esta actitud, cabe anotar la respuesta de una mujer perteneciente a la Asociación de amistad judeo-cristiana de Madrid. En una reunión celebrada en 1964, en una sinagoga, un participante de origen sefardí, se levantó para preguntar «por qué el Opus Dei perseguía a los judíos». «Yo no era moderadora pero me levanté y dije: Sólo quiero atestiguar un hecho y es que el Opus Dei, lejos de perseguir a los judíos, tiene Cooperadores judíos en Estados Unidos desde 1948. Un aplauso cerrado acogió las palabras (…). Luego hice constar que no pertenecía al Opus Dei, pero que lo defendía por justicia» (50).

Y la simpática historia de aquella señora inglesa, mayor, quien, de pronto, ve cómo se instala un Centro de la Obra en el piso inmediato, al que acudían muchos chicos jóvenes. El Padre lo cuenta, divertido, en una tertulia:

«Había un Centro en una parte de Londres. Y, claro, como los chicos son chicos, y además jóvenes, armaban mucho jaleo con las guitarras y las canciones. En el apartamento contiguo vivía una señora anciana, escritora, periodista, amiga de la tranquilidad y de la serenidad material también, para poder cumplir con su oficio (…). Decía que aquellos vecinos eran unos impertinentes. Los chicos lo supieron y un día fueron a visitarla. La trataron con mucho cariño, sacaron las guitarras y le cantaron unas cuantas cosas. Desde entonces se sintió obligada. Y a la hora del té llegaba siempre un regalito de tía Carolina, como comenzaron a llamarla enseguida los chicos. Y tía Carolina, con la alegría de aquellos hijos míos, y con el empeño que pusieron en la oración, en importunar al Señor, ha tenido la gracia de Dios para convertirse a la fe católica. Yo recibo algunas veces sus cartas, y las contesto. Me decía hace poco que debía ir a Inglaterra, y estoy con el corazón en Inglaterra, porque allí también me encuentro muy a gusto. Cuando vayáis, haced una visita a tía Carolina»(51)

Más tarde, en 1972, esta mujer inglesa viaja desde Londres en avión para saludar al Padre en una gran reunión celebrada en Barcelona. Y como el Fundador acaba de explicar que él se siente joven, como si tuviera sólo siete años, ella le interpela desde el público:

-«Por una parte soy mayor que usted, puesto que yo tengo ocho años y usted siete. Por otra, soy bastante más joven, porque tengo quince meses: los que llevo desde mi conversión, en agosto del año pasado. Soy su hija más pequeña. Por eso quiero pedirle un favor: sentarme a su lado el resto de esta maravillosa tertulia»(52).

Así, con cariño, con seguridad y amor, ha abierto el Padre la amistad de todos los hombres y mujeres del mundo. Cuando Peter Forbarth le interroga en su entrevista del 15 de abril de 1967, la respuesta será afirmación pública de esta alegre realidad de la Obra:

-«¿Cómo se sostiene económicamente el Opus Dei?».

-«Trabajando mucho sus miembros, yo también. Y el que trabaja, gana. Así podemos promover obras corporativas de enseñanza, de asistencia social, etc., que rara vez se sostienen solas. Para mantenerlas, además de los miembros del Opus Dei, hay otras personas que ayudan; algunos no son católicos, y muchos, muchísimos, que no son cristianos. Pero ven la labor, la palpan, y se entusiasman de verdad. Por eso aprovecho para decir ahora que soy deudor a muchas personas, incluso no católicas y no cristianas »(53).

Llevaba el amor a la libertad en la más honda raíz de su ser humano y cristiano. A millones de años luz de todo fanatismo temporal o religioso. Afincado en la verdad revelada por la Iglesia que se proclama heredera de los Apóstoles de Jesucristo.

7. Medios y obstáculos

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El fin del Opus Dei es sobrenatural, y por eso los medios adecuados para llevarlo adelante son sólo sobrenaturales: la oración, la mortificación, el trabajo santificado y ofrecido a Dios. Desde una visión humana, sorprende la desproporción entre el inmenso horizonte de apostolado que el 2 de octubre descubre en su alma aquel sacerdote de veintiséis años y la escasez de medios de que dispone.

–Era tal la visión sobrenatural de nuestro Fundador, que rechazó siempre con fuerza la tentación de considerar “imposible” lo que el Señor le pedía: ¡Imposible! Si lo hubiese pensado, si no hubiese tenido confianza plena en Dios, que cuando pide algo da todas las gracias necesarias para poderlo hacer, aún estaría repitiendo esa palabra –¡imposible!–, como un retrasado mental: así lo hubiese hecho si me hubiera dejado llevar por la visión humana, o por los consejos de algunos.

Con una confianza en Dios inquebrantable, contempló desde el principio la Obra proyectada en el futuro y, a pesar de que a muchos les parecía un sueño maravilloso, hablaba con plena seguridad, como si ya lo tuviese delante de los ojos, de todo aquello que el Señor haría realidad con el transcurso de los años.

Recuerdo un suceso de agosto de 1958, durante una de las estancias de nuestro Fundador en Londres. Un día caminaba con algunos de nosotros por las calles de la City y, al pasar ante la sede central de los bancos más famosos y de las más antiguas empresas comerciales e industriales, se quedó sobrecogido por aquel poderío. Por contraste, sintió toda su personal debilidad. El Señor permitió que en ese momento el Padre se diera cuenta muy vivamente de su impotencia para llevar adelante, tan sólo con sus propias fuerzas, la empresa sobrenatural que le había sido confiada. Pero le reafirmó al mismo tiempo con una locución interior, que dio nuevo brío a su esperanza: “Tú no puedes, pero Yo sí”.

El Padre no se limitaba a rezar intensamente, sino que pedía oraciones a todos, con inmensa fe.

–Lo muestra, entre miles, este suceso. Durante los años que precedieron a la guerra civil se fue afirmando en Madrid una cultura rabiosamente anticlerical. Entre otros, se publicaba un periódico, El Sol, que se distinguía por sus ataques continuos contra la Iglesia: tenía una enorme difusión, porque estaba muy bien realizado desde el punto de vista técnico y contaba con las firmas más prestigiosas del momento: los mejores periodistas y los más prestigiosos representantes de los ambientes laicistas del país. Nuestro Fundador conocía a una mujer a la que todos llamaban “Enriqueta la Tonta”: lo que hoy diríamos una disminuida; pero que tenía mucha fe y una gran delicadeza de espíritu. Un día el Padre le pidió que rezara por una intención suya: el cierre de aquel periódico tan nocivo. Al cabo de pocos meses, El Sol quebró, inexplicablemente, y no volvió a publicarse.

El Padre buscaba el apoyo de la oración del mayor número de personas, incluso de las que no conocía: por ejemplo, sacerdotes que encontraba por la calle, o fieles que veía en la iglesia, especialmente recogidos. Es significativo el modo en que conoció a don Casimiro Morcillo, que llegaría pronto a ser Vicario de Madrid, luego Arzobispo de Zaragoza, y finalmente Arzobispo de Madrid. En los primeros años treinta, el Padre se cruzaba cada mañana, muy temprano, con un sacerdote al que veía siempre muy recogido. Un día le paró, y le pidió también que rezase por una intención suya. Don Casimiro se quedó sorprendido. Al poco tiempo empezaron a tratarse y se hicieron amigos. Más tarde, recordando aquel encuentro, nuestro Fundador dijo al futuro arzobispo: Cuando te abordé en la calle sin conocerte, me tomarías por un loco. Y don Casimiro, riendo, replicó: “¡Ah!, un poco sí, porque la verdad es que nadie me había parado nunca en mitad de la calle para pedirme oraciones”.

Se comprende que el Fundador haya querido para los miembros de la Obra una intensa vida de oración, que prevé momentos concretos de trato con el Señor, durante la jornada, a los que siempre se concede primacía, por muy urgente que sea el trabajo.

–A este propósito recuerdo un suceso que no puedo dejar de evocar sin emocionarme. En 1943 sus hijas empezaron a encargarse de la administración doméstica de la residencia de estudiantes situada en el Paseo de la Moncloa, de Madrid. Eran tiempos difíciles, pues hacía muy poco que había terminado la contienda civil española y la guerra mundial estaba en pleno apogeo. Además de la dificultad para encontrar alimentos, no se habían terminado aún las obras del edificio, y la casa estaba llena de operarios. Quizá por el peso de aquellas dificultades, el 23 de diciembre dos de sus hijas confiaron a nuestro Fundador que no podían sacar adelante su trabajo en esas circunstancias; sólo conseguían desastres; y, como consecuencia de todo, estaban descuidando la oración, la vida interior. Al escucharlas, el Padre no pudo contener las lágrimas. Después, tomó una cuartilla y escribió:

1. sin servicios

2. con obreros

3. sin accesos

4. sin manteles

5. sin despensas

6. sin personal

7. sin experiencia

8. sin división del trabajo


1. con mucho amor de Dios

2. con toda la confianza en Dios y en el Padre

3. no pensar en los “desastres” hasta mañana durante el retiro.

A los pocos días le preguntaron al Padre el motivo de aquellas lágrimas, y respondió: lloré, hija mía, porque no hacíais oración. Y, para una hija de Dios en el Opus Dei, el trabajo más importante, ante el que hay que posponer todo lo demás es éste: la oración. La lucha interior, por encima de cualquier inconveniente: éste es el medio que siempre ha allanado las dificultades aparecidas a lo largo del camino del Opus Dei.

El Fundador repitió muchas veces que el Opus Dei nació en los hospitales y en los barrios pobres de Madrid, porque, desde el primer periodo de la fundación, confiaba sus intenciones a la oración de los enfermos y de los más abandonados.

–El Señor acogía aquellas oraciones y bendecía con la cruz los primeros pasos de la Obra. En el Hospital del Rey, donde iban a parar casos tan desesperados que era conocido popularmente con el nombre de “Hospital de los incurables”, ingresó María Ignacia García Escobar, una de las primeras mujeres que pidieron la admisión en el Opus Dei y que murió de tuberculosis diecisiete meses depués. Aprendió de nuestro Fundador a ofrecer sus sufrimientos por la Obra, como escribió en un cuaderno: “Hace falta poner bien los fundamentos. Por eso debemos hacer que los cimientos sean de granito; que no nos suceda como al edificio de que habla el Evangelio, que fue construido sobre la arena. Los fundamentos bien hondos, después vendrá el resto”.

Luis Gordon fue otra de las primeras vocaciones. Era un joven ingeniero, de muy buen espíritu. Por su madurez y sus virtudes, nuestro Fundador habría podido apoyarse mucho en él. También murió prematuramente. El Padre aceptó serenamente su pérdida y escribió algunas consideraciones conmovedoras sobre la ayuda que prestaría a la Obra desde el Cielo.

En 1944, Juan Fontán, sin ser de la Obra, ofreció su vida por los tres primeros miembros del Opus Dei que recibirían la ordenación sacerdotal poco después. Nuestro Fundador vivía y difundía continuamente una profunda Comunión de los Santos; y, entre otras cosas, tuvo siempre la costumbre de aplicar por las almas del Purgatorio todas las indulgencias que lucraba.

La guerra civil española fue ciertamente un duro obstáculo que amenazaba con obstruir el camino de la Obra apenas nacida. En las biografías del Fundador hemos leído detalles impresionantes sobre aquel periodo, en que el que se vio obligado a peregrinar de un escondite a otro, en constante peligro de muerte, hasta que consiguió cruzar la frontera y pasar por Andorra a la zona libre. No le pido que me resuma aquellos acontecimientos, que por sí solos llenarían un libro; pero le rogaría que contase algún episodio particularmente significativo de las reacciones sobrenaturales del Fundador ante la adversidad.

–Fueron momentos verdaderamente terribles. Nuestro Fundador, ya muy conocido en Madrid como sacerdote, fue perseguido por facciones anticlericales, que le buscaron con verdadero odio y ensañamiento y llegaron incluso a asesinar en su lugar a una persona desconocida, confundidos por su semejanza física con el Fundador del Opus Dei.

Nuestro Padre fue escondido durante algún tiempo por el doctor Suils, viejo amigo de su familia y compañero suyo de Instituto, que dirigía una clínica psiquiátrica donde acogió valientemente a algunos refugiados que se hacían pasar por locos.

Del 14 de marzo al 31 de agosto de 1937, vivió en la Legación de Honduras, con un pequeño grupo de hijos suyos, entre los que estaba yo también, imprimiendo heroicamente un ritmo de “normalidad” humana y espiritual a aquellas jornadas de encierro que para el resto de los refugiados eran sólo motivo de angustia.

Esta carta suya, escrita a sus hijos de Valencia el 18 de septiembre de 1937, puede dar una idea precisa del estado de ánimo y de la vibración de nuestro Fundador. Debo aclarar que, para evitar la censura, usaba un lenguaje en clave, fácilmente comprensible por los destinatarios; así, “el abuelo” o “mi hermano Josemaría” eran él mismo; “don Manuel”, el Señor:

¡Peques! El abuelo tiene muchas ganas de abrazaros, pero siempre se le estropea la combinación. Convendrá así. Con todo, ¡quién sabe!, no desespero de que se me cumplan pronto los deseos. En fin…, Don Manuel sabe más.

Una noticia atrasada: me han dicho –a mí y en mi cara– repetidas veces que a mi hermano Josemaría le encontraron colgado de un árbol, en la Moncloa, según unos; otros, en la calle de Ferraz. Hay quien identificó el cadáver. Otra versión de su muerte: que lo fusilaron.

Suponed la cara del abuelo, ante tamañas noticias. Verdaderamente sería de envidiar, para un loco como mi hermano, un final así con el aditamento de la fosa común. ¡Qué más habría deseado el pobre, cuando se vio moribundo, en la habitación lujosa de un sanatorio caro! Digo mal: esta manera de fenecer (normal, sin ruidos, ni espectáculo), como un cochino burgués, está en mejor acuerdo con su vida, su Obra y su camino. Morir así –¡oh, Don Manuel!–, … pero loco, de mal de Amor.

Durante toda su vida el Padre encomendó en la Santa Misa a aquel hombre, asesinado en su lugar.

Antes, el 1º de octubre de 1936, había ocurrido otro suceso que se grabó en mi memoria, cuando sólo tenía veintidós años.

Estábamos escondidos en un chalet de la calle Serrano, cuando mi hermano Ramón vino a advertirnos de que los milicianos estaban registrando otras casas de la familia propietaria del chalet. El Padre le dijo entonces a Juan Jiménez Vargas que buscase otro refugio. A mi hermano Pepe y a mí, que no sabíamos qué hacer, nos aconsejó que nos quedásemos un día más, hasta ver los resultados de las gestiones. Entretanto, después de varias llamadas teléfonicas, consiguió hablar con José María González Barredo, quien le aseguró que podría dar con otro escondite. Entonces nuestro Fundador salió para verse con él; más tarde, después de eludir la vigilancia de los centinelas de la antigua Dirección General de Seguridad, volvió al chalet de la calle Serrano y se reunió con nosotros. Me saludó y rompió a llorar. “Padre, ¿por qué llora?”, le pregunté.

Me impresionó mucho el dolor del Padre. Era extraordinariamente sobrenatural, y por esto mismo, también muy humano: quería a sus amigos con todo el corazón. Me he enterado de que han asesinado a don Lino, dijo, y me contó que en aquellas horas en que había deambulado por las calles de Madrid se había enterado del asesinato de un sacerdote amigo, don Lino Vea–Murguía, y de nuevos detalles sobre el martirio de don Pedro Poveda, el Fundador de la Institución Teresiana, buen amigo suyo. Espero que muy pronto llegue a término su Causa de Beatificación.

Después me explicó por qué había vuelto con nosotros: se había encontrado con José María en el lugar convenido, en el Paseo de la Castellana. Jose María, después de saludarle con cariño filial y gran alegría, sacó del bolsillo del pantalón una pequeña llave y le dio una dirección, mientras decía:

–”Vaya usted a tal casa, entre y quédese allí. Pertenece a una famlia amiga mía, que se encuentra fuera de Madrid. El portero es persona de confianza.”

–Pero, ¿cómo voy a estar en un lugar ajeno? ¿Si vienen o llaman otras personas, qué digo?

Aquel hijo suyo, sin pensarlo mucho, respondió: “No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite”.

¿Qué edad tiene esa mujer?

–”Pues, veintidós o veintitrés años.”

Entonces, nuestro Fundador pensó: No puedo, ni quiero, quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor. Y acercándose al sumidero de una alcantarilla, tiró la llave dentro.

Las contrariedades externas, aun duras y peligrosas, son, hasta cierto punto, “fáciles” de afrontar. Más difícil resulta la incomprensión, la hostilidad injustificada y preconcebida, aún más si procede de personas buenas, que pertenecen a la Iglesia. El Fundador debió experimentar los dos tipos de pruebas.

–Para hablar de este tema, ante todo deseo subrayar que nuestro Padre reaccionó siempre con espíritu sobrenatural, perdonando y olvidando prontamente las calumnias con humildad, con la máxima caridad hacia el prójimo, con hambre de justicia y con un silencioso abandono en la Voluntad de Dios.

De acuerdo con su ejemplo, me referiré ahora a estas cosas en líneas muy generales, lejos de cualquier victimismo y espíritu de revancha.

Ya he dicho que las incomprensiones comenzaron en la época de la fundación y de los primeros pasos del Opus Dei, entre los años 1930 y 1936. Se puede buscar una explicación que vaya a la raíz teológica del problema. En aquellos años, lo que nuestro Fundador veía en su alma con tanta claridad, gracias a una precisa iluminación divina –la llamada universal a la santidad–, aparecía como algo increíblemente audaz. Se lo he oído explicar muchas veces; en una ocasión, a finales de los años sesenta, con estas palabras: Cuando hace cuarenta y pico años, más o menos, un pobre sacerdote que tenía veintiséis, comenzó a decir que la santidad no era sólo cosa de frailes, de monjas y de curas, sino que era para todos los cristianos, porque Jesucristo Señor Nuestro dijo a todos sed santos como mi Padre celestial es santo… –lo mismo si es un soltero, que si está casado, que si es viudo: todos podemos ser santos–, decían que ese sacerdote era un hereje.

Algunos no lo acusaban de hereje, pero afirmaban que estaba loco: lo que hoy es doctrina común, entonces aparecía a los ojos de todo el mundo como un disparatón, según decía el Padre a veces con una expresión muy suya. Además, a la novedad de la doctrina que predicaba, se añadía la audacia de sus iniciativas apostólicas y la desproporción de los medios humanos de quien las promovía.

A la dificultad para comprender teológicamente el mensaje espiritual de nuestro Fundador, se añadían celotipias, envidias muchas veces inconscientes, una visión estrecha y casi “monopolística” de la pastoral. Resultaba inevitable que el soplo del Espíritu Santo, que alentaba el apostolado de nuestro Fundador, levantase una polvareda de desconfianza y hostilidad. La historia de la Iglesia muestra que el bien se abre siempre camino a duras penas.

A finales del 1939 y comienzos de 1940 arreciaron las calumnias contra el Opus Dei y su Fundador. Al principio no quería aceptar que era el blanco de una verdadera campaña denigratoria; pero, ante la evidencia de las pruebas, no tuvo más remedio que admitirlo. La Obra era acusada de herejía, de conspirar clandestinamente para encaramarse en el vértice del poder, de masonería, de antipatriotismo, etc. No se trataba de hechos aislados, sino de una auténtica campaña; quienes promovían estas calumnias no dudaron en acudir a las más altas esferas de la jerarquía eclesiástica, para sembrar desconfianza y sospecha respecto de la Obra y el Padre.

En una ocasión, fray José López Ortiz, agustino, que más tarde sería Obispo de Túy–Vigo, y arzobispo castrense de España, y que era entonces el confesor ordinario de nuestra residencia de Diego de León en Madrid, le entregó al Padre una copia de un “dossier reservado” sobre la Obra y su Fundador: los servicios de información de la Falange lo había hecho llegar a las autoridades locales, y a López Ortiz se lo facilitó una persona de su confianza. Aquel documento rebosaba calumnias atroces y significaba el comienzo de otra campaña difamatoria contra el Fundador. Recogía todas las maledicencias divulgadas con anterioridad. Yo asistí a aquella entrevista y confirmo lo que testimonia fray José: “Cuando Josemaría terminó la lectura, al ver mi pena, se echó a reír y me dijo con heroica humildad: No te preocupes, Pepe, porque todo lo que dicen aquí, gracias a Dios, es falso: pero si me conociesen mejor, habrían podido afirmar con verdad cosas mucho peores, porque yo no soy más que un pobre pecador, que ama con locura a Jesucristo. Y, en lugar de romper esa sarta de insultos, me devolvió los papeles para que mi amigo los pudiera dejar en el ministerio de la Falange, de donde los había cogido: ten, me dijo, y dáselo a ese amigo tuyo, para que pueda dejarlo en su sitio, y así no le persigan a él“.

Otras incomprensiones provinieron de familias, pocas ciertamente, de los chicos que frecuentaban las actividades apostólicas de la Obra, o de las de los propios miembros del Opus Dei. Casi siempre, en el origen de estos problemas, aparecían algunos religiosos que no vacilaban en difundir sospechas y desconfianzas: lo hacían desde el confesonario o yendo a visitar a las familias para ponerlas sobre aviso. Más de una vez el Padre tuvo que intervenir personalmente para poner remedio a las falsedades que divulgaban en aquellos hogares: Al principio de la Obra, hace treinta y tantos años, venían a mí algunos padres… indignados: porque había una campaña de calumnias dirigidas por unos determinados religiosos, que yo quiero mucho, y esas pobres familias estaban influidas. Era yo entonces un sacerdote joven –no tenía aún los cuarenta años– y les dejaba hablar. Cuando habían terminado, les decía: con la información que vosotros tenéis, yo pensaría como vosotros. De modo que estamos de acuerdo. Os diré más: seríamos tres los que estaríamos de acuerdo: ¡el diablo, vosotros y yo! Luego procuraba aclararles las cosas y quedábamos siempre muy buenos amigos.

Usted habla genéricamente de “religiosos”, y lo refiere con expresiones análogas a las del Fundador. Pero se trataba de personas muy concretas, y sabemos que procedió de la iniciativa de un jesuita. De aquí los comentarios sobre una supuesta enemistad entre el Opus Dei y la Compañía de Jesús.

–No se debe generalizar. La campaña calumniosa partió, efectivamente, de un jesuita que en aquel tiempo era muy influyente dentro y fuera de la Compañía, pero que, años después, abandonó el estado religioso y acabó apostatando de la Iglesia. El Padre intentó, desde el primer momento, hacerle comprender la naturaleza de nuestro trabajo, le perdonó de todo corazón y procuró luego ayudarle a través de miembros de la Obra, cuando estaba fuera de la Iglesia. Para hablar de ésta y de otras persecuciones que siguieron, utilizó siempre una frase de Santa Teresa: “la contradicción de los buenos”, y aplicó a los perseguidores el evangélico obsequium se praestare Deo (Ioh, 16,2), “pensando que agradaban a Dios”. Consideraba las contrariedades como una ocasión para purificarse y, al ver que procedían de personas pertenecientes a antiguas y gloriosas instituciones de la Iglesia, afirmaba que Dios quería servirse de un bisturí de platino.

Sobre sus relaciones con la Compañía de Jesús, respondió el propio Fundador en una entrevista concedida al corresponsal del New York Times, el 7 de octubre de 1966: En cuanto a la Compañía de Jesús, conozco y trato a su General, el Padre Arrupe. Puedo asegurarle que nuestras relaciones son de estima y de afecto mutuo.

Tal vez haya encontrado usted a algún religioso que no comprende nuestra Obra; si es así, se deberá a un equívoco o a una falta de conocimiento de la realidad de nuestra labor que es específicamente laical y secular y no interfiere para nada en el terreno propio de los religiosos. Nosotros no tenemos para todos los religiosos más que veneración y cariño, y pedimos al Señor que cada día haga más eficaz su servicio a la Iglesia y a la humanidad entera. No habrá nunca una pelea entre el Opus Dei y un religioso, porque hacen falta dos para pelear y nosotros no queremos luchar con nadie (Conversaciones, núm. 54).

Ésta fue su norma de conducta constante, y continúa siendo la nuestra.

A este propósito, recuerdo que el P. Arrupe fue la primera personalidad eclesiástica que llegó a los funerales del Fundador en la Basílica de San Eugenio, el 28 de junio de 1975. Vino con mucha antelación sobre el horario de la ceremonia. Estuvo recogido en oración más de una hora, mientras iban llegando los cardenales, obispos, embajadores, autoridades civiles y una gran multitud de fieles. Pero continuando con el hilo de la narración histórica…

–En 1941 las contradicciones se hicieron especialmente intensas en Barcelona, donde acababa de iniciarse de modo estable la actividad apostólica de la Obra, en un pequeño piso de la calle Balmes llamado el Palau, y los miembros del Opus Dei, todos universitarios, eran sólo media docena. Las calumnias a que me he referido antes se habían divulgado por toda la ciudad: en los ambientes eclesiásticos, entre las familias, en la universidad; los miembros del Opus Dei eran acusados públicamente de herejes e impostores.

Como es lógico, el Padre seguía muy de cerca el desarrollo de los acontecimientos de Barcelona, principalmente por la repercusión que podían tener en la vida interior de sus hijos y en el apostolado. Pero las acusaciones de orden político–religioso precipitaron las cosas de tal manera que llegó un momento en que no podía acercarse a la capital de Cataluña sin correr peligro de ser arrestado. El propio Nuncio, Mons. Cicognani, le advirtió y le aconsejó que, en caso de viajar a Barcelona, lo hiciera con nombre falso. Sin embargo, el Padre prefirió no valerse de esta estratagema y, cuando tuvo que ir a la capital catalana, puso el billete de avión a nombre de Josemaría E. de Balaguer, ya que era más conocido en aquella época como “Padre Escrivá”.

También en aquel viaje se detuvo en Barcelona lo mínimo indispensable: habitualmente se quedaba sólo un par de días, y se alojaba en casa de un sacerdote amigo suyo, don Sebastián Cirac.

El Gobernador civil de Barcelona, Correa Veglison, se excusaría años después diciendo: “Tales eran las cosas que decían de él, que hubiera enviado a la policía al aeropuerto a detenerlo”.

Nuestro Fundador se esforzó en que, incluso en aquellas circunstancias, sus hijos de Barcelona no faltasen nunca a la caridad, y les exhortó a callar, trabajar, sonreír y perdonar.

Además de un grandísimo consuelo, fue decisivo el constante apoyo del Obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, que asumió una y otra vez, públicamente, la defensa de la Obra, y que dirigió una carta a dom Aurelio M. Escarré, Abad coadjutor de Montserrat, uno de los centros de irradiación espiritual más importantes de España. En aquella carta le decía entre otras cosas: “Créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos”. Después le hablaba de la extrema docilidad del Fundador a su obispo y desmentía la calumnia relativa al “secreto” de la Obra. Aquella carta consoló a muchas familias y disipó las dudas y sospechas entre los eclesiásticos de aquella zona.

De 1946 en adelante, cuando nuestro Fundador se estableció definitivamente en Roma, continuaron las dificultades y las contradicciones.

Al surgir las primeras vocaciones del Opus Dei entre los estudiantes universitarios de Roma, el Señor permitió que algunas familias recibieran mal la vocación de sus hijos y llegaran a escribir al Santo Padre lamentándose, sin obtener, como es natural, el resultado que esperaban. El Fundador recurrió a los medios sobrenaturales y consagró las familias de los miembros de la Obra a la Sagrada Familia.

Durante el verano de 1951, como el precedente, nuestro Fundador permaneció en Roma. Sentía una gran inquietud, una turbación interior, porque el Señor le hacía intuir que se estaba tramando algo muy grave contra la Obra. Decidió acudir al único remedio que tenía a su alcance: los medios sobrenaturales. Y peregrinó a Loreto para consagrar la Obra al Corazón Dulcísimo de María. Era el 15 de agosto de 1951.

Algunos meses después de la Consagración de la Obra al Corazón Dulcísimo de María, el Cardenal Schuster, Arzobispo de Milán, encargó que dijeran a nuestro Fundador que se acordase de San José de Calasanz. De esta forma vino a saber lo que se estaba tramando: dividir la Obra en dos instituciones separadas, los hombres por un lado y las mujeres por otro, y decapitarla, expulsando al Fundador.

El 24 de febrero de 1952 el cardenal Tedeschini tomó posesión como Cardenal protector de la Obra, según el derecho entonces vigente. Poco tiempo después, el 20 de marzo, el Padre le llevó una carta –fechada unos días antes, el 12–, en la que explicaba la situación. Como siempre, le acompañé yo. El cardenal Tedeschini leyó la carta con calma, delante de nosotros, y dijo que se la haría llegar al Papa. El texto estaba lleno de caridad hacia los que habían urdido aquella trama, y el Padre mostraba que no había ningún motivo para tomar medida alguna contra la Obra. El Papa, después de leerla, dijo al cardenal: “¿Pero, quién ha pensado hacer eso?” Era evidente que todo se había urdido sin conocimiento del Santo Padre Pío XII.

Así se desvaneció aquel ataque contra el Fundador y contra la Obra: era la respuesta de la Virgen a la consagración del Opus Dei hecha el 15 de agosto de 1951.

La referencia a San José de Calasanz confirma que también el Beato Josemaría fue tratado como muchos Fundadores que han pasado a la historia por su santidad, mientras que nadie recuerda el nombre de sus calumniadores.

En cualquier caso, entonces y siempre, nosotros aplicamos la norma de nuestro Fundador: Perdonar, callar, rezar, trabajar, sonreír.

6. Familia y milicia

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Beato Josemaría, que llamaba al cuarto mandamiento el dulcísimo precepto, ha enseñado con su ejemplo a amar a los padres y a la familia con ternura, pero también con el desprendimiento de quien se entregó por entero a Dios. Su hogar respiró un clima profundamente cristiano, lleno de dignidad y señorío incluso en medio de estrecheces económicas, y aprendió algunas costumbres que trasladó con naturalidad a los Centros de la Obra. Don José Escrivá murió repentinamente cuando sólo tenía cincuenta y siete años, el 27 de noviembre de 1924. ¿Cómo se comportó el Padre en aquellas circunstancias?

–Fue un golpe muy duro, tanto más porque nada hacía presagiar ese desenlace. Aquel 27 de noviembre, don José Escrivá se levantó a la hora de siempre, sin sentir ningún malestar; o si lo tuvo, no dijo nada. Después del desayuno, rezó un rato de rodillas ante la imagen peregrina de la Virgen Milagrosa, que se llevaba por devoción popular de casa en casa, y que esos días estaba en la suya. Antes de salir hacia su trabajo, se entretuvo también jugando con su hijo pequeño, Santiago, que entonces tenía cinco años. De pronto, ya en la entrada de la casa, se encontró indispuesto, se apoyó en la jamba de la puerta y cayó al suelo sin conocimiento.

Al oír el ruido, acudieron rápidamente doña Dolores y su hija Carmen. Avisaron inmediatamente al párroco y al médico, y trasladaron su cuerpo inerte a una habitación. El doctor diagnosticó que no se podía hacer nada; dos horas después moría, sin volver en sí, pero habiendo recibido los últimos Sacramentos.

Se envió un telegrama al Padre –que estaba en el Seminario de Zaragoza–, para que viniese urgentemente, pues su padre no se encontraba bien. En realidad, nuestro Fundador comprendió desde el primer momento la verdad, porque –como nos confió años después– Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, obispo auxiliar de Zaragoza y Presidente del Seminario, le comunicó inmediatamente la noticia.

Con el permiso del Rector, tomó el primer tren para Logroño. Salió a esperarlo a la estación Manuel Ceniceros, empleado del negocio de tejidos La Gran Ciudad de Londres donde don José trabajaba después del cierre de su empresa de Barbastro. Manuel Ceniceros –que era quien había puesto el telegrama– le confirmó enseguida la muerte de don José. Años más tarde, el Padre me contó que se había dirigido rápidamente hacia su casa, abrumado por el dolor, y que durante el trayecto continuó rezando por el alma de su padre, se puso en las manos de Dios y comenzó a pensar también cómo podría sostener a la familia. Se ocupó del funeral y de todo lo necesario para el entierro.

Un sacerdote amigo, don Daniel Alfaro, le prestó el dinero para las exequias. En cuanto le fue posible, se lo devolvió con profunda gratitud, y el Padre no olvidó nunca la generosidad de aquel amigo: rezó por su persona e intenciones todos los días de su vida, en el memento de la Misa, y más tarde, cuando supo que había muerto, encomendó su alma al Señor en la Santa Misa, hasta el 26 de junio de 1975. He podido comprobar cómo se conmovía el Padre recordando la caridad desinteresada de aquel hermano en el sacerdocio.

Al día siguiente tuvo lugar el entierro. El cementerio de Logroño se encontraba en la otra orilla del río, en la carretera de Mendavia. Al volver a casa, sumido en el dolor y en el pensamiento de que ahora el peso de la familia recaía completamente sobre sus espaldas, llegó al puente sobre el río Ebro. En ese momento se acordó de que se había guardado en el bolsillo la llave del féretro, que le había entregado el sepulturero. Entonces pensó: ¿Qué hago con esta llave, que puede ser, para mí, una ligadura?, y con gesto rápido la tiró al río, y ofreció a Dios la separación de su padre, el amigo más querido.

Este gesto, lleno de serenidad y paz interior, le unió todavía más a la Voluntad del Señor: Dios había decidido llevarse a su padre y él aceptaba sin reservas quedarse sin ese sólido punto de apoyo sobre la tierra. Había aprendido definitivamente a desprenderse incluso de lo que es y parece imprescindible.

El Padre vio la mano del Señor también en el hecho de haber recibido ya el subdiaconado el 14 de junio de ese año: ese hecho lo ligaba para siempre a Dios y, por tanto, se confiaba totalmente a la Voluntad divina, también ahora que le correspondía todo el peso de sacar adelante a la familia, como hijo primogénito.

Retornó a Zaragoza enseguida, después de confortar a los suyos, para proseguir sus estudios sacerdotales. Tres semanas más tarde, el 20 de diciembre de 1924, recibió el diaconado en la capital aragonesa.

El Fundador aprendió de su padre una profunda honradez en el trabajo, y la práctica de la caridad, que supera los límites rigurosos de la justicia; y he pensado siempre que su profunda devoción hacia San José tomó cuerpo a través de la meditación de las virtudes paternas. Doña Dolores, su madre –a la que en el Opus Dei se llama familiarmente Abuela–, también tendría la oportunidad de colaborar directamente con la Obra.

–La entrega sacerdotal de nuestro Fundador no podía dejar de repercutir de alguna manera en su familia. Un pequeño detalle: entre 1927 y 1936, doña Dolores tenía un aspecto joven. Por eso, cuando iban a visitar a una familia amiga, nuestro Fundador le decía: Mamá, no podemos ir juntos por la calle, porque yo no tengo escrito en la frente que soy hijo tuyo, y no quiero exponerme a escandalizar a nadie: ve tú por tu cuenta, que ya nos encontraremos en la casa de esa familia.

Doña Dolores, desde joven, se teñía el pelo para disimular algunas canas prematuras; después de la guerra civil española, el Padre le sugirió delicadamente que dejara de hacerlo, y ella accedió sin dificultades, aunque, por su modo de ser, muy femenino, ciertamente constituyó un sacrificio para ella.

Pero la Abuela supo hacer sacrificios aún mayores por su hijo y por la Obra. Como ya he mencionado, nuestro Fundador habló explícitamente del Opus Dei a su madre, a su hermana Carmen y a su hermano Santiago, en septiembre de 1934. Si hasta ese momento su madre había sido un apoyo seguro para el hijo, en adelante colaboraría de un modo más eficaz y silencioso. Secundó sus deseos, intuyendo lo que no sabía, y subordinó sus planes personales y familiares a los de Dios, poniendo a disposición todo su patrimonio.

Durante la guerra civil española, cuando nuestro Fundador se vio obligado a pasarse a la zona nacional, doña Dolores se quedó en Madrid con sus otros dos hijos, y custodió, aun a costa de su vida, el archivo y todos los documentos de la Obra. Los había escondido dentro de un colchón y cuando los milicianos iban a hacer un registro, ella se metía en la cama, como si se encontrase mal (y era cierto): así logró salvar los papeles de su hijo, entre los que había verdaderos tesoros, como los apuntes en que el Padre había anotado sus experiencias interiores, las gracias recibidas de Dios, las reflexiones y primeros proyectos sobre el desarrollo de la Obra, y tantos otros valiosísimos textos.

Después de la guerra, cuando se comenzó a instalar la residencia de la calle Jenner, el Fundador regaló a su madre un libro sobre San Juan Bosco. Ella le preguntó: “¿Quieres que yo haga como la madre de don Bosco? Te aseguro que no tengo la más mínima intención”. Su hijo replicó: Pero mamá: ¡si lo estás haciendo ya! Y la madre, que había entendido todo, rompió a reír y le dijo: “Y continuaré haciéndolo con mucho gusto”. Lo mismo hizo su hermana Carmen: renunció a vivir su propia vida y se prodigó en servir a la Obra, en primer lugar quizá sobre todo por cariño a su hermano, pero siempre con mucho amor de Dios.

La Abuela y tía Carmen se ocuparon de la administración doméstica de los Centros de la Obra hasta que pudieron hacerse cargo de estos trabajos las mujeres del Opus Dei.

Transmitieron el calor que había caracterizado la vida doméstica de la familia Escrivá a la familia sobrenatural que el Fundador estaba formando. Nosotros íbamos aprendiendo a reconocerlo en el buen gusto de tantos pequeños detalles, en la delicadeza en el trato mutuo, en el cuidado de las cosas materiales de la casa, que implican –es lo más importante– una constante preocupación por los demás y un espíritu de servicio, hecho de vigilancia y abnegación; lo habíamos contemplado en la persona del Padre y lo veíamos confirmado en la Abuela y en tía Carmen. Era natural que procurásemos atesorar todo esto, y así, con espontánea sencillez, arraigaron en nosotros costumbres y tradiciones familiares que aún se viven hoy en los Centros de la Obra: las fotografías o retratos de familia, que dan un tono más íntimo a la casa; un postre sencillo para festejar un santo; el poner con cariño y buen gusto unas flores delante de una imagen de la Virgen, o en un rincón de la casa, etc.

El aire de familia característico del Opus Dei se debe a su Fundador. Pero si acertó a plasmar este estilo de vida en nuestros Centros no fue sólo en virtud del carisma fundacional, sino también por la educación que había recibido en el hogar paterno. Y es justo resaltar que su madre y su hermana le secundaron de modo muy eficaz.

La muerte de su madre le sorprendió en un momento muy concreto, mientras estaba predicando un curso de retiro para sacerdotes.

–Fue el 22 de abril de 1941. Desde el fin de la guerra, el Fundador del Opus Dei desarrollaba un extensísimo apostolado en Madrid y en los lugares más diversos de España; entre otras ocupaciones, predicó muchas tandas de ejercicios espirituales para sacerdotes. En abril de 1941 había aceptado la invitación para dirigir unos ejercicios al obispo y al clero de la diócesis de Lleida.

Algunos días antes del viaje de nuestro Fundador a Lleida, su madre había hecho una excursión a El Escorial con algunos de nosotros, y notó luego una leve afección bronquial. Al día siguiente guardó cama por esa indisposición, pero no parecía nada serio. El Padre, prudentemente, preguntó al médico si podía marcharse con tranquilidad, y el doctor le dijo que no se preocupase. Por esto, al despedirse de su madre, le pidió que ofreciese al Señor sus molestias por los sacerdotes que iban a participar en el curso de retiro. Doña Dolores, que tal vez era la única que presentía la gravedad de su dolencia, asintió, pero mientras nuestro Fundador salía de la habitación musitó en voz baja: “¡Este hijo!”

La enfermedad parecía seguir su curso normal; sin embargo, la tarde del 21 de abril se agravó, degenerando en una pulmonía traumática muy grave. Le fueron administrados los últimos sacramentos y el día 22, en las primeras horas de la mañana, expiró. Traté de telefonear inmediatamente a nuestro Fundador. En aquel tiempo podían pasar horas antes de conseguir una comunicación interurbana; por eso, cuando por fin se logró la conexión, me dijeron que nuestro Fundador estaba predicando y hablé primero con el obispo.

Tiempo más tarde supe que el obispo se acercó al Padre con el rostro demudado, pálido, y le dijo que yo le llamaba. Le di la noticia en pocas palabras: “La Abuela ha muerto”. Después me enteré de que, precisamente cuando le llamé por teléfono, nuestro Fundador estaba predicando sobre el papel imprescindible de la madre en la vida del sacerdote: entre otras cosas, había dicho que para un sacerdote su madre es como un Ángel Custodio, y debería morir un día después que su hijo.

Nuestro Fundador se postró inmediatamente a los pies del Sagrario para rezar: Señor, Tú lo has dispuesto así, y yo me había equivocado. Es mejor lo que Tú quieres: acepto de todo corazón tu voluntad, habiéndote llevado a mi madre. Regresó lo antes posible a Madrid. Lloró y rezó ante su cuerpo, con palabras de apenado desahogo filial: Señor, ¿por qué me haces esto? ¡Cómo me tratas! Recuerdo también que me tomó aparte y me dijo: Hijo mío, ayúdame a rezar un Te Deum, y así lo hicimos. Asistió al entierro con una gran serenidad, y consoló a su hermana Carmen y a su hermano Santiago.

¿Cómo se decidió el Fundador a pedir a su madre y a su hermana que colaborasen para lograr el buen funcionamiento de los primeros Centros de la Obra?

–Recuerdo muy bien que un día, a finales de 1938, cuando nuestro Fundador estaba en el hotel Sabadell de Burgos, me propuso como otras veces que le acompañara a dar un paseo por la orilla del río Arlanzón; mientras caminábamos, me hizo una pregunta que muestra el heroico y absoluto desprendimiento con que servía a Dios. Me preguntó si me parecía oportuno pedir a su madre y a su hermana que se ocuparan de la administración doméstica de nuestros Centros; es decir, de atender al orden de la casa, la limpieza, la cocina, y cosas similares.

Se trataba de una colaboración insustituible para nuestra familia sobrenatural, y por eso le respondí que me parecía una idea estupenda. Fue una respuesta inconsciente, porque no pensé que significaba impedir a su madre, a su hermana y al hermano pequeño de nuestro Fundador, que tuvieran una casa propia: deberían vivir en un rincón de una residencia para estudiantes y, además, tratando de pasar inadvertidos. Nuestro Fundador, después de haberlo meditado detenidamente en la presencia de Dios, pidió a doña Dolores y a Carmen que, a pesar de todo, prestasen este servicio al Señor.

La disponibilidad de la madre y la hermana de nuestro Fundador fue de una eficacia incalculable para el Opus Dei. Carmen afrontó siempre con un profundo sentido de responsabilidad el deber que había hecho propio libremente. Le tocó dirigir la administración doméstica de muchos Centros de la Obra y soportar las incomodidades y contratiempos de los comienzos; cuando las cosas empezaban a funcionar bien, Carmen se quitaba de en medio. Jamás perdió la calma ni se dejó arrastrar por la agitación, el aturdimiento o la angustia: no se enfadaba nunca; es más, parecía siempre serena, con una paz interior y una confianza en Dios que multiplicaban su eficacia. Recuerdo, por ejemplo, cuando comenzó a ocuparse de la administración de las dos primeras casas de retiro del Opus Dei: La Pililla, en Ávila, y Molinoviejo, cerca de Segovia. En ambas, al principio no teníamos ni siquiera luz eléctrica. Carmen, como siempre, no puso ninguna dificultad para dirigir estos trabajos hasta disponer de las condiciones previstas para que se pudieran ocupar directamente las mujeres de la Obra.

Hay que tener en cuenta que Carmen no perteneció nunca a la Obra: no tenía vocación y, sin embargo, siempre que el Fundador pidió a su hermana que ayudara a la Obra, ella respondió con generosidad.

El 2 de abril de 1948 el Padre, que ya llevaba algún tiempo viviendo en Roma, fue a Madrid, y pocos días después, el 15, también Carmen se trasladó a la Ciudad Eterna. Su hermano le había pedido que echara una mano a las empleadas del hogar que desarrollaban el servicio doméstico y a quienes lo dirigían. Ella aceptó con alegría, como siempre que se trataba de sacrificarse por la Obra.

Después Carmen regresó a España y, a comienzos de los años cincuenta, alquiló con su hermano Santiago un apartamento en la calle Zurbano de Madrid. Al fin, después de tantos años, tenía casa propia y podía llevar una vida independiente, y según sus gustos. Pero el descanso duró pocos meses. Antes de que hubiera terminado la decoración de la casa, nuestro Fundador le preguntó si podía dirigir la administración doméstica de una finca que se había comprado en Salto di Fondi, cerca de Terracina. Carmen aceptó inmediatamente, y volvió a Roma en julio de 1952.

Se quedó en Salto di Fondi hasta el verano de 1953: el tiempo necesario para que se terminasen los trabajos de reforma de la casa y las mujeres de la Obra pudieran ir a vivir allí. En lugar de regresar a España, Carmen se estableció en Roma con Santiago en un chalet situado en Via degli Scipioni. Allí pasó los últimos cuatro años de su vida. Tomó esta decisión por el deseo de estar más disponible, más pronta a hacer lo que el Señor le pidiese a través de su hermano. En las peticiones de nuestro Fundador, ella veía realmente la Voluntad de Dios.

Dicho sea de paso, a Carmen no le faltaron ocasiones de formar su propia familia. Es más, podría haberse casado muy bien; de hecho, tenía un pretendiente, un hombre con un título nobiliario que le había pedido la mano formalmente. El Padre me contó la conversación que tuvo entonces con su hermana. Carmen dijo: “Josemaría, por ahora no siento nada por él; pero si le trato llegaré a quererle. Prefiero quedarme contigo y ayudarte todo lo que pueda”.

En efecto, nuestro Fundador tuvo en su hermana una ayuda extraordinaria, sobre todo para la formación en tareas domésticas de algunas entre las primeras vocaciones de mujeres del Opus Dei. Su ayuda consistió en cumplir lo que su hermano le pedía de vez en cuando, pero sin entrometerse nunca en las cuestiones fundacionales, porque comprendía que era una misión confiada por el Señor exclusivamente al Fundador.

Si la abnegación de doña Dolores duró hasta dos años después de la guerra civil española, Carmen se prodigó durante casi veinte años, yendo de una parte a otra, donde se hacía necesaria su presencia.

Padre, ¿podría evocar algún detalle de la muerte de tía Carmen?

–En los primeros meses de 1957 notamos que el estado de salud de Carmen, siempre llena de vitalidad y de energía, se deterioraba. El 4 de marzo los médicos le diagnosticaron un cáncer, y hacia el 20 de abril le anunciaron que sólo le quedaban dos meses de vida.

Apenas lo supo el Padre, quiso que yo se lo comunicase, con toda claridad y con mucha caridad. Quería que aquellos dos meses fueran para su hermana ocasión de unirse aún más con el Señor. El 23 de abril, fiesta de San Jorge, hablé con ella de su enfermedad. Le dije que sólo un milagro podría curarla y que, según el parecer de los médicos, le quedaban dos meses de vida; añadí que, si el tratamiento tenía éxito, quizá podría sobrevivir algo más, pero no mucho. Acogió la noticia con tranquilidad, con serenidad, sin lágrimas, como una persona santa. Y luego dijo: “Alvaro me ha dado ya la sentencia”.

Nuestro Fundador me pidió que buscase entre mis amigos de Roma un sacerdote culto y piadoso que pudiera asistirla espiritualmente durante aquellos meses. Hablé con el Padre Fernández, agustino recoleto, que era una persona de profunda vida interior. Aceptó el encargo y, después de ponerse de acuerdo con la enferma, quedó en visitarla una vez por semana; íbamos a buscarle en coche.

Fueron dos meses de oración y recogimiento. En mayo, aprovechando un viaje a Francia, nuestro Fundador se acercó a Lourdes para pedir el milagro de la curación de su hermana, aceptando siempre la Voluntad de Dios, cualquiera que fuese.

El 18 de junio se agravó la situación de Carmen, y pidió la Unción de los Enfermos. Al día siguiente recibió el Viático, rodeada por el cariño de nuestro Fundador y de todos nosotros.

El 20 de junio, fiesta del Corpus, pasé mucho tiempo a su cabecera; le hablaba y ella me respondía con toda naturalidad, como si estuviese hablando de otra persona. Yo le preguntaba: “Carmen, ¿quieres ir al Cielo?” Y ella me contestaba con decisión: “¡Claro que sí!” Y en un momento me dijo: “Alvaro, quiero ver…”. Al principio pensé que había perdido la vista y le dije: “¿Pero no nos ves? Estamos aquí…”. Ella replicó: “Sí, eso ya lo sé”. Añadí: “Te parecemos poco. Lo que tú quieres es contemplar a la Virgen”. Respondió: “Sí, ¡eso!”

Durante la agonía no podía casi hablar. Repetía balbuceando las jaculatorias que nuestro Fundador, ayudado por algunos de nosotros, le musitaba al oído. Sólo respondía a los estímulos sobrenaturales.

Apenas unos minutos antes de morir, cuando casi había perdido el pulso, el Padre le dijo: ¿Verdad que cuando llegues al Cielo nos encomendarás mucho? Su hermana contestó: “¡Sí!” Fue una de las últimas palabras que pronunció. Poco después moría.

Poco antes de la muerte de Carmen, su confesor, el Padre Fernández, me comentó: “Tiene una paz interior enorme. Se ve que esta docilidad a la Voluntad divina es un milagro de Dios: no he visto nunca un enfermo tan unido a Dios. Yo vengo aquí para edificarme, más que para ayudarla”.

Al día siguiente del fallecimiento de Carmen, nuestro Fundador contó a un grupo de hijos suyos: se acabaron las lágrimas en el momento en que murió; ahora estoy contento, hijos míos, agradecido al Señor que se la ha llevado al Cielo; con el gozo del Espíritu Santo. Y al leer en sus rostros la tristeza por la muerte de su hermana, añadió: sí, hijos, me tenéis que dar la enhorabuena; Carmen se encuentra ya en el Cielo. Estaba ilusionadísima con la idea de que pronto vería a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a la Santísima Virgen, y a los Angeles… Ahora continúa encomendándonos.

Enseguida que murió, bajé al oratorio, para celebrar la primera Misa en sufragio por su alma… Encomendadla, ofreced oraciones por ella, pero yo estoy seguro de que ya goza de Dios; ma propio certo: completamente seguro.

El propio Padre me confió el motivo de esta seguridad. No sabía que también había dejado una relación escrita sobre lo sucedido, en un sobre con esta anotación: Para abrir cuando yo muera. Cuando nuestro Fundador se disponía a celebrar la Santa Misa por el alma de su hermana, le vino a la cabeza la idea de pedir una prueba de que Carmen se encontraba ya en el Cielo. Desechó enseguida ese pensamiento, porque le parecía que era tentar a Dios. Sin embargo, me contó que, tanto en el memento de vivos como en el de difuntos, se olvidó de aplicar la intención de la Misa por su hermana, a pesar de las condiciones espirituales y psíquicas en que se encontraba: estaba muy apenado, nunca había celebrado en aquel oratorio, etc. Apenas se dio cuenta de que se había olvidado de ofrecer la Misa por Carmen, le invadió la certeza de que tal olvido, humanamente inexplicable, era la respuesta de Dios: comprendió que el Señor le quería hacer entender de esa manera que su hermana no necesitaba sufragios.

El Padre advirtió de modo inefable la intervención del Señor, que penetra en lo más íntimo del alma. Por eso tuvo la persuasión de que su hermana “había dado el salto”, como ella misma había deseado y merecido con su vida de entrega a la Voluntad divina.

Padre, me gustaría oírle contar algo más sobre el papel del Fundador como cabeza de familia, sobre todo en su relación con su hermano Santiago, cuando era pequeño.

–Cuando nuestro Padre decidió en 1918 entrar en el Seminario de Logroño –donde fue admitido como alumno externo–, no se olvidó de sus deberes familiares. Aunque sus padres, con mucha delicadeza, para dejarle la más completa libertad de decisión, no le pusieron la más mínima dificultad, se dio cuenta de que su elección desbarataba los planes, humanamente lógicos, lícitos y honestos, que ellos se habían hecho para rehacer el patrimonio familiar con su ayuda. Era consciente de que, al aceptar con generosidad la Voluntad divina, debieron cambiar sus proyectos y resignarse, al menos durante unos años, a la ausencia del único hijo varón.

Entonces, nuestro Fundador, con gran sencillez y confianza, empezó a pedir al Señor que enviase a sus padres otro hijo varón. No era poco pedir, porque sus padres eran ya mayores, y habían pasado casi diez años desde el nacimiento de la última hermana, Rosario, muerta a los nueve meses de edad, en 1910. Transcurrieron algunos meses, y ni Carmen ni Josemaría se dieron cuenta de que su madre estaba embarazada, aunque ya era patente. Su alegría fue enorme, y aún más su agradecimiento al Señor, cuando su madre, algún tiempo después, llamó a los dos hermanos y les comunicó que estaba esperando un niño. Santiago Escrivá de Balaguer nació el 29 de febrero de 1919.

Sobre todo a partir de la muerte de su padre, nuestro Fundador se prodigó en la atención y educación de Santiago. Le dedicó todo el tiempo que pudo, para formarlo bien. Fue para él más que un hermano mayor: casi un padre, un amigo, y un maestro. Le enseñó el catecismo, le introdujo en la vida de piedad, le siguió en los estudios, etc.

He escuchado al Padre que a veces tenía que defenderse de la “colaboración” de su hermano pequeño, que imitaba en todo a su hermano mayor. Como Santiago se había dado cuenta de que nuestro Fundador recortaba artículos de los periódicos y los pegaba en fichas, en una ocasión le llenó el fichero con recortes de revistas tomados al azar. Entonces el Padre se hizo con dos calaveras: a una le llamaba en broma “doña Pelada”; la otra era de un caballero templario, y le puso el nombre de “don Alonso”. Colocó las dos calaveras sobre el fichero y, desde entonces, cesaron las “colaboraciones” del pequeño Santiago.

El Padre recordaba a veces otra anécdota. Un día fue a dar un paseo con su hermano. El niño le pedía siempre que le comprase caramelos. Le gustaban especialmente unos que vendía un viejecito en la esquina de una calle cercana a la casa donde vivían; se llamaban chupetes o chupones. Aquel día, mientras se acercaban al puesto en que el hombre vendía su mercancía, una ráfaga de viento levantó una gran polvareda y ensució los caramelos. Sin pensarlo dos veces, el viejecito los tomó, uno a uno, y los fue limpiando a lametones. Desde ese día, Santiago renunció para siempre a esos caramelos. Nuestro Fundador, que sabía sacar de todo suceso una referencia sobrenatural, se divirtió mucho con la reacción de su hermano y le hizo considerar a veces que las cosas del mundo son como caramelos: después de desearlas tanto, acaban por perder su atractivo, y terminan por repugnarnos.

Incluso cuando Santiago alcanzó la mayoría de edad, el Padre continuó ocupándose de él como un buen hermano y cumplió sus obligaciones fraternas. En 1958, en su calidad de cabeza de familia, acudió a Zaragoza para pedir la mano de su futura cuñada, Yoya. Sin embargo, para dar a sus hijos ejemplo de pobreza y de desprendimiento, no asistió a la boda de su hermano, pero me pidió que lo hiciera en su lugar, aprovechando que yo debía viajar a España. Después, hasta su muerte, ayudó a su hermano y a su familia, con la oración y con el consejo, como aparece claramente en la abundante correspondencia que conservamos.

El Fundador llevó este vivo sentido de la paternidad, aprendido y vivido en su familia, a la gran familia sobrenatural de la Obra.

–El Padre repetía a menudo que sólo tenía un corazón, el mismo corazón con el que amaba a Dios y a sus hijos. No era un cariño abstracto: como buen padre, vibraba al unísono con las alegrías y las penas de sus hijos, y estaba muy pendiente de su salud.

Dos casos concretos. En una época, en el Colegio Romano de la Santa Cruz, los alumnos perdían horas de clase durante la semana, porque debían ocuparse personalmente de otras muchas cosas, ligadas sobre todo a la necesidad de seguir de cerca las obras (los trabajos de la construcción de nuestra sede central estaban en pleno apogeo). Se decidió entonces recuperar esas clases los domingos. Cuando el Padre se enteró, lo prohibió tajantemente; es más, si hasta entonces había animado siempre a los alumnos a aprovechar los días de fiesta para visitar los monumentos de Roma –que constituyen una maravillosa apología de la fe–, a partir de ese momento sus invitaciones se hicieron mucho más insistentes. De modo análogo, otra vez se enteró, a través de una carta, de que en una determinada nación sus hijos se veían obligados a privarse de horas de sueño, por las exigencias apostólicas. El Padre intervino y señaló, entre los deberes graves de los directores, el de asegurar que todos los miembros de la Obra estuvieran en la cama habitualmente siete horas y media cada noche.

Eran continuas sus delicadezas. Recuerdo que en 1961, después de haber pasado el verano en Inglaterra, había decidido salir de Londres hacia Roma, el 4 de septiembre. Habíamos comprado ya los billetes para el viaje, cuando nos enteramos de que justamente el día previsto para la salida era el santo de una Numeraria auxiliar que se había ocupado de las tareas domésticas de la casa en que habíamos estado. Al Padre le pareció un deber de caridad retrasar un día el regreso, para poder felicitar a aquella hija suya: otra cosa le hubiera parecido una descortesía. Sus atenciones se hacían aún más solícitas si alguno de sus hijos enfermaba. Cuando en 1943 efectué mi primer viaje a Roma, se había propagado por España una epidemia de tifus esantemático, una enfermedad muy contagiosa que en aquella época era llamada popularmente el “piojo verde”. En el mes de marzo el entonces director de la Residencia universitaria de la Calle Jenner, Juan Antonio Galarraga, tuvo mucha fiebre. Se pensó que era tifus, pero en realidad lo que tenía era la viruela. El Padre se ocupó personalmente de él, lo arropó con unas mantas, y se lo llevó en taxi al hospital de enfermedades infecciosas. Lo trató como un padre a su hijo. Después, durante la convalecencia de Juan Antonio, fue muchas veces a verle, y luego pidió a su hermana Carmen que fuese también a visitarle, para que estuviese atendido con gran solicitud y cariño.

La muerte de una hija o de un hijo suyo le producía un dolor inmenso: le he visto llorar muchas veces. Es lógico que sufra, hijos míos –comentaba–, el Señor me ha dado para vosotros corazón de padre y de madre. Cuando se trataba de una persona joven, protestaba filialmente al Señor: no comprendía humanamente por qué Dios había decidido llamarle a Sí cuando podría haberle servido tantos años aún. Pero después se sometía inmediatamente, en un dolido acto de aceptación de la Voluntad divina: Fiat, adimpleatur…

El 18 de diciembre de 1972, el Padre fue a visitar a una joven Numeraria de origen siciliano, Sofía Varvaro, ingresada en una clínica de Roma. Tenía un cáncer de hígado y estaba desahuciada por los médicos. El Padre la consoló y la animó hablándole del Cielo. El diálogo tuvo momentos de gran emoción.

–”Padre –le confió Sofía–, a veces tengo miedo de no saber llegar al final, porque soy muy poca cosa”.

El Padre le replicó inmediatamente: ¡Hija, no tengas miedo!: ¡que te espera Jesús! Yo le estoy pidiendo que te cures, pero que se haga su Voluntad. Cuesta a veces aceptar esa Voluntad divina, que no entendemos, pero el Señor se debe reír un poco de nosotros, porque nos quiere y nos cuida como un padrazo, con corazón de madre, ¿comprendes? Yo, mañana, con la Hostia santa, te pondré en la patena para ofrecerte al Señor. Y tú, aquí o en el Cielo, siempre muy unida al Padre, a las intenciones del Padre, porque os necesito a todos bien metidos en mi petición.

Sofía le dijo que había rezado mucho por los frutos de su reciente viaje a España y Portugal.

¡Hija mía, me habéis ayudado tanto! No me he encontrado nunca solo. Ahora, después de verte, sé que tú me ayudarás en el Cielo, y también en la tierra, si el Señor te deja aquí. Pide intensamente por esta Iglesia, que a mí me hace padecer tanto, para que termine esta situación. Me apoyo en vosotros, y me siento acompañado por vuestra oración y por vuestro cariño.

–”Padre, gracias por su ayuda, y por la ayuda de todos los de la Obra”.

¡No puede ser de otra manera! Estamos muy unidos, y yo me siento responsable de cada uno de vosotros. Sufro, cuando no estáis bien de salud: me cuesta mucho, pero amo la Voluntad del Señor. Como somos una familia de verdad, yo me encuentro feliz con vuestro cariño, y pienso que también a vosotros os tiene que dar alegría que el Padre os quiera tanto.

–”Padre, quiero llegar al final, pero a veces tengo muchos dolores, y me canso”.

Sí, hija mía, te entiendo muy bien. Acude a la Virgen, y dile: monstra te esse Matrem!, o con sólo que le digas ¡Madre!, es suficiente. Ella no nos puede dejar. Además, nunca estaremos solos, tú nos sostienes a los demás, y los demás están bien unidos a ti. Pide tu curación, aceptando la Voluntad de Dios, y estáte contenta con lo que Él disponga: la Iglesia necesita nuestra vida. Reza por los sacerdotes de toda la Iglesia y especialmente por los de la Obra, no porque debamos ser más santos que los demás, sino para que nos hagamos cargo de esta bendita responsabilidad de que hemos de gastarnos de verdad. Fuerza al Señor. Dile: ¡Jesús mío, por tu Iglesia!, y ofrécele todo. Por la Obra, para que podamos servirte siempre más. Tu unión con el Señor, hija mía, ha de ser cada día más grande.

–”Padre, hace mucho tiempo que no puedo asistir a la Santa Misa”.

Hija mía, ahora tu día entero es una Misa, consumiéndote bien unida al Señor. No te preocupes. El Señor está dentro de ti, no le dejes. Hay que rezar mucho. Dirígete a la Santísima Virgen y a San José. Acude con confianza a nuestro Padre y Señor San José, para que nos lleve por el camino de intimidad que él tuvo con su Hijo.

Al salir de la habitación de la clínica, sin esconder el propio dolor, el Padre repitió lentamente la jaculatoria: Fiat, adimpleatur, laudetur et in aeternum superexaltetur iustissima atque amabilissima Voluntas Dei super omnia. Amen. Amen!

He reconstruido todo este diálogo sirviéndome de los testimonios y recuerdos de algunas personas que estuvieron presentes, porque cada frase constituye un extraordinario ejemplo práctico de cómo en el Padre el cariño humano y la visión sobrenatural iban siempre íntimamente unidos.

El cariño del Fundador hacia sus hijos se manifestaba en la generosa entrega a su formación, sin dejarse vencer por el cansancio.

–En el plano personal, nunca podré olvidar que, cuando pedí la admisión en la Obra, en el mes de julio de 1935, el Padre, aunque estaba agotado por la abundancia de trabajo, no dudó en empezar un ciclo de clases de formación solamente para mí: un nuevo peso que venía a añadirse a las ya numerosas actividades de que estaban repletas sus jornadas.

Puso un cuidado especialísimo en la formación de los tres primeros sacerdotes de la Obra, y lo explicaba con cinco razones:

Segunda. Si nuestros sacerdotes no tienen una profunda formación teológica, no me sirven para el apostolado específico del Opus Dei.

Tercera. Los miembros de la Obra hacen muy bien sus estudios civiles, y hubiese sido destruir su espíritu, que no pusiesen la misma intensidad en sus estudios eclesiásticos.

Cuarta. Hay muchas personas que nos tienen un gran cariño, y conviene que vean hasta qué punto se preparan bien los sacerdotes de la Obra.

Quinta. No faltaban tampoco algunas otras personas que nos miraban con menos afecto, y era razonable que comprendieran –todos éstos también– la seriedad y la solidez de nuestra labor.

Y primera. Yo me muero cualquier día, y tengo que dar cuenta a Dios.

De otra parte, el Beato Josemaría era muy exigente, porque exigente es la lucha por la santidad. Afirmó siempre que la Obra es familia, pero también milicia, en el sentido de que los miembros de la Obra reciben una formación adecuada a su tarea sobrenatural de cristianos apostólicamente movilizados para despertar en todos los bautizados la conciencia de la llamada universal a la santidad.

–Proponía metas muy ambiciosas, de acuerdo con un principio que formulaba así: De ordinario, al que pueda hacer siete, le pido catorce, y me hace quince. Y refiriéndose en concreto al trabajo apostólico, decía que, si uno puede hacer diez, hay que pedirle veinte, para que dé dieciocho. En definitiva, los números podían variar, pero el concepto estaba clarísimo.

¿Y cuando debía corregir?

–Cuando debía reprender a alguno, tenía siempre presente la mayor o menor frecuencia de sus relaciones con el interesado. Corregía con inmensa dulzura a aquellos que veía de tarde en tarde y, en cambio, se mostraba más severo con los que tenía cerca. Eran dos modos diferentes de ayudarnos, en función de las diversas circunstancias.

Acabo de explicar cómo el Padre elegía la línea de conducta más adecuada en cada momento para mantener el justo equilibrio entre la necesaria severidad y el cariño. En los primeros años, cuando veía que algo se había hecho mal pensaba: no lo puedo decir inmediatamente porque estaré enfadado, y conviene que lo diga en tono frío, para no herir, ser más eficaz, y no ofender a Dios; dentro de dos o tres días, cuando ya esté más calmado, diré lo que sea. Pero en los últimos años hacía la corrección cuanto antes. Se decía: Si no la hago inmediatamente, pensaré que voy a hacer sufrir a esa hija mía o a ese hijo mío, y corro el peligro de no decirlo. Y por eso intervenía inmediatamente sin pasar nada por alto, porque quería mucho a sus hijos y los quería santos.

¿Y no se equivocaba nunca?

–Las raras veces en que sucedía, rectificaba inmediatamente, y si era el caso, pedía perdón. Recuerdo que en enero de 1955, al regresar a casa a mediodía y pasar por delante del oratorio de San Gabriel, en nuestra Sede Central, me encontré con el Padre, que estaba con algunos alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, entre ellos Fernando Acaso. Después de saludar al Padre, aproveché la ocasión para decir a Fernando que podía ir a recoger unos muebles que nos hacían falta, porque al fin teníamos dinero en el banco. Al oír esto, nuestro Fundador comenzó a excusarse con aquel hijo suyo. Había sucedido lo siguiente: poco antes de que yo llegara, le había preguntado por los muebles. Fernando le había empezado a explicar que no había ido a recogerlos, pero el Padre, sin dejarle seguir, le preguntó de nuevo si los había recogido. Entonces Fernando respondió sencillamente que no, y nuestro Fundador le dijo que no le gustaba que nos excusásemos. Pero al oírme, comprendió inmediatamente lo que había pasado y se apresuró a pedirle perdón, delante de nosotros, porque no le había dejado exponer sus razones. Como si no bastase, luego, en la sala de estar, delante de todos los alumnos del Colegio Romano, le pidió otra vez perdón a Fernando y alabó su humildad. Realmente, era llamativa la prontitud con que rectificaba: y no vacilaba en hacerlo en público si era necesario. Era una característica muy destacada de su comportamiento, y deseaba para todos la alegría de rectificar.

Me gustaría ahora hacerle una pregunta tal vez indiscreta. Usted ha estado cuarenta años junto al Fundador, en estrechísima colaboración: ¿podría hablar ahora de su propio vínculo de filiación con el Padre?

Me considero, con un santo orgullo, aunque inmerecido, hijo espiritual del Fundador y deudor insolvente. Entre tantas cosas, le debo mi vocación a una entrega total a Dios en el Opus Dei; le debo la llamada al sacerdocio, don inefable del Señor, y el haberme impulsado constantemente a servir a la Iglesia, con la adhesión más plena al Romano Pontífice, a los obispos en comunión con la Santa Sede, con el espíritu de obediencia y de unión a la Jerarquía propio de la espiritualidad de la Obra.

Me une al Padre, por tanto, la filial e inmensa estima que le tengo, no sólo porque me dio un ejemplo de santidad heroica, como porque fue instrumento del Señor para encontrar mi vocación, que es la razón de mi vida.

Nuestro Fundador tenía constantes manifestaciones de afecto hacia todos, y personalmente puedo atestiguar que fui objeto continuo de su cariño paterno. Cuando me veía un poco cansado se volcaba conmigo. Parecerá una cosa sin importancia, pero me conmuevo al recordar que, cuando iba a trabajar al Vaticano con mi sotana más nueva, el Padre le decía a don Javier Echevarría poco antes de mi regreso: Vamos a bajar a tu hermano Alvaro la ropa, para que se cambie, porque vendrá cansado. Se esforzaba en conocer los gustos de cada uno, y los recordaba bien; por ejemplo cada vez que me ponía enfermo y tenía que guardar cama o estar a dieta, procuraba que, dentro de las prescripciones médicas, me preparasen platos que me gustaban.

En febrero de 1950 se me agudizaron las molestias que sufría desde algunos años atrás en el hígado y el apéndice. Nuestro Fundador hizo llamar al profesor Faelli, que le trataba la diabetes. El médico dijo que tenían que operarme urgentemente de apendicitis. El Padre no se separó de mi lado hasta el mismo instante de la operación. Yo tenía unos dolores muy agudos, y trató durante todo el tiempo de distraerme y hacerme reír un poco; llegó a improvisar delante de mí una especie de baile muy divertido. Después me confió lo que pensaba en aquellos momentos: sabía que yo estaba preparado para la muerte, y muy unido a Dios, por su misericordia; no necesitaba, pues, consideraciones espirituales que me consolaran o animasen; por otra parte, estaba claro que no me iba a morir: lo único que me hacía falta era olvidar el dolor. Así, delante de mí y en presencia de una tercera persona, el Padre tuvo la gran caridad y humildad de improvisar aquel baile. Y consiguió su propósito, porque me empecé a reír, me divertí mucho y no pensé más en mis dolores. Después de la operación, vino a verme a la Clínica muchas veces, y estuvo conmigo todo el tiempo que pudo; en aquellos ratos, que fueron muchos y prolongados, fui objeto de la inmensa caridad con la que trataba a sus hijos enfermos. No lo olvidaré jamás.

¿Menudencias? Lo considerarán así los que no sepan qué significa querer. Hasta donde era posible, evitaba a sus hijos los disgustos. El 10 de marzo de 1955 llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. El Padre lo leyó y, como era ya de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiese dormir tranquilo. Al día siguiente me enseñó el telegrama y me explicó: Llegó anoche; he querido que durmieses, y por tanto he esperado hasta ahora, pero las oraciones que ibas a hacer tú, las he hecho yo por ti, y además he hecho las mías por tu madre, y ahora vamos a celebrar los dos la Santa Misa por el alma de tu madre, que era tan buena.

En la vida de familia prestaba pequeños servicios con elegancia, añadiendo siempre alguna frase amable, para evitar que el interesado se sintiera incómodo. Recuerdo que me limpiaba las gafas a menudo, repitiendo con buen humor un dicho usual en España: están tan sucias que se podrían plantar cebolletas.

Pero no deseo alargar las citas indefinidamente. Considero un privilegio y una gran responsabilidad haber sido testigo, durante cuarenta años, de su empeño por alcanzar la santidad. Muchas veces he pedido al Señor que me conceda aunque sólo sea una milésima parte del amor que veía en su corazón. Se suele decir que ningún hombre es grande para su mayordomo; yo no he sido mayordomo del Padre, sino un hijo que, con la ayuda del Señor, ha tratado de serle siempre muy fiel; y debo decir que, desde 1936, cuando comencé a tratarlo con mayor intimidad, hasta aquel 26 de junio de 1975, en que el Señor lo llamó a Sí, mi admiración por su extraordinaria caridad hacia Dios y el prójimo, ha crecido de día en día. Delante del Padre, repito, me siento deudor, deudor insolvente.

5. El Fundador

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El 2 de octubre de 1928 Josemaría Escrivá vio el Opus Dei. Usó siempre este verbo, ver, y lo sucedido forma parte de su relación personalísima con Dios. Sin embargo, también para nosotros y para la vida de la Iglesia es un momento central, porque la santidad del Padre se estructura sobre su carisma de Fundador. Sabemos que aquel día estaba en Madrid haciendo, a solas, unos ejercicios espirituales. Todo entra, evidentemente, dentro de un designio providencial.

–La actitud del Padre, como afirmaría más tarde en muchas ocasiones, no fue nunca la del jugador de ajedrez, que mientras hace una jugada va pensando las siguientes: vivía un confiado abandono en la Voluntad de Dios y procuraba, por todos los medios, no obstaculizarla con inútiles precipitaciones humanas.

Se trasladó a Madrid, con el permiso de su Ordinario, el Arzobispo de Zaragoza, para obtener el doctorado en Derecho en la Universidad Central. Llegó a la capital el 20 de abril de 1927, y apenas una semana después, se matriculó en la asignatura de Historia del Derecho Internacional, y después, a finales de agosto, en la de Filosofía del Derecho.

Pero sus planes se modificaron con la fundación de la Obra: el 2 de octubre de 1928 el Señor cambió el curso de su vida y le hizo ver, con claridad meridiana, que su misión sobre la tierra consistía en hacer el Opus Dei. Madrid fue mi Damasco, le he oído exclamar a veces, con profunda gratitud. No sé si llegó inmediatamente a la conclusión de que debía establecerse de modo definitivo en la capital donde había nacido la Obra, y ofrecía mejores perspectivas para su desarrollo. Desde el principio contó con la autorización eclesiástica del Ordinario del lugar.

Aquel 2 de octubre de 1928 se abrieron para nuestro Fundador los horizontes hacia los que el Señor le llamaba al confiarle el Opus Dei: una movilización de cristianos que, en todo el mundo, en todas las clases sociales, a través de su trabajo profesional desarrollado con libertad y responsabilidad personales, busquen la propia santificación, santificando al mismo tiempo, desde dentro, todas las actividades temporales, en un audaz proyecto de evangelización para llevar a Dios a todas las almas. Es, con unas décadas de anticipación, el mensaje de renovación de la Iglesia querido por el Concilio Vaticano II, que ha proclamado la vocación universal a la santidad para la salvación del mundo, con todas las consecuencias pastorales que de ahí derivan, y que delinean la función eclesial del Opus Dei, mientras, como decía el Fundador, haya sobre la tierra hombres que trabajen.

¿Con quién habló el Fundador, además de, naturalmente, con su confesor?

–Uno de los primeros fue un profesor suyo de la Universidad civil de Zaragoza, don José Pou de Foxá, catedrático de Derecho canónico, muy conocido en España. En los primeros años treinta, don José Pou le pidió: “dime lo que te pasa, porque te encuentro diferente. Tú escribes siempre con mucha alegría, y veo que sigues teniendo alegría, pero te veo como más reservado; te pasa algo: ¿tienes alguna pena?”. Es probable que, como consecuencia de esa pregunta, el Padre le informara de alguna manera sobre su vocación divina; de hecho, poco más tarde, don José Pou afirmó que, por las noticias recibidas, comprendía muy bien por qué nuestro Padre se encontraba tan metido en Dios y tenía un afán tan grande por cumplir su Santísima Voluntad, y añadió: “Tú dices que eres un instrumento inútil e inepto. Menos mal que dices esto: porque en caso contrario querrías hacer una cosa tuya, y no una cosa de Dios. Como estás en esta disposición de considerarte inepto, Dios hará todo y todo será de Dios”.

Nuestro Fundador no habló con nadie más de la misión que había recibido del Señor, aparte de las personas que se acercaban a la Obra y, ya mediado el año 1930, su director espiritual, quien le aseguró muchas veces: “Todo esto es de Dios”.

¿Y ni siquiera habló con su familia? Con su madre vivían Carmen, su hermana, apenas dos años mayor, y Santiago, que en 1928 tenía nueve años.

–Hasta 1934 el Padre no habló claramente de la Obra a su madre ni a su hermana, a quienes, pese a la actitud prudente del Padre, no se les había escapado la intensidad de sus mortificaciones, signo evidente de que algo importante había aparecido en su vida. Me lo contaron ellas mismas. Además, en una carta del 20 de septiembre de 1934, el Padre relataba cómo se desarrolló la conversación: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi madre: “bueno, hijo: pero no te pegues, ni me hagas mala cara”. Mi hermana: “ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá”. El pequeño: “si tú tienes hijos…, ¡han de tenerme mucho respeto los mochachos!, porque yo soy… ¡su tío!”. Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto –¡gloria a Dios!–, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

¿Y de dónde viene el nombre Opus Dei?

–En sus primeros apuntes autobiográficos el Padre, cuando se refería a la fundación, hablaba siempre de “la Obra”, o de “la Obra de Dios”, pero no pensaba aún en un nombre preciso. Tiempo después, llegó a la conclusión de que éste era el nombre. Lo relata en una extensa relación autógrafa del 14 de junio de 1948, que refiere un episodio sucedido a fines de 1930: Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio…, trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.

Un joven sacerdote con poquísimos medios, en una situación política de gran tensión, que poco después desembocaría en la guerra civil… El Opus Dei nació pequeño, pero desde el principio con entraña universal.

–Recuerdo muy bien, por ejemplo, que desde el comienzo de mi vocación, en 1935, el Padre me animó a estudiar japonés, y así lo hice aunque con resultados poco fructíferos. Nuestro Fundador tenía una predilección particular por el Extremo Oriente, y cuando, al fin, en la posguerra, fue posible iniciar establemente el trabajo de la Obra allí, se puso contentísimo. Cuando llegó la primera carta de sus hijos de Japón, escribió en el sobre: ¡La primera carta de Japón! Sancta Maria Stella Maris, filios tuos adiuva! Desde entonces, al despachar la correspondencia, si había carta de Japón, abría el sobre y la dejaba aparte. Ponía las demás cartas en un montón y las leía después conmigo. Pero la primera que leía siempre era la de Japón: aquellos hijos ocupaban un lugar especialísimo en su alma, porque estaban en un país maravilloso, con una lengua tan difícil, y en el que la mayor parte de la gente no conoce todavía a Cristo.

Este espíritu universal se llevó a la práctica, en cuanto las condiciones externas lo permitieron, es decir, después de la guerra civil española, y sobre todo, tras la Segunda Guerra mundial. El Padre preparó personalmente el terreno para la expansión de la Obra con frecuentes viajes, y la semilla arraigó vigorosamente.

Sólo recuerdo un país donde la prehistoria realizada por nuestro Fundador no fuera seguida del comienzo de una actividad apostólica estable: Grecia. El Padre fue allí en 1966, y le acompañamos don Javier Echevarría, Javier Cotelo y yo. Deseaba iniciar cuanto antes la Obra en este país y sembró a manos llenas la semilla divina. El 26 de febrero embarcamos en Nápoles. En Atenas y Corinto visitamos los lugares en los que, según la tradición, había predicado San Pablo. El Padre no daba demasiada importancia a la autenticidad de aquella tradición popular; al regreso, explicó: El sitio puede ser o no ser aquél; nada se gana ni se pierde si no lo fuese. Pero, a última hora, sale ganando el que sabe aprovecharlo para acercarse más a Dios. Allí rezamos una comunión espiritual, y encomendamos toda la futura labor en Grecia. Si en ese punto concreto estuvo San Pablo, muy bien; y si no estuvo, muy bien; eso es lo de menos.

Vimos también varias iglesias bizantinas. A veces coincidimos casualmente con alguna ceremonia litúrgica a la que asistían pocos fieles, en su mayoría, mujeres. El Padre rezó por aquel pueblo, separado de la Iglesia Romana. Fuimos a la catedral católica y a la Universidad de Atenas. El 13 de marzo regresamos a Roma.

Llegamos enseguida a la conclusión de que era poco factible iniciar la actividad apostólica en Grecia, entre otras cosas, porque los católicos eran una pequeña minoría. Nuestro Fundador comentó: La impresión mía, es que allí hay poquita posibilidad humana de trabajo. Es casi todo muy menudo…; no sé como decirlo. Aunque para el Espíritu Santo no hay imposibles. No abandonó la esperanza de enviar a alguno de sus hijos cuando las circunstancias fueran más favorales. A este propósito dijo en una ocasión: La labor no será fácil ni tampoco difícil; será como en todas partes. Será fruto de la oración, de la mortificación y del trabajo de todos.

La espiritualidad y los modos apostólicos del Opus Dei coinciden con los de su Fundador. Me gustaría oírselo explicar más claramente, aunque se trate de una exposición forzosamente incompleta.

–El elenco será necesariamente incompleto, porque la espiritualidad del Opus Dei tiende a realizar la unidad de vida, es decir, la unión de acción y contemplación, a través de la práctica de todas las virtudes, humanas y sobrenaturales.

Al contemplar la vida espiritual de nuestro Padre, se pone de manifiesto que su fundamento radicaba, como dijo muchas veces, en el sentido de la filiación divina, que se traduce en un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo como hermano suyo, hijo de Dios Padre. El espíritu de filiación le llevaba a mantenerse siempre en la presencia de Dios, a vivir con absoluta fe en la Providencia, a corresponder serena y alegremente a la Voluntad divina.

Si todos, en cualquier situación y condición, estamos llamados a la santidad –y el Opus Dei ayuda a tomar conciencia de esta realidad y a obrar en consecuencia–, todos estamos llamados a participar de la vida de Cristo. Por tanto, la existencia del cristiano se centra en el Sacrificio eucarístico, donde se da la máxima unión posible del hombre con Cristo.

La profunda percepción de la riqueza del misterio del Verbo Encarnado fue el cimiento sólido de la espiritualidad del Fundador. Comprendió que, con la Encarnación del Verbo, todas las realidades humanas honestas se elevaban al orden sobrenatural: trabajar, estudiar, sonreír, llorar, cansarse, descansar, cultivar la amistad, etc., habían sido, entre tantas otras, acciones divinas en la vida de Jesucristo; podían compenetrarse perfectamente con la vida interior y el apostolado: en una palabra, con la búsqueda de la santidad. Por esto, en su vida –y gracias a su ejemplo, en tantas otras almas–, el esfuerzo por alcanzar la perfección humana en el cumplimiento de los propios deberes se transformó, por obra de la gracia, en oración, en camino de santificación, de ejercicio de las virtudes sobrenaturales y, al mismo tiempo, en fecundo servicio humano, en lucha generosa contra los enemigos del alma.

Por eso, desempeñó siempre sus trabajos con espíritu contemplativo: los ofrecía al Señor al empezar y al terminar, y los regaba de jaculatorias; en suma, transformaba todo en oración.

Como consecuencia, y al mismo tiempo como fuente de la unidad de vida, se alimentaba ininterrumpidamente del sentido de la presencia de Dios y convertía toda la jornada en oración. Solía explicar, ya lo he recordado, que el arma del Opus Dei no es el trabajo, es la oración: por eso convertimos el trabajo en oración. Era un alma contemplativa nel bel mezzo della strada como le gustaba decir en italiano, también cuando hablaba en otra lengua; afirmaba que, para un cristiano corriente, la celda es la calle. Tomaba ocasión de cualquier suceso para elevarlo al orden sobrenatural y convertirlo en tema de su diálogo con Dios. En su plan de vida incluyó, además, lo que llamaba normas de siempre, es decir, algunas prácticas de piedad que penetraban todos los momentos del día alimentando su intimidad con el Señor: presencia de Dios, consideración de la filiación divina, comuniones espirituales, acciones de gracias, actos de desagravio, jaculatorias, que se unían a sus mortificaciones, al estudio, al trabajo, al orden, todo vivido con la alegría de saberse hijo de Dios.

El cuidado de las cosas pequeñas constituye otra línea básica del espíritu del Fundador. Era maravilloso que un corazón tan grande, un alma que voló tan alto y fue protagonista de formidables empresas divinas, fuera capaz de penetrar con tanta intensidad en lo que, como solía decir, se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor.

Otros aspectos que completan la fisonomía espiritual del Fundador eran: una piedad doctrinal, alimentada con el estudio de la Fe revelada y con prácticas personales de oración, de sacrificio y de penitencia; una tierna devoción a la Virgen, a San José, a los Santos Ángeles Custodios, a nuestros Patronos y a nuestros Santos Intercesores, a la Iglesia y al Papa; y un profundo respeto a la legítima libertad de los demás.

En la vida de nuestro Padre se unían la oración, la mortificación –oración de los sentidos–, el trabajo y el apostolado: verdaderamente el apostolado era, como enseñaba, superabundancia de la vida interior. Soy testigo de cómo aprovechaba todos los momentos y todas las ocasiones para hablar de Dios; aseguraba que no quería ni sabía hablar de otra cosa.

Afirmaba que la parte más importante y más eficaz de la actividad apostólica de la Obra estaba constituida por el apostolado personal de cada miembro, con su ejemplo y su palabra, en el trato diario con sus amigos y colegas, en el propio ambiente social, profesional y familiar.

Con la Constitución Apostólica Ut sit, del 28 de noviembre de 1982, Juan Pablo II erigió el Opus Dei en Prelatura personal. En conformidad con el carisma fundacional, la Obra fue reconocida por la Iglesia, por tanto, como estructura jurisdiccional secular, de carácter personal –es decir, no territorial–, constituida por un Prelado, sacerdotes incardinados en el Opus Dei y laicos. Con la erección en Prelatura, se cerró un largo iter jurídico, que conoció diversas etapas: en 1941 la Obra fue aprobada como Pía Unión por el obispo de Madrid; en 1943, la erección diocesana de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz permitió la incardinación de sacerdotes procedentes del laicado de la Obra; con las aprobaciones de 1947 y de 1950 como Instituto Secular de derecho pontificio, se aseguró el carácter internacional imprescindible para la expansión apostólica de la Obra.

¿Cómo vivió el Fundador, que no pudo contemplar en la tierra la configuración canónica definitiva del Opus Dei, estos jalones jurídicos de la Obra?

–En el ordenamiento canónico entonces vigente no existía ninguna figura jurídica adecuada a lo que el Señor quería para la Obra, y ni siquiera se entreveía una posibilidad concreta de abrir nuevos caminos. Por esto, nuestro Fundador no se arriesgó en los comienzos a pedir la aprobación formal por parte de la autoridad eclesiástica: en ese caso, al Opus Dei se le habría encasillado, de hecho, dentro de un esquema jurídico inadecuado. Nuestro Fundador se limitó a mantener al corriente de todo al Ordinario de Madrid, y a no dar ningún paso sin su venia y bendición.

La primera aprobación in scriptis se remonta a 1941, y se anticipó en buena medida por la terrible campaña de calumnias desencadenada contra nuestro Fundador después de la guerra civil española. Para deshacer aquellas calumnias, don Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, que ya había intervenido repetidamente de palabra en la defensa del Opus Dei y de su Fundador, decidió comprometer su propia autoridad, y para disipar los equívocos quiso dar una aprobación escrita a la Obra. Con este fin pidió al Padre una copia de los Reglamentos.

Desde el comienzo, el Fundador del Opus Dei se resistió a usar el término “Constituciones” para hablar de los Reglamentos, Estatutos, o Derecho Particular de la Obra; en el lenguaje eclesiástico ese vocablo se utilizaba para designar el ordenamiento propio de los religiosos o del estado de perfección, mientras que el Opus Dei era una realidad eclesial completamente diversa.

Pasaron algunos meses, pero el Fundador no se había decidido aún a comenzar la redacción de los Reglamentos, como le había pedido el obispo. Por fin, ya en 1941, se dio cuenta un día de que, aunque siempre había querido obedecer con lealtad y delicadeza a la autoridad eclesiástica, en esto no estaba obedeciendo a don Leopoldo. Le pidió audiencia inmediatamente y, apenas fue recibido por el Prelado, le explicó: Señor Obispo, me tiene que perdonar, porque le he estado desobedeciendo, sin darme cuenta. Me dijo Vuestra Excelencia que presentase esos papeles y no lo he hecho. No lo he hecho porque no me sentía movido por Dios, pues temo que se pueda causar un perjuicio grave al Opus Dei con una aprobación que no respete su naturaleza teológica, ascética y jurídica. Por otra parte, al comprender que estaba oponiendo resistencia pasiva a esta aprobación, me he llenado de alegría porque pienso que, cualquier fundador que hubiese encontrado tal disponibilidad de su Obispo para aprobar la fundación, se hubiese apresurado a preparar los documentos y a presentarlos. Yo no lo he hecho porque la Obra no es mía, sino de Dios; y si cuando llegue el momento de darle cauce jurídico no está Usted para aprobar la Obra, entonces la aprobará su sucesor. Este episodio me lo contó nuestro Fundador con estas palabras en varias ocasiones.

Sin embargo, el obispo insistió en la necesidad de dar un respaldo oficial a la Obra para defenderla de los ataques de que era objeto; el Padre se sometió a la voluntad del Ordinario, y poco después, el 14 de febrero de 1941, presentó el texto de los Reglamentos para que la Obra fuese reconocida como Pía Unión.

Con esta misma actitud de adhesión a la Voluntad de Dios, nuestro Fundador aceptó las sucesivas configuraciones jurídicas de la Obra, sabiendo conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar.

Defendió decididamente el carisma fundacional, obedeciendo a la vez fielmente a la autoridad eclesiástica, y puedo afirmar que la solución definitiva –que, como primer sucesor del Fundador, me ha correspondido llevar a término–, refleja perfectamente las disposiciones que dejó definidas hasta el último detalle.

El principal obstáculo que el Fundador debió superar fue hacer comprender el carácter plenamente secular de la Obra, que de ningún modo puede confundirse o ser asimilado a las órdenes, a las congregaciones, a las asociaciones religiosas. Y esto, no por menospreciar a los religiosos, sino, sencillamente, porque la Obra es, sin ninguna pretensión de exclusivismo, esencialmente distinta de las instituciones religiosas.

–Nuestro Fundador amó siempre, respetó, y en lo que le fue posible ayudó a los religiosos, predicando tandas de ejercicios a religiosos y religiosas, animando a personas que le pedían consejo a seguir la vida religiosa si presentaban síntomas de vocación, y prodigándose por la unidad –que no significa uniformidad– del apostolado, por la que los miembros del Opus Dei rezan a diario.

El Padre no se permitía la menor crítica a otras personas o instituciones de la Iglesia. Desde que le conocí, se lo he oído repetir más o menos con estas palabras: jamás moveré un dedo para apagar una llama que se encienda en honor de Cristo: no es mi misión. Si el aceite que arde no es bueno, se apagará sola.

Entre los miles de episodios que podría citar, me viene a la cabeza que hacia 1940 se presentó en nuestra casa de la calle Diego de León de Madrid, una chica que necesitaba cierta cantidad de dinero como dote para entrar en religión. El Padre comprobó la sinceridad de sus intenciones, y después de hablar conmigo, preguntó a Isidoro Zorzano, que era el administrador, cuánto dinero teníamos en casa; y se lo dio todo a aquella futura novicia.

Por lo demás, los religiosos han comprendido siempre la originalidad pastoral de la Obra. Por ejemplo, sor Lucia, la vidente de Fátima, puso un gran interés en el inicio de nuestra actividad apostólica en Portugal, y ha rezado siempre por la Obra. En 1972 acompañé a nuestro Fundador a ver a sor Lucia, y en aquella ocasión ella le regaló unos millares de folletos que contenían algunas reflexiones sobre la Virgen y el Rosario: el Padre los difundió con gran alegría.

4. Su formación

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“Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei”. Entrevista de Cesare Cavalleri a Don Álvaro del Portillo sobre la vida y personalidad de San Josemaría

El Fundador refirió siempre de sí mismo que había sido un niño normal, educado en una familia profundamente cristiana, pero sin beaterías. ¿Querría relatar alguna anécdota de su infancia?

–Josemaría era un niño fuerte, completamente sano, aunque sufrió una enfermedad infecciosa muy grave cuando tenía alrededor de año y medio. El médico de cabecera, Ignacio Camps Valdovinos, muy amigo del padre de Josemaría, don José Escrivá, llegó a decirle: “Mira, Pepe –así le llamaban sus amigos–, tengo que decirte la verdad: el niño se muere, no pasará de esta noche”.

Sus padres reaccionaron como buenos cristianos que eran. Rezaron mucho, abandonándose en la Voluntad de Dios, y prometieron que, si el niño sanaba, lo llevarían en peregrinación a la ermita de Torreciudad, un lugar del Somontano –entonces sólo accesible por caminos difíciles– donde se custodia una antigua imagen de la Virgen, muy venerada por los habitantes de Barbastro.

A la mañana siguiente el doctor Camps se acercó a la casa de los Escrivá y preguntó: “¿A qué hora ha muerto el niño?” José Escrivá respondió: “No sólo no ha muerto, sino que está completamente curado. ¿No le oyes hablar?” El doctor Camps entró en el dormitorio del niño y lo vio de pie, agarrado a los barrotes de su pequeña cama, saltando y gritando alegre.

A propósito de aquella cama, su madre me contó que el pequeño Josemaría tenía tanta vitalidad que, una vez, saltando agarrado a uno de los barrotes, tomó tal impulso que, sin querer, dio una voltereta y cayó al suelo fuera de la cama.

Sus padres cumplieron la promesa y peregrinaron en acción de gracias a Torreciudad, el lugar donde hoy se alza un gran santuario dedicado a la Virgen.

Sus padres le enseñaron las primeras oraciones, que continuó rezando toda la vida, incluso cuando había cumplido ya los setenta años, y empezó a decir que sólo tenía siete, para subrayar las ventajas de la vida de infancia espiritual.

–Hablando de sí mismo decía a veces: Recuerdo que un chico, al rezar el Señor mío Jesucristo, en lugar de decir propósito de la enmienda, pronunciaba ‘de la almendra’. No sabía qué era la enmienda, pero las almendras, sí, porque le gustaban. Ese niño era yo.

Aquella oración manifestaba también la buena voluntad de querer agradar a Dios y de portarse bien; la ‘almendra’ de nunca más volver a pecar. Comenzarían a enseñarme esa oración hacia los tres años, y hasta los siete (los setenta) no he pasado de la ‘almendra’. Y por eso doy gracias a Dios.

Tenía un carácter fuerte. Por ejemplo, cuando su madre le invitaba a dar un beso a algún conocido, a veces respondía que no tenía “besos hechos”.

El ambiente de Barbastro era muy cristiano. Un año, en las fiestas del lugar se expuso uno de aquellos primeros aeroplanos y don José Escrivá llevó a su hijo a verlo. Nuestro Fundador recordaba, divertido, los comentarios de unas monjas que se preguntaban entre sí: “¿Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, romperá la clausura?”

Cuando se hizo un poco mayor, Josemaría acompañó de vez en cuando a su padre cuando salía a cazar. Don José Escrivá era un apasionado cazador. Tenía en casa, en un patio, una jaula con reclamos para las codornices. La jaula era pequeña y se le podía quitar el fondo, de modo que, una vez fijada a la tierra, los pájaros podían comer y moverse directamente sobre el suelo. Como a todo buen cazador, a don José Escrivá le gustaba mucho contar anécdotas de caza, que su hijo recordaba con detalle. Las perdices y las codornices eran sus presas favoritas, pero, si se ponían a tiro, don José disparaba también a los tordos.

El pequeño Josemaría era muy observador, y le gustaba pasar ratos en la cocina. Había notado, por ejemplo, que la cocinera calculaba el tiempo de cocción de los huevos duros rezando dos Credos.

Es un detalle divertido y sintomático…

–A propósito del huevo duro. Me viene ahora a la cabeza que en los años sesenta, una directora del Opus Dei en Kenia contó al Padre cómo calculaban el tiempo de cocción de los huevos, según la costumbre local de hacer un hoyo en el suelo y echar encima un poco de agua. Cuando se filtraba por completo en la tierra, quería decir que el huevo se había cocido. Por esta anécdota, nuestro Fundador se dio cuenta de que ni siquiera disponían de reloj, y le conmovió aquella penuria de medios tan extrema: inmediatamente hizo que diesen a aquella hija suya el despertador del Centro en que vivía.

Pero volvamos a la infancia del Padre. Jugaba con sus compañeros y participaba en sus habituales peleas, pero no soportaba la crueldad. Los niños son a veces despiadados, y los de Barbastro no eran una excepción: algunos tenían la costumbre de cazar murciélagos, clavarlos en una pared y matarlos a pedradas. En una ocasión, Josemaría fue testigo involuntario de una de estas brutales escenas. No la olvidó en su vida. Inclinado como era a reflexionar sobre las cosas que veía, comprendió por aquel episodio hasta dónde puede llegar la crueldad humana y –con las debidas distancias– el inconcebible comportamiento de los verdugos de nuestro Señor, cuando estaba clavado sobre el madero de la Cruz.

El Padre atribuía a su condición de aragonés la franqueza y la sinceridad de su modo de ser, y la constancia y la perseverancia en los propósitos.

–Son características que tuvo desde su infancia. Le he oído contar en algunas ocasiones que se ponía colorado de pequeño cuando oía hablar de los escribas y fariseos, y lo mismo le pasaba a su hermana Carmen. La explicación es sencilla: muchas personas escribían el apellido de los Escrivá con “b”, ya que en España la “b” y la “v” se pronuncian igual; por eso cuando sus compañeros de colegio oían hablar de los escribas, miraban con una sonrisa a los Escrivá. El vicio de la hipocresía y el fingimiento no podían ser más diametralmente opuestos al modo de ser del Padre. Debo añadir que, aunque hablaba con frecuencia de sus defectos infantiles, nunca se refería a sus virtudes o éxitos. Nunca me dijo, por ejemplo, que había recibido un premio de aplicación y conducta en sus años de escuela primaria. Me he enterado después de su muerte, al consultar los boletines diocesanos.

El Fundador fue un alumno brillante ya desde el bachillerato, que inició en Barbastro y terminó en Logroño, a donde se trasladó la familia en 1915, tras la quiebra de la empresa comercial del padre. Don José Escrivá, que había cargado generosamente con las consecuencias del mal comportamiento de un socio, encontró un nuevo empleo en un negocio de tejidos de Logroño. La familia tuvo que adaptarse al nuevo tenor de vida llevando con mucho señorío las iniciales estrecheces. Sin duda, el joven Josemaría debió de tener presentes las necesidades familiares antes de madurar su propia vocación profesional.

–Quería ser arquitecto. Le movían a esta elección sus aficiones artísticas y humanísticas, así como su aptitud para las matemáticas y el dibujo. En aquel tiempo, los alumnos que recibían la máxima calificación –”Sobresaliente con premio”, según la terminología de la época–, se sentaban en la primera fila de la clase y tenían que contestar a las preguntas del profesor que no hubiesen podido responder otros alumnos menos preparados. Josemaría ocupó el primer banco en álgebra y trigonometría de cuarto y quinto de bachillerato, además de en literatura.

Sus padres estaban contentos con su orientación, aunque don José Escrivá a veces tomaba el pelo a su hijo, diciéndole que sería “un albañil distinguido”.

Como todas las madres, también doña Dolores estaba atenta a las amistades del hijo adolescente y le daba un consejo que el Padre me ha contado, divertido, más de una vez. Hablándole de la elección de una futura esposa –nada hacía prever que no fuese a casarse–, su madre le decía: “Josemaría, ni guapa que encante, ni fea que espante”.

Pero las cosas discurrieron de modo muy diverso…

–El Padre comenzó a barruntar el Amor –usó siempre esta frase– en un momento bien preciso.

Entre finales de diciembre de 1917 y comienzos de enero de 1918 cayó una nevada tan fuerte en la región de Logroño que, según la crónica del periódico local, La Rioja –sustituido en los años cincuenta por otro diario, La Nueva Rioja–, las precipitaciones duraron todo el mes, varias personas murieron de frío, las temperaturas descendieron hasta los dieciséis o diecisiete grados bajo cero, se cortaron las comunicaciones, etc. Una mañana Josemaría vio sobre la nieve las huellas de los pies descalzos de un carmelita. Brotó en su alma, inmediatamente, una profunda inquietud y se preguntó: “Si otros hacen tantos sacrificios por amor de Dios y por el prójimo, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?” Comenzó entonces a advertir, con seguridad absoluta, que el Señor le pedía algo, y como no sabía qué era, poco tiempo después empezó a dirigirse al Señor con la súplica del ciego Bartimeo: Domine, ut videam!, o bien, Domine, ut sit!; y también, recurriendo a la Santísima Virgen para que se cumplieran en su vida los designios de Dios: Domina, ut videam!, Domina, ut sit!

Intensificó su vida de piedad y de oración, acudió diariamente a la Misa y a la Comunión. Como fruto de esta entrega intuyó que si se hacía sacerdote estaría mejor preparado para comprender lo que el Señor quería de él. Decidió entonces entrar en el Seminario de Logroño como alumno externo. Sus padres no se opusieron, aunque aquella decisión modificaba radicalmente los planes familiares. Don José Escrivá llevó a su hijo a hablar con don Antolín Oñate, abad de la Colegiata de Logroño, un santo sacerdote que era una verdadera institución en la ciudad, y que alentó la vocación del muchacho.

Sin embargo, tuvo que superar el impacto del ambiente del seminario de Logroño, y después, del de Zaragoza, donde prosiguió a partir de 1920 sus estudios de Teología, por el carácter netamente cristiano, pero “laical”, de la familia Escrivá.

–Sus padres le habían enseñado a venerar el sacerdocio, pero, antes del episodio de las huellas en la nieve, nunca había pensado hacerse sacerdote. En el colegio incluso había sentido un rechazo inicial hacia el latín, y decía: ¡El latín, para los curas! Sin embargo, en cuanto profundizó en el estudio del latín y se entusiasmó con esta lengua, sintió como la necesidad de compensar el escaso interés que había demostrado en sus primeros años. Además de calificar de necia su conducta anterior, reconocía: Nunca agradeceré bastante el bien que me hicieron en el colegio, cuando en el bachillerato me obligaron a estudiar el latín. Recuerdo que nos hacían llenar las libretas con las declinaciones y con las conjugaciones de los verbos: tanto de los regulares como de los irregulares. Además, teníamos que anotar si el acento era largo o breve. De manera que después nunca se me ocurría decir, por ejemplo, legérem sino légerem.

Pero volvamos a la pregunta. La mayoría de los compañeros de Seminario en Zaragoza procedía del campo y no estaban muy familiarizados con los hábitos de higiene y buena educación que Josemaría había aprendido en su casa. El Padre no pretendió nunca ser modelo de educación ni de cultura; es más, hubiera deseado pasar inadvertido entre sus compañeros, de los que siempre decía que eran excelentes. Pero no fue posible. Como le he oído contar, no había lavabos en las habitaciones, de manera que para lavarme de arriba a abajo había de llevar tres o cuatro jarros de agua: quizá fuera eso lo que escandalizaba a algunos.

Cuando hablaba de sus años en el Seminario, el Padre recordaba de sus compañeros sólo virtudes y grandes deseos de servir a la Iglesia. Pero sufrió incomprensiones cuando, a pesar suyo, los demás advirtieron sus esfuerzos por cuidar la vida de piedad. Se empeñaba en no singularizarse, porque desde la infancia fue enemigo de la ostentación y de las extravagancias; pero al mismo tiempo nos decía: no tengáis miedo a que se note que procuráis ser piadosos.

Pasaba muchas horas en oración, en la capilla del Seminario de San Carlos de Zaragoza, como antes había hecho en la Rotonda de Logroño. Procuraba no llamar la atención de los demás, pero aquellas largas visitas no pasaban inadvertidas y algunos de sus compañeros comentaban en voz alta, de modo que lo oyese: “Aquí viene el soñador”.

En la Biblia (Gén. 37, 19), así llamaban a José sus hermanos que después lo venderían a los mercaderes egipcios.

–No daba ninguna importancia a estos comentarios irónicos. Es más, procuraba estimular a sus compañeros a que rezasen más.

Tampoco pasó inadvertido el hecho de que el Padre entrase a diario, a la vuelta de la Universidad, en la Basílica del Pilar –para honrar a mi Madre, decía–, y algunos seminaristas comenzaron a llamarle rosa mystica, para tomarle el pelo. Nuestro Fundador sufría con este mote, sobre todo porque, aunque sus compañeros quizá no se daban cuenta, constituía una irreverencia hacia la Santísima Virgen; y, por otra parte, le entristecía que se burlasen de algo lógico y normal, no sólo para quien se prepara al sacerdocio, sino para cualquier cristiano.

De todos modos, el aprecio de sus profesores y compañeros debió de ser efectivo y sincero cuando el mismo Cardenal Soldevila, Arzobispo de Zaragoza, que poco después moriría en un atentado, le manifestó su estima personal nombrándole muy joven inspector del Seminario, y adelantándole con este fin la tonsura.

–Es una muestra de la madurez que había alcanzado ya en su juventud, y testimonia el empeño que nuestro Fundador puso en su formación humana, espiritual y doctrinal –se exigió mucho en su lucha ascética y en los estudios, desde niño–, y apostólica: sus amigos de infancia y sus compañeros de escuela y seminario han conservado el recuerdo vivo de su afabilidad, de su disponibilidad para servir que denotaba un esfuerzo no meramente humano.

El Fundador fue ordenado sacerdote el 28 de marzo de 1925: compartieron su alegría su madre, su hermana Carmen, y el hermano pequeño, Santiago, que tenía seis años. Pero no fueron días de fiesta porque estaban de luto. El 27 de noviembre anterior, don José Escrivá había muerto repentinamente, dejando a sus hijos el recuerdo de un padre ejemplar. El primer encargo ministerial de don Josemaría fue la sustitución de un compañero sacerdote, durante un par de meses, en el pueblo de Perdiguera.

–Fue una situación difícil, porque el titular de la parroquia había abandonado su puesto en circunstancias poco claras, aunque oficialmente por enfermedad. Y en parte debió de ser así, pues aquel sacerdote murió repentinamente al cabo de un mes, es decir, en mayo.

El Padre prodigó su celo sacerdotal en aquel pueblo de ochocientos habitantes. En los lugares pequeños era normal que al párroco le sobrase bastante tiempo libre después de cumplir sus deberes de pastor… Una vez terminado el ministerio parroquial, el sacerdote solía reunirse con las “fuerzas vivas” –el alcalde, el médico, el farmacéutico, el secretario del ayuntamiento…– para jugar a las cartas. Pero don Josemaría tenía muchas otras cosas en que pensar: además de sus deberes sacerdotales y el cuidado de su vida de oración, tenía una madre viuda y dos hermanos que mantener, y debía terminar sus estudios civiles; pero, sobre todo, sentía claramente que el Señor quería algo de él, aunque aún le mantenía en la oscuridad. Por eso, ni entonces, ni después, como afirmaba, pudo permitirse el lujo de aburrirse: no tenía tiempo. Se lo he oído decir muchas veces, hasta el último día de su vida: nunca me he aburrido.

En Perdiguera, en lugar de tomar parte en pasatiempos con las “fuerzas vivas”, se dedicó a la catequesis de niños y adultos, en grupos, y también privadamente, uno a uno, si veía que lo necesitaban. En menos de dos meses visitó a todas las familias del pueblo, casa por casa, encendiéndolas en el amor de Dios. En estas visitas siguió siempre el criterio de no ir a las casas de los labradores cuando los hombres estaban fuera, trabajando en el campo.

En los ratos en que la gente descansaba y no era posible desarrollar ninguna actividad pastoral, el Padre aprovechaba para darse largos paseos por el campo, meditar y también para “castigar” el cuerpo, para mortificarse.

Hizo saber a todos que estaba siempre disponible, y que podían llamarle a cualquier hora para lo que necesitasen.

Esta conducta fue motivo de críticas por parte de algunas personas. El mote que le habían puesto en Zaragoza llegó hasta Perdiguera. Por esto, y por su comportamiento sacerdotal, algunos compañeros de pueblos cercanos empezaron a llamarle “el místico”.

El Padre nunca pronunció una palabra de protesta o resentimiento contra estos murmuradores. Pero, lógicamente, aquel chisme le llenó de dolor, no tanto por su persona, sino porque era una falta de respeto al sacerdote.

El Fundador comenzó a acrisolar su sacerdocio desde el primer momento, a través de la administración de los sacramentos y la predicación. ¿Cómo adquirió aquel estilo de predicar tan incisivo que le hemos escuchado, y que podemos continuar apreciando en las homilías publicadas?

–La predicación del Padre fue siempre doctrinal, pero aplicada a la vida concreta de las almas. Por otra parte, era muy rica y variada. Con frecuencia hablaba de la cercanía de Dios, de su presencia entre nosotros, con una fe y una convicción que parecían esculpir profundamente en el corazón de los presentes las palabras del Señor: Regnum Dei intra vos est. Realmente vivía siempre con Dios, inmerso en Él: su predicación era el desbordamiento de su corazón enamorado.

Puedo atestiguar que nuestro Fundador predicaba haciendo la oración personal en voz alta y, por tanto, expresaba lo que el Señor le inspiraba en ese momento; pero preparaba cuidadosamente sus meditaciones, aunque versasen sobre temas que conocía muy bien o sobre los cuales había hablado ya muchas veces. No le gustaba repetir al pie de la letra el guión utilizado en otras ocasiones. Lo actualizaba siempre, de acuerdo con las circunstancias o la situación concreta de los que escuchaban. A los sacerdotes nos aconsejaba hacer lo mismo. A menudo recordaba a sus hijos sacerdotes que no debían hacer como fray Gerundio de Campazas –un personaje de la literatura clásica española, creado por el P. José Francisco de Isla–, quien cerró los libros y se lanzó a predicar sermones grandilocuentes pero sin sustancia. También nos recomendaba no imitar el talento de don Estupendo, que por la mañana decía lo que por la noche estuvo leyendo; la única cosa que puede convencer a los demás es, en definitiva, nuestra propia vida, nuestra coherencia con el Evangelio. Y también en esto, su ejemplo nos arrastraba.


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