Sobre la pedagogía de la lucha ascética de CAMINO.

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8 Víctor García-Hoz

Observación primera

Cuando se habla de Pedagogía de la lucha ascética como de Pedagogía con cualquier determinante después, parece claro que se menciona no un saber especulativo que intenta y se queda en el descubrimiento de algo, sino más bien un conocimiento práctico, que se traduce en normas de conducta. Y vaya por delante que al hablar de normas no me refiero a un saber científico, sistemático, sino a un saber más profundo, a una sabiduría en sentido estricto, en el que no sólo se conoce qué son y cómo son las cosas sino también el sentido y el valor que tienen respecto de la vida humana. En los puntos de Camino subyace una Pedagogía de la lucha ascética nacida de la experiencia de quien dedicó su vida a señalar el «camino» de la vida cristiana como respuesta a la llamada universal a la santidad. Es también fruto del don de sabiduría que en excelsa medida, sin duda ninguna, Dios le otorgó. La pretensión de hacer un estudio completo de la lucha ascética en Camino desborda con mucho los límites de un artículo por grande que éste fuera. Las páginas que siguen se ofrecen a título de ensayo, en el que intento señalar los puntos de unión que enlazan el pensamiento de Monseñor Escrivá de Balaguer con la doctrina tradicional de la ascética cristiana, destacando al mismo tiempo algunas de sus características originales.

Por lo pronto, vale la pena destacar que el fundamento de la espiritualidad que al Opus Dei transmitió su Fundador es la filiación divina: «Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. —No lo olvides» (n. 860).

La que pudiéramos llamar cercanía activa de Dios es estímulo para nuestra actividad, para nuestra lucha, y es también confianza en la posibilidad de rectificar. De El esperamos ayuda para obrar bien y perdón en nuestras caídas. «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (n. 267).

Debe quedar bien claro que la filiación divina no es un puro sentimiento sino una realidad activa, que condiciona la conducta del cristiano, impulsándole a imitar a Jesucristo, Hijo de Dios, buscando el modo de identificarse progresivamente con Él, para así adentrarse más y más en la confianza y el abandono filial en Dios y en el empeño por configurar la propia conducta de acuerdo con la Voluntad divina: «El abandono en la Voluntad de Dios es el secreto para ser feliz en la tierra. —Di, pues: “meus cibus est, ut faciam voluntatem ejus” —mi alimento es hacer su Voluntad» (n. 766). A ejemplo de Cristo, el cristiano trata de agradar a su Padre-Dios, ante quien está siempre: «Los hijos… ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú… ¡no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios!» (n. 265).

De muchas maneras dijo Cristo que la vida del cristiano había de ser apasionada y difícil, como una guerra, en la que se hace realidad el pensamiento de Job evocado en Camino: «Que la vida del hombre sobre la tierra es milicia, lo dijo Job hace muchos siglos. —Todavía hay comodones que no se han enterado» (n. 306). El breve comentario que sigue a estas palabras pone de relieve que la lucha es una realidad, independiente de la voluntad individual de un hombre y apunta una valoración negativa de quienes no saquen consecuencias de este hecho. Otra evocación, ahora de las propias palabras de Dios hecho hombre, invita claramente a luchar: «(…) “Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?” —Y ya ves: casi todo está apagado… ¿No te animas a propagar el incendio?» (n. 801).

Pero la lucha, como un incendio, ¿no es una actividad negativa por destructora? La contestación a esta pregunta no tiene mucha dificultad. Basta reflexionar brevemente para hacernos cargo del valor positivo que la lucha puede tener en la existencia del hombre. Es un hecho de experiencia universal que la vida no transcurre sin dificultades, que el hombre ha de superar para conseguir aquello que se propone. La santidad, la honestidad profesional, el ejercicio de las virtudes humanas, el cumplimiento del deber… presentan al hombre un estupendo atractivo: el del bien, que se manifiesta como una meta dichosa pero ardua. El bien es arduo cuando su posesión entraña superar obstáculos. Las cosas y las leyes físicas, las exigencias morales y sociales, ofrecen a veces obstáculos, como una cuesta arriba o una montaña pueden hacer difícil, y aun imposible, la continuación de un camino. Quitar ese obstáculo, destruirlo, es ciertamente una condición necesaria para seguir haciendo lo que pensábamos hacer. La lucha contra los obstáculos es un quehacer constante en la existencia cotidiana del hombre. Sin capacidad de lucha, la vida no podría continuar. Luchar contra las enfermedades y los agentes que las producen es una condición necesaria para continuar la vida biológica; luchar por superar los obstáculos que se oponen a la vida espiritual es condición necesaria también para vivir en paz de acuerdo con las exigencias de la dignidad humana y cristiana. Mas el que inicia una lucha quiere cambiar una situación por otra y en este deseo va implícito el empeño de que la nueva situación, que se espera alcanzar con la victoria, se pueda disfrutar sosegadamente, en paz. Paradójicamente, la guerra empieza por romper una paz para instaurar otra. Es la paz, o las paces, la preexistente y la subsiguiente, las que dan sentido a la guerra. En Camino se resumen estas ideas y, en muy pocas palabras, se vuelve a reforzar el estímulo hacia la lucha: «(…) La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz» (n. 308). Con toda claridad queda expresada la gran paradoja del sentido de la lucha en la vida humana. La lucha no es causa directa de la paz. Pero es condición necesaria para alcanzarla en la existencia real del hombre en el tiempo.

El esquema de la lucha ascética, como el de cualquier combate, implica la existencia de unos objetivos que la voluntad determina firmemente alcanzar, de obstáculos o enemigos, de armas que deben ser utilizadas.

El objetivo de la lucha ascética

La lucha ascética, como cualquier actividad de la vida cristiana, tiene su fin en Dios mismo; la unión con Dios, la santidad, es propuesta de continuo, mostrando los brillos diversos de su potente atractivo: «(…) ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido. (…) dile que estás más loco por Él que María Magdalena, más que Teresa y Teresita…, más chiflado que Agustín y Domingo (…)» (n. 402). La identificación con Cristo se muestra el núcleo de aquello que se persigue en esta accesis cristiana: «En Cristo tenemos todos los ideales: porque es Rey, es Amor, es Dios» (n. 426). «(…) —Meta yo a Jesús en todas mis cosas (…)» (n. 416). El alma recibe frecuentemente el influjo persuasivo de que la meta no debe ser nunca abandonada: «(…) El mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero (…) nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!—, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer (…)» (n. 432).

La lucha cesa cuando se posee pacíficamente a Dios; cuando llegue la bienaventuranza eterna. Mientras tanto, su efecto es la paz interior del hombre. A ella se refiere otro punto de Camino: «(…) Sin lucha no podré tener paz» (n. 308).

No es paz interior cualquier quietud o sosiego. La paz exige orden. Y el orden de los impulsos humanos se manifiesta en la subordinación a la voluntad, que, a su vez, se debe subordinar a Dios. La fijación de las tendencias en el bien sensible, cuando se opone a la voluntad divina, no es paz verdadera sino falsa. El primer cometido de la lucha ascética es justamente remover esa situación que reposa sobre un error, hasta conseguir superarla con la gracia de Dios. La paz —consecuencia de la lucha— se exterioriza en la gratitud por el resultado obtenido: «(…) gózate en tu victoria. —¡Qué alegría más honda, esa que siente tu alma, después de haber correspondido!» (n. 992).

La superación de los obstáculos

El Siervo de Dios insiste principalmente en la lucha contra la pasividad: se da una importancia prioritaria a combatir las omisiones en el ejercicio de la virtud: la omisión puede ser más perniciosa que el equivocarse. La ascética que subyace no pone el acento en el freno de los impulsos que pueden llevar al hombre a la derrota: los obstáculos que deben ser combatidos son, antes que nada, los que manifiestan falta de vida —la Vida sobrenatural de hijos de Dios que el Espíritu Santo promueve de continuo en el alma—; los que implican disminución de fuerzas; los que revelan un languidecer de la vibración; los que denuncian, sobre todo, debilidad, enervamiento, desánimo, atonía, desaliento, desidia (cfr. nn. 258, 348, 792, 903, 988).

Sin embargo, hablando de los enemigos con los que en la lucha ascética se debe combatir, Camino se sitúa en la tradición ascética. Menciona explícitamente «el mundo, el demonio y la carne» (cfr. n. 708). Su poder radica en nuestras deficiencias personales; son inoperantes mientras no cuenten con la complicidad interior: «(…) no temas a los enemigos de fuera, por grande que sea su poder (…)» (n. 955).

Personalizando estos enemigos interiores se llega a una conclusión desconcertante: es el propio hombre enemigo de sí mismo. Cada uno de nosotros personificamos los factores que en la lucha ascética operan en contra nuestra: «Tu mayor enemigo eres tú mismo» (n. 225), se dice escuetamente en Camino. La primera exigencia de la lucha ascética es enfrentarse uno consigo mismo (cfr. n. 18); y la incapacidad de vencerse es la más patética concesión de derrota: «¡No sé vencerme!, me escribes con desaliento (…)» (n. 716).

En varios puntos de Camino se desgrana la clásica doctrina tradicional de San Juan, según la cual el origen del pecado se halla en la triple concupiscencia inserta en el hombre: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia en la vida (1 Ioh 2, 16).

Es la rebelión del cuerpo contra el alma (cfr. n. 302) la manifestación más patente del desorden con el que tiene que luchar el cristiano. La armonía del microcosmos que es cada hombre exige que los elementos sensibles del ser humano, sus tendencias sensitivas, estén subordinadas a la inteligencia racional. Es la razón la que unifica todos los actos del hombre orientándolos hacia el fin absoluto de la vida. Cuando una tendencia de orden sensible, biológico, desborda el campo del conocimiento racional surge el conflicto. El cuerpo se convierte en un enemigo traidor (cfr. n. 226). La blandura en el trato del cuerpo es tal vez el primer obstáculo que debe ser vencido. «Si sabes que tu cuerpo es tu enemigo, y enemigo de la gloria de Dios, al serlo de tu santificación, ¿por qué le tratas con tanta blandura?» (n. 227). El cuerpo es el sustrato sensible de la existencia del hombre, el fundamento biológico de la vida humana. Tratar adecuadamente al cuerpo, con la suficiente dureza, con caridad, ciertamente, pero con la caridad debida a un enemigo (cfr. nn. 195-196) es, a su vez, la base necesaria para luchar.

Es la blandura como el caldo de cultivo para los enemigos interiores y la complicidad de los exteriores. La razón está en que toda virtud —y la adquisición y refuerzo de virtudes es la parte positiva de la lucha ascética— supone fortaleza, esfuerzo. La fortaleza es condición de toda virtud en tanto que es firmeza de ánimo, cimiento seguro del obrar cristiano.

La blandura en el trato del cuerpo se transfiere al dominio sobrenatural convirtiéndole en flojedad de ánimo: «Lucha contra esa flojedad que te hace perezoso y abandonado en tu vida espiritual. —Mira que puede ser el principio de la tibieza…, y, en frase de la Escritura, a los tibios los vomitará Dios» (n. 325). De nuevo el autor de Camino se sitúa en la corriente universal de la ascética cristiana. La pereza figura entre los pecados capitales y la tibieza es uno de los vicios contra los que previenen con insistencia frecuente los autores espirituales. Pero tal vez valga la pena fijarse en la palabra de sentido popular que utiliza Monseñor Escrivá de Balaguer: flojedad. Flojedad es un término coloquial con el que se viene a significar la ausencia de tensión. El flojo —del «fluxus» latino— es el que se queda sin firmeza, el que se deja caer, dejándose arrastrar por el «fluir de la vida»; en lugar de ser el dueño de su propio destino, el que elige su propio camino, es el ser dirigido por otro, pierde su condición de persona. La vida cristiana es una continua tensión entre las deficiencias personales y la perfección a que está llamado el hombre. Y flojedad es abandonar la tensión, hecho que se da, con demasiada frecuencia, siempre que el hombre se deja llevar por la atracción de los bienes sensibles.

La concupiscencia de los ojos se suele interpretar principalmente como afán inmoderado de los bienes de la tierra. El desprecio de las riquezas es condición y señal de ser hombre de Dios: «Si eres hombre de Dios, pon en despreciar las riquezas el mismo empeño que ponen los hombres del mundo en poseerlas» (n. 633).

El amor desordenado a los bienes de la tierra, tal como se suele definir el vicio de la avaricia, tiene su contrapunto en la magnanimidad y en la pobreza. Tal vez uno de los aspectos más finos de la lucha ascética de Camino es justamente el concepto de pobreza, que no tiene un sentido puramente material de tener o no tener físicamente bienes, sino en estar por encima de ellos, desprendidos: «No consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas. —Por eso hay pobres que realmente son ricos. Y al revés» (n. 632). Y, paradójicamente, la magnanimidad, el ensanchamiento del ánimo: «(…) Si vienen a tus manos las riquezas, no pongas en ellas tu corazón. —Anímate a emplearlas generosamente. Y, si fuera preciso, heroicamente. —Sé pobre de espíritu» (n. 636).

Además, en el caso de las obras cristianas de apostolado, la falta de los medios materiales necesarios no debe inquietar el alma, ni cohibir su iniciativa. Como reflejo evangélico de la enseñanza de Jesús cuando hablaba de la serenidad que ha de darnos la confianza en el Padre viendo cómo trata a los pájaros y a las flores: «No te desvele el conflicto económico que se avecina a tu empresa de apostolado. —Aumenta la confianza en Dios, haz humanamente lo que puedas y ¡verás qué pronto el dinero deja de ser conflicto!» (n. 487).

La exposición diáfana de los obstáculos, mostrando sin paliativos sus efectos paralizantes, orienta al lector, impulsándole a combatir, añadiendo con frecuencia junto al enemigo señalado la realidad positiva que nos intenta sustraer. La síntesis de estos enemigos podía expresarse en una graduación marcada por el pesimismo, la cobardía y la tristeza. El pesimismo es tanto como incapacidad de la inteligencia para ver los aspectos buenos de la realidad, para hacernos cargo de que en última instancia el ser es igual al bien: «”Duc in altum”. —¡Mar adentro! —Rechaza el pesimismo que te hace cobarde. “Et laxate retia vestra in capturam” —y echa tus redes para pescar. ¿No ves que puedes decir, como Pedro: “in nomine tuo, laxabo rete” —Jesús, en tu nombre, buscaré almas?» (n. 792).

Cuando el pesimismo es la característica valorativa de la realidad, la consecuencia es el miedo a enfrentarse con tanto mal como se descubre alrededor nuestro. En la mutua interacción de la inteligencia y la voluntad, el pesimismo refuerza la cobardía y la cobardía a su vez refuerza el pesimismo, incitándole a descubrir riesgos aun en aquellas ocasiones en que se alcanza una visión clara de lo que se debe hacer: «Si ves claramente tu camino, síguelo. —¿Cómo no desechas la cobardía que te detiene?» (n. 903).

Pesimismo y cobardía, ceguera de inteligencia y debilidad de voluntad llevan al hombre a la tristza, un sentimiento que invade la personalidad entera y paraliza la acción: «Tristeza, apabullamiento. No me extraña: es la nube de polvo que levantó tu caída (…)» (n. 260).

«(…) —Te he visto luchar…: tu derrota de hoy es entrenamiento para la victoria definitiva» (n. 263). Tras el somero análisis de los enemigos con los que se debe luchar, queda claro que la ascética de Camino está muy lejos de ser restrictiva, negativa, paralizante de la acción por miedo a nuestras deficiencias o a nuestros fracasos. Es positiva, briosa, estimulante, que empuja hacia la respuesta operativa a la llamada de Dios. En ella, lo que importa es vigorizar al cristiano para que la semilla de la gracia dé su fruto en la mayor abundancia posible. No parece muy aventurado decir que importa más combatir el peligro de lo que hace inútil la existencia y vacía la vida, que precaverse contra las caídas. Estamos frente a un ascetismo dinámico, al mismo tiempo que sosegado y contemplativo, como más adelante se verá.

Las armas para la lucha ascética

Vistos los objetivos propios de la lucha ascética, parece que se debe tratar de las armas con que el cristiano cuenta para luchar contra sus enemigos.

Teniendo en cuenta su carácter espiritual, es lógico pensar que las armas son también espirituales. No se trata, pues, de objetos materiales, más o menos preparados para la destrucción, sino de fuerzas espirituales que contrarresten, hagan ineficaz, impidan y superen con su influjo benéfico la acción de los factores negativos para la vida cristiana, cooperando y sirviendo de cauce a la acción del Espíritu Santo, Santificador del alma, para conducirla hacia la altura de una creciente unión con Dios e identificación con Cristo. Por otra parte, como la lucha ascética se desarrolla en el tiempo y compromete a la vida entera, las armas para la lucha ascética tendrán una base humana que habrá de ser sobrenaturalizada. En líneas anteriores se habla de «fuerzas espirituales»; esto vale tanto como hablar de gracia y de virtudes. La consecuencia es que las armas para la lucha ascética son la gracia y las virtudes, pero las virtudes no nos son dadas de una manera perfecta, sino sólo incoada, como disposiciones naturales o infundidas sobrenaturalmente que es menester desarrollar posteriormente.

El desarrollo de estas virtudes, supuesta la gracia de Dios que a todos los hombres se les ofrece en medida suficiente, se apoya en la actividad personal de cada uno. Bien entendido que al hablar de actividad no me refiero simplemente a la acción externa en virtud de la cual el hombre sale de sí mismo para modificar las cosas que tiene a su alrededor; en ella se incluye tanto la actividad interior, aquella que se realiza en la intimidad de cada uno y se resuelve en ideas, pensamientos, deseos, aspiraciones y también, por supuesto, la actividad manifiesta en la cual el hombre sale al exterior expresándose en palabras o en hechos.

Por su condición de criatura, el hombre antes de hacer «nada» ha «recibido», en primer término, su propio ser con las características propias de la naturaleza humana. El cristiano ha recibido después, a través de los Sacramentos, la gracia, que esencialmente es capacidad de vida sobrenatural. Pero, al recibir inicial con que se hace realidad un ser, le sigue un recibir continuo, merced a la Providencia Divina, que va haciendo posible, tanto en el orden natural cuanto en el sobrenatural, el desarrollo de la personalidad humana y cristiana. El primer quehacer en la lucha ascética es disponer la vida de tal modo que, en ella y para ella, el hombre continúe recibiendo adecuadamente aquello que es anterior y superior a sus propias fuerzas. En otras palabras, junto a los Sacramentos, la vida cristiana necesita la oración.

Mas el cristiano no es simplemente un ser receptivo; dentro de los límites propios de la criatura es también un principio consistente de actividad. Por otra parte, la Providencia Divina ha dispuesto que la vida humana no sólo sea la consecuencia necesaria de los dones, naturales y sobrenaturales, que Dios otorga sino que éstos necesiten el complemento, o si se quiere la activación o actualización, nacido de la respuesta operativa del hombre. Para utilizar expresiones también consagradas en la vida espiritual es menester la cooperación humana para que la vida cristiana sea eficaz. Y la cooperación viene dada por la actividad de sus potencias espirituales, es decir, de la inteligencia y la voluntad.

La actividad propia de la inteligencia es el estudio, aplicación cuidadosa del entendimiento para llegar a conocer algo.

En la vida cristiana, el conocimiento llega a su colmo, alcanza su finalidad completa, cuando sirve para orientar las acciones. De experiencia universal es, por otra parte, que no basta conocer; del dicho al hecho hay un gran trecho, dice un refrán popular. Pensando incluso en el conocimiento moral, el que está más próximo a la acción de las virtudes, es también un hecho comprobado por la investigación psicológica que no hay correlación perfecta entre el juicio moral y la actividad moral, con lo cual se confirma en el terreno de la ciencia lo que por experiencia común se sabe. Las anteriores reflexiones indican que junto al estudio deben actuar otros factores que razonablemente lleven al fortalecimiento de la voluntad. Estos otros factores son las obras mismas, los actos de virtud que en su propio dinamismo llevan la posibilidad de ir reforzando el mismo hábito que los ha originado.

Corrientemente, el uso de la inteligencia suele referirse a quehaceres propios de la escuela o del que se dedica profesionalmente a la investigación o a la enseñanza. Pero el quehacer intelectual es algo más amplio y más profundo. Se refiere, no simplemente al intento de dominar una ciencia, sino también a la capacidad de conocer lo que las cosas son y valen respecto de nosotros mismos y conocernos con nuestras propias posibilidades y limitaciones. El gran servicio que la inteligencia puede, y debe, prestar a cualquier hombre es ayudarle a descubrir todo el bien que hay en la realidad. La lucha espiritual, estimulada y orientada en Camino se halla enmarcada, según palabras del Fundador del Opus Dei, en un ascetismo sonriente; es un camino para encontrar la alegría en este mundo como principio y preparación de la felicidad absoluta.

La alegría es complacencia en el bien. La permanencia de la alegría exige capacidad para sobreponerse a las manifestaciones del mal en el mundo. Se necesita penetración mental suficiente para descubrir los aspectos positivos de las cosas y de las circunstancias a fin de que la voluntad no sea absorbida ni por la frustración de un bien no alcanzado ni por la tristeza de un bien que se ha ido. Sin una comprensión profunda del mundo real, y especialmente del dolor y del mal, la alegría permanente es una utopía. Solamente cuando se acepta la realidad sobrenatural y la inmensidad del amor de Dios, cobran su significado positivo todas las realidades de la vida, incluso las aparentemente negativas. La seguridad y garantía de que en cualquier cosa, acontecimiento y relación personal puede haber algún bien se sostiene en la fe firme para aceptar que todas las cosas, en su raíz primera, son buenas porque provienen y son mantenidas por la mano de Dios; que todos los hombres tienen la peculiar bondad potencial en tanto que hijos de Dios. En Él se apoya la firme esperanza de que todo es para bien, según la enseñanza paulina (Rom 8, 28). Omnia in bonum, decía con frecuencia Monseñor Escrivá de Balaguer. Descubrir el bien en todas las cosas es el mejor servicio que la inteligencia, a través del estudio y la contemplación, puede prestar al hombre. «Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. —¿Salen mal? —Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz» (n. 658). En síntesis, cuatro armas principales son necesarias para la lucha ascética: los Sacramentos, la oración, el estudio y las obras virtuosas.

a) Sacramentos

En primer lugar los Sacramentos. Porque ellos son la puerta de entrada a la participación de la vida divina en la Iglesia y los canales ordinarios por donde la gracia llega desde Dios al hombre. «Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios» (n. 286). «¡Qué bondad la de Cristo al dejar a su Iglesia los Sacramentos! —Son remedio para cada necesidad. —Venéralos y queda, al Señor y a su Iglesia, muy agradecido» (n. 521).

En estas citas hay una alusión implícita a la gracia habitual que, como causas instrumentales, confieren o aumentan todos los Sacramentos, y a la gracia sacramental, propia de cada uno, que añade, sobre la gracia común y sobre los dones y virtudes, cierto auxilio divino para alcanzar la finalidad del Sacramento.

En tanto que causas de la gracia, los Sacramentos son signos prácticos, que producen lo que significan. De aquí la conveniencia —cuando no necesidad— de acudir a aquellos Sacramentos que, como la Penitencia y la Comunión, se pueden recibir repetidamente.

El Siervo de Dios, en Camino, pone bien de manifiesto su especial devoción por los dos Sacramentos mencionados. «¡Cuántos años comulgando a diario! —Otro sería santo —me has dicho—, y yo ¡siempre igual! —Hijo —te he respondido—, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado?» (n. 534). «Comulga. —No es falta de respeto. —Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo. —¿Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos?» (n. 536).

Y por lo que se refiere al Sacramento de la Penitencia, Monseñor Escrivá de Balaguer no se conforma con reverenciarle: «”Induimini Dominum Jesum Christum” —revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, decía San Pablo a los Romanos. —En el Sacramento de la Penitencia es donde tú y yo nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos» (n. 310). Como si adivinara la ola de menosprecio por la confesión sacramental que habría de venir años después, recomienda explícitamente la Confesión: «¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el Santo Sacramento de la Penitencia!» (n. 309).

b) Oración. Oraciones vocales

La vida sacramental se halla estrechamente ligada a la vida de oración. Al hablar de las disposiciones necesarias para recibir bien los Sacramentos se suele mencionar el deseo ardiente. Este deseo ardiente se expresa de un modo principal en la oración. Si en los Sacramentos la actitud del cristiano es receptiva, en la oración parece como si el alma saliera hacia Dios para pedirle una y otra vez participar más estrechamente en su vida.

Casi resulta ocioso hablar de oración en Camino, puesto que todo él no es, en definitiva, otra cosa que un estímulo a orar con el fin de entrar más íntimamennte a la vida divina y acomodar nuestra vida personal a la voluntad de Dios. En la introducción del libro pide Monseñor Escrivá de Balaguer al lector que lea despacio esos consejos, medite pausadamente sus consideraciones, «y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración». Uno de los primeros apartados en los que se agrupan los puntos de Camino responde precisamente al rótulo de Oración. Y en él se dice: «La oración es el cimiento del edificio espiritual (…)» (n. 83).

Cualquier oración va dirigida a Dios como último punto de referencia. Sin embargo, las criaturas que ya están gozando de la presencia de Dios, interceden —interceder = actuar en medio—como mediadores nuestros. Y, sobre todos ellos, la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, a quien los cristianos, en su lucha por la santidad, han de acudir como más segura y eficaz mediadora: «Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con ella, ¡qué fácil!» (n. 513).

El carácter especialmente mariano que su Fundador infundió al Opus Dei tiene claras manifestaciones en Camino: «Sé de María y serás nuestro» (n. 494). «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495).

Sin excesivas preocupaciones de sistema, en los distintos puntos de Camino se mencionan los distintos tipos de oración, algunos ya clásicos en los tratados de espiritualidad, otros peculiares de la experiencia y espiritualidad del Fundador del Opus Dei.

Oración vocal, enseñada nada menos que por el Señor (cfr. n. 84). Oración mental, consideración, meditación, discursiva, afectiva, contemplativa, litúrgica, diálogo con el Señor (cfr. nn. 81-117).

Dentro del amplio recorrido sobre la oración, tal vez sea interesante destacar un punto de Camino en el que se manifiestan algunos matices de la espiritualidad del Fundador del Opus Dei. Monseñor Escrivá de Balaguer sabe apoyarse en la realidad. Su experiencia le ha hecho ver las dificultades con que el cristiano tropieza para hacer oración. «(…) Cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la hoguera. —Y habrás aprovechado el tiempo» (n. 92).

Se acaba de mencionar una forma de oración pequeña, mínima, la jaculatoria. Pienso que vale la pena detenerse a reflexionar sobre su sentido, porque la jaculatoria, bien poca cosa materialmente, puede ayudar a vivir una vida de diálogo con Dios.

La jaculatoria es un acto de oración en el que, de una manera breve, casi instantánea, nos dirigimos a Dios. Como es bien sabido, el origen de la palabra está en la voz latina jaculum, que vale tanto como dardo, flecha. La jaculatoria se lanza rápidamente, catapultada por la fuerza de una presión interior que quiere exteriorizarse. Como la flecha o el dardo, es rápida; como la flecha y el dardo, pretende entrar en lo más profundo de Aquel a quien la dirigimos.

El lenguaje que se utiliza en las jaculatorias puede responder a fórmulas especiales, extendidas y consagradas por el uso; a partes especiales de una oración común, por ejemplo, una petición del Padrenuestro; o bien son expresiones espontáneas, nacidas y usadas en el momento mismo de lanzar la jaculatoria.

Especialmente importantes como fuentes de jaculatorias son las oraciones universales propuestas o aceptadas por la Iglesia y confirmadas por el uso común en el pueblo fiel, de las cuales se puede tomar una palabra o una frase que tienen una significación precisa y utilizarlas como jaculatorias. En concreto, cada petición del Padrenuestro, como ya hemos dicho, se puede convertir en jaculatoria, como cada parte del Ave María o cada invocación del Gloria Patris.

Todos los afectos que el hombre puede sentir o las actitudes que puede tomar respecto de Dios se pueden expresar por medio de jaculatorias. Hay expresiones de adoración en las que subyace la idea de Dios como ser infinito. Expresiones de cariño en las que la idea prevalente es la de Dios como Padre. Expresiones de agradecimiento en las que se ve a Dios como bienhechor. Expresiones de expiación en las que se reconoce uno mismo como pecador. Expresiones de ofrecimiento a Dios como Dueño y Señor de cosas y personas. Expresiones de petición al Dios Todopoderoso. En resumen, expresiones en las cuales Dios aparece como el que es, tiene y puede todo.

Teniendo presente que las expresiones de las jaculatorias son, o pueden ser, las mismas de los textos litúrgicos y de las oraciones consagradas, es fácil ver en ellas un buen camino para adelantar en la oración.

La oración, como actividad que tiene una vertiente humana, se adapta en sus diferentes manifestaciones al desarrollo de la personalidad del hombre. Desde este punto de vista se puede trazar como un camino que parte de las oraciones vocales, pasa por las jaculatorias, y termina en la oración mental y afectiva.

En primer lugar, las oraciones de la niñez: «No olvides tus oraciones de niño, aprendidas quizá de labios de tu madre. —Recítalas cada día con sencillez, como entonces» (n. 553). La repetición de las oraciones que enseña la madre es el primer paso que el cristiano da en el camino de la oración.

Después, expresión de afectos sencillos, propios de la infancia y útiles en cualquier etapa de la vida: «¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús, ante lo favorable y ante lo adverso: “¡Qué bueno eres! ¡Qué bueno! (…)”» (n. 894).

Viene, más tarde, la posibilidad de dirigir jaculatorias, nacidas de los afectos, todavía infantiles, o con palabras tomadas de las oraciones que se han aprendido: «”Domine, doce nos orare”. —¡Señor, enséñanos a orar! —Y el Señor respondió: cuando os pongáis a orar, habéis de decir: “Pater noster, qui es in coelis…” —Padre nuestro, que estás en los cielos… ¡Cómo no hemos de tener en mucho la oración vocal!» (n. 84).

Iniciado el uso de jaculatorias, se pueden unir a la oración, vocal o mental, y tener las palabras arrancadas de las oraciones como motivo de repetición y recuerdo a lo largo del día: «Esas palabras, que te han herido en la oración, grábalas en tu memoria y recítalas pausadamente muchas veces durante el día» (n. 103). Aparece ya la posibilidad de reflexión, tomando como materia las oraciones vocales y jaculatorias: «Despacio. —Mira qué dices, quién lo dice y a quién. —Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré, con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios» (n. 85). Es ya la oración mental apoyada en expresiones o palabras concretas.

Por último, el remate de la oración, lo que le da sentido profundo: aumento de la devoción y el amor: «”Et in meditationes mea exardescit ignis”». —Y, en mi meditación, se enciende el fuego. —A eso vas a la oración: a hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz (…)» (n. 92).

Tras las oraciones vocales, las jaculatorias, la oración mental y la oración afectiva, llegará lo que Dios esté dispuesto a dar y el alma a aceptar, haciendo realidad el ideal de llegar a ser contemplativos en medio del mundo.

c) Estudio. Lectura espiritual

En el servicio de Dios está enmarcada la persona entera; por consiguiente, la inteligencia. Más aún, la inteligencia ocupa un puesto destacado en la actividad humana porque gracias a ella los actos del hombre pueden ser libres y, por tanto, propiamente humanos; por ella nos diferenciamos de los animales. Es la facultad rectora de la libertad, que orienta todo lo que el hombre debe o no debe hacer. Y, como la inteligencia es una facultad susceptible de desarrollo, el estudio, que es la actividad orientada al perfeccionamiento intelectual, es una actividad necesaria para el hombre: «Si has de servir a Dios con tu inteligencia, para ti estudiar es una obligación grave» (n. 336).

En la lucha ascética, el estudio no se ha de entender solamente como una actividad sistemática, reglada, propia de las instituciones escolares. No es que se excluya la necesidad de un estudio sistemático de la Religión, especialmente en el hombre culto para que no exista un desnivel entre la cultura profana y la cultura religiosa. En sentido más preciso, el estudio que pudiéramos llamar «ascético» es una actividad implicada en el quehacer ordinario de un cristiano que quiere avivar y reforzar su fe. Su finalidad no es aprender más, sino conocer mejor los misterios de la vida cristiana, para aumentar y reforzar nuestro amor. Una de las más corrientes formas de estudio, con este significado, es la lectura espiritual.

El hábito de leer es uno de los grandes resortes culturales que el hombre tiene a su alcance. A través de la lectura, cada uno de nosotros podemos incorporar las ideas, pensamientos y reflexiones, todo el mundo intelectual que constituye la tradición de la Humanidad. La lectura espiritual es el medio que cualquier cristiano tiene a su alcance para que su vida penetre la sabiduría cristiana, expresada a través de los siglos.

«No dejes tu lección espiritual. —La lectura ha hecho muchos santos», se lee en Camino (n. 116). ¿Cómo la lectura puede hacer Santos? Sencillamente, aclarando y enriqueciendo el conocimiento de la vida y las enseñanzas de Cristo y de aquellos que más de cerca le siguieron, para dar un fundamento más firme al amor. Pero la lectura necesita ser comprendida en toda su profundidad. Leer no significa sólo transformar en signos fonéticos los signos gráficos de un escrito, ni siquiera el simple reconocimiento de las palabras que constituyen un texto. Se lee, propiamente, cuando, a través de un escrito, llega uno a comprender —y participarlas ideas de quien habló o escribió y, a través de ellas, los sentimientos, actitudes y decisiones que originaron.

El hábito de la lectura, como cualquier hábito, se refuerza en su propio ejercicio. A medida que se lee se va adquiriendo mayor capacidad de comprensión. Mas para que este aumento sea real, es menester leer despacio; la lectura es un acto muy complejo y en él intervienen multitud de factores. En realidad, la comprensión de lo que se lee no es una progresión lineal que va de la impresión sensible a las significaciones de las palabras o de los conocimientos previos que uno tiene a la adquisición de nuevos conocimientos expresados en el texto. Esto acontece, pero junto a ello hay una verdadera interacción entre los conocimientos —y la formación—propios y los que se expresan en el texto escrito. Esto vale tanto como decir que una lectura profunda, real, es también un ejercicio de reflexión. Por esta razón se puede considerar la lectura como una de las bases necesarias para el razonamiento humano en su pleno significado.

«En la lectura —me escribes— formo el depósito de combustible. —Parece un montón inerte, pero es de allí de donde muchas veces mi memoria saca espontáneamente material, que llena de vida mi oración y enciende mi hacimiento de gracias después de comulgar» (n. 117). Depósito de combustible, es decir, material necesario para el fuego que da luz —vida intelectual— y calor —vida de amor—. Si en la oración se enciende el fuego (cfr. n. 92) y la lectura es el depósito de combustible, fácilmente se comprende, a través de estas metáforas, la íntima relación que tiene la lectura espiritual con la oración y, a través de ella, con toda la vida cristiana.

d) Obras: Mortificación. Trabajo

Ya se habló antes de la distancia que hay entre el pensamiento y la acción, entre las palabras y las obras. La vida humana consiste fundamentalmente en conocer y amar. Después del conocimiento, el amor; no en segundo lugar porque el amor sea menos importante sino porque tiene su fundamento en el conocer. Si, en general, la palabra es expresión del conocer, la obra es expresión del amor. «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración “Jesús, te amo”, oyó esta respuesta del Cielo: “Obras son amores y no buenas razones” (…)» (n. 933).

Pero la idea del obrar no debe interpretarse de un modo puramente físico. No importa la materialidad de las obras, sino el amor que en ellas se introduce. La acción como movimiento y actividad material tiene sentido y ha de venir después de las operaciones interiores del amor: «Primero oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción» (n. 82).

Dentro del genérico nombre de obras se pueden distinguir dos tipos de actos: los que van orientados directamente a vencer los obstáculos que encontramos, y los que, incidiendo directamente en las cosas y bienes materiales, también se orientan al servicio de Dios. Estos dos tipos de actos los podemos reunir bajo el concepto de mortificación y de trabajo.

La mortificación es probablemente la actividad en la que más claramente se pone de manifiesto el sentido positivo de la lucha.

Mortificar en sentido estricto es dar muerte; y lo propio de la lucha, en su manifestación límite, es dar muerte a los enemigos. Su valor positivo se halla en que siendo los enemigos un mal, su negación o aniquilamiento es un bien necesario. Gráficamente se expresa esta idea en Camino: «Paradoja: para Vivir hay que morir» (n. 187).

Toda la doctrina tradicional de la mortificación se halla reflejada en Camino. En este libro podemos hallar referencias a los dos grandes tipos de mortificación: mortificación interior, la más importante por supuesto; pero además la mortificación exterior. Partiendo de una consideración positiva de las realidades naturales, creadas por Dios, ante la experiencia de las inclinaciones hacia los bienes sensibles, que si no son ordenadas por la razón pueden apartar del fin último, se insiste en la necesidad de una lucha decidida para que la voluntad domine y sepa guiar todo el propio yo al bien verdadero.

Habla también Camino de los puntos de apoyo para la mortificación: «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…» (n. 194). Señala con fuerza lo que no puede ser objetivo prioritario de alguien que quiera seguir a Cristo: «Oro, plata, joyas…, tierra, montones de estiércol. —Goces, placeres sensuales, satisfacción de apetitos…, como una bestia, como un mulo, como un cerdo, como un gallo, como un toro. Honores, distinciones, títulos…, cosas de aire, hinchazones de soberbia, mentiras, nada» (n. 677). Pero hay dos puntos importantes que me parece deben ser puestos de relieve.

En primer lugar, la mortificación parece algo desabrido, cuyo final sería el vaciamiento del hombre. No comas en exceso, no bebas, desprecia las riquezas, desprecia los honores… Para poder gozar de la belleza, ya se trate de la belleza natural, y mucho más si se trata de la belleza moral y sobrenatural, es menester no tener obstruidas las vías de percepción y conocimiento de lo espiritual. Con hermosas palabras se insinúa que la mortificación es un «despertar del alma», es decir, dar más vida a nuestra vida. El aburrimiento, esta gran enfermedad de nuestros días, en los que hasta los entretenimientos y diversiones tienen que ser programados, es un hecho natural consecuencia de la ceguera o la inanición del alma. Los bienes materiales son limitados, a veces no están a nuestro alcance y otras veces el goce de ellos mismos desemboca en la saturación y hastío. Cuando, ansiosos los sentidos de calmar los apetitos y ciega el alma para descubrir el bien y la belleza de las cosas que tiene a su alrededor y de las situaciones en que se encuentra, el aburrimiento surge como expresión del vacío de la vida: «je aburres? —Es que tienes los sentidos despiertos y el alma dormida» (n. 368).

Por otra parte, la mortificación parece que implica una mirada hacia sí mismo y una preocupación exclusiva por la propia perfección, en definitiva, por la propia vida. Pero no se puede quedar en eso. La mortificación también requiere algún orden; para evitar el peligro apuntado, bueno es tener en cuenta que en la mortificación debe uno mirarse a sí mismo, ciertamente, pero también ha de mirar a los demás. Con mirada distinta: «Estos son los frutos sabrosos del alma mortificada: comprensión y transigencia para las miserias ajenas; intransigencia para las propias» (n. 198). ¡Cuántas tensiones y luchas, individuales y colectivas, se evitarían con esta actitud! La mortificación es también asunción del dolor, incorporación de los aspectos negativos de la vida para convertirlos en factores positivos. Mas esta apertura a lo doloroso, molesto o difícil también requiere una mirada y una actitud diferente para nosotros y para quienes nos rodean: «Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás» (n. 179).

Probablemente, la idea de trabajo como medio universal de santificación es una de las aportaciones más ricas que Monseñor Escrivá de Balaguer ha hecho no sólo a la doctrina cristiana, sino a la cultura universal. El espíritu del Opus Dei —ha escrito su Fundador— «se apoya, como en su quicio, en el trabajo ordinario, en el trabajo profesional, ejercidos en medio del mundo» (Es Cristo que pasa, n. 45). Este aprecio del trabajo, que se ve en múltiples manifestaciones de la catequesis de Monseñor Escrivá de Balaguer, está ya vivo y operante en Camino: «No me explico que te llames cristiano y tengas esa vida de vago inútil. —¿Olvidas la vida de trabajo de Cristo?» (n. 356).

En el texto que se acaba de transcribir se ve la gran razón del valor cristiano del trabajo. Fue un elemento importante en la vida de Cristo y, por consiguiente, así lo ha de ser en la vida del cristiano. Y adentrándose más en la naturaleza misma del trabajo, el Fundador del Opus Dei enseña expresamente que es una realidad santificable y, al mismo tiempo, señala cuál es el medio de hacer real la santificación del trabajo: «Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo» (n. 359). Nos encontramos aquí con una clara utilización ascética del principio, bien conocido, según el cual los actos humanos se especifican por el fin. Realizando el trabajo con un fin sobrenatural el trabajo se sobrenaturaliza.

La vida del Fundador del Opus Dei es una continua catequesis, oral y escrita, uno de cuyos puntos esenciales es la utilización del trabajo como medio de santificación propia, pero también como medio de santificar a los otros sobre la base de la santificación del trabajo mismo. Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo. Claro está que la santificación del trabajo requiere una condición: que esté humanamente bien hecho. Para que cualquier aptitud humana produzca todos sus efectos, es menester que sus operaciones sean 10 más perfectas posible. Esto vale tanto como decir que, si el trabajo ha de cumplir su misión santificadora, debe ser realizado con la mayor perfección de que sea capaz el que trabaja. Si el resultado del trabajo es la obra, el resultado de un trabajo perfecto será la obra bien hecha.

La mención de la «obra bien hecha» plantea un interesante problema ligado, por una parte, a la tradicional idea de magnanimidad y, por otra, al actual tema del nivel de aspiración. El nivel de aspiración suele entenderse más bien en términos cuantitativos; pero, sin abandonar este punto de vista, vale la pena tener en cuenta que también puede aspirarse no sólo a una mayor cantidad de trabajo, sino a una mejor cualidad del mismo. Las producciones pueden ser grandes por su tamaño o extensión, mas pueden ser también grandes por su calidad. Y la calidad en la vida cristiana nace del amor: «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande (…)» (n. 813).

El concepto de obra bien hecha tiene una significación amplísima. Se puede llamar obra bien hecha a un acto mínimo, sencillo, que se realiza casi de modo instantáneo, tal, por ejemplo, trasladar una silla de un lugar a otro, colocar un libro en su sitio, decir una palabra amable. También se puede aplicar a toda una vida; la vida de un santo, dedicado a lo largo de toda su existencia al cumplimiento de la voluntad de Dios, es claramente una obra bien hecha. En todo caso, una obra bien hecha debe estar bien orientada —hacia Dios—, bien realizada —profesional o humanamente—, bien acabada —rematada—. El intento de acabar las cosas con la mayor perfección posible es una exigencia humana, individual y social. En él se apoyan las producciones del arte y de la técnica. A través de él, el arte y la técnica pueden también sobrenaturalizarse.

La originalidad del pensamiento de Monseñor Escrivá de Balaguer no le impide enlazar con la tradición. Y así, recoge también la idea del trabajo como medio de quitar ocasión a las tentaciones: «Todos los pecados —me has dicho— parece que están esperando el primer rato de ocio. ¡El ocio mismo ya debe ser un pecado! (…)» (n. 357).

Finalmente, Camino acrecienta el valor social del trabajo. No le deja en la pura justicia de contribuir cada uno con sus aptitudes y su esfuerzo al enriquecimiento material y cultural de la sociedad. Es una incitación a dar más de aquello a lo que uno está obligado; es ocasión de generosidad, la virtud que viene a perfeccionar la justicia en el orden humano y que con visión sobrenatural se llama caridad: «Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes. —¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!» (n. 440).

Al sobrenaturalizar el trabajo, no sólo se participa en la obra creadora de Dios sino que se introduce la vida divina en la realidad material. De algún modo se puede juzgar que a través del trabajo sobrenaturalizado se extiende la obra redentora más allá de los seres humanos, alcanzando a todo lo existente. El hombre contribuye así a la redención universal en su más profundo significado.

Táctica. Examen. Dirección espiritual. Plan de vida

Al arte de disponer las cosas para utilizarlas en cualquier actividad se llama táctica. Esta palabra se aplica principalmente a la disposición de los elementos, especialmente armas y hombres, para la ejecución de las operaciones militares. En la lucha ascética también hay una táctica: «Ese modo sobrenatural de proceder es una verdadera táctica militar (…)» (n. 307).

Cualquier ordenación de diversos elementos para operar con ellos requiere inteligencia para conocer la situación y capacidad de decisión. Conocimiento y decisión permiten relacionar entre sí la actuación de los diversos factores, de tal suerte que concurran todos eficazmente a la finalidad común de derrotar al enemigo y desplazarlo de sus posiciones. En otras palabras, es menester un plan. Si entendemos que la lucha ascética es algo que ocupa toda la vida del cristiano, el plan de lucha ascética no es, en definitiva, sino el plan de vida cristiana. Resumiendo: el conocimiento de la situación exige su examen.

El examen es otra de las prácticas ascéticas ya tradicionales. De tal importancia, que en los catecismos se habla del «examen de conciencia» como el comienzo necesario para la preparación del Sacramento de la Penitencia. En la lucha ascética el examen tiene una significación más general: la necesidad de conocer el terreno, las situaciones en que uno se encuentra para ver cómo anda de fuerza moral y hacia dónde debe orientar sus esfuerzos. Como un eco de las palabras del Señor indicando la necesidad de ver con qué fuerzas cuenta uno para luchar contra el enemigo, el examen se presenta como un quehacer diario para mantener el control del negocio de la lucha ascética: «Examen. —Labor diaria. —Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio. ¿Y hay negocio que valga más que el negocio de la vida eterna?» (n. 235).

En mi opinión, tal vez lo más interesante y original del pensamiento del Fundador del Opus Dei sea presentar el examen como un acto para el cual se necesita un particular valor: «Examínate: despacio, con valentía (…)» (n. 237). ¿Por qué es necesaria la valentía para mirarse uno dentro de sí? Me parece que aquí se apunta una de las dificultades mayores que el hombre tiene: aceptarse tal como es. De experiencia diaria es que resulta difícil pasar por encima sin irritación o comprender las deficiencias de los otros: sus tonterías, sus malas palabras, sus malas acciones. Pero todavía es más difícil aceptar que esas deficiencias están dentro de nosotros mismos y tal vez en mayor grado que en los demás. Conocerse y soportarse en un arduo quehacer ascético: «Tristeza, apabullamiento. No me extraña: es la nube de polvo que levantó tu caída. Pero, ¡basta!: ¿acaso el viento de la gracia no llevó lejos esa nube? Después, tu tristeza —si no la rechazas—bien podría ser la envoltura de tu soberbia. —¿Es que te creías perfecto e impecable?» (n. 260).

La consecuencia, natural, del descubrimiento de una deficiencia propia es el lamento. Pero la consecuencia «cristiana», tal como se mira en Camino, resalta la esterilidad de una lamentación por el pasado que ya no se puede cambiar: «Una mirada al pasado. Y… ¿lamentarte? —No: que es estéril. —Aprender: que es fecundo» (n. 239). La mirada adelante. La vida es caminar y lucha no sólo defensiva, sino de ataque para destruir los obstáculos que se interponen entre el cristiano y Dios. A esta idea responde la distinción y la doble recomendación del examen: «El examen general parece defensa. —El particular, ataque. —El primero es la armadura. El segundo, espada toledana» (n. 238).

La lucha ascética, especialmente en el sentido incitador y dinámico que tiene en Camino, requiere una visión clara de las limitaciones humanas para mantener el orden de lo real y el valor constructivo de la actividad humana. Esto vale tanto como decir que el ejercicio de la iniciativa, de la libertad, al que constantemente se estimula, ha de ser visto y realizado en el marco de una norma objetiva anterior y superior a los actos del hombre singular. La libertad humana no es una posibilidad absoluta sino una capacidad participada. La consecuencia de esta idea es que la lucha ascética debe estar subordinada a algún principio de orden superior al propio sujeto que la realiza. Por otra parte, si la oración es una actitud congruente con la condición de criatura, y es conversación y petición, parece que debe completarse con una respuesta de Dios, que es el destinatario de nuestras oraciones y, a su vez, la fuente de nuestra vida y de nuestros actos. Tanto el marco objetivo, previo para el uso de nuestra libertad, cuanto la respuesta a la oración, nos vienen a través de la expresión de la voluntad de Dios, que en el orden personal se singulariza en la dirección espiritual: «Director. —Lo necesitas. —Para entregarte, para darte…, obedeciendo. —Y Director que conozca tu apostolado, que sepa lo que Dios quiere: así secundará, con eficacia, la labor del Espíritu Santo en tu alma, sin sacarte de tu sitio…, llenándote de paz y enseñándote el modo de que tu trabajo sea fecundo» (n. 62).

La capacidad de decisión está en nosotros; pero tenemos conciencia de nuestra propia limitación y, supuesto que se trata de una lucha espiritual, tenemos que contar con fuerzas sobrenaturales; nuestra capacidad de decisión propia debe mantenerse, pero necesitamos una orientación superior que viene por el camino de la dirección espiritual. Contando con el conocimiento propio y de lo que nos rodea y con la ayuda de la dirección espiritual, se tienen garantías suficientes para formular el plan de vida.

Conocidos los objetivos que se persiguen en la lucha ascética, los obstáculos con los que se ha de luchar, las armas de que se dispone, la situación y el campo de operaciones, las fuerzas con que uno cuenta y la garantía de una orientación superior, llega el momento de poner en orden todos estos factores de tal suerte que concurran adecuadamente al fin que se persigue: la paz en el cumplimiento de la voluntad de Dios que es lo que trae la verdadera paz. En otras palabras, tras haber examinado los distintos factores que se integran en la lucha ascética, llega la hora de establecer el plan de acción en nuestra vida.

La formulación del plan de vida lleva consigo la ordenación de nuestros actos para darles sentido y hacerlos más eficaces. Nuestras acciones adquieren sentido cuando se descubren las relaciones que tienen todas y cada una entre sí y la relación que, a su vez, todas tienen con el fin de la existencia humana. La posibilidad de que concurran todas a este fin da unidad a la vida y las relaciones permiten conocer y utilizar el orden en que pueden actuar más eficazmente.

El orden es una situación real de las cosas y es, también una virtud que el hombre tiene para situarlas en el nivel de importancia, tiempo y espacio adecuados. Es así el orden una virtud que lleva consigo capacidad de comprensión de la realidad —cosas, situaciones, personas— a fin de poder utilizar las cosas y servir a las personas del modo más conveniente. El orden se halla en el fundamento de la vida y de toda virtud: «¿Virtud sin orden? —¡Rara virtud!» (n. 79). El plan no es ni más ni menos que la incorporación y utilización del orden en nuestra vida: «Si no tienes un plan de vida, nunca tendrás orden» (n. 76). El plan de vida es garantía de toda virtud.

La actitud del que lucha

Tras el plan, la tarea. En las páginas anteriores se ha venido repasando, rápidamente, los elementos que intervienen en la lucha ascética y la necesidad de su ordenación. El valor de todos estos factores se halla condicionado por la actitud de quienes los utilizan. En otras palabras, la orientación, el vigor y la eficiencia de la lucha, es decir, su valor real, dependen principalmente, teniendo en cuenta la gracia de Dios, de la actitud del cristiano.

La actitud fundamental es la docilidad, es decir, la disposición para «aprender» del Maestro. Escuchar, recibir con atención, aceptar con alegría, identificar nuestro pensamiento con el de Dios, decisión de transformar en obras sus inspiraciones: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (n. 57). «¡Solo! —No estás solo. Te hacemos mucha compañía desde lejos. —Además…, asentado en tu alma en gracia, el Espíritu Santo —Dios contigo— va dando tono sobrenatural a todos sus pensamientos, deseos y obras» (n. 273).

Sobre la docilidad, la alegría en la esperanza puede resumir la actitud del cristiano en la lucha ascética: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino (…)» (n. 665). «Confía siempre en tu Dios. —El no pierde batallas» (n. 733).

Una aportación significativa de Monseñor Escrivá de Balaguer a la espiritualidad cristiana es la presentación de la fe y la moral cristianas como algo cordial, humano, entrañable: «La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre» (n. 657). Revitaliza la tradición de la alegría en la ascética y distingue con claridad entre la alegría de fundamento sensible y la de carácter sobrenatural: «La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios» (n. 659). La distinción entre la satisfacción natural y la alegría verdaderamente cristiana no significa separación real o rotura entre ellas. La alegría cristiana no invalida la alegría natural, humana, sino que la tiene como uno de sus puntos de apoyo. La alegría sobrenatural supone un hombre capaz de alegrías naturales. Frecuentemente, ha sido a partir de éstas como Cristo ha anunciado el Reino de los Cielos. La alegría natural del hombre es punto de apoyo para la alegría cristiana y ésta a su vez inicio y camino de felicidad, alegría permanente.

Una de las mayores deformaciones que se pretenden introducir en el pensamiento cristiano es la de presentar el propósito de seguir al Señor como algo oscuro e inhumano. En páginas anteriores está dicho que el Fundador del Opus Dei hablaba, en cambio, de un ascetismo sonriente. No hay motivo para la tristeza ni para las visiones pesimistas: «(…) No hay contradicción que no puedas superar. —¿Por qué estás triste?» (n. 660). Con profundo realismo se tiene en cuenta el componente biológico del hombre: «Decaimiento físico. —Estás… derrumbado. —Descansa. Para esa actividad exterior. —Consulta al médico. Obedece, y despreocúpate (…)» (n. 706). Tampoco tiene cabida el concepto negativo de los otros. Ni mucho menos el odio. Frente al odio, la amistad. La visión positiva de todos los hombres. Porque todos, aunque muchos no lo sepan, son hijos de Dios. Este anhelo inextinguible de paz que todos tenemos encuentra un buen fundamento en un punto de Camino: «No tengas enemigos. —Ten solamente amigos: amigos… de la derecha —si te hicieron o quisieron hacerte bien— y… de la izquierda —si te han perjudicado o intentaron perjudicarte—» (n. 838).

Sería un error interpretar el optimismo radical y la esperanza del cristiano como una mentalidad infantil, ingenua y bobalicona, incapaz de ver el mal y el dolor que existen en el mundo. La visión completa de la realidad conlleva la capacidad de ver todos los aspectos y manifestaciones de la existencia humana y de la realidad que la circunda. El mal y la reacción lógica del hombre frente a él, el dolor, son realidades con las que el cristiano cuenta. Pero son realidades que, dentro de su dificultad y aun su misterio, pueden ser dominadas. Y, como cualquier dominio propiamente humano, empieza por encontrar el sentido que tienen.

El dolor es una experiencia concreta de nuestras limitaciones y es por lo mismo una llamada hacia otras realidades, las espirituales, situadas más allá de la limitación personal de cada uno. En otras palabras, el dolor hace que volvamos nuestros ojos a Dios: «(…) Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra vida» (n. 203).

Con los ojos de la fe, uniéndolos a los de Cristo, mirándolo como el mismo sufrimiento del Señor en la Cruz, cualquier sufrimiento es redentor. Empieza por redimir al propio sufriente que se une a Dios y, en la comunicación del cuerpo místico, es un auxilio para que cada uno pueda, no solamente soportar sus propios dolores, sino encontrar la felicidad en la Cruz (cfr. n. 758).

La esperanza es virtud típica del horno viator. En ella se expresa la tensión del hombre que quiere algo y confía en alcanzarlo. La respuesta activa a la esperanza cristiana es justamente la lucha ascética para cooperar con la gracia de Dios. Es propio de la esperanza avivar las operaciones, intensificando la actividad, tanto porque lo difícil excita la atención y lo posible aviva el esfuerzo, cuanto porque la esperanza produce alegría en el bien futuro que se piensa alcanzar. Es también la esperanza un factor eficaz en la unión del hombre con Dios; no simplemente porque promueva el acercamiento sino por el motivo más profundo de que, moviendo la voluntad, en cierto modo la transforma en el fin que persigue. Empieza a «divinizarse» la voluntad cuando el alma se encamina hacia Dios. «Te has portado bien…, aunque hayas caído así de hondo. —Te has portado bien…, porque te humillaste, porque has rectificado, porque te has llenado de esperanza, y la esperanza te trajo de nuevo al Amor. —No pongas esa cara boba de pasmo: ¡te has portado bien! —Te alzaste del suelo: “surge”, resonó de nuevo la voz poderosa, “¡et ambula!”: ahora, ¡a trabajar!» (n. 264). Es también la esperanza, según se dice en el texto transcrito, un camino de amor. Por lo mismo que esperamos alcanzar algunos bienes por medio de alguien, nos dirigimos hacia Él como hacia un bien nuestro, y de esta manera comenzamos a amarle; y, a su vez, la convicción de que alguien nos ama refuerza nuestra esperanza en Él.

Finalmente, vale la pena tener presente lo que se puede llamar realismo en la ascética de Camino. Es ella una ascética briosa y optimista, ya se ha dicho en las páginas anteriores; pero eso no quiere decir que se olvide de una realidad cotidiana: la existencia de los fracasos en la vida, de las derrotas en la lucha.

En primer lugar, hay que ver con mirada sobrenatural el fracaso, que no está en el resultado de una actividad, sino en la actitud del hombre. Si se han puesto todos los medios, no hay tal fracaso: «¡Has fracasado! —Nosotros no fracasamos nunca. —Pusiste del todo tu confianza en Dios. —No perdonaste, luego, ningún medio humano. Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo —ahora y en esto— era fracasar. —Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo!» (n. 404). En segundo lugar, cuando de un fracaso auténtico se trate, porque nosotros no hemos sabido corresponder a la gracia de Dios, también se puede utilizar como un elemento positivo: «¿Que has fracasado? —Tú —estás bien convencido— no puedes fracasar. No has fracasado: has adquirido experiencia. —¡Adelante!» (n. 405). En definitiva, la derrota es experiencia y preparación para la victoria que está esperando al cristiano: «No te desalientes. —Te he visto luchar…: tu derrota de hoy es entrenamiento para la victoria definitiva» (n. 263).

Luchas, victorias, derrotas, desvíos, rectificaciones, son los pequeños acontecimientos de que está lleno el fluir de nuestra vida. Sobre ellos, la visión serena de la perseverancia cristiana, fortaleciendo constantemente la fragilidad de los hombres: «Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar… y recomenzar» (n. 292).

CAMINO, una lección de amor.

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7 Carlos Cardona

«Lee despacio estos consejos»: pronto hará cuarenta años desde que los leí por primera vez. «Medita pausadamente estas consideraciones»: esta invitación, reiterada también de viva voz por un amigo, iba a cambiar radicalmente el rumbo de mi vida. «Son cosas que te digo al oído»: las escuché con parsimonia excesiva. Más tarde, estando solo y ante Dios, se removieron mis recuerdos —como quería el autor de Camino— y se alzó un pensamiento que me hirió, metiéndome «por caminos de oración y de Amor».

Algún tiempo después tuve ya el privilegio de oír personalmente y con frecuencia, durante más de veinte años, al Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer. El motivo conductor era siempre el mismo: el amor a Dios, el Amor, porque «¡no hay más amor que el Amor!» (Camino, n. 417). Especialmente en los últimos meses de su vida terrena, le oí decir repetidamente: «¡Qué corto es el tiempo para amar!» Muchos años antes se había referido, en el libro ,que es objeto de estas páginas, a aquel alma que invocaba a los Angeles Custodios, «como la Esposa del Cantar de los Cantares, “ut nuntietis ei quia amore langueo” —para que le digáis que muero de amor» (Camino, n. 568). Allí había también escrito su ideal escondido: morir «de mal de Amor» (n. 743). Y así se lo llevó Dios el 26 de junio de 1975, poco después de las 12 de la mañana.

Son ya numerosos los escritos sobre Camino, ese libro que, publicado por primera vez en 1934 con el título de Consideraciones espirituales, y en 1939 ya con el título y extensión actuales, ha superado los tres millones de ejemplares, y se ha traducido a más de treinta idiomas. Se han destacado en esos estudios variados e importantes aspectos de su contenido, de su alcance, de su sorprendente y universal fecundidad; y con los años se nos habrán de dar análisis penetrantes y profundos, que nos ofrezcan una visión más completa.

No es mi intento ahora aventurar una visión definitiva de este libro, que es, sin duda, uno de los más trascendentales de la literatura espiritual de todos los tiempos. Sin embargo, persuadido como estoy de que la metafísica «reducción al fundamento» de toda la existencia creada es una reducción al Amor, y de que el Amor es el primero y el último y la substancia misma de todos los mandamientos morales, sí me atrevo a asegurar que a esto se reduce en última instancia el contenido de Camino, y que ésta es su verdadera y decisiva fuerza.

«Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor», es la primera exhortación de Camino. «Enamórate, y no “le” dejarás», es su último consejo. Y a lo largo de 999 puntos, este libro todo entero está dedicado a enseñar a amar. A amar siempre, en todo momento y en cualquier circunstancia: a amar intensa y totalmente. A amar como su autor amó: como un hombre de Dios, con amor divino y humano a la vez, con un amor llevado a su última posibilidad, que era la gracia que de Dios había requerido: «que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor» (n. 427). Y aún más ambiciosamente: «Jesús, que sea yo el último en todo… y el primero en el Amor» (n. 430).

Cuando la literatura de edificación espiritual, hoy bastante yerma, era —en no pocos casos— pródiga en moralismos asfixiantes, en delicuescentes sentimentalismos o en áridas y algebraicas elucubraciones, Camino irrumpió enseñando a amar a Dios con corazón humano y a los hombres todos con amor divino; a hacer profundamente humanas las manifestaciones del amor a Dios —«haz continuos actos de Amor, aunque pienses que son sólo de boca» (n. 727)—, y trascendentalmente divinas las del amor humano: «El secreto para dar relieve a lo más humilde, aun a lo más humillante, es amar» (n. 418), y «un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (n. 814). Se unían así los dos amores en un único Amor frontal omnipresente, sencillo, inteligente, recio y tierno a la vez.

Bien lejos de la escrupulosa retícula farisaica: «No temas a la Justicia de Dios. —Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor» (n. 431). Pero igualmente lejos del hoy más extendido reduccionismo saduceo temporalista: «Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo. —Pero fomenta en tu corazón la gloriosa esperanza del cielo» (n. 668). Esa gloriosa esperanza que es en definitiva la necesidad de correspondencia y de unión que el amor tiene.

Lejos también del activismo y de la primacía de la eficiencia tecnológica: «Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. —Es como coser con una aguja sin hilo» (n. 967). Idénticamente ajeno a la sensiblería inconsistente, que frecuentemente esconde un trivial amor de sí: «Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación» (n. 994). Pero a la vez sin dar el más remoto pábulo al autosuficiente «imperativo categórico», que oculta también el amor de sí, pero ya no en forma trivial sino compleja y enmascarada en sutilezas inmanentistas: «El Amor… ¡bien vale un amor!» (n. 171). Vale la pena perder el engañoso amor de sí por ganar el verdadero amor, la unión amorosa con Dios, que es Amor.

Camino iba así a la raíz más honda del amor verdadero, de lo que genuinamente es amor, desenmascarando todas sus falsificaciones y recuperando sus pérdidas históricas. Sin «adelgazar pensamientos» —como con su habitual gracejo denunciara siglos atrás Santa Teresa—, Monseñor Escrivá de Balaguer descubría con intuición profunda de seguro teólogo y con auténtico saber metafísico y trascendente, que es el amor y sólo el amor la radical substancia de lo real, y que es ésa la vida profunda del espíritu: el amor como acto de la libertad, el amor de dilección, el amor que elige y quiere generosamente el bien del otro; y sobre todo el Amor absoluto, el amor que elige y quiere el bien del Único que es absolutamente bueno y que es Amor, el amor a Dios, hontanar de todo otro noble amor.

Es con ese amor electivo y generoso como la persona vence en sí misma, con un acto de suprema libertad —que Dios participa al espíritu creado—, el natural e inevitable amor a la propia felicidad, al propio bienestar: amor este que hace que el hombre revierta y se curve sobre sí mismo. Amor natural de sí que, cuando se hace electivo y absoluto —se pone como fin último de la propia vida—, constituye la esencia misma del pecado mortal, la muerte de la vida del espíritu, que es precisamente el Amor libre a Dios y a todas las personas por Dios. Por eso «el Dolor es la piedra de toque del Amor» (Camino, n. 439), porque es la mortificación de ese amor de sí que tiende a hacerse gigantesco y despótico, absorbiendo —intencionalmente— en su finitud constitutiva la infinitud misma de Dios. Herir el amor propio —en sus formas sensibles y en las más sutiles del espíritu— es dar cabida al Amor, y del Amor recibe su fuerza y su verdad. Por eso, donde el Amor a Dios desaparece, la mortificación es vista como masoquismo y necedad.

Defendiendo el primado del amor sobre el conocimiento, le oí decir —rectificando el conocido y frecuentemente mal entendido adagio escolástico nihil volitum nisi praecognitum, nada es querido si antes no es conocido— que era el amor, y sólo el amor, el que posibilitaba al teólogo la penetración de los misterios de la fe; y hablaba de un «flechazo» divino que Dios mismo ha puesto con la gracia en nuestro corazón, como un instinto directivo, de manera que una teología sin amor —sin vida interior— acaba siendo una simple «técnica de hablar de Dios», una técnica que quizá un ordenador cualquiera podría ejecutar con ventaja.

La verdadera y profunda vida del hombre consiste en amar. La vida espiritual es amor o no es nada. El espíritu vive como tal espiritu en la medida en que ama. Si no ama, está muerto, carece de su operación vital específica. El pecado mortal no es más que radical desamor: el de malicia es aborrecimiento directo a Dios, pero basta la indiferencia —que es el mal contemporáneo, el sedimento último de las rebeldías— para que haya pecado mortal, que mata la vida del alma, que es el amor.

Es el amor el que cualifica la vida del hombre, le hace radicalmente bueno o malo según la dirección de su amor, y es el amor el que proporciona a la persona su valor real y decisivo. Aquí y sólo aquí es donde realmente somos todos iguales: en nuestra capacidad de amar.

Aquí ya no es cuestión de estar dotados —como para -la ciencia o el arte o cualquier otra ocupación sectorial humana—: en la capacidad de amar somos todos realmente iguales. Y es ahí donde al final podemos ser todos diferentes, según lo que cada uno haya hecho libremente con su amor, según lo que haya amado sobre todas las cosas.

Sólo dándose en el Amor —lo que para la miopía terrena es siempre locura, porque es enajenación: «pertenecer al “manicomio”» (Camino, n. 910)— es como el hombre vive como persona. Es en el Amor a Dios donde el hombre se cumple definitivamente como persona. Por eso, Camino enseña a hacer de todo un acto de amor. «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (n. 813). Y el heroísmo en la caridad, en el Amor, es justamente la esencia de la santidad a la que todos estamos llamados, sin excepción. Éste es en consecuencia el secreto de esa vida santa a la que Camino invita y para la que enseña: convertir en amor la oración y el trabajo, la vida de familia y la relación de amistad, la convivencia, la participación activa en la «cosa pública» y el esparcimiento, el bienestar y la carencia, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, las más atrevidas incursiones del conocimiento y las tareas aparentemente más triviales, las empresas más universales y los acontecimientos más nimios de la vida cotidiana. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (Camino, n. 814). Así es amor la alegría —que es efecto o acto inmediato suyo: «Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino» (n. 665)—, y lo es también el dolor, aun el dolor más profundamente humano: la contrición, que se hace «Dolor de Amor» (n. 436). La vida entera, en su prosaísmo más concreto y universal, se convierte así en una verdadera sinfonía de Amor.

Esta experimentada enseñanza abría a todos los cristianos caminos de santidad en medio del mundo y de los quehaceres terrenos, nel bel mezzo della strada, decía en italiano el Siervo de Dios. Por eso Camino trasciende con mucho los límites de una época y de un ambiente cultural o social. Pero indudablemente hoy experimentamos esa enseñanza como una necesidad perentoria: ahora, cuando no raramente vemos degradados la noción y el ejercicio mismo del amor, como satisfacción de apetencias animales; y cuando, de otro lado, en parte coincidente, el abstracto y vacuo amor general de las filantropías de la Ilustración ha abierto paso al odio programático, que deja tras de sí, como residuo y sedimento único, la más radical indiferencia, donde el bien y el mal han perdido sus contornos y su punto radical de discriminación, justamente porque se ha perdido la noción —y no sólo factualmente el ejercicio— del amor electivo, de la dilección, del Amor.

Es realmente urgente que aprendamos de nuevo a amar. Así volveremos también a sonreír —los rostros de los hombres se han vuelto sombríos cuando han perdido el sentido del Amor—, y a esperar —contra la desesperación y el hastío, que son la enfermedad epidémica contemporánea—, y a trabajar motivados —y no sólo forzados—, y a convivir bien, a querernos de verdad. Amando es como redescubriremos el sentido trascendente de los momentos más grises, y desterraremos el depresivo hastío «pasotista», y sus falsos y deletéreos remedios en la evasión artificiosa y en la excitación sensual. Amando es como podemos dar un norte a nuestra vida. Así recuperaremos la sencillez. Sólo así viviremos como hijos de Dios.

Monseñor Escrivá de Balaguer, en Camino como en todo cuanto hizo y escribió, nos mostró inequívocamente esta dirección, nos enseñó y exhortó a amar, a amar apasionadamente a Dios con amor absoluto, y cordialmente a los hombres por Dios. Así amaba él, y por eso se le hacía demasiado corto el tiempo de una vida terrena y anhelaba una eternidad para entregarse de lleno al Amor, después de encender «todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo» (Camino, n. 1) que llevaba en el corazón. Hay en Camino un capítulo formalmente dedicado al «Amor de Dios». Pero el libro entero habla de este amor —lo mismo si habla de obediencia que si trata de humildad o de penitencia, o de la Iglesia o de apostolado o de perseverancia—: lo enseña prácticamente, lo encarece, lo destila. Este es el fundamento, la raíz y el objetivo único y radical de cada una de sus 999 consideraciones espirituales. En realidad —ahora lo vamos entendiendo— resultaba obvio, no podía ser de otra manera. Dios dijo en la Antigua Alianza que éste era el Mandamiento supremo. Y Jesucristo lo ratificó con autoridad divina, dándonos con la gracia la capacidad ontológica de cumplir este sublime y dulcísimo deber. Ahí está toda la Ley y los Profetas.

Sin Amor, todo se hace enigmático y repulsivamente excedente. Con Amor, todo se hace significativo y atrayente. Por estas razones, y algunas más, no vacilo en afirmar que, reducido al fundamento, Camino, esta obra maestra de la espiritualidad cristiana, es, más que un tratado, una escuela viva de Amor a Dios. Esto es, no ya su razón abstracta o suficiente, sino su mismo ser, su vida misma. «Al final… has sabido hacer una cosa grandísima: Amar» (n. 885).

Camino es un libro que no se deja leer curiosamente, como la mayor parte de las noticias del periódico; y apenas se deja estudiar profesoralmente, como una cosa, como un libro más. Porque Camino es una lección de Amor.

Espíritu de abandono y vida de infancia espiritual.

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6 Jesús Arellano

1. LA ESPIRITUALIDAD DE CAMINO

«La clara conciencia de la filiación divina, que empapa cada página del libro, le da unidad y ofrece al hombre de hoy una respuesta exhaustiva a sus preguntas», dice certeramente la nota editorial a la 36.’ edición de Camino. Y esa espiritualidad de la filiación divina se modula, junto con otras dimensiones, cardinalmente, en la vida de espíritu de abandono y de infancia espiritual.

La vocación universal a la santidad y al apostolado

Camino habla a los hombres y mujeres de los tiempos nuevos y los impulsa a vivir en el horizonte de una profunda vocación entrañada en la doctrina de la fe: la vocación universal a la santidad y al apostolado.

Varios lustros después de que se recordara en Camino y de que Mons. Escrivá de Balaguer la expandiera por el mundo —hasta hacer penetrarse de ella, como doctrina y como vida, a muchos miles de almas—, el Concilio Vaticano II proclamó la universalidad de la vocación a la santidad y al apostolado, invitando a todos los hombres, al reclamo providente de las inflexiones nuevas de la historia de la salvación, a seguir los caminos divinos ya de por siempre vivientes en el misterio del Cuerpo Místico de Cristo.

La vida de santidad y de apostolado, a que estamos todos llamados por Dios, se presenta en Camino escorzada en luminosas y exactas dimensiones de profundidad, reciedumbre y ternura.

La vida de santidad

Camino impulsa a vivir la santidad a todos los hombres. No sólo a los que, con una vocación específica, se apartan de las circunstancias que integran la existencia en el mundo humano, sino de modo especial —y a ellos señaladamente se dirige— a todos los que viven entrañados en el ordinario quehacer, en los diarios avatares y reclamos, en las tareas y tensiones propias de la vida en medio del mundo, en todas las modalidades del trabajo profesional y del estado social. «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? —A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (Camino, n. 291).

La santidad a que Camino incita es la santidad de los santos, no la del mediocre pasar: arrancando de la puesta en práctica de las virtudes humanas, eleva a cada uno a plasmar en obras interiores y externas las virtudes morales infusas, lo adentra en la plenitud del desarrollo de las virtudes teologales y lo intima en la operatividad divina de los dones del Espíritu Santo. Camino, con mano que aprieta y que acaricia, conduce al hombre cualquiera por los exigentes caminos de la vida ascética y lo lleva, sin solución de continuidad, a los cielos de cruz y de alegría de la vida mística.

Y todo ello se realiza, en la santidad a que Camino nos requiere, dentro de las circunstancias de trabajo y de vida peculiares de cualquier cristiano corriente.

Es aquí, en este sobreelevado plano de avance hasta la profunda santidad de la vida ordinaria en el mundo, donde Camino nos mueve, a la vez con reciedumbre y con ternura, a vivir el espíritu de abandono en Dios y la sencillez heroica de la infancia espiritual.

La vida de apostolado

En todas las páginas de Camino vibra presente la llamada universal a realizar el apostolado como una exigencia intrínseca de la vida del Amor. El cristiano es, por cristiano, apóstol, conforme el mismo Cristo nos enseña, y según el misterio de gracia operante en el crecimiento del Cuerpo Místico en la historia, gracia que se nos comunica a cada uno en el sacramento del bautismo y en los restantes sacramentos.

El mismo sacerdocio común de los fieles es una realidad de gracia operativa en todo hombre cristiano como sacerdocio real (1 Pet 2, 5-9), aunque sus modalidades y facultades de acción no sean las peculiares del sacerdocio ministerial (tan luminosamente exaltado también por Camino en sus características específicas diferenciadas).

Camino, con llamada exigente y gozosa, impele a todos los cristianos a realizar la vocación de apostolado. Una acción apostólica que opera no ya sólo con ocasión de las circunstancias y situaciones de la vida en el mundo, sino desde el mundo mismo, haciendo del trabajo ordinario, mediante su santificación, vía que lleva a buscar a Cristo, a descubrir a Cristo, a encontrar a Cristo, penetrando toda palabra del humano hablar diario del anuncio del evangelio. Con este espíritu evangélico las palabras del común hablar se transfiguran, por obra de la gracia, en palabra operativa que Dios dice a cada hombre concreto, a las colectividades sociales, a las agrupaciones de los hombres de la técnica y de la cultura.

Los rasgos del cristiano apóstol, tal como los plasma, con trazo firme, Camino, responden a los signos de los tiempos nuevos de la historia de la salvación en que nos estamos adentrando. Tiempos radicales. El Espíritu Santo, alma del Cuerpo Místico, no opera acomodándose meramente a los cambios y variaciones de la historia de la humanidad, sino que actúa en la historia llevando la iniciativa, roturando la vida de la humanidad al modo de abrir en su misma entraña surcos nuevos y muchas veces sorprendentes, transformando desde lo más profundo la vida de los hombres, rompiendo los horizontes cegatos del hombre engreído e indigente y abriendo, en el seno de nuestro mismo presente histórico, los horizontes escatológicos del Reino de Dios-Cristo, el misterio de las ultimidades de la historia de la redención.

El momento central y culminante de esta historia —la presencia temporal personal de Cristo Jesús, el Dios encarnado, evangelizador y redentor— fue descrito, en anticipación profética, en el anuncio de los tiempos mesiánicos que hace Isaías (61, 1-11). El Mesías, Cristo Jesús Dios-Hombre, es el Ungido de Dios en el que reside su Espíritu. Él ha venido al mundo a anunciar el evangelio a todos los hombres, a realizar las obras de la redención, a elevar a los hombres a la gracia de ser hijos de Dios, sacerdotes reales, santificadores de cuanto de bueno han creado las naciones, restauradores de las ruinas obradas por la humanidad caída, realizadores de la liberación y de la justicia en la humanidad miserable.

El Cristo Místico, vivo y presente en la Iglesia y en cada cristiano, obra en la historia el cumplimiento hacia su plenitud de la salvadora misión mesiánica. Cada cristiano es «alter Christus» ungido en el bautismo con la gracia de la filiación divina y llamado a participar en la misma vida redentora de Cristo-Dios. Cristo mismo encomendó a los cristianos esta misión. Vivir entregados a ella es ser apóstoles.

Y los cristianos de los tiempos nuevos han de ser apóstoles de los hombres de los tiempos nuevos. Una estremecedora analogía viva se hace manifiesta entre los tiempos mesiánicos —tal como los describe Isaías— del Dios-Cristo físicamente viviente entre los hombres y estos nuestros tiempos nuevos. En aquéllos culminaron a la vez la plenitud de gracia de la encarnación redentora del Dios-Hombre mesiánico y el estado de postración miserable de la humanidad de la existencia mítica. Los tiempos nuestros están marcados también a la vez por una inflexión histórica de profunda miseria de la humanidad y por una abundancia de gracia ofrecida por Dios y ejemplarmente viviente en la apostolicidad de la Iglesia Santa.

La miseria de nuestros tiempos ha querido significarse a sí misma como siendo los tiempos de la «muerte de Dios». Proclama que el hombre ha conseguido los poderes técnicos y culturales que le salvan de todas las servidumbres de la naturaleza cósmica, psíquica y cultural y que le otorgan el señorío de las fuerzas antaño patrimonio y sustancia constitutiva de Dios. Dios ha muerto, proclaman: ha desaparecido del horizonte de la vida y de la cultura humana, y el hombre, sin Dios en este mundo (Eph 2, 12), se rehúnde en formas de miseria más profundamente radicales.

A este estado de miseria radical de gran parte de la humanidad responde Dios con una nueva plenitud de gracia. Suscita en el mundo, del seno mismo del mundo en que viven, innúmeros apóstoles, nuevos santos que se esfuerzan por poner en práctica las enseñanzas de Cristo, hombres corrientes, que viven las mismas tensiones vitales que los hombres sus hermanos, que trabajan en sus mismos trabajos, que se afanan en las mismas tareas de técnica y de cultura, que hablan con el mismo lenguaje palabras de evangelización.

«(…) Estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301). Es una santidad apostólica y corredentora la que Camino propone al cristiano corriente, en correspondencia a la vocación universal al apostolado que el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, ha puesto de resalte, con clamores nuevos, en los tiempos nuevos.

No pide Camino una vida de apóstol reducida a la medianía gris de una medrosa realización del ser cristiano. Arrancando de una vida de testimonio en la vida corriente, nos eleva a ejercer el temple activo de portadores del mensaje evangélico en todos los ambientes sociales, nos adentra en la conciencia gloriosa de ser cada uno alter Christus, hombres ungidos por el Espíritu presente en nosotros para completar en la historia del Cuerpo Místico en el mundo los anuncios mesiánicos, y nos intima a existirnos en el misterio de ser corredentores con Cristo (cfr. Phil 3, 10; Col 1, 24; 1 Pet. 4, 13). Camino, con apremio que amorosamente exige y que hondamente persuade, conduce al hombre cualquiera por las sendas de la cooperación apostólica con la acción evangelizadora y corredentora de la Iglesia y los lleva, sin solución de continuidad, mediante la entrega total de su propio ser y de todas sus capacidades de vida y de acción, a la identificación con Cristo-Dios Mesías salvador y santificador de todos los hombres.

Y todo ello realizado en las circunstancias del vivir y del trabajar ordinarios.

Es aquí también, en esta sobreelevadora misión apostólica, ínsita al cristiano por la gracia sacramental, donde Camino nos aviva, a la vez con reciedumbre y con ternura, a encontrar todas las eficacias de la vida apostólica en la práctica del espíritu de abandono y en la fuerza operativa de la infancia espiritual.

La espiritualidad de «Camino»

El Espíritu que nos habla en las palabras de Camino es, sólo y todo, el del Evangelio, y su doctrina de vida es, por ello, «vieja como el Evangelio y como el Evangelio nueva». Diseña, con resaltes y escorzos nuevos y conmovedores, una espiritualidad toda y enteramente evangélica, con acentos que, por paradójica modernidad, son eco en vivo de aquellos en que se expresaban los primeros cristianos, la primitiva cristiandad.

A lo largo de las épocas históricas el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia modalidades varias de la vida espiritual, diversas espiritualidades, que no son sino destellos diversiformes de la misma luz, la del espíritu evangélico de santidad y de apostolado. En la radicalidad de nuestros tiempos nuevos, tan profundamente análogos a los del Cristo-Dios de la historia en todos los aspectos de la vida y de la cultura humana, las distintas modalidades de espiritualidad, los variados destellos con que ha ido iluminando a los hombres a lo largo de las épocas anteriores de la historia de la salvación, confluyen en esta espiritualidad que sólo es nueva por esencial, por prístinamente evangélica.

Tal espiritualidad evangélica se hace presente, y de esa misma manera evangélica, en la espiritualidad del abandono y de la vida de infancia proclamada, en invocación universal, para todos y cada uno de los cristianos corrientes.

El lenguaje de «Camino»

Camino no es un tratado de teología. Pero su lenguaje es teologal, transido de todas las luces operativas y de todas las conmociones santificadoras peculiares del don de sabiduría, del don del Amor. Camino mueve y conmueve al hombre, lo estremece y lo anima, con locuciones de Dios que se le adentran en el alma y, si el hombre no se cierra sino que se abre a la gracia, lo tranforman con iluminaciones, llamadas, impulsos divinos, respuestas de Dios —obradoras de gracia— a los problemas, congojas, tensiones, alegrías, ideales que el hombre propone (unas veces con las palabras de silencio en que se desgarra o se efusiona su alma, otras veces, con frecuencia incluso, sin ser plenamente consciente de ello) al Padre nuestro que está en los cielos y a nuestro lado (cfr. Camino, n. 267).

Con aquel modo de espiritualidad y con este lenguaje de oración viviente, Camino nos persuade a existir endiosados las exigentes, consoladoras y operativas lumbres de cruz y de gloria de la vida de abandono y de infancia espiritual.

La vida de abandono en Dios y de infancia espiritual, principio y plenitud de la Caridad

La plenitud de la vida de abandono y de infancia espiritual se acabala en la plenitud del Amor. Pero lo que está en el final está presente ya en el comienzo.

Camino nos exhorta, desde el comienzo de la vida espiritual y a lo largo de ella y hasta el final, a la lucha ascética, por la que el hombre pone en juego, en su correspondencia a la gracia, todas las capacidades y medios que están a su alcance. Conforme el hombre se adentra en la vida de Amor, esapermanente lucha ascética se hace a la vez más vigorosa y más confiada, más rigurosa y más dulce, más gloriosa y más humillada. Es la gracia, que sana a la naturaleza caída y hace al hombre capaz de querer eficazmente el bien; y son las virtudes teologales y los dones del Espíritu

Santo, que cuanto más crecen en nosotros nos hacen conocer y sentir más hondamente nuestra inanidad en el orden de la gracia y el Amor infinito por el que Dios es todo en nosotros. En el misterio de gracia de la vida de abandono y de infancia espiritual Jesús es el alfa y la omega, el principio y el fin (Apc 21, 6), el Amor que nos sostiene en nuestra lucha de correspondencia, el Amor que nos inunda al entregarnos a Él.

Camino habla a todos los hombres: no sólo por su lingüística diáfana, directa, accesible a todos, sino, más hondamente, por la misma espiritualidad que obra en las almas. Habla a todos: sea cual fuere su estado social y su nivel cultural, sea cual fuere su edad biológica o espiritual, sea cual fuere su condición humana de sexo o de profesión, sean cuales fueren las circunstancias vitales en que se desenvuelve, y, más en definitiva, sea cual fuere el estado o nivel de vida cristiana en que se encuentre.

No es un libro para ser leído una sola vez o diversas veces pero dentro de unas invariadas circunstancias vitales y de un nivel de vida espiritual cuyo fluir se ha estancado. Camino acompaña siempre, dialogándonos nuestras preocupacines en el curso variable de la existencia, impulsándonos, cada vez de nuevo, a metas más elevadas y más profundas, ofreciéndonos la palabra de fuerza, de consuelo, de exigencia, de consejo o de luz justamente acertada para cada una de las etapas o edades de la vida interior y del apostolado.

Confirma esta aseveración el hecho de una experiencia de cincuenta años, durante los cuales Camino viene siendo el libro guía y la diaria palabra espiritual operativa e iluminante para millones de lectores desde que éstos despiertan al deseo de Dios y a lo largo de las fases y avatares posteriores de su vivir el Amor de Dios. Camino es libro del incipiente, del proficiente y del perfecto, o si se quiere, para decirlo con análoga terminología tópica, Camino es palabra viva con igual eficacia conmovedora y lumbrosa para los que se están abriendo al Amor en la vía de purificación, para aquellos cuya alma se adentra en el Amor en la vía de iluminación y para quienes se abisman en el Amor en la vía de unión.

Sucede ello porque Camino habla con lenguaje teologal esencialmente evangélico: así como es la misma gracia que se nos comunica en el principio la que alcanza su plenitud al final, es la misma palabra de vida que se nos dice en los comienzos la que al final adquiere en el alma su luminosa y plena explicitación operativa.

Camino, ya en el comienzo mismo de la existencia de Amor para la que nos inquieta a desvelamos, nos introduce en la vida de abandono y de infancia espiritual. Con ello imprime en el alma el sello de esta espiritualidad, que irá creciendo hacia la plenitud de gracia de la consumación en la Caridad, caracterizada por el total abandono en Dios y por la plena intimidad con Dios sentido y vivido como Amor paternal y misericordioso.

2. NECESIDAD DE DIOS

Necesitamos a Dios. Tenemos la experiencia de la necesidad de Dios, aun cuando en muchos casos no acertemos a dar ese nombre a nuestra inquietud o a nuestro estado de angustiada o de abandonada indiferencia.

Buscamos a Dios por nuestra necesidad de Él. A veces sin saberlo, con desgarros o con ternuras cuyo explícito sentido no nos es entendible, pero que Dios escucha y comprende como clamor de palabras diáfanas que le invocan.

Es el amor de deseo: somos indigentes y buscamos la plenitud de vida que sólo crea el Amor; vivimos atarantados, dispersos, inmersos en el tráfago aturdiente, cegador o estragador del trajín mundanal y anhelamos, hasta sin percatamos de ello, el descanso creador de la paz, que sólo Dios puede obrar en nosotros.

Nuestro Padre-Dios presente, cercano e íntimo

No sabíamos del Dios presente o lo pensábamos lejano. Pero Él estaba ya a nuestro lado y como Padre amoroso nuestro. Camino nos llama a descubrir esa presencia y a hacerla viva y operativa en nuestra alma: «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (n. 267).

Las palabras de Camino nos llevan a evocar en nosotros a Dios como presencia y cercanía íntimas, que nos envuelve con su cariño, que nos sostiene y anima, que responde, en el secreto de nuestro corazón, a las preguntas conscientes o subconscientes de nuestro existir, y que se nos manifiesta en el seno de las circunstancias y ocasiones ordinarias de la vida, llamándonos, ayudándonos en nuestro explícito o confuso modo de corresponder a la gracia (cfr. Camino, nn. 265-278). Por eso «Recógete. —Busca a Dios en ti y escúchale» (n. 319).

Dios, Padre amoroso, sale a nuestro encuentro y nos convertimos a Él

En la encarnación y redención del Hijo de Dios se realizó culminantemente este profundo misterio del Amor: Dios es el amor… En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó (1 Ioh 4, 8 y 10). Dios nos amó primero y creó en nosotros el amor. Este misterio se reitera continuamente. Dios-Amor nos sale al encuentro en todo momento, en las circunstancias ordinarias del vivir. Así te ha buscado Dios «en el ejercicio de tu profesión» (n. 799), te ha llamado a seguirle, a convertirte a él.

Nos llama a cumplir en nosotros esta invitación amorosa: «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”.

—Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (n. 382).

Nos convertimos a Dios. Queremos amarle. Hay una profunda convicción que Dios nos pide: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado» (n. 386).

Nos resolvemos a corresponder a la gracia con el cumplimiento del deber (cfr. Camino, n. 362), con nuestro vivir entrañadamente la presencia de Dios (cfr. n. 266). Y todo ello con la confianza y conforme al reclamo propios del hijo respecto a su Padre: «Los hijos… ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! —Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza! Y tú… ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios?» (n. 265).

Guiados por las locuciones de Dios vamos siendo elevados a comprender el sentido, a llenarnos del gusto, a ser atraídos por el ideal de santidad de la vida sobrenatural y por el deseo de santidad en medio del mundo (cfr. Camino, nn. 279, 280, 282, 283, 286, 291, 297, 320). Y en este afán nos sorprende, en medio de la calle, en una circunstancia cualquiera, que Dios nos enllena del misterio que nos reveló por su Apóstol: que el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom 8, 16): «Padre, (…) pensaba en lo que usted me dijo… ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, “engallado” el cuerpo y soberbio por dentro… ¡hijo de Dios! (…)» (n. 274).

Correspondencia filial a la gracia y lucha interior

Necesitamos corresponder al Amor de Dios. Es preciso que nos esforcemos resolviéndonos a hacer propósitos (cfr. Camino, nn. 247, 249, 251), a perseverar (cfr. n. 285). Pero somos débiles. Nuestra naturaleza es frágil y está dañada. Necesitamos luchar (cfr. nn. 255, 306, 308, 318, 720). Pero luchemos con confianza de abandono en Dios, con tácticas y estrategias de pequeños que quieren cumplir la voluntad de su Padre.

Con confianza de abandono. Voluntariedad actual que deja en manos de Dios los agobios, las preocupaciones del ayer y del mañana, de otras luchas que pueden sobrevenir: «Pórtate bien “ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti» (Camino, n. 253): «Pregúntate muchas veces al día: ¿hago en este momento lo que debo hacer?» (n. 772): «(…) en cada instante de cada día trataré de cumplir con generosidad la Voluntad de Dios» (n. 776). Confianza de quien hasta la turbación de su miseria la fía a Dios: «No te turbes si al considerar las maravillas del mundo sobrenatural sientes la otra voz —íntima, insinuante— del hombre viejo. Es el “cuerpo de muerte” que dama por sus fueros perdidos… Te basta la gracia: sé fiel y vencerás» (n. 707).

Con tácticas y estrategias de pequeños que conocen su pequeñez y que luchan lo grande en lo pequeño: «(…) Con generosidad y como un niño, dile: ¿qué me irás a dar cuando me exiges “eso”?» (n. 153); «¡Cuántas veces te propones servir a Dios en algo… y te has de conformar, tan miserable eres, con ofrecerle la rabietilla, el sentimiento de no haber sabido cumplir aquel propósito tan fácil!» (n. 176); «Rectificar. —Cada día un poco. —Esta es tu labor constante si de veras quieres hacerte santo» (n. 290). Ofrecer lo poco que eres o tienes: «(…) Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des» (n. 829); y mantener una lucha en las «cosas pequeñas» (cfr. Camino, nn. 822, 823, 825-828).

Y la confianza filial en la Madre de Dios y nuestra: «Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (n. 513).

Tentaciones

Las concupiscencias de pecado y los enemigos del alma anieblan nuestro mundo interior, entenebrecen nuestro mundo circundante, se insinúan en el seno de nuestra miseria frágil para el mal, malversan nuestros deseos, nuestras inclinaciones.

Para vencerlas hemos de poner en juego la esperanza del cielo (cfr. n. 139) y el temor filial mediante la conciencia viva de las postrimerías de muerte, juicio e infierno (cfr. nn. 141, 734-753), la sinceridad y la confianza en la dirección espiritual (cfr. nn. 64, 715), la evitación de las ocasiones (cfr. n. 714), el examen de conciencia, etc.

Pero hay que enfrentarlas con la confianza del que se sabe pequeño y lucha en lo pequeño para vencer en lo capital: mediante la fidelidad en lo poco que asegura la fidelidad en lo mucho (cfr. n. 243), mediante la «táctica militar» de mantener al enemigo en la lucha en lo pequeño y lejos de los «muros capitales» del alma (cfr. n. 307).

Y definitivamente mediante el acogerse confiado al amparo maternal de la Virgen y a la protección fraternal del Custodio: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (n. 516); «Ama a la Señora. Y Ella te obtendrá gracia abundante para vencer en esta lucha cotidiana. —Y no servirán de nada al maldito esas cosas perversas, que suben y suben, hirviendo dentro de ti, hasta querer anegar con su podredumbre bienoliente los grandes ideales, los mandatos sublimes que Cristo mismo ha puesto en tu corazón. (…)» (n. 493). «Acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones» (n. 567, y cfr. n. 566).

Caídas, pecados y arrepentimiento

Pese a nuestra resolución y a nuestra lucha interior, nuestra naturaleza de miseria, dañada y débil, sucumbe a veces a las seducciones de la concupiscencia y a los embates de los enemigos del alma. Es la caída, el pecado.

El pecado nos destruye existencialmente: somos privados de la gracia sobrenatural y nos rehundimos en el estragamiento de nuestra naturaleza. Pero anhelamos al Dios que hemos rehuido y sentimos la angustiada necesidad de salvarnos de nuestro estado de existencia enmalecido, herido, caído.

Nos convertimos de nuevo a Dios por el arrepentimiento. El arrepentimiento, al iluminar nuestra conciencia de pecado, nos hace patente a la vez, por una parte, la nada de nuestro ser caído, nuestra impotencia para recobrar la existencia en plenitud que crea en nosotros la gracia, y por otra parte nos hace sentirnos invadidos por el Amor Misericordioso, por el perdón de nuestro Padre-Dios, que se nos ofrece acogedor y nos salva de la más que anonadación que hace el pecado mediante la más que Omnipotencia que es el poder de la Misericordia divina.

Las palabras de Camino se adentran en nosotros como locuciones de nuestro Padre-Dios que nos solicita y mueve al arrepentimiento y que, por ello, nos penetran de la conciencia de nuestra debilidad y de nuestra nada a una con la evidencia del Amor Misericordioso que nos salva, nos sana y nos fortalece. Nos llevan así, cuando pecadores arrepentidos, a vivir el abandono al Amor Misericordioso, a la confianza filial en nuestro Padre-Dios redentor y salvador y a la conciencia humillada, pero esperanzada y alegre, de nuestra nada.

Abandono al Amor Misericordioso que nos acoge. «Otra caída… y ¡qué caída!… ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un “miserere” y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo» (Camino, n. 711). «¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!» (n. 309). «Dolor de Amor. —Porque Él es bueno. Porque es tu Amigo, que dio por ti su Vida. —Porque todo lo bueno que tienes es suyo. —Porque le has ofendido tanto… Porque te ha perdonado… ¡El!… ¡ ¡ a ti!! —Llora, hijo mío, de dolor de Amor» (n. 436). «Nunca te desesperes. Muerto y corrompido estaba Lázaro: “Jam foetet, quatriduanus est enim” —hiede, porque hace cuatro días que está enterrado, dice Marta a Jesús. Si oyes la inspiración de Dios y la sigues —”Lazare, veni foras!” —Lázaro, sal afuera!—, volverás a la Vida» (n. 719).

Nuestro Padre-Dios nos quiere niños confiados y sencillos en el arrepentimiento. «(…) ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! —Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo… —Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende…, a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien! Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor (…)» (n. 267). «Que tus faltas e imperfecciones, y aun tus caídas graves, no te aparten de Dios. —El niño débil, si es discreto, procura estar cerca de su padre» (n. 880). ‘

Y nuestra confianza filial, de hijos pecadores, cobra aún en más, si cabe, acentos de ternura con nuestra Madre Santa María: «Confía. —Vuelve. —Invoca a la Señora y serás fiel» (n. 514), porque «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495).

El abandono y la confianza filial en Dios iluminan la conciencia de nuestra nada y ahondan nuestra humillación, y nos llevan a sabernos incapaces, por nosotros, de lograr la vida de la gracia, pero confiadamente capaces de conquistarla hasta la santidad si correspondemos al Padre-Dios Misericordioso que se nos entrega en nuestro arrepentimiento. «Padre: ¿cómo puede usted aguantar esta basura? —me dijiste—, luego de una confesión contrita. —Callé, pensando que si tu humildad te lleva a sentirte eso —basura: ¡un montón de basura!—, aún podremos hacer de toda tu miseria algo grande» (n. 605). «Te has portado bien.., aunque hayas caído así de hondo. —Te has portado bien, porque te humillaste, porque has rectificado, porque te has llenado de esperanza, y la esperanza te trajo de nuevo al Amor (…)» (n. 264). «Comulga. —No es falta de respeto. —Comulga hoy precisamente, cuando acabas de salir de aquel lazo. —¿Olvidas que dijo Jesús: no es necesario el médico a los sanos, sino a los enfermos?» (n. 536). «Es verdad que fue pecador. (…), no olvides que aún puede ser un Agustín, (…)» (n. 675).

Mortificación

La experiencia de que caemos, incluso, a veces, pese a nuestra buena disposición para seguir los mandamientos de vida de nuestro Dios, nos revela, experimentalmente también, lo que por fe sabemos: que nuestra naturaleza está dañada, trabajada desde dentro por las tensiones concupiscentes, que somos «carne», esto es, en uno de los sentidos de este término en la tradición neotestamentaria, todo lo que en nosotros no es, por naturaleza o por gracia, Espíritu de Dios. Necesitamos la mortificación, la purificación activa de nuestros sentidos, imaginación, memoria, pasiones, pensamiento, voluntad. Éstos han de ser mortificados en su dinamismo estragado concupiscente y liberados en su dinamismo de naturaleza sanada y sobreelevada por la gracia, a fin de que nos abramos resueltamente, mediante la correspondencia a la acción de Dios, a la vida del Amor en la santidad y en el apostolado.

Camino nos exhorta a esta mortificación, a esta valiente purificación sacrificada que nos abre al Amor de Dios y de nuestros hermanos los hombres (cfr. nn. 172-207). Nos persuade de su necesidad (cfr. nn. 175, 180, 187). Hemos de mortificar, en purificación activa, nuestro cuerpo y nuestros sentidos (cfr. nn. 181-184, 196, 681, 682, 191, 206, 78), la lengua (cfr. nn. 656, 654, 281, 131, 25), la imaginación (cfr. n. 283), el pensamiento (cfr. nn. 13, 442), etc.

Pero también en la mortificación hemos de ser varonilmente niños, mortificarnos en lo pequeño y al modo de los pequeños: «(…) Le vimos luchar, durante meses y años (…), a la hora del desayuno: hoy vencía, mañana era vencido… Apuntaba: “no tomé mantequilla…, ¡tomé mantequilla!” —Ojalá también vivamos —tú y yo— nuestra… “tragedia” de la mantequilla» (n. 205). «¡Cuánto te cuesta esa pequeña mortificación! —Luchas. —Parece como si te dijeran: ¿por qué has de ser tan fiel al plan de vida, al reloj? —Mira: ¿has visto con qué facilidad se engaña a los chiquitines? —No quieren tomar la medicina amarga, pero… ¡anda! —les dicen—, esta cucharadita, por papá; esta otra por tu abuelita… Y así, hasta que han ingerido toda la dosis. Lo mismo tú: un cuarto de hora más de cilicio por las ánimas del purgatorio; cinco minutos más por tus padres; otros cinco por tus hermanos de apostolado… Hasta que cumplas el tiempo que te señala tu horario. Hecha de este modo tu mortificación, ¡cuánto vale!» (n. 899).

Y, en todo, viviendo la mortificación con espíritu de abandono, especialmente en cuanto a dejar en manos de Dios la iniciativa de las ocasiones de mortificación en las circunstancias que Él quiera, en las situaciones mortificadoras que nos trae la vida ordinaria, en los roces y contrariedades de la convivencia con nuestros hermanos los hombres (cfr. n. 20), en la aceptación de los sacrificios que nos reclama la vida de comprensión y de caridad con todos: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior» (n. 173).

Virtudes, vicios y defectos

Conforme vamos avanzando en el arrepentimiento y en la mortificación purificadora, la gracia operante en nosotros va desplegando ante nuestros ojos las luces de un haz de virtudes cuya realización hace que todo nuestro ser viva orientado a Dios Santidad y Amor. Camino las ilumina en nuestra conciencia a la vez que conmueve nuestra voluntad con el ideal de vivirnos en y desde ellas.

Son las virtudes naturales y morales. Su multiplicidad no nos descorazona; Camino nos conduce, con luces interiores, a comprender y vivir que todas ellas, como resplandores diferentes, brotan unificadas de una sola luz, el Amor; o, como dirían los teólogos, todas las virtudes tienen un mismo motivo formal, el de vivir la Caridad, el Amor.

Camino, con palabras iluminantes y operativas, nos conmueve a ser hombres de carácter y de criterio (cfr. nn. 4, 5, 33), a vivir la reciedumbre y la valentía (cfr. nn. 17-19, 21-23, 36, 44, 48, 54, 193, 275, 509, 615), la magnanimidad (cfr. nn. 7, 39, 12, 14, 16), la serenidad (cfr. nn. 8-10), la generosidad (cfr. n. 30), la ejemplaridad (cfr. n. 11), la veracidad (cfr. n. 34), la tenacidad (cfr. n. 42), el orden (cfr. nn. 79, 80), el propio conocimiento (cfr. n. 50), la pureza (cfr. nn. 125, 133, 143, 144), el querer eficaz (cfr. nn. 316, 364), la alegría (cfr. nn. 657 y passim), el estudio y el trabajo (cfr. nn. 332, 337, 340, 341, 343, 345, 359), el aprovechamiento del tiempo (cfr. n. 355), la audacia (cfr. nn. 401, 24), la sinceridad (cfr. nn. 65 y otros), el pudor y la modestia (cfr. nn. 128, 511), etc.

La experiencia del espíritu de arrepentimiento y de mortificación va, a la vez y solidariamente, por la gracia operante en nuestra alma, haciéndonos cobrar una conciencia viva, cada vez más nítida, de nuestros vicios y defectos. Son las sombras opacas de un único foco de tiniebla: el desviarnos de nuestra conversión a Dios Santidad y Amor. Camino nos los va haciendo patentes, de una manera operativa, en contraste con las virtudes, en su carácter de raíz de nuestras caídas y fallos en la búsqueda de la santidad y en el afán de eficacia del apostolado. La falsa prudencia (cfr. n. 35), la figura falseada del «caballero cristiano» (cfr. n. 683), la falsa transigencia (cfr. nn. 393-396), la susceptibilidad (cfr. n. 43), el engolamiento (cfr. n. 47), la curiosidad y el exhibicionismo (cfr. nn. 48, 50), el mal «espíritu crítico» (cfr. nn. 52, 53) y todas las contra-virtudes de las virtudes antes descritas.

En este afán de vivir las virtudes y de evitar los vicios y defectos, Camino nos induce a realizarlo todo con la humildad y la audacia -por confianza en Dios- características del espíritu de abandono. Así, por ejemplo, respecto a la pureza: «La santa pureza la da Dios cuando se pide con humildad» (n. 118). «”Domine!” -¡Señor!-, “si vis, potes me mundare” -si quieres, puedes curarme. -¡Qué hermosa oración para que la digas muchas veces con la fe del leprosito cuando te acontezca lo que Dios y tú y yo sabemos! -No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: “volo, mundare” -quiero, ¡sé limpio!» (n. 142). Y el modo de lucha sugerido por nuestra conciencia de debilidad propia de la vida de infancia ante los peligros que pueden vencer nuestra flaqueza: «No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye!» (n. 132). Y la confianza filial en nuestra Madre: «La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza» (n. 504).

Para todas las virtudes, Camino nos anima a vivir la sencillez y el amor filial característicos de la vida de infancia y abandono: «(…) La sencillez es como la sal de la perfección (…)» (n. 305); «El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza» (n. 492); «¡Animo! Tú… puedes. —¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde…, con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz?» (n. 483).

Virtudes teologales y dones del Espíritu Santo

Latiendo en nuestra alma a través de nuestra lucha interior, de nuestras conversiones de arrepentimiento, de nuestro afán de purificación y de práctica de las virtudes naturales y morales, están las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo.

La elevación y el ahondamiento en la vida misma de Dios, mediante las virtudes teologales, y la correspondencia activa y dócil a los dones del Espíritu Santo, atraviesan, desde el comienzo hasta el final, las páginas de Camino. Así sucede con la fe, la esperanza y la caridad y con los dones de temor filial, consejo, fortaleza, ciencia, inteligencia, piedad, sabiduría o amor.

Y en todo ello, Camino nos invoca a vivir el espíritu de infancia y abandono. Pedimos el Amor a la manera de los niños: «Dios mío, te amo, pero… ¡enséñame a amar!» (n. 423). Y también a la manera de los niños vivimos la presencia en nosotros del Amor: «¿Saber que nos quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?» (n. 425). Luchamos en las cosas pequeñas: «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (n. 813); «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (n. 814 y cfr. nn. 815, 817, 819). Con espíritu de humildad: «Pide humildemente al Señor que te aumente la fe (…)» (n. 580). Conespíritu de docilidad: «(…) El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (n. 57). Con espíritu de temor filial: «”Timor Domini Sanctus”. —Santo es el temor de Dios. —Temor que es veneración del hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano» (n. 435).

Desánimos, consuelos y correspondencia a la gracia

Pero somos frágiles. Nuestra naturaleza débil desfallece a veces en nuestra lucha de Amor. Camino nos ilumina las causas y orígenes de estos desalientos; son a veces las añagazas desanimadoras del demonio (cfr. n. 6), o el no haber correspondido nosotros poniendo los medios que Dios nos ofrece (cfr. n. 324). Nos anima a confiar en la fuerza de sostén y ayuda que es vivir la comunión de los santos (cfr. nn. 545-547, 549).

Pero ante todo nos conmueve a ver nuestros desfallecimientos conforme los ve y comprende el Corazón de Dios y a vencerlos mediante el abandono y la confianza filial, en especial con la Virgen: «Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma» (n. 498). «¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: “consolatrix afflictorum, auxilium christianorum…, Spes nostra, Regina apostolorum” ?» (n. 515).

Abandonándonos a Dios con espíritu de Amor y de abnegación, seremos animosos siempre: «”Se me ha pasado el entusiasmo”, me has escrito. —Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor: con conciencia del deber, que es abnegación» (n. 994). La humildad de abandono nos llevará a comprender esto: «Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar… y recomenzar» (n. 292).

Nuestro Padre-Dios nos ayuda con consuelos, con luces; pero, conforme al espíritu de abandono y de infancia, a la vez que apoya nuestra debilidad estimula nuestra correspondencia a la gracia. «Ya que el Señor me ayuda con su acostumbrada generosidad, procuraré corresponder con un “afinamiento” de mis modos (…)» (n. 313). «¡Luces nuevas! —¡Qué alegría tienes porque el Señor te hizo descubrir otro Mediterráneo! —Aprovecha esos instantes: es la hora de romper a cantar un himno de acción de gracias: y es también la hora de desempolvar rincones de tu alma, de dejar alguna rutina, de obrar más sobrenaturalmente, (…)» (n. 298).

Camino nos eleva, suavemente, a vivir abandonados a Dios, a darle gracias por lo que nos da y por lo que permite que suframos, a saber —sabrosamente, por gozosa aceptación— que nuestro Padre-Dios todo lo dispone para nuestro bien: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes (…) Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (n. 268). «Vamos: Después de tanto “¡Cruz, Señor, Cruz!”, se ve que querías una cruz a tu gusto» (n. 989). «Tienes una pobre idea de tu camino, cuando, al sentirte frío, crees que lo has perdido: es la hora de la prueba; por eso te han quitado los consuelos sensibles» (n. 996).

Los respetos humanos y la pereza espiritual

El mundo enemigo del alma nos acosa desde fuera para apartarnos de nuestra conversión a Dios. La «carne», como conjunto activo de malas concupiscencias, nos acosa desde dentro para que dejemos de corresponder a las mociones del Amor.

El mundo, como enemigo del alma, se emplea en envolvemos en su insidiosa trama de «respetos humanos»; el mundo-enemigo llama al bien, mal, y al mal, bien; mediante los «respetos humanos» trata de apartarnos del bien como si fuera mal y de inducirnos al mal como si fuera bien, o, al menos, de paralizarnos en nuestra correspondencia al Amor.

Camino nos enseña, con palabra operativa, a tomar conciencia de ello y a vencer los respetos humanos mediante la humillación y el no hacerles caso (cfr. nn. 45, 51, 197, 725); pero sobre todo a vencer al mundo y sus «respetos humanos» mediante la «santa desvergüenza» característica de la vida de infancia espiritual (cfr. n. 389). «¿Si tienes la santa desvergüenza, qué te importa del “qué habrán dicho” o del “qué dirán” ?» (n. 391). «Convéncete de que el ridículo no existe para quien hace lo mejor» (n. 392). «Ríete del ridículo. —Desprecia el qué dirán. Ve y siente a Dios en ti mismo y en lo que te rodea. —Así acabarás por conseguir la santa desvergüenza que precisas, ¡oh paradoja!, para vivir con delicadeza de caballero cristiano» (n. 390).

Camino nos alerta para salvarnos de la pereza espiritual, en la que a veces recae la debilidad de nuestra carne; nos anima a evitar la disipación (cfr. nn. 146, 375), el abotargamiento (cfr. n. 348), la desidia, la dejadez (cfr. n. 348), la despreocupación por los pecados veniales (cfr. nn. 327, 328, 330) y diversas causas y manifestaciones de la pereza espiritual y la tibieza (cfr. nn. 356-358, 368, 325, 331).

Oración y vida interior

La vida interior espiritual ha ido creciendo y fortaleciéndose en nosotros, impregnando las acciones exteriores e internas, activando las actitudes operativas y contemplativas. Camino nos lleva a la práctica de los diversos medios y de los distintos ejercicios y actos, a la participación en los sacramentos y en el sacrificio eucarístico: la dirección espiritual (cfr. nn. 56, 60, 62, 63), el «plan de vida» (cfr. nn. 76, 77), la lectura espiritual (cfr. nn. 116, 117), el examen de conciencia (cfr. nn. 235, 236, 238-240), la Santa Misa (cfr. n. 530), etc.

Todo es vida de oración. Camino nos introduce y nos guía en la vida de oración contemplativa en medio y dentro de las circunstancias de la vida ordinaria. Nos son necesarios tiempos de oración, es decir, ratos de la duración que en cada caso y para las determinadas circunstancias sea aconsejable, en los que el trato amoroso con Dios se adense, liberado de dispersiones externas e internas, se intime, desembarazado del acuciamiento de las ocupaciones y preocupaciones, se trascienda, desvinculado de todo lo que no sea amor puro o no sea evocado por este amor y penetrado y sobrenaturalizado por él.

Camino es maestro activo de la oración: nos enseña; nos conduce, nos guía, nos eleva.

Nos persuade de la necesidad de la oración (cfr. nn. 83, 87). Nos lleva por caminos de sencillez en la oración: «¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla» (n. 90); «Me has escrito: “orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué?” —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimiento de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: “¡tratarse!”» (n. 91).

Hemos de orar con sencillez, confianza y ternura de niños: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre —Jesús— y a decirle que le quieres» (n. 303).

Nos induce operativamente a vivir en la oración el espíritu de confianza y abandono: «(…) ¿cómo no frecuentas cada día con mayor intensidad la compañía, la conversación con el Gran Amigo, que nunca traiciona?» (n. 88). «Habla Jesús: “Así os digo yo: pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”. Haz oración (…)» (n. 96). «(…) Di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada. —Y tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano» (n. 554). «No sabes qué decir al Señor en la oración. No te acuerdas de nada, y, sin embargo, querrías consultarle muchas cosas. —Mira: toma algunas notas durante el día de las cuestiones que desees considerar en la presencia de Dios. Y ve con esa nota luego a orar» (n. 97).

Tratemos siempre a nuestro Padre-Dios en la oración con la sencillez, espontaneidad, humildad y correspondencia propias de la vida de infancia espiritual, porque «(…) Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos» (n. 115). Así, las distracciones no son obstáculo sino que se convierten en motivos de presencia de Dios: «Te distraes en la oración. —Procura evitar las distracciones, pero no te preocupes si, a pesar de todo, sigues distraído. ¿No ves cómo en la vida natural, hasta los niños más discretos se entretienen y divierten con lo que les rodea, sin atender muchas veces los razonamientos de su padre? —Esto no implica falta de amor, ni de respeto: es la miseria y pequeñez propias del hijo. —Pues, mira: tú eres un niño delante de Dios» (n. 890). Por eso «cuando hagas oración haz circular las ideas inoportunas, como si fueras un guardia del tráfico: para eso tienes la voluntad enérgica que te corresponde por tu vida de niño. —Detén, a veces, aquel pensamiento para encomendar a los protagonistas del recuerdo inoportuno. ¡Hala!, adelante… Así, hasta que dé la hora. —Cuando tu oración por este estilo te parezca inútil, alégrate y cree que has sabido agradar a Jesús» (n. 891). «Perseverar. —Un niño que llama a una puerta, llama una y dos veces, y muchas veces…, y fuerte y largamente, ¡con desvergüenza! Y quien sale a abrir ofendido, se desarma ante la sencillez de la criaturita inoportuna… —Así tú con Dios» (n. 893).

Apostolado

Vida interior y apostolado son dos dimensiones de la misma vida de Amor. Una vida espiritual interior sin apostolado no sería una vida de Amor de Dios: aniquilaría el mismo espíritu de fecundidad del Amor que la constituye. Una vida de apostolado sin vida interior no sería una vida de amor de Dios: sólo tendría la cáscara exterior de su apariencia, pero carecería del germen vivo de la fecundidad de almas.

Camino nos invoca unas veces al apostolado al removernos para realizar las virtudes, evitar los vicios, vivir la oración: nos presenta entonces el apostolado, es decir, la dimensión corredentora del Amor de Dios en nosotros, como, por decirlo así, motivo formal de la lucha ascética y de la vida contemplativa. En otros muchos de sus puntos, nos invoca a la realización de la vida interior ascética y contemplativa al removernos para hacer realidad la vida apostólica: nos presenta entonces la vida ascética y contemplativa, es decir, la dimensión santificadora del Amor de Dios en nosotros, como motivo formal del apostolado. Sucede así porque la vida concreta, o por decirlo con pleonasmo expresivo, la vida viva, sobre la que inciden las locuciones y mensajes de Camino es, solidaria y unitariamente, vida espiritual y vida apostólica en todas las situaciones y circunstancias (cfr. nn. 922 y pass im).

El mismo despertar a la vida interior es un despertar del afán apostólico (cfr. n. 1), del anhelo de ser testimonio de Cristo (cfr. n. 2), de arrastrar a los demás (cfr. n. 19), de salvar almas (cfr. n. 32). Para ser apóstoles hemos de combatir en la lucha ascética y vivir vida contemplativa: tratar a Jesús en la oración y en la comunión para darlo a conocer (cfr. n. 105), vivir la santa pureza (cfr. n. 129), realizar bien el trabajo para ser «pescadores de hombres» (cfr. nn. 372 y 338, 346, 347, 371), evitar la ociosidad (cfr. nn. 358, 373), cumplir la voluntad de Dios y ser ejemplo (cfr. nn. 755, 275), etc. La vida interior nos reclama al apostolado y lo hace fecundo y eficaz: la «fe viva y operativa» vence los obstáculos en el apostolado (cfr. n. 317), el Amor nos impulsa a arrastrar a los demás tras el Amor (cfr. n. 790), ser santos nos hará aptos y eficaces para santificar el mundo (cfr. n. 301), corresponder a Dios para lograr la santificación de los demás (cfr. n. 833), la vida de unión con Cristo crucificado nos hará apóstoles (cfr. n. 929), vivir la filiación divina está en la entraña de la llamada a ser apóstoles (cfr. n. 919), etc.

El apostolado a cuya vida Dios nos llama ha de estar penetrado del abandono a la voluntad de Dios, especialmente en una de sus manifestaciones más exigentes y elevadoras: la de aceptar, asumir las circunstancias concretas en que Dios quiere que seamos sus apóstoles. Por eso «persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (n. 832 y cfr. nn. 835, 973, 837, 842, 846, etc.). Confianza y abandono en la asistencia de Dios: «(…) no me digas que no sabes qué decir. —Porque —te diré con el salmo— “Dominus dabit verbum evangelizantibus virtute multa” —el Señor pone en boca de sus apóstoles palabras llenas de eficacia» (n. 972). Abandono también en el modo de eficacia de nuestro apostolado: «(…) Siembra a voleo, alma de apóstol. —El viento de la gracia arrastrará tu semilla si el surco donde cayó no es digno… Siembra, y está cierto de que la simiente arraigará y dará su fruto» (n. 794). «”Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?” —¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida» (n. 917).

Vivida así, con espíritu de abandono, nuestra vida de apostolado se ensanchará en horizontes de grande y segura esperanza: «Eres, entre los tuyos —alma de apóstol—, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo… y éste, otro… y otro, y otro… Cada vez más ancho. ¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?» (n. 831).

Llevados de la mano de nuestro Padre-Dios

Casi sin darnos cuenta, nuestro Padre-Dios nos ha ido adentrando, desde el comienzo mismo de nuestro despertar al deseo de una vida de santidad y de apostolado, por los caminos del espíritu de abandono y de vida de infancia espiritual.

Camino nos hace tomar conciencia de ello. Pero a la vez nos persuade a abandonarnos a la acción del Espíritu Santo, pues nuestro Padre-Dios va a proseguir su obra en nosotros prolongando, ensanchando y ahondando los surcos de gracia abiertos en nuestra alma. «Procura conocer la “vía de infancia espiritual”, sin “forzarte” a seguir ese camino. —Deja obrar al Espíritu Santo» (n. 852).

Es un camino de reciedumbre y de ternura: «Camino de infancia. —Abandono. —Niñez espiritual. —Todo esto no es una bobería, sino una fuerte y sólida vida cristiana» (n. 853).

Lo necesitaremos para las nuevas reclamaciones de Amor que Dios quiere plantearnos: para vencer en las pruebas, en las purificaciones; para elevarnos más a la intimidad de su Corazón; para responder con generosidad a los sacrificios del apostolado. Para todo ello —nos dice Camino evocando las palabras evangélicas de Jesús (cfr. Mt 18, 3)— «no olvides que el Señor tiene predilección por los niños y por los que se hacen como niños» (n. 872).

3. GENEROSIDAD CON DIOS

El Amor de Dios crea en nosotros el Amor. La gracia, a la par que sana y fortalece nuestra naturaleza, desde la raíz de la Caridad se despliega en nosotros en el conjunto de virtudes morales y teologales y en los dones del Espíritu Santo. Nos sentimos seguros de nosotros por seguros de Dios en nosotros y con nosotros. Se hace vigoroso y ardiente el anhelo de amar a Dios y de servirle, de vivir con Dios y de obrar sus obras, de buscar la gloria de Dios y el bien de las almas. Una determinación grande nos impulsa a la santidad y al apostolado.

Es el amor de generosidad. El amor de deseo subsiste en nosotros, con todas sus luchas y afanes de vida interior. Pero es asumido en la modalidad del amor de generosidad que lo eleva. Poseemos a Dios en la intimidad de la vida de gracia, participación de la misma divina, y queremos hacerla más profunda y plena: darle a Dios todo lo que tenemos y somos, llevar a Dios a todos los hombres, amar a Dios con todas nuestras fuerzas.

La purificación interior

Pero lo que nosotros no sabemos, Dios lo sabe bien. Nos enllena la alegría de haber seguido la exhortación de Apóstol: Despojaos del hombre viejo… Vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas (Eph 4, 22, 24). Pero Dios, Padre amoroso, conoce cuánto hay todavía en nosotros del «hombre viejo». A nuestra activa disposición de buena voluntad nuestro Padre-Dios responde queriendo o permitiendo situaciones internas y exteriores que nos lleven, mediante la correspondencia a la gracia y a las mociones del Espíritu, a eliminar en nosotros el propio amor, que vicia solapadamente nuestros afanes de amar y servir a Dios, y a profundizar en la humildad que, por la conciencia de nuestra nada, nos dejará abiertos a la plena acción divina en nosotros.

Nos sobreviene la aridez, en especial en la oración. Camino nos exhorta a corresponder a Dios generosamente, pese a las arideces (cfr. n. 99), sin buscar consuelos (cfr. n. 100), perseverando aunque nos invada el desaliento de la inutilidad de nuestra oración (cfr. n. 101), y estando ciertos de que, en la aridez y sequedad, en la privación de consuelos, avanzaremos en el despojarnos de nosotros mismos y en él abandonarnos a sólo Dios en la cruz: «Te apuras y entristeces porque tus Comuniones son frías, llenas de aridez. —Cuando vas al Sacramento, dime: ¿te buscas a ti o buscas a Jesús? —Si te buscas a ti, motivo tienes de entristecerte… Pero si —como debes— buscas a Cristo, ¿quieres señal más segura que la Cruz para saber que le has encontrado?» (n. 710).

Hemos de esforzarnos en vivir el desprendimiento de todo consuelo y el desasimiento de todo lo que no sea Dios. Los consuelos mundanos nos celan a Dios (cfr. n. 148), nos traban en nuestro afán de alcanzarle (cfr. nn. 149, 150). Dios quiere de nosotros un desasimiento total, por el que tendremos a Dios en Él mismo y por Él mismo; hemos de conseguirlo por el abandono en la Cruz: «Desasimiento. —¡Cómo cuesta!… ¡Quién me diera no tener más atadura que tres clavos ni más sensación en mi carne que la Cruz!» (n. 151). «¿No presientes que te aguarda más paz y más unión cuando hayas correspondido a esa gracia extraordinaria que te exige un total desasimiento? —Lucha por Él, por darle gusto: pero fortalece tu esperanza» (n. 152). Es preciso buscar a Dios mismo, despegados de las criaturas (cfr. nn. 157, 159-161, 164, 167, 171).

Camino nos enseña cuáles son las raíces del desabrimiento y la tristeza (cfr. nn. 300, 666) y cómo superarlos por la oración confiada (cfr. n. 663).

Dios permite que las circunstancias externas sean a veces para nosotros duras y dolorosas; hemos de aceptarlas como purificadoras de nuestra vida de Amor y como ocasiones que nos llevan a confiar y a abandonarnos en Dios: las persecuciones (cfr. n. 685), las situaciones de desaires que nos hieren (cfr. n. 689), llevando «con alegría y silencio la injusticia» (n. 672). Otras veces es Dios mismo el que toma la iniciativa con dolores y pruebas purificadoras para que los frutos de nuestro Amor sean más abundantes (cfr. n. 701).

Dios nos desarraiga de los consuelos humanos. Nos quiere llevar al completo abandono en Él: «La prueba esta vez es larga.

— Quizá —y sin quizá— no la llevaste bien hasta aquí… porque aún buscabas consuelos humanos. —Y tu Padre-Dios los arrancó de cuajo para que no tengas más asidero que Él» (n. 722). Camino nos conmueve a comprender que es Dios, porque nos quiere plenamente abandonados a El, quien nos deja sentirnos en desamparo: «Al perder aquellos consuelos humanos te has quedado con una sensación de soledad, como pendiente de un hilillo sobre el vacío de negro abismo. —Y tu clamor, tus gritos de auxilio, parece que no los escucha nadie. Bien merecido tienes ese desamparo. —Sé humilde, no te busques a ti, ni busques tu comodidad: ama la Cruz —soportarla es poco— y el Señor oirá tu oración. Y se encalmarán tus sentidos. —Y tu corazón volverá a cerrarse.

— Y tendrás paz» (n. 726).

Las contradicciones externas, las contradicciones internas, los fracasos… todo es ocasión para purificarnos. Con la sencillez de la vida de infancia nos despojamos de todo y, con la fortaleza y la ternura de la correspondencia a su Voluntad, todo se lo ofrecemos a Dios: «(…) No encuentras campo: egoísmos, curiosidades, incomprensiones y susurración. —Bueno; ¿y qué? ¿Olvidas tu voluntad libérrima y tu poder de “niño”? (…) —Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes, y más sabrosos» (n. 697). «No te apures, si te enfadas, cuando haces esas pequeñas cosas que Él te pide. —Ya llegarás a sonreír…

— ¿No ves con qué mala gana da el niño sencillo a su padre, que le prueba, la golosina que tenía en sus manos? —Pero, se la da: ha vencido el amor» (n. 881).

Junto con las purificaciones pasivas, hemos de perseverar en la mortificación, en la purificación activa, especialmente en aquellas mortificaciones que nos despojan de nosotros mismos: rendir el juicio (cfr. n. 177), la penitencia (cfr. nn. 212, 232), guardar el corazón (cfr. n. 188), mortificar el cuerpo (cfr. n. 227), el ayuno (cfr. n. 231), evitar la palabra ociosa (cfr. n. 447), etc.

Camino nos hace amar el dolor; con él Dios purifica nuestro propio ser, nos hace ver la inanidad de los bienes y consuelos humanos (cfr. nn. 169, 203, 208, 209, 217); nos mueve a bendecirlo como purificación y merecimiento (cfr. n. 219); y, en definitiva, nos hace comprender su más profundo sentido, el de su vinculación a la caridad: «No olvides que el Dolor es la piedra de toque del Amor» (n. 439).

Tentaciones, pecados y tibieza

Dios permite que sigamos teniendo tentaciones, más sutiles a veces, más broncas otras. En los planes de Dios para nuestra santificación las tentaciones y aun las caídas, cuando éstas acontecen, se nos revelan con profundidades de sentido nuevas: Dios nos pide una correspondencia resuelta y heroica a su gracia, nos lleva a comprender nuestra propia inanidad y la gloria de Misericordia de nuestro Padre-Dios: Porque agradabas a Dios, fue necesario que la tentación te probase (Tob 12, 13); Fiel es Dios… Con la tentación os dará el poderla resistir con éxito (1 Cor 10, 13); porque cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 10); El Señor da fuerza y vigor a los que no son nada… Los que confían en Él renuevan las fuerzas, echan alas como de águila (Is 40, 29, 31).

Camino trae a nosotros esas luces nuevas a la hora de las tentaciones. Nos enseña a discernirlas en sus diversas maneras de insinuarse (cfr. nn. 134, 237), a luchar denodadamente y con humildad contra ellas (cfr. nn. 138, 166, 170), a mirarlas cara a cara en sus consecuencias (cfr. n. 137), etc.

¿Qué hacer? Camino nos lleva a vencer por las vías del amor y del abandono: «En carne viva. —Así te encuentras. Todo te hace sufrir en las potencias y en los sentidos. Y todo te es tentación… Sé humilde —insisto–: verás qué pronto te sacan de ese estado: y el dolor se trocará en gozo: y la tentación en segura firmeza. Pero, mientras, aviva tu fe; llénate de esperanza; y haz continuos actos de Amor, aunque pienses que son sólo de boca» (n. 727). «Confía siempre en tu Dios. —El no pierde batallas» (n. 733). Viviendo la lucha dolorosa en la paz del abandono en la Cruz: «(…) —¡Pobre corazón, que es el que te escandaliza! Apriétalo, estrújalo, entre tus manos: no le des consuelos. —Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: “Corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!”» (n. 163).

Camino nos eleva a la vida de infancia espiritual, en la que, junto con la conciencia clara de nuestra incapacidad para vencer, nos lleva a la confianza absoluta en la eficacia del Amor salvador de nuestro Padre-Dios: «No quieras ser mayor. —Niño, niño siempre, aunque te mueras de viejo. Cuando un niño tropieza y cae, a nadie choca…: su padre se apresura a levantarle. —Cuando el que tropieza y cae es mayor, el primer movimiento es de risa. —A veces, pasado ese primer ímpetu, lo ridículo da lugar a la piedad. —Pero los mayores se han de levantar solos. Tu triste experiencia cotidiana está llena de tropiezos y caídas. ¿Qué sería de ti si no fueras cada vez más niño? No quieras ser mayor. —Niño, y que, cuando tropieces, te levante la mano de tu Padre-Dios» (n. 870).

Si luchamos de esa manera y con ese espíritu, evitaremos caer en la tibieza, ese mal que actúa corroyendo desde adentro el amor de generosidad. Porque seremos más sobrenaturalmente sensitivos para comprender la maldad de los pecados veniales (cfr. n. 329), el daño de perversión que la tibieza causa en un «hombre de Dios» (cfr. n. 414), el daño destructor de la piedad que hace la «rutina» (cfr. n. 551), etc. Evitaremos los vicios que retoñan de la vanidad espiritual y de la soberbia: la murmuración (cfr. nn. 444, 445, 449, 453, 455), los juicios duros sobre los demás (cfr. nn. 446, 448, 450, 451, 454, 456), etc.

Desalientos

En la lucha generosa nos invade a veces el desaliento, más seco cuanto más abunda Dios en su afán de gracia de despojarnos de nosotros mismos y de que nos abandonemos en Él.

Camino nos trae las locuciones divinas que nos animan a no desfallecer. Aunque el motivo del desaliento sea no ver en sí mismo frutos de santidad (cfr. n. 534). Otras veces nos lleva a la humildad de comprender que el origen es sólo el cansancio del cuerpo, y que, por ello, necesitamos descansar (cfr. n. 706).

Siempre y en todo, para salir de nuestro desfallecimiento interior, vivir la confianza y el abandono filial: «Si se tambalea tu edificio espiritual, si todo te parece estar en el aire…, apóyate en la confianza filial en Jesús y en María, piedra firme y segura sobre la que debiste edificar desde el principio» (n. 721).

No descorazonarse. El espíritu de infancia espiritual nos hará patente nuestra debilidad y nuestra nada junto con la ternura de Misericordia de nuestro Padre-Dios, y nos llevará a comprender que precisamente por nuestras miserias nos llama Él a acogernos a la ayuda de su Corazón: «Estás lleno de miserias. —Cada día las ves más claras. —Pero no te asusten. —El sabe bien que no puedes dar más fruto. Tus caídas involuntarias —caídas de niño—hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo» (n. 884).

Humildad: conciencia de nuestra miseria

Nuestro Padre-Dios nos adentra en una conciencia viva de nuestra nada y de nuestra miseria. Es necesario que nos abandonemos, en el desprendimiento del propio yo, del propio amor, de todo lo que nos estorba para abandonarnos a Dios en correspondencia amorosa a fin de que El sea todo en nosotros.

Con su gracia amante nos lleva hasta el aborrecimiento de nosotros mismos: «Agradece, como un favor muy especial, ese santo aborrecimiento que sientes de ti mismo» (n. 207). Camino nos exhorta a eliminar las raíces de soberbia que aún vician hasta muchos de nuestros actos generosos de mortificación y penitencia (cfr. n. 200), que causan tristeza de propio amor (cfr. n. 260), que nos privan de las gracias divinas que nos ayudan a no caer (cfr.

n. 611). Nos enseña los signos de la auténtica humildad (cfr. nn. 594, 446, 590, 594). Nos hace tomar conciencia de nuestra nada (cfr. n. 613).

Camino nos conmueve a vivir, a la vez, el sentimiento de nuestra real incapacidad en el orden de las obras de la gracia y la evidencia íntima de que todos nuestros actos y frutos de gracia provienen de la acción de Dios en nosotros: «No olvides que eres… el depósito de la basura. —Por eso, si acaso el Jardinero divino echa mano de ti, y te friega y te limpia… y te llena de magníficas flores…, ni el aroma ni el color, que embellecen tu fealdad, han de ponerte orgulloso. —Humíllate: ¿no sabes que eres el cacharro de los desperdicios?» (n. 592).

La humildad nos traerá la paz interior (cfr. n. 607) y nos llevará al abandono de nuestra impotencia en Dios y a la unión confiada con Jesús: «”Sine me nihil potestis facere!” Luz nueva, mejor, resplandores nuevos, para mis ojos, de esa Luz Eterna, que es el Santo Evangelio. —¿Pueden extrañarme “mis”… tonterías? —Meta yo a Jesús en todas mis cosas. Y, entonces, no habrá tonterías en mi conducta: y, si he de hablar con propiedad, no diré más mis cosas, sino “nuestras cosas”» (n. 416).

Abandono a la divina Voluntad

Nuestro Padre-Dios nos lleva así a un total abandono a su divina Voluntad.

Camino fortalece con sus palabras nuestro afán de querer y de cumplir la Voluntad de Dios: el afán de servirle, «serviam!» (cfr. n. 413), de querer la Voluntad de Dios eficazmente, más allá de la mera resignación y conformidad (cfr. n. 757). Por el cumplimiento de la Voluntad de Dios es como entraremos en el Reino de los Cielos, como alcanzaremos la santidad (cfr. n. 754).

Camino nos mueve a vivir el abandono en la Voluntad de Dios con todos los acentos de la exhortación y de la ternura, mostrándonos todos los frutos de santidad y de eficacia que ese abandono nos trae. Cumplir la Voluntad de Jesús hasta el amor en la Cruz: «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos

títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (n. 497). Abandono en la Voluntad de Dios en todas las situaciones donde esa Voluntad se significa por querer o por permisión de Él. En el sufrimiento: «Sufres… y no querrías quejarte. —No importa que te quejes —es la reacción natural de la pobre carne nuestra—, mientras tu voluntad quiere en ti, ahora y siempre, lo que quiera Dios» (n. 718). En la muerte (cfr. n. 739). En la aceptación de las circunstancias del mundo y de la vida en que nos ha puesto la Voluntad significada de Dios (cfr. n. 926). En todos los sucesos de la vida, con la sencillez heroica del espíritu de vida de infancia: «Paradojas de un alma pequeña. —Cuando Jesús te envíe sucesos que el mundo llama buenos, llora en tu corazón, considerando la bondad de Él y la malicia tuya: cuando Jesús te envíe sucesos que la gente califica de malos, alégrate en tu corazón, porque Él te da siempre lo que conviene y entonces es la hermosa hora de querer la Cruz» (n. 873).

El abandono en la Voluntad de Dios nos trae así la alegría y la paz: «El “gaudium cum pace” —la alegría y la paz— es fruto seguro y sabroso del abandono» (n. 768, y cfr. nn. 758, 766, 767).

Oración y vida de oración

El Señor se adentra más y más en nuestro corazón. Se nos comunica más íntimamente. Nos habla en el secreto mismo de nuestra alma. De dos maneras especialmente: elevándonos a una comprensión y vida más profunda de la oración de su Cuerpo Místico, la Iglesia, y purificando nuestra comunicación con El mediante el espíritu de abandono y la sencillez sobrenatural de la vida de infancia espiritual.

Camino nos ayuda a amar la oración litúrgica (cfr. n. 86) y nos confirma en el misterio de oración y de sacrificio de la Santa Misa, vivida con sencillez y amorosidad litúrgicas (cfr. n. 543). Las locuciones de Camino nos iluminan acerca de las dificultades que nos parece encontrar en nuestra oración, y que, si mantenemos viva y ardiente nuestra voluntad de correspondencia, no son sino manifestaciones del nuevo embate purificador de Dios. Así cuando no podemos mantener la atención de nuestras potencias en la meditación: hagamos entonces pequeñas jaculatorias (cfr. n. 92); pero a veces «tu inteligencia está torpe, inactiva: haces esfuerzos inútiles para coordinar las ideas en la presencia del Señor: ¡un verdadero atontamiento! No te esfuerces, ni te preocupes. —Oyeme bien: es la hora del corazón» (n. 102). Dios nos reclama a una oración intimada y consoladora, aunque sea envuelta en sequedades: «Para el que ama a Jesús, la oración, aun la oración con sequedad, es la dulzura que pone siempre fin a las penas: se va a la oración con el ansia con que el niño va al azúcar, después de tomar la pócima amarga» (n. 889). Es la oración de la simple contemplación del corazón, peculiar de la vida de infancia espiritual: «El trabajo rinde tu cuerpo, y no puedes hacer oración. Estás siempre en la presencia de tu Padre. —Si no le hablas, mírale de cuando en cuando como un niño chiquitín… y Él te sonreirá» (n. 895). También la oración de petición es contemplativa en la vida de infancia: «¿Que en el hacimiento de gracias después de la Comunión lo primero que acude a tus labios, sin poderlo remediar, es la petición…: Jesús, dame esto: Jesús, esa alma: Jesús, aquella empresa? No te preocupes ni te violentes: ¿no ves cómo, siendo el padre bueno y el hijo niño sencillo y audaz, el pequeñín mete las manos en el bolsillo de su padre, en busca de golosinas, antes de darle el beso de bienvenida? —Entonces…» (n. 896).

Dios nos infunde el espíritu de la oración contemplativa; aun sufriendo sequedades y arideces, irrumpe en nosotros, dándonos un íntimo recogimiento, en cualquier momento, en cualquier circunstancia: «Me has dicho alguna vez que pareces un reloj descompuesto, que suena a destiempo: estás frío, seco y árido a la hora de tu oración; y, en cambio, cuando menos era de esperar, en la calle, entre los afanes de cada día, en medio del barullo y alboroto de la ciudad, o en la quietud laboriosa de tu trabajo profesional, te sorprendes orando… ¿A destiempo? Bueno; pero no desaproveches esas campanadas de tu reloj. —El espíritu sopla donde quiere» (n. 110).

El misterio y la imitación de Jesucristo

Dios infunde en nosotros luces cada vez más íntimas y profundas para contemplar el misterio de Cristo y comprender todos los misterios de la salvación y todas las cosas en el misterio de Cristo, contemplado y vivido como eterno y presente (cfr. n. 584).

En el misterio de Jesús muriendo por nosotros comprendemos el misterio de las gracias de nuestra correspondencia a Él (cfr. n. 299); en el misterio de las contradicciones que encontró en su vida en la tierra, comprendemos el sentido sobrenatural de las incomprensiones que sufrimos (cfr. n. 491); en el misterio de su pasión comprendemos el misterio de nuestros pecados (cfr. n. 296); en los inocentes y en los enfermos vemos a Cristo mismo (cfr. n. 419); en el misterio de Cristo-Dios redentor y glorificador comprendemos la inanidad de todo lo creado y de todo lo meramente humano (cfr. n. 432); en el misterio de Cristo-Dios sufriente por nuestros pecados contemplamos el misterio de la Virgen en su soledad (cfr. n. 503), en su dolor (cfr. n. 506), en su maternidad divina que nos ha hecho «hermanos de Dios» (cfr. n. 512).

Dios nos da luces nuevas para contemplar y amar el misterio del Cristo Místico, la Iglesia (cfr. nn. 517-519, 525), de la Eucaristía (cfr. nn. 533, 537, 538).

El Señor nos eleva al deseo ardiente de la imitación de Jesucristo y de la Virgen y de la vida de unión con Él: «Decía un alma de oración: en las intenciones, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo» (n. 271); «En Cristo tenemos todos los ideales: porque es Rey, es Amor, es Dios» (n. 426).

Jesús nos arrastra tras sí en la vida de abandono. En el cumplimiento abnegado de la Voluntad de Dios: «Jesús sufre por cumplir la Voluntad del Padre… Y tú, que quieres también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podrás quejarte si encuentras por compañero de camino el sufrimiento?» (n. 213). En la aceptación generosa, como Cristo, de los trabajos y tribulaciones: «Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro» (n. 699). En la indiferencia de abandono ante las reacciones que suscita nuestra vida en pos de Jesús: «Jesús: por dondequiera que has pasado no quedó un corazón indiferente. —O se te ama o se te odia. —Cuando un varón-apóstol te sigue, cumpliendo su deber, ¿podrá extrañarme —¡si es otro Cristo!— que levante parecidos murmullos de aversión o de afecto?» (n. 687).

Y, junto con la imitación de Jesucristo, la imitación de Nuestra Madre la Virgen, contemplando su vida a la luz del misterio de su Hijo. Camino nos persuade, con dulzura y fuerza, a imitar a María en su humildad (cfr. nn. 507, 499), en su reciedumbre al pie de la Cruz (cfr. n. 508), en su sacrificio y ocultamiento (cfr. n. 509), en su modestia (cfr. n. 511), en su espíritu como Maestra de oración (cfr. n. 502).

La caridad fraterna

Dios nos da luces y gracias nuevas para vivir la caridad fraterna, una de las más bellas expresiones del amor de generosidad.

Las palabras de Camino resuenan en nosotros como locuciones divinas que nos hacen contemplar operativamente el misterio de Amor que es el mandato nuevo (Ioh 13, 34) (cfr. n. 385), nuevo porque sobreeleva el amor mutuo de los hombres hermanos conforme al misterio del Amor redentor; que nos conmueven a vivirlo con la realidad de las obras de amor (cfr. n. 462); que nos ilumina el amor vivido en la ayuda mutua haciéndonosla comprender como «fina virtud de hijo de Dios» (n. 440); que nos enseñan que la fineza del amor está, más que en «dar», en «comprender» (cfr. n. 463); que nos hacen contemplar el mutuo amor entre nosotros como unión en mutua fortaleza (cfr. nn. 460, 462), la cual, en su último fondo, es la unión de vida comunicada y participada en el misterio de la Comunión de los Santos (cfr. nn. 544-550).

El apostolado: anhelo de la gloria de Dios y del bien de las almas

El apostolado es la dimensión corredentora de la Caridad o Amor de Dios. El amor de generosidad se explana en un ardiente deseo de la gloria de Dios y de la salvación de las almas. Con palabras conmovedoras y siempre operativas Camino nos eleva a un afán apostólico ardiente y puro, nos enseña las condiciones de su eficacia, nos impulsa a poner en juego las virtudes y los temples sobrenaturales que garantizan la autenticidad de nuestro celo y nos suben, con su ejercicio, a una unión más íntima con Dios.

Camino nos insiste luminosamente sobre la necesidad de la vida interior para vivir el apostolado. Una vida de apostolado volcada a las obras exteriores con descuido de la vida interior pondría en peligro nuestra propia salvación (cfr. n. 930). La vida interior, la intimidad con Jesús y la entrega a Él, nos dan la fuerza de generosidad necesaria para seguir a Jesús en el apostolado (cfr. nn. 89, 321, 477). La oración, el ser «hombre de oración», es el alma y la condición primera que da valor a nuestro apostolado (cfr. nn. 81, 82, 108, 109, 937, 946, 961). Y el amor a la Misa es característica del varón apostólico (cfr. n. 528).

En el apostolado hemos de poner en juego una serie de virtudes: una «fe viva y penetrante» (cfr. n. 489), rectitud de corazón y de buena voluntad (cfr. n. 490), optimismo sobrenatural y obediencia (cfr. n. 792). Y el buen ejemplo de una vida íntegra (cfr. nn. 411, 944).

El amor de Dios nos enciende en un ardiente afán de salvar todas las almas (cfr. nn. 764, 796, 804).

Viviremos el espíritu de abandono en los desprecios y contradicciones que se levanten contra nosotros en el apostolado (cfr. nn. 478, 660).

Camino nos enseña y exhorta a buscar solamente la gloria de Dios y a eliminar toda sombra de satisfacción en la propia gloria que puede tentarnos en el apostolado: trayendo a nuestro recuerdo lo que nos es motivo de humillación (cfr. n. 252), dando a Dios toda la gloria (cfr. nn. 788, 784). El deseo de que resplandezca en todo sólo la gloria de Dios nos hace patente nuestra propia indigencia y nada en orden a las gracias de la acción apostólica: «”Deo omnis gloria”. —Para Dios toda la gloria. —Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin Él, nada valemos: nada. Nuestra vanagloria sería eso: gloria vana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte» (n. 780). «Sin mí nada podéis hacer, ha dicho el Señor. —Y lo ha dicho, para que tú y yo no nos apuntemos éxitos que son suyos. —”Sine me, nihil!”» (n. 781).

Camino nos lleva a vivir todo este exaltado horizonte apostólico del amor de generosidad desde una espiritualidad de la filiación divina, del abandono, de la humildad, de la sencillez y del propio anonadamiento. «Te reconoces miserable. Y lo eres. —A pesar de todo —más aún: por eso— te buscó Dios. —Siempre emplea instrumentos desproporcionados: para que se vea que la “obra” es suya. —A ti sólo te pide docilidad» (n. 475). «Tú, sabio, renombrado, elocuente, poderoso: si no eres humilde, nada vales. —Corta, arranca ese “yo”, que tienes en grado superlativo —Dios te ayudará—, y entonces podrás comenzar a trabajar por Cristo, en el último lugar de su ejército de apóstoles» (n. 602).

La conciencia de nuestra nada nos hará audaces, eficaces y fecundos en nuestro apostolado: «Que eres… nadie. —Que otros han levantado y levantan ahora maravillas de organización, de prensa, de propaganda. —¿Que tienen todos los medios, mientras tú no tienes ninguno ?…(…) Ama y cree y ¡sufre!: tu Amor y tu Fe y tu Cruz son los medios infalibles para poner por obra y para eternizar las ansias de apostolado que llevas en tu corazón» (n. 474). «Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria. —Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!» (n. 473). «Bien. ¿Y qué? —No entiendo cómo te puedes retraer de esa labor de almas —si no es por oculta soberbia: te crees perfecto—, porque el fuego de Dios que te atrajo, además de la luz y del calor que te entusiasman, dé a veces el humo de la flaqueza de los instrumentos» (n. 485).

Camino nos penetra de una manera de humildad y abandono que, a la vez, está impregnada de todas las ternuras de la confianza en Dios y abierta a todas las grandes eficacias apostólicas. Es el espíritu de la vida de infancia hondamente vivido por el apóstol en sus obras y audacias de apostolado: «A veces nos sentimos inclinados a hacer pequeñas niñadas. —Son pequeñas obras de maravilla delante de Dios, y, mientras no se introduzca la rutina, serán desde luego esas obras fecundas, como fecundo es siempre el Amor» (n. 859). «Ser pequeño: las grandes audacias son siempre de los niños. —¿Quién pide… la luna? —¿Quién no repara en peligros para conseguir su deseo? “Poned” en un niño “así”, mucha gracia de Dios, el deseo de hacer su Voluntad (de Dios), mucho amor a Jesús, toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir… y tendréis retratado el carácter de los apóstoles de ahora, tal como indudablemente Dios los quiere» (n. 857).

Sencillez, fortaleza, abandono, docilidad al Espíritu Santo

El amor de generosidad cobra en nosotros luces claras. La experiencia de esa vida de amor pone al descubierto los defectos que desvirtúan y aun impiden nuestra unión con Dios y los caminos que hacen eficaz y fecunda nuestra correspondencia a la gracia. Pero es sobre todo la acción iluminante de Dios la que nos lleva a comprender y a vivir los temples y actitudes profundas que laten en el amor de generosidad bien ejercido y que son a la vez el fruto espiritual de ese Amor. Nos los hace comprender Dios para fortalecernos en los logros adquiridos y, en especial, para requerirnos a una vida de Amor más profunda.

Camino describe los rasgos latientes de esta vida de Amor y los modos de la vida del espíritu en que se expresan como frutos logrados.

Es el espíritu de abandono en los brazos de nuestro Padre-Dios que es todo en todas las cosas, que es nuestra fortaleza en nuestra debilidad: «Cuando te apuren tus miserias no quieras entristecerte. —Gloríate en tus enfermedades, como San Pablo, porque a los niños se les permite, sin temor al ridículo, imitar a los grandes» (n. 879).

Pero tenemos la experiencia, iluminada por las luces de Dios, de que el abandono confiado en Dios, fuerza nuestra, nos reclama un espíritu de correspondencia, vivido con confianza de niños, pero resuelto y firme y voluntarioso: «La infancia espiritual exige la sumisión del entendimiento, más difícil que la sumisión de la voluntad. —Para sujetar al entendimiento se precisa, además de la gracia de Dios, un continuo ejercicio de la voluntad, que niega, como niega a la carne, una y otra vez y siempre, dándose, por consecuencia, la paradoja de que quien sigue el “Caminito de infancia”, para hacerse niño, necesita robustecer y virilizar su voluntad» (n. 856). «En la vida espiritual de infancia las cosas que dicen o hacen los “niños” nunca son niñerías y puerilidades» (n. 854).

Todas las dificultades en nuestra correspondencia generosa al Amor las hemos vencido y venceremos con el espíritu de sencillez de la vida de infancia con Dios: «Niño bobo: el día que ocultes algo de tu alma al Director, has dejado de ser niño, porque habrás perdido la sencillez» (n. 862). «Sé pequeño, muy pequeño. —No tengas más que dos años de edad, tres a lo sumo. —Porque los niños mayores son unos pícaros que ya quieren engañar a sus padres con inverosímiles mentiras. Es que tienen la maldad, el “forres” del pecado, pero les falta la experiencia del mal, que les dará la ciencia de pecar, para cubrir con apariencia de verdad lo falso de sus engaños. Han perdido la sencillez, y la sencillez es indispensable para ser chicos delante de Dios» (n. 868).

Nuestro Padre-Dios nos ha elevado a un trato íntimo con Él en la confianza y el abandono. Querernos vivir esa efusión de amor confiado: «Reconozco mi torpeza, Amor mío, que es tanta…, tanta, que hasta cuando quiero acariciar hago daño. —Suaviza las maneras de mi alma: dame, quiero que me des, dentro de la recia virilidad de la vida de infancia, esa delicadeza y mimo que los niños tienen para tratar, con íntima efusión de Amor, a sus padres» (n. 883). «Jesús es tu amigo. —El Amigo. —Con corazón de carne como el tuyo. —Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… —Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (n. 422).

Camino nos impulsa a ahondar en el amor de generosidad abriéndonos a la acción amorosa, invasora de torrentes de gracia, del Espíritu Santo. Nos reclama a que nos abandonemos a esa acción con que el Espíritu obra en nosotros desde la intimidad misma de nuestra alma: «No estorbes la obra del Paráclito: únete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones…, y las espinas, y el peso de la cruz…, y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo… Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón» (n. 58). «Quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón, para que sienta y siga con facilidad los toques del Paráclito en mi alma» (n. 130).

Ahondar más y más en el amor de generosidad hasta que seamos un espíritu abierto de incondicionada docilidad al Espíritu Santo presente y actuante en nosotros: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido— que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (n. 57). «Niño, el abandono exige docilidad» (n. 871). «(…) Asentado en tu alma en gracia, el Espíritu Santo —Dios contigo— va dando tono sobrenatural a todos tus pensamientos, deseos y obras» (n. 273).

Dios quiere abismarnos en modalidades y grados más totales aún del Amor. Es preciso que, para ello, nos despojemos de todo espíritu propio y nos abandonemos plenamente, con docilidad y correspondencia de infancia espiritual, a la acción y dirección del Espíritu Santo: «Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior. Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento, nos conduzca a puerto seguro» (n. 59).

4. ENTREGA A DIOS

Dios nos llama a vivir en Él, por Él y con Él su propia intimidad divina. Nos sentimos atraídos por El para vivir en unión total con Él, en unión con Jesús crucificado. Queremos lograr un total despojo de nosotros mismos de manera que Jesús se enseñoree de nuestro espíritu (de la totalidad de nuestro ser, del yo-mismo que somos) y vivamos el apostolado como el mismo Amor redentor y salvador de Dios actuando en nosotros.

Es el amor de entrega. El amor de generosidad es asumido, con todos sus afanes, luchas y consuelos, en el amor de entrega que nos hace perdernos de nosotros mismos y recobrarnos en Dios, viviendo en El y desde El, transfigurados en El, hasta que todo nuestro vivir interior sea de Dios, divino, y todas nuestras acciones sean apostolado de Dios, divinas.

Aceptación del sufrimiento en abandono a Dios

Dios mismo, mediante la acción de su Espíritu en nosotros, es el que enciende en nuestra alma el amor de entrega. Y es Él mismo quien únicamente puede librarnos de todo cuanto estorba en nosotros la realización de ese Amor. Cuanto estorba no son sólo nuestros defectos, faltas y pecados, sino, aun en más, lo que subsiste en nosotros del propio amor, y, aun en más, de cuanto apego tengamos a los dones de Dios con estorbo del Amor a Dios mismo y a nuestros hermanos los hombres por Él.

Nuestro Padre-Dios toma plenamente la iniciativa. No basta, para purificarnos, con que nos envíe o permita que nos sobrevenga el dolor. Sino que es necesario el sufrimiento, al mismo modo que Jesús paciente y crucificado, que pasó por el sentimiento del desamparo de Dios. Dios no nos desampara, pero se oculta: es un sentimiento análogo al de la pena de daño en el purgatorio. Pero nuestro Padre-Dios, oculto a nuestros mismos sentimientos aunque viviendo en lo íntimo de nuestra alma, nos sostiene para que correspondamos en el sufrimiento de oscura fe, de áspera esperanza, de abandonado amor.

Las palabras amorosamente operativas de Camino nos animan a aceptar este sufrimiento en abandono.

Con abandono y sencillez de niños estaremos seguros de que nuestro Padre-Dios lo purifica todo en nosotros: «Cuando un alma de niño hace presentes al Señor sus deseos de indulto, debe estar segura de que verá pronto cumplidos esos deseos: Jesús arrancará del alma la cola inmunda, que arrastra por sus miserias pasadas; quitará el peso muerto, resto de todas las impurezas, que le hace pegarse al suelo; echará lejos del niño todo el lastre terreno de su corazón para que suba hasta la Majestad de Dios, a fundirse en la llamarada viva de Amor, que es Él» (n. 886).

Es la hora de la Cruz, de la Cruz desnuda: «Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú» (n. 178).

Dios no nos abandona; sólo es necesario que nos mantengamos fieles a El pase lo que pase, sintamos lo que sintamos: «Si no le dejas, Él no te dejará» (n. 730). Uniéndonos incondicionalmente a su Voluntad sobre nosotros: «Jesús, lo que tú “quieras”… yo lo amo» (n. 773); hasta el total anonadamiento en la Cruz: «Señor, si es tu Voluntad, haz de mi pobre carne un Crucifijo» (n. 775).

Nos entregamos a Jesús, nos fiamos a Jesús, no encontramos en nosotros nada que pueda hacernos merecedores ante sus ojos: «Le decías: “No te fíes de mí… Yo sí que me fío de ti, Jesús… Me abandono en tus brazos: allí dejo lo que tengo, ¡mis miserias!” (…)» (n. 113). Le abandonamos también todo lo que pueda haber de bueno en nosotros, porque no es nuestro, porque es Él mismo el que ha infundido en nosotros las virtudes de su gracia, y se las entregamos viviéndonos plenamente en Él: «Los niños no tienen nada suyo, todo es de sus padres…, y tu Padre sabe muy bien cómo gobierna el patrimonio» (n. 867).

Le amamos con fe oscura, con amor abandonado, y le clamamos por eso: «Dios mío, te amo, pero… ¡enséñame a amar!» (n. 423).

Dios nos quita toda alegría que no sea la del abandono en Él:

«La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios» (n. 659).

El sufrimiento en esta vida es signo de predilección de Dios que nos dispone para ir al cielo: «Sufres en esta vida de aquí…, que es un sueño… corto. —Alégrate: porque te quiere mucho tu Padre-Dios, y si no pones obstáculos, tras este sueño malo, te dará un buen despertar» (n. 692).

Nada hay en nosotros en lo que podamos confiar; nada somos en lo que podamos asegurarnos; Dios sólo es la roca de nuestra esperanza: «¡Oh, Dios mío, cada día estoy menos seguro de mí y más seguro de Ti!» (n. 729). Pues Él nos rige, y en el abandono en Él nada nos faltará: «Un razonamiento que lleva a la paz y que el Espíritu Santo da hecho a los que quieren la Voluntad de Dios: “Dominus regit me, et nihil mihi deerit” —el Señor me gobierna, nada me faltará. ¿Qué puede inquietar a un alma que repita de verdad esas palabras?» (n. 760).

Con fe ciega, con esperanza desnuda, con amor abandonado queremos absolutamente la Voluntad de Dios, hasta la renuncia total: «Más quiero tu Voluntad, Dios mío, que no cumpliéndola —si pudiera ser tal disparate—, la misma gloria» (n. 765).

En el fondo de nuestra fe oscura sabemos, aunque no lo sintamos, que nuestro Padre-Dios y nuestra Madre la Virgen no nos desamparan sino que nos cobijan: «No estás solo. —Lleva con alegría la tribulación. —No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti» (n. 900).

Pecados, faltas, imperfecciones

Conforme es más grande en nosotros el Amor, es también más profunda la conciencia dolorosa del pecado de aquel a quien Dios elevó a su intimidad (cfr. Camino, n. 244). Por eso nuestro

dolor ha de ser «dolor de amor» y agradecimiento por «(…) el cuidado paternal de Dios, que te quitó los obstáculos, para que no tropezases» (n. 246). Si «vivimos de Amor» venceremos siempre, aun si a veces somos vencidos (cfr. n. 433).

Y nunca debemos descorazonamos. Con espíritu de vida de infancia nos volvemos a nuestro Padre-Dios que comprende amorosamente, nos perdona y anima: «Ese descorazonamiento que te producen tus faltas de generosidad, tus caídas, tus retrocesos —quizá sólo aparentes— te da la impresión muchas veces de que has roto algo de subido valor (tu santificación). No te apures: lleva a la vida sobrenatural el modo discreto que para resolver conflicto semejante emplean los niños sencillos. Han roto —por fragilidad, casi siempre— un objeto muy estimado por su padre.

— Lo sienten, quizá lloran, pero van a consolar su pena con el dueño de la cosa inutilizada por su torpeza…, y el padre olvida el valor —aunque sea grande— del objeto destruido, y, lleno de ternura, no sólo perdona, sino que consuela y anima al chiquitín.

— Aprende» (n. 887).

La contemplación del Amor Misericordioso de nuestro Padre-Dios, que nos libra de todos los lazos, conmueve nuestro corazón: «Deja que se vierta tu corazón en efusiones de Amor y de agradecimiento al considerar cómo la gracia de Dios te saca libre cada día de los lazos que te tiende el enemigo» (n. 434).

Humildad

El amor de entrega hace cada vez más profunda nuestra humildad. Dios nos da nuevas luces para el propio conocimiento, que nos lleva a la humildad (cfr. n. 609), y por ello a gozarnos en los desprecios (cfr. n. 595). La evidencia de nuestras faltas nos lleva a la conciencia de nuestra nada y, con eso, el abandono en Jesús, que es el que obra en nosotros toda santidad: «(…) No te cause pena ser nada, porque así Jesús tiene que ponerlo todo en ti» (n. 596); «Toda nuestra fortaleza es prestada» (n. 728).

Nos penetra un sentimiento de profunda humillación ante Dios; se desarraiga en nosotros cualquier veleidad de soberbia;

nos abandonamos en Él, que tanto nos perdona y que, con su gracia, es en nosotros cuanto tengamos de brillo de virtudes. Camino habla desde nosotros mismos con las palabras que eso expresan: «Si obraras conforme a los impulsos que sientes en tu corazón y a los que la razón te dicta, estarías de continuo con la boca en tierra, en postración, como un gusano sucio, feo y despreciable… delante de ¡ese Dios! que tanto te va aguantando» (n. 597). «Eres polvo sucio y caído. —Aunque el soplo del Espíritu Santo te levante sobre las cosas todas de la tierra y haga que brille como oro, al reflejar en las alturas con tu miseria los rayos soberanos del Sol de Justicia, no olvides la pobreza de tu condición. Un instante de soberbia te volvería al suelo, y dejarías de ser luz para ser lodo» (n. 599).

Si vivimos el amor de entrega, hasta nuestras negligencias, ofensas y pecados se transformarán, por el Amor y la humillación, en savia nueva de Vida: «Entierra con la penitencia, en el hoyo profundo que abra tu humildad, tus negligencias, ofensas y pecados. —Así entierra el labrador, al pie del árbol que los produjo, frutos podridos, ramillas secas y hojas caducas. —Y lo que era estéril, mejor, lo que era perjudicial, contribuye eficazmente a una nueva fecundidad. —Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida» (n. 211).

Reparación y expiación

Jesús sufrió en expiación por nuestros pecados. Así nos eleva, en el amor de entrega, a penetrarnos de un vivo anhelo de reparación y expiación unidos a Cristo, abandonados a su Voluntad en cuantas ocasiones, por querer o por permisión de Él, nos ofrezca de unirnos a su pasión expiadora por nuestras culpas y por las de todos los hombres, participando de su Amor redentor. Camino nos lleva a vivir el espíritu de reparación por amor a Jesús: «Bebamos hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. (…) ¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios Nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?…» (n. 182). Con sacrificio total: «Hay que darse del todo, hay que negarse del todo: es preciso que el sacrificio sea holocausto» (n. 186). «¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!» (n. 218).

La expiación lleva a la Vida (cfr. nn. 210, 234). Dios nos conmueve a que vivamos un espíritu ambicioso de expiación: por todo el mundo (cfr. n. 112); «No pidas a Jesús perdón tan sólo de tus culpas; no le ames con tu corazón solamente… Desagráviale por todas las ofensas que le han hecho, le hacen y le harán…, ámale con toda la fuerza de todos los corazones de todos los hombres que más le hayan querido (…)» (n. 402); «”Ideo omnia sustineo propter electos” —todo lo sufro, por los escogidos, “ut et ipsi salutem consequantur” —para que ellos obtengan la salvación, “quae est in Christo Jesu” —que está en Cristo Jesús (…)» (n. 550).

Vivamos la expiación con espíritu de abandono, aceptando los sacrificios que Dios nos pida, en las circunstancias que Él quiera y de modo escondido y silencioso: «Si somos generosos en la expiación voluntaria, Jesús nos llenará de gracia para amar las expiaciones que El nos mande» (n. 221). «El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso» (n. 185). Nuestra Madre Santa María es nuestra Maestra en este sacrificio escondido: «¡María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso! —Vedla, casi siempre oculta, colaborar con el Hijo: sabe y calla» (n. 509).

En la vida de infancia espiritual sabremos encontrar estímulo y modos de reparación inspirados por el espíritu de nuestra pequeñez y del valor sobrenatural a que nuestra nada incapaz es elevada por nuestro Padre-Dios: «Niño, enciéndete en deseos de reparar las enormidades de tu vida de adulto» (n. 861). «Niño bueno: ofrécele el trabajo de aquellos obreros que no le conocen; ofrécele la alegría natural de los pobres chiquitines que frecuentan las escuelas malvadas…» (n. 866). «Un pinchazo. —Y otro. Y otro. —¡Súfrelos, hombre! ¿No ves que eres tan chico que solamente puedes ofrecer en tu vida —en tu caminito— esas pequeñas cruces? Además, fíjate: una cruz sobre otra —un pinchazo…, y otro…, ¡qué gran montón! Al final, niño, has sabido hacer una cosa grandísima: Amar» (n. 885).

Vida de Amor y de unión con Dios

Nuestro corazón exulta; es el Espíritu Santo que dama en nosotros: «¡No hay más amor que el Amor!» (n. 417). Y ésta es nuestra disposición activa y ardiente: «Señor: que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor» (n. 427); «Jesús, que sea yo el último en todo… y el primero en el Amor» (n. 430).

El Amor nos hace vislumbrar los consuelos de cielo que nos asegura la Esperanza (cfr. n. 428).

El Amor hace grandes y bellas todas nuestras acciones, aun las más pequeñas y humildes: «Todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece» (n. 429); «El secreto para dar relieve a lo más humilde, aun a lo más humillante, es amar» (n. 418); «¿No has visto en qué “pequeñeces” está el amor humano? —Pues también en “pequeñeces” está el Amor divino» (n. 824).

La vida de infancia espiritual nos hace audaces en el Amor: «Niño audaz, grita: ¡Qué amor el de Teresa! —¡Qué celo el de Xavier! —¡Qué varón más admirable San Pablo! —¡Ah, Jesús, pues yo… te quiero más que Pablo, Xavier y Teresa!» (n. 874). Y nos hace vivir en una continua vida de Amor: «Niño bueno: dile a Jesús muchas veces al día: te amo, te amo, te amo…» (n. 878).

El Amor nos enciende en celo apostólico. Nos hace audaces en el apostolado: «No hagas caso. —Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. —¡Adelante, audacia!» (n. 479). No habrá dificultades que puedan vencer nuestro optimismo de confianza en Dios: «Cuando te “entregues” a Dios no habrá dificultad que pueda remover tu optimismo» (n. 476 y cfr. nn. 481, 482).

El Amor nos eleva a la vida de unión con Jesús. Por identificación de Amor total con su Voluntad (cfr. n. 774), vivida en plenitud de abandono: «¿Estás sufriendo una gran tribulación? —¿Tienes contradicciones? Di, muy despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril. “Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. —Amén. —Amén”. Yo te aseguro que alcanzarás la paz» (n. 691).

Vivimos la unión en el sacramento de la Comunión (cfr. n. 535) y en las comuniones espirituales (cfr. n. 540).

Jesús nos eleva conmovedoramente a la unión con Él paciente, doloroso, crucificado: «Métete en las llagas de Cristo Crucificado (…)» (n. 288); «¡Verdaderamente es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! —Te “metiste” en la Llaga santísima de la mano derecha de tu Señor, y me preguntaste: “Si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las cinco, abiertas en el madero?» (n. 555). «(…) Unete a Cristo, para purificarte, y siente, con Él, los insultos, y los salivazos, y los bofetones…, y las espinas, y el peso de la cruz…, y los hierros rompiendo tu carne, y las ansias de una muerte en desamparo… —Y métete en el costado abierto de Nuestro Señor Jesús hasta hallar cobijo seguro en su llagado Corazón» (n. 58).

Unidos con Jesús, todo dolor es dulzura, toda oscuridad es luz: «Contigo, Jesús, ¡qué placentero es el dolor y qué luminosa la oscuridad!» (n. 229). Nuestra alma es transfigurada en Él, y la paz de la unión inunda nuestra alma entregada enteramente a Dios: «¡Oh, Jesús! —Descanso en Ti» (n. 732).

Abandono, consuelo, confianza, posesión filial de Dios

Esta paz, es el descanso en Dios, ya no nos será quitada. Vivimos en la plenitud del abandono en El: las penas no serán penas; no nos inquietan, unidos a Él, los desprecios, las contradicciones, los fracasos, los éxitos; vivimos el sufrimiento en la oscuridad gozosa del Amor; Él es todo en nosotros, que nos sabemos niños en su regazo, niños omnipotentes por el Amor a Él, niños que le entregamos, confiados, todo nuestro ser y también nuestras fragilidades, pues Él las ama.

Las penas ya no son penas; descansamos todas nuestras preocupaciones en nuestro Padre-Dios: «Siendo niños no tendréis penas: los niños olvidan enseguida los disgustos para volver a sus juegos ordinarios. —Por eso, con el abandono, no habréis de preocuparos, ya que descansaréis en el Padre» (n. 864).

En el amor de abandono de infancia espiritual los desprecios, las contradicciones, los vivimos con la alegría de la indiferencia de Amor: «Entiendo bien que te diviertan los desprecios que te hacen —aunque vengan de enemigos poderosos—, mientras sientas la unión con tu Dios y con tus hermanos de apostolado. —¿A ti, qué?» (n. 956). «El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos» (n. 959). En los desprecios y en las alabanzas nos dará Dios una humildad más profunda (cfr. nn. 591, 593). En indiferencia de Amor, en silencio amoroso, como Jesús, hemos de sobrellevar los desprecios, con alegría: «Iesus… callado. —”Jesus autem tacebat” (…) —Calla. —Busca la alegría en los desprecios (…)» (n. 671).

En la paz de unión del amor de abandono y de infancia, todo cuanto acontece es para bien —«omnia in bonum»—, y lo vivimos con la alegría de estar entregados al Amor providente y redentor de nuestro Padre-Dios; en El no hay fracasos, en Él los males se transforman en bienes: «¡Has fracasado! —Nosotros no fracasamos nunca. —Pusiste del todo la confianza en Dios. —No perdonaste, luego, ningún medio humano. —Convéncete de esta verdad: el éxito tuyo —ahora y en esto— era fracasar. —Da gracias al Señor y ¡a comenzar de nuevo!» (n. 404 y cfr. nn. 405, 406). «Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. —¿Salen mal? —Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz» (n. 658). «¡Bienaventuradas malaventuras de la tierra! —Pobreza, lágrimas, odios, injusticia, deshonra… Todo lo podrás en Aquel que te confortará» (n. 717).

El espíritu de la vida de infancia nos lleva a esta santa indiferencia de Amor ante todo cuanto pueda sobrevenimos: «La santa desvergüenza es una característica de la “vida de infancia”. Al pequeño, no le preocupa nada. —Sus miserias, sus naturales miserias, se ponen de relieve sencillamente, aunque todo el mundo le contemple… Esa desvergüenza, llevada a la vida sobrenatural, trae este raciocinio: alabanza, menosprecio…: admiración, burla…: honor, deshonor…: salud, enfermedad…: riqueza, pobreza…: hermosura, fealdad… Bien; y eso… ¿qué?» (n. 389).

En el abandono amaremos el sufrimiento, aceptado como expiación de Amor y tesoro de Amor: «Cuando venga el sufrimiento, el desprecio…, la Cruz, has de considerar: ¿qué es esto para lo que yo merezco?» (n. 690); «Yo te voy a decir cuáles son los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre, sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia, cárcel…» (n. 194).

La vida de Amor en abandono nos lleva a una humildad profunda y sencilla y confiada al modo de la infancia espiritual: «Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. —Y, además de niño, eres hijo de Dios. —No lo olvides» (n. 860). «Cuando quieres hacer las cosas bien, muy bien, resulta que las haces peor. —Humíllate delante de Jesús, diciéndole: ¿has visto cómo todo lo hago mal? —Pues, si no me ayudas mucho, ¡aún lo haré peor! —Ten compasión de tu niño: mira que quiero escribir cada día una gran plana en el libro de mi vida… Pero, ¡soy tan rudo!, que si el Maestro no me lleva la mano, en lugar de palotes esbeltos salen de mi pluma cosas retorcidas y borrones que no pueden enseñarse a nadie. —Desde ahora, Jesús, escribiremos siempre entre los dos» (n. 882).

Nos abandonamos enteramente a Él; le entregamos todo, hasta nuestras fragilidades, porque Él las ama: «Niño, ofrécele cada día… hasta tus fragilidades» (n. 865).

Así Él lo será todo en nosotros: «Jesús: nunca te pagaré, aunque muriera de Amor, la gracia que has derrochado para hacerme pequeño» (n. 901). Abandonados en El, todo nuestro obrar no será ya nuestro, sino suyo: «Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —Él obrará, si en Él te abandonas» (n. 731). Sólo somos un instrumento dócil en manos de nuestro Padre-Dios: «(…) Eres lo que el pincel en manos del artista. —Y nada más (…)» (n. 612).

Pero en nuestro anonadamiento, por nuestro abandono infantil en Dios Amor, el mismo Amor Dios se hace nuestro, poseído por nosotros identificados con Él. Ya no hay mío y tuyo. Todo es El; y El, hasta con su omnipotencia, es nuestro: «No olvides, niño bobo, que el Amor te ha hecho omnipotente» (n. 875); «Niño, cuando lo seas de verdad, serás omnipotente» (n. 863). Identificados con el Señor, nuestras peticiones a El tienen la audacia de la confianza total: «Ten todavía más audacia de la confianza total: «Ten todavía más audacia y, cuando necesites algo, partiendo siempre del “Fiat”, no pidas: di “Jesús, quiero esto o lo otro”, porque así piden los niños» (n. 403). «Nuestra voluntad, con la gracia, es omnipotente delante de Dios. —Así, a la vista de tantas ofensas para el Señor, si decimos a Jesús con voluntad eficaz, al ir en el tranvía por ejemplo: “Dios mío, querría hacer tantos actos de amor y de desagravio como vueltas da cada rueda de este coche”, en aquel mismo instante delante de Jesús realmente le hemos amado y desagraviado según era nuestro deseo. Esta «bobería» no se sale de la infancia espiritual: es el diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo:

— ¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! —Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes!» (n. 897). «¡Qué buena cosa es ser niño! —Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos. Cuando el que pide es un chiquitín

— como los niños no tienen méritos—, basta con que diga: soy hijo de Fulano. ¡Ah, Señor! —díselo ¡con toda tu alma!—, yo soy… ¡hijo de Dios!» (n. 892).

El abandono en Dios nos lleva a la completa seguridad de su benevolencia, porque Él nos juzgará en el Amor, y Amor de Padre nuestro: «No temas a la Justicia de Dios. —Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor» (n. 431). «¿No brilla en tu alma el deseo de que tu Padre-Dios se ponga contento cuando te tenga que juzgar?» (n. 746). «Me hizo gracia que hable usted de la “cuenta” que le pedirá nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús (…)» (n. 168).

Por el abandono en Dios y la plenitud de la vida de infancia espiritual, nuestro vivir se convierte en permanente acción de gracias y de actos de Amor puro: «Los actos de Fe, Esperanza y Amor son válvulas por donde se expansiona el fuego de las almas que viven vida de Dios» (n. 667); «Hazlo todo con desinterés, por puro Amor, como si no hubiera premio ni castigo. —Pero fomenta en tu Corazón la gloriosa esperanza del cielo» (n. 668). «¿Has presenciado el agradecimiento de los niños? —Imítalos diciendo, como ellos, a Jesús ante lo favorable y ante lo adverso: “¡Qué bueno eres! ¡Qué bueno!…” —Esa frase, bien sentida, es camino de infancia, que te llevará a la paz, con peso y medida de risas y llantos, y sin peso y medida de Amor» (n. 894).

Por la correspondencia en el Amor permaneceremos asegurados en Dios, en inconmovible perseverancia: «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. —Enamórate, y no “le” dejarás» (n. 999).

5. COMENZAR Y RECOMENZAR EN LA VIDA DE AMOR

Jesús nos enseñó, realizada en sí mismo, la vida de abandono en Dios: Yo nada hago por mí mismo… Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo porque yo hago siempre lo que le agrada (Ioh 8, 28, 29). Y nos enseñó el camino de la infancia espiritual como la manera de alcanzar la vida de santidad y la vida del cielo en la que la santidad se consuma: En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3).

La vida de abandono en Dios

La vida de abandono en Dios es forma suprema de la vida teologal de la Caridad o Amor, compenetrada de todas las modalidades vivificantes del don de Sabiduría o Amor.

Es la entrega a Dios de nuestro ser y de toda nuestra vida, en renuncia de nuestra voluntad abandonada en la de Dios, en propio anonadamiento amoroso, en humillación, en sacrificio.

En la vida de abandono son transfundidas al modo del Amor las virtudes teologales de la Fe y de la Esperanza y los dones de inteligencia, ciencia, piedad, temor, consejo y fortaleza. La Esperanza es entrega confiada al Amor Omnipotente y Misericordioso. La Fe es vivir a Dios siendo Él todo en todos, siendo en nosotros el principio de nuestro obrar natural y sobrenatural, ya que el alma sabe y siente que, por sí, nada puede en el orden de la gracia. La humildad es el reconocimiento amoroso de nuestra nada y de nuestra incapacidad.

La Voluntad divina nos inunda en la vida de abandono: por su presencia operativamente aceptada obramos; por identificación con ella vivimos y actuamos; con renuncia plena de nuestra propia voluntad, nos entregamos a la Voluntad divina significada y de beneplácito conforme se expresa en las circunstancias, en las situaciones, en todo lo que nos sobrevenga. Por abandono en Dios, Él nos infunde una santa indiferencia y paz amorosa respecto a todo acontecimiento bueno o malo que nos sobrevenga, y una amorosa libertad de espíritu respecto al mundo y a cualesquiera que sean las actitudes, acciones y decires de las gentes sobre nosotros.

La vida de santidad y de apostolado se expanden con toda su fuerza y riqueza en la plenitud consumada de la vida de abandono. Pero la vida que se consuma en plenitud al final estaba ya presente desde el principio: ya desde el comienzo de nuestra conversión a Dios hemos empezado a vivir la vida de abandono. Camino nos ha ido conduciendo por ella desde los primeros pasos, nos ha dado a comprender las luces con que Dios iluminaba nuestro camino y ahondaba nuestro espíritu de correspondencia, nos ha ido exhortando, con palabras operativas cuasi locuciones divinas, a los actos de vida de Amor según las virtudes morales y teologales y los dones, compenetrando siempre el abandono a la presencia operariva infusa de Dios y nuestra correspondencia activa de la lucha ascética.

La vida de infancia espiritual

Análogamente sucede con la vida de infancia espiritual. Es forma suprema de la vida teologal de la Caridad o Amor, entrañada ahora de todas las modalidades vivificantes del don de Piedad o Amor a nuestro Padre-Dios.

Es la entrega a Dios en anonadamiento amoroso, para que en nuestra miseria y debilidad resplandezca sólo y únicamente el Amor Misericordioso de nuestro Padre-Dios; la humillación en la aceptación de nuestras flaquezas y en el reconocimiento de nuestra nada, para que el poder de nuestro Padre-Dios se muestre en ellas perfecto (cfr. 2 Cor 12, 9); la aceptación de los sufrimientos interiores y externos, hasta la oscuridad de la Cruz, para que todo en nosotros sea confianza y Amor a nuestro Padre-Dios.

En la vida de infancia espiritual son transfundidas al modo del Amor filial las virtudes teologales de la Fe y de la Esperanza y todos los dones de inteligencia, ciencia, temor, fortaleza y consejo. La Fe es reconocimiento de la verdad y grandeza de nuestro Padre-Dios, de nuestra total dependencia de El y de su acción, y la docilidad a sus enseñanzas e inspiraciones conforme a las palabras evangélicas: serán todos enseñados por Dios (Ioh, 6, 45). La Esperanza se vive como filial abandono amoroso en la Providencia de nuestro Padre-Dios, pese a fracasos, desgracias y pecados, como confianza en nuestro Padre-Dios Amor, del que todo lo recibimos y esperamos, como los niños de sus padres que los aman, y por eso nada hay que nos inquiete; como entrega fiada a la acción santificante de Dios, con audacia de niños; como abandono en las manos de Dios de cualquier resultado eficaz de nuestros esfuerzos de correspondencia a la gracia. La Fe y la Esperanza se consuman en la Caridad y adquieren en ésta su forma perfecta.

La humildad señorea la vida de infancia espiritual. Es el sentido profundo y vivido de nuestra incapacidad en el orden de la gracia, como la de los niños en la vida natural; el reconocimiento de nuestra propia nada, miseria y debilidad, y el encontrar precisamente en ellas, como los niños, nuestra fuerza, hasta nuestra omnipotencia unidos a Dios, conforme a las palabras del Apóstol: Cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Cor 12, 10). Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Phil 4, 13); la conciencia de que todo lo bueno que hay en nosotros, hasta todas nuestras virtudes y buenas acciones, ha sido creado en nosotros por Dios y a Él se lo atribuimos, de manera que no teniendo nada sobrenatural que podamos atribuirnos a nosotros, todo sin embargo lo tenemos a nuestra disposición; es también el no desanimarnos ante nuestras propias culpas, propias de la miseria natural del niño, sino que audazmente nos gloriemos de nuestras miserias por el abandono en nuestro Padre-Dios, conforme al espíritu del Apóstol: Me gloriaré en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo (2 Cor, 12, 9).

El camino de infancia espiritual está impregnado todo él por el espíritu de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 3-12): es el de los pobres de espíritu o pobres de corazón, en el desamparo de su debilidad, a quienes Dios otorga el Reino de los Cielos, ya en la vida de santidad o vida en Dios en este mundo y después consumado en la gloria; es el de los que viven la mansedumbre, la sencillez y la benignidad, que señorean la tierra desprendidos del mundo; es el espíritu de los que lloran, viviendo en el abandono de amor en la Cruz, a quienes Dios, Padre nuestro, sostiene y consuela en todas sus aflicciones; el espíritu de los que tienen hambre y sed de santidad, transidos del deseo de Dios, a los que nuestro Padre-Dios colma de bienes y gracias, el espíritu de los misericordiosos, que todo lo comprenden y todo lo llevan con amor piadoso, para quienes nuestro Padre-Dios se hace todo Amor Misericordioso; el espíritu de los limpios de corazón, de los que viven en la sencillez, como niños en la malicia (1 Cor 14, 20), a quienes se muestra Dios en su presencia íntima en el alma y a través de todos los avatares de la vida en su presencia de Dios providente, es el espíritu de los que obran la paz («sembradores de paz y de alegría», como le gustaba decir al autor de Camino), a quienes Dios les otorga el ser «hijos de Dios»; el espíritu de los perseguidos por causa de la justicia y santidad, que soportan con confianza filial las tribulaciones, desprecios, injurias y persecuciones, a los que nuestro Padre-Dios les abre y entrega, ya desde en la tierra, el Reino de los Cielos.

La vida de santidad y de apostolado se expande con toda su fuerza y riqueza en la plenitud consumada de la vida de infancia espiritual. Pero, también en ésta, la vida que se consuma en plenitud al final estaba ya presente desde el principio: ya desde el momento de nuestra conversión a Dios hemos empezado a vivir la vida de infancia espiritual. Camino nos ha ido conduciendo por ella desde los primeros pasos, nos ha dado a conocer las luces con que Dios iluminaba nuestro camino y ahondaba nuestro espíritu de correspondencia, nos ha ido exhortando, con palabras operativas, a los actos de vida del Amor filial según las virtudes morales y teologales y los dones, compenetrando siempre la confianza filial en la sola acción santificante de Dios y la colaboración generosa con la gracia (colaboración dócil y activa tan característica de la vida de infancia), conjugando la debilidad y sencillez del espíritu de infancia con el ejercicio de la reciedumbre y de la madurez varonil. (Sed niños en la malicia: pero en la conducta, hombres hechos, 1 Cor 14, 20).

Comenzar y recomenzar en la vida interior

Parece que debe extremarse la cautela en el entendimiento (y en la aplicación) de la analogía entre las edades (o vías sucesivas) de la vida espiritual y las edades (o estructuras-temples sucesivas) de la vida psicobiológica. No sólo por las evidentes diferencias intrínsecas a la analogía entre la vida natural y la vida sobrenatural, sino por la misma concepción de estadios o fases sucesivas tal como se dan en el desarrollo de la vida espiritual y de la vida psicobiológica.

En esta última las estructuras-temples características de la configuración psicobiológica del hombre son sustituidas cada una por la siguiente. Pero en la vida espiritual no hay propiamente una sustitución: la vida espiritual que se inicia en la primera conversión se mantiene o conserva, con todos sus factores y avatares internos y externos, en la forma de vida de la segunda conversión, aunque asumidos al modo de esta segunda conversión. E igualmente sucede con la vida espiritual propia de la tercera conversión, en la que se mantienen los factores y procesos de la segunda, aunque asumidos al modo de aquélla. El hombre espiritual, diríamos en analogía o metáfora con el hombre psicobiológico, conserva un espíritu infantil y juvenil asumido en su vida de hombre espiritual adulto y perfecto. Es la misma vida de gracia la que se mantiene, crece y desarrolla siempre de maneras a la vez diferentes e iguales.

El binomio gracia-correspondencia, acción mística de Dios en la intimidad del alma y colaboración ascética del hombre, subsiste siempre a través de todas las transformaciones, providentes y sorprendentes, de la iniciativa divina y de todas las maneras, cada vez más transfiguradas por el vivir íntimo con Dios, de la correspondencia humana.

De ahí el «comenzar y recomenzar» intrínseco al proceso de avance en la vida del espíritu: «Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar… y recomenzar» (n. 292).

En el animoso horizonte del valle del amor de deseo están presentes, sobrepujándolo, reclamándolo, el atrevido horizonte de cumbres del amor de generosidad y el intrépido horizonte de cielo del amor de entrega. Sucede así también en las palabras evangélicas: su sentido iluminante y operativo es patente al hombre espiritual desde su primer atisbo de Dios y de la vida de Amor que Dios nos pide; pero ese mismo sentido se abre con luces y mociones más profundas para el hombre que avanza ya en actitud contemplativa de generosidad; y es, en definitiva, ese mismo sentido el que inunda, con las lumbres transparentes y llameantes de los misterios íntimamente comunicados, al hombre espiritual alzado por Dios a la identificación con la Voluntad divina y a la unión más entrañable con Dios mismo.

Y siempre y para todos y en cada fase o grado de la vida del Amor se verifica el dicho de Jesús: Qui potest capere capiat (Mt 19, 12), «quien sea capaz de entender, que entienda», quien haya purificado y ahondado su corazón en el Amor comprenderá con pureza y hondura nuevas las palabras con que le habla el Amor. De hecho, una gran parte de los puntos o parágrafos de Camino hablan un lenguaje operativo de Amor que el hombre entiende desde el comienzo de su vida interior, pero cuyo sentido se le revela cada vez más luminoso y más profundo conforme progresa en la correspondencia a la gracia que va creciendo y abundando en él. Y en cada avance se hace más niño ante Dios, penetrado de la íntima gracia transformante que obra la comprensión contemplativa de estas palabras de Jesús: Se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito (Lc 10, 21).

Monseñor Escrivá de Balaguer, con Camino, introduce al hombre en la vida del espíritu de abandono y de infancia espiritual ya desde los comienzos mismos de su conversión a la vida de santidad y apostolado en medio del mundo, y lo acompaña con su dirección y estímulo hasta intimarlo en la plenitud del amor de entrega a Dios y de unión con Él por el espíritu del supremo abandono en Dios y de la heroica infancia espiritual de hijos de Dios.

Testimonios de un clásico de la literatura espiritual.

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5 José Miguel Cejas

Un sacerdote joven1934. Un joven sacerdote contempla las notas personales que ha ido escribiendo en los últimos años: apuntes íntimos, anécdotas, consideraciones espirituales inflamadas de afán apostólico, algunas ya reproducidas en multicopista. Luego recoge algunos puntos de las cartas que dirige a sus amigos. Y así, al filo de la vida diaria, va elaborando un libro —Consideraciones Espirituales— que aparecerá ese año y recogerá su experiencica sacerdotal. Cinco años más tarde, a finales de junio de 1939, ese libro saldrá de nuevo a la luz, bajo un nuevo título, y sensiblemente ampliado, en una modesta imprenta valenciana, Gráficas Turia. «No sospeché —diría su autor— que treinta años después alcanzaría una difusión tan amplia —millones de ejemplares— en tantos idiomas»(1). Ese libro ha contribuido a iluminar la vida cotidiana con una nueva luz y se llama Camino: un clásico de la literatura espiritual.

Una obra imperecedera

Camino aporta, con respecto a otras obras de la espiritualidad católica, como el De imitatione Christi, o la Filotea de San Francisco de Sales, una novedad de gran trascendencia; muestra al hombre de la calle una perspectiva nueva, de honda entraña evangélica: la llamada universal a la santidad y el valor santificante del trabajo profesional ordinario. Muestra un camino de encuentro con Dios asequible a todos, andadero por los que viven en medio del mundo. Ese camino de santidad se traza en el primer punto del libro: «Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.»

Una fuerte sacudida espiritual

Camino es una obra sencilla: asombrosamente profunda en su sencillez. Son 999 breves puntos de meditación, que han dejado huellas indelebles en millares de vidas. Su lectura produce una fuerte sacudida interior. Peter Berglar narra su primer encuentro con sus páginas: «poco a poco —dice el historiador alemán— fui comprendiendo el secreto de este libro: los 999 puntos, a primera vista, pueden parecer prudentes reglas de vida o cuidados aforismos; además al principio se piensa: bueno, esta frase y aquella otra son especialmente acertadas, esta otra no me incumbe, aquella sólo en parte… Por eso, tanto una mente sencilla como una cabeza complicada, una inteligencia poco culta y otra superfilosófica se pueden “interesar” por él; hasta que por fin se ven fascinados y acaban reconociendo —cada cual por su cuenta y a su manera—que cada uno de los 999 puntos se asemeja a un profundo aljibe que nuestro reflexionar casi nunca llega a sondear totalmente»(2).

Camino trata de algo tan íntimo y tan complejo como el encuentro del hombre con Dios en medio del mundo. Se lee en el n. 301: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo.» «No se le pide al cristiano que se retire del mundo —comentaba Informations Catholiques Internationales en 1957— sino, por el contrario, que permanezca en el mundo y muy activo»(3). El influjo de esa palabra ha movido almas; ha cambiado vidas; ha producido una fuerte sacudida espiritual en personas de los cinco continentes de nuestro siglo y ha tenido una honda repercusión social.

Cada punto, una historia

Camino guarda un singularísimo calor humano y espiritual. No es un libro de análisis, ni el fruto de una especulación fría sobre el hecho religioso. Es el reflejo de una vida enamorada de Dios que ha servido para que se enamoren de Dios muchas vidas. La mayoría de sus puntos tienen una historia concreta, como recuerda José María Casciaro: «no surgieron de la pluma como fruto del ingenio literario, sino de la práctica de las virtudes, de la experiencia pastoral, intensa y fina, y de las extraordinarias gracias fundacionales que Dios daba a quien había constituido en instrumento fiel para promover el fenómeno pastoral del Opus Dei. De ahí, sin duda, la fuerza de Camino, el impacto que causa su lectura, máxime quizá en quienes escucharon de viva voz a su autor»(4).

Sus páginas alientan al olvido de sí y a la entrega generosa a los demás. Llevan a edificar la vida sobre el cimiento firme de la filiación divina y el trato íntimo con Dios. Sólo así la vida puede mantener, renovadamente, su juventud: una juventud que, como señala Leonardo Polo(5), no la detiene en la inmadurez sino que la lanza adelante. El filósofo español evoca el punto n. 30 de Camino: «Eres calculador. —No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma sin tasa». Porque sólo sobre ese cimiento puede construirse una sólida vida de piedad cristiana, como recuerda el arzobispo filipino, Mons. Oscar Cruz: «El Fundador del Opus Dei —escribe– siempre hacía especial hincapié en la renovación interior, en el encuentro personal con Cristo a través de la oración y de los sacramentos: “Persevera en la oración. —Persevera, aunque tu labor parezca estéril. —La oración es siempre fecunda” (Camino, n. 101)»(6).

Palabras de sacerdote

Como escribe Mons. Escrivá de Balaguer en el prólogo, los puntos de Camino son palabras de sacerdote, confidencias «de amigo, de hermano, de padre», susurradas al oído de personas corrientes, empeñadas en vivir el Evangelio en medio del mundo con toda su plenitud. «El espíritu de Dios aletea en cada una de sus frases», se lee en Scrinium(7). Y se descubre en sus páginas, a pesar de los pudorosos celajes que el autor ha tendido sobre las anécdotas de carácter personal, la intensa relación con Dios de aquella alma egregia. Illanes evoca algunos puntos de Camino que permiten entrever de algún modo los sentimientos que llenaron el corazón del autor, desde que Dios le eligió como Fundador del Opus Dei(8), como el n. 427: «Señor: que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor.»

Para todos

Es una obra para todos: casados, solteros, jóvenes, ancianos, intelectuales, personas sin formación cultural específica… No acota terrenos de santidad espiritual: abre todas las vedas. Frente a los falsos antagonismos, alza la señal de la cruz, la señal de la exigencia —más—, el signo de la suma, en definitiva. No formula disyuntivas falsas para el hombre de la calle: o mundo o santidad; oración o trabajo; entrega o matrimonio. Lo supera, con la fuerza del evangelio, con la esperanzadora —y comprometedora— capacidad del y: mundo y santidad en medio del mundo; oración y trabajo convertido en oración; entrega a Dios y matrimonio como camino de santidad para esa entrega.

Tampoco establece tensiones ficticias: matrimonio o celibato. Recuerda que lo decisivo es seguir la Voluntad de Dios para cada uno. Por eso, alaba el celibato, siguiendo la enseñanza del mismo Jesús y la doctrina de la Iglesia, y recuerda a los casados una verdad de entraña evangélica: que el matrimonio es un camino de santidad. Este mensaje ha producido ya frutos de santidad en todo el mundo, y miles de matrimonios han descubierto esta llamada a la plenitud de la vida cristiana en su propio estado gracias a las enseñanzas del autor de Camino; desde la perspectiva de este fin de siglo, resulta aún más ridícula la torcida interpretación que algunos quisieron hacer del punto 28, en el que afirmaba: «El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo (…).» Esas malinterpretaciones forzaban —con un sentido negativo que el autor jamás le dio— el sentido de la imagen «clase de tropa (matrimonio)-estado mayor de Cristo (celibato)». En ese punto se advierte, precisamente, su amor por el celibato y su amor por el matrimonio: cada estado sirve eficazmente en la batalla por la santidad. Lo importante es que cada uno responda generosamente a la llamada de Dios en aquel en el que Dios le ha colocado.

Mons. Escrivá de Balaguer da sugerencias concretas para tratar íntimamente a Dios en el estado que Él ha querido para cada uno. El Obispo de la diócesis portuguesa de Leiria-Fátima, al comentar el punto n. 8 de Camino («Serenidad. —¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato… y te has de desenfadar al fin?»), recordaba las enseñanzas del Fundador del Opus Dei a los casados, para que no dramatizaran «los pequeños contrastes y divergencias, las diferencias temperamentales o ideológicas, fijándose cada vez más en las cualidades y no en los defectos del otro. Si no se obra así se corre el riesgo de matar el amor»(9).

El tiempo es gloria

Aunque su lectura es enriquecedora para todos, el marco natural del lector de Camino es la calle, con los afanes habituales del mundo y del trabajo. Cuando apareció el libro, sus enseñanzas sobre estas realidades humanas fueron desconcertantes para muchos, como evoca el Marqués de Lozoya: «”Los que andan en negocios humanos nos dicen —escribió en Camino— que el tiempo es oro. Me parece poco: para los que andamos en negocios de almas el tiempo es gloria.” Entiendo muy bien —porque lo he vivido— que este modo de hablar apareciera —en los comienzos de su predicación, en torno a los años treinta— como una novedad imponente. Lo que abundaba en esos momentos era pensar —por un arrastre de siglos— que el trabajo, sobre todo el manual, era algo vil, un castigo inherente al pecado o un estorbo para la santificación de los hombres»(10).

La realidad del trabajo se aborda en sus páginas desde diversos aspectos, pero parte siempre desde esta afirmación central: el trabajo, hecho con perfección humana y sobrenatural, es medio de santidad y ocasión de apostolado para el hombre al que Dios llama a la santidad en medio del mundo. Un catedrático de la Universidad Libre de Berlín, Jordi Cervós, comentaba, a propósito del punto 816 («Has errado el camino si desprecias las cosas pequeñas»), el constante prevenir del autor de Camino «contra una sutil tentación, más frecuente y por ello más peligrosa que el burdo rechazo del trabajo como algo indigno o desagradable: el desprecio del detalle, el trabajo mal acabado»(11).

Pero, aunque sea un libro dirigido al hombre de la calle, las personas a las que Dios pide la separación del mundo pueden —como de hecho ha sucedido— sacar también un formidable provecho espiritual de su lectura. Existen numerosos testimonios de religiosos que agradecen el bien espiritual que esas páginas han hecho a su alma. Un testimonio entre muchos: la Superiora General de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús y de María escribía así al Santo Padre en la carta en la que postulaba la apertura del proceso de beatificación y canonización de Mons. Escrivá de Balaguer: «Hemos profundizado en su doctrina a través de algunos escritos como Camino (…) y estamos seguras de que el Señor ha manifestado su infinita bondad a través de la persona del fundador del Opus Dei. La lectura de sus obras nos ha ayudado de modo eficacísimo a estar más cerca de Dios y a vivir nuestra vocación con mayor profundidad»(12).

Un modo de mirar a Dios

Camino es la antítesis del libro de laboratorio, de la visión extraña, de repulsa a lo real, del alejamiento de la realidad cotidiana. En su estudio sobre esta obra(13) Pedro Rodríguez escribe que «nada más lejano que Camino a un libro de gabinete, fruto de una elucubración raciocinante. La poderosa inspiración doctrinal que recorre todo el libro —el tiempo mostraría su carácter de adelantado de los tiempos— refleja un modo de mirar a Dios, la Iglesia y el mundo que no se explica sólo a partir de las “lecciones teológicas” que escuchara Mons. Escrivá de Balaguer en los centros eclesiásticos españoles de los años 20 —¡y el alumno era una inteligencia egregia!—, sino por una claridad de ideas, por una luz nueva (…) que han de ponerse necesariamente en relación con la fundación del Opus Dei el 2 de octubre de 1928».

Es un libro para el hombre que vive en el mundo —sin ser mundano— y muestra la gran tarea de los laicos: la santificación ab intra de las realidades terrenas, tal como enseñó la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, del cual el Fundador del Opus Dei es en este tema uno de los grandes pioneros. «Camino —escribía Casas Manrique en El Siglo de Bogotá— asume una actitud positiva y optimista frente a las realidades terrenas: realidades queridas por Dios; no se lamenta de la época que nos ha tocado vivir; nos invita a amarla y a santificarla con nuestra acción para extender el reinado de Cristo por todos los caminos de la tierra siendo sembradores de paz y de alegría»(14). Es un libro, como señala Mons. Briva, estimulante y alegre: «En sus escritos, en su predicación, el Evangelio aparece con su sentido genuino de “buena noticia”, de novedad que ahuyenta la tristeza. Vivía lo que enseñaba: que “la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre” (Camino, n. 657)»(15).

Un libro comprometedor

Es también un libro comprometedor: pide una intensa coherencia entre lo que se cree y lo que se hace, una profunda unidad de vida entre la fe y las obras: «je has molestado —se lee en el punto n. 353 de Camino— en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?». Al comentar este punto de Camino, recuerda el Cardenal González Martín el amor a la libertad que presidía las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer. Un amor a la libertad que vibra con fuerza en muchos puntos del libro y que no fue siempre bien entendido: «Cualquier conocedor de la reciente historia de España sabe bien —escribe el Cardenal—que este punto de la libertad en cuestiones temporales ha sido un aspecto del mensaje y de la praxis del Opus Dei que, en algunos ambientes, ha provocado incomprensiones. Quizá por ello sea también uno de los temas que el Fundador del Opus Dei ha expuesto con fórmulas más claras»(16). Aludiendo a ese mismo punto n. 353, afirma Celaya que esa unidad no significa confusión de ningún tipo en el pensamiento del autor; y precisa que «informar con la doctrina cristiana todas las actuaciones no significa negar la legítima autonomía de lo temporal, ni pretender que la fe determine una única “solución católica” a los problemas sociales, políticos, etc. En esto la unidad de vida a lo que lleva es precisamente a unir la propia libertad con la propia responsabilidad»(17).

Más de tres millones de ejemplares

A pesar de todo lo expuesto, y considerando el panorama editorial mundial, surge la interrogante: ¿Un libro así puede convertirse, en los albores del año 2000, en un best-seller? La Prensa de Lima manifestaba su extrañeza: «En una época en la que tiene extraordinario éxito la literatura morbosa, que en nombre del arte no hace sino halagar bajos instintos, resulta desconcertante que tenga amplia acogida un libro que trata justamente de lo contrario: de la santidad»(18). Pero sí; las cifras son sorprendentes y a veces sobrecogedoras, si no se olvida un hecho: habitualmente las obras de esta índole alcanzan, con muchas dificultades, los diez, los veinte mil ejemplares. Camino ha rebasado ya sobradamente los tres millones, cuenta con más de doscientas ediciones, y se ha traducido a 36 idiomas. Castelli recuerda un detalle significativo: «Camino ha tenido el privilegio, hasta ahora reservado a pocas obras fundamentales, de ser traducido y editado en alfabeto “braille”»(19). Es, como afirma Torelló, «un libre de poche de los caminantes en esta tierra, de los trabajadores de la ciudad terrestre, cualquiera que sea su función social. (…) Lleva en su seno una clara laicidad, que explica su eficacia y su amplísima difusión»(20).

Un libro que hay que haber leído

Estas cifras confirman a Camino, tras casi medio siglo, como un libro de audiencia mundial y de fortísima incidencia popular. Su edición en formato pequeño ha permitido que millones de personas lo lleven siempre consigo. Se ha convertido en un libro de consulta, de cabecera, de cita frecuente y casi obligada.

Esta realidad testimonia la universalidad del mensaje cristiano y del espíritu del Opus Dei, presente en Camino. Millones de personas lo leen diariamente. Se puede citar como ejemplo a Pablo VI, que manifestó que lo leía habitualmente desde hacía muchos años. En este mismo sentido, escribía el entonces Nuncio Apostólico en Italia Mons. Romolo Carboni: «Como libro de lectura y de meditación, de retiro y de ejercicio espiritual llevo siempre conmigo el Nuevo Testamento, el Concilio Ecuménico Vaticano II y Camino de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, don preciosísimo. Mons. Josemaría Escrivá me ilumina, me guía, me inspira, me edifica, me hace un bien inmenso para el tiempo y la eternidad. Todos los días le invoco para que me ayude en todas las situaciones y en mis necesidades espirituales y materiales, y para que me ayude a cumplir sola y plenamente la Voluntad de Dios. Sé que me ayuda»(21).

Tras su lectura, una persona la recomienda efusivamente a otra, y se convierte en un libro que «hay que haber leído» para estar en sintonía espiritual con el propio mundo. Muchas personas lo difunden —el bien es difusivo— por el impacto que les ha producido su lectura; otras lo hacen movidas por un afán directamente apostólico. Evoca un benedictino, Manuel Garrido Boñano, un recuerdo personal de los años 40, que se ha multiplicado con rasgos parecidos en los lugares más diversos del planeta. «Fue entonces —escribe— cuando leí por vez primera Camino en una edición voluminosa que creo fue la primera con ese título. El ejemplar no me pertenecía y estaba dedicado por su mismo autor. Desde entonces lo he leído multitud de veces y lo considero como un libro clásico en la vida espiritual. He repartido docenas de ejemplares entre los estudiantes y he podido comprobar el bien inmenso que les ha proporcionado su lectura»(22).

Amigo a amigo

El lector contemporáneo está acostumbrado a la tramoya publicitaria de los best-seller, que se ofrecen con todos los reclamos del consumismo literario —con frecuencia torpes y bajos—y gracias a los resortes de influencia en la opinión pública de un amplio aparato editorial. Camino ha recorrido el camino inverso. Su primera edición —2.000 ejemplares— apareció en 1939. Los ejemplares se vendieron lentamente; la segunda, de 5.000, se realizó en 1944, en tiempos de una penosa posguerra. Fue una edición cuidada, pero modesta. No hubo «lanzamiento» editorial de ningún tipo. Fue difundiéndose por todo el mundo lectura a lectura. Amigo a amigo.

No es fruto de un marketing hábilmente programado; por el contrario, en muchos casos han sobrado las dificultades. En algunas latitudes sigue publicándose en las circunstancias más adversas. La Vanguardia recogía el 3-11-83 la noticia de la edición de Camino en polaco, la primera que se realiza en un país del bloque soviético. La tirada fue de 20.000 ejemplares, «cantidad muy considerable teniendo en cuenta las dificultades económicas por las que atraviesa el país y en especial la gran carestía de papel». A pesar de ello, el portavoz de la editorial consideraba la edición «agotada el mismo día de su puesta en venta».

Una revolución silenciosa

El hecho de que el mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei, trazado a grandes líneas en los puntos de Camino, sea hoy vivido por millones de personas y aprobado de modo solemne por el Concilio Vaticano II, no debe hacer olvidar el profundo impacto —y a veces desconcierto— que producía en los lectores de Camino de los años treinta, cuarenta y cincuenta. Luis Alonso(23) recuerda que esa doctrina constituía algo revolucionario, hasta tal punto que el Fundador del Opus Dei «hubo de sufrir el ser tratado como un soñador, fuera de la realidad. (…) La novedad de las enseñanzas de Mons. Escrivá de Balaguer no consistía sólo en nuevos “modos” de llevar a la práctica una tarea apostólica más o menos similar a lo que se vivía en aquellos tiempos dentro de la Iglesia. Era una auténtica revolución en el concepto y práctica del apostolado. Paradójicamente se fundaba esta doctrina en el Evangelio y era la vida propia de los primeros cristianos. (…) En 1939 Mons. Escrivá de Balaguer hablaba así a personas que viviendo en medio del mundo sentían a fondo su vocación cristiana: «Quieres ser mártir. —Yo te pondré un martirio al alcance de la mano: ser apóstol y no llamarte apóstol, ser misionero —con misión— y no llamarte misionero, ser hombre de Dios y parecer hombre de mundo: ¡pasar oculto!» (Camino, n. 848).

Para ese lector acostumbrado a libros de devoción que le dibujaban un panorama de la vida cristiana que era, en muchos casos, una «acomodación» forzada de diversas espiritualidades religiosas, extrañas a las costumbres del hombre de la calle, y desenraizadas de la tierra concreta de su existencia cotidiana, las páginas de Camino representaban una novedad casi —y sin casiescandalosa. Le chocaban especialmente, como recuerda María Mercedes Otero, algunos puntos (por ej., nn. 832, 837) que enseñaban a saber estar en el propio sitio, «sin dejarse deslumbrar por el brillo de tareas ajenas al querer de Dios para cada uno; la incapacidad para saber ocupar el propio puesto origina desquiciamientos de diversos matices, dando lugar, por ejemplo, al triste espectáculo del laico clerical o del sacerdote representando el papel de laico, caricaturas que no entrañan ninguna eficacia para la vida real»(24).

A pesar de esa incomprensión inicial, Camino ha tenido una fuerte influencia dentro y fuera de la Iglesia. Esta obra expresa, según Guillemé Brûlon, «el carácter eterno de la Iglesia, al mismo tiempo que sus insondables capacidades de renovación»(25). Es un libro que ha nacido del amor a la Iglesia y en el que se enseña a amar a la Iglesia y a servirla opere et veritate, con obras y de verdad. En su estudio sobre el amor a la Iglesia y al Papa del autor de Camino, Cormac Burke(26) afirma que «para Mons. Escrivá de Balaguer era inconcebible que un cristiano no amase a la Iglesia. Sería no amar a Cristo. Evidentemente sabía que si muchos cristianos no aman a Cristo como deberían, tantas veces es porque desconocen su verdadero rostro amable». Y recuerda el punto n. 212 de Camino: «Ese Cristo que tú ves no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que puedan formar tus ojos turbios… —Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego… no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!». Concluye Burke con una breve exposición del pensamiento de Mons. Escrivá de Balaguer: «Y si muchos cristianos no aman a la Iglesia será por idéntica razón: poseer una imagen pobre de lo que es la Esposa de Cristo y su Cuerpo Místico. El gran afán de su vida era ayudarles a clarificar su mirada, para que —con las limpias luces del Amor— tuviesen una visión perfecta y su imagen de la Iglesia fuese realmente la de Cristo.»

Quizá en esta última frase se encuentra la clave decisiva para la comprensión de Camino. Es una lectura que ayuda decisivamente a encontrar a Dios, que se clava en medio de la propia biografía como un aluvión poderoso de fe, que busca remover los recuerdos «para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor»(27). Mons. Vicuña, Arzobispo de Puerto Montt (Chile), ofrecía uno de esos testimonios que muestran cómo la lectura de Camino se ha entretejido en miles de vidas: «el ejemplar que yo conservo —escribe— con un valor afectivo sumamente especial, es el que mi madre tuvo a su lado hasta el momento de morir, después de haberlo usado y gastado por años, con mucho aprovechamiento espiritual, en su lectura y oración personal. Y ya no sabría decir la cantidad de personas que conozco, cuyo descubrimiento de Jesucristo ha seguido los pasos de ese bien llamado Camino»(28).

Para la multitud, para la intimidad

Es un libro para la multitud y, paradójicamente, para la intimidad. Lo expresa gráficamente el Cardenal Rosales, Arzobispo de Cebú, cuando afirma que Camino habla al oído de millones de personas(29). Su lectura inaugura con frecuencia fechas en el alma, antes y después particularmente decisivos. Escribía un diario holandés: «De Weg está tan cerca de nosotros que no podemos decir nunca: “Sí, pero esto sólo vale para los privilegiados”. Más bien tendremos que reconocer sinceramente muchas veces: “¡esto es lo que yo necesitaba!”»(30).

Diálogo con Dios

Es un libro de diálogo: de diálogo con Dios, de diálogo con el autor. Un libro de diálogo con Dios, al que se llega también de la mano del autor, que escribe en el prólogo: «Lee despacio estos consejos. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios.» Camino propicia la oración serena, el encuentro cordial con Dios, la confrontación de la propia vida con el querer divino. «Es un libro que se puede meditar incansablemente durante toda una vida», afirma L’Homme Nouveau(31) . Sus páginas nacieron de la oración y sólo se entienden plenamente en la oración: por eso, nadie lo lee con plenitud si no convierte su lectura en diálogo con Dios.

Y es un libro de diálogo con el autor. Mons. Vallebuona lo evoca así: «Corría el año 1950. La Iglesia miraba y peregrinaba a Roma: era el Año Santo. Yo, joven salesiano estudiante de Filosofía, también peregriné. Alguien me hace un regalo: un libro pequeño, muy buscado y que pronto se agotaba. Camino. Tengo la sexta edición. (…) Ya desde su primera página sentí una particular atracción. (…) Había topado casualmente con un Maestro de Espiritualidad. Pasan los años: otro Año Santo: 1975. Estaba en Roma ese 26 de junio, cuando discretamente parte para el encuentro definitivo con Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Sentí otra vez su cercanía. “Por sus frutos los conoceréis”: criterio evangélico incontrastable. Lo voy certificando en profundidad. Mi actividad y servicio pastoral específico, la educación, me hace percibir selectivamente un legado, un mensaje educacional riquísimo en este hombre de Dios. He visto concretar este proyecto educativo y pastoral en la concorde y ordenada laboriosidad de sus hijos: la Universidad de Piura y Valle Grande de Cañete. Allí hay una escuela evangelizada y evangelizadora, donde el desarrollo personal es seguido con respeto y cariño, la dimensión religiosa ocupa su justo lugar y el muchacho puede con alegría encontrar a Dios, conocer y amar a Jesucristo, y recorrer el camino de la fe hasta la santidad. Hay preocupación por hacer crecer a cada uno según el proyecto de Dios, ayudando a madurar los gérmenes de vocaciones laicales, religiosas y sacerdotales que Dios siembra en tantos corazones. Esto lo he apreciado personalmente, de cerca»(32).

Hemos transcrito esta extensa cita porque retrata un iter habitual, que comienza con la lectura de Camino, encuentra luego el poderoso atractivo de la personalidad del autor y de su mensaje, y descubre por último la concreción humana de ese mensaje: la lucha de miles de personas por encarnar ese espíritu —el Opus Dei—. Esa lucha se traduce, en la vida de tantos hombres y mujeres, en obras de apostolado en todo el mundo y en gozosos frutos de santidad. Pero habitualmente, ese itinerario comienza en las páginas comprometedoras de este libro. «Leyéndolo —escribía Ivo Cisar en Humanitas— se encuentra uno asido por una mano fuerte que lo proyecta en un momento hacia lo sobrenatural»(33). «Advertí en su libro Camino —relata el Arzobispo de Guayaquil— que detrás de esos puntos de reflexión no había un hombre teórico, ensimismado en la elaboración de unas frases gráficas al margen de la vida real, sino un sacerdote que llegaba a la situación concreta del cristiano: todo era directo, incisivo, sacudía el alma con una exigencia de compromiso»(34).

Los testimonios de esa llamada al compromiso son numerosos y provienen de los cinco continentes. Recuerda Mons. Albert Kanene, Obispo de Awka (Nigeria), que la lectura de este libro le llevó a tener «un gran interés por la espiritualidad del Opus Dei ya una profunda admiración y devoción hacia su Fundador»(35). En otro extremo de la tierra, un Obispo filipino, Mons. Reyes, hace la misma afirmación: «He leído con frecuencia su libro Camino. Y estoy convencido que Mons. Escrivá de Balaguer debe ser un hombre muy santo y digno de ser venerado en los altares»(36). Los 999 puntos revelan pronto su entraña autobiográfica, la santidad de vida de su autor, aunque intentara velar pudorosamente, humildemente, las anécdotas vividas bajo un «me contaron que».

Las personalidades más diversas del ámbito civil han subrayado también el bien que ha hecho a su alma ese encuentro, por medio de Camino, con la poderosa personalidad del Fundador del Opus Dei, aunque muchos de ellos partan de presupuestos culturales y religiosos muy diversos Escribía un judío, Stuart Idelson: «Tuve el privilegio de conocer a Mons. Escrivá durante una visita a Roma en 1963, cuando estaba traduciendo su libro Camino del español al hebreo. Mons. Escrivá me produjo una gran impresión: era un hombre de gran corazón empeñado en la búsqueda de la paz entre las naciones y con un gran amor a toda la humanidad»(37).

Una dimensión nueva

En la actualidad la Iglesia ha abierto el proceso de Beatificación y de Canonización del autor de Camino, y su fama de santidad se extiende por todo el mundo. Y ese diálogo lector-autor ha adquirido una dimensión nueva: se ha convertido en devoción privada y se pasa, de modo natural y espontáneo, de la lectura a la oración, y la oración se vuelve petición confiada en la intercesión del autor. Escribía en 1975 el Obispo de Tarazona: «Las palabras escritas hace casi cuarenta años por Mons. Lauzurica en el prólogo de Camino reflejan con exactitud mi pensamiento: “En estas páginas aletea el espíritu de Dios. Detrás de cada una de sus sentencias hay un santo que ve tu intención y aguarda tus decisiones”»(38).

El amor, la muerte, Dios

Todos estos rasgos consagran a este libro como un clásico de la literatura espiritual. Las grandes obras clásicas giran en torno a tres temas centrales: el amor, la muerte, Dios: Romeo y Julieta, La Vida es Sueño, La Divina Comedia… Camino gira fundamentalmente «en torno de Dios, antiquísima torre», como escribía Rilke(39), y en esa tensión ascensional queda arrebatado el amor y superada, comprendida en su misterio, la muerte. Mons. Escrivá de Balaguer da un espléndido resumen de la vida del cristiano, marco del amor a Dios y a los demás, antesala de ese encuentro definitivo con el Creador llamado muerte: «Portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios.» El amor, la caridad fraterna, está anclada en ese ser y saberse hijos de Dios. Y comenta Ocáriz(40): «este fundamento sobrenatural confiere a las manifestaciones de la fraternidad entre los cristianos unas exigencias también de respeto —que no es frialdad, ni oficiosidad—, que le han de dar un tono de delicadeza humana: amor y respeto a los demás, que sea amor y respeto a la imagen de Cristo, a Cristo mismo, en ellos. Entendemos así el profundo contenido sobrenatural de aquel consejo del Padre: “Tú, hijo predilecto de Dios, siente y vive la fraternidad, pero sin familiaridades” (Camino, n. 948)».

Recorre medularmente el libro ese sentido de filiación divina, de cercanía con Dios, presente siempre en la génesis de cada uno de los puntos: Camino busca, fundamentalmente, hacer cercano a Dios. A un Dios que espera, como escribe Cornelio Fabro(41), que nos abandonemos en sus brazos paternales. Ese abandono es, entonces, «la cadena más potente y más dulce para someter nuestra voluntad a la voluntad de Dios, en una unión de corazón, plena de confidencia y de afectuosa intimidad. Además, el abandono posee por excelencia el secreto de asegurar la libertad del alma, pues —como afirma Mons. Escrivá de Balaguer— “nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos” (Amigos de Dios, n. 35). Y, a la vez, “El abandono en la Voluntad de Dios es el secreto para ser feliz en la tierra” (Camino, n. 766); para asegurar la paz y la alegría del corazón (cfr. Ibídem, nn. 659, 768)».

Un clásico

En ese sentido, y con las características propias de los libros de espiritualidad, puede considerarse a Camino un «clásico» dentro de los libros de su género. Camino hunde sus raíces en la Sagrada Escritura; expone vivísimamente las verdades cristianas; se hace eco de las enseñanzas de los grandes maestros de espiritualidad a lo largo de las diversas épocas; y plantea un nuevo panorama, de entraña evangélica, desconcertante aún para muchos: la llamada universal a la santidad. Una llamada que el Concilio Vaticano II ha proclamado a los cuatro vientos. Aquí se encuentra una de las claves de su permanente novedad, y es la razón por la que su lectura se convierte frecuentemente en un «descubrimiento».

El libro goza de la madurez de la lengua y el lenguaje guarda una sorprendente concisión: expresiones fugaces; ráfagas de imágenes; consideraciones vivísimas. La expresión se tensa en un esfuerzo máximo de fuerza y dinamismo. Siempre, con exigente economía expresiva, se perfila la palabra hasta la quintaesencia, sin crisparla, buscando —y encontrando— el anillo verbal justo. Se lee en Cittá Nuova: «El estilo es incisivo, brillante: refleja generosidad y frescor de ideales»(42). Pero no es un código: como señalaba Times(43), «no es un libro de reglas ni un metódico libro de texto. Sus mil menos una sentencias no tratan de imponer ninguna reglamentación: desean llevar a la reflexión personal, al juicio y a la iniciativa». Y todo con amenidad y elegancia, que son «las características de esta obra que muy bien podemos definir como el Kempis del siglo xx», según afirmaba Scrinium(44). Y proseguía Luigi Castiglione(45): «Simple, humanísimo, lleno de mordiente, rico de razones fuertes, para la mente y el corazón, para el vivir y el obrar, para la alegría y el dolor.»

T. S. Eliot hablaba de algunas cualidades propias de los libros clásicos: madurez de espíritu, que exige historia y conciencia de la historia; madurez de costumbres, que convierte la obra en reflejo de una sociedad madura y que se expresa en un código universal, no localista; amplitud, que es la cualidad de los clásicos de encontrar un eco en todo tipo de hombres en su propia lengua (lo que Eliot denomina «clásicos relativos»); y universalidad, que se cumple cuando una obra literaria tiene, además de esa amplitud en su propia lengua, la misma significación con respecto a literaturas extranjeras («clásicos absolutos»). Eliot aludía también al código universal propio de las obras clásicas. Muchas de esas cualidades se cumplen en Camino, que, a pesar de que la plenitud de su fuerza expresiva se da en castellano, no se diluye al traducirse a otras lenguas. El mensaje espiritual conserva su fuerza viva y enriquecedora en tamil, swahili, amharico, ucraniano, tagalog, esloveno, noruego, gaélico, chino o vascuence. El comentarista de la edición vascuence «Bidea» recordaba cómo «ha sido comentado una y otra vez como una de las más notables aportaciones que se han hecho en la historia de la Iglesia a la espiritualidad de los laicos»(46).

Un eco en todo tipo de hombres

Otros teóricos de la literatura consideran que el verdadero clásico es aquel que enriquece decisivamente el espíritu humano, que «habla a todos en un estilo propio en el que hay algo de cada uno; en un estilo nuevo sin neologismos —nuevo y antiguo a la

vez— fácilmente contemporáneo de todas las edades, de todos los tiempos» (Sante Beuve). Un historiador alemán, Peter Berglar, escribía en este sentido que «Camino tiene en común con las grandes obras de la literatura y del arte su adecuación plena a cualquier capacidad intelectual: «al que “no le diga absolutamente nada” seguramente es porque él no se dice nada a sí mismo»(47). Un articulista peruano corrobora esta idea: «Camino llega de un modo sorprendente a las más variadas mentalidades: lo conocen el obrero y el artista; el hombre de negocios y el asceta; lo lleva en el bolsillo el catedrático universitario (…). Hay quien lo lee de un respiro y quien (…) lo tira al fondo de un cajón donde continuará siendo una amenaza para cada seguridad mediocre»(48).

Todo esto forma parte de la historia cotidiana de Camino. Personas con culturas e ideologías diversas, incluso no cristianos, de naciones y razas diferentes, encuentran en sus páginas respuestas a sus interrogantes. En este mismo sentido escribían Sir John Biggs-Davison, miembro del Parlamento de Gran Bretaña(49), o Giulio Andreotti, destacado político italiano: «Vivimos en un tiempo del cual se puede decir lo que él escribía hace ya muchos años en su libro Camino, que tanto bien ha hecho a millones de almas: “estas crisis mundiales son crisis de santos”»(50).

Historia de una conversión

Escribía Paulina Lo Celso en 1972: «Camino es un libro de lectura para protestantes, musulmanes, judíos… Sin duda en el alma china (siempre sensible a la presencia de Dios en el mundo) las palabras de Camino (“Lu”) encontrarán inmediata sintonía…»(51). Cada encuentro, cada lectura, marca habitualmente una historia. Podrá suscitar el rechazo —es un libro de fe— o la admiración, pero no la indiferencia. Y con frecuencia Dios se sirve de esas páginas para lograr milagros del espíritu: «Nací en el seno de una familia protestante de las Antillas Británicas —escribía Patricia Anderson, una profesora inglesa—. Tengo cinco hermanas y un hermano. A los catorce años fuimos a vivir a Jamaica. Mi padre era pastor de la iglesia metodista y fui educada en una escuela católica de las mercedarias. Aunque no tenía ningún interés de tipo religioso, asistía a veces a las clases de religión (…). Leía y meditaba Camino, el libro de Mons. Escrivá de Balaguer. Poco a poco Dios me iba dando su gracia y me iba confirmando en el deseo cada vez más fuerte de conocer a fondo el catolicismo y convertirme. Estoy segura que las palabras del Fundador del Opus Dei fueron las que me removieron y las que avivaron esta inquietud, esta necesidad de verdad. Siempre he pensado que mi conversión se la debo a él»(52).

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 36.

(2) PETER BERGLAR, «Mi encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Ed. Universidad de Navarra, Pamplona, 1985.

(3) Informations Catholiques Internationales, París, 15. VI. 1957.

(4) JOSÉ MARÍA CASCIARO, «La santificación del trabajo en medio del mundo», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(5) LEONARDO POLO BARRENA, «El concepto de vida en Mons. Escrivá de Balaguer», en Anuario Filosófico, Ed. Universidad de Navarra, vol. XVIII, n. 2, Pamplona, 1985.

(6) MONS. OSCAR CRUZ, «Mons. Escrivá de Balaguer», en Hoja del Lunes, Ciudad Real, 25. VI. 79.

(7) Scrinium. Elenchus bibliograficus universalis (Pax Romana), Friburgo, Suiza, mayo, 1952.

(8) JOSÉ Luis ILLANES, «Dos de octubre de 1928», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(9) MONS. ALBERTO COSME DO AMARAL, «Em defesa da familia», Familia cristá, Lisboa, IV, 79.

(10) Marqués de Lozoya «Un trabajador de Dios», Pueblo, Madrid, 26.VI.1976.

(11) JORDI CERVÓS, «Trabajar cara a Dios», La Vanguardia, Barcelona, 6.VI.79.

(12) SOR ÁNGELES FERNÁNDEZ COFRECES, Superiora General de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón de Jesús y de María, Carta al Santo Padre, Valladolid, IX. 1975.

(13) PEDRO RODRÍGUEZ, «”Camino” y la espiritualidad del Opus Dei», Teología Espiritual, 9, pág. 213, 1965.

(14) FRANCISCO CASAS MANRIQUE, «Camino, un libro de espiritualidad para los laicos», El Siglo, Bogotá, Colombia, 21.VI.64.

(15) ANTONIO BRIVA, «Sembrador de paz y de alegría», en La Hora Leonesa, León, 25.VI.78.

(16) ABC, 24. VIII. 75.

(17) IGNACIO DE CELAYA, «Unidad de vida y plenitud cristiana», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. ch.

(18) La Prensa, Lima, Perú, 10.IX.62.

(19) PIETRO CASTELLI, «Cammino»., en La Rocca, Asís, Italia, 15.VII.60.

(20) JUAN BAUTISTA TORELLÓ, «La espiritualidad de los laicos», en La vocación cristiana, Palabra, Madrid, 1975.

(21) Mons. ROMOLO CARBONI, Carta al Santo Padre, Frascati (Roma) IX.1978.

(22) MANUEL GARRIDO BOÑANO, «Evocación a los cincuenta años de la Fundación del Opus Dei», en la Hoja del Lunes, Las Palmas de Gran Canaria, 2.X.78.

(23) Luis ALONSO, «La vocación apostólica del cristiano», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(24) MARÍA MERCEDES OTERO, «El “alma sacerdotal” del cristiano», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(25) JACQUES GUILLEMÉ BRÚLON, Le Figaro, París, 24.111.64.

(26) CORMAC BURKE, «El Amor a la Iglesia y al Papa», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(27) Camino, Introducción.

(28) MONS. ELADIO VICUÑA, «Mons. Escrivá de Balaguer», en El Mercurio, Valparaíso, Chile, 22.X.1980.

(29) CARDENAL JULIO ROSALES, «Un sacerdote cien por cien», Santa Cruz de Tenerife, 10.11.82.

(30) «Waarheid en Leven», Amsterdam, 12.XII.1974.

(31) «Mgr. Escrivá de Balaguer», en L’Homme Nouveau, París, 20.VII.75.

(32) MONS. EMILIO VALLEBUONA MEREA, «Año jubilar del Opus Dei», en El Tiempo, Piura, Perú, 4.XII.78.

(33) IVO CISAR, Humanitas, Brescia, Italia, mayo 1960.

(34) MONS. BERNARDINO ECHEVARRÍA RUIZ, «José María Escrivá: santidad cristiana en la vida ordinaria», en El Telégrafo, Guayaquil, 26.VI.76.

(35) MONS. ALBERT KANENE, «Opus Dei: What is it all about?», en The Leader, Owerri (Nigeria), 23.IX.1979.

(36) MONS. VICENTE P. REYES, Carta al Santo Padre. Cabanatuan City (Filipinas), 4.IX.1975.

(37) STUART IDELSON, Carta al Santo Padre, Wetsmount (Canadá), 14.VIII.75.

(38) MONS. FRANCISCO ALVAREZ MARTÍNEZ, Obispo de Tarazona, Carta al Santo Padre, Tarazona, 24.VII.75.

(39) RAINER MARÍA RILKE, El Poeta, II.

(40) FERNANDO OCARIZ, «El sentido de la filiación divina», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(41) CORNELIO FABRO, «El primado existencial de la libertad», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. cit.

(42) Città Nuova, Roma, 30.VIII.1960.

(43) Times, 20.VIII.59.

(44) Scrinium, op. cit.

(45) LUIGI CASTIGLIONE, «Un Best-seller cattolico», Il Popolo, Roma, 12.VI.62.

(46) Diario de Navarra, 1.IX.64.

(47) PETER BERGLAR, «Mi encuentro con Josemaría Escrivá de Balaguer», en Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Op. ch.

(48) Orientación, Lima, Perú, VII-VIII. 1960.

(49) Sir J OHN BIGGS-DAVISON, Carta al Santo Padre, Londres, 31X.1975.

(50) GIULIO ANDREOTTI, Carta al Santo Padre, Roma, 31.X.1975.

(51) PAULINA Lo CELSO, Esquiú (Buenos Aires), 6.VIII.72.

(52) PATRICIA ANDERSON, Carta al Santo Padre, Madrid, 25.11.1976.

El impacto de CAMINO en los años cuarenta.

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4 Jesús Urteaga

Eran los cuarenta, cuarenta y pocos, los años del hambre en España, en los que con dolor, sangre y lloros, se trataba de cerrar un paréntesis de tres años en los que se había roto la vida de muchos jóvenes.

En ese escenario que rezumaba barro, lágrimas y pesares, entrábamos nosotros, la generación que no había hecho nada; nos asomábamos a la ventana como espectadores atónitos de luchas fratricidas.

En la Universidad y en el Campamento de las Milicias

Por lo que yo viví, por aquel entonces surgía en los ambientes universitarios un libro de formato grande, atractivo en su presentación, que pasaba de mano en mano. No tenía muchas páginas. Eran 999 puntos con exigencias que sólo un hombre muy de Dios podía hacer. Cuando en los pasillos de la Facultad alguien preguntaba a otro si había leído el libro, no hacía falta nombrarlo: se trataba de Camino.

Camino era el libro que usábamos en los Círculos de estudio, al menos en la Asociación católica que yo frecuentaba, en aquellos primeros meses del 40. Cuando lo abrí por vez primera, se presentó ante mis ojos como un escopetazo el n. 846: «De acuerdo: mejor labor haces con esa conversación familiar o con aquella confidencia aislada que perorando espectáculo, espectáculo!—en sitio público ante millones de personas. Sin embargo, cuando hay que perorar, perora».

Y hay que reconocer que en aquel decenio se peroraba mucho.

Algunas de estas Asociaciones católicas fueron fundadas durante la guerra por jóvenes madrileños. Uno de ellos, entonces sargento de Artillería, es hoy un destacado Arzobispo en la Curia romana; otro, muy parlanchín, ocupa actualmente un alto cargo en la Administración pública. Los Círculos de estudio estaban respaldados —yo diría que íntegramente— por Camino; nos lo sabíamos de memoria.

Era un libro que entraba, se metía y penetraba hasta las entretelas.

En este artículo te presento el impacto que produjo su lectura en los ambientes universitarios de los años cuarenta que yo frecuentaba; de esto sí te puedo hablar con cierto conocimiento personal.

Mi condición de estudiante de Derecho me puso en contacto con universitarios vascos, vallisoletanos, valencianos, madrileños y un inmenso abanico de muchachos pertenecientes a diversas Facultades españolas en la primera promoción de la Milicia Universitaria: en Bétera (Valencia) y Chapas de Marbella (Málaga), hoy zona turística, y en el verano del 43 unas tierras privilegiadas por su proximidad al mar y tenebrosas por las moscas y alacranes que infestaban el Campamento. Fuimos pocos los que pudimos escapar de sus picaduras.

El Campamento de las Milicias fue un gran invento que nos permitió hacer con normalidad los estudios en la Universidad. Tanto los dos veranos campamentarios como los seis meses de prácticas en los Cuarteles —con categoría de Alféreces— nos dieron la oportunidad de ponernos en relación con gentes que, de otra forma, no habríamos conocido.

Por ese trato continuo que nos deparaba la vida de Campamento, nos permitió «contactar» con la gente en «mono», un mono o buzo que, al terminar los tres meses de uso ininterrumpido —estaba mal visto el pijama—, se sostenía solo, sin rodrigón que lo sujetara.

Nos conocíamos perfectamente todos los que convivíamos en aquellas enormes tiendas de campaña. Hablábamos de todo y con todos. Resultaba sencillo llegar a la intimidad en las frecuentes y amistosas conversaciones.

Cuántos atardeceres de los «caballeros cadetes» se llenaron de Camino. Los algarrobos, como las dunas de arenas mediterráneas, saben bastante de meditaciones personales con Camino. Muchos —cantidad, dirían ahora los jóvenes— aprendieron en aquellos años a hacer oración de una forma sencilla.

Aprendimos a tratar de «tú» a Dios

No sé si te he contado —no, no lo he hecho— que llevo algún tiempo preguntando a mis amigos de hoy, simples conocidos y compañeros de entonces, cuál fue la impresión que les causó la primera lectura de este libro. Alguno se me ha encogido de hombros; pero los más me han respondido con viveza, contando recuerdos concretos de su primer encuentro con el libro.

Esta fue la primera respuesta que he recopilado. Me lo cuenta Miguel:

—Yo creía que eso de hacer oración era propio de gentes expertas que venían de Lovaina. Con Camino aprendí a hacer meditación de una forma sencilla. Le estoy muy agradecido. Luego he podido adentrarme más por ese sendero, pero sí puedo asegurarte que los primeros pasos los di con Camino.

—En el Campamento, todos los que dedicábamos un rato al atardecer a hacer oración —me decía otro— usábamos, por supuesto, Camino. No conocíamos otro libro.

Un estudiante de Filosofía me comentaba lo complicado y enrevesado que debía ser hacer oración, por lo que él había leído sobre el tema. Recordaba —la verdad es que no lo recordaba bien— que algún autor, allá en la Edad Media, señalaba cinco puntos imprescindibles para hacer bien la meditación; que algún autor llegaba a seis y otro a siete, amén de no sé qué aplicación de las potencias del alma.

No soy quién para criticar métodos que pueden venir bien a los que siguen alguna espiritualidad concreta. Unicamente quiero hacer hincapié que aún hoy me resulta engorroso seguir todo ese conjunto de prescripciones para hacer bien la oración. Lo que quiero hacer constar es que, antes de conocer Camino, la inmensa mayoría de los universitarios no habíamos pensado en eso de hacer oración.

—Para mí —decía aquel que entendía la oración como propia de expertos de Lovaina— fue un descubrimiento encontrarme con el punto 90: «¿Que no sabes orar?» Efectivamente, a quien me hubiera propuesto hacerla, le habría contestado así: No sé hacerla. Pero ahora se me adelantaba, antes de que formulara mi respuesta, para decirme: «—Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oracion…!”, está seguro de que has empezado a hacerla.»

El número siguiente nos resolvía los temas. Esto sí que sabía practicarlo: hablar con Dios de «alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!».

Otro compañero de estudios recordaba la repercusión de Camino:

—Hacer oración me resultaba fácil, porque el libro me había enseñado a tratar a Dios de tú (los devocionarios del tiempo empleaban el término Vos), a llamar al Señor por su nombre: Jesús, con la confianza de un amigo. Había algo que me asombraba: no se trataba de ir a la meditación con una lista de súplicas para los problemas personales, por los exámenes, por la novia, por los futuros suegros, sino que hablaba de «conversación», de diálogo, de pararse a escuchar a Dios, y tratar de llegar a la intimidad con Cristo (cfr. nn. 321 y 322).

Hablábamos en voz alta cuando un tercero, ahora a punto de jubilarse, intervino en la conversación.

—A mí me resolvió —¡y no podéis figuraros cómo!— el 267. Me lo sé de memoria. Yo, como la mayoría —por no decir todos—, me acordaba de Dios como de Santa Bárbara, cuando tronaba. Estimo que éramos muchos los que teníamos la idea de Dios como la de un ser muy lejano, con quien se debía pactar porque era Juez que vendrá a pedirnos cuentas; a quien se le debía aplacar, no se enfureciera y nos enviara muchos males.

De pronto —rebus sic stantibus—, en aquellas circunstancias, Camino venía a romper todos esos esquemas que no ayudaban poco ni mucho a vivir como auténticos cristianos. Camino nos gritaba: ¡Eh, que Dios es amigo!, ¡que Cristo vive!, ¡que Dios es Padre!, ¡que el Señor está junto a nosotros! «—Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado» (n. 267).

Te copio lo que me ha dejado escrito en una cuartilla uno de los encuestados:

—Aprovechando que iba a pasar el fin de semana con sus padres, a un compañero de clase le di Camino para que se lo leyera. El mismo día, al despedirse de un amigo suyo, éste también le dio un librajo que era una auténtica porquería en todos los sentidos. Aquella noche al acostarse, encima de la mesita de noche reposaban los dos libros: Camino y el otro. En aquel momento —según me contó más adelante—, conociendo de antemano el contenido de los dos, comenzó en su interior una enorme batalla. De primeras, ganó la porquería, leyó cuatro páginas y… lo dejó. Después tomó Camino y leyó el primer punto: «Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso…» No pudo seguir, porque se le cayeron unos lagrimones; y sintió asco de sí mismo. Hizo un acto de contrición y al día siguiente se limpió con una buena confesión. Rompió el otro libro. Hoy Camino le es indispensable.

Un hombre sin ilusión profesional no sirve

Con la confianza que podíamos poner en Dios, el autor nos presentaba un panorama de actuación con exigencias concretas a quienes habíamos recibido la gracia de la fe y por ello habíamos de comportarnos como hombres de Cristo, que no se conformaban con la recitación de unas breves y rutinarias oraciones vocales antes de acostarse. ¿No éramos estudiantes?, ¿no habíamos decidido servir al Señor con los libros? Pues… ¡a estudiar!

Para ciertos amigos míos, que con frecuencia hacían la oración con un Camino muy usado, éste se abría casi siempre por las mismas páginas. El capítulo se titulaba Estudio.

El estudio es una obligación grave. El 348 ponía el dedo en la llaga: ahí estaban los defectos que atiborraban nuestra alma: desidia, dejadez, gandulería, cobardía y comodidad. No, no bastaba con que un estudiante hiciera meditación, ni con que frecuentase los Sacramentos; ni el vivir la castidad era suficiente. Se precisaba estudiar en serio (cfr. nn. 337 y 340).

Todo había que hacerlo con empeño. Me removía interiormente aquel querer imperativo de Camino: «Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres» (n. 316).

Yo no me había parado a pensar en quién había escrito aquellos pensamientos que barrían las vidas estúpidas e incoherentes con tantos altibajos de optimismos y vilezas…, hasta que surgió casualmente mi encuentro con el hombre de Dios que estaba detrás de Camino.

Fue en Valladolid, donde inesperadamente nos preguntaron: ¿Queréis conocer a su autor? —Sí quiero —lo dije en voz alta—; sí lo deseo con toda mi alma.

Después, he agradecido mucho aquella media hora de charla en el patio del Colegio de Lourdes.

El encuentro había sido realmente providencial. Mons. Escrivá de Balaguer había llegado a Valladolid a dar un Retiro a universitarios en el centro en el que nos encontrábamos.

¿Encuentro providencial? Por supuesto. Y se produjo un cambio total, imponente en mi vida, por todo lo que el autor de Camino me decía, por todo lo que me proponía, por todo lo que me sugería, por el panorama entusiasta que presentaba a mi vida. Nos habló de muchas cosas: de Dios, de santidad, de la Obra y de ilusión profesional.

No fueron muchas las preguntas que nos hizo —éramos tres los que charlábamos en aquel momento—, pero una de ellas hacía referencia a los ideales en nuestro trabajo. Si no se estudiaba en firme, con ilusión, uno podía ser un muchacho bondadoso a lo sumo (que no bueno), pero inútil.

La ilusión profesional era la única condición que se nos ponía para acudir y llevar amigos a los Retiros mensuales en la entonces Residencia, hoy Colegio Mayor de la Moncloa, en Madrid.

El mismo afán que otros ponen en sus asuntos terrenos era el que se nos pedía para los asuntos de nuestra alma. En el grupo de amigotes de aquel curso, compartíamos este ideal: si lográbamos en la vida interior la misma ambición grande con que trabajábamos en el campo profesional, seríamos santos.

Camino era una campanada, una sacudida firme que nos animaba a levantar los ojos por encima de los tejados del alma. Ni estábamos solos en el mundo, ni éste podría transformarse sin que hubiera jóvenes que, con los ojos en el cielo, pisaran fuerte en la tierra y la trabajaran con sus manos.

«Camino» nos enseñó a hablar de Dios

En los pasillos de la Facultad, el tiempo libre entre teórica y teórica en el Campamento, la salida de las clases, el bar, la calle, eran lugares y ocasiones para hablar de Dios.

Trataba de sonsacar a un abogado, hoy muy famoso, compañero del último curso de Derecho de 1944, en la Central, y le preguntaba:

—¿No crees que por aquellos años se hacía apostolado? —¿Apostolado? Desde luego apostolado personal, no. Yo lo aprendí en Camino.

Efectivamente, hay que reconocerlo, no era corriente —como tampoco lo es hoy, por desgracia— el hablar de Dios a un amigo. Se nos estimulaba a un apostolado entre los profesionales, entre los colegas: «no me digas que no sabes qué decir. —Porque (…) el Señor pone en boca de sus apóstoles palabras llenas de eficacia» (n. 972).

El autor no nos permitía ni el apoltronamiento ni el que fuéramos cada uno a lo nuestro. «Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora que supiste provocar oportunamente» (n. 973).

Algunos años después no son extraños los Documentos con ideas que ya habíamos leído en el n. 353: «Aconfesionalismo. Neutralidad. Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?»

—¿Qué supuso para ti el primer encuentro con Camino?

—Un descubrimiento —me contesta un hombre muy metido en política—. Hoy soy muy proselitista de mis ideas. Entonces, cuando leí Camino, aprendí a hacer apostolado, preocupándome seriamente de mis compañeros de aula. Viví ciertamente unos años muy abierto a las exigencias de Dios y a las de mis amigos. Me escudaba en la comodidad al decir de mí mismo que era débil. Recuerdo que el 714 me llamó cobarde. Estimo que fue aquello lo que me hizo reaccionar: salí de mí mismo y comencé a mirar alrededor. Ciertamente había muchas cosas que hacer. Algunos dicen que Camino es un libro de oración; para mí fue un clarinazo para la acción. No sé si serán textuales las palabras, pero aquel número me lo he repetido multitud de veces: No te imagino ni encogido ni apocado. Has de ser varonil y normal; de lo contrario, en lugar de ser apóstol, serás una caricatura que dé risa.

Efectivamente, esa doctrina está en el 877.

Sí, nos impulsaba a la acción y a una acción que, alimentada en la vida interior, debería desbordarse en las almas de los más próximos, en la labor diaria.

«—Lo que hay que hacer, se hace… Sin vacilar… Sin miramientos…» (n. 11). ¿No comprobáis que sigue vivo el consejo? ¡Qué nos importaban los obstáculos! Había que crecerse ante ellos. ¡Camino arriba!, con santa desvergüenza, sin detenerse hasta que subiéramos del todo la cuesta del cumplimiento del deber (cfr. n. 44).

Y si alguno de quienes estaban junto a nosotros se desmoronaba, yo le leía lo que a mí me había levantado de la tibieza: «La juventud da todo lo que puede: se da ella misma sin tasa.»

«No tengas espíritu pueblerino.» Y mi amigo y yo hacíamos el propósito de no quedarnos en aves de corral porque podíamos subir como las águilas. «—La gracia del Señor no te ha de faltar: (…) —¡pasarás a través de los montes!» (n. 12).

Nunca se ha impulsado a tanto con menos medios

—La sacudida me llegó a mí con lo de los cincuenta —me comentaba un magistrado, ahora a punto de jubilarse.

Al notar mi extrañeza, añadió, como quien se lo había repetido interiormente multitud de veces: «Dile, a… ése, que necesito cincuenta hombres que amen a Jesucristo sobre todas las cosas» (n. 806).

Las respuestas a mi pregunta sobre el impacto de Camino han sido muy variadas, lógicamente. Así, me han contestado que Camino supuso para ellos: ideales, recomienzos, apuntar alto, adentrarse en la mar, generosidad, preocupación por los vecinos. Y lucha.

Y como se trataba de luchar, los comodones no tenían nada que hacer. O cambiaban o cerraban el libro. Estaba escrito para quienes no queríamos detenernos en lo fácil. En sus páginas aprendimos que nunca «eso» había sido camino para nada. Entender que la juventud huye de lo peliagudo es no conocer a los jóvenes. Tratar de hacer cómodo el cristianismo sólo sirve para aumentar el número de los mediocres. Aquellos 999 puntos nos hablaban de Dios, y las cosas de Dios siempre exigen marchar contra corriente.

¿Que otros tenían muchos medios, que levantaban maravillas de organización, de prensa, de propaganda… y nosotros no teníamos ninguno? ¡Y qué nos importaba! Si alguien entristecía se le leía el 478: «¿Pero, ¡a estas alturas!, va a resultar que necesitas la aprobación, el calor, los consuelos de los poderosos, para seguir haciendo lo que Dios quiere?» Y el siguiente: «No hagas caso. —Siempre los “prudentes” han llamado locuras a las obras de Dios. —¡Adelante, audacia!»

Estimo que de continuar preguntando a estudiantes de aquellos años de Universidad no acabaría nunca. Así que lo dejó. Camino fue —y es, porque todo en él está vivo— un libro que nos enseñó a hacer oración, tratando a Dios como Él quiere ser tratado, con confianza de hijos, y nos abrió horizontes de generosidad, para no decir basta cuando surgiera el cansancio. Las páginas del Fundador del Opus Dei nos inculcaron la ilusión profesional como ingrediente en nuestra vida de cristianos responsables. Nos impulsó a muchos a marchar cuesta arriba, como lo hizo Jesucristo y se lo enseñó a todos sus discípulos.

¿Dónde andará aquel amigo que una tarde me comentaba como sintiéndose aludido?: «¿No sabes que eres el cacharro de los desperdicios?»

Un último añadido y finalizo esta suma de recuerdos sobre Camino.

—¿Sabes que hubo estudiantes que lo cerraban por miedo a complicarse la vida? No había vez que lo abriera y comenzara a leer un capítulo, que no dijera con un gracioso sonsonete: ¡huy, huy, huy…! Y dejándole sobre la mesilla se iba de paseo.

Pocos libros se han escrito con tantas exigencias. Daba la impresión de que era el Señor quien pedía mucho a su autor y, lógicamente, nos lo comunicaba a los lectores. ¡Eh, más!, que a la hora del sacrificio son pocos los que arriman el hombro (cfr. n. 466).

¡Más en la oración, más en el estudio, más en la preocupación por los demás, más en el apostolado, más en el servicio a la Iglesia! Eran tres los grandes amores que nos predicaba: Cristo, María, el Papa.

Camino estaba escrito para todos. Catedráticos, periodistas, políticos, diplomáticos, estudiantes, trabajadores, hombres y mujeres, aparecen en sus páginas como destinatarios de esas líneas penetrantes, en las que aletea el espíritu de Dios, como se leía al iniciar la «Introducción» firmada en Vitoria, en la festividad de San José de 1939.

Gracias, Padre, por habernos mostrado claramente el Camino. Es senda atractiva y espinosa, brillante y pedregosa. Marcharemos de la mano de Santa María, por ese sendero luminoso que recorreremos con muchos en la tierra antes de llegar al Cielo.

Acogida universal.

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3 José Miguel Pero-Sanz

No se habían cumplido aún diez años desde la fecha en que entregaba el alma a Dios su Siervo Josemaría Escrivá de Balaguer, cuando se editaba el ejemplar 3.000.000 de su más conocida obra de espiritualidad —Camino—, traducida en cerca de 40 idiomas: del tagalo al danés; del hebreo al indonesio; del lituano al quechua, etc., por no mencionar las lenguas más comunes o conocidas (inglés, chino, francés, alemán, portugués, ruso, italiano, árabe, polaco…) u otras más circunscritas (catalán, vascuence, gallego, armenio, maltés, croata, etc.).

La circunstancia invita a reflexionar sobre las razones de tan portentosa acogida.

Concurren varias explicaciones para este hecho. La primera venía señalada por Mons. Javier Lauzurica en la Introducción que redactó para Camino en 1939: «En estas páginas aletea el espíritu de Dios». Es evidente que el espíritu de Dios no admite la cortapisa de fronteras geográficas, barreras sociales, ni diques lingüísticos, como pudieron comprobar los «partos, medos, elamitas, los que habitan Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las partes de Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes» (Act 2, 9-11), que coincidieron en Jerusalén el primer día de la Pentecostés cristiana.

Con enunciar esa primera explicación cabría poner punto final a la reflexión. Todo lo substancial queda dicho. Ahora bien, el espíritu de Dios se plasma y expresa mediante instrumentos humanos.

Y en este sentido, cabe reflexionar tanto sobre la índole formal y estilística del libro, como sobre los perfiles personales del autor y sobre el fondo de su enseñanza.

Universalidad

Hay en la propia persona del autor un rasgo que, desde la fundación del Opus Dei en 1928, caracterizó el estilo y la disposición pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer. Un rasgo que contribuye a explicar la aceptación del libro por los cinco continentes. Se trata de su sentido «católico», es decir, ecuménico, universal.

Tal vez fuera interesante advertir que cuando el libro se publicó por primera vez (1934), con el título Consideraciones Espirituales, el Fundador del Opus Dei —la fundación data de seis años antes— no había pisado aún tierra no española. Y la segunda edición aumentada, ya con el título y extensión definitivos, aparecería en 1939 cuando el autor había pasado solamente diez días fuera de España (ocho en Andorra y menos de dos en Francia). Pero podía escribir, como quien lo tiene bien experimentado: «Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús» (n. 764).

Desde el 2 de octubre de 1928 era universal la dimensión de su apostolado. Su mirada se dirigía al mundo entero: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301). Y aunque las circunstancias —guerra española primero, y mundial después— supusieron un compás de espera para la extensión del Opus Dei, el Fundador había sabido contagiar ese espíritu a sus primeros seguidores. En el número 911 de Camino recoge las líneas, llenas de ardor «católico», de uno de ellos: «Me escribes: “el deseo tan grande que todos tenemos de que marche y se dilate parece que se va a convertir en impaciencia. ¿Cuándo salta, cuándo rompe…, cuándo veremos nuestro al mundo?” (…)». Era la respuesta a la exhortación: «No tengas espíritu pueblerino. —Agranda tu corazón, hasta que sea universal, “católico” (…)» (n. 7).

Quien redacta estos comentarios conoció personalmente al Siervo de Dios en octubre de 1957: residió aquel curso académico de 1957-58, así como el siguiente (1958-59), en un centro romano de formación que, bajo la paternal solicitud de Mons. Escrivá de Balaguer, congregaba a casi doscientos universitarios procedentes de los más diversos países.

Si a cualquiera que trató al autor de Camino se le preguntara cuáles fueron las impresiones que más grabadas le quedaron de su persona, sin duda mencionaría —junto a la cordialidad, el buen humor, el amor a la libertad o la gratitud— la universalidad. En el plano sobrenatural, la versión equivalente sería el amor al Santo Padre, la romanidad, que también había plasmado en Camino: «Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro» (n. 520).

Recuerdo mi sorpresa cuando le oí decir que el nacionalismo era un pecado. ¿Qué significaba nacionalismo? Pronto lo explicaba: una falta de justicia contra las naciones distintas de la propia; algo contrario al amor a Jesucristo, que era universal como su Redención. Por tanto, el nacionalismo es cosa desagradable a los ojos de Dios y, además, una necedad, una miopía, que acaba siempre por hacer daño a la Iglesia. Nos indicaba que cada uno debíamos querer mucho a nuestra tierra, y comprender las ambiciones nobles de los demás países: «Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países (…)» (n. 525).

El amor a la propia nación, de acuerdo con la teología clásica, lo concebía como una virtud cristiana —parte de la piedad— que bendecía con las dos manos. Personalmente, aunque durante los últimos treinta años tendría su residencia en Roma, no toleraba que nadie considerase amar a España más que él: «Hace muchos años —decía en Pamplona, en 1960— que resido en el extranjero; bien sabe Dios que no es por mi gusto, aunque lo hago muy a gusto. Y, sin embargo, cada día soy más español y, al mismo tiempo, más universal, más católico. Amo con toda el alma a esta patria mía, con sus virtudes y sus defectos, con su rica variedad de regiones, de hombres y de lenguas. Me encanta atravesar esa Castilla —paisaje de surco y cielo— que hace a los hombres y los gasta; me siento catalán en Cataluña y soy aragonés de nacimiento; admiro sin disimulo las fértiles vegas de Levante, los pueblos encalados de Andalucía, la recia contextura de la Montaña (…)». Ahora bien, por salvar un alma —solía señalar, tal vez recordando las plegarias seculares «por la confusión del turco»— estaba dispuesto a hacerse turco.

Queda dicho que, aunque Dios lo hizo nacer en Madrid, el Opus Dei fue desde el primer momento una realidad “romana”, es decir, católica, ecuménica. En este sentido, su Fundador prevenía en Camino frente a la tentación de empequeñecer los apostolados de carácter universal: «No me hagáis “capillitas” dentro de vuestro trabajo. —Sería empequeñecer los apostolados: porque si la “capillita” llega, ¡por fin!, al gobierno de una empresa universal… ¡qué pronto la empresa universal acaba en capillita!» (n. 963).

Refiriéndose a cuando Dios le hubiera llamado ya a su presencia, recuerdo haberle oído decir, durante mi temporada romana, que si algún día —cosa que, sin duda, no sucedería— alguno de sus hijos quisiera hacer un Opus Dei español, mexicano, irlandés o de cualquier otro país, se levantaría de la tumba para darle una cariñosa “zurra” y volverle al espíritu fundacional de universalidad.

De hecho, en el momento de elegir sucesor suyo al frente de la Obra en 1975, los miembros del Opus Dei pertenecían a 80 países; los 172 participantes en el Congreso Electivo —que, por cierto, señalaron unánimemente a Mons. del Portillo— eran originarios de 43 nacionalidades; y el Consejo General del Opus Dei, renovado en las mismas fechas, quedó integrado por 40 miembros de 35 naciones diversas.

Hasta en la designación de Santos Intercesores para la Obra había cuidado Mons. Escrivá de Balaguer esa universalidad: S. Nicolás (de Asia Menor), Santo Tomás Moro (inglés), el Santo Cura de Ars (francés) y dos italianos (Santa Catalina de Siena y S. Pío X). No le hubiera sido, en absoluto, difícil elegir santos españoles de análogo historial: S. Isidoro, S. Hermenegildo, S. Juan de Ávila, Santa Teresa de Jesús, S. Dámaso, etc.

Este sentido universal no significaba el insípido cosmopolitismo del apátrida, desarraigado, que sencillamente no es de ninguna parte.

La catolicidad quería decir algo muy positivo: aprecio por las cosas buenas de todas partes. Esto se ponía de relieve, por ejemplo, al sugerir estilos arquitectónicos para alguna de las obras corporativas que promueven, junto con otros ciudadanos, miembros del Opus Dei. Quería que se inspirasen en los edificios locales, utilizando —no sólo, aunque también, por motivos de pobreza— elementos decorativos procedentes de derribos; y que las construcciones se integrasen en el paisaje de cada lugar. Le gustaba lo bonito de todos los tipos y de todos los sitios. Y a quienes vivíamos cerca de él nos hacía notar que, como estábamos en Italia y en Roma, las cosas eran romanas o, por lo menos, italianas. En el santuario de Torreciudad, por estar enclavado en Huesca, la arquitectura tiene los aires de su Aragón natal.

Esto se traducía igualmente en los tipos de apostolado que impulsaba en todo el mundo; apostolados que realizaban ese fenómeno, tan entrañablemente católico, que se ha dado en llamar de “inculturación”: se trataba de iniciativas enraizadas en cada lugar. En los Andes peruanos serían emisoras radiofónicas necesarias para la promoción cristiana y humana de poblaciones aisladas; en Kenia, recién incorporada a la independencia, surgirían escuelas de secretariado precisas para atender a la naciente tarea administrativa; en el campesino estado de Morelos, en México, granjas-escuela… Recuerdo la ilusión con que, durante mis años romanos, seguía Mons. Escrivá de Balaguer el nacimiento de un centro de idiomas en el Japón, cuyos ciudadanos, tras la guerra, ansiaban el aprendizaje de lenguas occidentales; o el proyecto de establecer en Oxford un college universitario.

Era un modo de traducir en obras lo que escribiera en Camino: «(…) ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. —¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto» (n. 525).

Respondía, pues, a una profunda verdad la impresión de todos sus oyentes de que su propio país era el predilecto del Siervo de Dios: a los ingleses les enorgullecía escucharle el sentimiento de libertad, raro de encontrar, que experimentaba cada vez que visitaba Gran Bretaña; en México expresó su deseo de dejar este mundo, como sucedió, contemplando una imagen de la guadalupana; y de todo corazón se le escapó en Portugal un sincero «¡Viva Aljubarrota!».

Todo esto tenía mucho que ver con el espíritu católico de la Obra que Dios le inspiró. Pero surgía, también, de su personalidad. El cariño singular a Francia, por ejemplo, se remontaba a la reacción instintiva, que, ya de niño, le provocaban los libros escolares de historia, entonces al uso en España, pensados para fomentar en las mentes de las criaturas una visceral antipatía por el país de Francisco I, de Richelieu y de Napoleón.

Por eso, entre otras razones, porque su autor era un hombre universal, Camino es una obra universal.

Pero con ser éste un factor importante, no es el único ni quizás el principal. También el libro mismo tiene, de por sí, un alcance ilimitado.

Lo que necesita cada lector

Por lo que atañe a los párrafos que integran Camino, ninguna «etapa» del alma queda excluida de su mensaje.

—La plenitud natural conduce con la gracia divina a Cristo, el Hombre perfecto. Por eso el libro, en su continua exhortación a las virtudes humanas, proporciona una praeparatio evangelica para el hombre sin fe. Se siente espoleado en el amor a la verdad: «Nunca quieres “agotar la verdad”. —Unas veces por corrección. Otras —las más—, por no darte un mal rato. Algunas, por no darlo. Y, siempre, por cobardía. Así, con ese miedo a ahondar, jamás serás hombre de criterio» (n. 33). Se le induce a trabajar concienzudamente: «Estudia. —Estudia con empeño. —Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad. ¿O crees que por vago y comodón vas a recibir ciencia infusa?» (n. 340). Aprende a encarar sus responsabilidades: «Esa falsa humildad es comodidad: así, tan humildico, vas haciendo dejación de derechos… que son deberes» (n. 603). Sus relaciones con el prójimo se moldean según la rectitud humana y, por tanto, cristiana: «Es más fácil decir que hacer. —Tú…, que tienes esa lengua tajante —de hacha—, ¿has probado alguna vez, por casualidad siquiera, a hacer “bien” lo que, según tu “autorizada” opinión, hacen los otros menos bien?» (n. 448).

—Quien lucha por librarse de los lazos del pecado encuentra en Camino aliento: «No pienses más en tu caída. —Ese pensamiento, además de losa que te cubre y abruma, será fácilmente ocasión de próximas tentaciones. —Cristo te perdonó: olvídate del hombre viejo» (n. 262). También se le proporcionan luces claras para no errar: «Aunque la carne se vista de seda… —Te diré, cuando te vea vacilar ante la tentación, que oculta su impureza con pretextos de arte, de ciencia…, ¡de caridad! Te diré, con palabras de un viejo refrán español: aunque la carne se vista de seda, carne se queda» (n. 134).

—Para el que se inicia por las sendas de la vida interior no faltan orientaciones seguras: «¿Que no sabes orar? —Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: “Señor, ¡que no sé hacer oración!…”, está seguro de que has empezado a hacerla» (n. 90); «Haz pocos propósitos. —Haz propósitos concretos. —Y cúmplelos con la ayuda de Dios» (n. 249); «No tienes espíritu de pobreza si, puesto a escoger de modo que la elección pase inadvertida, no escoges para ti lo peor» (n. 635).

—El alma ya atezada en los empeños ascéticos halla en el libro referencias preciosas para no descaminar sus esfuerzos: «Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, estériles» (n. 280); «Da “toda” la gloria a Dios. —”Exprime” con tu voluntad, ayudado por la gracia, cada una de tus acciones, para que en ellas no quede nada que huela a humana soberbia, a complacencia de tu “yo”» (n. 784).

—También quien sabe de amor unitivo puede formular con palabras de Camino las aspiraciones y experiencias de su oración contemplativa: «Contigo, Jesús, ¡qué placentero es el dolor y qué luminosa la oscuridad!» (n. 229); «Más quiero tu Voluntad, Dios mío, que no cumpliéndola —si pudiera ser tal disparate—, la misma gloria» (n. 765); « (…) —Te “metiste” en la Llaga santísima de la mano derecha de tu Señor, y me preguntaste: “Si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las cinco, abiertas en el madero?» (n. 555).

Las consideraciones que, «en confidencia de amigo» (Prólogo), dice Mons. Escrivá de Balaguer al oído de su lector abarcan en su amplio registro al feliz y al atribulado; al famoso y al que se siente solo; al ciudadano corriente y al constituido en autoridad; al que busca su vocación y a quien perdió el entusiasmo de la primera hora; al recién convertido, al cansado, al escrupuloso…

Sería de todas formas inexacto pensar que esta capacidad para llegar a un público tan diversificado responda simplemente a la variedad misma de los 999 párrafos que integran el libro. Es cierto que algunos —los menos de ellos— tienen un destinatario preciso: el estudiante, el enfermo, quien se prepara para contraer matrimonio, el que acaba de superar una tentación o la víctima de una injusta maledicencia. Pero lo verdaderamente notable es la luminosidad que cualquier frase de Camino proporciona para personas distintas o para un mismo lector en diferentes momentos anímicos.

En alguna ocasión el autor comparó las reflexiones del libro con pequeños instrumentos musicales de viento —«gaiticas» solía llamarlas— que, para sonar, necesitan ser soplados; y que emiten sonidos diversos según sea el soplo que imprima cada lector. A cada uno Camino le dirá lo que necesita, precisamente en su actual circunstancia.

Se puede ilustrar la idea tomando por ejemplo el número 662: «¿No hay alegría? —Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. —Casi siempre acertarás». El libro no enseña cuál sea el motivo concreto de cada tristeza. Pero facilita la pista para descubrirlo. En algún caso, el “obstáculo” será un proyecto personal a cuya renuncia no se está dispuesto ni aun por Dios; otras veces será un afecto desordenado; puede tratarse de un bien material o de un “status” social que se pretende conservar a cualquier precio: será una circunstancia de la vida que impide mirar a Dios de frente; será… lo que sea. Es el lector quien, sinceramente, debe soplar la “gaitica” en la seguridad de que sonará del modo adecuado para él y en este momento. Lo mismo puede advertirse —por citar otro entre muchos ejemplos posibles— en el número 5: «Acostúmbrate a decir que no». Decir que no, ¿a qué? Cada uno se ve invitado a poner el complemento justo: decir que no a la propia concupiscencia; decir que no a esa petición que perjudicará al peticionario; decir que no a determinada presión ambiental; decir que no al negocio rentable pero incorrecto…

Como se advierte, las frases que desencadenan el proceso interior de examen y de formulación de propósitos son sencillas de redacción; perfectamente comprensibles para cualquiera, desde el intelectual de alto rango hasta el labrador iletrado. Y para cada uno contienen exactamente lo atinado. Por eso las páginas del libro están abiertas a todas las personas y situaciones: «¡Anda!, con generosidad y como un niño, dile: ¿qué me irás a dar cuando me exiges “eso”?» (n. 153). Cada lector sabe qué es para él “eso”. «Cuando percibas los aplausos del triunfo, que suenen también en tus oídos las risas que provocaste con tus fracasos» (n. 589): uno mismo es quien debe evocar sus personales ridículos. «¿Quieres de verdad ser santo? —Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces» (n. 815): todo un programa válido para la madre de familia, el profesor universitario, el obispo, la empleada de hogar, el religioso, la secretaria, o el campesino. Por eso lo leen con provecho todos ellos.

De esta forma, la estructura misma de Camino y la redacción de sus puntos confieren al libro esa universalidad, por decirlo de algún modo “intensiva”, que alcanza a cualquier tipo de persona y a cualesquiera momentos de su vida.

Pluralidad de vocaciones

Existe, en conexión con ello, otro aspecto de la catolicidad que caracterizó el alma y la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer. Un aspecto que supo transmitir desde el primer momento a sus hijos y que late en las páginas de ese libro, como de todos los suyos: el amor a la pluralidad de vocaciones y carismas dentro de la Iglesia.

Ante la posible perplejidad «¡Hay muchos caminos!», respondía gozosamente: «—Debe haberlos: para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable» (n. 964).

En dicha variedad descubría el sentido ecuménico de la Redención y la consiguiente riqueza del Cuerpo de Cristo. Por eso vacunaba a sus lectores frente a cualquier manifestación de celotipia o exclusivismo: «Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor (…)» (n. 966). En abono de esa afirmación apelaba a la enseñanza de Cristo cuando salió al paso de la estrechez de miras apostólicas: Hemos visto a uno que andaba lanzando demonios en tu nombre, que no es de nuestra compañía, y se lo prohibimos, recordando que el que no está contra nosotros, con nosotros está (Mc 9, 38-40, citado en ibid.).

Siendo, como era, su vocación la de sacerdote secular diocesano y habiendo recibido de Dios el carisma de suscitar la santidad principalmente entre fieles seglares y los demás sacerdotes diocesanos, reseñaba entre sus mayores satisfacciones las almas que, como fruto de su labor pastoral, había encaminado hacia claustros y monasterios.

El autor de estas cuartillas recuerda un encuentro de Mons. Escrivá de Balaguer, en Pamplona en 1964, con numerosos representantes de órdenes y congregaciones religiosas. Preguntó por los escolapios, cuyas aulas frecuentó de niño; agradeció cordialísimamente, en la persona de un barbado capuchino, la hospitalidad que sus hermanos en religión le dispensaran en alguna de sus correrías pastorales. Y para todos tuvo palabras de sólida fraternidad.

En este orden de cosas, y pensando no sólo en probadas instituciones sino en iniciativas apostólicas recientes, acostumbraba repetir que jamás apagaría una «lucecica» que se encendiera en nombre de Cristo. No era ése su estilo ni su misión dentro de la Iglesia (por otra parte, si el candil carecía de aceite, si no era cosa de Dios, se extinguiría él solo).

Tal actitud no se limitaba, en absoluto, a una mera tolerancia, sino que se traducía en una positiva complacencia y sentido de la comunión de los santos: «Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. (…)» (n. 965). Sus palabras tienen la reminiscencia del gozo paulino cuando al Apóstol de las Gentes llegaban noticias de otros predicadores: De cualquier manera, sea por pretexto, sea sinceramente que Cristo sea anunciado, yo me alegro de ello y me alegraré (Phil 1, 18). Añadía en Camino: « (…) —Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia (…)» (ibid).

Su espíritu se esponjaba cada vez que en la predicación le correspondía comentar el pasaje evangélico de la pesca milagrosa cuando, en la portentosa captura, deben colaborar los ocupantes de distintas barcas. Bien inculcada dejó en sus hijos y en sus oyentes la necesidad de que en la Iglesia todos tirasen del mismo carro, en la dirección marcada por la Jerarquía. Teniendo a la vez claro que cada uno habría de aplicar su esfuerzo en un varal concreto: « (…) —¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. —Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (n. 832).

El amor al pluralismo exige, antes que nada, respetarlo sin enmascaramientos. Tampoco en eso propugnaba Mons. Escrivá de Balaguer un “cosmopolitismo” eclesial, que busca la unidad por la nivelación de diferencias. La pluralidad era buena para él precisamente como pluralidad: si dentro del común denominador de la fe, de la liturgia y del régimen eclesiástico, los numeradores conservan toda su rica variedad: « (…) Unidad y variedad. —Habéis de ser tan varios, como variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas. —Y, también, tan conformes unos con otros como los santos, que no serían santos si cada uno de ellos no se hubiera identificado con Cristo» (n. 947).

No se trata de disimular la pluriformidad del Cuerpo de Cristo, sino de que cada uno sea lo que, por vocación divina, es: el sacerdote, sacerdote; el seglar, seglar; el religioso, religioso. A quien pensase que la multitud de caminos era motivo de confusión, le diría: « (…) ¿Confusionismo? —Escoge de una vez para siempre: y la confusión se convertirá en seguridad» (n. 964). Era exactamente el mismo consejo que acompañaba al de alegrarse por la existencia de tantos apostolados valiosos y de rezar sinceramente por ellos: « (…) Después, tú, a tu camino: persuádete de que no tienes otro» (n. 965).

Todos los caminos honrados de la vida humana pueden, efectivamente, ser lugar de encuentro con Cristo; en todos ellos cabe descubrir un sentido vocacional. Este fue el contenido esencial de la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer desde el 2 de octubre de 1928, y la clave de esa universalidad en los destinatarios de Camino. Ahí reside el secreto de la difusión del libro. Lo que en él aletea es, cabalmente, la llamada universal a la santidad: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (n. 291).

El mensaje del Fundador del Opus Dei es ése: que la santidad, la plenitud de la vida cristiana, no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, por los que marchan los hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales.

Por eso Camino es leído con avidez en esloveno y swahili, en gaélico y en coreano, en sueco y en guaraní.

Cincuenta años de historia.

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2 Josep Ignasi Saranyana

A finales de junio de 1939 salía de las prensas valencianas de Gráficas Turia la primera edición de Camino(1). Impreso a dos tintas (verde y negro) y en preciosos tipos, el colofón consignaba un dato muy importante: «Se acabó de escribir este libro, en Burgos, día de la Purificación de la Bienaventurada Virgen María, año 1939.» Sin embargo, los orígenes de esta obra se remontaban a los primeros años treinta. «Escribí en 1934 una buena parte de ese libro —declaraba a «Le Figaro», en 1966, Mons. Escrivá de Balaguer—, resumiendo para todas las almas que trataba —del Opus Dei o no— mi experiencia sacerdotal. No sospeché que treinta años después alcanzaría una difusión tan amplia —millones de ejemplares— en tantos idiomas»(2).

El éxito editorial de Camino ha sido tan extraordinario, que le ha merecido el título de «Kempis de los tiempos modernos», por compararlo a un hito, hasta ahora único, en la historia de la espiritualidad. El De imitatione Christi, erróneamente atribuido a Tomás de Kempis (1471), porque se conservan manuscritos italianos de finales del siglo XIII, ha sido reimpreso más de 6.200 veces, en 65 lenguas y dialectos, con una tirada que se estima —al cabo de medio milenio de imprenta— en varios millones de ejemplares. No obstante, aunque los dos libros se asemejan en la acogida dispensada por los lectores, difieren notablemente. Camino ofrece la quintaesencia de la espiritualidad secular. El Kempis, en cambio, es, en parte, la expresión más acabada del alejamiento del mundo, hasta el punto de que el primer capítulo de esa obra medieval se titula: «De imitatione Christi et contemptu omnium vanitatum mundi». No es casualidad, por consiguiente, que la edición castellana de S. Juan de Avila se titulara: Contemtus mundi, agora nuevamente romançado por muy mejor y mas apazible estilo que solía tener (Imprenta Juan Cromberger, Córdoba 1536).

Las fuentes de «Camino»

Camino es fruto, como decíamos, de la labor sacerdotal de Mons. Escrivá de Balaguer, que había recibido la ordenación en Zaragoza, en 1925. «Reflexiones sobre pasajes de la Sagrada Escritura, retazos de conversaciones, experiencias personales, fragmentos de cartas, son el material con el que está hecho este libro», dice la nota editorial de la trigésima edición castellana (Madrid, 1976). En efecto, se han conservado cuadernos autógrafos que comienzan el 11 de marzo de 1930. Eran apuntes íntimos que Mons. Escrivá de Balaguer escribía después de recibir una luz en su alma, durante el día, o al hacer su meditación, o en días de retiro, y reflejan aspectos del quehacer de Dios en su alma y de su lucha interior. Muchos de estos puntos, presentándolos despersonalizados, con un «me dicen», o «me escriben» u otra expresión por el estilo, aparecen en Camino. Así, puede decirse que casi todo Camino es autobiográfico: son sucesos de su vida espiritual(3). Una primera parte de estos puntos de meditación fueron impresos en 1934 con el título Consideraciones Espirituales(4). Este opúsculo contenía 438 puntos de meditación no numerados. Todos fueron incorporados a Camino, a excepción del párrafo segundo de la página 80 (cfr. Camino n. 838), que fue suprimido, y de dos puntos que estaban repetidos (págs. 15 y 90, que pasaron al n. 101 de Camino; y págs. 36 y 40, que dieron lugar al n. 378). De los 436 textos recibidos, sólo 40 sufrieron retoques o fueron someramente ampliados, y 17 experimentaron ligeros cambios gramaticales.

Camino vio la luz en una sencilla y moderna edición de generoso formato, en junio de 1939. Su presentación rompía con los moldes tradicionales de los libros de espiritualidad, que por aquellos años solían ser de tapas negras y cantos rojos o dorados. Tal presentación supuso una verdadera revolución editorial y produjo asombro. Por ejemplo: la revista religiosa «Signo», órgano de las juventudes de Acción Católica española, publicó a los seis meses una elogiosa recensión; pero criticaba el «modernismo editorial» y abogaba por «otra edición más mesurada, más recogida», porque —decía— en ese formato y con tales características podía dificultar el recogimiento de la oración(5).

Su difusión fue lenta al principio. Los dos mil ejemplares tardaron en venderse y no hubo segunda edición hasta 1944, esta vez ya en Madrid, con una tirada de cinco mil, que se agotaron en un año. En 1946 llegó la primera traducción: la portuguesa, impresa en Coimbra. En 1949 salió a la luz, en Roma, la versión italiana. Y, poco a poco, el ritmo de ediciones creció vertiginosamente, hasta alcanzar, en 1986, al cabo de cuarenta y siete años, las cuarenta y cuatro ediciones castellanas y sobrepasar los tres millones de ejemplares, en treinta y seis idiomas. Un éxito sin precedentes en el mundo del libro religioso.

Historia de la redacción

A lo largo de cuarenta y cuatro ediciones castellanas, el texto de Camino se ha mantenido sustancialmente inalterado, salvo cuatro variaciones. Muy pocas, si se tiene en cuenta que el libro consta de 999 puntos.

La primera modificación se produjo en 1950 (6.’ ed.). El punto 381, que se hallaba repetido en el número 940, fue sustituido por el texto que puede leerse actualmente: «No te importe si dicen que tienes espíritu de cuerpo. ¿Qué quieren? ¿Un instrumento delicuescente, que se haga pedazos a la hora de empuñarlo?»

El punto 115, tomado de la página 16 de Consideraciones, fue retocado, primero en 1957 (ed. 14.’) y después en 1958 (ed. 15.a). Desde entonces reza así: «”Minutos de silencio”. —Dejadlos para los que tienen el corazón seco. Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos.»

En 1965 (ed. 23.a) se introdujo un inciso en el punto 750, porque habían cambiado las normas litúrgicas, y el sacerdote ya no recitaba, al pie del altar, la oración a San Miguel que compuso León XIII: «Óyeme, hombre metido en la ciencia hasta las cejas: tu ciencia no me puede negar la verdad de las actividades diabólicas. Mi Madre, la Santa Iglesia —durante muchos años: y es también una laudable devoción privada— ha hecho que los Sacerdotes al pie del altar invoquen cada día a San Miguel, “contra nequitiam et insidias diaboli” —contra la maldad y las insidias del enemigo.»

Finalmente, en 1974 (ed. 28.’) fueron ligeramente modificados el primero y segundo párrafo del punto 145, quizá para evitar alusiones a la guerra civil española de 1936, que entonces podrían haber extrañado en algunas latitudes. Pero en 1983 (ed. 37.’), cambiadas ya las circunstancias que hicieron prudente la modificación, ha podido recuperarse el texto primitivo, mucho más expresivo y poético: «Frente de Madrid. Una veintena de oficiales en noble y alegre camaradería. Se oye una canción, y después otra y más. Aquel tenientillo del bigote moreno sólo oyó la primera: “Corazones partidos/ yo no los quiero;/ y si le doy el mío,/ lo doy entero”. “¡Qué resistencia a dar mi corazón entero!” —Y la oración brotó, en cauce manso y ancho.»

Estructura del libro

Camino consta de 999 puntos de meditación, divididos en 46 epígrafes o capítulos (Consideraciones espirituales tenía solamente 26). El número 999, que se hallaba impreso verticalmente en la portada de la edición príncipe, en grandes tipos de color verde —tres nueves de carácteres cuadrados, cruzados horizontalmente por el título del libro en tipos romanos—, expresaba la firme devoción del Autor a la Santísima Trinidad. El número 999 es el resultado de multiplicar por 3 el 333. No cabe, por consiguiente, mayor homenaje al 3 que su múltiplo 999. Ni puede causar sorpresa o admiración el juego de los números, pues es frecuente en la Sagrada Escritura la apelación a su simbolismo. Así, por ejemplo, los números 7, 10 y 12, que son bases de numeración, significan algún tipo de plenitud; el 6 es frustración; el 3, 5 es una plenitud incompleta, camino de ella; el 1.000 significa multitud incontable. Y así, también los simbolismos se combinan con los múltiplos de las bases, verbigracia el 144.000.

El prólogo del Autor, que introduce a la lectura de Camino,es un bello exordio que subraya los objetivos que se propuso Mons. Escrivá de Balaguer al redactar el libro, y ofrece la vía para mejor aprovechar los puntos de meditación: «Lee despacio estos consejos./ Medita pausadamente estas consideraciones. (…).» Este prólogo, aunque reproduce algunas de las ideas que se hallaban ya en la brevísima presentación de Consideraciones, es nuevo. De la distribución de los puntos en epígrafes no deben deducirse consecuencias demasiado importantes. El Autor conserva como pauta el índice temático de Consideraciones, que completa con nuevos epígrafes, intercalándolos donde le parece más oportuno, desdoblando los antiguos. Por ello, para investigar el espíritu de Camino, es muy importante la «Advertencia preliminar» de Consideraciones(6), donde Mons. Escrivá de Balaguer, al referirse a la estructura del libro, comenta: «No es fácil hacer una división de las notas que componen estos apuntes, escritos sin pretensiones literarias ni de publicidad, respondiendo a necesidades de jóvenes seglares universitarios dirigidos por el autor.» Señala seguidamente que, no obstante la dificultad de encontrar un orden, es decir, un criterio para ordenar los puntos de meditación, se ha aventurado a distribuir las notas «para facilitar su lectura provechosa», aunque no ha conseguido que cada uno de los epígrafes sean totalmente homogéneos, pues «en general en cada una de las partes, por la índole misma de los puntos que se tocan, se trata de diversas materias».

Sin embargo, aunque algunos puntos no respondan exactamente al rótulo del capítulo, es indudable que Camino tiene un argumento que puede leerse en el índice temático. Describe, muy a grandes rasgos, el itinerario de un alma hacia Dios, y así lo entendió también la recensión ya citada de 1940. Los primeros capítulos describen las dificultades de una persona que comienza a andar el camino de la santidad (de ahí el título general del libro). Para lo cual, el Autor recomienda, como primera medida, la práctica de las virtudes que fortalecen el carácter, ponerse en manos de un director espiritual, iniciar el trato con Dios en la oración, cuidar la virtud de la castidad, ejercitarse en el examen diario de conciencia y trabajar seriamente. Esa alma que se ha iniciado así en el Amor de Dios, vive los medios para mantenerse cerca de Dios —sintiendo vivamente la filiación divina— y se pone en manos de la Virgen Santísima. Empieza a sentirse dentro de la Iglesia, en la cual descubre la Santa Misa y la Comunión Eucarística, que son su centro cultual y fuente de las cuatro notas que la caracterizan. Con la ayuda de la gracia, pone especial empeño en vivir las virtudes sobrenaturales, especialmente las teologales, en la vida ordinaria, y comprende el alcance de su vida y de su destino eterno (postrimerías). Finalmente, como consecuencia de su trato con Dios, puede sentir la llamada a su servicio, y entender y practicar el apostolado. El Autor dedica el último epígrafe a la perseverancia en el camino emprendido, que es, sin duda, lo más arduo, imposible sin la gracia. Para facilitar la consulta temática, el libro cuenta actualmente con un índice de materias completísimo, que ya existía en la edición príncipe, aunque mucho más breve (págs. 329-335), y faltaba en Consideraciones.

Camino tiene una finalidad fundamentalmente práctica: conducir las almas hacia la contemplación, especialmente las que se encuentran en medio del mundo y quieren santificarse sin abandonar sus circunstancias ordinarias. Camino se inscribe, por tanto, en la más genuina literatura espiritual cristiana, de la que constituye un eslabón preclaro, como también lo son el Itinerarium mentis in Deum bonaventuriano, el anónimo Contemptus saeculi atribuido a Kempis, y el Ejercitatorio de García de Cisneros. Sólo que contrasta con estos tres clásicos por su orientación doctrinal, pues Camino muestra el modo de alcanzar la santidad, con la ayuda de la Gracia —que sin ella nada—, en el mundo y tomando ocasión de él, mientras que aquellas obras más bien enseñan cómo apartarse de la contaminación de lo terreno, para alcanzar también la santidad.

(1) Ediciones C.I.D., Valencia 1939, 336 pp., 17,5 x 25,5. 10 ptas.

(2) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 36.

(3) Cfr. RHF 20174, pp. 1052-1053.

(4) Imprenta Moderna, Cuenca 1934, 108 pp., 11 X 16.

(5) «Signo., 58 (7 de enero de 1940) 3, Madrid. La vigésima edición, publicada en Madrid, en 1962, se inspira en la edición príncipe e intenta reproducir su maqueta, las tintas y los caracteres tipográficos.

(6) Fechada en febrero de 1934 y firmada con las iniciales J. M.ª

Significado Teológico-Espiritual de Camino.

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1 Mons. Alvaro del Portillo

Después de la marcha al Cielo del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, he tenido el privilegio —así me lo encargó expresamente— de leer y anotar sus Apuntes íntimos. Se trata de ocho cuadernos, donde se recogen anotaciones manuscritas del Fundador del Opus Dei. En una de estas notas, fechada el 7 de agosto de 1931, tras relatar un acontecimiento trascendental de su vida interior, se lee: «A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad…, sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey.»

Esta aspiración de Mons. Escrivá, que arrancaba del fuego interior de su espíritu, ha encontrado una cabal expresión en Camino, un libro que desde hace años es célebre en la literatura cristiana universal y que ha sido, en efecto, un «camino» para que multitud de hombres y mujeres se acerquen a Dios. Y, sin embargo —esto es lo que ahora quiero subrayar—, el Autor de este best-seller, cuando dio a la imprenta estos pensamientos y consejos espirituales, no pensaba en un libro de gran difusión: su objetivo era sencillamente poner en manos de las personas que le rodeaban, a quienes dirigía espiritualmente —en gran parte, jóvenes universitarios, obreros y enfermos—, unos puntos de meditación que les ayudaran a mejorar su vida cristiana.

Camino, en efecto, salió a la luz en 1934 bajo el título de Consideraciones espirituales. Fue editado en una modesta imprenta de Cuenca; su contenido era más reducido que el de la edición definitiva, que, con el título ya consagrado —Camino—, apareció en Valencia en 1939. Pero Consideraciones espirituales no era, a su vez, sino la edición impresa de unas hojas que había tirado a multicopista —a «velógrafo», se decía entonces— en 1932 para uso de las personas que trataba más directamente en su apostolado. Por eso mismo, en aquel primer texto impreso, ni siquiera figura el nombre completo del Autor: lo firma, sencillamente, «José María».

Se ha dicho, muy justamente, que Camino no es un libro escrito en una biblioteca, no es el fruto de una elucubración intelectual, deducida desde la literatura teológica. Ni siquiera responde a la actitud previa de un autor que «decide» escribir un libro. La primera redacción de estas páginas tan celebradas se inscribe, como he dicho hace un momento, en la cotidiana e intensa tarea pastoral y en la oración personal de aquel joven sacerdote que, cuatro años antes —por inspiración divina, ha subrayado Juan Pablo II(1)—, había fundado el Opus Dei.

La lectura de las notas y apuntes íntimos, a que he hecho referencia, arroja luz muy clara sobre el origen de Camino. Casi la mitad del libro —las 438 consideraciones impresas ya en 1934—está tomada, prácticamente a la letra, de esas notas personales que el Siervo de Dios fue redactando desde que era muy joven. Llevaba siempre consigo unas octavillas en blanco, con el fin de anotar en el acto las inspiraciones que recibía de Dios, o también las ideas que le venían a la mente o el corazón, para alimentar su vida interior, o para organizar la Obra que Dios le pedía. Después las transcribía en cuartillas, con una redacción completa, y finalmente las pasaba a los cuadernos de Apuntes íntimos, destruyendo las cuartillas. A estas anotaciones las llamaba familiarmente catalimas, en honor de Santa Catalina de Siena, a quien tenía gran veneración por su amor apasionado a la verdad. El conjunto es un documento espontáneo, de gran belleza, de tersa frescura y ciertamente autobiográfico.

Hay un proceso que suele verificarse en la vida de los santos que han sido, al mismo tiempo, buenos escritores. Así me lo ha sugerido la lectura, hace pocos días, de unas palabras de aquel gran Santo, Doctor y Padre de la Iglesia, que es Agustín de Hipona. Explicando la génesis de sus celebérrimas Confesiones, escribe: «Los trece libros de mis Confesiones son una alabanza, en el bien y en el mal, al Dios justo y bueno, y excitan hacia Él la mente y el corazón. Éste es, al menos, el sentimiento que produjeron en mí mientras las escribía, y que ahora renuevan cuando las leo. Los demás… que juzguen por su cuenta. Sé que a muchos hermanos les agradan mucho y les siguen gustando»(2).

Un proceso semejante se dio indudablemente en el alma de Mons. Escrivá de Balaguer. Al leer sus Apuntes íntimos, se descubren señales, frases recuadradas, etc., que tienen como objetivo facilitar su posterior localización: indicio cierto de que las meditaba una y otra vez. Muchas de ellas —despersonalizadas, para que no se sepa a quién se refieren— son puntos enteros de Camino. Como el Autor mismo hace notar, la relectura de esas frases le ayudaba a calibrar mejor la acción de Dios en su alma, a afinar constantemente en el cumplimiento exacto de la Voluntad divina. Y, viendo el bien que le hacían personalmente, pronto intuyó que también podrían servir a muchas otras personas de la calle; y, en primer lugar, a sus hijas y a sus hijos, que deseaban seguir su mismo rumbo espiritual.

La realidad es que aquellas hojas de circulación casi privada se fueron convirtiendo, tras la edición definitiva, en uno de los libros de la literatura católica más leídos en el siglo xx. Redacto estas cuartillas para un volumen que los editores pensaron con ocasión del ejemplar número 3.000.000 de Camino, cifra que ya ha sido rebasada ampliamente, mientras escribo. Camino, a menos de cincuenta años de su publicación, es un verdadero clásico de espiritualidad, traducido, leído y meditado en las lenguas más dispares, a las que ha sido vertido el castellano rico y terso de su lengua original. Millones de personas de toda raza y lengua, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, han aprendido a tratar a Cristo y a su Madre, a preocuparse de los demás, a amar a la Iglesia y al Papa, a descubrir el valor divino de las realidades humanas, gracias a la lectura y meditación de este libro.

Más aún, cosa que puede sorprender, tratándose de un texto penetrado enteramente de la más viva y recia fe católica: Camino se ha difundido también entre cristianos no católicos, que encuentran en sus páginas alimento espiritual, a la vez que una llamada hacia la plenitud de la fe. Incluso personas no bautizadas se sienten movidas por su lectura a llevar una vida humana limpia, a trabajar con seriedad y con empeño, a respetar y comprender a los demás hombres, a convivir con todos; en definitiva, a un modo de vida abierto a Dios.

Esta realidad «ecuménica» de Camino obliga a preguntarse cómo unas páginas, cuyo origen redaccional tiene contextos tan marcados, han podido difundirse entre personas pertenecientes a medios culturales, no ya diferentes al originario de Camino, sino tan diversos entre sí. ¿Cuál es la inspiración profunda de este libro, capaz de dar razón —además de la actuación de la gracia, que Dios concede como y cuando quiere— del bien que ha hecho y sigue haciendo en gentes tan distintas?

Aunque a primera vista pueda resultar paradójico, la universalidad de Camino en el tiempo y en el espacio, lo que podríamos llamar su carácter «transcultural», encuentra una primera explicación en las mismas razones que lo sitúan en un concreto contexto cultural e histórico. Porque Camino ha nacido de la vida misma, y ésta se da siempre en determinadas coordenadas de lugar y tiempo. Camino es un diálogo que un sacerdote de Cristo emprende con su Padre Dios y con las almas que el Señor pone a su lado: hombres y mujeres corrientes, metidos en el trabajo y en la vida profesional, traídos y llevados por los afanes diarios, solicitados por el amor humano y por el amor de Dios, experimentando la miseria del pecado y las llamadas divinas. Nada en el libro es

elucubración, dije antes; nada hay allí artificioso o hipotético: en cada una de sus páginas palpita la incontable riqueza de lo realmente vivido. De ahí proviene el perenne frescor de este libro y ésta es, sin duda, la razón de que, aun habiendo sido escrito en circunstancias históricas bien determinadas, Camino interese a millones de personas que viven en otros contextos culturales. Las circunstancias históricas —de tiempo, de lugar, de situación— en que nacieron los puntos de Camino son como la envoltura que queda trascendida por la vida que allí se encierra.

La inspiración profunda de Camino es, por decirlo en una palabra, la existencia cristiana vivida por seres de carne y hueso, que se desarrolla en las condiciones ordinarias del mundo.

El Señor concedió sin duda a aquel sacerdote joven y pobre, sin medios humanos —«yo sólo tenía 26 años, la gracia de Dios y buen humor», repetiría Mons. Escrivá de Balaguer años después—, una excepcional penetración en lo que sucede en el hondón del alma humana, en el corazón del hombre, en ese cotidiano acontecer común a todo ser que viene a este mundo. Le concedió, de modo particular, una visión clara y diáfana de la propia situación de criatura ante su Creador. Aquel noverim me, noverim te —conocer a Dios y conocerse a sí mismo— en el que San Agustín cifraba todas las ansias de la mente humana(3), es lo que se refleja en las páginas de Camino. Y esto, y no otra cosa, es lo que permite que un obrero alemán, o una enfermera colombiana, o una madre de familia japonesa, o un abogado nigeriano se encuentren, leyendo el libro, vitalmente interpelados por la misma palabra del sacerdote de Cristo —por Cristo, en definitiva— que conversaba en el Madrid de los años 30, y en toda España y en todo el mundo después, con los hombres y mujeres que encontraba en su caminar diario.

En los puntos de Camino, lo que se impone al lector es la realidad concreta del corazón humano —que trasciende las culturas—; y la realidad, también concreta, de la gracia divina, del Dios que llama a cada persona y le ofrece un destino eterno. Muchos lectores de Camino, a veces incluso lectores que no se proponían «leerlo» sino «hojearlo» —el libro había caído en sus manos por casualidad—, se han quedado como «prendidos» o «enganchados» en un punto, que les hacía patente, de manera luminosa e insospechada, una dimensión decisiva de su existencia; o que les situaba, de manera inquietante, ante la exigencia de una resolución personal. Se comprende que un hombre con intención recta, incluso agnóstico, pueda encontrarse «afectado» de la manera más personal, al leer, por ejemplo en el punto 237 de Camino, estas palabras.

«… ¿No es cierto que tu mal humor y tu tristeza inmotivados —inmotivados, aparentemente— proceden de tu falta de decisión para romper los lazos sutiles, pero “concretos”, que te tendió —arteramente, con paliativos— tu concupiscencia?»

Aquí no hay contextos. Estamos ante una palabra cristiana —humana— que se dirige al fondo del corazón de todo hombre, tal como es, tal como existe en este mundo nuestro, manchado por el pecado y amado y redimido por Cristo. Es una palabra que apela a la autenticidad del hombre y le sitúa ante la realidad de sí mismo, que es la primera etapa del camino que lleva a plantearse la vida ante Dios. Mons. Escrivá de Balaguer solía decir que esto es lo que había buscado siempre con su predicación: «Si interesa mi testimonio personal —predicaba el Viernes Santo de 1960—, puedo decir que he concebido siempre mi labor de sacerdote y de pastor de almas como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida»(4).

Esta dimensión humana de Camino explica la capacidad demostrada por el libro de conectar con las esperanzas y aspiraciones de cualquier hombre o mujer que sienta verdaderamente su propia dignidad, independientemente de sus convicciones religiosas, ofreciendo al lector ilusión e impulso para llevar una vida humanamente más limpia y más noble.

Pero Camino, desde su primera línea hasta la última, es un libro explícitamente cristiano. No podía ser de otro modo, si se atiende a su origen. Cristo lo llena todo en sus páginas, pues Él —Cristo– es el Camino del hombre; y el fondo del hombre —su corazón— se esclarece a la luz de la Verdad de Cristo y se inflama con la Vida —el Amor— de Cristo. De ahí que en el lector de Camino, el impulso que el libro provoca hacia una vida humana digna sea, de ordinario, inseparable del llamamiento a que asuma de nuevo las exigencias —tantas veces olvidadas o dormidas— de la vida sobrenatural, de la vida nueva de los hijos de Dios: es decir, de la vida cristiana, tal como la propone la tradición de la Iglesia Católica. Vida Sobrenatural, Fe, Caridad, La Virgen, Santa Misa, La Iglesia, Oración, Mortificación, Comunión de los Santos, etc.: los títulos de tantos capítulos de Camino muestran, ya en su tenor literal, esta realidad cristiana y católica que es la vida que en sus páginas se describe.

Esta doble componente —divina y humana— de la existencia del cristiano es, como dije antes, la fuente más profunda de Camino. Pero estas consideraciones, que vengo haciendo, quedarían incompletas si se olvidara un dato fundamental: el Autor es el Fundador del Opus Dei. Desde el 2 de octubre de 1928, fecha en la que el Señor le hizo «ver» la Obra, todas sus energías de sacerdote —con la oración, con la palabra, con la pluma, con los hechos— estuvieron encaminadas a hacer el Opus Dei en el mundo: la voluntad que Dios le había manifestado se enseñoreó de la manera más completa de toda su actividad. He convivido intensamente con Mons. Escrivá de Balaguer, día tras día, a lo largo de cuarenta años casi ininterrumpidos, y puedo decir que, a imitación del Maestro, el alimento de su espíritu era cumplir la Voluntad de Dios, que se le hizo evidente en aquella fecha bien precisa.

Esto, que acabo de recordar, es importante para comprender el libro que nos ocupa y el tenor de la espiritualidad que llena sus páginas. Camino, como puede ya deducirse de lo que dije al principio a propósito de su origen, refleja la vida espiritual y la predicación del Fundador del Opus Dei en los primeros años después de la fundación: fueron sus páginas un instrumento para dar a conocer, para difundir, el mensaje que el Señor le hizo entender aquel 2 de octubre. El núcleo central, la idea básica de este mensaje la había formulado ya, de la manera más precisa, en un escrito del año 1930 dirigido a los miembros del Opus Dei:

«Hemos venido a decir con la humildad del que se sabe pecador y poca cosa —horno peccator sum (Lc 5, 8), decimos con Pedro—, pero con la fe del que se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados, que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión u oficio. Porque esa vida corriente, sin apariencia, puede ser medio de santidad.»

Dios Nuestro Señor, en efecto, ha suscitado el Opus Dei para contribuir a que los fieles cristianos corrientes, que viven en las circunstancias ordinarias de la vida humana, tomen conciencia de la llamada universal a la santidad, y sepan que la respuesta a esa llamada ha de llevarles a la santificación del trabajo profesional ordinario y de esas mismas circunstancias de la vida, que, de esta manera, se hacen camino, camino hacia Dios.

Por eso, además de hundir sus raíces en la vida humana y en la vida cristiana, hay que señalar en Camino este tercer elemento: la espiritualidad específica del Opus Dei. No es, sin embargo, un elemento sobreañadido a los anteriores: brota con sobrenatural espontaneidad del alma de Mons. Escrivá de Balaguer, mientras conversa sobre el sentido humano y cristiano de la vida. Así, los rasgos básicos de la espiritualidad cristiana que el Señor le inspiró van coloreando el patrimonio recibido en la fe de la Iglesia: son como el punto de mira espiritual desde el que se contempla en Camino lo humano y lo cristiano, lo natural y lo sobrenatural.

La espiritualidad del Opus Dei, plenamente inscrita en la doctrina y en la praxis de la Iglesia, pone de relieve algunos puntos de la espiritualidad y de la ascética cristiana que habían quedado en un segundo plano, o incluso relegados prácticamente al olvido, con el paso de los siglos. Estoy seguro de que en las distintas colaboraciones de este volumen esos aspectos serán estudiados, de una manera o de otra. Ahora me limito a destacar, ante todo, la llamada universal a la santidad, a la que ya me he referido; unido a ella, el valor santificador de la vida ordinaria, pues aquella llamada divina sería ilusoria o desencarnada si no convirtiera en caminos divinos —con expresión de Mons. Escrivá de Balaguerlos mismos caminos de la tierra; a continuación, su constante afirmación de que la perfección humana —en el trabajo, en todas las actividades terrenas— está en la base y, a la vez, es exigencia de la perfección cristiana; finalmente, el deber y el derecho de todos los fieles de participar en la misión de la Iglesia haciendo apostolado.

Aquel fondo humano y cristiano —en el que he insistido al principio—, vivido y expresado en sus páginas con estos rasgos de la espiritualidad del Opus Dei, explican que el libro, a los cincuenta años de su publicación, sea plenamente actual. Camino ha ido preparando en este tiempo a millones de personas para entrar en sintonía y acoger en profundidad algunas de las enseñanzas más «revolucionarias» que, treinta años después, promulgaría solemnemente la Iglesia en el Concilio Vaticano II. Leamos algunos textos de Camino y del Concilio.

La Constitución dogmática Lumen gentium tiene un punto culminante —así lo ha vuelto a subrayar el reciente Sínodo Extraordinario de los Obispos del año 1985— en el capítulo titulado precisamente «La llamada universal a la santidad en la Iglesia», cuyo número 40 comienza con esta solemne declaración: «Nuestro Señor Jesucristo predicó la santidad de vida, de la que Él es Maestro y Modelo, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fuesen. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”». Son éstas unas palabras que resultan familiares para tantos lectores de Camino, que se han visto interiormente sacudidos por la tajante palabra del Fundador del Opus Dei, que les despertaba a la plenitud de la vida cristiana:

«Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos?

A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (Camino, n. 291).

Este lenguaje coloquial y directo de Camino y aquel estilo discursivo y teológico del Concilio ponen de relieve, en efecto, la misma realidad cristiana. Así lo experimenta también el que lee, por ejemplo, la descripción de la vida y misión de los laicos en el n. 31 de Lumen gentium: «viven en el mundo, es decir, en todas y cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propia misión, guiándose por el espíritu del Evangelio; y así, igual que la levadura, contribuyen desde dentro a la santificación del mundo y descubren a Cristo a los demás, brillando ante todo con el testimonio de su vida, con su fe, esperanza y caridad». Esa concreta realidad apostólica es la que Camino contempla, arrancando desde la vida teologal del cristiano, que excluye todo activismo superficial:

«… Quietud. —Paz. —Vida intensa dentro de ti. Sin galopar, sin la locura de cambiar de sitio, desde el lugar que en la vida te corresponde, como una poderosa máquina de electricidad espiritual, ¡a cuántos darás luz y energía!…, sin perder tu vigor y tu luz» (Camino, n. 837).

Una de las declaraciones del Concilio Vaticano II llamada a tener más trascendencia pastoral es su doctrina sobre la fundamentación cristológica del apostolado de los laicos. Mons. Escrivá de Balaguer lo explicaba así en su conversación de sacerdote:

«Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena.

Esto es mucho…, pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo» (Camino, n. 942).

He aquí la doctrina conciliar: «El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, a cuyo apostolado todos están llamados por el Señor mismo en razón del bautismo y de la confirmación» (Lumen gentium, n. 33).

Otro texto. El punto 831 de Camino, que dibuja en una pincelada el horizonte del apostolado personal del laico cristiano:

«Eres, entre los tuyos —alma de apóstol—, la piedra caída en el lago. —Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo… y éste, otro… y otro, y otro… Cada vez más ancho.

¿Comprendes ahora la grandeza de tu misión?»

Éste es el clima del n. 13 del Decreto Apostolicam actuositatem, que termina con estas palabras: «Los verdaderos apóstoles (…) ponen su empeño en anunciar a Cristo a su prójimo también con la palabra, porque muchos hombres no pueden escuchar el Evangelio, ni conocer a Cristo más que a través de sus vecinos seglares.»

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 43, es este pasaje: «El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos cristianos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestro tiempo». Esta situación, denunciada con tan recias palabras por el Concilio Vaticano II, impide, en efecto, de la manera más radical, el apostolado que deben desarrollar los laicos en medio de las actividades humanas. Por eso, el Fundador del Opus Dei pedía a los lectores de Camino que meditaran la contradicción implícita en ese divorcio:

«Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse.

¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?» (Camino, n. 353).

Durante mi trabajo en las comisiones del Concilio Vaticano II pude comprobar cómo se abrían paso en sus documentos, a veces muy trabajosamente, enfoques de la vida cristiana y criterios pastorales que son como la atmósfera de Camino. Un libro que, en lo doctrinal, refleja la firme y gozosa recepción que hace su Autor de la fe transmitida por la Iglesia; y que, a la vez, la proyecta en la vida real de los hombres, ofreciendo así, desde esa vida cristiana, una experiencia pastoral, espiritual, ascética que es portadora de nuevos desarrollos doctrinales.

Tal vez resida aquí la razón más profunda de la permanente actualidad de Camino a lo largo de este medio siglo, que ha contemplado profundos cambios —culturales, sociales, políticos— en el mundo, y una búsqueda —a veces, angustiosa— de «aggiornamento» en la Iglesia. Porque lo que permanece es siempre lo esencial: el hombre, con sus íntimas aspiraciones a una vida verdaderamente humana; y los requerimientos de la gracia, que lo llaman a la filiación divina y a la santidad en medio y a través de las circunstancias ordinarias de este mundo. Son estas fuentes profundas las que explican que, hoy como ayer, de las páginas de Camino sigan manando el vigor y la alegría.

(1)Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ut sit, del 28-XI-1982, Proemio: AAS 75 (1983), pág. 423.

(2) San Agustín, Retractationes II, 6.

(3) San Agustín, Soliloquia II, 2.

(4)Es Cristo que pasa, n. 99.

Introducción.

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José Morales

1. Se ofrece al lector este volumen conmemorativo de Camino con ocasión de los tres millones de ejemplares que han sido publicados y difundidos por todo el mundo desde 1939 hasta 1987. No es por lo tanto una conmemoración que se haga —como ocurre a veces— para recordar a un autor del pasado. Este libro no ha sufrido ningún olvido histórico.

La naturaleza misma del presente volumen indica justamente lo contrario. Mucho menos se trata de solicitar la atención sobre un éxito editorial que nunca fue buscado por sí mismo.

Como muchas personas que han sido y son lectores habituales de Camino, los colaboradores de esta publicación desean preguntarse por algunas de las razones que han situado a Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) entre los autores de nuestro tiempo más leídos y tenidos en cuenta por tantos cristianos y hombres de buena voluntad. Formulada de diversas maneras, es la misma cuestión que ha cruzado con frecuencia la mente de católicos y no católicos, de creyentes e incrédulos, de intelectuales y obreros, de viejos y jóvenes, de laicos y sacerdotes.

He aquí un libro nacido en precisas coordenadas de tiempo y espacio que ha demostrado tener un destino universal. Escrito en castellano, ha venido a ser libro de horas para gente de cien naciones que habla y reza en los idiomas más diferentes. Reflejo de una experiencia espiritual singular y personalísima, se ha convertido desde el principio en pauta de vida cristiana, que ha impulsado decisiones evangélicas y consolidado convicciones de fe en hombres y mujeres incontables.

No faltaban voces en los años treinta que proclamaban con seguridad y aplomo el ocaso de la literatura espiritual. Y sin embargo Camino es una muestra patente del carácter imperecedero de esa corriente de obras espirituales cristianas, que manifiesta la operación continua y renovadora del Espíritu y nos habla de una permanente y generosa búsqueda humana del mayor Amor.

Camino forma parte de una tradición espiritual que arranca del mismo Evangelio. Pero no constituye un eslabón ordinario en la cadena de esos testimonios que han expresado y originado vida cristiana. Porque este libro no es una obra didáctica o simplemente estimulante. Camino refleja un acontecimiento del Espíritu.

Tenía entonces que ser necesariamente un capítulo aparte en la rica historia de la espiritualidad cristiana, que ha podido relanzar y también reestrenar en Camino sus mejores rasgos evangélicos.

Hemos asistido y asistimos aún a una nueva época para la teología espiritual. Preterida en el mundo estudioso de la teología científica, separada de la dogmática y ajena muchas veces a los cometidos pastorales y misioneros en relación con el mundo, la teología espiritual vuelve hoy paulatinamente por sus fueros y reivindica pacífica pero eficazmente su lugar entre las disciplinas teológicas y su importancia en la misión global de la Iglesia. Camino ha contribuido significativamente a este saludable y esperado proceso que, ciertamente no concluido todavía, ha efectuado pasos de gigante durante las últimas décadas.

Los teólogos han redescubierto con algún asombro y a veces con justificado entusiasmo que la teología espiritual es punto natural de intersección de los aspectos más importantes de la existencia cristiana, el lugar donde convergen inevitablemente dogma y Evangelio, libertad y gracia, antropología y teología, contemplación y apostolado, silencio del templo y trabajo en el mundo. La percepción creciente de esta realidad —insoslayable si se quiere edificar una vida cristiana que pueda estar en el mundo y salvarlo desde dentro— obliga a abandonar concepciones estrechas y limitadas de la teología espiritual, que podrían haber contribuido a la reducción y al aislamiento que todos lamentan hoy.

La teología espiritual no puede ser ya un rincón de la teología cristiana en el que se examinan únicamente los espacios interiores de la persona que busca a Dios o se escruta la psicología de hombres y mujeres que, pendientes de los fenómenos que la gracia opera en el fondo de su alma, apenas encuentran tiempo y ocasión para fijar una mirada creyente en el mundo, las personas que lo habitan y las ocupaciones que lo llenan.

La teología espiritual debe interesarse por la totalidad del esfuerzo de la persona cristiana para vivir una existencia que realice, fielmente y con sentido vocacional, las intenciones creadoras y santificadoras de Dios. Designio divino, llamada personal del hombre en la Iglesia, y vida en el mundo son coordenadas imprescindibles para situar bien los intereses y cometidos de la teología espiritual, y comprender su naturaleza como parte esencial de la Teología.

2. En Camino, la teología espiritual deja de ser obra casi exclusiva de religiosos y se libera de un peligro de excusable unilateralidad en el enfoque, los acentos y la temática.

Las perspectivas se han ampliado considerablemente y un conjunto de importantes cuestiones vitales para la existencia cristiana en el siglo XX reciben la atención que merecen. Ya no es indiferente que se elabore una espiritualidad en perjuicio y detrimento de los valores profanos. Junto a lo que podemos llamar Verdad única de Dios hay también una verdad cristiana del hombre y una verdad cristiana del mundo, que no deben ni pueden sacrificarse a una visión teocéntrica parcialmente entendida o desarrollada. Está en juego nada menos que una concepción adecuada del Cristianismo, que jamás ha predicado a Dios a expensas del hombre, ni ha dispensado la gracia de Jesucristo con riesgo de la naturaleza creada y redimida, ni ha instaurado la Iglesia para socavar los cimientos de la ciudad terrena.

Una primera aproximación a Camino nos indica que es una obra para hombres y mujeres del siglo XX. Es un libro escrito por Mons. Josemaría Escrivá para sus contemporáneos. Si Camino debía ser un libro planetario tenía que nacer primero en los horizontes humanos de una geografía concreta. Si debía hablar a los hombres de cualquier tiempo, tenía que dirigirse antes a los de un tramo determinado de la historia. Don Quijote no es menos universal por haber nacido y vivido en la Mancha.

Camino nos habla hoy a nosotros, que vivimos casi cincuenta años después de la fecha de su composición. Sus palabras tienen algo que decirnos porque conectan con los afanes —luces y sombras— de este tiempo nuestro. Camino no habla de esencias abstractas, sino de personas reales, tal y como son, hablan, piensan y sienten aquí y ahora.

Es muy cierto que no es fácil determinar con rigor las ideas precisas que influyen en una época y configuran su carácter anímico o espiritual. Ninguna época o cultura es del todo capaz de identificarse y retratarse conceptualmente a sí misma. Hacer la morfología de una civilización, es decir, enumerar y describir sus notas fundamentales en un momento dado, resulta siempre una tarea polémica y controvertida.

Pero cualquier período histórico posee un número determinado de valores y presupuestos básicos, positivos y negativos. Estos presupuestos no siempre emergen a la superficie, de modo que puedan examinarse con atención y describirse con claridad. Tampoco se dan en un estado químicamente puro, sin solaparse o mezclarse unos con otros.

Sin embargo, esos valores y presupuestos existen y explican las reacciones, aspiraciones y estilo anímico de una época, y vistos a través del hombre, que es protagonista y resumen de cada tiempo histórico, nos permiten entender aceptablemente la mentalidad de ese tiempo.

Buscamos rasgos que abarcan los aspectos profanos y religiosos de la mentalidad contemporánea, y aunque debe evitarse caeren la tentación de hablar sin reservas de un tipo de hombremoderno radicalmente distinto al de épocas pasadas, es muy cierto que cada momento de la historia presenta peculiaridades —tanto en sus circunstancias objetivas como en la psicología de sus hombres y mujeres— que pueden y deben señalarse como propias. Nos rodea un escenario humano confuso y como en penumbra. En un clima de división y escisiones, que se originan en la raíz de la vida personal del individuo y se reproducen en las manifestaciones y estratos más diversos de la vida social, se percibe hoy vivamente que la necesidad más dramática y urgente que acucia al hombre es la de unificar, aglutinar y dirigir su existencia.

Lo reconozcan o no, los hombres piden crecientemente a la religión y a la fe que les expliquen el sentido de sus vidas y que les ayuden a sujetar las fuerzas centrífugas que tienden a destruirlas. Son cuestiones radicales e ineludibles para las que la ciencia, la educación y la política no tienen respuesta suficiente.

3. El hombre moderno hace continuamente la dolorosa experiencia de la división y, cansado de la deriva que le arrastra, quiere vivamente hacer la experiencia de la unidad, de la unidad consigo mismo, con el mundo que a veces le rodea amenazador y con Dios.

Con este clamor de la humanidad de ahora y de siempre conecta el mensaje humano y cristiano de Camino, que no ofrece un diagnóstico teórico sino una orientación en el mismo plano de realidad donde el hombre pierde y gana su vida. «Tu experiencia personal —ese desabrimiento, esa inquietud, esa amargura— te hace vivir la verdad de aquellas palabras de Jesús: ¡nadie puede servir a dos señores!» (n. 300).

El autor de este libro está convencido de que la existencia cristiana es la única verdadera y posible del hombre sobre la tierra. Y habla decididamente con la autoridad de un padre y la confianza espontánea de un hermano, con la convicción de un cristiano y la esperanza de un compañero de marcha hacia la eternidad.

Los 999 números de Camino no son meras exclamaciones ni se limitan a exhortar. Son como puntos de luz que se han originado en un coherente sistema de verdades evangélicas. Pero hay sobre todo en la obra una mentalidad y un espíritu con el que muchas personas que no han recibido la fe católica podrán establecer un contacto estimulante e iluminador.

Camino se dirige a cualquier ser humano que vive, piensa y sufre en el mundo, para hablarle de su vida como un destino que no es trágico porque está encaminado por una Providencia; para hablarle de su existencia completa como una unidad de propósito; para hablarle, en fin, del curso de su historia terrena como la totalidad de un movimiento creativo hacia la plenitud.

Camino habla a la razón, a la voluntad, a la imaginación, a los sentimientos. Tiene delante a una persona de carne y hueso a quien interesan la patria, el amor, la profesión y la religión, aunque esta última aparezca algunas veces como de incógnito.

Se parte del presupuesto realista y comprobado de que lo que Dios ha unido en el hombre —fe y vida, cuerpo y espíritu, intelecto y devoción, religión y cultura— lo ha separado el mismo hombre, que se empeña además tenazmente en mantener esa desgraciada separación. Este ser de la conciencia escindida no es sólo el tipo dramático de hombre que culmina en el héroe triste —más bien en el antihéroe— del pensamiento delirante de Federico Nietzsche, en la psicología materialista y destructuora de Siegmund Freud o en la novelística —especialmente en el Ulises— de James Joyce. Ha sido también a veces el personaje cristiano diseñado por una ascética buena por muchos títulos pero selectiva y condicionada a pesar suyo por circunstancias ambientales y por la mentalidad de sus representantes, que han hecho de la fuga mundi una constante y casi un absoluto espiritual.

Cuarteada la unidad de la conciencia de su existencia cristiana, el creyente deja de estar con la fe en la realidad del mundo y tampoco es capaz de reconocer suficientemente la realidad del mundo en su propia fe.

Es un diagnóstico espiritual que ha hecho también Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Se impone entonces actuar una visión y un programa de vida verdaderamente cristianos que aglutinen y dominen en el hombre las energías centrífugas que le acosan y con gran frecuencia le vencen. No es un programa simplemente educativo o pedagógico. La educación no puede cambiar el corazón del hombre ni darle unidad. Este cambio auténticamente creador sólo puede realizarse desde la gracia, que presupone y perfecciona la naturaleza. Advierte el autor: «Educador: el empeño innegable que pones en conocer y practicar el mejor método para que tus alumnos adquieran la ciencia terrena ponlo también en conocer y practicar la ascética cristiana, que es el único método para que ellos y tú seáis mejores» (n. 344).

Camino se puede leer e interpretar desde distintos puntos de vista que permiten, todos y cada uno de ellos —como preguntas bien hechas—, encontrar el sentido del libro y reconocerlo como un conjunto unitario y bien trabado de pensamientos. Es decir, existen diversas claves de lectura para entender la obra, claves que son correspondientes a otros tantos temas fundamentales, como pueden ser, por ejemplo, los de cristocentrismo, existencia secular cristiana, llamada universal a la santidad, armonía y ordenación mutua de virtudes humanas y sobrenaturales, concepción esencialmente apostólica de la vida según el Evangelio, amor a la cruz como aspecto radical de la existencia cristiana, etc.

Tema central de Camino es también la unidad del hombre bajo los efectos saludables de la gracia divina. Camino entiende al hombre como lugar vivo de unidad, como persona que ha de buscar siempre la unidad que inicialmente no es y que debe llegar a ser.

Se trata desde luego de una unidad de razón, afectos y pasiones. Pero lo es asimismo de todos los elementos del mundo creado, considerados y vividos en el hombre y desde él. Se habla por tanto de la coherencia anímica por la que la persona unifica su propio mundo interior y los múltiples hilos del mundo exterior que convergen en su existencia o la cruzan. Es como si la unidad del mundo entero se realizase en el hombre y la armonía de todo el universo creado se reflejara en el microcosmos humano. Sólo entonces puede el hombre decir propiamente que vive. «No olvides que la unidad es síntoma de vida: desunirse es putrefacción, señal cierta de ser un cadáver» (n. 940). El autor no hace con estas palabras una observación pragmática ordenada al logro de unos resultados concretos. Enuncia más bien un principio capital de su concepción del Cristianismo y el modo de encarnarlo.

En el hombre cristiano debe producirse al menos una triple unidad: la unidad de cuerpo y espíritu, la de razón y emociones, y la de mundo e Iglesia.

Son realidades diferentes y a veces contrarias, que solamente se podrán unir en el hombre mediante una tensión anímica y gracias a ella. La unión armónica de cuerpo y alma —que no está realizada por el simple hecho de que el ser humano sea unidad ontológica de ambos— se traducirá en la tensión derivada de un ascetismo bien entendido y practicado. La unidad de razón y emociones se producirá en la síntesis que pide la dinámica misma del espíritu. La unidad de mundo e Iglesia será posible sólo en el cristiano consciente de que habita en dos ciudades a las que debe una única fidelidad.

El cristiano tiene que ser uno consigo mismo, lo cual es causa y efecto a la vez de haber logrado su «propio ambiente» (cfr. n. 376). Tiene que ser «una sola cosa con la Cabeza» (cfr. n. 968), lo cual supone ocupar el sitio que le corresponde en la realidad visible e invisible de la Iglesia. Tiene finalmente que sentirse como en casa propia dentro de un mundo que le ha sido entregado por Dios como heredad (cfr. nn. 911, 946).

El autor acude con frecuencia a fórmulas paradójicas para expresar dramáticamente los contrastes de lo cristiano, y como llevado por la riqueza interior del mensaje evangélico. Así, por ejemplo, escribe: «Paradoja: para Vivir hay que morir» (n. 187); «Aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida» (n. 211); «mientras “caminamos”, en el dolor está precisamente la felicidad» (n. 217); «Contigo, Jesús, ¡qué placentero es el dolor y qué luminosa la oscuridad!» (n. 229).

Cuando se refiere a los aspectos que deben hacerse unidad en la vida de los hombres y mujeres cristianos, el lenguaje de Camino conserva también un cierto aire de paradoja, porque la unidad perseguida no es un mero equilibrio de contrarios, sino una verdadera síntesis de elementos que a simple vista pueden parecer opuestos en la existencia humana y que la experiencia superficial considera a veces incompatibles.

4. Camino plantea sus enseñanzas y exhortaciones sobre la base de una concepción unitaria de la persona humana en la que cuenta rigurosamente la corporeidad. Esta perspectiva del ser humano como unidad verdadera y última de alma y cuerpo, que manifiesta entre otras cosas las raíces bíblicas de nuestro libro, está presente de manera explícita o implícita en la gran mayoría de sus páginas.

Cuenta Porfirio que su maestro, el filósofo neoplatónico Plotino (205-270), «parecía como avergonzado de tener un cuerpo» y consideraba la realidad corporal de los hombres como «imagen en laque la naturaleza nos ha encerrado» (Vida, n. 1). Traducen estas llamativas observaciones una concepción del hombre que se sitúa justamente en las antípodas de la idea cristiana y por supuesto de la idea que late en todos los puntos de Camino. En el humanismo cristiano de este libro, el adjetivo no ha devorado ni eliminado al sustantivo.

Es San Pablo quien ha escrito que nadie aborrece su propio cuerpo, antes bien lo alimenta y lo cuida con afecto, lo mismo que Cristo hace con su Iglesia (Eph 5, 29). Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer siente la necesidad de reconectar con este horizonte antropológico radicalmente cristiano y lo hace con decisión cuando escribe: «¡Si supieras lo que vales…! —Es San Pablo quien te lo dice: has sido comprado “pretio magno”—a gran precio. Y luego te dice: “glorificate et portate Deum in corpore vestro” —glorifica a Dios y llévale en tu cuerpo» (n. 135).

El hombre es unión sustancial de cuerpo y alma. Camino toma en serio esta programática afirmación cristiana cuyo sentido preciso y cuyas consecuencias se han abierto paso lenta pero inexorablemente a lo largo de siglos de desarrollo teológico y ascético. La persona humana no es la suma de dos elementos yuxtapuestos. Propiamente hablando, sería un grave error —filosófico y teológico— intentar distinguir en la persona un alma y un cuerpo entendidos, por así decirlo, como sustancia y accidentes, como núcleo y «cáscara», respectivamente, del compuesto humano.

La separación de ambas realidades es intencional y no puede ni debe hacerse en el hombre, que es —bajo Dios— centro, resumen y fin de la Creación visible. El cuerpo no es la envoltura del alma. Forma con ella un cerrado y absoluto ser único que nos permite hablar de la persona como totalidad estable y dinámica. El cuerpo no es simplemente un instrumento del alma, aunque sea desde luego la realidad humana que permite al hombre comunicarse con los demás, con el mundo exterior visible, y ser parte integrante de este mundo.

Se subraya correctamente la unidad del compuesto cuando se dice que quien contempla el cuerpo está contemplando al hombre entero. El cuerpo no solamente no es la cárcel del alma, sino que debe tenerse por la única manifestación y expresión adecuada de ésta. El hombre es un ser personal que realiza ese ser más allá de sí mismo, pero que lo hace siempre a través de su totalidad corporal y anímica.

Fiel a su inspiración tradicional cristiana, Camino desarrolla un pensamiento antropológico plenamente integrador, que se manifiesta también en el magisterio contemporáneo de la Iglesia. Así se expresaba el Papa Juan Pablo II en 1984 ante una concentración de jóvenes. «Os lo repito de nuevo: no cedáis a la “cultura de la muerte”. Elegid la vida. Alineaos con cuantos no aceptan rebajar su cuerpo al rango de objeto. Respetad vuestro cuerpo. Forma parte de vuestra condición humana: es templo del Espíritu Santo. Os pertenece porque os lo ha donado Dios. No se os ha donado como un objeto del que podéis usar y abusar. Forma parte de vuestra persona como expresión de vosotros mismos, como un lenguaje para entrar en comunicación con los otros en un diálogo de verdad, de respeto, de amor. Con vuestro cuerpo podéis expresar la parte más secreta de vuestra alma, el sentido más personal de vuestra vida: vuestra libertad, vuestra vocación. “Glorificad a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor 6, 20)» (Osservatore Romano, 22-IV-84).

De esta idea del hombre como unidad profunda del alma y cuerpo, de espíritu y sensibilidad, se desprenden importantes consecuencias para una adecuada teología del trabajo humano. No están todas ellas desarrolladas y algunas ni siquiera aludidas en Camino. Pero su realidad se halla presente de diversas maneras en las páginas del libro. Afirmaba su necesidad como un imperativo dentro de la llamada del hombre y de su vida en la tierra que debe dominar (cfr. nn. 15, 306, 322, 340, etc.), el trabajo es evidentemente para Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer la actividad externa humana por excelencia. Porque es ante todo la tarea en la que el hombre se manifiesta más rotundamente como unidad de alma y cuerpo. Porque es una acción típicamente transitiva y ordenada en cuanto tal a producir un efecto concreto y transformador en el entorno. Y porque implica siempre un elemento de esfuerzo, gasto de energías e incluso, en algunas ocasiones, de cierto dolor. El trabajo humano, que no es nunca un juego, ha de ponerse en relación con los trabajos creadores de Dios y los trabajos redentores de Cristo. En estos trabajos divinos encuentra su origen y su significación el trabajo del hombre entero.

«Tuvo acierto quien dijo que el alma y el cuerpo son dos enemigos que no pueden separarse y dos amigos que no se pueden ver» (n. 195). El robusto ascetismo de Camino arranca también de una consideración unitaria del hombre. Es un ascetismo que desea contribuir a la transformación del corazón humano, bien entendido que Mons. Josemaría Escrivá emplea el término corazón como categoría teológica que, según una pauta hondamente bíblica, significa sencillamente la persona. «¿Cómo va ese corazón? —No te me inquietes: los santos —que eran seres bien conformados y normales, como tú y como yo— sentían también esas “naturales” inclinaciones. Y si no las hubieran sentido, su reacción “sobrenatural” de guardar su corazón —alma y cuerpo— para Dios, en vez de entregarlo a una criatura, poco mérito habría tenido» (n. 164).

Otra manifestación de esta unidad se refleja en el punto 201, donde leemos: «¡Qué sabores de hiel y de vinagre, y de ceniza y de acíbar! ¡Qué paladar tan reseco, pastoso y agrietado! —Parece nada esta impresión fisiológica si la comparamos con los otros sinsabores de tu alma. —Es que “te piden más” y no sabes darlo. —Humíllate: ¿quedaría esa amarga impresión de desagrado, en tu carne y en tu espíritu, si hicieras todo lo que puedes?»

El desprecio por la materia y por el cuerpo —que desemboca a veces en indiferencia lamentable hacia los valores terrenos— ha sido un fenómeno marginal en la historia del Cristianismo. Los cristianos saben que viven en un mundo que no constituye su fin último. Es algo que han procurado no olvidar y que les ha conducido a percibir los bienes y cometidos temporales como relativos y subordinados. Pero saben al mismo tiempo que esos bienes, efímeros en sí, son reales y verdaderos, y que por tanto la naturaleza y el cuerpo son adversarios que han de ser ciertamente dominados, pero no destruidos.

La moderada depreciación de las criaturas, que puede ser legítima y a veces necesaria cuando los cristianos se sitúan en un plano práctico y pedagógico, se hace ilegítima y peligrosa cuando se eleva consciente o inconscientemente a juicio teológico.

La ascética de Camino es parte de un programa de edificación del hombre nuevo, no es un esfuerzo emprendido con el fin de poner entre paréntesis a la persona de carne y hueso o de erosionar sus energías vitales. El autor recomienda consiguientemente iniciativas ascéticas que fortalezcan la voluntad sin debilitar la naturaleza (cfr. n. 206). Invita desde luego a la difícil meta de la autoposesión. Escribe por ejemplo: «Di a tu cuerpo: prefiero tener un esclavo a serlo tuyo» (n. 214). Y en otro lugar: «Si no eres señor de ti mismo, aunque seas poderoso, me causa pena y risa tu señorío» (n. 295). Pero advierte con formas y acentos varios que si bien el hombre debe disponerse a pagar un precio ascético por su santidad, ese precio no puede consistir en él mismo. Lo sería, si la ascética cristiana apuntase a la simple debilitación del cuerpo o a postergar indebidamente la naturaleza humana. «¿Que vas a imponerte voluntariamente un castigo por tu flaqueza y falta de generosidad? —Bueno; pero que sea una penitencia discreta, como impuesta a un enemigo que a la vez fuera nuestro hermano» (n. 202).

La ascética de Camino es una ascética ascensional que interesa y envuelve a todo el hombre y en la que ningún aspecto de éste ha de quedar atrás. Juan Pablo II se ha referido recientemente a una concepción similar con las siguientes palabras: «la ascesis es el esfuerzo concreto y cotidiano del hombre, sostenido por la gracia de Dios, para perder la propia vida por Cristo como único modo de ganarla; para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo; para superar en sí mismo lo que es carnal, a fin de que prevalezca lo que es espiritual; para elevarse continuamente de las cosas de abajo a las de arriba donde está Cristo» (Exhortación Apost. Reconciliatio et Paenitentia, n. 4).

La aventura ascética que propone Camino se le debe presentar al hombre como convicción de la inteligencia y decisión de la voluntad. «Despréndete de las criaturas hasta que quedes desnudo de ellas» (n. 149). Pero que no es simplemente un programa racional o voluntarista se indica muy bien poco después, cuando se recogen con cierto patetismo acentos de debilidad humana y de nostalgia por una santidad todavía no alcanzada: «Desasimiento. ¡Cómo cuesta…! ¡Quién me diera no tener más atadura que tres clavos ni más sensación en mi carne que la Cruz!» (n. 151). Es ésta como una súplica ardiente que, en el estilo del Salmista bíblico, dirige a Dios el autor en nombre propio y en el de todos los lectores de Camino.

El ascetismo de Camino es siempre un ascetismo humilde, y el fuerte acento que el autor coloca a veces en el esfuerzo de la voluntad no es otra cosa que tensión escatológica, urgencia de aproximarse con rapidez y con toda energía hacia la salvación que Dios ofrece. Es también un reflejo de la importancia que se asigna en este libro a las virtudes humanas. El autor no piensa que las virtudes paganas puedan llamarse vicios, porque no entiende el Evangelio como disolución de la ética ni la gracia como crisis de la naturaleza.

Otra consecuencia de la idea unitaria que tiene del hombre es que Mons. Escrivá de Balaguer no concibe la castidad y la pureza en el hombre y en la mujer como meros intentos de superar la propia corporeidad. Castidad y pureza podrían no ser valores espirituales en sí mismos si se consideran o se viven separados del amor. En el número 119 leemos: «¡Qué hermosa es la santa pureza! Pero no es santa, ni agradable a Dios, si la separamos de la caridad… Sin caridad, la pureza es infecunda, y sus aguas estériles convierten las almas en un lodazal, en una charca inmunda, de donde salen vaharadas de soberbia.»

La raíz de esta enseñanza es paulina y la orientación de conjunto claramente existencial y tendente sólo a que el hombre consiga la verdadera unidad en el Señor. No se habla de una simple continencia, como era, por ejemplo, la encrateia pagana, centrada únicamente en el autodominio de la persona sobre su sensibilidad, con el fin de escapar a las ataduras del cuerpo.

Esta persona completa, esta persona que es unidad de cuerpo y alma no se escinde en una parte sensible y otra racional, cada una con un destino y unas posibilidades diferentes. Camino no deja de insistir en la salvación del hombre entero, librado por Dios no, idealmente, en sus pecados, sino, realmente, de sus pecados, y capaz por tanto, con la gracia, de conseguir en esta vida la santidad que le permitirá contemplar a Dios en la venidera.

5. El cristiano destinatario de Camino debe unir razón y emociones, inteligencia y sentimientos, pasiones y mente, porque sólo entonces será la fe una respuesta adecuada del hombre entero a la impresionante autodonación divina en Jesucristo.

Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer presenta una concepción integral de la fe cristiana como acto humano y sobrenatural en el que la persona moviliza todas sus facultades, sentidos y potencias. Es la misma visión completa de fe que vamos a encontrar en los documentos del Concilio Vaticano II y concretamente en la Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación, donde leemos que «por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios y le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad» (n. 5).

Camino se declara pacíficamente beligerante, por así decirlo, contra las usurpaciones de la razón y contra los desmanes del emocionalismo. Son dos fenómenos de signo opuesto que forman parte del ambiente cultural y religioso de todos los tiempos y que han adquirido en el nuestro proporciones gigantescas. La escisión de razón y emociones en el acto de fe ha originado que estos dos componentes netos de la verdadera creencia, que se pertenecen mutuamente dentro de ella, evolucionen por cuenta propia y se conviertan, separados, en caricatura de sí mismos, no sin antes haber desvirtuado la fe a lo largo de un proceso desintegrador.

Si la inteligencia ocupada en religión y los sentimientos en torno a lo sagrado no se unen en la persona creyente acabarán por yuxtaponerse en el espíritu de un ser individualista que tenderá irremisiblemente a fabricarse una religión y una moral propias, aunque a la vez se confiese cristiano y católico.

Este hombre y esta mujer, prototipo de una religiosidad hecha a la medida de sus conveniencias, seleccionan más o menos deliberadamente de entre los artículos del Credo de la Iglesia y los mandamientos de la Ley de Dios —que han dejado de ser para ellos certezas irrefutables— lo que estiman compatible con su condición emancipada y puede por tanto comparecer sin riesgo ante el tribunal crítico de la razón. No se dan cuenta de que resulta tan imposible tener una religión privada como poseer una luna y un sol particulares.

Esta veta racionalista se hace, sin embargo, extrañamente compatible, o al menos coexistente en el mismo individuo, con un cierto irracionalismo que demuestra una desconfianza absoluta hacia todo sistema de racionalidad fundante de la existencia y en este caso de la creencia.

Después de un eclipse de Dios, que perdura en muchos ambientes y conciencias del Occidente que fue cristiano, parece que asistimos ahora a un renacimiento de la religiosidad. Es un fenómeno positivo que debe saludarse con esperanza. Pero hay una sombra que lo oscurece y limita. Porque se trata en muchos casos de un sentimentalismo religioso que poco tiene que ver con la fe e incluso con la religión rectamente entendidas y practicadas.

En esta perspectiva, la religión se concibe y se vive no como un asunto de todo el ser humano, sino como algo que atañe únicamente a sus sentimientos y emociones. Lo cual implica que a veces muchos hombres y mujeres cristianos afirmen que simplemente creen y tienen fe, es decir, que creen en general. Debe entenderse entonces que se trata de una fe en vagos contenidos de creencia, sin aceptar necesariamente artículos concretos y sin imaginar siquiera que los misterios cristianos son verdades ardientes y salvadoras, que existen verdaderamente en un mundo invisible pero intensamente real y cercano. Secuela de esta situación espiritual es el predominio de la tendencia a disfrutar o buscar los consuelos de la religión sin aceptar en serio las verdades y los compromisos que la religión lleva consigo.

Camino tiene en cuenta este panorama que es de ayer y de hoy, y sin ironías, sentencias juzgadoras ni recriminaciones, acude con armas evangélicas a remediarlo o corregirlo en el hombre concreto a quien se dirige. Nos dice el autor que la fe «aquieta el entendimiento» (n. 582). Nos recuerda que la religión es razonable, adjetivo que no equivale aquí a mediocre o conformista. Se percibe en sus páginas el hecho bien conocido de que el Cristianismo católico se ha mostrado siempre acogedor y respetuoso hacia la razón humana y sus legítimos derechos, y ha mirado con justificadas reservas cualquier exceso sentimentalista o romántico.

Nuestro libro se ha escrito y se difunde dentro de un momento histórico —muy similar al de los siglos finales del paganismo— en el que la Iglesia y los cristianos tienen el derecho y el deber de constituirse en defensores de la razón, y hacer frente, con todos los recursos del buen sentido y de la racionalidad, a la credulidad y a la superstición. «No tienen fe. —Pero tienen supersticiones» (n. 586). Abundan hoy los hombres y las mujeres que no aceptan el Evangelio, pero que se muestran dispuestos a creer cualquier cosa.

Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer desea que el lector de Camino acabe por ser «alma de criterio» (Prólogo), lo cual exige que su inteligencia se enfrente sin temor con la verdad. «Nunca quieres “agotar la verdad”. —Unas veces, por corrección. Otras —las más—, por no darte un mal rato. Algunas, por no darlo. Y, siempre, por cobardía. Así, con ese miedo de ahondar, jamás serás hombre de criterio» (n. 33).

La severidad del lenguaje se hace todavía más contundente cuando poco después exhorta el autor: «No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte» (n. 34). Hay unos derechos de la razón que es necesario descubrir y respetar para vertebrar la vida e imprimir un rumbo adecuado a la existencia. Quien no razona o razona equivocadamente llegará fácilmente a negar las evidencias que le ofrecen los sentidos, los dictados del sentido común y los juicios que le proporciona su conciencia.

No es que la existencia creyente consista en un proceso estrictamente lógico donde lo único importante sea dar un paso primero y otro después en una dirección prevista, calculada de antemano y racionalmente incuestionable. La aventura espiritual del hombre cristiano se encuentra llena de originalidad, encierra sorpresas imprevisibles fruto de la acción del Espíritu y obliga a dar saltos, saltos existenciales en los que la razón se supera constantemente a sí misma.

Mas nuestro autor recuerda una vez y otra los aspectos racionales de la vida espiritual cuando, por ejemplo, recomienda al lector: «No me saques las cosas de quicio: si se te da Dios mismo, ¿a qué ese apego a las criaturas?» (n. 157), y cuando dice: «visto el camino, creo que la flaqueza del corazón no debe ser obstáculo para un alma decidida» (n. 164). Con frecuencia habrá que dejar el corazón a un lado porque lo primero es el cumplimiento del deber. «Pero, al cumplir el deber —leemos—, pon en ese cumplimiento el corazón: que es suavidad» (n. 162).

No es un «imperativo categórico» porque este corazón no es el corazón a secas, es el «pobre corazón», que debe ser tratado con «una doble compasión» (cfr. n. 163) cuando se le nieguen con toda justicia consuelos a los que no tiene derecho.

Pero el intelecto no puede campar por sus respetos. Debe ser contenido en sus naturales tendencias usurpadoras de terrenos misteriosos que no le corresponde penetrar, y en su vicio de reducir la realidad del mundo a lo que puede ser racionalizado. Hay una «infame lucidez» (cfr. n. 576) con la que a veces se arguye contra la fe católica, y esta aparente claridad podría impresionar a un hombre desprevenido.

El abandono o la reducción de la vida cristiana se presentan incluso en ocasiones como la opción humana más sensata. Y dice Camino: «Discurres… bien, fríamente: ¡cuántos motivos para abandonar la tarea! —Y alguno, al parecer, capital. Veo, sin duda, que tienes razones. —Pero no tienes razón» (n. 993).

La existencia puramente racional es ciega al mundo del espíritu y considerada en sí misma resulta estrecha y opaca. Por eso observa Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer que «algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe» (n. 575).

No ha de tolerarse que una razón tirana convierta a los cristianos en razonables oportunistas y corte las alas de un deseable y a veces necesario heroísmo. «No me gusta tanto eufemismo: a la cobardía la llamáis prudencia» (n. 35). El creyente es un hombre moderado y verdaderamente sensato que, con la gracia de Dios, está dispuesto a vivir su religión hasta el martirio. Es un hombre prudente que sabe ser un gran apasionado, como grandes apasionados han sido los santos. No es un sujeto calculador. Busca la santidad, pero en último término esa santidad no le importa como logro personal. Le importa sólo servir a Dios y a sus hermanos hasta el desprecio de todo lo propio.

6. En el hombre cristiano debe conseguirse finalmente la unión de Iglesia y mundo, de Reino de Dios y sociedad humana, que, por principio, no tiene lugar fuera de él. La unión de Iglesia y mundo, aunque se incoa aquí, no puede realizarse totalmente en esta tierra. Sólo es dado afirmar que el mundo camina hacia su fin a través de la Iglesia, pero no avanza hacia ese fin de manera automática, sino a través del esfuerzo y gracias a la misión que la Iglesiamisma y los cristianos llevan a cabo.

Camino enuncia un claro mensaje de compromiso personal cristiano dentro de la sociedad y en favor de ella. Hasta hace relativamente poco tiempo parecían más excepcionales los esfuerzos de la Iglesia y de muchos cristianos para vivir en el mundo como tales, que la retirada religiosa al claustro o al convento. Como Clemente de Alejandría en su Protéptico, puede decirse que el autor de Camino no ha vacilado ahora en proclamar los derechos del cristiano sobre el mundo entero, en el que vive y del que forma parte de modo vocacional: derechos que no son de conquista sino de servicio.

No podemos detenernos ahora a investigar con detalle la idea del mundo que se refleja en Camino. Baste decir, sin embargo, que teólogos y autores espirituales suelen referirse a ese concepto con perspectivas y acentos diferentes. Los primeros acostumbran a manejar una noción de mundo que destaca su naturaleza creacional y resulta consiguientemente en una visión positiva. Los autores espirituales suelen presentar más bien las facetas negativas del mundo, que aparece en sus obras y comentarios de modo predominante como enemigo de Dios en las almas.

Debe afirmarse que Camino busca y consigue un razonable equilibrio entre ambas concepciones. Es desde luego un equilibrio no exento de una sana tensión escatológica, porque el autor no olvida en ningún momento que el mundo y el orden temporal, buenos en sí mismos, poseen solamente la capacidad de encarnar los valores cristianos de manera incoativa, no de reflejarlos en plenitud. Sabe muy bien Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer que el bautismo contiene ya para el cristiano una cierta medida de renuncia interior al mundo, que como tal no necesita adoptar manifestaciones externas.

En cualquier caso, el mundo no parece representar en Camino una dimensión perfectamente objetiva de ser, no es un espacio neutro de realidad, sino que viene casi siempre definido en relación con el hombre. El mundo es el mundo del hombre, el mundo creado y redimido que se hará cristiano en el hombre y desde el hombre cristiano. Se diría que es una perspectiva mucho más existencial que esencial y objetivista.

«¿Para qué has de mirar si “tu mundo” lo llevas dentro de ti?» (n. 184). El mundo y la Iglesia se encuentran recíprocamente en el interior del bautizado y es primeramente en el corazón de éste donde el mundo comienza a ser mejor, donde inicia su andadura hacia la consumación escatológica.

«”¡Influye tanto el ambiente!”, me has dicho. —Y hube de contestar: sin duda. Por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar “vuestro tono” a la sociedad con la que convivís. —Y entonces, si has cogido ese espíritu, estoy seguro de que me dirás con el pasmo de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros que se obraban por sus manos en nombre de Cristo: «¡Influimos tanto en el ambiente !” » (n. 376).

El mundo interior de la persona creyente debe configurar progresivamente el mundo exterior. No debe permitirse una escisión entre misterios cristianos e impregnación cristiana del mundo. El discípulo de Cristo tiene que volver al mundo o, mejor dicho, debe ocupar plenamente en él el lugar que le corresponde o estar en ese lugar como hombre que es cristiano ante sí mismo y también ante los demás.

Camino «se escribe dialécticamente —observa Pedro Rodríguez— frente a un cristianismo pasivo, amodorrado, transformado en ideología, en “buenas costumbres”» (Vocación, trabajo, contemplación, Pamplona 1986, pág. 88). Se trata entonces de desarrollar una presencia activa, propia de la persona creyente, con alma contemplativa, que ni deja el mundo ni se limita simplemente a soportarlo. No se transforma el mundo apartándose de él ni entendiendo la presencia en la sociedad de los hombres como una irremediable purificación. La perspectiva escatológica, que nunca debe olvidar, no ha de llevar al cristiano a mirar al mundo con una indiferencia que, lejos de ser virtuosa, constituiría un serio y lamentable defecto.

«Fe. —Da pena ver de qué abundante manera la tienen en su boca muchos cristianos, y con qué poca abundancia la ponen en sus obras. —No parece sino que es virtud para predicarla, y no para practicarla» (n. 579). Son palabras que recuerdan a todos una gran verdad: no podemos ser enseñantes o maestros de la vida cristiana si no somos sus testigos y confesores. El cristiano no se limita a anunciar a los demás que existe una salvación, sino que con su presencia en el mundo ayuda activamente a realizarla en Jesucristo.

«Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres o mujeres mundanos» (n. 939). La labor cristiana en el mundo se hace desde dentro. No es un trabajo heterónomo o extrínseco a las realidades terrenas. Es una tarea que el cristiano lleva a cabo perfectamente desde su profesión porque la profesión es como el punto donde se cruzan la existencia individual y la existencia colectiva, es el lugar donde la persona entra en relación directa con el todo social y donde el todo social se apoya en la actividad de la persona.

Esta eficaz presencia cristiana en el mundo y en la sociedad no se basa en los automatismos y facilidades de sistemas o estructuras mudables, sino en la legítima influencia personal, que es el modo más digno y pertinente de llevar la verdad al hombre libre. El autor llama a esta influencia «silenciosa y operativa misión» (n. 970) y en estilo muy directo explica su pensamiento cuando escribe: «Me parece tan bien tu devoción por los primeros cristianos, que haré lo posible por fomentarla, para que ejercites —como ellos—, cada día con más entusiasmo, ese Apostolado eficaz de discreción y de confidencia» (n. 971).

Es éste un lugar muy característico de Camino porque los «primeros cristianos» son para el autor del libro una «categoría teológica normativa» (cfr. A. García Suárez, Existencia secular cristiana, «Scripta Theologica» 2, 1970, pág. 162). Y también por un segundo motivo no menos importante. Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer desea que el lector se diga a sí mismo: Yo debo salvar mi alma. Pero desea también y sobre todo que diga: Yo debo salvar el alma de mis hermanos.

«Ten vida interior y verás, con color y relieve insospechados, las maravillas de un mundo mejor, de un mundo nuevo: y tratarás a Dios…, y conocerás tu miseria…, y te endiosarás… con un endiosamiento que, al acercarse a tu Padre, te hará más hermano de tus hermanos los hombres» (n. 283).

He aquí una de las mayores consecuencias de la visión evangélica y secular de la existencia cristiana propuesta por Camino. .El libro trata de crear cristianos comprometidos, hombres y mujeres que hagan operativa la visión del mundo que su fe les proporciona. Nace en un momento de la historia cultural y espiritual europea en el que las ideologías dominantes se esfuerzan por llevar a cabo en el entorno humano, individual y social, una acción transformadora. Desde premisas muy diferentes y basado en una concepción integral del hombre, Camino quiere actualizar, por así decirlo, las virtualidades transformantes del Evangelio.

7. «Pero… ¿y los medios? —Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio… —¿Acaso te parecen pequeños?» (n. 470).

El realismo de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer se anticipa a la pregunta del cristiano a quien la lectura de Camino ha determinado a vivir la vida, la única vida, que corresponde a su vocación. El sentido de totalidad con el que se contesta parece desbordar los términos de la cuestión y nos sitúa de lleno, en un instante, ante lo más esencial de la Revolución divina en Jesucristo.

Entramos ahora en un contacto particularmente inmediato con la dimensión sobrenatural de Camino. Los medios de los que aquí se habla no son sólo elementos cristianos importantes que puedan concebirse separados de una hipotética esencia del Cristianismo. Es decir, no se entienden únicamente como simples vías para anunciar y llevar a cabo sobre la tierra el mensaje y la obra de Jesús. Crucifijo y Evangelio constituyen para Camino el núcleo del Cristianismo. Son como el Cristianismo en acción y reflejado en la vida de los hombres y mujeres cristianos que no sólo desean llevar a Cristo en el nombre sino también y sobre todo en la conducta.

El Evangelio no es aquí una idea abstracta, ni es solamente un libro sagrado. Es una realidad viva que procede de Cristo y que a través de la Iglesia se ha encarnado en una tradición representada por grandes figuras y también por una muchedumbre de personas desconocidas hoy para nosotros, pero reales y verdaderas. Es una realidad espiritual que ha tomado y toma cuerpo sin cesar en cada generación y en cada momento de la historia humana.

Fiel a su inspiración fundamental, Camino insiste: siempre que habla de Evangelio, en la relación personal y operativa que el hombre puede y debe establecer con Dios en el Hijo Único que le revela. Es ésta una idea programática que aparece ya en las primeras palabras del libro: «Que tu vida no sea una vida estéril.

— Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón» (n. 1).

Pero Camino piensa el Cristianismo como Iglesia, porque sólo la Iglesia hace posible llegar hasta Cristo y recibir con plenitud los bienes fundamentales cristianos de la fe y de la gracia. «Te lo dice San Pablo, alma de apóstol: “Justus ex fide vivit”.

— El justo vive de la fe. —¿Qué haces que dejas que se apague ese fuego?» (n. 578).

Y en otro lugar leemos: «Pide humildemente al Señor que te aumente la fe. —Y luego, con nuevas luces, juzgarás bien las diferencias entre las sendas del mundo y tu camino de apóstol» (n. 580).

Cristo, Iglesia y Sacramentos constituyen en el libro una secuencia ininterrumpida de realidades salvíficas que brotando del centro, que es el mismo Verbo Encarnado, se disponen como en círculos concéntricos, para alcanzar el último rincón de la humanidad. «¡Qué bondad la de Cristo al dejar a su Iglesia los Sacramentos! —Son remedio para cada necesidad. Venéralos y queda, al Señor y a su Iglesia, muy agradecido» (n. 521).

La profunda convicción que Mons. Escrivá tiene sobre el papel determinante de la gracia de Dios en la existencia cristiana es uno de los factores principales de la gran unidad interna de Camino. La antropología del libro se apoya en la misteriosa compenetración que la libertad y la gracia realizan en la existencia y en la acción humanas. «”Quia huic homo coepit aedificare et non potuit consummare!” —¡comenzó a edificar y no pudo terminar! Triste comentario, que, si no quieres, no se hará de ti: porque tienes todos los medios para coronar el edificio de tu santificación: la gracia de Dios y tu voluntad» (n. 324).

Nunca separa el autor la gracia divina y la libertad humana en sus afirmaciones sobre el progreso del hombre en la vida espiritual. «…Si no se deja a la gracia de Dios y al Director que hagan su obra, jamás aparecerá la escultura, la imagen de Jesús, en que se convierte el hombre santo» (n. 56). «Hombre libre, sujétate a voluntaria servidumbre para que Jesús no tenga que decir por ti aquello que cuentan que dijo por otros a la Madre Teresa. “Teresa, yo quise… Pero los hombres no han querido”» (n. 761). «No te turbes si al considerar las maravillas del mundo sobrenatural sientes la otra voz —íntima, insinuante— del hombre viejo. Es el cuerpo de muerte que dama por sus fueros perdidos… Te basta la gracia: sé fiel y vencerás» (n. 707).

La gracia está en la base de nuestros actos sobrenaturales. Podemos estar seguros que los inspira y empuja continuamente. No es una afirmación libresca. Habla la propia experiencia del autor. «Crécete ante los obstáculos. —La gracia del Señor no te ha de faltar: “inter medium montium pertransibunt aquae” —¡pasarás a través de los montes!» (n. 12). La misma gracia de Dios termina todas nuestras acciones obrando a través de nuestra libertad, y siempre que es necesario nos defiende, por así decirlo, de nosotros mismos. «Deja que se vierta tu corazón en efusiones de Amor y de agradecimiento al considerar cómo la gracia de Dios te saca libre cada día de los lazos que te tiende el enemigo» (n. 434).

Camino ofrece al cristiano en estos puntos elementos de todo un sistema teológico capaz de orientar y vertebrar la existencia según el Evangelio. Es como una teología práctica que hunde sus raíces en profundas verdades y demuestra que fe y vida se pertenecen mutuamente.

Junto al Evangelio se encuentra la Cruz, otro de los temas abarcantes en la concepción teológica y ascética de Camino. La Cruz no es para Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer solamente un símbolo del Cristianismo. «¿La Cruz sobre tu pecho…?

— Bien. Pero… la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia. —Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: solamente así serás apóstol» (n. 929).

Ciertamente el hombre y la mujer cristianos deben venerar las representaciones de la Cruz del Señor, que les ayudarán a expresar y aumentar su amor a Jesús crucificado. «Tu Crucifijo.

— Por cristiano, debieras llevar siempre contigo tu Crucifijo. Y ponerlo sobre tu mesa de trabajo. Y besarlo antes de darte al descanso y al despertar: y cuando se rebela contra tu alma el pobre cuerpo, bésalo también» (n. 302). Pero el objetivo último es entender que el Cristianismo se vincula esencialmente a la santa Cruz y que la existencia cristiana ha de ser necesariamente una existencia crucificada. No se trata sólo de mirar respetuosamente la Cruz que se recorta limpia contra el cielo o los muros de un templo. Hay que tomarla en seguimiento de Cristo para llegar a ser un auténtico discípulo.

«Cuando veas una pobre Cruz de palo, sola, despreciable y sin valor… y sin Crucifijo, no olvides que esa Cruz es tu Cruz: la de cada día, la escondida, sin brillo y sin consuelo…, que está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú» (n. 178).

Existen formas abiertas de negarse a reconocer y abrazar la Cruz. Hay también modos sutiles de hacerlo que equivalen como las primeras a escandalizarse del Señor y de sus padecimientos. Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer trata de que el cristiano no se engañe en un punto tan capital y dice: «Vamos: Después de tanto “¡Cruz, Señor, Cruz!”, se ve que querías una Cruz a tu gusto» (n. 989).

Evangelio y Cruz se funden en la figura amable y doliente del Señor y forman la mejor escuela para la transformación personal en Jesucristo. Encendidas palabras del autor animan a dirigirse hacia ese horizonte. «Métete en las llagas de Cristo Crucificado. —Allí aprenderás a guardar tus sentidos, tendrás vida interior, y ofrecerás al Padre de continuo los dolores del Señor y los de María, para pagar por tus deudas y por las deudas de los hombres» (n. 288). El cristiano acaba por comprender y vivir no sólo la necesidad de la Cruz sino la alegría de encontrarse con ella, reconocerla y amarla.

La theologia Crucis de Camino resulta admirablemente integrada con la teología de la Creación tal como se refleja en los aspectos del libro comentados más arriba. Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer quiere que, fiel a su condición, el discípulo de Cristo sea capaz de amar y sobrellevar el dolor que de un modo u otro llegará a su vida, y esté preparado para abrazarse con la desilusión cuando sea necesario. Este es el Camino cristiano de dolor y gozo que la obra propone y ayuda a recorrer.

8. Camino es un vivo ejemplo de la capacidad innata en el Evangelio para hablar con sentido al hombre de cualquier tiempo histórico. El autor ayuda a sus lectores a formular bien las preguntas básicas, de modo que puedan encontrar por sí mismos las respuestas.

Este libro es en suma un ardiente documento de fe en el que se percibe inevitablemente que fe y vida se pertenecen mutuamente. Para Camino la aceptación de la existencia de Dios no es una cuestión teórica o un ejercicio mental. Creer que Dios existe implica un modo nuevo de vivir. Dios no es aquí una idea de Dios. No es un objeto del pensamiento. Es el Dios Vivo de la Revelación, el Dios Uno y Trino, del que parten continuamente impulsos irresistibles que determinan la historia de los hombres y su existencia tanto individual como colectiva. Es el Dios Padre de Jesucristo que llama amorosamente a compartir la vocación del Hijo.

«El Amor… ¡bien vale un amor!» (n. 171). «Jesús no se satisface “compartiendo”: lo quiere todo» (n. 155). «¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios…» (n. 420). Cuando habla de Dios, el estilo de Camino adopta acentos absolutos. El Señor no es visto como un competidor del hombre. El lector acaba por comprender que no debe oponerse a Dios, que tampoco debe defenderse de El, porque Dios es la vida de su vida. El dilema Dios o yo, que consciente o inconscientemente se plantea la criatura, ha de ser abolido de modo gradual a lo largo de una existencia creyente en la que fe y vida terminen por coincidir.

* * *

El lector encontrará en este volumen un conjunto de estudios que, agrupados en cinco secciones y con los recursos propios de diferentes géneros literarios, han procurado destacar diversos aspectos históricos, espirituales, humanísticos y teológicos de Camino. Son breves ensayos, a la vez descriptivos e interpretativos, que a través de temas juzgados característicos en el libro examinan desde perspectivas convergentes algunos de los asuntos y cuestiones que suscita.

Encabeza estos trabajos el artículo de Mons. Alvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, que analiza en sus líneas fundamentales el significado teológico y espiritual de Camino. El estudio insiste especialmente en la sintonía que Camino guarda con el espíritu y las metas posconciliares de la Iglesia, y es esencial a mi juicio para comprender la obra tanto en su significación histórico-temporal como en su valor perenne. La lectura atenta de este trabajo permitirá al lector interpretar con exactitud y situar en su contexto adecuado los artículos que componen el entero volumen.

José I. Saranyana, profesor de Historia del Dogma en la Universidad de Navarra, ofrece en el estudio que inicia la segunda sección los datos históricos más relevantes para conocer el itinerario editorial de Camino. Sigue un artículo de José Miguel Pero-Sanz, director de la revista Palabra, que se asoma a la realidad sociológica de Camino como fenómeno pastoral y busca la explicación de lo que domina su universal acogida. Jesús Urteaga, miembro del consejo de dirección de la revista Mundo Cristiano, examina con datos fehacientes y de primera mano la influencia de Camino durante un período decisivo de la posguerra española. El periodista y literato José Miguel Cejas reúne y comenta múltiples testimonios del mundo cultural, que muestran la capacidad de Camino para conectar con la sensibilidad de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

La espiritualidad del libro, tratada en la tercera sección, es examinada en su alcance general y también en sus detalles más importantes por el filósofo Jesús Arellano, profesor de la Universidad de Sevilla. Carlos Cardona, doctor en Filosofía, llama la atención sobre Camino como lección de amor y proporciona el hilo de su experiencia personal una breve pero rigurosa síntesis de lo que este libro es en esencia. Víctor García-Hoz, catedrático de Pedagogía, estudia Camino como manual o tratado de vida cristiana en su vertiente ascética. Fiel a su título, la obra de Mons. Escrivá de Balaguer aparece aquí como una guía de progreso espiritual que tiene muy en cuenta la unidad del hombre y su condición terrena. Los elementos eclesiológicos más destacados de la espiritualidad del libro son expuestos por Gonzalo Aranda y José R. Villar, profesores de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.

Antonio Milán, profesor de Metafísica en la Universidad Complutense de Madrid, analiza en la cuarta sección del volumen la naturaleza de Camino en cuanto verdadero manifiesto de humanismo cristiano. Sendos estudios del escritor Rafael Gómez Pérez y del filósofo Rafael Alvira se detienen en dos asuntos muy importantes en la textura de Camino y en el espíritu del que procede: la alegría y el trabajo. Son dos temas que probablemente atraen la atención, los primeros, de toda persona sensible a los valores que Camino recoge del mundo y plenifica.

La meditación teológica con la que Antonio Aranda, profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra, comienza la quinta y última sección del volumen, no podía faltar en el análisis de una obra que, como se ha puesto de relieve en esta Introducción, ha interesado e interesará siempre a teólogos. Sigue un artículo de José Miguel Odero, profesor de Teología Fundamental, que habla de Camino como de un libro que refleja la fe viva del autor y trata de llevarla consecuentemente a la existencia de todos los hombres y mujeres que asomen a sus páginas. Federico Delclaux, capellán de estudiantes universitarios en Madrid, se ocupa dentro de este marco de los aspectos sapienciales que, propios de un libro de madurez, llenan las páginas de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Dos últimos trabajos de José María Escartín y Antonio Orozco sobre la Virgen argumentan de modo lúcido y convincente la fuerte impregnación mariana —piadosa y teológica a la vez— de Camino, así como la capacidad de su discurso para generar y mantener en el lector una sólida devoción a Nuestra Señora.

Estudios sobre Camino.

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• Introducción
• Significado Teológico-Espiritual de Camino
• Cincuenta años de historia
• Acogida universal
• El impacto de CAMINO en los años cuarenta
• Testimonios sobre un clásico de la literatura espiritual
• Espíritu de abandono y vida de infancia espiritual
CAMINO, Una lección de amor
• Sobre la pedagogía de la lucha ascética en CAMINO
• El amor a la Iglesia y al Papa en CAMINO
• El humanismo cristiano de CAMINO
• Raices de la alegría
• El trabajo en CAMINO
• El espíritu teológico de CAMINO*
• La virtud de la fe en CAMINO
• El don de sabiduría y CAMINO
• Devoción y amor a María en CAMINO
• Aprender en CAMINO el amor a la VIRGEN

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