Tajamar: primer centro de enseñanza media de Vallecas

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Tajamar, el primer centro oficial de enseñanza media que se estableció en el barrio madrileño de Vallecas, cumple 50 años

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Desde 1958 han pasado por sus aulas más de 17.000 alumnos, con lo que “Tajamar ha hecho una aportación significativa a la educación lo largo de este medio siglo”, afirma Alfonso Aguiló, director del centro educativo.

Tajamar es una obra corporativa del Opus Dei, cuenta actualmente con cerca de dos mil alumnos, y en su oferta educativa incluye un club deportivo con casi mil socios y siete escuelas deportivas, así como dos importantes institutos tecnológicos dedicados a artes gráficas, informática y logística, con una posición de vanguardia en la enseñanza de cada uno de esos sectores.

Este centro educativo está enclavado en el distrito de menor renta de Madrid y, según explica Alfonso Aguiló, “desde una identidad cristiana queremos colaborar con los padres y profesores para dar a los alumnos la posibilidad de una formación que les ayude a afrontar con libertad y responsabilidad sus proyectos propios”.

Tajamar cuenta con una Fundación que se encarga de facilitar la financiación necesaria para mejorar las instalaciones y acometer nuevos proyectos. En los tres últimos cursos ha colaborado en la construcción de un centro de educación infantil, un edificio tecnológico y un polideportivo.

El programa del cincuentenario incluye entre otros puntos la edición de un libro y DVD, una exposición fotográfica, diversas jornadas para los antiguos alumnos, la celebración de un congreso y un cross.

El fundador del Opus Dei y la educación

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San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación: se refieren al espíritu que debe inspirarla, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla.

La historia de Tajamar comenzó hace cincuenta años. San Josemaría Escrivá quería que comenzara una labor apostólica de trascendencia social en algún barrio populoso de Madrid. Era algo con lo que había soñado desde sus primeros años de trabajo sacerdotal en los barrios más necesitados de esa ciudad. Enseguida la idea fue tomando cuerpo y el lugar elegido fue Vallecas, un barrio en el había por entonces unos 12.000 chicos sin escolarizar, y era evidente que aquello, además de reducir sus posibilidades profesionales futuras, les llevaba con facilidad a la delincuencia. Era necesario poner en marcha un centro de enseñanza y en 1958 nació Tajamar, la primera labor apostólica de enseñanza del Opus Dei en Madrid.

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Desde entonces ha transcurrido ya medio siglo y Tajamar cuenta hoy con innumerables logros en su labor docente, en el deporte, en la lucha contra el fracaso escolar, en la formación para el empleo, en la relación entre empresa y escuela. Estos aniversarios invitan a hacer balance y a volver la mirada hacia la propia historia, a la deuda que tenemos con quienes han abierto el camino para poder ser lo que ahora somos. Y la primera deuda personal que tiene Tajamar, y la más importante, es con su principal impulsor, San Josemaría Escrivá. Y cabe ahora preguntarse cuál fue su aportación al estilo con que se trabaja en Tajamar.

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos.

San Josemaría Escrivá ha realizado valiosas aportaciones al mundo de la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei. No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe inspirar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

Por eso, la influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, pues quien las conoce de cerca sabe que son bastante diferentes.

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Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento Tajamar, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles. Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual. Son valores y rasgos sencillos, ninguno de ellos poseído en exclusividad, pero que en conjunto apuntan hacia un espíritu que alienta todo lo que allí se hace.

Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás.

Y dentro de esos rasgos característicos, el que quizá define mejor la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la búsqueda de la unidad de vida. Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace, y lo que se debe ser y hacer. Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo, todo eso influye enormemente en la educación. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral ni exclusiva, sino que es una tarea de todos los que de alguna manera participan de la vida del centro educativo, pues todos contribuyen a educar y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

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Un centro de enseñanza animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores, porque siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero tiene dentro del alma una vocación de servicio a Dios y a los demás, que da a la vida un sentido de misión, una aspiración a la santidad en esa tarea diaria.

Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad.

San Josemaría subrayó también diversos rasgos característicos que han de presidir cualquier labor educativa. Insistió en su aprecio por la sinceridad, la lealtad y la confianza. Puso el acento en la atención personalizada, en el trato de amistad con los alumnos y con los padres, y entre los profesores, de modo que hubiera una gran consideración hacia las personas y nadie pudiera sentirse sofocado en una masa. El amor al trabajo bien hecho, cuidando los detalles, fue otro aspecto central de su insistencia. Igual que el sentido de servicio y la preocupación social, cuestiones decisivas para que el espíritu cristiano cale verdaderamente en las personas.

El sentido positivo podría señalarse como otro elemento fundamental: es preciso poner “el signo más”, dar un sentido positivo a todo lo que hacemos, para así ver a la gente con buenos ojos, para valorar a cada uno como merece, para creer en ellos: todo eso tiene unos efectos sorprendentemente positivos en las personas.

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El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Las personas deben formarse en libertad, y eso no es nada sencillo, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad. Y San Josemaría lo aplicaba también a la educación en la fe. Hablaba a los padres de rezar, de dar ejemplo a sus hijos, de transmitir con la propia vida una formación profunda, de educar en un clima de alegría y de libertad. Y añadía: “No les obligues a nada, pero que os vean rezar: es lo que yo he visto hacer a mis padres y se me ha quedado en el corazón. De modo que cuando tus hijos lleguen a mi edad, se acordarán con cariño de su madre y de su padre, que les obligaron sólo con el ejemplo, con la sonrisa, y dándoles la doctrina cuando era conveniente, sin darles la lata”.

Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida.

Hablaba también de que la identidad cristiana de un centro de enseñanza debía ser algo profundo, constitutivo. No es meter en la vida del colegio unos añadidos, unos suplementos de tipo espiritual o doctrinal, porque eso sería algo postizo. La unidad de vida exige que esa inspiración cristiana se manifieste en todo, y no solamente en las enseñanzas académicas, sino en todos los valores que inspiran la vida diaria del centro, en todas las personas que allí trabajan. Todo ha de proyectar una imagen y una concepción cristiana de la significación del hombre y de toda realidad: así se compone esa unidad de vida, sencilla y fuerte, que predicó incansablemente durante toda su vida.


Artículo escrito por Alfonso Aguiló, director del colegio Tajamar, con motivo del 50 aniversario (1958/2008)

I+D juvenil contra los incendios

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Estudiantes de la ESO de Vigo diseñan un avión para detectar fuegos forestales. El “alma máter” de estos aprendices de ingenieros es la Asociación Juvenil Doira.

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Estudiantes vigueses de 15 a 17 años diseñarán y construirán un avión automático no tripulado con capacidad para detectar incendios forestales. Se trata de un nuevo proyecto dirigido por el profesor David Pérez-Piñar López, ingeniero de telecomunicaciones del grupo de tecnología de la señal de la Universidad de Vigo.

Bajo su coordinación, un equipo similar de estudiantes construyó en 2006 un minisatélite que fue lanzado en el desierto de Arizona (Nevada) y que obtuvo el tercer premio de minisatélites de la Universidad de Stanford.

El proyecto se denomina Jornadas de Jóvenes Científicos y está apoyado por la Agencia Europea del Espacio (ESA, en sus siglas en inglés).

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“Hemos apoyado esto desde el principio, porque nos impresionó el nivel que muestran estos chicos”, explicó ayer Jesús Bahillo, gerente del Club Financiero de Vigo, que patrocina el proyecto desde el año 2003.

“La idea del avión se les ocurrió a los propios chavales que construyeron el satélite. En un certamen en Andalucía alguien les dijo que era muy interesante su aportación a la navegación y decidieron aplicarla a un avión”, indicó Pérez-Piñar.

El alma máter de estos aprendices de ingenieros es la asociación juvenil Doira, de Vigo, que lleva el peso de la organización y captación de los chicos y chicas interesados en participar en el desarrollo de este tipo de prototipos.

Opus Dei - Los  científicos en San Francisco
Los científicos en San Francisco

Para construir el avión antiincendios, Doira ha remitido una convocatoria a todos los colegios e institutos de la comarca de Vigo, dirigida a los estudiantes de 3º y 4º de ESO y 1º y 2º de Bachillerato. Una vez realizada la selección de alumnos, el avión comenzará a diseñarse en marzo y deberá estar construido el 21 de junio. Los chavales trabajarán en equipo los sábados, de 10.30 a las 20.00 horas.

El avión deberá disponer de una autonomía de vuelo mínima de 60 minutos, un alcance de 8 kilómetros, capacidad de detección y localización de una marca predefinida en el suelo; podrá transportar una carga de unos 500 gramos de peso; y tendrá que tener un funcionamiento completamente autónomo.

Opus Dei - En Ferney, con los moteros del lugar
En Ferney, con los moteros del lugar

Si el prototipo es bueno y es seleccionado por la Australian UAV Challenge, el avión también será capaz de encontrar a una persona herida en una zona de difícil acceso y de entregarle un poco de agua o medicinas.

En su faceta contra los incendios forestales, el avión juvenil será probado en el aeródromo de Beariz (Ourense), desde donde deberá probar su eficacia en la vigilancia de zonas recientemente repobladas y áreas con mayor riesgo de incendios. El prototipo será diseñado de manera que pueda detectar fuegos en su fase de desarrollo inicial, para permitir una respuesta más rápida de las brigadas de la Xunta. “Esto podría aplicarse tanto a la prevención de incendios como a la extinción de los mismos, tarea que requiere asegurar que el fuego no se reaviva en ningún punto”, señala la memoria de presentación del proyecto denominado Airbot.

Los responsables de Airbot consideran que si el pequeño avión demuestra su eficacia, la Xunta habría hallado un método barato para vigilar los montes.

La investigación juvenil no sólo obtiene resultados baratos, si no que lo hace a un costo de I+D+i muy asequible. El plan Airbot tiene un presupuesto de sólo 17.000 euros, incluyendo el previsible viaje a Australia de los jóvenes investigadores encargados de lanzar y operar el avión.

“En Vigo hay mucha ilusión e interés por la investigación. Lo que faltan son cosas como estas para encauzarla y algo más de constancia”, explicó David Pérez-Piñar. El coordinador del proyecto explicó que la mayoría de los chavales que participaron en las primeras Jornadas de Jóvenes Científicos de 2003 están estudiando tercero de carrera de Ingeniería Industrial o de Telecomunicaciones.

“Cuando entrevisté a uno de los que diseñó el minisatélite de 2006 me dijo que quería ser astronauta. Luego descubrí que no se creía capaz de hacer una carrera superior y aquello le convenció para hacer Telecomunicaciones”, explica Pérez-Piñar, quien subraya que uno de los alumnos de ediciones pasadas ya ha sido seleccionado por la ESA para trabajar en el proyecto en el que estudiantes europeos diseñan un orbitador que será enviado a la Luna en 2011.

El Colegio Romano de Santa María

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El 12 de diciembre de 1953, el Padre erige el Colegio Romano de Santa María. Es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. Se trata de un Centro de formación en el que se impartirá un serio plan de estudios que abarca asignaturas de Pedagogía, Psicología, Filosofía y Teología. Están destinadas a completar la preparación de aquellas mujeres del Opus Dei que van a ocuparse más directamente de tareas de docencia y formación.

No se dispone de un lugar apropiado para las instalaciones. Villa Tevere sigue en construcción, empinándose a golpe de andamio. Sin embargo, es necesario que un grupo de mujeres adquiera en Roma una preparación intensa, humana, espiritual y doctrinal.

De momento, se habilitan algunas zonas en el edificio destinado a la Administración de Villa Tevere. El 14 de febrero de 1954 empezará el primer curso, atendido por un grupo de profesores especializados. La promoción es pequeña en número pero amplia en procedencia geográfica. La llegada de las alumnas del Colegio Romano de Santa María se convierte en una fiesta para todas. Vienen de países recién estrenados por el apostolado del Opus Dei.

Desde la Administración de Villa Tevere es frecuente acudir en busca de las alumnas que llegan a Roma, a la Estación Termini. Y también hasta Nápoles, cuando vienen por mar.

Igual que ocurriera con el Colegio Romano de la Santa Cruz, los medios económicos son muy escasos. Se vive con lo imprescindible. Pero la carencia de tantas cosas no mengua la alegría que cruza la casa. La convivencia está marcada por el buen humor.

Al iniciarse las clases, Monseñor Escrivá de Balaguer reúne a esta primera promoción: les habla sobre la finalidad del Colegio Romano, la eficacia del estudio, la necesidad de adquirir una profunda formación teológica. Les repetirá muchas veces:

«Hijas mías, no imagináis cuánto rezo por el Colegio Romano de Santa María. Tengo allí el corazón metido: ¡cuánta ilusión he puesto! Y veo, a la vuelta de los años, la labor portentosa. Va a ser una gran sementera»(43).

Como todo lo que nace, comienza siendo pequeño, pero el Colegio Romano tiene también desde el principio la solidez definitiva; aquello se ha de convertir en un Centro al que vendrán a estudiar mujeres universitarias de todas las latitudes, idiomas y razas.

El Padre quiere contar, cuanto antes, con una sede propia para este Colegio Romano de Santa María. Por eso, se prepara el proyecto con anticipación: será construido en la casa de Castelgandolfo, junto al Lago. Ante la imposibilidad de acondicionar el antiguo edificio, se decidirá el derribo y planificación de otro de nueva planta que no desmerezca, en su porte exterior, del primitivo. Todavía asfixian los créditos que pesan sobre la construcción de “Villa Tevere” cuando ya el Fundador sueña sobre los planos de este nuevo Centro. Su fe -lo ha repetido muchas veces- es tan gorda que se puede cortar. Y no se para, una vez más, ante ningún obstáculo por insalvable que parezca.

Junto a las piquetas y el ruido constante de las hormigoneras, piensa en el comienzo de una nueva etapa que va a culminar en un Centro docente de ámbito internacional. Está viendo, a través del cristal opaco del tiempo, el nuevo perfil de Villa delle Rose, futuro Colegio Romano para las mujeres del Opus Dei.

Educar en la verdad

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“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

A once kilómetros de Bilbao, en el Municipio de Lejona, está enclavado el Colegio Gaztelueta. El escudo exhibe una cartela en la que se puede leer: «Sea nuestro sí, sí; sea nuestro no, no». Sencillez enseñada por Jesús en el Evangelio que exige un recio acoplamiento a la verdad: una honradez que ha de ponerse al descubierto y educarse desde los primeros años de la vida.

Insistentemente, unas cuantas familias vizcaínas habían pedido a Monseñor Escrivá de Balaguer la creación de un centro de segunda enseñanza dirigido por personas del Opus Dei. Su respuesta no se hizo esperar:

-«Es cosa vuestra; si hacéis vosotros el colegio, nos haríamos cargo de él»(32).

A partir de este momento, el colegio figurará como obra corporativa del Opus Dei. Y la Obra responde ante los padres que han de erigir y mantener el centro docente, de que la formación integral que se dará a los alumnos habrá de ser idónea en cuanto a preparación humana y cultural pero, especialmente, orientada según los principios del espíritu cristiano.

Inmediatamente se formará una comisión de padres de futuros alumnos. Se inician las gestiones de solar y construcción. Y luego, se pone en marcha un sistema de aportaciones para lograr una pronta dotación. La primera fase del colegio se acondiciona en un chalet edificado en lo más alto de una pequeña colina y con todo el aire de un caserío del País Vasco. Tiene, además, espacios para zonas de deporte.

Gaztelueta contará con un puñado de profesores preparados intelectualmente e ilusionados con la labor educativa que se les avecina. Hay entre estos primeros dos químicos, dos Doctores en Filosofía, un profesor de Bellas Artes y un Doctor en Derecho. Algunos serán de la Obra; otros no pertenecerán al Opus Dei. Antes de llegar conocen, de modo personal, por propia comunicación del Fundador’, la importancia de su tarea:

«Hacedlos leales, sinceros, que no tengan miedo a deciros las cosas. Para eso, sé tú leal con ellos, trátalos como si fueran personas mayores, acomodándote a sus necesidades y a sus circunstancias de edad y de carácter. Sé amigo suyo, sé bueno y noble con ellos, sé sincero y sencillo»(33).

Durante el verano de 1951 varios miembros de la Obra que son profesores residen en Bilbao, en la calle del Correo número 12. Allí, con muchas horas de trabajo y dedicación, elaboran el programa de estudios, de acuerdo con la legislación vigente. En agosto se da a conocer el colegio a las familias de Bilbao. Desde el principio se prevé también el acceso a las clases de alumnos que tienen necesidad de trabajar la jornada completa, o que han alcanzado la edad adulta sin opción a las posibilidades de la cultura. Los estudios nocturnos se iniciarán más tarde, con idénticos medios y profesores cuidadosamente preparados. De nueve de la mañana a diez de la noche, Gaztelueta permanecerá en actividad.

La inauguración tiene lugar el 15 de octubre de 1951. A pesar del intenso aguacero que cae sobre la zona, se superan los obstáculos a fuerza de entusiasmo. Todos, desde el Director hasta el jardinero, Miguel Goti, y el conductor del autobús, Josemaría Aurtecoechea, están «al pie del cañón» para solucionar cualquier contratiempo. Medio centenar de alumnos van a iniciar la formidable tarea de hacerse hombres, personas, en toda la dimensión de la palabra. El verde de los árboles añosos y recién lavados por la lluvia parece enmarcar las palabras que han oído, tantas veces, al Fundador de la Obra: la educación debe formar «hombres y mujeres íntegros (…), capaces de vivir en el mundo su aventura divina».

Educar consiste en realizar una espléndida siembra de verdad: «El error no sólo oscurece las inteligencias, sino que divide las voluntades. Sólo cuando los hombres se acostumbren a decir y a oír la verdad, habrá comprensión y concordia»(34).

Monseñor Escrivá de Balaguer visitará por primera vez “Gaztelueta” en octubre de 1953. Llega, con don Alvaro del Portillo, para permanecer en el colegio veinticuatro horas. Cuando los alumnos están haciendo deporte, se asoma a la balconada lateral de la casa, frente a la Ría. Y al ver aquella muchachada que juega y ríe a la sombra de sus maestros y amigos, les envía su bendición, de Padre y de sacerdote, desde aquella panorámica privilegiada. Piensa, sin duda, en estas vidas jóvenes que son germen para llenar de sentido divino la historia del mundo.

En dos años, 1951 y 1952, ha puesto el Fundador la semilla de dos Centros que cubren los extremos de la docencia: Gaztelueta y la Universidad de Navarra. Serán el comienzo de una larga lista en España y en el mundo: México, Kenia, Estados Unidos, Italia, Inglaterra, Irlanda, Alemania, Portugal, Guatemala, Colombia, Venezuela, Francia, Ecuador, Argentina, Perú, Chile, Japón, Filipinas…

Las ideas del Fundador cristalizarán en el trabajo de algunos miembros de la Obra que, junto a otras muchas personas ajenas al Opus Dei, pondrán en marcha sociedades y cooperativas de padres, para promover y dirigir centros de enseñanza. A la muerte de Monseñor Escrivá de Balaguer, una de estas instituciones contaba con más de veinte colegios masculinos y femeninos, por los que habían pasado ya miles de alumnos.

Las Escuelas Familiares Agrarias en Galicia

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Las Escuelas Familiares Agrarias cumplen tres décadas de existencia en Galicia. En este tiempo se ha consolidado este proyecto educativo impulsado por San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.

“No queda más remedio que estudiar, no hay tiempo para otra cosa”, señala Marcos, alumno del ciclo de grado medio de Explotaciones Agrarias que se imparte en la EFA Fonteboa, en La Coruña (Galicia). Y no le falta razón.

Las EFA comenzaron en Galicia hace más de 30 años

Una jornada en Fonteboa

El día comienza a las 8 de la mañana. Hay que asearse y hacer las camas. Después viene el desayuno al que sigue una hora de estudio obligatoria y previa a las clases que se prolongan hasta las 2 de la tarde. A esa hora los propios alumnos, en turnos, colocan la mesa y sirven el almuerzo a sus compañeros.

Por la tarde, las clases son de 15:30 a 18:00 horas. Después vienen horas de tiempo libre antes de la cena y otra hora de estudio antes de irse a la cama. “El ritmo de trabajo se lleva bien –señala Marcos-, porque como pasamos tanto tiempo juntos acabamos siendo como una familia”. Este escolar, que lleva cuatro años en el centro, elogia la forma en que se encaran los conflictos que surgen en la convivencia diaria donde, relata, priman siempre el diálogo y las buenas maneras. “Si hay problemas no llaman directamente a tus padres como en otros sitios, sino que se habla y se intenta buscar una solución al problema”.

Un proyecto diferente

Luis García Fernández, director de la escuela durante 11 años y ahora coordinador de actividades y profesor, no esconde su ilusión por un proyecto que lleva 30 años funcionando con muy buenos resultados. “Seguimos trabajando con la misma ilusión que al principio, pues creemos firmemente en este proyecto.

En cuanto a la formación de los estudiantes de la EFA –segundo ciclo de ESO y grado medio, (Explotaciones Agrarias)-, García Fernández resalta que los estudiantes coinciden diariamente con otros jóvenes del medio rural, lo que supone para ellos confrontar experiencias y valores añadidos a la formación. Por último, no duda en afirmar que “la finca de prácticas es la propia explotación y el laboratorio es su pueblo, Las EFA procuramos preparar a los alumnos no para emigrar mejor, sino para quedarse con dignidad y satisfacción en su medio”.


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