Edición Crítico-Histórica de CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , , No Comments »

1 Ignacio Arellano

Cuando nuestro Vicerrector, Dr. Manuel Casado, me ofreció la oportunidad de presentar en este acto la edición de Camino hecha por don Pedro Rodríguez lo consideré un privilegio, sin pensar que sería también una cura de humildad crítico textual. Después de haber editado unos cuarenta autos de Calderón y haber dedicado muchas páginas a tareas de edición, la que ahora presentamos me ha enseñado, entre otras cosas, que se podía trabajar mucho mejor, como ha trabajado el editor de Camino.

¿Qué significa una edición crítica de Camino, después de decenas de ediciones y cinco millones de ejemplares en manos de sus lectores de todo el mundo? En el sentido estricto del término, si entendemos por edición crítica aquella que reconstruye el arquetipo perdido, el texto original del cual proceden todas las versiones o traslaciones existentes, tal edición no es necesaria para Camino, pues disponemos de lo que en crítica textual se llama versión de última mano, controlada y decidida por el autor. Bastaba reproducir ese texto, que no ofrece problemas, lo que hace don Pedro Rodríguez controlando su fijación textual, a mi juicio definitiva, con algunas ediciones principales y otros materiales de la transmisión. Aunque esta labor no plantee apenas dificultades en nuestro caso, todo editor conoce los requisitos de meticulosidad que exige cuando se hace bien, meticulosidad que permite al editor subsanar, por ejemplo, la errata del punto 980 que había logrado sobrevivir en las sucesivas ediciones. El contexto seguramente aclaraba el sentido, pero el hecho es que una errata en la puntuación dejaba confuso cuál es el texto de San Pablo al que se refiere la frase «Esto dice San Pablo en su primera epístola a los Corintios». En esta edición termina la historia de la errata.

Lo que de verdad convenía era precisamente esta edición crítico-histórica, que va mucho más allá de la sola tarea textual. Este tipo de edición es muy útil para cualquier obra que merezca semejante esfuerzo, pero en el caso de Camino, resultaba de importancia capital, por las razones que el mismo don Pedro Rodríguez apunta a propósito del género y la génesis del libro. En efecto, el editor se ha enfrentado al reto que supone editar, no un texto, sino 999 textos, que forman una unidad orgánica, ciertamente, pero que tiene cada uno su historia, sus fuentes, su especial imbricación en el conjunto, su proceso de adaptación al plan último de la obra desde versiones o apuntes de etapas y niveles diversos: como escribe el editor: «cada una de sus 999 unidades tiene vida propia y contextos y circunstancias muy diversos; una vida espiritual, pastoral y literaria que el texto mismo muestra anterior al texto y mucho más rica que lo que la mera crítica textual puede poner de manifiesto». Lo que nos ofrece este admirable trabajo, tan rico en precisiones, detalles y documentación sobre el conjunto y sobre cada uno de los puntos de Camino es el mismo desarrollo vital del texto en su hacerse, en su caminar, diríamos. ¿Qué mejor método para transitar por este camino que levantar el plano de su construcción, colocar las señales indicadoras para el lector que desee penetrar en su contexto vital e histórico como ayuda para la comprensión de su enseñanza?

Pocas veces se hallará, en este sentido, una edición crítica con un aparato tan completo y tan eficazmente ceñido al servicio del texto que ilustra. El lector halla abundante información sobre los capítulos y los puntos concretos de Camino, su proceso de ordenación, las variantes o modificaciones y cualquier categoría de incidencia textual, las fuentes, las referencias que explican la génesis de algunos puntos… y todo en una dispositio textus de modélica claridad y sencillez, lo que no era fácil si tenemos en cuenta la variedad de informaciones recogidas.

En realidad el lector encuentra la historia completa del texto, iluminada con las glosas del editor. Como es habitual, algunas de las incidencias reflejadas en este exhaustivo aparato son de menor calado (leves correcciones de puntuación, sustituciones de vocablos sinónimos para evitar repeticiones causadas en la reordenación de ciertos puntos…). En otras ocasiones, sin embargo, la variante consignada permite asomarse al taller de Camino e incluso intuir ciertas dimensiones estilísticas que no suelen ser meramente exornativas, sino que se integran en el marco espiritual del libro. En el punto séptimo, por ejemplo, que comienza «No tengas espíritu pueblerino. Agranda tu corazón hasta que sea universal, católico», observamos gracias a las notas del editor que el párrafo «No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas» había sido redactado primero «No vueles como un ave casera». La redacción definitiva no solo apela a una expresión más clásica, la de ave de corral, sino que introduce la sugerencia de un cercado minúsculo (ausente en «ave casera»), un corral que bien poco espacio deja para ningún vuelo. El punto primero ya nos ofrecía un ejemplo especialmente interesante de estas reelaboraciones que efectúa el beato Josemaría Escrivá, y que podemos examinar gracias a las informaciones del aparato crítico de esta edición. En una primera redacción del punto se lee «Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los caracoles impuros y llenos de odio», lectura que se convierte en la definitiva: «Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio». Es posible que en la sorprendente imagen de los caracoles haya un eco de un texto de Pérez Galdós, como se señala en la nota 4 de la página 215, pero me parece que se explica mejor desde dentro del mismo texto de Camino. El narrador galdosiano proclama su deseo de dejar algún rastro de su existencia al pasar por el mundo, y a Galdós, que en cuestión de léxico y metáforas era bastante chabacano, se le ocurre usar la imagen de la huella babosa para expresar una idea positiva, lo que resulta un tanto grotesco. El punto de Camino tiene un marco completamente distinto. De la idea de una señal sucia se genera la imagen del caracol, en un contexto de referencias negativas a los «llenos de odio». La imagen es aquí perfectamente coherente, a diferencia de lo que sucedía en Galdós. Pero sin duda, sigue siendo una imagen quizá demasiado chocante, capaz de atraer en exceso la atención del lector sobre ella misma.

Al sustituirla por «sembradores del odio» se evita este matiz, pero sobre todo se enriquecen de manera extraordinaria las resonancias del texto. En efecto, mientras la imagen del caracol es negativa en sí misma, la del sembrador en la tradición es por el contrario positiva: como explica la parábola de la cizaña, por ejemplo, «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre». El beato Josemaría Escrivá regresa a la imagen del sembrador varias veces en Camino: en los puntos 794 y 795 por ejemplo, «Sembrar. Salió el sembrador» y «Con el buen ejemplo se siembra buena semilla», o en la nota a la vigesimoprimera edición donde se refiere a los «sembradores de paz y de alegría en el mundo». El texto definitivo de «sembradores impuros del odio» viene a resultar, pues, si se inserta en sus ecos evangélicos y patrísticos, un ejemplo de lo que llamaba Gracián agudeza de improporción, una contrariedad muy llamativa: el impacto causado en el lector no estriba ahora en una imagen concreta sino en la disonancia que se siente entre lo que debiera ser la misión del sembrador y lo que en verdad hacen los que siembran odio; hasta tal punto el odio pervierte y esteriliza. Añádase que ahora la esterilidad que se menciona al principio del punto («Que tu vida no sea una vida estéril») corresponde precisamente a una simiente pervertida que niega la misión de toda simiente que es precisamente no ser estéril.

Me he permitido extenderme un poco en este ejemplo porque me parece que muestra excelentemente aspectos significativos del cuidado con el que Camino está elaborado, y de la utilidad que el aparato crítico de la edición de don Pedro Rodríguez evidencia para ahondar en esos aspectos. Otros datos aportados permiten examinar la adaptación de un texto de origen más personal al nivel propicio para un receptor universal; o permiten observar la jerarquía de las fuentes que inspiran ciertos motivos, y el predominio en este sentido de los Evangelios, los Salmos y San Pablo, lo que resulta bien significativo, lo mismo que la presencia de autores clásicos como Santa Teresa o San Juan de Ávila.

La identificación de estas fuentes o la comparación con lugares pertinentes de la tradición facilita al lector la meditación sobre el sentido de sus adaptaciones en el punto correspondiente de Camino, como sucede con la paradoja de la valentía del huir en el punto 132, que Don Pedro Rodríguez en-marca en una rica serie de referencias de la espiritualidad católica, en que no falta, por cierto, una cita espléndida de Calderón.

Los comentarios del aparato desarrollan, por otro lado, algunos aspectos fundamentales que se han tratado más sistemáticamente en la introducción, como el género, la estructura o el estilo. Todos estos capítulos introductorios, muy luminosos, son de particular importancia: baste remitir al comentario sobre la comparación que se ha hecho habitual de Camino con el Kempis, donde se advierte que el verdadero paralelo se produce más en la «imitatio Christi» que en el «Contemptus mundi» («todo es bueno» dirá el punto 268; «Sed hombres y mujeres del mundo» escribirá en el 939: no «mundanos», claro).

En lo que se refiere a la propia tarea de la edición debo mencionar especialmente las páginas dedicadas a la historia de la redacción y al examen de los testimonios y el proceso de construcción de Camino desde los apuntes y papeletas varias a las Consideraciones espirituales de 1932 y 1933, o la edición de 1934 de Cuenca, y a la preparación del original definitivo que será impreso en la edición príncipe de 1939.

Normalmente este tipo de capítulos «técnicos» se hacen solo para los especialistas de la crítica textual. Ya sabemos al editar una obra que casi ningún lector se va a interesar mucho por ellos. Son imprescindibles para justificar la fijación del texto y garantizar la tarea ecdótica, pero generalmente resultan de árida condición, llenos de datos de la transmisión textual, comentario de variantes, criterios de edición, etc. Todo esto hay en el prólogo de don Pedro Rodríguez, y sin embargo, resulta ameno, interesante en sí mismo, y se lee de seguido. La inserción de los detalles ecdóticos en la historia del proceso vivo de la escritura de Camino, la evocación de esa «manera tan característica que el libro tiene de arrancar de la vida y de apuntar a la vida» en palabras de su editor, hace que estas páginas, en otras ediciones tan fatigosas, se constituyan en una apasionante reconstrucción que solo podía hacer alguien que comprende admirablemente el texto sobre el que trabaja, que lo ha asimilado y amado, y que añade a este aprecio por la obra una competencia erudita del más alto rango.

Y que además de todo esto escribe magníficamente.

Creo, en suma, que pocas veces un texto puede tener un editor tan a la altura de la obra editada, y que haya hecho un trabajo con el cuidado y los excelentes resultados como el que tantos lectores, a buen seguro, podrán apreciar en la edición que hoy presentamos que es, a mi juicio, una edición sencillamente insuperable.

Ignacio Arellano

Facultad de Filosofía y Letras

Universidad de Navarra

PAMPLONA

Aprender en CAMINO el amor a la Virgen.

Camino  Tagged , , , , , , , , No Comments »

17 Antonio Orozco

Camino es libro de muy elocuente y ajustado título. Palabra de añejo y sabroso sabor cristiano, apostólico, evocador de los pasos de aquellos primeros que, siguiendo tan de cerca las huellas de Cristo Jesús —el Camino—, anduvieron presurosos «tras el Amor» (n. 790).

El autor, Josemaría Escrivá de Balaguer, gustaba de ver al hombre así: viator, caminante por el mundo hacia Dios. Como es sabido, desde aquel 2 de octubre de 1928 en que el Señor de la Historia le hizo ver el Opus Dei, se dedicó enteramente a descubrir a los hombres y mujeres los caminos divinos de la tierra, a enseñar que «Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta: la vida de un cristiano corriente —que quizá a alguno parezca vulgar y mezquina— puede y debe ser una vida santa y santificante»(1).

Enseñó también que este camino de santificación por medio del trabajo profesional y de los demás deberes ordinarios del cristiano no es un sendero de segunda categoría, ni fácil, ni cómodo: «Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro» (n. 699).

Camino arduo, a menudo empinado, para hombres y mujeres curtidos —o dispuestos a curtirse— por los soles ardientes, los fríos afilados, las asperezas de los desiertos, el ímpetu de todos los vientos. Tenaces, magnánimos y, sin embargo, de muy frágil origen y condición: hechos de «barro de botijo» —como solía decir nuestro autor en su catequesis oral—, porque un golpecito basta para quebrarnos y hacernos añicos.

Sin duda el camino es de arriesgada urdimbre. Jamás alcanzaríamos solos el fin, la meta. Con todo, en Camino se aprende a andar con decisión serena, optimismo bien fundado, y esperanza alegre.

Sucede que al encanto irresistible del Fin —el Amor con mayúscula, «¡No hay más amor que el Amor!» (n. 417)— se añade protección omnipotente de nuestro Padre Dios y el amor de su Madre Virgen que es también —inmenso prodigio— Madre nuestra.

Es de subrayar que una de las más importantes cosas que se aprenden en Camino es precisamente el amor a María, y no de otra cosa hemos de tratar en estas páginas. Ojalá sirvan para enseñar a aprender a amar a Nuestra Madre como la amó y enseñó a amar el Fundador del Opus Dei ya en esta su primera obra tan temprana y madura.

Cada página, cada punto, cada frase de Camino es una luz que alborea, y a cada vuelta ilumina in crescendo los más diversos aspectos del cristiano existir. Nosotros nos entretendremos ahora sólo en los puntos de luz netamente mariana, no sin antes acudir a los que parecen ser clave para comprender a fondo la calidad específica del cariño a la Virgen que en Camino se descubre y se adivina.

Madurez e infancia espiritual

La clave, a mi parecer, se encuentra en lo más hondo del sentido de la filiación divina, que se alcanza en los capítulos de esta obra titulados «Infancia espiritual» y «Vida de infancia», consecuencia del tomarse en serio, con una muy alegre seriedad, las graves palabras del Maestro: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él (Mc 10, 15). En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3).

La cuestión inmediata es: ¿qué tienen los niños, de tan alto precio; qué valor les permite ser arquetipo de los santos eternamente bienaventurados? La respuesta se resume en una palabra, en una virtud que el Señor no deja de apuntar: la humildad (cfr. Mt 18, 4), «base y fundamento de todas las virtudes y sin ella no hay ninguna que lo sea», como dirá con frecuencia Monseñor Escrivá de Balaguer, con palabras de Cervantes y de otras muchas maneras.

La humildad comienza al reconocer gozosamente que Dios es Dios y yo criatura suya, fruto de un amor inmenso. Dios es EL QUE ES, y yo soy el que no es, puesto que todo lo que soy, lo soy gracias al amor creador y conservador y redentor de Dios, que es mi Padre: «Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. —No lo olvides» (n. 860).

La humildad se despliega en un abanico multicolor de virtudes de vital relevancia: sencillez, veracidad, sinceridad, transparencia, confianza absoluta en Dios, abandono en sus manos, fe firmísima, esperanza inquebrantable, amor tierno y fortísimo, facilidad para olvidar penas y descubrir alegrías, optimismo, audacia y perseverancia en el pedir…

Se comprende enseguida que la infancia espiritual no sea «memez espiritual» ni «blandenguería», sino «camino cuerdo y recio que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios» (n. 885). Requiere una conversión muy profunda en un adulto, por poco que se haya abandonado a la tremenda fuerza centrípeta, egocéntrica del yo que se desarrolla con los años, si no combatimos con denuedo asistidos por la gracia divina.

Pero ahora hemos de descubrir dos cualidades del niño no mencionadas aún y que son indispensables en este camino en el que el Espíritu Santo introduce a las almas que se le acercan con docilidad sin reservas.

En primer lugar me refiero a la imaginación. El niño es capaz de vivir en su intimidad aventuras increíbles. Ciertamente existen imaginaciones enfermizas, y a menudo esta facultad traiciona, miente (por eso irritaba tanto a Pascal). Pero Dios nos la ha dado para que también con ella le conozcamos y amemos más: sometiéndola a la razón, enlazándola con la otra cualidad del niño que es preciso subrayar: el vigor metafísico de su mente diamantina.

El niño pregunta con tenacidad —exasperante para los mayores— no sólo el qué de las cosas, sino el porqué. Y cuando ya sabe el porqué, pregunta por el porqué del porqué, pues su mente virginal anda en busca del porqué de todos los porqués, la respuesta a todas las posibles preguntas, la causa última e incausada de todo cuanto es. El intelecto infantil aún no se halla sometido a las presiones de las pasiones adultas: se encuentra abierto a la realidad; no intenta violentarla para conformarla a esquemas previos (porque no los tiene). Es él quien conforma su concepto a las cosas como son, y esto es la verdad.

El adulto, cuando no se reconoce como un niño delante de su Padre Dios, es presa fácil de la soberbia —la gran mentira—, creadora de una vana ilusión de autosuficiencia; y de la avaricia, de la codicia, de la lujuria, de la ira, de la pereza, de la gula… En una palabra, del pecado, que es siempre oscuridad e impotencia.

La verdad es como un líquido purísimo. ¿Podría yo recoger este líquido precioso en un vaso sucio de lodo y juzgar luego de su pureza?(2). Es obvio que sólo purificando el propio intelecto podré conocer en toda su pureza la verdad.

Y quizá no sea preciso añadir más para advertir que la gran Verdad que es el Reino de los Cielos, es decir, el Reino de Dios, requiere para su descubrimiento y fruición la más acendrada pulcritud intelectual, todo el vigor metafísico que naturalmente el entendimiento humano posee. Se requiere, justamente, recuperar, si la habíamos perdido —e incrementarla aun con la gracia santificante— aquella maravillosa potencia de entender y de amar de cuando éramos niños.

Vigor metafísico e imaginación: así se explica que acontezca entre el hombre y Dios «el diálogo eterno entre el niño inocente y el padre chiflado por su hijo: —¿Cuánto me quieres? ¡Dilo! —Y el pequeñín silabea: ¡Mu-chos mi-llo-nes!» (n. 897).

La imaginación es, como ya dijo Santa Teresa de Jesús, «la loca de la casa». Pero domesticada y metida en cintura ya no nos lleva adonde le apetece sino adonde queremos. Podemos ya pasear con ella por el espacio y el tiempo como en casa propia; asistir, por ejemplo, con el Arcángel San Gabriel a la Encarnación del Verbo, ver cómo se encienden y arrebolan de humildad y gratitud las mejillas de la Virgen. Y pasmados ante aquella hermosura, oír el fiat! de consecuencias cósmicas…

De este modo la imaginación no traiciona, porque es teológicamente cierto que en la sabiduría infinita de Dios encarnado estábamos ya todos los hombres, desde Adán hasta el último, con todos los detalles de cada historia personal. De modo que cada uno podemos decir con verdad: cuando el Verbo se encarnaba pensaba en mí; y en mí pensaba cuando reía o lloraba, y cuando trabajaba reciamente en el taller de José o descansaba junto al pozo de Sicar; cuando convertía el agua en vino o resucitaba a Lázaro, y cuando Él mismo murió y resucitó y ascendió a los Cielos.

Es cierto, y no sólo cosa de imaginación. Es posible ser en el Evangelio «como un personaje más»(3), seguir a «Cristo, acompañarle tan de cerca, que vivamos con El, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con El nos identifiquemos»(4).

Vivir con Cristo, recorrer la «vida de infancia espiritual» no es cosa de esfuerzos hercúleos de la mente o de la voluntad, sino más bien —poniendo los medios: recogimiento, meditación, etcétera— dejar «obrar al Espíritu Santo» (cfr. n. 852).

El encuentro con la Virgen

Dentro de este camino hay un acontecimiento de capital importancia e inefable gozo: el encuentro con María. Quizá ha sido al «meternos» en Nazaret, o en Belén, mientras Ella mecía a Jesús en su regazo y lo arrullaba con la música encantadora de su voz purísima; o acaso cuando el Niño intentaba los primeros pasos y su Madre le seguía con los brazos abiertos y emoción contenida, sin tocarlo, pero presta a impedir que el seguro traspié diera con la naricilla preciosa contra el duro suelo.

¡Debe de ser muy importante hacerse niño, si Niño se ha hecho Dios! Ha querido ser acunado e ilustrado por la Madre Virgen. Y también ha de tener gran relevancia tener a María por Madre, acudir a Ella, tratarla como hijo, sentir la suave fuerza de sus manos.

Quizá al principio no se «siente»: «no sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti» (n. 900).

Cuando no se «siente» la mano segura de Nuestra Madre no es porque Ella no esté cerca. De seguro que la aparente ausencia indica que debemos seguir adelante creciendo en confianza, con fe en que Ella no se ha ido ni nos dejará jamás. Se trata de una pequeña prueba, seguramente corta.

Es lógico, sin embargo, que prefiramos «sentir» su mano en la nuestra. Por eso Monseñor Escrivá de Balaguer, en otro lugar, al verse en su humildad «capaz de todas las infamias», dice al Señor: «No me sueltes, no me dejes, trátame siempre como a un niño. Que sea yo fuerte, valiente, entero. Pero ayúdame como a una criatura inexperta; llévame de tu mano, Señor, y haz que tu Madre esté también a mi lado y me proteja. Y así, possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte a Ti por modelo»(5). Seremos capaces de mantenernos en pie, y caminar con paso cierto hacia la santidad.

Y si el niño se encontrara ya de bruces contra el suelo, sería cosa de recordarle que «tus caídas involuntarias —caídas de niño— hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo» (n. 884).

Así es la mano de Nuestra Madre: amorosa (sus ojos son misericordiosos). No tiene aspereza, posee toda la suavidad, se halla repleta de cariño y, por eso, de fortaleza. Ternura y reciedumbre se combinan de tal modo en la mano amorosa de la Virgen que resultan fuente de inagotable esperanza: «¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: “consolatrix afflictorum, auxilium christianorum…, Spes nostra, Regina apostolorum”?» (n. 515).

Consuelo, auxilio, esperanza, Reina y, sobre todo, Madre: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (n. 516).

Las ventajas de este camino —«caminito de infancia»— son inconmensurables. Todo resulta más hacedero: «Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (n. 513). Incansablemente, el Fundador del Opus Dei reiteraba la invitación a continuar la experiencia: «comprobarás que con la Virgen hasta lo difícil se vuelve fácil, y lo que parece monótono adquiere un relieve distinto y atractivo»(6).

No es que junto a María no cuesten las dificultades, pero se vencen, se asegura la alegría y la paz, aunque «todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma» (n. 498).

Y una de las cosas más asombrosas, increíbles y consoladoras de esta senda que Monseñor Escrivá nos alumbra es la posibilidad de tener miedo, sin miedo. Ese ingrediente inevitable —y tan temible para el adulto— de la vida humana sobre la tierra que es el miedo, puede tenerlo sin temor el niño: ni hará el ridículo ni se verá envuelto en ninguna angustiosa espiral: «En la oscuridad de la noche, cuando un niño pequeño tiene miedo, grita: ¡mamá! Así tengo yo que clamar muchas veces con el corazón: ¡Madre!, ¡mamá!, no me dejes»(7).

Principio de un amor «con locura»

La Virgen María nos hizo imposible la mala locura de la soledad. Ya Ella estuvo sola para que no deba estarlo ninguno de sus hijos pequeños. Se quedó sin su Primogénito, cuando fue crucificado y puesto —yerto— en un sepulcro de fría roca: «Soledad de María. ¡Sola! —Llora en desamparo. —Tú y yo debemos acompañar a la Señora, y llorar también: porque a Jesús le cosieron al madero, con clavos, nuestras miserias» (n. 503).

Si se recobra lo que hemos llamado «vigor metafísico» de la infancia, y se enlaza con el señorío adquirido sobre la imaginación, y se penetra en el Evangelio a la luz que amanece en Camino, no se tarda en comprenderse gozosamente implicado en los misterios de la vida de Jesús y de María.

De modo especial nos hallamos comprometidos en el verdadero centro del tiempo y de la Historia, cumbre del dolor y del Amor: el Calvario.

Casi sin sentir, como una madre buenísima, la Virgen nos ha ido llevando de la mano, como por un plano inclinado tallado a nuestra medida, hasta la joya más rica del Universo: su Corazón Inmaculado, herido. «La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: El… y tú» (n. 506).

Es tremendo. Seguramente aquí principia la locura bendita de amor a la Virgen: Yo —cada uno— a su lado, y en lo alto de la Cruz, Jesús. La cuestión que se le plantea a Nuestra Madre es: Jesús o yo; su muerte o la mía. Y elige —acepta sin una queja, plenamente identificada con la Voluntad de Dios— la muerte de su misma vida: Jesús, para que por esa Muerte sea yo quien viva.

¡Cuánta Vida había en aquella Muerte! ¡Y cuánto dolor en el Corazón dulcísimo de María!: «Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza…» (n. 508).

No puede haber mayor dolor que el suyo, pues es de amor; y el dolor es siempre tan grande como el amor. La Llena de gracia es necesariamente llena de Amor, y por eso, en el Calvario, llena de dolor.

¿Quién podría sufrir más que Ella? Sólo quien tuviese un corazón más grande, más tierno, más enamorado; sólo quien pudiese amar más a Jesús. Bien claro está, por tanto, que por grandes que a veces se nos antojen nuestras «cruces», jamás alcanzarán la dimensión —la intensidad y hondura— de la espada de siete filos que traspasó el alma de la Virgen, sobre todo al pie de la Cruz.

¿Y cómo estuvo sufriendo tanto allá? «Llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz» (n. 508).

«Saber estar»

Qué importante es «saber estar». En dondequiera que estemos debemos saber estar: de un modo adecuado a las circunstancias y, sobre todo, a la dignidad propia de los hijos de Dios, redimidos por Jesucristo en lo alto de la Cruz, «con ademán de Sacerdote Eterno»(8), y «corredimidos» por la primera Corredentora, Santa María que stabat iuxta crucem Iesu(9), estaba de pie junto a la Cruz de su Hijo.

Es muy necesario aprender cuanto antes a estar junto a la Cruz, porque es parte esencial de la vida del cristiano. Todos han de encontrarse un día u otro con la cruz. Y sucede que muchos se rebelan, huyen, la odian o acaso apartan simplemente de ella su mirada con indiferencia. No advierten que es en la Cruz y sólo en la Cruz donde está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección. Por soberbia, por egoísmo, por miopía, muchos no saben estar junto a la Cruz; y al huir, se alejan de la alegría.

En cambio, Monseñor Escrivá de Balaguer ha dejado un claro ejemplo de cómo estar con María junto a la cruz de Jesús: sin una queja, con una elegancia estupenda, en medio, a veces, de una pobreza extrema, hambre, frío, calor, graves dolencias físicas, calumnias… La verdadera alegría, en la tierra «tiene —repetía—sus raíces en forma de cruz».

María era su gran «Maestra del sacrificio escondido y silencioso» (n. 509). «¡Qué humildad, la de mi Madre Santa María! —No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni —fuera de las primicias de Caná— a la hora de los grandes milagros. —Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, “iuxta crucem Iesu” —junto a la cruz de Jesús, su Madre» (n. 507).

Hay un párrafo de Monseñor Escrivá de Balaguer que nos descubre entrañablemente la raíz mariana de su heroica fortaleza: «Tenía una imagen de la Virgen, que robaron los comunistas durante la guerra de España, y que llamaba la Virgen de los besos. No salía o entraba nunca, en la primera Residencia que tuvimos, sin ir a la habitación del Director, donde estaba aquella imagen, para besarla. Pienso que no lo hice nunca maquinalmente: era un beso humano, de un hijo que tenía miedo… Pero he dicho tantas veces que no tengo miedo a nadie ni a nada, que no vamos a decir miedo. Era un beso de hijo que tenía preocupación por su excesiva juventud, y que iba a buscar en Nuestra Señora toda la ternura de su cariño. Toda la fortaleza que necesitaba iba a buscarla en Dios a través de la Virgen»(10).

«¡María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso! —Vedla, casi siempre oculta, colaborar con el Hijo: sabe y calla» (n. 509). Lo fácil, lo instintivo, en el Calvario, hubiera sido gritar la gran verdad: quién era su Hijo, quién era Ella. Pero no. Nunca habló para defender su honor: «¡Qué ejemplo de discreción nos da la Madre de Dios! Ni a San José comunica el misterio. —Pide a la Señora la discreción que te falta» (n. 653).

El Fundador del Opus Dei la tuvo en plena juventud. Sabía y callaba. Cuando algunos desencadenaban calumnias increíbles contra su persona, tenía por norma no hacer defensa alguna. Si las maledicencias iban contra el Opus Dei, sí, porque —siendo él el fundador— en rigor la Obra no era suya, sino de Dios. Pero si se trataba de su honra personal, prefería el silencio. En cierta ocasión de rodillas ante el sagrario, conversando con el Señor, le dijo: «—¡Señor!, si Tú no necesitas mi honra, ¿yo para qué la quiero?»

En su biografía, Vázquez de Prada comenta así este episodio: «desde ese día no perdió la paz. Las calumnias no le robaban el sueño. Le dejaban “ni frío ni caliente”. No le importaban ya nada. Le salían por una friolera»(11). Tenía heroicamente adquirido el espíritu mariano. Nunca huyó de la Cruz. Ahí supo estar con María. Mejor: quería estar ahí. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (n. 497).

Medio, remedio y atajo

María era gran parte de su «secreto», es decir, la explicación de su santidad extraordinaria, conquistada en la vida ordinaria, lejos del espectáculo: «María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. —Aprende de Ella a vivir con “naturalidad”» (n. 499).

El espíritu de María es el que Dios le había dado para su Opus Dei. Tan es así, que pudo escribir en Camino: «Sé de María y serás nuestro» (n. 494). Y añade: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. —Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (n. 505).

Todo es profundamente teológico. Bajo la sencillez de cada punto laten años intensos de meditación y de estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres, del Magisterio de la Iglesia, de los grandes y mejores teólogos. Por eso no es de extrañar que nos recuerde los rasgos fundamentales del camino nuestro de este modo: «omnes cum Petro ad lesum per Mariam» (n. 833). Es la antigua y definitiva fórmula para no desviarse nunca en la doctrina ni en la vida. Y si acaso se sufre algún traspié, si la pobre miseria humana lleva a paladear el amargor repugnante de la traición, se recuerda que «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495). Nunca se ha visto a un hijo tan sucio que no lo pueda limpiar su Madre y quedar hecho un sol.

María, en Camino, es medio de todo bien —Mediadora de todas las gracias— y remedio para todo mal, camino hacia el Camino, o mejor, atajo que facilita el acceso al Corazón de Cristo.

Maternidad de María

Pero ante todo, sobre todo y siempre María es Madre: Madre de Dios y Madre nuestra, por muchos títulos. Es Madre de Cristo, nuestra Cabeza, desde el momento de la Encarnación: «¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas!» (n. 512).

Así que «de una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo (…) ¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurría en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos

si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas»(12).

El Fundador del Opus Dei recuerda a menudo las costumbres marianas apuntadas en Camino: «Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran a dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad»(13).

Nunca menospreció ninguna devoción auténticamente mariana, aunque «no tienen por qué estar incorporadas todas a la vida de cada cristiano». No se trata de «ir amontonando devociones», pero «debo afirmar al mismo tiempo que no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María»(14).

En Camino no se impone ninguna devoción especial. La libertad de espíritu es también característica de la «vida de infancia espiritual». Se recomiendan, eso sí, las que la Iglesia universal ha recomendado durante siglos, como el Santo Rosario: «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (n. 558).

Sin duda el mejor comentario a este punto es otra de las obras de Mons. Escrivá de Balaguer, una joya de la literatura espiritual, que escribió en 1934 y se titula Santo Rosario. También habrá de ser estudiada y comentada en profundidad, pero ahora debemos ceñirnos lo más posible a Camino.

«Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (n. 500).

Para cruzar sin miedo el puente que enlaza el tiempo con la eternidad es muy bueno revestirse al gusto de Nuestra Madre, con el escapulario del Carmen. «No se trata de asunto de poca monta —enseñaba el Romano Pontífice Pío XII en su Carta con ocasión del centenario del escapulario del Carmen—, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición, por la Santísima Virgen. Se trata, en otras palabras, del más importante de los negocios y del modo de llevarlo a cabo con seguridad»(15).

¿Quién despreciará por menuda cosa que encierra tan serias y firmes promesas de la Madre de Dios? ¿Quién dudará de la omnipotencia suplicante de Nuestra Señora del Carmen? ¿Quién será tan soberbio que sonría displicente ante la humildad de un amor tan misericordioso?

Que sea sabatino ese privilegio también parece confirmar el gusto que Nuestra Madre tiene por el día sábado, como jornada especialmente mariana para sus hijos. Quizá porque desea que la acompañemos, sobre todo, el día de la semana en que sintió la más profunda soledad.

Sea como fuere, «si te acostumbras, siquiera una vez por semana, a buscar la unión con María para ir a Jesús, verás cómo tienes más presencia de Dios» (n. 276).

Manifestar el cariño

El amor filial ansía manifestarse con libertad, y con la sencillez y audacia de los hijos pequeños; hacer lo que sabemos —o sospechamos— que a Ella le agrada. «En la vida espiritual de infancia las cosas que dicen o hacen los “niños” nunca son niñerías y puerilidades» (n. 854).

«¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!… —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios!» (n. 496).

Muchas veces no basta hablar, hay que cantarle nuestro cariño. Otras, en cambio, basta una mirada: las «”miradas” a la imagen de Nuestra Señora…» (n. 272) llenan un lugar importante de la vida de un enamorado. Cuando Monseñor Escrivá de Balaguer estuvo, peregrino, en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en México —era el año 1970—, una mujer que rezaba a su lado, sin saber quién era aquel sacerdote piadosísimo con las rodillas hincadas e inmóvil durante largo tiempo, comentó luego: «¡Si no hacía más que mirarla!»(16).

En otra ocasión nuestro autor recordaba otra de sus miradas, de muchos años atrás, en Sevilla, durante una Semana Santa, delante de un paso con una imagen de la Virgen: «Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta de que estaba en Sevilla, ni en la calle»(17).

Pero en todas partes le acontecía algo semejante: «Cuando te preguntaron qué imagen de la Señora te daba más devoción, y contestaste —como quien lo tiene bien experimentado— que todas, comprendí que eras un buen hijo: por eso te parecen bien —me enamoran, dijiste— todos los retratos de tu Madre» (n. 501). No obstante, también en este punto se revelaba su amor a la libertad. En la ocasión que acabo de recordar, ante el paso de la Virgen en Sevilla, «alguien —contaba— me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré un hombre del pueblo, que me dijo: —Padre cura, ésta no vale na; ¡la nuestra es la que vale! De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: —Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gustan todos, también digo, éste, éste es el bueno». Y poco más adelante añadió: «En un rincón de Aragón estamos levantando un gran santuario a la Virgen. Amo tanto a Nuestra Señora, que no haré ninguna propaganda de la Virgen de Torreciudad, ninguna (…) Porque amo a todos los retratos de mi Madre, a todas las imágenes de la Virgen»(18).

Y cuenta D. Javier Echevarría que «pocos segundos antes de dejarnos en la mañana del 26 de junio de 1975, puso con ternura su mirada en la imagen de la Virgen de Guadalupe, ¡en Ella!, que ya le esperaba impaciente, para acompañarle en el paso que separa la tierra del Cielo»(19).

Contemplar, mirar, admirar a la Virgen y dar gracias a Dios «porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya» (n. 268), es ocupación muy frecuente de un buen hijo, que no impide, al contrario, ninguna otra tarea. Se trabaja mejor y más a gusto cuando uno mira con frecuencia a su amor y se sabe amorosamente más que correspondido. Se cumple la coplilla peruana:

A la mar, por ser honda, se van los ríos,

y detrás de tus ojos

se van los míos.

A menudo la mirada —que brota de la hondura del corazón—es portadora de un piropo lleno de graciosa pureza, o de una súplica, de un agradecimiento o de un desagravio: «No seas tan ciego o tan atolondrado que dejes de rezar a María Inmaculada una jaculatoria siquiera cuando pases junto a los lugares donde sabes que se ofende a Cristo» (n. 269).

Todo, incluso las miserias propias y las ajenas, ha de convertirse en «industria humana», «truco» o «despertador» del cariño a la Virgen, un motivo para volver hacia Ella el mirar, con el corazón que incrementa así tanto la capacidad como la calidad de su amor.

De este modo, las ideas —no sin un voluntarioso pero amable esfuerzo— se van asociando, y la entera jornada se convierte en un diálogo amoroso con la Madre de Dios, sin que por ello se ceje en el empeño de hallar una dimensión siempre nueva del cariño.

Avidez espiritual

«Si tienes “vida de infancia”, por ser niño, has de ser espiritualmente goloso. —Acuérdate, como los de tu edad, de las cosas buenas que guarda tu Madre» (n. 898). El cura de Torcy, aquel personaje entrañable creado por Bernanos, dice —en El diario de un cura rural—: «la piedad es poderosa, es voraz. No sé por qué se la representa siempre como algo blando y quejumbroso. Una de las más fuertes pasiones del hombre, he aquí lo que es».

El niño sano no se satisface con poco. «Pide… la luna» (n. 857). Y Camino nos enseña que siempre tenemos la maravillosa posibilidad de recobrar la salud, y con ella el «hambre», aunque hayamos sido revoltosos, trapaceros, manirrotos, malandrines y barrabases: «Te ves tan miserable que te reconoces indigno de que Dios te oiga… Pero, ¿y los méritos de María? ¿Y las llagas de tu Señor? Y… ¿acaso no eres hijo de Dios? Además, El te escucha “quoniam bonus…, quoniam in saeculum misericordia eius”; porque es bueno, porque su misericordia permanece siempre» (n. 93). Y por eso nos ha dado a su Madre por Madre y la ha constituido en Mediadora de todas las gracias, en Administradora del Paraíso, es decir, de todos los bienes que se guardan para nosotros en los Cielos.

¿Que «tu pobre alma es pájaro, que todavía lleva pegadas con barro sus alas» y no puedes «subir», no puedes volar hacia esas cumbres maravillosas del Amor? (cfr. n. 991). ¿Que en los bajos fondos de tu alma sientes bramar la brutalidad que intentas sofocar con escaso éxito?: «Ama a la Señora. Y Ella te obtendrá gracia abundante para vencer en esta lucha cotidiana. —Y no servirán de nada al maldito esas cosas perversas, que suben y suben, hirviendo dentro de ti, hasta querer anegar con su podredumbre bienoliente los grandes ideales, los mandatos sublimes que Cristo mismo ha puesto en tu corazón. —”Serviam!”» (n. 493). Sí, servirás. «Persevera y “subirás”» (cfr. n. 991).

«Otra caída… y ¡qué caída!… ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor misericordioso de Jesús. —Un “miserere” y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo» (n. 711). Como un niño que comienza a dar los primeros pasos entre los brazos de su madre, con un caudal infinito de ilusión y de esperanza.

No hay pozo del que no nos pueda sacar. No hay niño tan sucio que no pueda ser limpiado por su madre. Incluso si alguna vez sufre nuestro centro neurálgico, si sobreviene la parálisis del alma, la terrible enfermedad que le hace decir, con una pena indecible, a nuestro Padre Dios: estoy por vomitarte de mi boca(20), esa enfermedad que se llama tibieza, también entonces podemos ser curados si acudimos a la Virgen Santísima: «el amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza» (n. 492). En Camino se «aprende a sacar, de las caídas, impulso: de la muerte, vida» (n. 211). Porque se aprende a ser humilde, a ser niño, a querer a María.

Sí, conviene siempre insistir en la humildad, negación de autosuficiencia, afirmación de omnipotencia en Dios que es mi Padre. «¡Qué grande es el valor de la humildad! —”Quia respexit humilitatem…”. Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”» (n. 598).

Madre del Amor Hermoso

No podía faltar en Camino un canto a la virtud que la Virgen vive, posee, encarna y difunde de un modo particular, la santa pureza: «”Ne timeas, María!” —¡No temas, María!… —Se turbó la Señora ante el Arcángel. —¡Para que yo quiera echar por la borda esos detalles de modestia, que son salvaguarda de mi pureza!» (n. 511). «La pureza limpísima de toda la vida de Juan le hace fuerte ante la Cruz. —Los demás apóstoles huyen del Gólgota: él, con la Madre de Cristo, se queda. —No olvides que la pureza enrecia, viriliza el carácter» (n. 144), es decir, hace a los hombres, más hombres, y a las mujeres, más mujeres, más femeninas, más recias por dentro y de estampa más bella.

Y como de ello depende no sólo la vida sobrenatural sino también la salud espiritual y física de personas y sociedades, aunque no sea la virtud cimera (como es la caridad teologal), resulta cada día más urgente llevar a cabo el programa que leemos en Camino: «una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. —Y esa cruzada es obra vuestra» (n. 121).

¿A cuántas mujeres y a cuántos hombres habrá removido ya —con la gracia de Dios— este libro? ¿Cuántos estarán empeñados ya, ahora mismo, en esa batalla de amor y de paz que ha de transformar el mundo en un lugar donde impere la verdad, el amor, la justicia, es decir, en una tierra digna de los hijos de Dios? En la santificación del mundo que el autor de Camino predicó con tanto amor de Dios, la mujer tiene un papel fundamental. ¡Qué poco sabía Hamlet de la mujer cuando exclamaba: «Fragilidad, tu nombre es mujer»! El sí que era frágil. Dice el Fundador del Opus Dei: «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —María de Magdala y María Cleofás y Salomé! Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (n. 982).

Por millares —por muchos millares— se cuentan las que, a la vuelta de pocos años, han recibido ya la intensa luz mariana de Camino: mujeres de todas las razas, colores, lenguas, edades, condiciones sociales que van creando silenciosamente hogares luminosos y alegres, el humus feraz donde prende con vigor la semilla de la pureza santa: tanto la hermosura mariana de la virginidad amorosa, como el encanto chispeante, de ordinario bullicioso, de numerosos hogares fecundos, que van poblando según el querer expreso de Dios y bajo la sonrisa de la «Madre del Amor Hermoso» (n. 504) la tierra toda, para que el Cielo se vea lleno de hijos de Dios y completo el número de los elegidos.

Entre tanto —si somos fieles— se irá incrementando también aquel puñado de mujeres y hombres de Cristo que en Camino soñaba nuestro autor, al proclamar a voces su secreto: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301).

No es utopía. «”Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!” —¡Si tuvierais fe tan grande como un granito de mostaza!… —¡Qué promesas encierra esa exclamación. del Maestro!» (n. 585). Y Ella es Medianera de todas las gracias.

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 60.

(2) Es ésta una sugerencia de TOLSTOI, en Guerra y paz, p. V, c. II

(3) Ver Via Crucis, prólogo.

(4) Amigos de Dios, n. 229.

(5) Es Cristo que pasa, n. 15.

(6) Cfr. JAVIER ECHEVARRÍA, El amor a María Santísima en las enseñanzas de Monseñor Escrivá de Balaguer, Ed. Palabra, colección .Mundo Cristiano», Madrid, 1978, p. 19.

(7) Vía Crucis, IV, 3.

(8) O. c., XI.

(9) Ioh 19, 25.

(10) SALVADOR BERNAL, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, 6.’ ed., Rialp, Madrid 1980, p. 240.

(11) ANDRÉS VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Ed. Rialp, Madrid 1983, p. 225.

(12) Es Cristo que pasa, n. 142.

(13) Ibídem.

(14) Ibídem.

(15) La doctrina y la vida cristiana no están hechas sólo de dogmas y proclamaciones solemnes. También consisten en tradiciones y devociones cuya garantía teológica estriba en el Magisterio ordinario de la Iglesia. El maternal privilegio sabatino consta en la Bula de Juan XXII Sacratissimo uti culmine, 3-111-1322. La Virgen Santísima, Madre de Misericordia, prometió descender al Purgatorio el primer sábado después de la muerte de quien hubiere llevado dignamente el escapulario, para librarlo y conducirlo a la bienaventuranza eterna. Es la garantía del triunfo absoluto, no en virtud de un mágico amuleto, sino de una prenda que se viste día y noche como «símbolo elocuente de la oración que invoca el auxilio divino y de la Consagración al Corazón santísimo de la Virgen Inmaculada».

(16) Cfr. ANTONIO OROZCO, Mirar a María, 2.’ ed., Editora de Revistas S.A., México 1983, pp. 208-209.

(17) Cfr. Ibídem.

(18) S. BERNAL, o. c., P. 93.

(19) JAVIER ECHEVARRÍA, o. c., p. 13.

(20) Cfr. Apc 3, 16; vid. Camino, n. 325.

Devoción y amor a Maria en CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

16 José María Escartín

El amor a María en «Camino»

«La verdadera devoción no consiste en un sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes» (LG, n. 67). La Constitución Dogmática Lumen Gentium, rubricada por Pablo VI, recordaba con estas palabras la verdadera devoción mariana. El capítulo VIII de esta Constitución, dedicado a «la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia», ofrece un resumen doctrinal de las verdades de fe sobre la Virgen y de los fundamentos del culto a la Madre de Dios.

Muchos años antes Camino, de Mons. Escrivá de Balaguer, trataba, en el capítulo dedicado a la Virgen y en otros puntos dedicados a la Madre de Dios, de algunos aspectos de la devoción a María que décadas más tarde reafirmaría la doctrina conciliar. Puede decirse que lo que el Concilio enseña en el plano doctrinal, Camino lo presentaba como una invitación práctica al amor a la Madre de Dios: un amor que se manifiesta como súplica, como culto, como imitación de Santa María.

Mons. Escrivá de Balaguer alentaba en Camino a ese encuentro personal con Jesús y con su Madre; y fruto de ese encuentro es un cambio de vida, un compromiso mayor en la fe, un seguimiento más fiel del Evangelio. No se limita por tanto a enumerar las verdades de fe sobre Santa María: no es ése su objetivo. Cada punto, cada consideración, desea provocar, apoyándose en cada una de esas verdades, un deseo eficaz en el alma de rendir homenaje a la Madre de Dios, un afán de petición, de alegría, de seguir sus pasos —humildes, discretos, decididos— tras su Hijo Jesús. En una palabra: llevan a amar —amando todas sus prerrogativas y virtudes— a la que es Señora nuestra y Madre, Hija y Esposa de Dios.

Elementos de la verdadera devoción a María

El Concilio enumera tres rasgos fundamentales de la verdadera devoción a María, que encontramos también en Camino, como fruto de la recta doctrina y de la experiencia personal en el amor a María del autor. Son:

a) el reconocimiento de su excelencia como Madre de Dios;

b) el amor filial hacia la que es Madre nuestra;

c) la imitación de sus virtudes.

No son elementos que puedan darse por separado: se encuentran mutuamente implicados y se exigen unos a otros. De ellos se derivan y en ellos están implícitos algunos aspectos que la propia Constitución desarrolla y aclara: la búsqueda de su intercesión, la súplica a la que es Madre, precisamente porque lo es; el deseo de honrarla con alegría y agradecimiento por estar por encima de toda criatura; el cuidado de las manifestaciones de culto —expresión de confianza y amor— recomendadas por la Santa Madre Iglesia a lo largo de los siglos, la confianza en su condición de Medianera de todas las gracias y de intercesora universal de las necesidades de sus hijos.

Camino, en sus puntos dedicados a la Virgen, esboza también esos elementos. Además, por su tono vibrante y su estilo incisivo y directo, la intimidad con Santa María se comunica a todos los lectores.

Excelencia de María, como Madre de Dios

«… Está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso Hija predilecta de Dios Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las criaturas, celestiales y terrenas.»

Así expone la Const. Lumen Gentium, en su número 53, el fundamento de la excelsa dignidad de María. Y así la expresa Camino en el punto 496: «¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!… —Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole: Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios!»

Al comparar ambos textos se observa que con el mismo contenido se alcanzan objetivos distintos, aunque complementarios: en el primero, la enunciación doctrinal de la maternidad divina y la consiguiente excelencia de María frente a todo lo creado; en el segundo, el contenido de esta verdad se convierte en un modo de honrarla, en un motivo de alegría y en una ocasión de permanente sorpresa para quien está hablando con tanta intimidad con la Madre, Hija y Esposa de Dios. La expresión doctrinal de una gran verdad queda transformada en oración, fuente de alegría e intimidad personal, homenaje emocionado y recuerdo afectuoso y agradecido de las grandes verdades que hacen a María ser quien es.

Inmediatamente después, el documento conciliar recuerda que la Santísima Virgen «… está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de salvación; y no sólo eso, “sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo), … por haber cooperado con su amor a que nacieran en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza” (San Agustín, De S. virginitate 6: PL 40.3999). Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad y a quien la Iglesia Católica, instruida por el Espíritu Santo, venera como a madre amantísima, con afecto de piedad filial» (LG, n. 53).

En Camino se recuerda esta dulce y espléndida realidad al comienzo de uno de sus puntos (n. 497): «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos— (…)». Una vez más se convierte en oración, en palabras dirigidas a Ella, un contenido doctrinal bien preciso, de paso que se dejan a la ponderación personal los muchos títulos por los que se la llama madre. Esas palabras —Madre mía— se hacen espontáneamente expresión de asombro, gratitud o alegría, de súplica, de confianza y, sobre todo, de amor.

Consecuencias de la maternidad espiritual de María

La mayoría de las consideraciones de Camino sobre la Santísima Virgen son consecuencias derivadas de esta maternidad, verdad que está en el origen de las demás y que a todas abraza y justifica. Consecuencias que, en resumen, son: desde María, su condición de medianera, de intercesora; desde los hijos, la incesante petición, la confianza, la intimidad y el trato, la gratitud, los distintos modos de expresión de nuestra filiación; y, por último, para Madre e hijos, el amor que, en los hijos, antes o después se ha de manifestar en el limpio empeño no sólo de tratarla, sino de imitarla, de darle la alegría de parecerse a Ella, que enseña —desde su condición de criatura— cómo imitar a Jesús, único Modelo.

En ningún momento pretende Camino una exposición sistemática ni de las verdades en torno a Santa María ni de las consecuencias ascéticas que, para la vida cristiana, se derivan de ella. Las consideraciones nacen de la pluma de su autor sin un orden aparente, pero, como en los buenos cuadros, el resultado es un fiel retrato, un estupendo paisaje de la relación de la Madre con sus hijos. El autor de Camino buscaba siempre, en su predicación, afianzar la piedad doctrinal, fundar sólidamente el trato filial con Dios Padre y con María Santísima en la verdad, en el conocimiento reflexivo de la Palabra revelada y en un consecuente sentido del deber. A la vez, su exposición de las verdades de fe urgía la práctica de la vida cristiana y la firme y fervorosa adhesión del cristiano a Dios Padre, a Jesucristo, al Espíritu Santo y a Santa María, como resultado del vigoroso y gratificante encuentro con la Verdad y con sus exigencias.

Los puntos de Camino que hablan de María y facilitan el diálogo con Ella, fundados en esa recta doctrina, están transidos de la poderosa energía que los hace aptos para fomentar el trato con la Madre, la firme decisión de imitarla, el deseo nunca del todo cumplido de aprender a quererla.

María, Medianera

La doctrina del Concilio resume la consoladora verdad de la intervención maternal de María en nuestras vidas de la siguiente manera: «… Asunta a los Cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta ser conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora…» (LG, n. 62).

Esta misma verdad queda brevemente resumida en Camino: «A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María» (n. 495).

Otros puntos que luego irán saliendo consideran distintas consecuencias de esta mediación maternal de María: espíritu de plegaria, confianza e insistencia en la petición, búsqueda de refugio ante el peligro y de fortaleza en la lucha, obtención de gracia, etc. Pero esta breve frase nos muestra a María como medianera y como camino que conduce y reconduce a Cristo, pues como Madre consigue gracias en favor nuestro para recorrer el camino que va hacia Dios y para volver a hacerlo si nos paramos o nos caemos, con esa paciencia tan específicamente maternal ante la torpeza del hijo pequeño; y junto con las gracias que para nosotros pide, su sola presencia es un permanente estímulo para contar con Ella, para que sea a Ella a quien se tiende la súplica, la mirada y las manos a la hora de iniciar o continuar el camino. Mediación, pues, para pedir y recibir de su Hijo Jesús las gracias, y mediación para recibir y atender nuestras peticiones y para animarnos a ser constantes en ellas. Medianera porque con Ella se va hacia Cristo, porque con Ella se vuelve a ir, si se interrumpió la marcha; medianera, también, porque, por María y a través de Ella, nos viene la gracia de Jesucristo, Hijo de Dios y de sus entrañas. Estar unido a María es medio seguro de llegar: «Sé de María y serás nuestro» (n. 494).

Dos gestos filiales

En el texto conciliar antes citado se recogían dos manifestaciones que la Iglesia espera implantar en el corazón de sus hijos, en razón de la maternidad medianera de Santa María: la ilimitada confianza en su intercesión («… con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna») y, como una consecuencia, el espíritu filial de plegaria («… la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora. Socorro…»).

A lo largo de Camino quedan uno y otro rasgo abundantemente recogidos, de diversas formas y por distintos motivos. «Confía. —Vuelve. —Invoca a la Señora y serás fiel» (n. 514).

«Si se tambalea tu edificio espiritual, si todo te parece estar en el aire…, apóyate en la confianza filial en Jesús y en María, piedra firme y segura sobre la que debiste edificar desde el principio» (n. 721).

«Estás lleno de miserias. —Cada día las ves más claras. —Pero ,no te asusten. —El sabe bien que no puedes dar más fruto. Tus caídas involuntarias —caídas de niño— hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa (…)» (n. 884).

«No estás solo. —Lleva con alegría la tribulación. —No sientes en tu mano, pobre niño, la mano de tu Madre: es verdad. —Pero… ¿has visto a las madres de la tierra, con los brazos extendidos, seguir a sus pequeños, cuando se aventuran, temblorosos, a dar sin ayuda de nadie los primeros pasos? —No estás solo: María está junto a ti» (n. 900).

En estos puntos, Camino quiere despertar la confianza filial en María. Una confianza que va más allá de la mera seguridad en que María escucha nuestras súplicas, incluso en que las atiende. Es una confianza más honda, más sobrenatural y más comprometedora: es la confianza en que Ella está con todos sus hijos a la hora de hacer de la vida una imagen fiel de la de Cristo, y que vale la pena esta batalla —con victorias y derrotas— contra sí mismo. Lleva a confiar en la Maternidad espiritual de María, que atiende, en primer lugar, las necesidades de sus hijos de cara a la santidad.

Esa confianza, recuerda Camino, se hará tanto mayor cuanto más intensamente se reconozca y acepte la propia pequeñez. Esta infancia espiritual, tan abiertamente querida y predicada por Mons. Escrivá de Balaguer, tiene como uno de sus más firmes puntos de apoyo, el cultivo de esta relación de confianza filial y de trato con María. Y es que así como resulta difícil seguir siendo o hacerse niño en la soledad o en un distanciamiento despegado de la madre, su proximidad y trato mantienen y acrecientan ese sentido de pequeñez del niño chico que, sin embargo, no echa en falta nada de lo que es propio de la edad adulta, pues lo obtiene con más facilidad, con más prontitud, a través de la madre, por un solo motivo: porque él, al ser tan pequeño, nunca podría conseguirlo con sus solas fuerzas.

La consecuencia más inmediata y la reacción más espontánea del buen cristiano es acudir en demanda de ayuda, en petición constante de gracia a la Madre, María. Esa petición no interesada ni egoísta irá acompañada del otro gesto, la confianza, propia de los hijos. Es una súplica de gracia, de perdón, de santidad, de fuerza para imitar a Cristo, de alegría a la hora de servirle. «Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma» (n. 498).

«La Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, aquietará tu corazón, cuando te haga sentir que es de carne, si acudes a Ella con confianza» (n. 504).

«Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!» (n. 513).

«¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: “consolatrix afflictorum, auxilium christianorum…, Spes nostra, Regina apostolorum”?» (n. 515).

«Otra caída… y ¡qué caída!… ¿Desesperarte? No: humillarte y acudir, por María, tu Madre, al Amor Misericordioso de Jesús. —Un “miserere” y ¡arriba ese corazón! —A comenzar de nuevo» (n. 711).

Y de paso que enseña a pedir —como piden los niños, lo que piden los santos—, Camino honra a la Virgen con hermosos nombres con que la Iglesia y su liturgia llaman a María, y que son otros tantos motivos para la confianza y la petición; Madre, Virgen Santa, Señora, Consoladora, Auxilio, Esperanza… Esos nombre subrayan lo que hay en María de fuerza, de protección, de seguridad gozosa, optimista, de cara al único empeño propio del hijo de Dios: ser santo y sembrar santidad.

Amor de Madre y amor filial

El amor de la Madre a los hijos y de los hijos a la Madre es la expresión y el fruto más connatural de las relaciones materno-filiales. Saber que Santa María nos quiere con amor intenso de Madre y que la medida de ese amor es, en cierto modo, su propio Hijo, que por amor a nosotros se entregó en la Cruz, crea en el cristiano un deseo de gratitud y de seguridad, al sentirse en el regazo de un amor tan grande. A la vez, mueve al cristiano a la correspondencia y a devolver amor por amor, agradecido de poderla querer y de que haya hecho tan fácil este prodigio: querer como hijos a quien es Madre de Dios. Es, como se recordará, el segundo elemento que, con palabras del último Concilio, recordábamos como constitutivo del verdadero culto a Santa María: «Amor filial hacia la que es madre nuestra».

Camino nos habla del amor maternal de la Virgen y nos lleva junto a Ella, al pie de la Cruz. En el Calvario, en honor del Padre, en desagravio por nuestros pecados, por amor a sus hijos pequeños, libremente y en medio de su inmenso dolor, entrega a su Hijo, y se une a su sacrificio, haciendo, además, suyos todos los dolores de Cristo. «La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: El… y tú» (n. 506).

En tan breves líneas, Camino invita a la contemplación de la libertad del gesto de María; de su corazón generoso de Madre; del dolor por su Hijo en la Cruz que la hace Corredentora. Ninguna imposición o necesidad la obliga a estar allí, sufriendo por encima de todo sufrimiento. El motivo que la impulsa a elegir libremente el sufrimiento junto a su Hijo es el amor al Hijo y a los otros hijos. Y es por esa misteriosa «preferencia» por los más necesitados, por lo que acepta entregar a la muerte al primogénito, para que nazcan a la gracia todos los demás: «… dos hijos, frente a frente: El… y tú».

Sin decirlo expresamente, Camino está proclamando de modo elocuente que María nos ama, con amor de Madre, por encima de toda medida. Su dolor por la muerte de Jesús es la declaración de amor a cada uno de sus demás hijos.

Un amor materno que se afina e intensifica más, si cabe, por ir dirigido a hijos necesitados, llenos de limitaciones. Un amor salvador; tan propio de toda madre hacia sus hijos torpes. Todo parece indicar que Dios, a la hora de manifestarnos su amor, lo hizo con expresiones fáciles de entender por los hombres: la Humanidad Santísima de Cristo, en su Nacimiento, Vida, Pasión y Muerte, y el Corazón amoroso de una Madre que se alegra y sufre de continuo junto a Jesús por nosotros: «¡Madre! —Llámala fuerte, fuerte. —Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (n. 516).

Y como respuesta al amor de María por sus hijos, el amor de éstos a su Madre. Camino lo presenta como viento que ahuyenta indiferencias y tibiezas: «El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza» (n. 492).

O como fortaleza que hace llevadero el sacrificio, y es motivo de alegría al compartir la Cruz. El amor a Santa María facilita la respuesta positiva a la invitación de Cristo a cada cristiano a ser corredentor y a sacar adelante la tarea que la voluntad de Dios ha encomendado a cada uno. «Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús» (n. 497).

O como criterio de catolicidad, como signo y garantía de buen espíritu, de pertenencia a la familia sobrenatural que forman Dios y los hombres con María como Madre: «El amor a la Señora es prueba de buen espíritu, en las obras y en las personas singulares. —Desconfía de la empresa que no tenga esa señal» (n. 505).

En estos puntos que invitan a amar a María, Camino está lejos de promover un amor sensiblero —caricatura del verdadero amor—; un refugio para blandos de corazón que buscasen en él un cómodo consuelo, una huida ante las dificultades, una excusa para recostarse mientras se dan en el mundo tantas batallas. Por el contrario, el amor que suscita Camino, sin perder un ápice de la ternura propia de amor de hijo, es amor fuerte, respuesta adecuada al que Ella nos ofreció desde la Cruz, amor de hijo que tiende a expresarse, sobre todo, en el enérgico cumplimiento de la voluntad de Dios, en la fidelidad a sus planes. Es un amor que encierra el elemento más propio del auténtico amor: el olvido de uno mismo, el deseo de hacer lo que quiere aquel a quien se ama, la alegría de alegrar… Ese amor tiende a llevar el corazón al amor de Dios, a Cristo. No es absorbente ni excluyente: es el amor que facilita el tránsito al amor a Cristo, a su Cruz, a su Voluntad.

Una realidad tan bella como María, con esa verdad tan enriquecedora para la vida humana que es su maternidad sobrenatural, es propuesta por Camino —no podía ser menos— como uno de los motivos de gratitud más queridos al corazón del hombre: «Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. (…) Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. (…) Dale gracias por todo, porque todo es bueno» (n. 268).

Si es cierto que todo lo bueno es motivo de gratitud, el mayor grado de bondad suscita un mayor agradecimiento. Al mencionar, entre otros motivos para dar gracias a Dios, la presencia de una Madre —¡y qué Madre!— en la economía de la salvación, Camino sugiere una de las mayores razones de gratitud, pues es uno de los mayores dones gratuitamente recibidos.

Culto, prácticas de piedad y devociones

Por ser el hombre carne y espíritu necesita expresar visiblemente sus sentimientos, acogerse a formas concretas, tangibles, que manifiesten su indigencia, su alegría, su respeto, o su amor. Esta necesidad se ha hecho sentir a lo largo de toda la historia y en los campos más diversos. También en sus relaciones con Dios. Atendiendo a este modo de ser del hombre, el Señor, por ejemplo, instituye los sacramentos —realidades sensibles que expresan y producen otras invisibles—. La Iglesia va acuñando, recomendando y consagrando modos concretos de manifestar la piedad de los fieles tanto para expresarla como para excitarla. Así se originan diversas formas de culto. Las devociones, en íntima conexión con la liturgia, buscan mover a los hombres a la piedad y dar cauce a su necesidad de expresarse como criaturas libres y a la vez dependientes del Creador, a cuyo Amor corresponden de modo acorde a su naturaleza.

El documento conciliar (LG, n. 67) anima a los fieles a practicar de modo especial las devociones marianas: «El Santo Concilio enseña… a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen…; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos.»

Muchas son las manifestaciones de piedad mariana expresamente recogidas y recomendadas por Camino. Por su profunda raigambre entre el pueblo fiel, y por haber sido aprobadas y profusamente difundidas por el Magisterio de la Iglesia, señalaremos tres:

a) Las imágenes piadosas de Santa María, como instrumento sensible para avivar el amor a la Madre y realidad visible que recuerda la necesidad de ser fiel: «Emplea esas santas “industrias humanas” que te aconsejé para no perder la presencia de Dios: jaculatorias, actos de Amor y desagravio, comuniones espirituales, “miradas” a la imagen de Nuestra Señora…» (n. 272). «Cuando te preguntaron qué imagen de la Señora te daba más devoción, y contestaste —como quien lo tiene bien experimentado— que todas, comprendí que eras un buen hijo: por eso te parecen bien —me enamoran, dijiste— todos los retratos de tu Madre» (n. 501).

b) El escapulario del Carmen, realidad visible que recuerda plásticamente la protección maternal de María sobre sus hijos: «Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas—tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (n. 500).

c) El rezo del Santo Rosario: aunque Mons. Escrivá de Balaguer dedicó expresamente todo un libro —Santo Rosario— a fomentar esta devoción, ayudando con su lectura a rezarlo bien, no excluye de Camino la alusión expresa a la práctica de piedad tan extendida y tan unánimemente recomendada por los Papas, como medio de expresión de amor a la Madre de Dios, de contemplación y acercamiento a Jesús y de petición humilde: «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (n. 558).

Pero además la lectura detenida de Camino nos permite encontrar otros modos tradicionales de tratar a Santa María: jaculatorias, novenas, el sábado, etc. Por ejemplo, en el punto 574 leemos: «¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil? —Varoniles serán esas devociones, cuando las ejercite un varón…, con espíritu de oración y de penitencia.»

Imitación de María. Su vocación y la nuestra

El tercer elemento que señala el Concilio Vaticano II como esencial en un verdadero culto a la Santísima Virgen es el de «la imitación de virtudes».

En la vida sobrenatural se da una progresiva semejanza con María en la medida en que, como Ella, el cristiano, por su esfuerzo personal y fiel a la gracia, se acerca más y más al cumplimiento de la voluntad de Dios. Esa semejanza es el resultado de la identificación —paulatina e incompleta en los fieles corrientes, plena en Santa María— con Cristo, de la participación en su modo de ser y de obrar, y en sus méritos.

Sin embargo, de ordinario no le ha sido propuesta al cristiano la imitación de su Madre. María merecía ser admirada, honrada, querida, cantada. Sobre todo, para solicitar de Ella —uno, varios, muchos o todos sus hijos— gracias y dones, desde los más inmediatos y sencillos a los más trascendentales y decisivos.

En este sentido, reviste al menos una cierta novedad la explícita y subrayada llamada a la imitación de María como elemento constitutivo del verdadero y adecuado culto que, como Madre de Dios y Madre de los hombres, se le debe.

Al leer Camino sorprende gratamente que se muestre la imitación a María como algo que fluye espontáneamente de las relaciones materno-filiales entre Ella y los hombres, en cuanto que Ella es la criatura humana que se nos presenta como paradigma de la completa fidelidad y colaboración a los planes de Dios, y en cuanto que ha ejercido su plenitud de santidad con tanta sencillez y discreción que resulta amable y dichoso el pretender seguirla y parecerse a Ella.

Camino no aspira a ofrecer un cuadro completo de las virtudes de María. Va entresacando, al hilo de breves frases o escenas del Evangelio, modos de comportamiento y actitudes de la Virgen, reacciones de nuestra Madre que se proponen al lector como modos de ser y actuar que deben ser incorporados a la propia vida. Santa María se nos propone como ejemplo por la perfección de sus respuestas al amor de Dios.

Y probablemente estos rasgos de la vida de la Santísima Virgen destacados en Camino forman, en su conjunto, el armazón fundamental de la vida cristiana. En primer lugar, la disponibilidad en manos de Dios, fruto de la fe y el amor que mueven a no querer otra cosa que lo que Dios quiere. Y a hacerlo con sencillez, como lo más «natural» del mundo: «¿Veis con qué sencillez? —”Ecce ancilla…!” —Y el Verbo se hizo carne. —Así obraron los santos: sin espectáculo. Si lo hubo, fue a pesar de ellos» (n. 510).

La escena de la Anunciación, el diálogo entre el Ángel y Santa María, el contenido del mensaje del primero, la respuesta final de la Virgen, las condiciones personales de que está revestida en ese momento la futura Madre de Cristo —espíritu contemplativo, apertura interior a lo santo, fe en la operatividad omnipotente y en la absoluta bondad de Dios, amor sin condiciones, humildad radical, etc.— se proponen en Camino como modelo para cualquier cristiano. El encuentro con esas posibilidades ha supuesto que millares de lectores hayan llegado a plantearse su vida con un sentido plenamente vocacional, que se hayan sentido con un quehacer divino entre las manos, para cuyo cumplimiento son requeridos por Dios y en cuyo cumplimiento se exige una auténtica donación, gustosa y enamorada, de la propia existencia.

Se podría decir que uno de los elementos centrales del mensaje del Fundador del Opus Dei, la llamada universal a la santidad, queda plasmado, materializado, en Camino. Desde sus páginas se nos hace comprender que el encuentro de María con Dios Omnipotente es algo que, en sus rasgos generales y dentro de las circunstancias más variadas, debe repetirse en la vida de todos los cristianos. Es una propuesta, un encargo del Señor a sus hijos; y un sí, un compromiso positivo de cumplirlo por parte de éstos, una permanente fidelidad y, como resultado, la santidad personal.

Imitación de María: fe y amor

En el cumplimiento de la Voluntad de Dios, de sus planes, o lo que es lo mismo, en la fidelidad a la vocación personal, el cristiano puede encontrarse, en ocasiones, con circunstancias o aspectos de la voluntad divina difícilmente comprensibles e incluso incomprensibles del todo. Es el momento de la fe reflexiva, de la ponderación sosegada. Camino recuerda un momento semejante, y por tanto, imitable, en la vida de Santa María: «(…) —¿No sabíais que yo debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? Respuesta de Jesús adolescente. Y respuesta a una madre como su Madre, que hace tres días que va en su busca, creyéndole perdido. (…)» (n. 907).

La obediencia de Jesús a los planes del Padre, que pasa por el posible dolor de María y José, se nos ofrece legítimamente, como ejemplo a seguir. Y simultáneamente se muestra como igualmente ejemplar el acatamiento de María a una conducta que, al menos de momento, no entiende, pero que sabe que procede de Dios, y su posterior reacción: acepta y pondera en su corazón. Años después, el autor de Camino desarrollará esta misma actitud con las siguientes palabras: «Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38)» (Es Cristo que pasa, n. 173).

Juan Pablo II, en su Encíclica Redemptoris Mater (1987), ha subrayado que la razón máxima de la excelencia y méritos de Santa María reside en su obediencia radical, en su disponibilidad a los planes de Dios. La Virgen confía en El, y muestra una actitud de incondicional entrega a la voluntad divina aun en las ocasiones en que no comprende su contenido.

Camino nos invita a imitar a la Esclava del Señor también en su obediencia; porque todos los hombres reciben un encargo de Dios, como su Santísima Madre, y todos reciben la gracia que les permite cumplirlo, y pueden hacerlo imitando el ejemplo de María: escuchando los planes de Dios con respeto, haciéndolos madurar, ponderando sus distintos aspectos, obedeciendo aun sin entender el encargo en todos sus detalles. La razón fundamental es la confianza y el amor a Aquel que pide y urge a la ejecución. El ejemplo de nuestra Madre se expone en Camino como actitud imitable. Pero en ese contexto de amor y admiración a María no debe extrañar que lo que en unos lugares se ofrece como ejemplo invisible, en otros aparezca como motivo de gratitud:

«¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. —¡Bendita seas!» (n. 512).

La libre entrega de María, que acepta y expresa, obediente, su aceptación con esa breve palabra, es, junto con la omnipotencia amorosa de Dios, la causa desencadenante de la Redención. Pero, a la vez y de paso, se agradece a María, en este mismo punto de Camino, su discreto pero decisivo ejemplo de entrega a la ejecución instrumental de los planes divinos. De ahí el nombre, en sus labios no humillante, sino esclarecedor de la más honda verdad sobre sí misma, con que se nombra: esclava, sierva, servidora. Mons. Escrivá de Balaguer, como ha señalado un ilustre Prelado español, hará luego grande la palabra «servicio». El autor de Camino descubrirá el valor del espíritu de servicio como fruto de la sabrosa contemplación de su Madre Santa María, Esclava del Señor. Y alcanzará la medida adecuada de su grandeza durante el decidido empeño de hacer suyo este maravilloso rasgo de la Madre de Cristo.

Imitación de María: otras virtudes

La disponibilidad, la obediencia y el espíritu de servicio, que brotan de la Fe y el Amor, constituyen el núcleo central que se nos ofrece para imitar a María. Pero Camino recoge otros rasgos y conductas que nos presenta el Evangelio y que son fuente de mérito para la Madre de todos los cristianos. Son otros aspectos en los que sus hijos pueden y deben parecérsele, y que se nos proponen como ejemplo imitable.

En otros escritos de Mons. Escrivá de Balaguer se hará referencia a diversas cualidades de María. En Camino, se subrayan dos con especial énfasis: la humildad y la fortaleza para el dolor, cuando éste se sufre por amor, haciendo de él una gozosa y enamorada ofrenda.

Unos puntos de Camino ponen más de relieve una virtud que otra, pero hay otros que sintetizan la presencia de ambas: «¡Qué grande es el valor de la humildad! —”Quia respexit humilitatem…” Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por eso, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”» (n. 598).

«—¡Qué humildad, la de mi Madre, Santa María! —No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni —fuera de las primicias de Caná— a la hora de los grandes milagros. —Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, “iuxta crucem Iesu” —junto a la cruz de Jesús, su Madre» (n. 507).

«María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. —Aprende de Ella a vivir con “naturalidad”» (n. 499).

La humildad de María, tal como se hace ver en Camino, es fruto del profundo convencimiento de la propia pequeñez ante la majestad de Dios, ante su grandeza. Una pequeñez que se acepta gozosamente, porque es propia de una criatura débil que la experimenta mientras siente los brazos de su Padre Dios que la sostiene y ampara. Por eso no resta ni señorío, ni iniciativa, ni capacidad para responder generosamente a los ambiciosos planes de su Señor, que exigirán heroísmo, grandeza de alma, santidad de vida. «¡María, Maestra del sacrificio escondido y silencioso! —Vedla, casi siempre oculta, colaborar con el Hijo: sabe y calla» (n. 509).

Camino presenta el dolor, sufrido en soledad por la Madre, como actitud penitencial, para pedir perdón al Señor por los propios pecados y para acompañar a Santa María: «Soledad de María. ¡Sola! —Llora, en desamparo. —Tú y yo debemos acompañar a la Señora, y llorar también: porque a Jesús le cosieron al madero, con clavos, nuestras miserias» (n. 503).

La fortaleza sin alardes, manifestación de amor a su Hijo, con que María afronta el dolor de la Cruz es también un modelo de conducta para cada uno de nosotros. «Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza. —Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz» (n. 508).

No se está hablando de esa clase de fuerza que reside más en las reservas físicas que en las morales. En otro punto, el autor de Camino se dirige a las mujeres, y no duda en afirmar que hay en ellas una mayor capacidad de entereza ante el sufrimiento, y las invita a ejercer su alma sacerdotal y a hacer donación amorosa de la propia vida, a través de contrariedades, de penas o dificultades: «Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor. —¡María de Magdala y María Cleofás y Salomé! Con un grupo de mujeres valientes, como ésas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo!» (n. 982).

Se nos hace ver en estos pasajes de Camino que debemos imitar el alma sacerdotal de María, uniéndonos —como Ella— al dolor de su Hijo. Todos los bautizados recibimos, junto con la filiación divina, una participación en el modo de ser y obrar de Cristo, que se hace más intensa por la recepción de los demás sacramentos. Pero Santa María, por su especialísima unión con su Hijo, es Corredentora y, por su Maternidad, nos hace copartícipes de esa corredención. Y a través de Ella, imitándola, nos resulta más fácil colaborar en ella.

No es ésta la única invitación a abrazar la propia cruz con gesto sacerdotal que hace Camino. Todo el libro es una continua invitación a seguir de cerca los pasos —el Camino— de Cristo. Pero aquí se subraya que de la mano de Santa María —nadie como Ella llegó, con Cristo, hasta la misma Cruz— se nos hará más ligero —y hasta atractivo— el camino de la Cruz. La conclusión resulta inmediata: vamos como Ella y vamos con Ella.

Camino recoge otra característica del alma sacerdotal —la oración de petición en nombre de los demás— como específica en Santa María. «María, Maestra de oración. —Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. —Y cómo logra. —Aprende» (n. 502).

Aunque directamente se nos proponga imitar la perseverancia en la petición, la escena evangélica que se contempla, las bodas de Caná, donde María intercede en favor de unos esposos, nos sugiere también imitarla en el desinterés de su oración. Quedan bien señaladas, a través del ejemplo y de la enseñanza de María —«Maestra»—, las condiciones que debe tener la oración del cristiano: fe, insistencia, verdadero interés en lo que se pide; y a la vez, abandono confiado del resultado de la petición en las manos de Dios.

Y como a la hora de pedir nadie hay mejor que Santa María, Madre de Dios y Madre de los hombres, Camino nos invita también, indirectamente, a que pongamos en sus manos nuestros afanes, intereses y esperanzas: que pidamos como Ella, que le pidamos a Ella. María es Maestra de oración, pero también —y sobre todo—, como gustaba recordar a Mons. Escrivá de Balaguer, Omnipotencia Suplicante ante el trono del Padre en favor de todos y cada uno de sus hijos.

El don de sabiduría y CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

15 Federico Delclaux

Ha sobrepasado Camino los tres millones de ejemplares. Esta afirmación lleva a considerar las innumerables veces que sus miles de lectores han sentido en el alma la paz, el consuelo, la esperanza y ánimo para proseguir en su lucha por amar más a Dios. Porque Camino no es un libro de una sola lectura, sino un libro de oración, donde se van repasando tantas veces sus capítulos en la presencia de Dios, y en cada ocasión surge una nueva ayuda. Esto lo sabemos por experiencia todos los lectores de esta obra. Unos leen diariamente algunos puntos, otros acuden a él en ocasiones concretas para tratar con el Señor un tema determinado.

Al abrirlo una y otra vez, Camino siempre da una nueva luz. La razón es que este libro —como otros clásicos de espiritualidad— es fruto del don de sabiduría que el Espíritu Santo concede a todo aquel que le es dócil. Cuando en una homilía, Mons. Escrivá de Balaguer explica esta acción del Paráclito, se comprueba lo bien que pueden aplicarse esas palabras a Camino. Dice así: «Entre los dones del Espíritu Santo, diría que hay uno del que tenemos especial necesidad todos los cristianos: el don de sabiduría que, al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida. Si fuéramos consecuentes con nuestra fe, al mirar a nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los mismos sentimientos que Jesucristo: al ver aquellas muchedumbres se compadecía de ellas, porque estaban malparadas y abatidas, como ovejas sin pastor (Mt 9, 36)»(1).

No es que el cristiano no advierta todo lo bueno que hay en la humanidad, que no aprecie las limpias alegrías, que no participe en los afanes e ideales terrenos. Por el contrario, siente todo eso desde lo más recóndito de su alma, y lo comparte y lo vive con especial hondura, ya que conoce mejor que hombre alguno las profundidades del espíritu humano.

«La fe cristiana no achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles del alma, puesto que los agranda, al revelar su verdadero y más auténtico sentido: no estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres»(2).

Efectivamente, esa amplitud y hondura de miras que concede el Espíritu Santo con su don de sabiduría se comprueba al pasar lentamente las páginas del índice analítico de Camino. Así se pone de manifiesto cómo este libro trata con visión sobrenatural todos los temas del vivir cristiano; por ejemplo: abandono en Dios, abnegación, acciones de gracias, alegría, almas del purgatorio, ambiciones nobles, ambiente, amistad, Amor de Dios, ángeles custodios, apostolado…, caridad, Cielo, ciencia…, estudio, Eucaristía, Evangelio, examen de conciencia…, humildad, ideales, Iglesia, incomprensión…, Jesucristo, juicio, justicia, libertad…, matrimonio, Misa, misericordia divina…, oración, orden, paciencia…, propósitos, presencia de Dios, primeros cristianos, pureza…, santidad, sinceridad, templanza, tentaciones, trabajo…, universalidad, valentía, vanidad, veracidad, vida sobrenatural, Virgen Santísima, virtudes humanas, vocación, voluntad de Dios…

Esta riqueza proviene de la fidelidad de Mons. Escrivá de Balaguer a las insinuaciones del Espíritu Santo. Hay un punto del libro que refleja bien su origen: «El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (n. 57). Esto es lo que hizo el Fundador del Opus Dei: fue redactando dócil al divino Paráclito, que actuaba —como en todo cristiano—en su alma en gracia, comunicándole el Amor de Dios que le encendía el corazón, e iluminándole para descubrir un nuevo sentido sobrenatural en una frase evangélica, en una carta recibida, o en un sucedido de su intenso apostolado.

El Espíritu Santo da a un cristiano que esté atento a sus toques, un encendimiento interior, ansias inflamadas de amar a Dios y a los hombres, y facilidad para adentrarse en todos los misterios de la doctrina católica y deducir de ellos consecuencias prácticas y personales.

Con lucha interior continua y creciente, alcanzó Mons. Escrivá de Balaguer la honda sencillez que comunica el Espíritu Santo a las almas que le son dóciles. El Paráclito le ayudó para que concordasen en él las íntimas convicciones y el actuar concreto y libre. La vida del Fundador del Opus Dei fue un batallar sin tregua para corresponder a las gracias abundantísimas que recibía. El autor de Camino fue siempre fiel al Consolador divino, y esa acción en su alma le conducía a la filiación divina: ante Dios se sabía y se sentía como un niño. Cuando contaba ya setenta y dos años de edad, tres meses antes de su ida al Cielo, el día anterior a sus bodas de oro sacerdotales, decía: «A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, como en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando. El Señor lo quiere así, para que no haya motivos de soberbia en ninguno de nosotros, ni de necia vanidad. Hemos de vivir pendientes de El, de sus labios: con el oído atento, con la voluntad tensa, dispuesta a seguir las divinas inspiraciones»(3).

Con esa sencillez, consecuencia del don de sabiduría del Espíritu Santo, escribe Camino. Movido por el deseo de que llegue a todas las almas, Mons. Escrivá de Balaguer decide volcar esa riqueza de Dios en un diálogo natural con el lector. Así lo manifiesta en las palabras iniciales del libro: «… Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios».

Camino es conversación viva con quien abre sus páginas. En numerosos puntos del libro surgen expresiones tales como: me has dicho, me escribes, me preguntas, dime, no dudes…, o bien el autor intuye estados de ánimo del interlocutor: risas, lágrimas, quedarse serio, mirarle con ojos de pasmo…

Se dirige al lector unas veces con frases brevísimas: «¿Tú…, soberbia? —¿De qué?» (n. 600); o con explicaciones detalladas sobre la bondad de Dios Padre (cfr. nn. 267 y 268), o cómo se ha de vivir el espíritu de mortificación (cfr. n. 899). La naturalidad del diálogo se aviva con silencios expresivos, frases sin terminar —porque ya es suficiente con lo dicho—, cambios rápidos de tono para recalcar una idea, insistencia en una palabra clave…

Y así trata de lo más sublime —hay puntos de Camino que se elevan en personal plegaria a Dios—, y también llega a lo más concreto: propósitos, ejemplos, glosas a lo divino de refranes populares o de canciones de amor humano.

En este diálogo natural con el lector, actúa el Espíritu Santo. Por eso es tan frecuente que al leer Camino, de improviso, un punto determinado consiga que el lector se detenga para hacer oración con Dios, porque la luz del Paráclito le ha iluminado un nuevo horizonte de lucha interior.

Este hecho es algo normal en la acción de la gracia en las almas, «… porque el Espíritu Santo —explica Mons. Escrivá de Balaguer— es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. El es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. Los que son llevados por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios (Rom 8, 14).

Si nos dejamos guiar por ese principio de vida presente en nosotros, que es el Espíritu Santo, nuestra vitalidad espiritual irá creciendo y nos abandonaremos en las manos de nuestro Padre Dios, con la misma espontaneidad y confianza con que un niño se arroja en los brazos de su padre. Si no os hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos, ha dicho el Señor (Mt 18, 3). Viejo camino interior de infancia, siempre actual, que no es blandenguería, ni falta de sazón humana: es madurez sobrenatural, que nos hace profundizar en las maravillas del amor divino, reconocer nuestra pequeñez e identificar plenamente nuestra voluntad con la de Dios»(4).

Camino no defrauda nunca, porque en sus páginas aletea la acción del Espíritu Santo, con toda su grandeza y toda su sencillez.

(1) Es Cristo que pasa, n. 133.

(2) Es Cristo que pasa, n. 133.

(3) S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, 6.’ ed., Rialp, Madrid, 1980, p. 357.

(4) Es Cristo que pasa, n. 135.

La virtud de la fe en CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

14 José Miguel Odero

Tras una primera edición aparecida en 1934, en 1939 el Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, daba a la imprenta la versión definitiva de la que sería su obra más conocida: Camino. Hoy, cincuenta años más tarde, este libro ha sido traducido ya a una treintena de idiomas, con ventas que han superado los tres millones de ejemplares; todo un récord para un libro de espiritualidad.

Lo que Camino contiene es todo lo contrario a un preparado intelectual «de laboratorio», a una teoría apriorística de teología espiritual o a un genérico programa de cristianismo. «En sus páginas —afirma la Nota editorial que lo prologa— se refleja una labor sacerdotal que Mons. Escrivá de Balaguer había iniciado en 1925. Reflexiones sobre pasajes de la Sagrada Escritura, retazos de conversaciones, experiencias personales, fragmentos de cartas, son el material con el que está hecho este libro»(1).

La viveza de Camino es el aliento de un espíritu que da unidad de sentido al acervo de materiales que el Autor empleara para su redacción. Existe un característico «modo de mirar», un punto de vista, un tono amigable y directo que ambienta todo el libro; se ha hablado al respecto de «clima neotestamentario», de una simpatía notable con los escritos de los Santos Padres y con el tono vital de las primeras generaciones cristianas(2). El Obispo Administrador de Vitoria que prologó la 1.ª edición, destacaba, por su parte, el carácter eminentemente apelativo y práctico de Camino: cada sentencia «aguarda tus decisiones. Las frases quedan entrecortadas para que tú las completes con tu conducta». Y el propio Autor confiesa que no pretende contar «nada nuevo»; es decir, no trata primariamente de informar o ilustrar en el plano fundamentalmente teológico, sino «remover en tus recuerdos, /para que se alce algún pensamiento / que te hiera: / y así mejores tu vida» (Prólogo del Autor).

En último término, el Autor sólo desea ser instrumento de esa labor mnemótica que el Espíritu de Jesús desarrolla en el alma de los creyentes para conducirles a la plenitud de misterio de Cristo(3).

La finalidad primordialmente pastoral de Camino condiciona las conclusiones que puede alcanzar el análisis especulativo —teológico— de la virtud de la fe que vamos a emprender.

Si Camino es un testimonio de fe y una guía para hacer oración y crecer en vida interior, lo que podemos esperar hallar en él es una batería de resortes capaces para impulsar la vida de fe; lo que puede ofrecer al teólogo es un cuadro muy rico de las dimensiones que abre esa misma fe en la existencia del cristiano. Además, como el Autor entiende que «a los hombres —como a los peces— hay que cogerles por la cabeza» (Camino, n. 987), es presumible que puedan encontrarse en Camino las líneas maestras para una fecunda catequesis de la fe dirigida a cristianos adultos.

A continuación, trataremos de dibujar el mapa teológico de fe viva que Camino contempla.

Carácter teologal de la fe

La fe es un afloramiento de la potencia de la vida divina que tiene lugar de modo totalmente gratuito en el seno de la vida del hombre. Esa potencia divina, que yace oculta en lo profundo del alma cristiana, se manifiesta cuando se abren sus «válvulas de expansión», que son los actos de fe, esperanza y caridad(4). He aquí, concisa y contundentemente señalada por el Autor de Camino la raíz de la unidad de vida del cristiano.

Al ser depositario de esa energía divina, el cristiano queda constituido en una «poderosa máquina de electricidad espiritual» (cfr. n. 837), productora de luz y de calor, de un amor transformador de la conducta humana; porque lo propio del cristiano es quemar, transformar el mundo, encender a otros en el amor de Dios y no cerrarse en sí mismo(5).

La fe que «libera» la energía divina en el mundo se dirige derechamente a nuestra santificación: a limpiar el corazón de toda lepra(6), a un mejoramiento de la conducta que acerque y asemeje más a Dios(7).

La deificación que la fe va operando es cristomórfica. Por la fe es Cristo quien se une al creyente otorgándole ex nullis meritis un tesoro de valor infinito; Cristo es la cifra colocada a la izquierda de los muchos ceros que retratan nuestra nulidad, para dar a la pequeñez humana el valor de la trascendencia(8). La fe es cristocéntrica: comienza buscando a Cristo y se consuma amando a Cristo(9). La verdad gozosa que articula toda la fe es la perenne actualidad de Cristo, su eficaz presencia en la vida del cristiano: «¡Cristo vive!»(10).

Tras operar la conversión del corazón, la fe debe crecer durante todo el camino de la vida: es la tarea de la santificación(11). El fuego que se encendió debe ser permanentemente alimentado(12). De esa viveza de la fe depende toda la vitalidad cristiana; su debilitamiento comportaría una transmutación, una corrupción de todas y cada una de las manifestaciones cristianas específicas(13).

El talante teomórfico de la fe se patentiza también en su fin, que es la santidad. «La sencillez es como la sal de la perfección» (Camino, n. 305); por tanto, la formación en la fe, el desarrollo de lo que en la conversión era sólo simiente, no es una complicada agregación de costumbres y conocimientos heterogéneos, sino progresiva sencillez, es insistencia en lo único necesario (Lc 10, 42), hasta llegar a retratar la perfecta simplicidad divina. La espiritualidad del Opus Dei acentuará —es uno de sus rasgos más específicos— la unidad de vida(14), combatiendo cualquier «esquizofrenia» espiritual(15), es decir, la pretensión de parcelar la vida del cristiano en compartimentos estancos.

Incidencia de la fe en la vida del hombre

La fe incide enérgicamente en toda la vida humana. Pero sus efectos más inmediatos están en la esfera de la vida intelectual. El Fundador del Opus Dei los describirá sugestivamente con dos imágenes noéticas:

— la inundación luminosa del entorno(16);

— la ampliación dimensional del espacio de conocimiento(17): sin fe, la vista permanece pegada a la tierra y sólo atisba la luz en lejanía, como si el hombre viviera situado en las profundidades de un túnel. La fe, por el contrario, es apertura a dimensiones insospechadas de la vida: altura, color, peso, volumen(18).

La fe es, pues, luminaria y es sol; es liberación de la ignorancia (aunque se supone ya existente en el creyente una innata capacidad para dirigirse a Dios). La fe es explicada así con imágenes vivas, tomadas de la experiencia, pero marcando sin duda su trascendencia.

La fe permite acceder a la verdad salvífica que, según la promesa de Cristo, nos hace libres y nos salva (cfr. Ioh 8, 32; Mc 16, 16). Por tanto, las verdades de la fe deben ser contempladas por el cristiano como un tesoro, objeto de fruición sabrosa(19).

Las verdades de la fe son instrumentos para instalar al hombre en la salvación, haciéndole participar en los misterios de la vida divina. En este sentido, se colocan en un orden de interés diverso al de la curiosidad científica, pero no inferior. De ahí que la verdad de fe goce de la intangibilidad que se reconoce a la verdad de ciencia; de ahí que, en fin, la fe no deba ser objeto de componenda, de frívola negociación irenística, aun cuando estuviera promovida por un fin laudable(20). La adulteración de la fe salvadora sería criminal, porque sólo la fe de Cristo puede salvar como el creyente lo sabe; mudar la fe sería actuar contra la conciencia(21).

La firmeza para conservar el depósito de la fe no puede degenerar, sin embargo, en cerrilismo ni en pusilanimidad: «Sé blando en la forma. —Maza de acero poderosa, envuelta en funda acolchada» (Camino, n. 397). La Palabra de Dios es afilada y poderosa ella misma y no necesita ser revestida de formas hirientes para incidir en el corazón con eficacia; basta con no adulterarla. Precisamente para servir esta eficacia existe el Magisterio de la Iglesia, que asegura al cristiano la fiel transmisión del Evangelio que salva. La formación doctrinal, el conocimiento más intenso de la fe de la Iglesia es cultivo intelectual de la fe que confirma la seguridad del camino salvador y permite total libertad de espíritu, de modo que el cristiano no se apure ante sospechas y escándalos farisaicos(22). La autoridad de Cristo en la Iglesia hace posible, pues, la libertad.

Además de incidir en la vida intelectual, la fe alcanza también el corazón humano. La luz de la fe se proyecta sobre la vida afectiva: aquietando el entendimiento, da solución también a las ansiedades del corazón y colma de modo anticipativo sus esperanzas(23). La fe se dispara en esperanza de las promesas que encierra(24) y en un amor infinito —la caridad— para el cual fue hecho nuestro corazón.

Con todo, el efecto más característico de la fe y de la visión cristiana de la realidad que destaca Camino es la alegría(25). Este gozo específico del cristiano no se origina en una autohipnosis, en «la sandez de cerrar los ojos a la realidad» (n. 40), sino en el convencimiento de «que todo cuanto sucede o puede suceder es para bien»; de este modo, el optimismo es «necesaria consecuencia» de la fe (n. 378). El gozo del creyente se intensifica cuando la fe crece y permite descubrir «nuevos mediterráneos» (cfr. n. 298), es decir, cuando el creyente cala o saborea mejor sus contenidos salvíficos.

Dinámica pneumatológica de la fe

La fe se inserta plenamente en la vida del hombre, elevándola pero sin sofocarla. Por eso la alegría esperanzada del omni a in bonum! (cfr. Rom 8, 28) puede coexistir con el lamento que naturalmente acompaña al dolor físico(26).

Camino no focaliza la fe como un objeto de pacífica posesión estática; la conversión —afirma— es sólo el primer paso de la Santificación (cfr. n. 825). Porque la fe debe crecer(27), siempre es contemplada en Camino dinámicamente: la fe es un principio que debe empapar y saturar nuestra conciencia y afectividad mediante el Don de Piedad hasta que lleguemos a sentirnos hijos de Dios(28); debe fortalecerse y llegar a ser «inconmovible»(29), «viva y penetrante» de forma que tenga una eficacia en la vida humana. Especialmente, la fe debe ser eficaz para remover los obstáculos que impiden su expansión apostólica(30), la misión evangelizadora del cristiano en el mundo.

La fuerza de la fe debe ser cebada(31) e intensificada, debe ser vivida apasionadamente por el cristiano, hasta llegar a ser «viva y operativa»(32). Junto a la intensificación subjetiva del querer, ha de colocarse el esfuerzo intelectual, el estudio(33) y la formación doctrinal, acudiendo a los libros que alimentan la inteligencia cristiana(34).

Sin embargo, más allá del querer y del poder humano, el catalizador vivísimo de la vida de fe se sitúa en la actividad del Espíritu Santo. Es Él quien, con sus Dones, hace operativa la fe.

El Paráclito sugiere el reditus ad seipsum, impulsa el cultivo de esa vida interior que permite ver, «con color y relieve insospechado, las maravillas de un mundo mejor, de un mundo nuevo». El Vivificador es quien hace descubrir en el seno de la fe «nuevos mediterráneos»(35), iluminando lo insospechado que existía latente en lo ya poseído. En esto consiste el Don de Entendimiento: en descubrir luces nuevas en la fe, mostrando su intrínseco esplendor.

La voz del Espíritu permite discernir las grandes crisis mundiales como «crisis de santos», que deben ser solucionadas por tanto desde la santidad personal del cristiano, conditio sine qua non de su arreglo(36). En esto consiste el Don de Ciencia, gracias al cual el cristiano advierte con inmediatez el sentido último que tienen los acontecimientos y las cosas del mundo.

Los dones del Espíritu Santo que se presentan con mayor profusión en Camino son los de Consejo, Piedad y Fortaleza. El Santificador hace ver con claridad notable e inmediata la dirección y sentido que debe tener la praxis de los hijos de Dios en el mundo, es decir, orienta las acciones y situaciones de la vida cristiana y refuerza la fe para afrontar esas acciones con decisión y acierto.

En efecto, la fe reforzada y actualizada por estos Dones hace posible la serenidad ante el dolor(37) y ante esa «trepidación espiritual» que es la tentación(38). Al contemplar los sucesos en una perspectiva de eternidad, es posible mantener la entereza en los conflictos(39) , perseverando en la labor apostólica aun cuando los frutos tarden en aparecer(40).

Además de dar fuerzas para resistir la adversidad, el Don de Piedad hace posible al cristiano saberse y sentirse hijo de Dios, partícipe de su Omnipotencia bondadosa; por eso puede crecerse ante los obstáculos(41) y aprovechar para su santificación incluso las experiencias más negativas(42).

La entera experiencia del cristiano queda transformada y enriquecida. Muchos «éxitos» se revelan mentirosos, aparentes(43); y muchos «fracasos» dejan de parecerlo(44). Se puede apreciar una transformación de la entera escala de valores(45), que distingue netamente la vida cristiana de la vida «animal» (cfr. 1 Cor. 2, 14) o de la vida pagana(46). La primacía de los valores cristianos se impone absolutamente, de modo que no sean subordinados a ningunos otros(47).

Los Dones del Espíritu Santo alientan especialmente la vida apostólica del cristiano, que es consecuencia necesaria de la vida de fe. La luz nos es dada para iluminar(48).

Cuando la luz encuentra obstáculos, la oposición más o menos encubierta de las tinieblas, la fe fortalecida por el Espíritu sostiene al cristiano en su empeño apostólico para que pueda esperar pacientemente a pesar de las contradicciones(49). Esta fe fortalecida es esperanza de que Dios enviará graciosamente los medios necesarios para llevar a cabo la misión apostólica(50) y es confianza de que Dios coronará el esfuerzo de quienes trabajan con constancia por El con frutos abundantes, por imprevisibles que estos frutos puedan parecer(51).

En definitiva, Camino contempla siempre una fe vivificada por el Espíritu, capaz de vencer al mundo (1 Ioh 5, 4).

Dimensión eclesial de la fe

La fe —como estamos viendo ya— es luminaria: luz para iluminar(52). Esta intuición tan evangélica (cfr. Mt 5, 14-16) empapa todo el tratamiento de la fe que recoge Camino.

Pero la dinámica de la fe no se detiene perfeccionando el entendimiento, sino uniendo a Cristo, a la Cabeza, a la Iglesia(53). La fe hace surgir inmediatamente en el corazón del cristiano los mismos sentimientos de difundir la salvación y la redención que movían a Cristo. El cristiano, como Cristo, se siente enviado para dar testimonio de la verdad (cfr. Ioh 18, 37), para iluminar y la fe es la luz para cumplir esa voluntad de Jesús(54).

El testimonio de la verdad, el apostolado de la fe y de la doctrina, es florecimiento de la fe originalmente recibida, la cual crece como vida de fe, como fe viva, como fe plenificada tanto subjetiva como objetivamente(55).

El fruto propio de la formación en la fe —la fe madura y desarrollada— es que pueda llevar, influyendo en quienes le rodean para acercarles a la fe(56).

La iluminación de fe que el cristiano provoca en ambientes anticristianos o paganizados es, en parte, mantenimiento recio de la doctrina y de la praxis de la fe en contra de los argumentos y prejuicios que la combaten o la obstaculizan. Camino, sin embargo, desaconseja a los fieles la polémica y la argumentación abstracta, no sólo en cuanto tácticas dialécticas, frente a los incrédulos, sino en el seno de la propia conciencia del cristiano. En efecto, es preciso que el cristiano mismo no ponga en duda la integridad intelectual de la fe, a pesar de la «lucidez infame» de sus detractores. Camino entiende que la vía de la deliberación teórica o del razonamiento no es a menudo el remedio más adecuado para resolver las posibles crisis de una fe impugnada. La vía de solución54 ha de buscarse más bien en el reforzamiento de la misma fe; para la crisis de una fe atacada, el remedio que se impone es actualizar la fe(57). Una Fe así fortalecida sabrá desenmascarar luego las mentiras hipócritas contra Cristo que promueve en las conciencias Satán, el Acusador mentiroso(58).

De modo semejante, en el ámbito del apostolado ad fidem, Camino aconseja situarse en un plano superior al planteamiento «objetivista» y rígidamente polémico que proponen a menudo los objetores de la fe. En algunos casos el cristiano sabrá mostrar que el planteamiento mismo de los prejuicios anticristianos es rídiculo e inconsistente(59); en otros, llamará la atención sobre la insuficiencia antropológica de los sustitutivos de la fe(60); o bien advertirá que son las malas disposiciones de la voluntad el factor que primeramente debe ser cambiado para poder percibir con ojos limpios la claridad de la fe(61). No siempre, por tanto, la argumentación estrictamente racional es el camino más conveniente(62).

Sin embargo, también es necesaria la labor intelectual, la teología, que satisfaga la legítima claridad que la inteligencia naturalmente exige; porque los hombres deben ser atraídos por Cristo sin violencia alguna, a través del convencimiento sereno(63). En vista de la extensión y especialización de la ciencia moderna es preciso que los cristianos «se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. —Tú… no te puedes desentender de esta obligación» (cfr. Camino, n. 338).

Se concibe, pues, la defensa intelectual y cultural de la fe como amplísima empresa en la cual deben colaborar los cristianos todos, cada uno en su propio ambiente —aun cuando el papel director de la tarea recaiga sobre los intelectuales—, guiados por la formación en la fe y por ese instinto divino que el Paráclito, el Defensor, otorga junto con la gracia y que hace surgir en cada caso conflictivo palabras llenas de sabiduría, irrebatibles (cfr. Mc 13, 11) y —lo que es más importante— convincentes, eficaces, en los labios de instrumentos desproporcionados.

La eficacia del apostolado ad fidem para producir conversiones depende estrechamente de la correspondencia personal a la gracia de quienes lo ejercitan. El cristiano no debe ser «milagrero»(64), pero tiene fe en un Dios Omnipotente y misericordioso que es Eterno, y, por tanto, sabe que Dios actúa también hoy, porque «el poder de su brazo no se ha empequeñecido» (cfr. Camino, n. 586). Si Cristo vive, también hoy debe obrar maravillas a través de los cristianos que, correspondiendo a la gracia, se identifican con El(65).

Esas maravillas de la fe salvadora serán principalmente milagros de la gracia, es decir, milagros de santificación, pues tal es el fin de la fe: la curación de los propios vicios, enfermedades del alma(66); y la «pesca» milagrosa de muchos hombres, atraídos a la Iglesia de Cristo(67).

Esos milagros son el premio otorgado a una fe viva, rica de doctrina y fecunda en obras(68).

El testimonio, las obras buenas del cristiano, obras de una fe que ven los demás hombres, son el anzuelo de esa pesca: son el bonus odor Christi que atrae(69), son la luz que se deja advertir cuando se vence el temor y son las exigencias de una fe recia que contrastan con el ambiente paganizado(70).

La columna vertebral del apostolado es, así, vivir con naturalidad todas las exigencias de la fe, de una fe consolidada por el Espíritu Santo con sus Dones de modo que no sea recortada, no sea aguada lo más mínimo, a pesar de la eventual contrariedad ambiental(71).

«Camino» y la teología de la fe

¿Cuáles son, pues, en síntesis las intuiciones de fondo que vertebran el tratamiento que Camino otorga al tema de la fe?

En mi opinión, la intuición radical es la dinamicidad de la fe. La fe es simiente de vida (cfr. Lc 8, 5), principio de la vida divina que la Trinidad quiere inyectar en la naturaleza humana, raíz y corazón del nuevo organismo sobrenaturalizado que es el cristiano. La fe es el principio infuso fundamental de la divinización o «endiosamiento» del hombre(72).

El Autor de Camino acentúa esta dinamicidad, porque posee una conciencia vivísima de que la santificación es el fin intrínseco de la fe. Por eso, la fe, aunque ciertamente inhiera de modo formal en el entendimiento —los Padres acentuaban que la divinización se incoa en el hombre como iluminación—, no es nunca considerada como un conocimiento inerte, como un objeto de interés teórico. La «iluminación del ojo» debe continuarse en la iluminación de todo el ser y obrar del hombre entero (cfr. Mt 6, 22).

En esta tarea se centra el interés pastoral de Mons. Escrivá de Balaguer. La fe es el talento que debe ser multiplicado por el trabajo ascético y apostólico.

La vitalidad grande de la fe que testimonia Camino se manifiesta principalmente en su reflexividad. La vida de fe que sus páginas describen y proponen al cristiano es fruto de la fe viva de su autor; una fe tan viva que reflexiona sobre sí misma, intensificando su energía. Camino enciende repetidamente la fe en la fe cristiana, creando una fortísima confianza en el dinamismo de la fe bautismal, en la capacidad de operar una metanoia y de impulsar la santificación que posee la fe de cualquier bautizado. Esta convicción lleva a exigir a cualquier cristiano sin reserva ni atenuante alguno una firme coherencia de las obras con la fe: toda la inteligencia, toda la afectividad, y toda la experiencia humana deben ponerse al servicio de esa expansión de la fe en el ámbito de la vida personal y eclesial. Tal es la tarea de la santificación.

La expansión de la fe tiene un principio activo personal, un agente: el Espíritu Santo, el Santificador. El es, con sus Dones, quien perfecciona la vida de fe y consuma la santificación(73). La fe en la energía activa de la fe bautismal del cristiano es, en último término, fe en el Espíritu Santo Vivificador, principio impulsor de la vida sobrenatural.

La vida de fe es fruto del Espíritu y tiene un sello pneumatológico característico: alegría, serenidad, benignidad. El gaudium cum pace es el efecto psicológico más característico de la fe viva, no sólo en la esfera de los sentimientos transeúntes, sino en la de las disposiciones estables y profundas. Y el afán apostólico —dimensión eclesial de la fe— es su efecto más manifiesto en el orden de la actividad. El apostolado, florecimiento de la fe bautismal, revela el carácter esencialmente difusivo de esta incoación de la vida divina.

En definitiva, cuando Camino destaca estos tres efectos de la fe —serenidad, apostolado, alegría—, está confirmando el carácter teologal y teomórfico de esta virtud. La fe endiosa, diviniza, y hace partícipe al cristiano de la viva Inmutabilidad del Padre, de la Sabiduría salvadora y apostólica del Hijo, del gozoso Amor del Espíritu. Esa participación de la vida divina se inicia formalmente cuando el Hijo «habita en los corazones por la fe» (Eph 3, 17). Por eso, la fe puede ser definida primeramente como advenimiento de la verdad salvadora que ilumina la vida del hombre. Pero es el Espíritu del Hijo, que prepara el corazón humano para recibir a Cristo, quien luego alentará la semilla de la fe para que engendre al cristiano como otro «Cristo», convirtiéndole —simultáneamente y a semejanza de Cristo— en Apóstol. La condición de ese proceso santificador es la fidelidad, la custodia fiel, el respeto absoluto y amoroso a la Palabra sagrada e inmutable del Padre que se recibe como don para santificarnos en verdad (cfr. Ioh 17, 19).

He aquí el esquema teológico que puede adivinarse implícito en la praxis cristiana testimoniada y propuesta por Camino.

Pero resulta quizá más elocuente, a la hora de valorar la profundidad y trascendencia de este nuevo «clásico de la espiritualidad» escrito antes de la II Guerra Mundial, apreciar el asombroso paralelismo que van a mostrar con este mapa de la fe que hemos descrito los textos del Concilio Vaticano II, el gran Concilio pastoral.

Al recordar, de modo nuevo e insólito tras siglos de olvido práctico, la llamada evangélica a la santidad que Cristo dirige a todos, el Concilio la definirá precisamente como el «Camino de la Fe»(74), fruto del ejercicio continuo de la fe(75). La fe es ponerse el hombre todo entero a disposición de Dios, recibiendo voluntariamente en su entendimiento la Verdad salvadora por Él revelada(76). La fe —enseña también el Concilio— debe ser alimentada y crecer(77), perfeccionada por el Espíritu Santo(78) para iluminar toda la vida humana(79). Si el error más grande de nuestra época es abortar ese crecimiento, divorciando la fe de la vida humanas(80), la coherencia de la vida con la fe es la base del apostolado del cristiano(81), que con su vida de fe se convierte en anuncio vivo de la fe(82). Así pues, el apostolado fluye necesariamente de la fe promovida y desarrollada por el Espíritu Santo y testimoniada en la vida misma(83). Esa fe viva, que respeta siempre la integridad de la doctrina(84) y la libertad ajena(85), es el remedio más eficaz contra el ateísmo(86).

La viveza y concreción de sus contenidos hacen, pues, de Camino un medio muy práctico para aplicar a la vida de los cristianos corrientes las directivas del Concilio sobre la vida de fe.

(1) Sobre la génesis de Camino, cfr. ANDRÉS VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975) (Rialp, Madrid 1983), pp. 144-145; 195-196 y 427-428.

(2) PEDRO RODRÍGUEZ, Camino y la espiritualidad del Opus Dei, en Teología Espiritual, 9 (1965) n. 26. Citaremos la edición publicada en VV., La vocación cristiana, Epalsa Madrid, 1975. Sobre el clima neotestamentario de Camino: cfr. pp. 79-84.

(3) Cfr. Ioh 14, 26. El autor tiene una viva convicción de la acción del Espíritu Santo en el alma del cristiano: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo —el Gran Desconocido—que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. —El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» (Camino, n. 57). Sobre esta acción del Santificador en Camino, cfr. RAFAEL GÓMEZ PÉREZ, Encontrarse siendo cristiano, IV: «Por el Espíritu Santo» (Epalsa, Madrid, 1971), pp. 109-112.

(4) «Los actos de Fe, Esperanza y Amor son válvulas por donde se expansiona el fuego de las almas que viven vida de Dios» (Camino, n. 667). Cfr. Es Cristo que pasa, n. 104: «Hay que unirse a El (Cristo) por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros.» Centro de su predicación es que la fe endiosa al hombre —la 0ÉitootÇ de los Padres griegos—, cfr. Amigos de Dios. nn. 106-107.

(5) «¿Brillar como una estrella…, ansia de altura y de lumbre encendida en el cielo? Mejor: quemar, como una antorcha, escondido, pegando tu fuego a todo lo que tocas. —Este es tu apostolado: para eso estás en la tierra» (Camino, n. 835).

(6) Cfr. Camino, n. 142. Cfr. Amigos de Dios, nn. 192-194: la fe opera el milagro de la propia conversión; su fin intrínseco es salvar al hombre. Para ello, el hombre debe rendir su soberbia autosuficiencia, abriéndose a la acción de Dios; la Fe es «humanidad de la razón» (Surco, n. 259).

(7) «¡Luces nuevas! —¡Qué alegría tienes porque el Señor te hizo descubrir otro Mediterráneo! —Aprovecha esos instantes: es la hora de romper a cantar un himno de acción de gracias: y es también la hora de desempolvar rincones de tu alma, de dejar alguna rutina, de obrar más sobrenaturalmente, de evitar un posible escándalo en el prójimo…

* En una palabra: que tu agradecimiento se manifieste en un propósito concreto» (Camino, n. 298). Cfr. Forja, n. 544.

(8) «Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria.

— Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!» (Camino, n. 473).

(9) «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo.” Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, n. 382).

(10) «Enciende tu fe. —No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia. ¡Vive!: “Iesus Christus heri et hodie: ipse et in secula!” —dice San Pablo— ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!. (Camino, n. 584).

Es característico del creyente el radical «realismo» de su trato diario con Jesús: cfr. Surco, n. 688.(11)

(11) «La conversión es cosa de un instante. —La Santificación es obra de toda la vida» (Camino, n. 285).

(12) «Te lo dice San Pablo, alma de apóstol: “Iustus ex fide vivit” —El justo vive de la fe. —¿Qué haces que dejas que se apague ese fuego?» (Camino, n. 578). Dios cuenta, pues, con la libertad del creyente: cfr. Surco, n. 956.

(13) «Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, estériles. (Camino, n. 280). La fe es raíz y razón de todas las virtudes cristianas: cfr. P. RODRÍGUEZ, Fe y vida de Fe (Eunsa, Pamplona, 1975), pp. 194-195.

(14) Cfr. P. RODRÍGUEZ o. c., III: «La imagen del cristiano propuesta en Camino: el concepto de unidad de vida», pp. 133-139; IGNACIO DE CELAYA, Unidad de vida y plenitud cristiana, en Scripta Theologica, 13 (1981), nn. 655-674 (publicado también en AA.VV., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Eunsa, Pamplona, 1983).

(15) Cfr. Conversaciones, n. 114.

(16) «Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón» (Camino, n. 1); Cfr. Surco, n. 73. Cfr. RAMÓN GARCÍA DE HARO, Homilías: “Es Cristo que pasa”, I, 4: «La luminosa oscuridad de la fe», en VV., La vocación cristiana, cit., pp. 160-163: «Lo más luminoso, lo más seguro es Dios, la fe (…) se percibe una protesta contra el excesivo resaltar la oscuridad de la fe» (p. 160).

(17) «La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen» (Camino, n. 279).

(18) «Algunos pasan por la vida como por un túnel, y no se explican el esplendor y la seguridad y el calor del sol de la fe» (Camino, n. 575). Cfr. Surco, n. 83: la fe permite experimentar una nueva dimensión de belleza.

(19) «”Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam!…” —Me explico esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica…» (Camino, n. 517). Mons. Escrivá destacará, entre los Dones del Espíritu Santo, el Don de Sabiduría «que, al hacernos conocer a Dios y gustar de Dios, nos colocan en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida» (Es Cristo que pasa, n. 133).

(20) «Aquel hombre de Dios, curtido en la lucha, argumentaba así: ¿Que no transijo? ¡Claro!: porque estoy persuadido de la verdad de mi ideal. En cambio, usted es muy transigente…: ¿le parece que dos y dos sean tres y medio? —¿No…?, ¿ni por amistad cede en tan poca cosa? —¡Es que, por primera vez, se ha persuadido de tener la verdad… y se ha pasado a mi partido!» (Camino, n. 395). Cfr. Forja, nn. 131, 580, 726; Surco, nn. 358, 939.

(21) «La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. —Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe» (Camino, n. 394). Cfr. Forja, n. 456.

(22) «Queda tranquilo si asentaste una opinión ortodoxa, aunque la malicia del que te escuchó le lleve a escandalizarse. —Porque su escándalo es farisaico» (Camino, n. 349). La disposición de fidelidad al Magisterio de la Iglesia es condición de una fecunda libertad y apertura: cfr. S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador el Opus Dei (Madrid, 1980), p. 266.

(23) «¡ Qué hermosa es nuestra Fe Católica! —Da solución a todas nuestras ansiedades y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón» (Camino, n. 582). Cfr. Surco, n. 83; Forja, n. 999.

(24) «”Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!” —¡Si tuvierais fe tan grande como un granito de mostaza!… —¡Qué promesas encierra esa exclamación del Maestro!» (Camino, n. 585).

(25) «No estés triste. —Ten una visión más… “nuestra” —más cristiana— de las cosas» (Camino, n. 664).

Una vivencia heroica de esta virtud que es la alegría se encuentra relatada en SALVADOR BERNAL, Op. cit.: Durante la Guerra de España Mons. Escrivá contemplaba en la lejanía con un anteojo militar la casa donde con urgente sacrificio había instalado una residencia de estudiantes; estaba totalmente destruida: «Al ver esas ruinas, se echó a reír. Un oficial le preguntó el motivo. Con su fe indómita en la Providencia Divina, contestó: porque estoy viendo lo poco que queda de mi casa. Dios lo arreglará todo, pensaba» (p. 251).

(26) El Fundador del Opus Dei tiene una doctrina fascinante sobre las relaciones de naturaleza y gracia. Cfr. Forja, n. 659.

«Sufres… y no querrías quejarte.—No importa que te quejes —es la reacción natural de la pobre carne nuestra—, mientras tu voluntad quiere en ti, ahora y siempre, lo que quiera Dios» (Camino, n. 718).

La inserción en la vida natural en lo humano se debe realizar con gran naturalidad hasta constituir una fuerte unidad vital (cfr. nota 14). El crecimiento y reforzamiento de la fe debe apoyarse en la experiencia corriente de los hombres y no sólo contar con ella. Veamos un ejemplo: «¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?» (Camino, n. 530). Por otra parte, la fe cristiana tiene unas exigencias humanas y promueve el desarrollo de virtudes humanas: «No me explico que te llames cristiano y tengas esa vida de vago inútil. —¿Olvidas la vida de trabajo de Cristo?» (Camino, n. 356). La fe ilumina las situaciones humanas, en cuanto esas situaciones son ocasiones de pecado o santidad y realizan o contrarían el Reino de Cristo; pero, en esa incidencia sobre el mundo, la fe no se asimila a las ideologías humanas (cfr. Es Cristo que pasa, n. 99). Desde un plano superior, las exigencias insubordinables de la fe no cercenan ni achican los valores humanos nobles, por el contrario los suscitan y potencian (ibídem, nn. 41 y 133). A su vez, esos valores humanos tienen una cierta y real autonomía en la vida del cristiano. Por eso, la posesión de la fe no exime al cristiano del esfuerzo por conocerlos y asimilarlos, al igual que hacen otros hombres. Además, en el caso del cristiano, el cultivo de esos valores —por ejemplo, los valores estéticos— puede ser útil a la dinámica misma de la fe: »Hay una urbanidad de la piedad. —Apréndela. —Dan pena esos hombres “piadosos” que no saben asistir a Misa —aunque la oigan a diario—, ni santiguarse —hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación—, ni hincar la rodilla ante el Sagrario —sus genuflexiones ridículas parecen una burla—, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora» (Camino, n. 541). Cfr. Camino, nn. 542 y 543.

(27) «”Omnia possibilia sunt credenti”. —Todo es posible para el que cree. —Son palabras de Cristo. —¿Qué haces, que no le dices con los apóstoles: “adauge nobis fidem!” —¡auméntame la fe!?» (Camino, n. 588). Cfr. Forja, n. 257.

(28) «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. (…) Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (Camino, n. 267).

Cfr. Amigos de Dios, n. 312: «Cuando la fe flojea, el hombre tiende a figurarse a Dios como si estuviera lejano, sin que apenas se preocupe de sus hijos. Piensa en la religión como algo yuxtapuesto.» Cuando la fe vibra en el alma, se descubre, en cambio, la cercanía de Dios, como los discípulos de Emaús (ibídem, n. 313). Cfr. Surco, n. 658.

(29) «¡Con qué humildad y con qué sencillez cuentan los evangelistas hechos que ponen de manifiesto la fe floja y vacilante de los Apóstoles! —Para que tú y yo no perdamos la esperanza de llegar a tener la fe inconmovible y recia que luego tuvieron aquellos primeros» (Camino, n. 581). Cfr. Camino, n. 995. Cfr. Forja, n. 6C2. Mons. Escrivá agradecía haber recibido de Dios «una fe tan gorda, que se puede portar» (VÁZQUEZ DE PRADA, o. c., p. 124).

(30) «Fe viva y penetrante. Como la fe de Pedro. —Cuando la tengas —lo ha dicho Él— apartarás los montes, los obstáculos, humanamente insuperables, que se opongan a tus empresas de apóstol» (Camino, n. 489). Cfr. Camino, n. 982.

Cfr. Forja, nn. 259, 219: el creyente participa de la omnipotencia de Dios. Algunas circunstancias que exigieron especialmente esa fe de Mons. Escrivá para abrir camino jurídico al Opus Dei están descritas en VÁZQUEZ DE PRADA, o. c., cap. VII: «Roma».

Al lanzar a todos los cristianos a una vida de fe, el autor de Camino no soñaba en proporcionarles «fórmulas cristianas» que solucionen todos los problemas humanos. Esas fórmulas para ordenar el mundo y preparar el reinado de paz de Cristo han de hallarlas, en buena parte, responsable y libremente ellos mismos, abriendo camino «a golpe de sus pisadas»: Cfr. Surco, n. 653.

(31) Cfr. Camino, n. 578. Fue constante la insistencia de Mons. Escrivá en funda

mentar en la fe la santidad y el apostolado. A los primeros que venían en el comienzo del Opus Dei les pedía »mucha fe en Dios» (VÁZQUEZ DE PRADA, o. c., p. 147) y les infundía una fe gigante en la expansión de lo que entonces era nada (Cfr. S. BERNAL, op. cit., p. 150: «soñad —decía a las primeras mujeres del Opus Dei— y os quedaréis cortas»). En su predicación y en su conversación afloraba de continuo la necesidad de llevar vida de fe (ibídem, pp. 102 y 221), de modo tan fuerte que quienes le oían sentían «como vértigo» (p. 195).

(32) «¡Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos!: ilusiones de honores, ambición de riquezas, preocupaciones de sensualidad. —Ellos y ellas, ricos y pobres, viejos y hombres maduros y jóvenes y aun niños: todos igual. —Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado» (Camino, n. 317). Cfr. Camino, n. 316. Mons. Escrivá de Balaguer tenía una fortísima convicción de que la fe es una virtud que no se reduce a «contenidos», ni mucho menos —como era usual en ambientes católicos— constituye tan sólo un tema de interés teórico. La fe es virtud operativa: «Fe. —Da pena ver de qué abundante manera la tienen en su boca muchos cristianos, y con qué poca abundancia la ponen en sus obras. —No parece sino que es virtud para predicarla, y no para practicarla» (n. 579).

Cfr. Amigos de Dios, n. 204; Surco, nn. 111, 949, 121, 308.

La fe verdadera exige coherencia creciente entre la Palabra salvadora que se confiesa y las obras del cristiano. El Fundador del Opus Dei, al predicar la llamada universal a la santidad —es decir esa fuerte coherencia de la fe—, no ponía en sordina ninguna exigencia evangélica, ni preveía ninguna situación en que fuera «prudente» para un cristiano «poner paños calientes» a algún aspecto de la fe:

«¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la Voluntad de Dios!» (Camino, n. 757). Cfr. Camino, n. 758.

La fe debe ser operativa con generosidad y sacrificio grandes (cfr. Amigos de Dios, nn. 195-198).

(33) «Educador: el empeño innegable que pones en conocer y practicar el mejor método para que tus alumnos adquieran la ciencia terrena ponlo también en conocer y practicar la ascética cristiana, que es el único método para que ellos y tú seáis mejores» (n. 344).34

(34) «Libros. —Extendí la mano, como un pobrecito de Cristo (…) ¡y me llevé cada chasco! —¿Por qué no entienden, Jesús, la honda caridad cristiana de esa limosna, más eficaz que dar pan de buen trigo?» (Camino, n. 467). Cfr. Camino, n. 26. Mons. Escrivá definía precisamente el Opus Dei como un esfuerzo por promover esa formación doctrinal de la fe entre cristianos corrientes de todas las clases y situaciones sociales: «una gran catequesis» (cfr. VÁZQUEZ DE PRADA, o. c., p. 388).

(35) «Distraerte. —¡Necesitas distraerte…! abriendo mucho tus ojos para que entren bien las imágenes de las cosas, o cerrándolos casi, por exigencia de tu miopía… ¡Ciérralos del todo!: ten vida interior, y verás, con color y relieve insospechados, las maravillas de un mundo mejor, de un mundo nuevo: y tratarás a Dios…, y conocerás tu miseria…, y te endiosarás… con un endiosamiento que, al acercarte a tu Padre, te hará más hermano de tus hermanos los hombres» (Camino, n. 283). Cfr. Camino, n. 298.

Para Mons. Escrivá vivir la fe era sinónimo de »vivir según el Espíritu Santo», porque es el Espíritu de Cristo quien crea la madurez de la fe que perfecciona en el hombre la imagen perfecta de Dios (cfr. Es Cristo que pasa, n. 134).

(36) «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Camino, n. 301).

(37) «Te acogota el dolor porque lo recibes con cobardía. —Recíbelo, valiente, con espíritu cristiano: y lo estimarás como un tesoro» (Camino, n. 169).

(38) Cfr. Camino, n. 715; Surco, n. 119.

(39) «Estás intranquilo. —Mira: pase lo que pase en tu vida interior o en el mundo que te rodea nunca olvides que la importancia de los sucesos o de las personas es muy relativa. —Calma: deja que corra el tiempo; y, después, viendo de lejos y sin pasión los acontecimientos y las gentes adquirirás la perspectiva, pondrás cada cosa en su lugar y con su verdadero tamaño. Si obras de este modo, serás más justo y te ahorrarás muchas preocupaciones» (Camino, n. 702). Cfr. Via Crucis, IV Estación, n. 5; Forja, nn. 805, 657. El horizonte de eternidad que proyecta con viveza el Don de Ciencia permite también contrarrestar la fascinación de la temporal:

«El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer —que nada vale—, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad» (Camino, n. 708).

Cfr. también Amigos de Dios, nn. 203 y 206: la fe florece en «visión sobrenatural» de modo que el cristiano «trabaja en este mundo, al que ama apasionadamente, metido en los afanes de la tierra, con la mirada en el Cielo».

(40) ¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! —Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. —Un día y otro: todos iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín. Lleva este pensamiento a tu vida interior» (Camino, n. 998). Cfr. Forja, n. 235.

(41) «Crécete ante los obstáculos. —La gracia del Señor no te ha de faltar: “inter medium montium pertransibunt aquae!” —¡pasarás a través de los montes! ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?» (n. 12). Cfr. Camino, n. 274.

(42) «Se han desatado las lenguas y has sufrido desaires que te han herido más porque no los esperabas. Tu reacción sobrenatural debe ser perdonar —y aun pedir perdón— y aprovechar la experiencia para despegarte de las criaturas» (Camino, n. 689). Cfr. Camino, n. 828. La base de ese relanzamiento y nuevo impulso ha de ser la humildad, el profundo conocimiento de sí y de Dios que es alcanzado por la fe:

«Te reconoces miserable. Y lo eres. —A pesar de todo —más aún: por eso— te buscó Dios. —Siempre emplea instrumentos desproporcionados: para que se vea que la “obra” es suya. —A ti sólo te pide docilidad» (n. 475). El Espíritu Santo es quien nos da la dimensión justa de nuestras relaciones con Dios: «Procura conocer la “vía de infancia espiritual” sin “forzarte” a seguir ese camino. —Deja obrar al Espíritu Santo» (n. 852). El Paráclito es quien promueve, pues, la «vida de infancia espiritual» con el Don de Piedad. El Espíritu Santo que es Amor subsistente es quien enseña a los hijos pequeños de Dios el valor de las cosas pequeñas: «Hacedlo todo por Amor. —Así no hay cosas pequeñas:

todo es grande. —La perseverancia en las cosas pequeñas, por Amor, es heroísmo» (n. 813). Cfr. Camino, nn. 824 y 829.

(43) «No hagas mucho caso de lo que el mundo llama victorias o derrotas. Sale

tantas veces derrotado el vencedor!» (n. 415).

(44) «¿Que has fracasado? —Tú —estás bien convencido— no puedes fracasar. No has fracasado: has adquirido experiencia. Adelante!» (Camino, n. 405). Cfr. n. 311. La biografía de Mons. Escrivá permite ilustrar la fe gigante que se halla tras estas palabras: Cfr. nota 25.45

(45) «Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios» (Camino, n. 286). Cfr. nn. 386 y 194.

(46) «Pide humildemente al Señor que te aumente la fe. —Y luego, con nuevas luces, juzgarás bien las diferencias entre las sendas del mundo y tu camino de apóstol» (Camino, n. 580).47

(47) Por ejemplo: «Servir de altavoz al enemigo es una idiotez soberana; y, si el enemigo es enemigo de Dios, es un gran pecado. —Por eso, en el terreno profesional, nunca alabaré la ciencia de quien se sirve de ella como cátedra para atacar a la Iglesia» (Camino, n.836). No se aconseja faltar a la justicia ni difamar, sino sólo prevenir el escándalo, el mal espiritual de terceros. La actuación del hombre jamás debe ser mecánica, sino responsable; ha de prever las consecuencias de sus actos y obrar siempre en vista de lo mejor, evitando los efectos malos en cuanto sea posible (es decir, utilizando medios lícitos y nobles).

(48) Cfr. Camino, n. 1 y Es Cristo que pasa, nn. 147-148.

(49) «En las horas de lucha y contradicción, cuando quizá “los buenos” llenen de obstáculos tu camino, alza tu corazón de apóstol: oye a Jesús que habla del grano de mostaza y de la levadura. —Y dile: “edissere nobis parabolam” —explícame la parábola. Y sentirás el gozo de contemplar la victoria futura: aves del cielo, en el cobijo de tu apostolado, ahora incipiente; y toda la masa fermentada» (Camino, n. 695). Cfr. Es Cristo que pasa, nn. 45, 106 y 177.

(50) una fe gigante… —El que te da esa fe, te dará los medios» (Camino, n. 577). Cfr. Camino, nn. 472 y 474. La biografía de Mons. Escrivá contiene ejemplos conmovedores de esa esperanza confiada que le llevó a lanzarse a aventuras apostólicas de gran envergadura sin que en el horizonte se insinuasen los medios humanos necesarios: cfr. VÁZQUEZ DE PRADA, o. c., pp. 143, 173, 244, 250 y 452; BERNAL. O. c., pp. 315-316. Los únicos medios que deben centrar la atención del cristiano en orden a dar frutos de santidad son los medios sobrenaturales:

«Primero oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en “tercer lugar”, acción» (Camino, n. 82). Además, la fe de un cristiano que vive en medio del mundo —y éste es el mensaje central del Opus Dei— le hace descubrir la Voluntad de Dios en el mismo trabajo profesional que desarrolla, de modo que ese trabajo llega a ser visto él mismo como medio de santificación propia y ajena:

«Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración» (Camino, n. 335). Cfr. n. 277. Cfr. J. LUIS ILLANES, La santificación del trabajo (Epalsa, Madrid, 1982).

(51) «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura. —”Ecce non est abbreviata manus Domini” —¡El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!» (Camino, n. 586). Cfr. nn. 794, 837, 998.

(52) «Es preciso que seas “hombre de Dios”, hombre de vida interior, hombre de oración y de sacrificio. —Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida “para adentro”» (Camino, n. 961).53

(53) «Gozosamente te bendigo, hijo, por esa fe en tu misión de apostol que te llevó a escribir: “No cabe duda: el porvenir es seguro, quizá a pesar de nosotros. Pero es menester que seamos una sola cosa con la Cabeza —‘ut omnes unum sint!’— por la oración y por el sacrificio”» (n. 968).

(54) Cfr. Camino, n. 497. La fe connota conocimiento de la Voluntad divina y, enseguida, obediencia. Por eso Santa María y San José son de modo excelente maestros de fe: cfr. Es Cristo que pasa, nn. 41 y 174; Amigos de Dios, nn. 284-285.55

(55) «Estudiante: fórmate en una piedad sólida y activa, destaca en el estudio, siente anhelos firmes de apostolado profesional. —Y yo te prometo, con ese vigor de tu formación religiosa y científica, prontas y dilatadas expansiones» (Camino, n. 346). Mons. Escrivá de Balaguer proponía la doble faz de esta plenitud en una fórmula sintética: «piedad de niños y doctrina de teólogos» (Es Cristo que pasa, n. 10). La piedad robustece la fe (Amigos de Dios, n. 309) y la doctrina ilumina y destruye la oscuridad de la ignorancia. Mons. Escrivá consideraba que esa ignorancia era »el mayor enemigo de Dios» (cfr. S. BERNAL o. c., p. 475; Forja, n. 635).

(56) «”¡Influye tanto el ambiente!», me has dicho. —Y hube de contestar: sin duda. Por eso es menester que sea tal vuestra formación, que llevéis, con naturalidad, vuestro propio ambiente, para dar “vuestro tono” a la sociedad con la que conviváis. —Y, entonces, si has cogido ese espíritu, estoy seguro de que me dirás con el pasmo de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros que se obraban por sus manos en nombre de Cristo: “¡Influimos tanto en el ambiente!”» (Camino, n. 376).

(57) «¡Con qué infame lucidez arguye Satanás contra nuestra Fe Católica! Pero, digámosle siempre, sin entrar en discusiones: yo soy hijo de la Iglesia» (Camino, n. 576). Cfr. n. 141. En la práctica pastoral, el autor de Camino advertía que ante muchos cristianos que dicen «haber perdido la fe» habría que sospechar que la fe no ha dejado de latir en esas personas, aunque con los pecados personales y con la falta de formación doctrinal puede estar tan muerta e inmóvil como un cadáver, cubierta por «una serie de capas de indiferencia, de lecturas mal digeridas, quizá de ambientes y de costumbres torcidas» (Cfr. VÁZQUEZ DE PRADA, o. c., pp. 394-395). Esa fe muerta puede ponerse en pie de un salto y resucitar como Lázaro —es una experiencia sorprendente y gozosa de tantos cristianos—tras una buena confesión.

(58) «Confusionismo. —Supe que vacilaba la rectitud de tu criterio. Y, para que me entendieras, te escribí: el diablo tiene la cara muy fea, y como sabe tanto, no se expone a que le veamos los cuernos. No va de frente. —Por eso, ;cuántas veces viene con disfraz de nobleza y hasta de espiritualidad!» (Camino, n. 384). Cfr. n. 725.59

(59) «¡Hombre! Ponle en ridículo. —Dile que está pasado de moda: parece mentira que aún haya gente empeñada en creer que es buen medio de locomoción la diligencia… —Esto, para los que renuevan volterianismos de peluca empolvada, o liberalismos desacreditados del XIX» (n. 849).

La única actitud lúcida de la inteligencia humana ante su Creador es la adoración: «¿Cómo te atreves a emplear ese chispazo del entendimiento divino, que es tu razón, en otra cosa que no sea dar gloria a tu Señor?» (n. 782).

(60) «No tienen fe. —Pero tienen supersticiones. Risa y vergüenza nos dio aquel poderoso que perdía su tranquilidad al oír una determinada palabra, de suyo indiferente e inofensiva —que era, para él, de mal agüero— o al ver girar la silla sobre una pata» (Camino, n. 587). Cfr. Surco, n. 44.

(61) «El manjar más delicado y selecto, si lo come un cerdo (que así se llama, sin perdón) se convierte, a lo más, ¡en carne de cerdo! Seamos ángeles, para dignificar las ideas, al asimilarlas. —Cuando menos, seamos hombres: para convertir los alimentos, siquiera, en músculos nobles y bellos, o quizá en cerebro potente… capaz de entender y adorar a Dios. —Pero… ¡no seamos bestias, como tantos y tantos!» (Camino, n. 367). Cfr. nn. 212 y 993.

Cfr. Es Cristo que pasa, n. 165. Estas malas disposiciones son las que impiden entender la «lógica de Dios» (ibídem, nn. 185 y 172), y deforman el cristianismo, transformándolo en «locura» ante los ojos turbios (cfr. 1 Cor 1, 23). «Eso —tu ideal, tu vocación— es… una locura. —Y los otros —tus amigos, tus hermanos— unos locos… ¿No has oído ese grito alguna vez muy dentro de ti? —Contesta, con decisión, que agradeces a Dios el honor de pertenecer al “manicomio”» (Camino, n. 910). Cfr. Surco, n. 837.

(62) «¿Razones…? ¿Qué razones daría el pobre Ignacio al sabio Xavier? (Camino, n. 798).

(63) «”Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum” —venid detrás de mí, y os haré pescadores de hombres. —No sin misterio emplea el Señor estas palabras: a los hombres —como a los peces— hay que cogerlos por la cabeza. ¡Qué hondura evangélica tiene el “apostolado de la inteligencia”» (Camino, n. 978).

Cfr. Surco, n. 572. Sobre el respeto absoluto a la libertad de las conciencias en materia de fe, cfr. Amigos de Dios, nn. 32, 36 y 38; Conversaciones, n. 44. La exposición sencilla y sincera de una fe vivida tiene la fuerza atractiva de la Palabra divina: cfr. Forja, n. 1017.

(64) «No soy “milagrero”. —Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio

para asegurar fuertemente mi fe. —Pero me dan pena esos cristianos —incluso piadosos, “¡apostólicos!”— que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales. —Siento deseos de decirles: sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe!» (Camino, n. 583).

(65) «No necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura. —En cambio, me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia» (Camino, n. 362).

Cfr. en Amigos de Dios la homilía «Vida de fe» (12. X. 1947), en especial los nn. 190 y 203; cfr. también n. 262; Surco, n. 235.

(66) «”Domine!” —¡Señor!—, “si vis, potes me mundare” —si quieres, puedes curarme. —¡Qué hermosa oración para que la digas muchas veces con la fe del leprosito cuando te acontezca lo que Dios y tú y yo sabemos! —No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: “volo, mundare!” —quiero, ¡sé limpio!» (Camino, n. 142). Cfr. n. 719. Cfr. Forja, nn. 324, 386, 231, 257: es notable la viva actualización parenética de los textos evangélicos.

(67) «¡Oh poder de la obediencia! —El lago de Genesaret negaba sus peces a las redes de Pedro. Toda una noche en vano. —Ahora, obediente, volvió la red al agua y pescaron “piscium multitudinem copiosam” —una gran cantidad de peces. —Créeme: el milagro se repite cada día» (Camino, n. 629). Cfr. Surco, nn. 207, 945: la fe «revolucionará» el mundo.

(68) «Muchos falsos apóstoles, a pesar de ellos, hacen bien a la masa, al pueblo, por la virtud misma de la doctrina de Jesús que predican, aunque no la practiquen. Pero no se compensa, con este bien, el mal enorme y efectivo que producen matando almas de caudillos, de apóstoles, que se apartan, asqueadas, de quienes no hacen lo que enseñan a los demás. Por eso, si no quieren llevar una vida íntegra, no deben ponerse jamás en primera fila, como jefes de grupo, ni ellos, ni ellas» (Camino, n. 411).

(69) «No os preocupe si por vuestras obras “os conocen”. —Es el buen olor de Cristo. —Además, trabajando siempre exclusivamente por El, alegraos de que se cumplan aquellas palabras de la Escritura: “Que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”» (Camino, n. 842). Cfr. Forja, n. 723: el cristiano debe »hacer tangible» su Fe.

(70) »”Y ¿en un ambientepaganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?”, me preguntas. —Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido» (Camino, n. 380).

(71) «¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil? —Varoniles serán esas devociones, cuando las ejercite un varón… con espíritu de oración y de penitencia» (Camino, n. 574).

(72) Cfr. Conversaciones, n. 123: »sin la fe, falta el fundamento mismo para la santificación de la vida ordinaria».

(73) La llamada de Dios, el carácter bautismal y la gracia, hacen que cada cristiano pueda y deba encarnar plenamente la fe» (Conversaciones, n. 58).

(74) Cfr. Lumen Gentium, n. 41.

(75) Cfr. Apostolicam Actuositatem, n. 4.

(76) Cfr. Dei Verbum, n. 5.

(77) Cfr. Sacrosanctum Concilium, nn. 33 y 59.

(78) Cfr. Dei Verbum, n. 5, y JOSÉ MIGUEL ODERO, La fe y la Pneumatología en «Dei Verbum», Comunicación al VI Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona, 1984).

(79) Cfr. Gaudium et Spes, n. 11.

(80) Cfr. Ibídem, n. 43.

(81) Cfr. Apostolicam Actuositatem, n. 13.

(82) Cfr. Lumen Gentium, n. 35.

(83) Cfr. Apostolicam Actuositatem, nn. 3 y 16.

(84) Cfr. Unitatis Redintegratio, n. 11.

(85) Cfr. Dignitatis Humanae, nn. 4 y 10.

(86) Cfr. Gaudium et Spes, n. 21.

El espíritu teológico de CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

13 Antonio Aranda

«Sal afuera y ponte en el monte ante Yahweh. Y he aquí que va a pasar Yahweh. Y delante de él pasó un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas; pero no estaba Yahweh en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yahweh en el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yahweh en el fuego. Tras el fuego vino un ligero y suave susurro. Cuando lo oyó Elías, se cubrió el rostro con su manto y saliendo se puso en pie a la entrada de la caverna y oyó una voz que le dirigía estas palabras: ¿Qué haces aquí, Elías…» (1 Reg 19, 11-13).

13 Un suave pasar de Dios que percibe el alma. Una imprevista tensión del espíritu que se halla dispuesto a escuchar. Un amoroso hablar de Dios que compromete… El nacimiento de una inquietud que parece brotar desde el interior de la persona, y que trae voces que hablan de Cristo, de la fe, de la Iglesia, de la santidad…(1). ¿Cuántos millones de hombres han experimentado con la lectura de Camino un íntimo sobresalto, como un don de gracia casi intraducible a palabras que les atrajo hacia la realidad del mundo sobrenatural, quizás escondida hasta entonces para ellos?

Un libro digno de su Autor

Hablaba en ocasiones el Siervo de Dios Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer de la influencia espiritual del Opus Dei, por él fundado, en el mundo comparándola a «una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad»(2). Y ésa es, precisamente, la manera más adecuada de expresar el hondo y extenso influjo de su libro, que en estos últimos cincuenta años (a partir de su primera edición bajo el título de Consideraciones Espirituales) ha ido produciendo dentro de la Iglesia —como humilde instrumento de la gracia de Dios— una silenciosa renovación de las conciencias, junto a una masiva apertura de corazones al encuentro con Jesucristo: un fenómeno universal de vida cristiana vivida.

Con ser esto que acabamos de escribir un hecho de gran importancia, no es, sin embargo, sólo en el seno de la Iglesia donde se ha dejado sentir el influjo espiritual de Camino. Es sabido que entre sus lectores se encuentran por miles los no católicos, e incluso los no cristianos. Así pues, al fenómeno universal de vida cristiana vivida que el libro, calladamente, viene promoviendo desde aquella primera edición, se ha unido otro —de menor extensión cuantitativa, pero también de alto valor cualitativo—, que se podría denominar como «fenómeno catalizador de vida religiosa» o, quizás, «de vida humana dignificada por los valores del espíritu». Este segundo fenómeno ha supuesto, además, un movimiento de aproximación al sentido cristiano del hombre y de la vida, y de simpatía hacia el mensaje evangelizador de la Iglesia católica, por parte de personas no relacionadas religiosamente con ella(3).

El simple enunciado de estas realidades, que hemos calificado de fenómenos por su carácter de hechos constatables, pero también por su condición de sucesos de sorprendente extensión, pone de manifiesto la peculiar fuerza espiritual de este libro, e invita a un análisis de sus características internas que permita diferenciar a partir de ellas las razones de su eco universal. Dicho esto, hay que añadir inmediatamente una advertencia acerca de la dificultad de la tarea: para aproximarse a esas razones habría que realizar un análisis multidisciplinar, compuesto de estudios históricos, teológicos, sociológicos, literarios, etc.; es decir, llevar a cabo un empeño intelectual que requeriría un equipo de especialistas y un amplio trabajo de investigación y de síntesis.

A nuestro entender va acercándose el momento de emprender esos estudios, tanto por la importancia objetiva de Camino como por su íntima trabazón con la entera producción bibliográfica de su autor, cuya figura humana y eclesial (de la que forman parte sus renovadoras aportaciones doctrinales) se agiganta de manera sensible.

Escribo estas palabras sobre Mons. Escrivá de Balaguer con íntima certeza…, pero también con los necesarios datos objetivos. Soy consciente de que, para algunos, estas palabras pueden tener un tono de elogio, honesto pero quizás no suficientemente alejado de su persona y de su tarea apostólica. Admito que esa opinión es posible, y ella, junto a otras razones, justifican el deseo de poder saludar la aparición en un plazo prudente de los estudios antes mencionados. No obstante, ya ahora se deben señalar algunos elementos objetivos de nuestra certeza.

Uno de ellos, sumamente significativo, es la rápida incoación de su proceso de canonización —solicitada a la Santa Sede por miles de Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos—, cuyo camino jurídico progresa con la necesaria minuciosidad, pero también con diligencia(4). Otro es la progresiva intensificación por todo el mundo de su devoción privada, que se encuentra arraigada en muchos miles de personas de las que la mayor parte nunca le conocieron en vida, ni mantenían relación con el Opus Dei por él fundado. Van apareciendo, además, biografías suyas en diversas lenguas(5), con notable éxito editorial; el conocimiento de su vida santa y de sus enseñanzas se ha convertido en un poderoso estímulo espiritual, en una llamada atractiva hacia la santidad, entre muchos cuya vida cristiana adolecía quizás de un más alto horizonte.

Al mismo tiempo, son ya numerosas las voces que, de modo público, señalan la importancia de sus aportaciones doctrinales ya sea por su carácter precursor (como se dice con frecuencia en relación a diversos temas conciliares), ya por su perfecta adecuación a los tiempos, ya sobre todo por su fuerza carismática para abrir nuevos caminos en la Espiritualidad y —de manera sucesiva pero inseparable— en la Pastoral, en el Derecho Canónico y en la Teología(6). Estamos, sin embargo, en el comienzo de los estudios sobre dichas aportaciones, contemplándolas sólo aún en su conjunto y en sus efectos —principalmente en la admirable extensión del espíritu y de los apostolados del Opus Dei—, pero todavía no ha habido tiempo de analizar, de individuar los temas, de trabajarlos sistemáticamente, etc. Es una labor que se irá desarrollando en los próximos años, si bien apoyada en lo que ya ha sido realizado(7).

Primero es la vida, luego la teología

Hace casi tres décadas, años antes de conocer personalmente a Mons. Escrivá de Balaguer, tuve ocasión de leer Camino por primera vez. De aquella lectura, primero salteada y curiosa y casi inmediatamente sistemática y detenida, surgió una disposición interior nueva para mí aunque no del todo extraña a mi espíritu, semejante a la que he podido encontrar a lo largo de los años en otros lectores. Una actitud personal comparable a la de quien, de manera imprevista, redescubre con alegría lazos familiares largo tiempo olvidados, ya casi desconocidos y ajenos a la vida de cada día, y se ve a sí mismo asentado en un ámbito de vida, de libertad y de sentido que en la práctica era inexistente.

De aquella lectura de Camino brotaba una seguridad íntima de la cercanía de Dios(8), de la presencia viva de Jesucristo(9); un aparecer sugestivo de lo que, no entonces pero sí ahora, puedo denominar el misterio de la Iglesia(10); en definitiva, una comprensión real, experimentable, de la grandeza de ser cristiano(11): como un cierto pasar de la ficción a la realidad. ¿Cómo expresar aquello que entonces comenzaba a ser poseído sin ser todavía reflexionado? Hoy puedo afirmar que «aquello» era el encuentro con el Evangelio, es decir, con la Vida y la Palabra del Redentor, con el mundo sobrenatural que suavemente, sin estridencias, con impensable naturalidad, se hacía presente en las cosas ordinarias de cada día.

Desde entonces he meditado mucho sobre Camino. Pienso, sinceramente, que lo conozco bien; pero eso no obsta para que siga descubriendo en él nuevos aspectos y líneas de reflexión: luces que, en tantas ocasiones, me continúan sorprendiendo. El contenido de estas páginas, así lo espero, dejará ver algún reflejo de esas luces.

No es Camino un libro escrito de una vez, sino que, por el contrario, ha visto la luz tras un proceso creador de algunos años. La expresión «proceso creador» es en este contexto aceptable siempre que dicho proceso se contemple, primariamente, en la unidad de su origen, y más secundariamente en su realización material. Los puntos de Camino, tan variados en su temática, surgen de manera sucesiva pero a la vez unitaria de una misma matriz y a partir de un mismo impulso vital: del espíritu contemplativo de su Autor, en el que la vida humana personal (la suya, la de los demás) y colectiva es vista en su raíz teologal, y entendida bajo la luz de la fe según la trascendencia de su destino. La vida humana es don y proyecto, gracia y libertad, origen hacia un fin prefijado por el Amor paterno de Dios: la vida es camino, es decir, todo o nada según que alcance o no llegue a la meta a la que fue orientada por el designio creador.

Y, por ello, la vida humana es, en el más profundo sentido de su realidad histórica, un misterio de amor y salvación. Un misterio que, a la luz de la fe, se desvela en Cristo. El es el Camino, Él es propiamente la Vida, Él es el Destino. Mi vida personal es ser Cristo en el sucesivo presente del aquí y del ahora, y en el eterno presente del Amor del Padre.

Desde esta luminosa comprensión de la vida humana en cuanto, originaria y terminativamente, llamada a ser vida real en Dios, y en cuanto, históricamente, realizada ya en Cristo y en el Espíritu Santo, se advierte con claridad el proceso creador de Camino en su unidad y en su organicidad. Sus puntos son chispazos de luz, de una misma luz, que alumbra de manera instantánea un aspecto del vivir de los hombres, es decir, de su corazón, de su carácter, de sus pensamientos e intenciones, de sus obras, de su fe… Una misma luz, que hace ver —o intuir, o atisbar en la oscuridad— la señal divina que puso el Amor creador en el hombre, obra modelada a su imagen y semejanza. Una luz que es, al tiempo, un eco de la llamada hacia el padre, hacia el hogar, en que consiste el discurrir de la vida personal y de la historia. Los puntos de Camino son justamente eso: un chispazo de luz para el camino. Y ese camino y esa luz son Cristo(12).

Se escribieron paso a paso, brotando de la fragua del alma de Mons. Escrivá de Balaguer, al hilo de su vida apostólica y sacerdotal. En él se apoyó Dios para fundar el Opus Dei, que anuncia y ayuda a alcanzar la santidad en la vida ordinaria. Y este espíritu de santificación está siempre presente a lo largo de sus 999 puntos. Late en ellos el encuentro del carisma fundacional con aquellos primeros cientos de almas, que Dios puso cerca del que era instrumento suyo fidelísimo(13).

Aquellos encuentros apostólicos con hombres y mujeres corrientes y, como tales, diferentes, de variada condición intelectual, social, psicológica, profesional, etc., son la ocasión del chispazo de luz, del anuncio de Cristo, de la llamada a la santidad en las circunstancias personales(14). El impacto de aquel espíritu de Vida en la vida de aquellas personas hace brotar la reflexión, la experiencia, el elogio, la advertencia, el fuego de la entrega, la frialdad de la negativa, el compromiso abrazado, el consejo, la alabanza a Dios, la sincera manifestación de incapacidad, de dificultad o de miseria, la petición de ayuda, el ánimo de unas palabras, el impulso a la fidelidad, la apertura de insospechados horizontes… Y siempre como cosas dichas al oído «en confidencia de amigo, de hermano, de padre (…) para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. No te contaré nada nuevo», se puede leer también en el Prólogo del Autor. La novedad, sin embargo, es patente en la fuerza del espíritu con que esas «confidencias» están dichas, en el modo de decirlas, en la nueva espiritualidad —un camino nuevo, vino nuevo de Cristo— que delicadamente anuncian, en el dinamismo teológico que transmiten.

El dinamismo teológico de «Camino»

Resulta obvio señalar que nuestro libro no está concebido como una aportación científica a la Teología. En ninguna de las obras que conocemos de su Autor se pretende teologizar, aunque, sin embargo, es patente que están en ellas los elementos configuradores de la reflexión teológica: la meditación de la Sagrada Escritura, la consonancia con el sentir de la Tradición, una adhesión indiscutida al Magisterio, en una atmósfera esencialmente teologal donde la fuerza de la fe extrae constantemente nuevas consecuencias. Sin estar formuladas como tales, hay en estas obras un caudal de sugerencias de orden teológico que abren vías de desarrollo al anuncio evangelizador cristiano. Si hablamos de dinamismo teológico es, precisamente, para subrayar esta característica(15).

En Camino se hace presente tal dinamismo en planos profundos, en los terrenos donde se afianzan las raíces de la vida cristiana y de la teología que le es propia, es decir, allí donde la fe se hace compromiso vital, allí donde el seguimiento de Cristo se experimenta como un don, allí donde creer y amar se transforman en anuncio de salvación. En dichos terrenos —donde la conciencia cristiana personal o colectiva despierta por la gracia al conocimiento del Padre y descubre la grandeza del Don—, se establece también el fundamento último del pensamiento teológico. Antes de ser formulado por medio de conceptos y, por tanto, antes de responder a tal nombre, rueda ya por la inteligencia creyente y está asentado en la voluntad amante urgidas por la Verdad y el Amor. La Teología brota de la auténtica vida cristiana de manera necesaria y constante; en ella es engendrada.

En este sentido, los textos que dejó escritos Mons. Escrivá de Balaguer, muchos todavía inéditos, otros ya —como Camino universalmente conocidos, están llamados a ser fuente generadora de un nuevo despertar teológico consiguiente al fenómeno de vida comprometida con Cristo que fomentan. Cuando millones de personas son movidas, a través del ejemplo y los escritos del Siervo de Dios, a sentir con Cristo y con la Iglesia, a amar de manera ordenada pero bajo un mismo impulso a Dios y al mundo, a comprenderse como testigos de la fe en la vida cotidiana…, cuando todo eso no es ilusión teórica sino un hecho real en expansión permanente, entonces se está abriendo también paso desde la vida a una dinámica teológica renovadora. Y, lo que es asimismo importante, hermanada con las inquietudes actuales de los hombres, no menos que con las urgencias pastorales de la Iglesia.

El todo en la parte

Aquellos lectores de Camino que hayan experimentado en sus páginas el suave o súbito impulso de su llamada hacia Dios —y pienso que son la mayoría—, convendrán también probablemente en otra experiencia: la que, con el título de este apartado, podemos denominar «el todo en la parte». Es un modo de expresar la orgánica armonía de su unidad, derivada primariamente, como antes se señalaba, del espíritu contemplativo de su Autor que actúa como verdadero principio unificador.

La diversidad literal de sus puntos, alejados por ejemplo en el tema tratado o en el tono de su enunciado, parece estar descansando en un mismo fundamento o nutriéndose de una misma raíz. No nos referimos, como es lógico, a la evidente unidad literaria del libro, tan alabada y tan hermosa. Nuestra apreciación se dirige a señalar aquella esencial unidad de espíritu que muestra en su conjunto, o en cada uno de sus capítulos, o en cada uno de sus puntos separados del resto. Hay un mismo aire, una misma atmósfera en la que se respira el compromiso personal cristiano, una misma finalidad fontal.

Esta experiencia de unidad, o de presencia del todo en la parte, depende de la dinámica teológica interna del libro y, por ello, es también susceptible de ser analizada teológicamente. Una de sus claves es, a nuestro entender, ya lo hemos señalado más arriba, la consideración de la vida humana desde Cristo como un misterio de amor y de salvación, es decir, la concepción del existir humano personal o colectivo como vocación, como llamada hacia el Padre.

Esa savia, si es puesta como alimento y como portadora de sentido en los canales de la existencia, produce una misma cadencia en los diferentes frutos: una armonía de inquietudes, orientaciones y respuestas: la unidad del Amor, que pide ser realizada a través del pensamiento o de la acción, en referencia inmediata a Dios o a los hombres, ante obligaciones profesionales o exigencias de la fe, en la oración o en el trabajo, en la vida matrimonial o en la entrega incompartida a Dios, en la actividad apostólica o en la intimidad del corazón… Pide ser realizada y se oye su clamor en toda situación.

Ése es el clamor que resuena en cada punto de Camino, y que hiere dulcemente la conciencia: el compromiso del Amor. A través de él laten al unísono el corazón de Cristo y el del cristiano; en él se engarza con la Libertad amorosa de Dios la libertad agradecida de la criatura, en cuyo espíritu —habitado por el mismo Espíritu del Padre y del Hijo— actúan los gérmenes de vida humana divinizada que denominamos virtudes teologales. De ellas, «que componen el armazón sobre el que se teje la auténtica existencia del hombre cristiano, de la mujer cristiana»(16), trataremos a continuación.

La estimulante certidumbre de la fe

Uno de los capítulos del libro trata expresamente de la fe(17); muchos otros de sus puntos, ajenos a este capítulo, la tienen también como tema. Pero lo más exacto es decir que, aparezca o no el término fe, su presencia es dominante de principio a fin, absoluta. Todo en Camino es reflexión desde la fe, sobre la fe y en la fe; más aún, al servicio de la fe. He aquí, pues, otra línea teológica característica, no proclamada explícitamente pero configuradora de su esencia y de su contenido.

En una comprensión del hombre desde su vocación originaria, y más todavía desde el don posterior de su vocación en Cristo que reconduce aquélla por la vía verdadera establecida por el Amor divino, el tema de la fe asume un papel protagonista. El sentido vocacional de la existencia, que es una de las fundamentales luces cristianas, trasvasa la trascendencia del fin a cada momento puntual de las etapas de la vida. Ésta en su conjunto y cada una de sus parcelas (hechas de tiempo, de acción, de pensamiento, de lucha, de convivencia, de tropiezo, de oración…) se encuentran inmersas en el don y en la espera de Dios. Él es Quien da y Quien espera; y el hombre, en Cristo, se sabe encaminado hacia el don final todavía alejado pero ya activo y presente en la unidad indivisible de la fe y de la esperanza.

Cada situación personal exige así el aliento vital de la fe que se espera de Dios y que, al tiempo que se pide, se pone en ejercicio como acto propio(18). No es sólo un deseo humano, sino una necesidad exigida por la presencia del fin trascendente. Su presión sobrenatural, que produce un enriquecimiento de la libertad de la persona, se traduce en amor, en acción, en vida: vida de fe.

Visión sobrenatural, presencia de Dios, misión apostólica, cosas pequeñas, lucha ascética, y tantas cosas más, son sinónimos en Camino de esta vida de fe. En ellos, es decir, en los numerosos puntos que los desarrollan, se advierte la fuerza estimulante que la fe engendra: su inaferrable seguridad, su oculta eficacia, su impulso inexpresable.

La realidad de la fe en Jesucristo, en Quien Dios manifiesta plenamente su amor y su designio de salvación, es don divino al mundo y patrimonio cristiano para ser poseído y anunciado. De ella se alimentan la vida y la reflexión cristianas, que son en si mismas, por ella, movimiento, transmisión, acción, sin dejar de ser amorosa aceptación y contemplación. La luz de la fe se refleja en Camino con su tonalidad precisa, aquella que encontramos en el Nuevo Testamento expresada en términos de conversión a Dios y de agradecimiento, de alegre posesión y gustosa obligación de llevarla por el mundo.

Esperar en Dios

«Espéralo todo de Jesús: tú no tienes nada, no vales nada, no puedes nada. —El obrará, si en Él te abandonas» (n. 731). Son palabras de tono autobiográfico, aparecidas en la primera edición de Camino (Consideraciones Espirituales, 1934), que su Autor comentaba así años después: «Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras»(19).

La esperanza del cristiano es lucha, a la par que abandono en Dios; seguridad y certeza del fin, junto con la íntima convicción de que es necesario poner cuantos medios estén a su alcance. Algo vivo, en definitiva, virtud de caminantes que se saben cercanos a la meta aunque aún falten largos tramos por recorrer y muchas batallas por pelear. Una virtud, un motor de actividad sobrenatural, propia de quienes han recibido en Cristo una misión semejante a la suya, para la cual han sido constituidos por la gracia en portadores y testigos de la verdadera Vida. Para que esa Vida fecunde ésta terrena, para que la Redención se realice por medio de la Cruz, ha de plantarse el signo del Redentor «en la cumbre de todas las actividades humanas»(20). Y eso no sucede sin combate,

sin esfuerzo, sin la pelea espiritual de los hijos de Dios. La marca del Bautismo deja grabada en el alma del cristiano la palabra Esperanza, que parece traer los ecos de una voz de Dios: debes esperar alcanzar en Mí cuanto Yo espero que hagas por Mí.

La reflexión teológica sobre la vocación cristiana es así, en cierto modo, una reflexión sobre la esperanza, es decir, sobre la deseada configuración cristiana de los individuos singulares y de la colectividad humana en cada uno de los segmentos de la historia, por medio de la Cruz(21). Esperar en Dios es, por tanto, inseparablemente, amar al mundo, trabajar como el que más con perfección, construir ámbitos de libertad donde no padezca la dignidad del hombre y reluzca su imagen divina, luchar por la paz desde la paz de Cristo que es propia de la conciencia, recomenzar una y otra vez sin desánimos, estar presente… «Este es nuestro destino en la tierra: luchar por Amor hasta el último instante. “Deo gratias!”»(22).

Este es el aroma de la esperanza como virtud sobrenatural que nos introduce, con las otras virtudes, en el campo de actuación de Jesucristo, Dios hecho Hombre, cuya vida humana, cuya misión, se realizó también paso a paso, sin saltarse etapas, con sacrificio, gastándose alegremente. En realidad, la esperanza estriba en la certeza que el Espíritu Santo nos comunica de que es Cristo el que obra con nosotros. «Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria. —Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero…, por tu prestigio social, otro cero…, y otro por tus virtudes, y otro por tu talento… Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo… Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!» (n. 473).

«A la izquierda de esas negaciones», es decir, sin formar parte de ellas pero unido con ellas para constituir una «cifra inconmensurable», una cifra nueva en la que cuenta tanto el primer número como los ceros que le siguen. Es una imagen que expresa, como es evidente, la misteriosa realidad del hombre cristiano en el que por la gracia habita Cristo y opera el Espíritu Santo. Nos encontramos ante una contemplación implícita del fundamento de la concepción antropológica cristiana, desde la cual el misterio del hombre —que se ilumina desde el misterio del Verbo Encarnado(23)— pide un tratamiento teológico bajo la perspectiva de su misteriosa incorporación al Hijo de Dios, que se realiza desde la gracia según un proceso dinámico en el que el propio obrar del hombre es esencial.

Estamos, en otras palabras, ante la doctrina del cristiano como ipse Christus, expresión tradicional que Mons. Escrivá de Balaguer, bajo la luz del carisma fundacional, desarrolla hasta sus últimas consecuencias. Ese «ser Cristo» del cristiano constituye un rasgo primordial de su enseñanza, y lo transmite sin cesar en su intensa actividad pastoral; muchas veces de manera plástica e inolvidable para quienes le oían, como sucede con una de sus frases características: «Veo bullir en vosotros la Sangre de Cristo»(24). Vosotros, cada uno —cabría comentar—, sois quienes sois, pero también sois Cristo que vive y actúa en vosotros, que os da su Espíritu y os conduce al Padre: Cristo que obra con vosotros la Redención.

Recuerdo que, en cierta ocasión, preguntaron a Mons. Escrivá de Balaguer cuál era el rasgo fundamental del espíritu del Opus Dei, lo que era tanto como preguntar por el trazo más determinante de su propia espiritualidad, es decir, por el nervio de su mensaje fundacional. La respuesta fue inmediata: la filiación divina, ser y sabernos hijos de Dios, Cristo en nosotros(25). Del cristiano se puede decir entonces que es «Cristo que pasa entre los hombres», que está entre ellos, que es uno de ellos, para construir a lo divino la ciudad terrena, e iluminar en ella los caminos que conducen a la ciudad celestial.

Esperanza sobrenatural de los hijos de Dios: confianza inquebrantable en Él, alegría en la Cruz, compromiso con el mundo para reconducirlo —alzarlo— hasta Dios, leal servicio a la sociedad, donación a los demás…, y tantas cosas más que brillan en el espejo de Cristo(26).

Amor a Dios, amor a los hombres

Entre los puntos 417 y 439 de Camino nos ofrece su Autor un capítulo titulado Amor de Dios. Uno de los más hermosos. Se abre con una afirmación que es un grito de alegría y de certeza: «¡No hay más amor que el Amor!» (n. 417). Fuego que quema, don experimentado. Habla Camino del Amor con lenguaje de enamorado, con pasión, con poesía, sin disimularlo(27). «Considera lo más hermoso y grande de la tierra…, lo que place al entendimiento y a las otras potencias…, y lo que es recreo de la carne y de los sentidos… Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas…, nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!—, tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa… y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía» (n. 432).

Conforme transcribo estas palabras, vienen a mi memoria otras cuyo contenido puede quizás facilitar el comentario y conducirlo, como en los casos anteriores, hacia una vertiente teológica. En Amigos de Dios se lee lo siguiente: «…he predicado en millares de ocasiones que nosotros no poseemos un corazón para amar a Dios, y otro para querer a las criaturas»(28), texto semejante a este otro de Es Cristo que pasa: «Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón»(29). Se podrían multiplicar las referencias del mismo tenor, bien tomadas de esas obras de Mons. Escrivá de Balaguer, bien de otras.

Una primera lectura de tales palabras abre ya el entendimiento a una sugerente comprensión de la relación del hombre con Dios: la más adecuada, sin duda, conforme a la verdad revelada de un Dios que es Amor, de un Dios que establece en el amor —y manifiesta con lenguaje de enamorado, pues sólo quien ama habla así— el camino real del hombre hacia su destino: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37; cfr. Dt 6, 5). Sólo el Amor puede hacer del amar el principal Mandamiento. Los textos que hemos transcrito se mueven en esta dirección; son casi un comentario del citado pasaje de S. Mateo. Pero tienen también una dimensión teológica.

Se contempla en ellos la unión sin confusión entre lo natural y lo sobrenatural con que la revelación —que sólo llega a ser plena en el Verbo Encarnado, que es también misterioso Modelo—expresa la condición del hombre en quien por la gracia habita Dios. De nuevo nos situamos ante la realidad del ser del cristiano en su dimensión ontológica y existencial, con sus consecuencias teológicas. El amor sobrenatural a Dios, cabría decir, no es heterogéneo con la capacidad de amar del hombre, sino más bien una consecuencia de la elevación y plenificación de dicha capacidad sin desencajarla de su propia realidad, sin destruirla para recrearla después. Amar con amor sobrenatural no exige otra novedad que la de ser un hombre renovado —pero no desarraigado de su condición ontológica— por la gracia. Y el ejercicio de ese amor se realiza bajo las mismas directrices que establece el puro amar humano: con el corazón, como solemos decir, con afecto, hasta con pasión(30).

La vida humana puede llegar a ser, entonces, verdadera vida teologal incluso en sus más menudas manifestaciones(31). Y el Amor se convierte en necesario contenido del vivir «Vive de Amor»(32), del sufrir «Dolor de Amor»(33), del diario quehacer «Hacedlo todo por Amor»(34), del trabajo «Tú no has de trabajar por entusiasmo, sino por Amor»(35), y, en fin, de la perseverancia en el caminar hacia el Padre «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. —Enamórate y no “le” dejarás» (Camino, n. 999).

Consecuencia directa, inmediata del amor sobrenatural a Dios, tan íntima a él que con él, en cierto modo, se identifica, es el amor a todos los hombres. Su esencia es, asimismo, cristológica porque en Cristo —en cuya donación nos muestra Dios su amor ilimitado— somos los hombres hijos de un mismo Padre. La caridad que Dios infunde en el alma para que nuestro amor participe del suyo, y le amemos como El se ama y nos ama, convierte el amor natural a nuestros semejantes en ejercicio de vida sobrenatural. Amor de hijos, amor de hermanos: a Dios «con todo tu corazón», entre vosotros «como Yo os he amado»; es el signo definitorio de la presencia de espíritu cristiano en el mundo, la característica que distinguirá a los seguidores de Cristo(36). «Los hijos de Dios —escribe Mons. Escrivá de Balaguer— nos forjamos en la práctica de ese mandamiento nuevo, aprendemos en la Iglesia a servir y a no ser servidos (cfr. Mt 20, 28), y nos encontramos con fuerzas para amar a la humanidad de un modo nuevo, que todos advertirán como fruto de la gracia de Cristo. Nuestro amor no se confunde con una postura sentimental, tampoco con la simple camaradería, ni con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores. Es convivir con el prójimo, venerar —insisto— la imagen de Dios que hay en cada hombre, procurando que también él la contemple, para que sepa dirigirse a Cristo»(37).

Ese amor a todos por Dios en Cristo incluye lógicamente, de manera necesaria, el deseo de que a todos llegue la buena nueva de la fe cristiana, o de que la redescubran bajo una nueva luz. «Universalidad de la caridad significa universalidad del apostolado»(38), «amar en cristiano significa “querer querer”, decidirse en Cristo a buscar el bien de las almas sin discriminación de ningún género, logrando para ellas, antes que nada, lo mejor: que conozcan a Cristo, que se enamoren de El»(39).

Bajo el signo de la Redención

«Si tú quieres…, llevarás la Palabra de Dios, bendita mil y mil veces, que no puede faltar. Si eres generoso…, si correspondes, con tu santificación personal, obtendrás la de los demás: el reinado de Cristo: que “omnes cum Petro ad Iesum per Mariam”.»

Pertenecen estas palabras al punto 833 de Camino. Las tomamos como ejemplo, entre otras, de esta línea de reflexión que ahora apenas incoaremos, línea que remonta su origen al vivísimo sentido de la Redención que ardía en el corazón de Mons. Escrivá de Balaguer, del que están empapados todos sus escritos.

La noción teológica de Redención sintetiza los rasgos esenciales del cristianismo, entendido éste como realidad de encuentro del misterio de Dios y el misterio del hombre. La encrucijada del Amor paterno de Dios y de la historia humana (urdida originariamente según un plan de salvación que se inicia en el acto creador, y reconducida por la misericordia divina tras el pecado), tiene forma de Cruz, y en la Cruz —plantada sobre el suelo del monte Calvario— se consuma. El Crucificado es el signo y la realidad del destino eterno del hombre, verdadero sacramento primordial del que emana el ser sacramental de la Iglesia y sus medios de gracia y salvación.

Ese signo, puesto por Dios en el vértice de la historia, es la nueva y definitiva imagen del Amor divino; y es también el molde de la novísima imagen y semejanza divinas en el hombre. Es el nuevo molde de los hijos de Dios después del pecado, la señal del Hijo del Hombre que conforma los espíritus para la vida eterna.

En la Cruz de Cristo hemos de gloriamos y a Cristo crucificado hemos de anunciar, según la doctrina paulina. Ésa es la misión cristiana: tarea que no admite nuevos perfiles definitorios, pues en el signo del Crucificado y Resucitado ha sido todo dicho y dado, pero que requiere el esfuerzo permanente e inconcluso de remodelar con ese signo la entera creación. La Redención está hecha y se está haciendo: ambas cosas a la vez sin la menor contradicción, antes bien con profunda implicación.

Está, pues, en trance de hacerse —estamos haciéndolo los hijos de Dios— el reino de Quien ya es Rey. Y menciona Camino ese «reinado de Cristo» como «tu santificación personal» y «la de los demás» (la vida humana recreada con la arcilla de la Cruz bajo el aliento del Amor), en la unidad misteriosa de la Iglesia —«omnes cum Petro»— y siguiendo las huellas de la Primera Redimida y Corredentora —«cum María».

Bajo el signo de la Redención se comprenden con toda su hondura los puntos de Camino que hablan de trabajo, del apostolado y el apóstol, de la audacia, de la Iglesia, del dolor, de la penitencia, de la santidad, de la entrega…, y un extenso elenco de temas que coincide prácticamente con el índice de sus voces. Un reflejo perfecto de esa luz de fondo lo encontramos, por ejemplo, en este texto: «Un secreto. —Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi”— la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301). Cada actividad humana, es decir, todo lo humano en su dimensión activa, en su hacerse, es contemplada bajo la perspectiva del reinado de Cristo como algo que tiene necesidad, para realizarse, del hombre santo, del hombre de Dios. Lo que hayan de aportar esos hombres a cada actividad ni siquiera precisa ser dicho, porque es sencillamente su santidad: lo que antes denominábamos el nuevo molde de los hijos de Dios, la dinámica de la Cruz y el Amor.

Así pues, no se trata de realizar otra actividad, ni de trabajar en la propia de manera distinta a la que su realidad y el hacer de los hombres impone(40). Se trata de laborar en ella, codo con codo junto a los demás, santificándola desde dentro, elevándola con uno mismo al plano de la gracia y de la caridad, convirtiéndola en instrumento de servicio, de unidad y de apostolado. La luz de la Redención permite descubrir en lo más cotidiano —ya lo hemos escrito— la imbricación de naturaleza y gracia, de lo humano y lo sobrenatural. El hacerse del mundo parece recuperar entonces la melodía de la creación, largo tiempo perdida, y todavía desgraciadamente distorsionada por el ruido del pecado. Es una recuperación de la verdad íntima de las cosas, del ser y del sentido: del designio de Dios(41).

«Et renovabis faciem terrae»

Es hora de concluir nuestras reflexiones. Sencillas reflexiones ante un tema importante, ante un filón de buen metal cuya riqueza espiritual y teológica es, desde hace más de medio siglo, fermento eficaz al servicio de la Iglesia.

A Ella, vivificada y regida por el Espíritu Santo, le corresponde como misión permanente la renovación del hombre, de las realidades humanas, por medio de los medios de salvación en Ella depositados.

Los textos del Fundador del Opus Dei —uno de los testimonios de su vida ejemplar de hombre de Dios, hijo fiel de la Iglesia, para la que vivió y por la que ofrendó su vida— son un eco del mensaje salvífico. Son una voz que se escucha en todos los rincones de la vida católica, y en estratos cada vez más extensos de la sociedad. Textos que hablan de un amor incondicionado a Dios y a todos los hombres, de un espíritu universal, católico, que enciende fuegos nuevos al tiempo que reaviva otros ya antiguos. Camino es un ejemplo particular de lo que decimos. Ya desde su primera aparición editorial ha prestado un servicio importante a la Iglesia, como agente dinamizador de aspiraciones e inquietudes cristianas presentes, explícita o implícitamente, en el alma de innumerables personas. Su eficacia debe contemplarse —hacemos ahora abstracción de la difusión alcanzada— en las raíces de su mensaje doctrinal, plenamente imbuido del espíritu del Nuevo Testamento y de la gran Tradición católica. Muestra una visión teológica y antropológica en la que se advierten sin dificultad las bases permanentes del pensamiento católico, igualmente cercana del patrimonio patrístico que de los recientes documentos conciliares.

Trajo consigo, cuando se dio a conocer, un aire renovador que nunca, desde entonces, ha dejado de sentirse. Pero no se entienda dicha renovación en términos anecdóticos, sino en su consonancia con la misión evangelizadora, renovadora, de la Iglesia: el anuncio operativo de la voluntad salvífica de Dios; más aún, la entrega a los hombres de la salvación.

Un último texto de Mons. Escrivá de Balaguer permite poner punto final a estas reflexiones, que permanecen, sin embargo, abiertas a futuros desarrollos. Las palabras que siguen son, en cierto modo, un resumen de cuanto aquí hemos escrito.

«Veo todas las incidencias de la vida —las de cada existencia individual y, de alguna manera, las de las grandes encrucijadas de la historia— como otras tantas llamadas que Dios dirige a los hombres, para que se enfrenten con la verdad; y como ocasiones, que se nos ofrecen a los cristianos, para anunciar con nuestras obras y con nuestras palabras ayudados por la gracia, el Espíritu al que pertenecemos (cfr. Lc 9, 55).

Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo: para eso, necesita comprender y compartir las ansias de los otros hombres, sus iguales, a fin de darles a conocer, con “don de lenguas”, cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo, a la efusión permanente de las riquezas del Corazón divino. A nosotros, los cristianos, nos corresponde anunciar en estos días, a ese mundo del que somos y en el que vivimos, el mensaje antiguo y nuevo del Evangelio. (…)

A todos esos hombres y a todas esas mujeres, estén donde estén, en sus momentos de exaltación o en sus crisis y derrotas, les hemos de hacer llegar el anuncio solemne y tajante de San Pedro, durante los días que siguieron a la Pentecostés: Jesús es la piedra angular, el Redentor, el todo de nuestra vida, porque fuera de El no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual podamos ser salvos (Act 4, 12)»(42).

* Una advertencia preliminar sobre el título y el contenido de estas páginas. No vamos a tratar, propiamente, de lo que podría denominarse «teología de Camino», sino que ofrecemos unas reflexiones personales sobre algunos de los aspectos del libro, considerados desde una perspectiva teológica. Por otra parte, si bien es en esta obra de Mons. Escrivá de Balaguer en la que centramos nuestro interés, utilizamos también diversos pasajes de otras por él escritas, que permiten obtener una visión más global del pensamiento del Autor, o, dicho con mayor propiedad, de su enseñanza doctrinal y espiritual. La mayor parte de los textos citados van incluidos en nota, sin comentario nuestro, para dejar hablar al Autor.

(1) «¿ Te acuerdas? —Hacíamos tú y yo nuestra oración, cuando caía la tarde. Cerca se escuchaba el rumor del agua. —Y, en la quietud de la ciudad castellana, oíamos también voces distintas que hablaban en cien lenguas, gritándonos angustiosamente que aún no conocen a Cristo.

Besaste el Crucifijo, sin recatarte, y le pediste ser apóstol de apóstoles» (Camino, n. 811).

(2)RHF 21500, n. 42.

(3) En este sentido, aunque el tenor de las palabras sobrepasa el marco de Camino, es significativo el siguiente testimonio de su Autor: «(…) una vez comenté al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paterno de su trato: “Padre Santo, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”. El se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos.

Son muchos, efectivamente —y no faltan entre ellos pastores y aun obispos de sus respectivas confesiones—, los hermanos separados que se sienten atraídos por el espíritu del Opus Dei y colaboran en nuestros apostolados. Y son cada vez más frecuentes —a medida que los contactos se intensifican— las manifestaciones de simpatía y de cordial entendimiento (…)». (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 22).

(4) Tomamos del prólogo del libro citado en la nota anterior los siguientes datos: «La fama de santidad de que ya gozó en vida se ha ido luego extendiendo, después de su muerte, por todos los rincones de la tierra, como lo ponen de manifiesto los abundantes testimonios de favores espirituales y materiales, que se atribuyen a la intercesión del Fundador del Opus Dei; entre ellos, algunas curaciones médicamente inexplicables.

Han sido también numerosísimas las cartas provenientes de los cinco continentes, entre las que se cuentan las de 69 Cardenales y cerca de mil trescientos Obispos —más de un tercio del episcopado mundial—, pidiendo al Papa la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización de Mons. Escrivá de Balaguer. La Congregación para las Causas de los Santos concedió el 30 de enero de 1981 el nihil obstat para la apertura de la Causa, Juan Pablo II lo ratificó el día 5 de febrero de 1981; y el acto de apertura del Proceso tuvo lugar en Roma el 12 de mayo de 1981. También en Roma, el Card. Vicario de la Diócesis clausuró el Proceso cognicional sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios, Mons. Escrivá de Balaguer, el 8 de noviembre de 1986.

(5) S. BERNAL, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, o. c. (hay traducciones de esta obra en francés, inglés, italiano, portugués, alemán y holandés); F. GONDRAND, Au pas de Dieu. Josemaría Escrivá de Balaguer, fondateur de l’Opus Dei, France-Empire, París 1982 (existen traducciones en castellano e italiano). P. BERGLAR, Opus Dei. Leben und Werk des Gründers Josemaría Escrivá, Otto Müller, Salzburg 1983 (existen traducciones al italiano y castellano); A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid 1983.

(6) El gran número de trabajos publicados —y que siguen publicándose sin cesar—sobre estas cuestiones hace materialmente imposible su cita literal en esta nota. Sin em- bargo, me atengo a la excelente recopilación de testimonios y datos publicados en la obra colectiva: Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 Aniversario de su Fundación, Eunsa, Pamplona 1985, 2.’ ed.

(7) Cfr. obra citada en la nota anterior, pp. 540-572, en las que L. F. Mateo-Seco ofrece un resumen de importantes trabajos.

(8) «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. —Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando. (…)

Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos» (Camino, n. 267).

(9) «Enciende tu fe. —No es Cristo una figura que pasó. No es un recuerdo que se pierde en la historia.

¡Vive!: «Iesus Christus heri et hodie: ipse et in saecula!» —dice San Pablo— ¡Jesucristo ayer y hoy y siempre!» (Camino, n. 584).

(10) «¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia santa!» (Camino, n. 518). Textos que hablan de este amor a la Iglesia, y que desde él manifiestan una profunda veneración de su misterio, se encuentran constantemente en todas las obras del Fundador del Opus Dei. Un ejemplo son los que se recogen en el libro: Amar a la Iglesia, Palabra, Madrid, 1986.

(11) «Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón» (Camino, n. 1).

(12) «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: “Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo”.

—Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (Camino, n. 382).

«Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. lesus Christus heri, et ipse et in saecula (Hebr 13, 8). ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. (…) ¡Señor, que vea!, que se llene mi inteligencia de luz y penetre la palabra de Cristo en mi mente; que arraigue en mi alma su Vida, para que me transforme cara a la Gloria eterna». (Amigos de Dios, n. 127).

(13) «Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio» (Camino, Prólogo del Autor).

(14) «Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores…

Y, ¡asómbrate!, a Pablo, en su afán de acabar con la semilla de los cristianos». (Camino, n. 799).

(15) Sobre estas mismas ideas ha escrito lo siguiente Mons. Alvaro del Portillo, en la Presentación del libro de homilías Es Cristo que pasa, pp. 12-13: «Las Homilías no constituyen un tratado teológico, en el sentido corriente de la expresión. No han sido concebidas como un estudio o una investigación sobre temas concretos; están pronunciadas a viva voz, ante personas de las más diversas condiciones culturales y sociales, con ese don de lenguas que las hace asequibles a todos. Pero esos pensamientos y consideraciones están tejidos en el conocimiento asiduo, amoroso de la Palabra divina. Nótese, por ejemplo, cómo el Autor comenta el Evangelio. No es nunca un texto para la erudición, ni un lugar común para la cita. Cada versículo ha sido meditado muchas veces y, en esa contemplación, se han descubierto luces nuevas, aspectos que durante siglos habían permanecido velados. (…) No sorprende, por eso, la coincidencia de los comentarios de Mons. Escrivá de Balaguer con esos otros, hechos hace más de quince siglos, por los primeros escritores cristianos. Las citas de los Padres de la Iglesia aparecen entonces engarzadas con naturalidad en el texto de las Homilías, en sintonía de fidelidad a la Tradición de la Iglesia».

(16) Amigos de Dios, n. 205.

(17) Cfr. Camino, nn. 575-588.

(18) «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura.

—”Ecce non est abbreviata manus Domini” brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!» (Camino, n. 586).

(19) Amigos de Dios, n. 205.

(20) «Cristo, Señor Nuestro, fue crucificado y, desde la altura de la Cruz, redimió al mundo, restableciendo la paz entre Dios y los hombres. Jesucristo recuerda a todos: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioh 12, 32), si vosotros me colocáis en la cumbre de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño, omnia traham ad meipsum, todo lo atraeré hacia mí. ¡Mi reino entre vosotros será una realidad!» (Es Cristo que pasa, n. 183).

(21) «Abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus,otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención» (Ibídem).

(22) RHF 20161, pág. 59.

(23) Cfr. Conc. Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 22.

(24) RHF 20166, pág. 122.

(25) Como escribe Mons. A. del Portillo en el texto que hemos citado en la nota 15, refiriéndose a la enseñanza del Fundador del Opus Dei: «El nervio central es el sentido de la filiación divina». Un interesante estudio sobre este tema es el artículo de F. Ocariz, La filiación divina, realidad central en la vida y en la enseñanza de Mons. Escrivá de Balaguer, en «Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei…», o.c. en nota 6, pp. 173-214.

(26) «Esta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; levar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano» (Amigos de Dios, n. 210).

(27) «Es una pena no tener corazón», se lee en Amigos de Dios. «Son unos desdichados los que no han aprendido nunca a amar con ternura. Los cristianos estamos enamorados del Amor: el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte. ¡Nos quiere impregnados de su cariño!» (n. 183).

(28) Amigos de Dios, n. 229.

(29) Es Cristo que pasa, n. 142.

(30) «Me has hecho reír con tu oración… impaciente. —Le decías: “no quiero hacerme viejo, Jesús… ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo, me parece tarde. Ahora, mi unión sería más gallarda, porque te quiero con Amor de doncel”» (Camino, n. 111); «Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer?

—¿No? —Entonces no quieres» (Camino, n. 316).

(31) «… hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey» (Es Cristo que pasa, n. 181).

(32) Camino, n. 433.

(33) Camino, n. 436.

(34) Camino, n. 813.

(35) Camino, n. 994.

(36) «La característica que distinguirá a los apóstoles, a los cristianos auténticos de todos los tiempos, la hemos oído: en esto —precisamente en esto— conocerán todos que sois mis discípulos, en que os tenéis amor unos a otros (Ioh 13, 35). Me parece perfectamente lógico que los hijos de Dios se hayan quedado siempre removidos (…) ante esta insistencia del Maestro» (Amigos de Dios, n. 224).

(37) Amigos de Dios, n. 230.

(38) Ibídem.

(39) Amigos de Dios, n. 231. «¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ¡locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón… y muchas veces lo envilecen…, dejad eso y venid con nosotros tras el Amor?» (Camino, n. 790). «Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas. —Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a otros apóstoles» (Camino, n. 796).

(40) «El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión «bendecir las actividades humanas» se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras» (Es Cristo que pasa, n. 184).

(41) «Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. (…) No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo» (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114).

(42) Es Cristo que pasa, n. 132.

El trabajo en CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

12 Rafael Alvira

He leído Camino desde mi niñez. Fue el primer escrito que conocí del Fundador del Opus Dei, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Luego, he tenido ocasión de leer otros muchos textos suyos, de muy diferentes estilos, y tuve también la oportunidad de escucharle múltiples veces. La doctrina del Siervo de Dios Mons. Escrivá de Balaguer acerca del trabajo, tan profunda y universal, aparece ya —en lo esencial— condensada a lo largo de las páginas de ese libro, hoy ya un clásico.

Si para entender a cualquier autor —y cualquier texto— es preciso vibrar al menos mínimamente con él —la simpatía— y encuadrar cada afirmación en el conjunto de su doctrina —el arte interpretativo—, esto se aplica particularmente con Camino, por ser su forma de dirigirse al lector muy directa y sus desarrollos explicativos breves. La obra pretende suscitar acciones y hábitos que enraícen profundamente, mediante el método de incitar a un inmediato examen de conciencia y a un no menos inmediato encuentro con Dios. Por ello, no despliega sistemáticamente una doctrina, pero la presupone. En concreto, y como ya he apuntado, es de una gran riqueza en lo referente al trabajo, tema al que dedico estas breves consideraciones.

La particular insistencia de Mons. Escrivá de Balaguer en el valor del trabajo tiene una profunda relación con su apasionado amor al mundo y con la consiguiente afirmación de la necesidad de santificarlo.

¿Qué significa amar al mundo? Si es común en los clásicos decir que en el hombre anida un desiderium Dei, un deseo de Dios, ello se debe a que aún no se ha identificado con El. Se desea lo que no se tiene. Desear es señal de distancia. Esa distancia, desde el punto de vista de la acción, significa que ha de realizar un trabajo, una acción prolongada para alcanzar el fin. La acción prolongada hacia algo se mide por un tiempo. Hay una conexión entre el deseo y el tiempo, que se realiza a través del trabajo. Un deseo que no fuese eficaz, que no llevase a cabo acciones, o que las llevase a cabo en forma que no alcanzase el fin, sería en cuanto tal intemporal o, mejor, habría «matado el tiempo».

El deseo quiere la unión. El deseo de Dios, la unión con Él. El deseo del mundo, la unión con el mundo. Así como es característico de los religiosos el fomentar el deseo de Dios, y el negar el deseo del mundo —aunque vivan en él—, es lo característico de la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer el aceptar ambos deseos. Como consecuencia, acepta los trabajos y los tiempos correspondientes. De ahí que cuando se refiera a la santificación del trabajo, añada muchas veces el adjetivo ordinario —trabajo ordinario—, pues se trata del trabajo relativo a las cosas de este mundo. Y de ahí también la importancia —cualitativa y cuantitativa— concedida al tiempo de trabajo ordinario.

Si el mundo es sólo lo que me distrae de Dios, desearlo sería pecado, y Dios lo habría creado sólo para que el hombre se endureciese en la renuncia. Si no es así, si el mundo puede ser deseado, esto se puede interpretar al menos de dos maneras. Una consiste en sostener que lo puedo desear mientras no ofenda a Dios. Desde esta perspectiva se desarrolla una moral del «hasta dónde puedo llegar», moral casuística y probabilística, que con facilidad abre el paso al laxismo o a los escrúpulos. Otra, que es la sostenida por Mons. Escrivá, consiste en afirmar que —puesto que es de Dios y para nuestro bien lo ha creado— el mundo ha de ser plenamente deseado y amado con el amor de Dios. Esto último me parece la clave, pues es la esencia de la santificación (es el amor de Dios lo que santifica) de la vida ordinaria, «leit motiv» de la predicación de Mons. Escrivá.

Como es sabido, lo paradójico del amor está en que para poseer hay que renunciar. Sólo el que no quiere dominar tiene un amigo. El más alto amor —que trae la más alta felicidad y la más alta unión— presupone la más alta renuncia. Es el sentido de la cruz: la renuncia total nos unió con Dios. Pues bien, aplicando esto al mundo, resulta que, si queremos poseer de verdad al mundo, hemos de renunciar no a él, sino a poseerlo. Ése es el sentido característico de la pobreza esencial, otra de las claves de la predicación de Mons. Escrivá de Balaguer (cfr. Camino, nn. 631 y 636). El resultado de esa pobreza —he ahí la paradoja— es la posesión verdadera, el ser —y no sólo el estar— en el mundo, sin ser mundanos (el mundano es el que no renuncia). Al poseer correctamente el mundo, se verifica lo que indica San Pablo: «todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios». El deseo del mundo se perfecciona, pues, en amar al mundo, y ese amar, al ser puro ejercicio de amar, es inmediatamente amor de Dios, es hacer presente a Dios en el deseo del mundo. Hacer presente, hacer aparecer, eso es lo que los clásicos llamaban glorificar. Y a este punto quería llegar.

Si he dicho al principio que hay una conexión básica entre el deseo, el trabajo y el tiempo, ahora se ve bien por qué para Mons. Escrivá de Balaguer el tiempo no es primariamente una duración en la que deseamos a Dios mientras esperamos la unión definitiva, ni tampoco es dinero —«time is money»—, sino que «el tiempo es gloria» (Camino, n. 355). Precisamente por ello, no sólo es impensable perder el tiempo, sino que, además, el tiempo ha de ser «exprimido», «vivido con intensidad», pues es lo propio del amor el intensificar y el intensificar cada instante. Cada instante es para el amor un encuentro. Este punto tiene también una gran importancia. La unión amorosa no es una mera unión, identidad, sino que es más bien un encuentro, un diálogo. Si lo propio de este mundo es el esfuerzo —trabajo— por la unión con lo que deseamos, el trabajo es lo que nos facilita esa unión, ese diálogo: más aún, él mismo es diálogo. Trabajar —actuar con esfuerzo amoroso— continuamente en lo ordinario —en la profesión, en la familia, en la vida social— es, de este modo, dialogar continuamente con Dios («sine intermissione orate») en y a través de esas acciones cotidianas. Por eso, es característico de Mons. Escrivá el afirmar la indistinción entre trabajo y oración (cfr. Camino, nn. 335, 359, etc.). Esto no ha de ser entendido como una invitación a no desarrollar una oración en forma de «rezo», como si, al ser el trabajo ordinario oración, ya no hiciera falta rezar. No. El recto deseo del mundo va unido al deseo de Dios, y eso significa que se busca igualmente un tiempo —con el trabajo esforzado correspondiente— para hablar «inmediatamente» con Dios. No se trata, en resumen, de convertir la oración en trabajo —dejando así de rezar—, sino —justamente al contrario— de convertir el trabajo en oración. Lo primero es materialismo, recubierto con la etiqueta de «progresismo social». Lo segundo es consagración del mundo.

El sentido del mundo tiene una unión muy profunda con el sentido de la humanidad. Porque el mundo no es sólo para el hombre, en general, sino para la humanidad. Mientras dura el mundo, hay un tiempo para que la humanidad crezca, cualitativa y cuantitativamente, y dirija todo lo creado al Creador. Por eso, la parte principal del amar al mundo apasionadamente(1) va dirigida al amor a los hombres. El deseo de unión con ellos, convertido en amor de Dios, se transforma en la anticipación de la comunión de los santos. Si, repito de nuevo, el cumplimiento de todo deseo conlleva un trabajo, «hacer sociedad» es un trabajo. Y efectivamente lo es. Hacer sociedad cuesta un esfuerzo y, primariamente, el de superar el propio egoísmo. Son muchos los textos de Camino en que se ve cómo superar el egoísmo es un paso fundamental (cfr. nn. 31, 32, 784, 788, 789) cuyo resultado es la citada anticipación en este mundo de la comunión de los santos (cfr. n. 545). Si este mundo no es todo lo bello y bueno que debería ser —dado que ha salido de las manos de Dios—, se debe a 9ue no hacemos aparecer en él una verdadera sociedad —comunión de los santos—, que es la manera más propia de hacer presente a Dios —donde están dos o tres reunidos en mi nombre… (Mt 18, 20)—, y precisamente por eso «estas crisis mundiales son crisis de santos» (cfr. n. 301).

Como el amor es, por esencia, inventivo, se deja a la libertad personal de cada uno el desarrollar el trabajo de hacer sociedad de la manera concreta que le parezca mejor. Por eso Camino no es un código particular de doctrina social, ni lo pretende ser. En la aceptación incondicional del magisterio de la Iglesia, más aún, en el amor a ella que Mons. Escrivá pide (cfr. nn. 576, 582, 518, 519, 573) va implícito el cumplimiento de los principios básicos de la doctrina social católica. Pero no se ofrece un modo concreto particular de plantear el orden social porque ello iría contra la citada libertad. Los que identifican el amor al prójimo con un proyecto sociopolítico particular concreto rebajan la doctrina eterna de la Iglesia a ser una doctrina culturalmente útil en un momento y un lugar histórico determinados y, lo que es más grave, la rebajan a ser una opinión (la de los que la sustentan).

Un posible deslizamiento desde considerarse alguien «la voz oficial de la Iglesia» hasta enfrentarse con la jerarquía, para pasar a ser agitador político, es el que se evita en Camino mediante la clara insistencia en la libertad y responsabilidad personales, en el amor y obediencia a la Jerarquía y al Magisterio, y en el amor, en fin, a todos los seres humanos.

Para un cristiano corriente, en la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer, importa, pues, sobre todo, hacer todo aquello a lo que se siente inclinado y llamado, con la más plena vitalidad, pues el amor es vida y se trata siempre de amor de Dios. El amor es vital, pero no ruidoso. El amor es libertad, pero precisamente por ello, oído atento —obediencia— a la persona que me da esa libertad. Por ello, la imagen del cristiano corriente es la de aquel que en todos los sectores de su vida —familia, profesión (cfr. n. 359), relaciones sociales, etc.— trabaja al tiempo con plena vitalidad y con plena sencillez (cfr. n. 379), con alegría (cfr. nn. 657-666) y sin ruido (cfr. n. 835), con libertad y con obediencia. Cada uno procura encontrar sus papeles en la vida, y ve en ellos la voluntad de Dios, que le dio unas inclinaciones y le deparó unas circunstancias.

Aceptar el propio lugar en la vida corriente (cfr. nn. 799, 832) (ser hombre o mujer, casado o soltero, médico o mecanógrafo, etc.) es aceptar la voluntad concreta de Dios, y, por tanto, ha de acogerse humildemente. No trabajar con alegría y con intensidad en el propio papel, supondría un menosprecio a la oferta de Dios.

No sabemos por qué se le hace a cada uno esta o aquella oferta, ni cuál será el premio en la otra vida para cada cual. Sabemos que todas son voluntad infinitamente amable de Dios. Da igual ser futbolista o torero, del Estado Mayor o de la tropa: lo único que importa y que hay que hacer es seguir la propia vocación, la voluntad de Dios.

No entender esta idea tan clara es no entender tampoco que, sin distinción de funciones, el trabajo no podría ser servicio y que una buena sociedad —civil o eclesiástica— es un sistema de servicios mutuos. Tanto sirve el que manda como el que obedece. Esta idea se ha retenido siempre en la Iglesia, contra los igualitarismos utópicos —y antiserviciales— hoy de nuevo en boga. Mons. Escrivá de Balaguer veía muy profundamente en este punto y lo mostraba desde la atalaya de su identificación del trabajo con el sacrificio y el diálogo amoroso. Amar es servir, trabajar es servir. El trabajo hecho por amor de Dios, hecho, pues, amor de Dios, transfunde ese amor en todo aquello y en todos aquellos para los que ese trabajo va dedicado. Cada pieza hecha, cada acción materializada, es una parte de mi espíritu que en ella queda transfundido. Cada acción hecha para otro, entra en ese ser, con tal de que él no se resista a aceptarlo. Pues bien, si ese trabajo está hecho por amor de Dios, es el amor mismo de Dios el que en esa acción se transfunde y a esa persona llega. Por eso también el trabajo ofrecido es sangre arterial que llega a los demás (cfr. nn. 544, 545).

Santa Teresa decía a sus monjas que no tenía que animarlas a quererse, pues esperaba en ellas la virtud, y la virtud es inmediatamente amable. Algo parecido podría decir Mons. Escrivá en lo que se refiere a la buena organización social. Alguien que ha predicado una doctrina del trabajo como la suya espera que las consecuencias sociales —en el modo concreto que la libertad prodiga— sean una auténtica explosión de mejora en todos los niveles y aspectos de la sociedad.

La alegría es lo propio de la fiesta. Para estar alegres es preciso despreocuparse de sí mismo y aceptar la vida como me ha sido dada, ver en cada detalle de ella todo el amor de Dios que oculamente me espera. Sólo en la respuesta eficaz a ese amor aparece la alegría. Si Mons. Escrivá de Balaguer vio el trabajo cotidiano como un amoroso diálogo, supo ver por ello cómo podría convertirse en fiesta cada minuto de una existencia que, desde fuera, un crítico llamaría prosaica.

(1) Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 113.

Raices de la alegría.

Camino  Tagged , , , , , , , , No Comments »

11 Rafael Gómez Pérez

Como el mundo no puede vivir sin cristianismo —tan fuertes son las consecuencias históricas de la realidad del Verbo hecho hombre—, en muchas épocas una parte de ese mundo se ha dedicado a denigrarlo: literalmente, a pintarlo de tintes oscuros, negros. Los hombres de talante dionisíaco, según la terminología de Nietzsche, han acusado al cristianismo de predicar la muerte, la renuncia, la tristeza, el abandono del mundo. Y, al contrario, cuando por cualquier motivo la historia entra en una época de desesperanza, el optimismo resulta molesto: ¿por qué son felices esos cristianos, por qué no dudan siempre, por qué no la angustia perpetua? ¿No será frivolidad, superficialidad ese confiar en un final feliz? Tenemos así que, como casi era de esperar, el cristiano ha sido tachado de triste y de alegre, de sombrío y de descaradamente luminoso, de derrotista y de triunfalista. ¿Que el canto sagrado se hace complejo, polifónico, rico? «Se ha perdido la primitiva austeridad.» ¿Que se vuelve sobrio? «Son cantos de muerte y no de vida.»

Cuando suceden estos ataques simultáneos y contrarios, se puede decir que los que acusan no han entendido el «escándalo» y la «locura» cristianos. Chesterton escribía en Enormes minucias: «El verdadero resultado de toda experiencia y el verdadero fundamento de toda religión es éste: que las cuatro o cinco verdades cuyo conocimiento es más prácticamente esencial para el hombre pertenecen todas ellas a la categoría que la gente denomina paradoja.» También la alegría del cristiano se expresa en paradojas. Paradójico es que Cristo aconseje, cuando se ayune, estar alegre, perfumarse, mostrarse lejos de cualquier tristeza. Naturalmente, un ayunador alegre puede verse expuesto fácilmente a la acusación de hipocresía. Pero es el acusador el que no habrá entendido la paradoja.

Conviene dar siempre una oportunidad al que ataca. Conviene siempre intentar entender el motivo de la acusación. Puede pensarse, por eso, que el hombre inteligente ama la complejidad, porque casi nada está escrito de un solo color o trazado con ausencia de matices. Pregonar con voz estentórea que «todo es sencillo» molesta a los temperamentos que temen que lo diáfano se convierta en velo de la superficialidad. Así, ante la afirmación «el cristiano es alegre», se notarán gestos de insatisfacción: no puede ser tan sencillo.

Y no lo es. El hecho de que el cristianismo haya sido atacado desde flancos diversos y opuestos demuestra, al menos, que la realidad cristiana es difícil de abarcar en una sola mirada. Sencillo no es lo mismo que simple. Dar sencillez no es simplificar: sencillo es lo que no se oculta, pero eso que no se oculta puede ser una realidad compleja. Precisamente eso ocurre en el cristianismo. Y en la alegría del cristiano de forma singular.

La palabra clásica para alegría es gozo, el gaudium de los latinos. Gaudium traduce prácticamente siempre, en la Vulgata, el xáQtg griego, y este término griego sirve también para regalo, premio, limosna y gracia. Gracia es lo que se obtiene sin esfuerzo por parte del que lo recibe; por eso, dar gracias o dar las gracias es reconocer esa gratuidad. El gozo, la alegría, es el resultado de poseer un bien, y precisamente un bien grande, que sólo gratuitamente puede recibirse. Entre todos estos bienes, hay uno de calidad superior, el amor. El arquetipo del bien gratuitamente recibido es el amor. Por eso el enamorado, si ama y es amado, si da y es objeto del don, está alegre, goza, canta. Por eso también en los niños se da la alegría de una manera particular: porque su vida es recibir siempre, ser objeto de amor, singularmente por parte de los padres, pero también de casi todos, que miran con benevolencia (volendo bene, dice aún el italiano) a los niños.

Camino, alimentado en la raíz cristiana, no podría estar lejos de esta trama rica de la alegría. En el punto 268 puede leerse: «Dale gracias por todo, porque todo es bueno.» Éste me parece el texto fundamental sobre la alegría. De este dar gracias por todo se obtiene un gozo grande, como gusta decir el Evangelio: los ángeles anuncian, en el Nacimiento de Cristo, un gozo grande (Lc 2, 10); los discípulos, confortados por la bendición de Cristo, que ha vuelto con el Padre, experimentan un gozo grande (Lc 24, 50-52).

Por todo esto el cristiano tiene que ser definitivamente alegre. El optimismo del cristiano está basado en que se le ha abierto un camino real hacia lo Óptimo, y lo Óptimo es Dios. Por eso no puede ser cristiano un talante desesperado definitivamente. Pensar que todo está tan mal, que el corazón humano está tan corrompido que «ni Dios puede salvarlo» es sólo una forma de la soberbia, es decir, de la mítica adoración al propio yo. Un reflejo de esa soberbia se da también en las relaciones humanas: el triste crónico es alguien que no se deja ayudar, que le parece que su «complejidad» es tal que nadie podrá nunca resolverla. Y, al contrario: nada más placentero que el carácter de la persona que se deja ayudar, no servilmente sino llanamente: «Mira, esto no lo sé, enséñamelo tú.»

Por otro lado, lo que han intuido más o menos oscuramente pensadores como Kierkegaard o Unamuno, y todos aquellos que de una forma o de otra han hablado del «sentimiento trágico de la vida», es que, en esta historia, en este tiempo, la alegría del hombre no puede nunca ser completa. El gozo es consecuencia de la obtención de un bien; de un bien, además, gratuito, dado por pura liberalidad. Pero en la historia no hay, para ser gozado, ningún bien eterno (entre las creaciones de los hombres o los bienes de la naturaleza); y el único bien eterno, Dios, no puede ser «visto» ni, por tanto, gozado completamente en esta vida. Nos estamos acercando a la paradoja, una vez más. Y en este caso la paradoja fue señalada muchas veces por Mons. Escrivá de Balaguer con la frase «la alegría tiene sus raíces en forma de Cruz»(1).

Para llegar a entender mejor esto hay que unir algunas ideas que ya han aparecido. Por ejemplo, la conexión entre alegría e infancia. No tiene nada de extraño, ahora, que en Camino la raíz de la alegría esté en ese saberse hijos de Dios, conectado con los dos capítulos en los que se trata de la «infancia espiritual». Es posible leer el punto 659 a la luz del 860. «La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios.» «Delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. —No lo olvides.»

En Camino, la alegría está conectada con la aceptación de la voluntad de Dios, pero no con una fría pasividad. Esa voluntad es la de un Padre, y ya se sabe hasta qué punto, en cierto modo, en la medida de lo bueno para el hijo, el padre más que a mandar se siente inclinado a complacer. En la medida de lo bueno para el hijo: ésta es la clave. El hombre se siente continuamente inclinado a fabricarse un mundo sólo a su gusto, el ámbito gris del egoísmo. Por eso no consigue darse cuenta del verdadero estatuto de la alegría en esta tierra, ese que en Camino queda reflejado con trazos claros: «La alegría de los pobrecitos hombres, aunque tenga motivo sobrenatural, siempre deja un regusto de amargura. —¿Qué creías? —Aquí abajo, el dolor es la sal de nuestra vida» (n. 203). Y, desde otro punto de vista, la penitencia es «alegría, aunque trabajosa» (n. 548). Por eso hay que recibir la tribulación con entereza: «Si recibes la tribulación con ánimo encogido pierdes la alegría y la paz (…)» (n. 696).

Poco a poco va apareciendo la íntima e inseparable relación entre la alegría y la Cruz, sobre todo teniendo en cuenta que en otras obras de Mons. Escrivá de Balaguer se señala, con profundidad teológica, la conveniencia de dejar el término Cruz para la única Cruz, la de Cristo. Este tema se anuncia en muchos textos de Camino: «Si salen las cosas bien, alegrémonos, bendiciendo a Dios que pone el incremento. —¿Salen mal? —Alegrémonos, bendiciendo a Dios que nos hace participar de su dulce Cruz» (n. 658). Para alcanzar quizá su punto más alto en el capítulo La voluntad de Dios: «La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada» (n. 758). ¿Por qué? Porque el primero que acepta hasta el fondo la Voluntad del Padre es Cristo, y esa aceptación le lleva a la muerte y muerte de Cruz. Él, el Hijo, el Verbo. Por tanto, el cristiano, hijo de Dios en el Hijo de Dios, necesita pasar por la Cruz para darse cuenta de las raíces de la alegría; entonces se advierte que el yugo no es yugo, que la carga no es carga, sin dejar de ser carga y yugo. Y necesariamente hemos de recordar de nuevo la fuerza de la paradoja.

Como no es posible mantener simultáneamente todos los hilos de la visión cristiana de la vida, al referirnos antes a la conexión filiación divina-Cruz no se hacía referencia a otra realidad inseparable: el amor. Sólo el amor hace posible la aceptación de la Cruz. Como escribe Santa Teresa en las Fundaciones: «Esta fuerza tiene el amor, si es perfecto: que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos.» Es la antigua experiencia humana, que no tiene por qué cambiar en el amor divino. Monseñor Escrivá de Balaguer gustaba de aquella canción de Juan del Enzina, que suena: «más vale trocar/ placer por dolores/ que estar sin amores». El amor no está nunca tranquilo, porque el corazón vigila siempre, según se lee en el Cantar de los Cantares, al que Fray Luis de León hacía esta bella glosa: «Es el cuidado de amor tan grande y está tan en vela en lo que desea, que de mil pasos lo siente, entre sueños lo oye y tras los muros lo ve.»

El amor humano es realidad cierta y, a la vez, figura o analogía del amor divino. Quizá para entender la alegría cristiana hay que tener en cuenta la alegría del enamorado, no a pesar de los dolores, sino precisamente en los dolores, en la inquietud, en la continua vigilancia. Se trata, por tanto, de una alegría lejana a la superficialidad, de un contento que nada tiene que ver con la frivolidad; es un gozo sentido, un cuidado en el que se realiza la persona.

Ahora se ve mejor, quizá, por qué una presentación triste del cristianismo es falsear la realidad sobrenatural de la fe. «La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre» (n. 657), es decir, con la alegría que viene de amar, porque sólo es amable el que ama. En otro lugar del libro se habla de los ojos «del mirar amabilísimo» de Cristo. Por eso se entiende lo siguiente: «Caras largas…, modales bruscos…, facha ridícula…, aire antipático: ¿Así esperas animar a los demás a seguir a Cristo?» (n. 661). 0 en otro lugar: «No estés triste. —Ten una visión más… “nuestra” —más cristiana— de las cosas» (n. 664).

Camino, como todos los grandes libros de espiritualidad que han glosado la realidad cristiana, no se deja enmarcar en la fácil dicotomía optimismo-pesimismo, en las simplificaciones del «mejor de los mundos posibles» (Leibniz) o «el peor de los mundos posibles» (Schopenhauer). En este mundo se ha dado y se da, con extraña eficacia, el pecado, la ofensa a Dios que se traduce en una despiadada utilización de las criaturas. Pero el pecado no es lo último, ni lo definitivo. Lo último es por la Cruz, la Resurrección; el supremo dolor redentor que da paso a la alegría, ahora como anuncio, después como perfecta posesión. El trabajo de la Cruz es una victoria, laboriosa victoria que se continúa a lo largo de la historia, en el claroscuro de la libertad humana, que es el mismo claroscuro de la alegría.

(1) Expresión muy corriente en la predicación del Fundador del Opus Dei; puede verse recogida en Es Cristo que pasa, n. 43.

El humanismo cristiano de CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

10 Antonio Millán Puelles

Con la sola excepción de los Evangelios, ha sido Camino el libro que más decisivamente ha influido en mi vida. Tanto antes como después de leerlo por vez primera, he conocido y meditado la enseñanza de otros célebres libros de espiritualidad, auténticas joyas de la literatura ascética y mística. Y, verdaderamente, no sabría yo comparar los singulares méritos de estas obras con las calidades de Camino, si bien es cierto que tampoco alcanzo a ver la utilidad que ello pudiera rendirme. Así pues, al decir —con la única salvedad ya señalada— que ha sido Camino el libro más decisivo en mi vida, no entraba en mis intenciones el formular una valoración, sino que he querido, simplemente, dejar consignado un hecho. Pues bien, la reflexión sobre este hecho me ha llevado, en más de una ocasión, al intento de perfilar y definir los rasgos más peculiares de Camino (al menos, los que mejor me expliquen el impacto que este libro ha hecho en mí). Y a este empeño responden las ideas que aquí voy a exponer y que representan un esbozo de la fisonomía de Camino, tal como ya la veo al cabo de muchos años de insistencia en la meditación de su doctrina.

He de reconocer que fue el estilo literario de Camino, más que el propio tenor de sus consejos y sugerimientos, lo que, al leer por vez primera este libro, cautivó mi atención. Hay, en efecto, en Camino un evidente señorío del lenguaje, que, en mi opinión, se debe al concertado ajuste de dos cosas aparentemente incompatibles: la reciedumbre y la delicadeza; y es muy probable que, sin esta lograda síntesis del vigor y el matiz en la expresión, las ideas de Camino no me hubiesen afectado inicialmente como ya entonces lo hicieron. Y, sin embargo, Camino es —sustancialmente— el pensamiento que en sus páginas aparece como sembrado a voleo. Y este pensamiento, a mi entender, se cifra en un radical humanismo cristiano vitalmente llevado a sus últimas consecuencias. Tal es, en suma, el esquema que unifica y sintetiza mi visión de las enseñanzas de Camino. Pero este esquema, para tener alguna utilidad, requiere ciertas puntualizaciones que, a la vez que lo justifiquen, hagan también patente su concreto sentido y, de este modo, determinen exactamente su alcance.

¿Puede hablarse, lícitamente, de un humanismo cristiano? La respuesta negativa a esta pregunta se ha querido basar en que la afirmación llevaría consigo nada menos que la reducción del Cristianismo a un puro y simple humanismo, o bien una inadmisible sobrevaloración de su aspecto humano y natural, con detrimento de su dimensión sobrenatural y divina. Justamente en virtud de esta última acusación, tenía yo descalificada por completo la idea misma del humanismo cristiano —y no sólo algunas de sus diversas interpretaciones— cuando inicié mi primera lectura de Camino. Pensaba entonces, dicho en pocas palabras, que el Cristianismo es esencialmente un divinismo —tal como lo había calificado, gráficamente sin duda, uno de mis maestros más admirados y queridos—, de donde había que inferir que cualquier insistencia en los aspectos humanos no podrá valer para otra cosa que para empobrecerlo o diluirlo, cuando no para adulterarlo.

Ha sido la lectura de Camino —la reflexión sobre su pensamiento— lo que en definitiva me ha llevado a dejar esta convicción. Hoy pienso que, como en Cristo lo divino no elimina lo humano, ni lo humano menoscaba lo divino, otro tanto es preciso que ocurra en el Cristianismo, por virtud, cabalmente, de su plena fidelidad al Hombre-Dios, en la que estriba su razón de ser. Y así lo he mantenido por escrito: «Lo que es esencialmente el Cristianismo depende de lo que Cristo es esencialmente. En consecuencia, puesto que Cristo es hombre, hay que decir que el Cristianismo es un humanismo. Mas como quiera que Cristo es también Dios, se ha de afirmar, a su vez, que el Cristianismo es también un divinismo» (cfr. mi artículo «El concepto de humanismo», incluido en el volumen titulado II Encuentro Cultural de la Sociedad Española de Médicos Escritores —Murcia, 1982, pp. 21-30).

En las páginas de Camino no hay nada paralelo o similar a este abstracto razonamiento. Evidentemente, no es Camino un tratado de teología, sino un haz de incitaciones y mociones, para «herir» al lector, coloquialmente expresadas en directa actitud confidencial («Son cosas que te digo al oído,/ en confidencia de amigo, de hermano,/ de padre»). Así se explica que en las páginas de este libro el humanismo cristiano esté presente, no como tesis que se demuestra o se analiza en forma conceptual, sino de un modo concreto, con una presencia funcional y dinámica, por la vital conexión de lo divino y lo humano. Ambos aspectos aparecen fundidos —operativamente solidarios— en el conjunto del libro (no, como bien se puede comprender, en todos y cada uno de los puntos). Y este vital ensamblaje permite ver, con máxima claridad, que el divinismo cristiano puede ser vivido —y concebido— como un humanismo auténtico, sin que por ello pierda ni uno sólo de sus quilates.

Leo, por ejemplo, el punto 334: «Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado…, pero no estudias. —No sirves entonces si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros». Aquí está bien patente el humanismo, a través del ejemplo de una virtud humana; pero que no se trata, en forma alguna, de un humanismo inmanente, encerrado en el hombre, es cosa de la que tampoco puede quedar ninguna duda al leer: «Sólo te preocupas de edificar tu cultura. —Y es preciso edificar tu alma. —Así trabajarás como debes, por Cristo: para que Él reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y, desde ellas, ejerciten calladamente —y eficazmente— un apostolado de carácter profesional» (n. 347). Y otro ejemplo, que pudiera servir como un emblema de todos los alegables: «Sed hombres y mujeres del mundo, pero no seáis hombres o mujeres mundanos» (n. 939).

Como aquí no se trata de hacer una antología de los textos confirmativos del humanismo divinista de Camino, pueden bastar los pasajes que acabo de transcribir. Sin embargo, todavía quiero añadir otro, que en mi primera lectura de Camino fue uno de los que más sintomáticos y elocuentes me resultaron. Es el punto 371: «Cuando bullen, “haciendo cabeza” de manifestaciones exteriores de religiosidad, gentes profesionalmente mal conceptuadas, de seguro que sentís ganas de decirles al oído: ¡Por favor, tengan la bondad de ser menos católicos!» La punzante ironía del ruego que pone fin a estas palabras vale más que toda una larga y abstracta peroración sobre la necesidad, para el cristiano, de esforzarse por adquirir y practicar las virtudes humanas.

A la vista de este punto de Camino se me vuelve nítido el sentido del humanismo cristiano: la inequívoca afirmación, en la teoría y en la práctica, de los valores humanos como parte integrante —indisociable, por tanto— del efectivo y verdadero Cristianismo. Cierto que, por sí solos, los valores humanos resultan enteramente insuficientes para un humanismo divinista, pero sin ellos, o únicamente con su remedo y simulacro, ¿cómo podría ser el Cristianismo un verdadero humanismo, bien así como Cristo es un auténtico hombre?

Antes dije que el pensamiento de Camino se cifra en un radical humanismo cristiano vitalmente llevado a sus últimas consecuencias. Ahora es claro y preciso lo que al denominarlo radical quise dar a entender: que la afirmación de los valores humanos está en su propia raíz. Pero esto es verdad en la medida misma en que también lo es que su razón primordial tiene un sentido cristiano y no meramente humano, porque consiste en el amor a Cristo y no en un puro y simple amor al hombre. Así, efectivamente, lo hace ver el esencial sentido sobrenatural que se encuentra en la más honda inspiración de todos los pensamientos de Camino y que de una manera explícita aparece en muy abundantes ocasiones, como, por ejemplo, en ésta (la más significativa para mí): «Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, estériles» (n. 280).

Ello quiere decir que el humanismo cristiano de Camino, sin que le falte nada para ser plenamente humano (pues Cristo es perfectus horno), se quedaría en pura nada si en definitiva su raíz no estuviese en la humanidad —la Santísima Humanidad— del Hombre-Dios. Y esto mide todo el alcance de ese sentido sobrenatural que, por hacer que el hombre participe de la vida divina, es realmente un endiosamiento, como lo llama el autor de Camino, pero un endiosamiento, añade éste, «que, al acercarte a tu Padre, te hará más hermano de tus hermanos los hombres» (n. 283). De nuevo nos volvemos a encontrar con la indisoluble conexión de lo divino y lo humano, la cual es verdaderamente radical por no apoyarse en el hombre, sino en Dios. «Te escribí, y te decía: “me apoyo en ti: ¡tú verás qué hacemos…”.» ¡Qué íbamos a hacer, sino apoyarnos en el Otro!» (n. 314).

¿Cómo podría ser éste el humanismo de quienes en las empresas apostólicas se valieran únicamente —o bien de una manera principal— de recursos humanos? Camino está en las antípodas de semejante humanismo. «Pero… ¿y los medios? —Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio… —¿Acaso te parecen pequeños?» (n. 470). O el punto 471: «En las empresas de apostolado está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2…». En el Autor de Camino el humanismo estriba, por lo que atañe a los medios, no en negar la necesidad, ni tampoco la prioridad, de los recursos sobrenaturales, sino en afirmar que también han de ponerse los humanos, lo cual es tanto como sostener que no vale ninguna excusa por dejar de actuar en calidad de «cómplices de Dios».

Pero hay, además, una segunda razón —tan importante como la primera— por la que en otro aspecto es radical el humanismo cristiano de Camino: la ilimitada universalidad de su mensaje. En principio, éste se dirige a todo hombre, a cualquiera, no tan sólo a unos pocos, más o menos selectos y calificados. De esta suerte, puede decirse que se trata del humanismo para el hombre común, sea cualquiera el lugar donde se encuentre. «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (n. 291). «¡Animo! Tú… puedes. —¿Ves lo que hizo la gracia de Dios con aquel Pedro dormilón, negador y cobarde…, con aquel Pablo perseguidor, odiador y pertinaz?» (n. 483). Y en lógica concordancia con su hallarse, en principio, abierto a todo hombre, Camino considera positiva la falta de «uniformidad» en quienes se comportan como apóstoles. «Te pasmaba que aprobara la falta de “uniformidad” en ese apostolado donde tú trabajas. Y te dije: Unidad y variedad.—Habéis de ser tan varios, como variados son los santos del cielo, que cada uno tiene sus notas personales especialísimas. —Y, también, tan conformes unos con otros como los santos, que no serían santos si cada uno de ellos no se hubiera identificado con Cristo» (n. 947).

La apertura a todos los hombres no se paga en Camino con la exclusión de lo diferencial para limitarse a lo común. Dicho de otra manera: el humanismo de Camino no es abstracto, sino máximamente —radicalmente— concreto. Cabría pensar que esto es simple realismo, ya que en la realidad de los seres humanos se incluye, evidentemente, la diversidad de éstos entre sí. Pero en Camino no se trata sólo de que es menester contar con esta diversidad como con algo ciertamente inevitable; antes por el contrario, de lo que se trata es de «santificarla», y por eso en el punto 947, ya consignado arriba, se hace expresa mención de los santos del cielo como dotados —no como desprovistos— de sus especialísimas notas personales. La santidad estriba en identificarse con Cristo; pero, con la ayuda de Dios, esto, en principio, es posible —así lo afirma Camino— para todos los hombres, no a pesar de sus diferencias, sino precisamente a través de ellas. Y adviértase que las diferencias en cuestión no se limitan a las provenientes de estados o situaciones de carácter extrínseco por su origen o su sentido, sino que son también las determinadas —de una manera explícita acabamos de verlas referidas al caso de los «santos en el cielo»— por «notas personales especialísimas», y lo personal no es lo externo, sino lo íntimo.

El humanismo cristiano llega a su plena radicalidad, sin caer en abstraccionismos, cuando el solo título de hombre es apreciado como suficiente, con la ayuda divina, para entregarse de lleno a la búsqueda de la cristiana perfección. Pero en Camino esto quiere decir también, de una manera muy determinada y precisa, que nadie tiene que «salirse» de nada (se sobreentiende, de nada realmente honesto) para entrar por las vías que conducen a una efectiva santificación. «¡Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! —¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. —Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (n. 832).

Tal vez se piense, por aquello de quien mucho abarca poco aprieta, que Camino ha de exigir poco a los muchos destinatarios a los que, en principio, se halla abierto. La lectura de una cualquiera de sus páginas, entresacada al azar, hace ver exactamente lo contrario. Consideremos solamente dos muestras. «¿Que… ¡no puedes hacer más!? —¿No será que… no puedes hacer menos?» (n. 23). «Me dices que sí, que quieres. —Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? —¿No? —Entonces no quieres» (n. 316). (Permítaseme subrayar, aunque tan sólo sea incidentalmente, que la recia elocuencia de este texto se basa en la fuerza humana de los ejemplos aducidos en él y, de los cuales, todos —menos uno— son ejemplos de vicios. En Camino, incluso la conciencia del poder de los vicios humanos sirve de estímulo para enardecer la voluntad en el amor a Dios y, a la vez, como punto de comparación y referencia para medir el alcance y la intensidad de este amor.)

Por lo que atañe a la guarda del corazón hay en Camino —sobre todo, en lo concerniente a la manera de relacionarse con el prójimo— consideraciones y advertencias que, por lo mucho que exigen, pueden parecernos inhumanas, si las leemos con escaso espíritu cristiano, es decir, con olvido, o con poca memoria, de lo que nos pide el Hombre-Dios. El punto 154 plantea exactamente la cuestión y le da una respuesta en la que lo humano y lo divino aparecen, una vez más, vitalmente enlazados. «Tienes miedo de hacerte, para todos, frío y envarado. ¡Tanto quieres despegarte! —Deja esa preocupación: si eres de Cristo —¡todo de Cristo!—, para todos tendrás —también de Cristo— fuego, luz y calor.»

Vitalmente llevado a sus últimas consecuencias, el humanismo cristiano hace en Camino que el lector quede inmerso en una cálida atmósfera de incitaciones y sugerimientos, a la vez que de entrañable intimidad. Desde el primer contacto con las enseñanzas de este libro adquirimos la convicción de que no se nos va a tratar ni con blandura ni con una lejana e impersonal amabilidad. Leer Camino es sentirse muy hondamente querido y a la vez —y justo por ello— exigentemente requerido a dar de sí lo mejor. Y uno acaba por entender el ennoblecimiento que produce el verse tratado así (con esa fe, con esperanza tan alta y con tan firme y apremiante caridad).

El autor de Camino, que nos quiere magnánimos, busca a fondo nuestra humildad. Y para ello fustiga implacablemente, con despiadada dureza, los vicios de la vanagloria y del orgullo. «No olvides que eres… el depósito de la basura. —Por eso, si acaso el Jardinero divino echa mano de ti, y te friega y te limpia… y te llena de magníficas flores…, ni el aroma ni el color, que embellecen tu fealdad, han de ponerte orgulloso. —Humíllate: ¿no sabes que eres el cacharro de los desperdicios?» (n. 592). «Si te conocieras, te gozarías en el desprecio, y lloraría tu corazón ante la exaltación y la alabanza» (n. 595).

La magnanimidad y la nobleza nunca son megalomanía. De ahí que uno de los modos en que lleva Camino al humanismo cristiano hasta sus últimas consecuencias sea también una forma de humildad: la de hacer, siempre, pocos y muy concretos propósitos. Para no quedarse en una especie de hipertensión afectiva o simple gesticulación sentimental, el entusiasmo tiene el deber de aliarse con el realismo más exigente y riguroso, lo cual implica el ceñirse, en cada una de las ocasiones, a unos pocos y bien perfilados objetivos. «Concreta. —Que no sean tus propósitos luces de bengala que brillan un instante para dejar como realidad amarga un palitroque negro e inútil que se tira con desprecio» (n. 247). «Haz pocos propósitos. —Haz propósitos concretos. —Y cúmplelos con la ayuda de Dios» (n. 249).

En idéntica línea se mueve la esencial importancia que Camino atribuye a las pequeñas cosas de las que habitualmente se compone el más fiel cumplimiento del deber. Conducido a sus últimas o más radicales consecuencias, el humanismo cristiano se nos muestra aquí, otra vez, como realismo y, por ende, como humildad. Nada tiene que ver, por consiguiente, con los escozores e inquietudes engendrados en la conciencia por el morboso aguijón de los escrúpulos. Estos no son realismo ni humildad, sino timidez y encogimiento entreverados de orgullo o nacidos, acaso, de él. «Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. —No es de Dios lo que roba la paz del alma» (n. 258). «No pienses más en tu caída. —Ese pensamiento, además de losa que te cubre y abruma, será fácilmente ocasión de próximas tentaciones. —Cristo te perdonó: olvídate del hombre viejo» (n. 262).

Diametralmente opuesto a los escrúpulos, el sentido del interés y la importancia de las cosas pequeñas es finura de espíritu y delicadeza de amor. Así es como realmente aparece al mirarlo a la luz del humanismo cristiano de Camino, y así es también como no puede verlo el megalómano, que no tiene ojos nada más que para lo aparatoso y ostentoso. «¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? —Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. —Y sacos de cemento, uno a uno. —Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto (…). ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente?… —¡A fuerza de cosas pequeñas!» (n. 823). «Todo aquello en que intervenimos los pobrecitos hombres —hasta la santidad— es un tejido de pequeñas menudencias, que —según la rectitud de intención— pueden formar un tapiz espléndido de heroísmo o de bajeza, de virtudes o de pecados» (n. 826).

La celosa atención a los pequeños deberes de cada momento no tiene la refulgente brillantez de las grandes heroicidades convertidas en espectáculo. Pero es callada magnanimidad. Y, a mi modo de ver, constituye el más claro signo de que la santidad tras la que anda el humanismo cristiano de Camino no es una vocación para situaciones especiales y seres excepcionales, sino para hombres y mujeres que, metidos de lleno en «este mundo», quieren divinizar, con la ayuda de Dios, las pequeñeces humanas de los menesteres cotidianos del vivir ordinario y más común.

El amor a la Iglesia y al Papa en CAMINO.

Camino  Tagged , , , , , , No Comments »

9 Gonzalo Aranda, José R. Villar

«¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la Iglesia Santa!» (Camino, n. 518). «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (Camino, n. 573). En estas dos breves afirmaciones, se nos desvelan aquellos sentimientos de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, todavía sacerdote joven, hacia la Iglesia y el Papa. El transcurso del tiempo, escenario de la fiel correspondencia del Siervo de Dios, no haría sino afirmar, robustecer y comprobar con obras, opere et veritate, esas semillas esparcidas en su alma por el Divino Sembrador(1). Pero ya desde aquellos primeros años de su ministerio sacerdotal, en Camino recoge el profundo amor a la Esposa de Cristo y a su Vicario en la tierra, que se traduce en una sincera y espontánea expansión de alegría y acción de gracias a Dios, manifestando un amor firmemente enraizado en el corazón, que es proclamado con la absoluta seguridad de la fe.

Camino contiene la experiencia pastoral de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer acumulada en sus primeros años de actividad sacerdotal. La naturaleza de la obra nos sugiere la manera adecuada de acceder a su contenido. El autor no pretende una reflexión teológico-dogmática sobre los misterios de nuestra fe, aunque —como es natural— esos presupuestos subyacen en el vivir cristiano que presenta. Volveremos más adelante sobre este punto. En todo caso, su pretensión consiste en suscitar en el lector, ayudado de la gracia divina, deseos de conversión, de amor y de mejora espiritual(2). La formalidad propia de Camino apunta, pues, a la vida cotidiana del cristiano, a la traducción existencial de las exigencias de la fe. Algún lector podría sentirse decepcionado si buscase sólo reflexiones teológicas originales en las que fundamentar, por ejemplo, el inicio de la renovación eclesiológica de nuestro siglo, por citar el ámbito en que estamos situados. Este método conduciría a un error de óptica que invalidase los resultados(3). Con ello no queremos afirmar que Camino carezca de originalidad eclesiológica, sino que su objetivo no es ofrecer una teología producida en la serena quietud del estudio, y que posteriormente incida en la vida cristiana. Más bien —y aquí radica su valor— muestra una vida hecha realidad en el existir concreto del cristiano que obliga a la teología a replantearse algunos presupuestos no siempre completos. En este sentido, Camino es profundamente renovador con la perenne novedad evangélica(4).

El amor a la Iglesia y al Papa aparecen en Camino como una confidencia amistosa, y un testimonio personal de su autor. «Voy a remover en tus recuerdos para que se alce algún pensamiento que te hiera», advierte al lector al comienzo de sus páginas. En efecto, a través de expresiones rápidas, sugerentes, exhortativas y, en todo caso, iluminadoras, Camino incita a su interlocutor a despertar en sí mismo las virtualidades divinas que el Bautismo ha depositado en su ser. Subyace en sus palabras el sentido de que el cristiano ha sido llamado a una salvación personal, ciertamente, pero inserto en la comunidad de la nueva Alianza eterna, fundada en la Sangre redentora del Dios hecho Hombre(5). En Camino, las grandes realidades de nuestra vida en Cristo son trasladadas a cada cristiano en un tono íntimo, personal. El autor desea, de modo expreso, alcanzar con su pluma la vida corriente y ordinaria en que se desenvuelve su quehacer habitual. En este sentido, se entiende que el amor a la Iglesia y al Vicario de Cristo no aparezcan a golpe de argumento teológico, en que la fides quaerens intellectum prive sobre otras consideraciones. Más bien, Camino busca suscitar la fides quae per charitatem operatur (cfr. Gal 5, 6), una fe admitida sin vacilación que lleva, por su propia dinámica, a ser plasmada en una vida plena de caridad, de obras.

El amor a la Iglesia y al Romano Pontífice no son objeto, en consecuencia, de un tratamiento apologético o de un estudio teórico que alimente exclusivamente la inteligencia cristiana. Este proceso lo supone adquirido. Es, en cambio, un compartir con sus hermanos en la fe la alegría de servir a la Iglesia, el gozo en la contemplación del misterio, y hasta un grito de júbilo al saberse insertado de ese modo en Cristo. Claro está, todo ello supone una profunda teología hecha vida, o, si se quiere, una existencia teologal que, sin intentar una inquisición refleja sobre su fe, se expresa en sus manifestaciones más prácticas. En las más sencillas y elementales afirmaciones de Camino se esconde la secular riqueza de la fe de la Iglesia. Por eso, encontraremos en el libro un enlace natural con el patrimonio doctrinal cristiano: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus, según la célebre expresión de S. Vicente de Lerins(6). Y, añadimos, no sólo con lo que siempre se ha creído, sino también con aquello que constantemente los hijos de la Iglesia han convertido en savia vivificadora de su existir cristiano(7).

Enseña San Pablo que Cristo amó a la Iglesia como su esposa entregándose a Sí mismo para santificarla (Eph 5, 25-26). El Apóstol desvela a los primeros cristianos de Efeso el rostro verdadero de la Iglesia: la Esposa santificada por Cristo. Con ello, nos introducimos en la primera muestra de amor de los miembros de la Iglesia. En efecto, la manifestación de amor adecuada de los hijos será reflejar en sus personas el carácter santo de tal Madre que les ha engendrado en Cristo. Esa santidad ontológica de la Iglesia, derramada desde su Cabeza a los miembros, impulsa a los cristianos a manifestar en sus vidas los «frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles»(8). En realidad, podría decirse que todo el contenido de Camino refleja esa dimensión del amor filial para con la Iglesia, ya que no pretende otra cosa que facilitar la santidad personal, muy particularmente de aquellos que constituyen la mayoría de sus miembros, los laicos. A ellos muestra que el mundo, donde se saben inmersos, no es algo circunstancial a lo que deben hacer frente, sino la materia de su santidad y, también, el modo específico de su camino eclesial; de este modo asumen in Christo et in Ecclesia las realidades creadas, forjando la continuidad con el desenlace final de la historia, con el momento en el que Cristo ceda su dominio al Padre y Dios sea todo en todas las cosas (cfr. 1 Cor 15, 28).

Las confidencias personales del autor de Camino tienen, pues, una intencionalidad bien clara, que se percibe a la luz del prólogo mismo: que el lector entre también por caminos de santidad, por las sendas de una vida cristiana conforme a su nuevo nacimiento en Cristo, y obre coherentemente con su nuevo ser, como miembro del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La manifestación del amor por ella será engalanar la Iglesia-Madre con las virtudes de los hijos.

De una manera más inmediata, a lo largo de todo el libro, y particularmente en los puntos 517 a 527 —puestos bajo el título La Iglesia— el autor quiere despertar y consolidar ese amor por la Esposa Inmaculada: de modo paulatino, cobran relieve los fundamentos de ese amor, sus características, sus exigencias y, en fin, sus manifestaciones. Naturalmente, todo ello no aparece de forma sistemática, sino al hilo de los diversos apartados, que conducen al lector a tomar en serio y a responder decididamente a la vocación divina. Incluida en esa vocación, emerge una dimensión intrínseca a la existencia cristiana: no es posible ser plenamente cristiano y católico sin un profundo amor a la Iglesia y al Papa. Toda la conducta cristiana debe dejarse impregnar de un amoroso sentire cum Ecclesia, traducción visible de la unión fecunda del sarmiento con la Vid, Cristo (cfr. Ioh 15, 5)(9). Y, como criterio inmediato de esa vida de comunión, el cristiano mira al Obispo de Roma, principio visible de la unidad de la Iglesia(10).

El fundamento del amor a la Iglesia

El amor a la Iglesia es, en Camino, algo connatural al cristiano. Brota espontáneamente de la meditación sobre la naturaleza de la Iglesia y aparece unido inseparablemente con el amor a Jesucristo, inserto en el proceso de identificación con Él. No se puede separar el Cuerpo de su Cabeza, ni la Esposa del Esposo. La fe en Jesucristo contiene la fe en la Iglesia.

a) La fe en la Iglesia

Gracias al magisterio del Concilio Vaticano II poseemos en nuestros días una guía segura para penetrar, desde la fe, en el «misterio de la Iglesia». En efecto, la Iglesia es una realidad sobrenatural, que entra en el contenido del acto de fe. Como tal la profesamos en el Credo, desde los primeros Símbolos. La Iglesia, vinculada en su origen en el tiempo con la Encarnación del Verbo redentor(11), lleva en su naturaleza, en su origen, en su desarrollo y en su destino final la señal del misterio de Dios Uno y Trino. Esta Iglesia, en la que Cristo se hace presente en el mundo(12), es a la vez palpable y presente en la vida humana, aun siendo trascendente a su visibilidad histórica. Es el reinado de Cristo in mysterio, creciendo hacia la consumación final(13).

Para comprender lo que la Iglesia es hay que contemplarla con la visión elevada por el don de la fe, y así se llega, antes que a una comprensión intelectual —por la que se esfuerzan los teólogos, aun conscientes de que nunca llegarán a agotarla—, a una vivencia interior, una participación connatural en la ciencia divina que produce sabiduría y gozo. Es significativo, a este respecto, encontrar ya en el primer punto de Camino dedicado a la Iglesia una incitación a la meditación del misterio, tomado espontáneamente de las palabras del Credo: «”Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam!…” —Me explico esa pausa tuya, cuando rezas, saboreando: creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica…» (Camino, n. 517). Estas palabras nos sitúan ante el misterio de la Iglesia, que es realidad de gracia invisible e, inseparablemente, una concreta comunidad visible en la tierra. Se trata de la Iglesia de Jesucristo, reconocida en las cuatro notas clásicas, es decir, aquellas propiedades de la naturaleza de la Ecclesia in terris, que la tradición y la teología han explicitado desde el artículo del Símbolo profesado, y que sólo se dan en la Iglesia Católica como realidad histórica visible. El encuentro salvador con Cristo sólo es posible en su comunidad de salvación, en la Iglesia que Cristo quiso(14). No hay vida plenamente cristiana, de Cristo, al margen de su Iglesia. Esta visibilidad institucional no es un puro accidente necesario a nuestra condición humana y, en este sentido, desprovisto de significado salvífico. La fe lleva a aceptar que Cristo ha establecido la dimensión institucional (sacramentos, jerarquía, etc.), como medio de salvación, instrumento de una mediación de gracia: la Iglesia «es en Cristo como un Sacramento, o sea signo e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano»(15). La fe en la Iglesia se reconduce a la fe en Cristo, que la ha dotado de eficacia; la decisión ante la Iglesia comporta una toma de posición frente a Cristo (cfr. Lc 10, 16). Ese gusto espiritual —«saboread», dice el autor(16)— en la unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad, encierra la confesión de fe más nuclear en la continuidad histórica de Cristo en la Iglesia. Cristo, hoy, sigue ofreciendo la salvación a cada hombre, en una comunidad concreta y delimitada.

Pero si la fe es elemento que edifica la vida cristiana in Ecclesia, Camino no olvida que, junto a la fe, están los sacramenta fidei: «¡Qué bondad la de Cristo al dejar a su Iglesia los Sacramentos! —Son remedio para cada necesidad. —Venéralos y queda, al Señor y a su Iglesia, muy agradecido» (n. 521). La Iglesia, dispensadora de los canales de la gracia, hace accesible, hic et nunc, el contacto salvífico con Cristo. Pero es al Señor a quien se dirige, en primer lugar, el agradecimiento, ya que quiso, en su infinita bondad, una nueva economía de gracia por medio de signos eficaces. Cristo mismo sigue actuando por medio del gran sacramento de la Iglesia. Ante la misericordia divina, nos sugiere Camino, sólo cabe amor, veneración, gratitud.

b) El reino de Cristo en la Tierra

La Iglesia es de Jesucristo. Ella es su cuerpo, su Esposa; Él su Cabeza, su Señor. Sólo en su nombre y, aún más, porque Él mismo actúa en Ella, la Iglesia puede ofrecer remedio a las necesidades más profundas del hombre. Pero esto exige dejar paso al dominio de Cristo en los corazones humanos, que les hace verdaderamente libres de las esclavitudes del pecado. He aquí otro motivo de amor a la Iglesia, que no pasa inadvertido a la meditación de Camino.

Ese señorío de Cristo, presente en muchos puntos del libro, lo describe el autor como una realización conjunta del poder de la gracia divina y la libre correspondencia humana. La Iglesia se muestra así como el ámbito del reinado de Cristo que se establece por la Palabra de Dios que, en la Iglesia, suscita la respuesta de fe; y por los sacramentos, que realizan verdaderamente lo anunciado. El cristiano que deja crecer el Reino en su vida, deviene portador del reinado de Cristo, con su vida santa y con su apostolado: «(…) Si eres generoso…, si correspondes, con tu santificación personal, obtendrás la de los demás: el reinado de Cristo (…)» (Camino, n. 833). El cristiano debe identificarse con un deseo apasionado de extender el reino de Cristo —«¡Dios y audacia! —”Regnare Christum volumus!”», escribiría en el punto 11— que lleve a sembrar, en nuestro caminar terreno, un germen verdadero del Reino: «(…) —Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana. —Después… “pax Christi in regno Christi” —la paz de Cristo en el reino de Cristo» (n. 301).

Veinticinco años después de la primera edición de Camino en 1939, el Concilio Vaticano II enseñaría que toda la Iglesia recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de instaurarlo. Ella misma viene a ser, hic in terris, su germen y principio(17). Cada cristiano participa en dicha misión. En Camino subyace esa comprensión de la relación existente entre la Iglesia y el reino de Cristo, y especialmente el papel de cada cristiano en su edificación, expuesto en ese diálogo directo con el lector que caracteriza la obra del Siervo de Dios. A través de la Iglesia, el cristiano construye un Reino —con Cristo—, que, sin duda, se consumará en el tiempo escatológico, pero ya ahora se edifica. Ésta será una de las razones para amar a la Iglesia y entregarse con alegría al apostolado: «”Et regni ejus non erit finas”. —¡Su Reino no tendrá fin! ¿No te da alegría trabajar por un reinado así?» (n. 906).

Porque la Iglesia es ya el reino de Cristo en su inicio, y Él es su fundamento actual y perenne, Camino transmite esa seguridad que confiere la promesa de la indefectibilidad; la Iglesia, que peregrina entre «las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios», como recordaba el Obispo de Hipona, no decaerá. Esa misma convicción de siempre debe sostener la fe del cristiano ante la persecución y la contradicción —«el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo»— que Dios permite, en ocasiones, como purificación(18). En cierto modo, la suerte está decidida de modo definitivo. Pero el poder soberano de Dios pide una condición para desplegarse: «Dios es el de siempre. —Hombres de fe hacen falta: y se renovarán los prodigios que leemos en la Santa Escritura. —”Ecce non est abbreviata manus Domini”. El brazo de Dios, su poder, no se ha empequeñecido!» (n. 586). El autor quiere situarnos en la perspectiva precisa, ante la fácil tentación de una visión meramente humana de la acción de la Iglesia. En efecto, es el Señor quien sigue obrando entre los hombres cuando encuentra fe. Los prodigios, las intervenciones salvadoras de Dios que nos narra la Sagrada Escritura se dan ahora también en su nuevo Pueblo, pero —como tantas veces nos advierten los Evangelios— Cristo exige la fe en Él.

No es Camino un libro que incite a desear los hechos espectaculares en la Iglesia, o a solicitar las intervenciones relampagueantes de la omnipotencia divina. Ciertamente, serán necesarias en ocasiones. Sin embargo, del entero libro se transparenta ese amor por la acción extraordinariamente habitual de Dios en nuestras vidas. Es ilustrativo, a este respecto, todo el capítulo dedicado a Cosas pequeñas. Grave despropósito sería para el cristiano descuidar, tener en poco, los cauces habituales en que el Señor, en la Iglesia, sigue realizando silenciosos prodigios: la vida sacramental, la oración, la formación en la fe, dejarse guiar por la atención pastoral y materna de la Iglesia. El amor y fe en Cristo comportan amor y fe en la Iglesia, donde se incoa el reino, que crece, hoy y ahora, pero in mysterio, es decir, desvelado sólo para una mirada de fe.

c) El cristiano, hijo de la Iglesia: implicado en su misión

El amor a la Iglesia se fundamenta en que es obra de Cristo. Él la fundó, le envía su Espíritu, y sigue presente, operativo y eficaz, en ella y a través de ella. La Iglesia, enviada por Él al mundo universo, recibe la misión de anunciar y realizar la salvación efectuada una sola vez por la Sangre de su Señor. Camino lleva a cada cristiano a sentirse parte implicada en la misión: «”Id, predicad el Evangelio… Yo estaré con vosotros…” —Esto ha dicho Jesús… y te lo ha dicho a ti» (n. 904). Quiere despertar, con estas palabras, esa «memoria» cristiana de la misión, custodiada en la Escritura y Tradición(19).

En efecto, se da una continuidad real entre los discípulos inmediatos de Jesús, los que vinieron a continuación en generaciones sucesivas y los que hoy formamos la Iglesia en el siglo xx. En cierto modo, el autor describe la Iglesia como una gran familia, la «familia de Dios» de que habla el Apóstol (cfr. Eph 2, 19-22; LG, n. 6), en la que existen unas costumbres familiares, una tradición, unos vínculos íntimos sobrenaturales entre sus miembros; y, en fin, un destino común, una misión solidaria, para la que poseemos unos medios: el Crucifijo y el Evangelio(20). A los Apóstoles se les llama en ocasiones «los primeros»(21), indicando de este modo que los demás formamos una cadena que les alcanza en el tiempo, pero, sobre todo, que «los primeros» —los Apóstoles, los discípulos, los que acogieron la Buena Nueva desde Pentecostés— determinan con su vida unas conductas normativas para las generaciones posteriores, un espíritu que se transmite hecho vida. En primer lugar está, naturalmente, el ejemplo del Maestro(22). Después, la conducta apostólica: «Bebe en la fuente clara de los “Hechos de los Apóstoles” (…)» (n. 570); y la de los discípulos: «(…) procura conocer e imitar la vida de los discípulos de Jesús, que trataron a Pedro y a Pablo y a Juan, y casi fueron testigos de la Muerte y Resurrección del Maestro» (n. 925).

Conocer, vivir y amar aquellos primeros pasos de la Iglesia no será tanto un puro conocimiento, algo frío y lejano en el fondo, como tratar de incorporarse plenamente a una comunión de fe, esperanza y amor con los primeros en el tiempo.

La conciencia de participar de una misma fe, sacramentos y de idéntica misión —cumplir «un mandato imperativo de Cristo»(23)—, nos introduce, pues, en una perspectiva solidaria, «familiar» decíamos antes, de la naturaleza de la Iglesia. El cristiano no puede contemplar la Iglesia como algo que le es ajeno, aquello que se observa y juzga exteriormente. Atentaría contra sí mismo; él mismo quedaría incomprensible al margen de su Familia. Ha de sentirse un miembro más, llamado por vocación divina. Camino reafirma esta visión sobre el modo de ser y vivir in Ecclesia, cuando enfoca la relación de cada miembro con la Iglesia como una relación filial, el vínculo amoroso que une a un hijo con su Madre. Basta recordar a S. Cipriano y S. Agustín para comprobar que nos hallamos ante el patrimonio genuino de la Tradición(24). La relación filial con la Iglesia aparece fuertemente personalizada: la Iglesia es «mi Madre»; «yo soy hijo de la Iglesia»(25).

El amor surgirá como la manifestación más natural, apareciendo el rechazo, el desamor, como una aberración. La Iglesia es Madre que engendra hijos a la vida sobrenatural, los alimenta y robustece con los sacramentos —especialmente la Eucaristía—, que les enseña los misterios divinos. Al considerar la Iglesia como Madre, cada cristiano puede hacer suyas aquellas palabras que el Salmista cantaba sobre Jerusalén: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti; si no pongo a Jerusalén en el centro de mi alegría (Ps 137, 6). En efecto, la Iglesia es llamada en la Sagrada Escritura nuestra madre y la Jerusalén celestial. La llama así S. Pablo en Gal 4, 26 estableciendo una contraposición entre la Jerusalén histórica, representada en Agar, la esposa esclava de Abraham, y la Iglesia como pueblo nacido de la nueva Alianza representada en Sara, la esposa libre. La Iglesia es la Jerusalén de arriba, libre; y si a Jerusalén se le dice Madre, porque todos han nacido en ella (Ps 137, 5), cuánto más, esto mismo se dice ahora a la Iglesia, en la que hemos nacido como hijos de Dios.

Algunas características del amor a la Iglesia

El amor a la Iglesia se fundamenta en una profunda visión de fe en su naturaleza: la mediación visible por la que Cristo sigue actuando en la historia; el reinado de Cristo, desarrollándose en el tiempo; la comunión de los discípulos de Jesucristo, desde los Apóstoles a nosotros; nuestra Madre, de la que hemos nacido a la vida de la Gracia. Motivos todos ellos por los que la Iglesia es digna de amor, veneración y fidelidad.

No encontramos en el curso de la lectura de Camino una definición teórica, sistemática y detallada, de lo que es el amor a la Iglesia. En cambio, podemos percibir los sentimientos que acompañan dicho amor, los rasgos característicos que presenta. En este sentido, el autor obra de modo natural: el amor se vive, en primer lugar; posteriormente, se describe, se refleja expresamente, y, con todo, nunca se termina de transmitir por entero hasta que no se experimenta de modo personal. En el fondo, el amor a la Iglesia es un don de Dios. Por eso, Camino no intenta tanto convencer a su lector como acompañarle en un «camino» interior, descubriéndole la belleza de la Iglesia, en espera de que la gracia le remueva e incite a unirse a su admiración.

a) El amor a la Iglesia lleva a captar, en una experiencia habitual y ordinaria, los reflejos de la esencia íntima de la Iglesia: la Comunión de los Santos. «Vivid una particular Comunión de los Santos: y cada uno sentirá, a la hora de la lucha interior, lo mismo que a la hora del trabajo profesional, la alegría y la fuerza de no estar solo» (n. 545). Vivir en la Iglesia es, radicalmente, dejarse inundar por la vida de comunión con Dios y con la humanidad (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 1); con ello, la fraternidad cristiana, lejana de una ilustrada filantropía, resulta una conducta anclada en Cristo: «”Saludad a todos los santos. Todos los santos os saludan. A todos los santos que viven en Éfeso. A todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos”. —¿Verdad que es conmovedor ese apelativo —¡santos!— que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí? —Aprende a tratar a tus hermanos» (Camino, n. 469). De esta convicción de «vivir entre santos», ajena a una concepción paradisíaca que ignorase la caída original(26), surgen las exigencias amables de la fraternidad eclesial: la caridad silenciosa(27), la lealtad incondicional a los hermanos en la fe(28), etc.; en definitiva, la fortaleza que todos los hijos de la misma Madre han de prestarse entre sí(29).

Amar a la Iglesia supone sentir con ella, ser partícipe de sus alegrías y sufrimientos, vivir prácticamente la gozosa realidad de la comunión de los santos, abrazando, más allá de nuestra generación, a todos los que nos han precedido. Unidos en la penitencia(30), de nuestra generación, a todos los que nos han precedido. Unidos en la penitencia(30), contemplando en el cuerpo los sufrimientos de Cristo por su Iglesia (cfr. Col 1, 24); unidos en el afán apostólico, por amor a Jesucristo(31).

b) Otra característica del amor a la Iglesia, fuertemente reflejada en Camino, es la dimensión universal que adquiere ese amor. La Iglesia es «Católica», «universal»; asume todo afán noble, y verdaderamente humano, en Cristo: «¡Católico!: corazón grande, espíritu abierto», exclamará el autor(32). El horizonte del hijo de la Iglesia es el mundo entero, que desborda un espíritu empequeñecido, de cortos vuelos. Amar a la Iglesia supone amar en Cristo y para Cristo todas las realidades humanas salidas del amor creador de Dios.

El amor a la Iglesia impele, a su vez, a reconocer la acción del Espíritu Santo, que actúa donde quiere y como quiere. Supone alegrarse por el trabajo que otros realicen en servicio de la Iglesia: «Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor»(33). Denotaría un falso amor el espíritu exclusivista, que desconfiase por principio o viese con prejuicios cualquier iniciativa o movimiento apostólico que surja en el seno de la Iglesia. En la Iglesia debe haber muchos caminos, nos recuerda en el punto 964: «(…) para que todas las almas puedan encontrar el suyo, en esa variedad admirable (…)». Tal diversidad no atentará a la unidad de la Iglesia, cuando el Espíritu Santo está en su origen, pues el Espíritu la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos, y la embellece con sus frutos (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 4). No cabe sino alegrarse y amar tal variedad: «Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. —Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia (…)» (Camino, n. 965)(34).

Exigencias fundamentales del amor a la Iglesia

El cristiano, si es consciente de su vocación, no puede dejar de sentir en su persona el reflejo de la santidad de la Iglesia; y, juntamente, su participación en la misión a ella confiada. Por el primer título, es impulsado a traslucir en su vida el espíritu de su Madre Santa. El amor a la Iglesia comportará, en segundo lugar, un estímulo constante para cumplir con mayor fidelidad la parte que le corresponde en la misión; y ese mismo amor le llevará a defenderla, a amarla en sus instituciones y a vibrar interiormente con la vida de la Iglesia.

a) Aludimos al comienzo de estas páginas a la santidad de la Iglesia. En efecto, la Iglesia aparece en la historia y en el mundo como el pueblo santificado por la sangre de Jesucristo; gens sancta, pueblo santo, lo llama S. Pedro en su primera epístola (1 Pet 2, 9). La Iglesia es la Esposa del Cordero Inmaculado. Y el Concilio Vaticano II parte, precisamente, de esa santidad de la Iglesia para recordar a los cristianos las exigencias de su vocación bautismal: «por ello, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad» (Const. Dogm. Lumen gentium, n. 39). El Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, durante toda su vida, convirtió en eje de su ministerio sacerdotal, desde los primeros años, remover en los cristianos su conciencia de estar llamados a la santidad. En Camino, la llamada universal a la santidad y al apostolado resuena en todas partes, y va dirigida, particularmente, a los cristianos corrientes: «Tienes obligación de santificarte. —Tú también. —¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: “Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto”» (n. 291)(35).

Porque la Iglesia es Santa, la primera muestra de amor es buscar la santidad personal y la de los demás miembros de la Iglesia. Este es el mejor servicio a la Iglesia y la manera adecuada de pertenecer en plenitud a la Iglesia. Para Camino, pensar en el daño que representa la infidelidad es un fuerte estímulo para la propia responsabilidad: «Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel» (n. 549).

b) La santidad personal comporta de forma ineludible la misión apostólica. Es otra exigencia del amor. Antes considerábamos el personal compromiso apostólico que el autor descubre a cada uno: «”Id, predicad el Evangelio…” (…) te lo ha dicho a ti» (cfr. n. 904). En Camino se anticipan —como es sabido— una serie de características sobre la misión propia de los fieles laicos que posteriormente describirá la Constitución Dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II. Especialmente, cuando el Concilio resalta la vocación de los laicos al apostolado y cuando señala su contribución específica y necesaria en la misión de la Iglesia (cfr., p. ej., Const. Dogm. Lumen gentium, n. 33).

Naturalmente, las afirmaciones de Camino al respecto no aparecen expresadas en un lenguaje académico. Son más bien, como corresponde al género del libro, pautas para un desarrollo concreto. No es momento de detenernos en este tema, abundantemente estudiado, por otra parte. En definitiva, se trata de enfrentar al cristiano con su condición y, por tanto, iluminarle en su actuación en medio de la sociedad, en el lugar en que Dios le encuentra, o mejor, con palabras del Concilio, allí donde le ha llamado: ibi a Deo vocantur (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 31).

El autor, sabedor de que su lector habitual formará parte de la imponente cantidad de miembros del Pueblo de Dios empeñados en los afanes humanos junto con sus hermanos los hombres, es consciente de que su actividad mantendrá una característica secular y, por tanto, respetuosa con el valor propio de las realidades creadas. En esto se manifiesta también el amor a la Iglesia: «Cuando bullen, “haciendo cabeza” de manifestaciones exteriores de religiosidad, gentes profesionalmente mal conceptuadas, de seguro que sentís ganas de decirles al oído: ¡Por favor, tengan la bondad de ser menos católicos!» (n. 371). Formulación paradójica del autor, con la que quiere defender a la Madre de los defectos de sus hijos.

Sin embargo, porque la actividad de la mayoría de los cristianos no responde a un mandato oficial eclesiástico, cabe la tentación errónea de pensar que, en cierto modo, su conducta secular está lejana de su vocación divina o, incluso, que no tienen puntos de contacto. Y, no obstante, sin ser su actuación cotidiana algo eclesiástico, es eclesial: nunca se deja de ser miembro de la Iglesia. Y su amor a la Iglesia se manifestará en la inquietud apostólica («Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las almas (…)» (n. 796); en sentirse implicado, allí donde se desarrolle su actividad, en la misión apostólica de todos: «Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo» (n. 942). Un mandato que impulsa a cumplir su misión en su lugar concreto de trabajo, en la sociedad; sin convertir en eclesiásticos, obviamente, los ambientes en que se desarrolla su quehacer, pero sin olvidar ese sentire cum Ecdesia, es decir, su condición de cristiano y que ahí ha sido llamado por Dios para impregnar esas realidades con el espíritu del Evangelio, para trabajar por el Reino de Cristo(36). Camino nos recuerda lo absurdo que sería una doble vida del cristiano que prescindiese de su condición a la hora de estar presente en la edificación de la sociedad humana. Una actitud así, que redujera la operatividad de la fe al ámbito meramente intraeclesial, desvirtuaría la aportación propia y específica de los laicos(37). Al católico se le pide serlo en todas las circunstancias de la vida. Aún más, debe estar dispuesto a sacrificar todo para servir «(…) aun a costa de la hacienda, de la honra y de la vida, a la Iglesia de Dios» (n. 519); dispuesto a soportar todo propter electos, por la salvación de sus hermanos, como San Pablo(38).

c) El cristiano es miembro de la comunidad humana y también —no puede olvidarlo— de la Iglesia. Su amor por Ella le conducirá, sin esperar otros títulos —¡con el bautismo—, a defender a su Madre como buen hijo. Camino señala la especial responsabilidad que incumbe en este ámbito a aquellos católicos cuyo trabajo —en los medios de comunicación social, o por su cargo en la vida política o por su preparación científica— tienen una actividad de gran influencia social, para que nunca, por sus actuaciones, se pueda perjudicar a la Iglesia: «¡Cuántos crímenes se cometen en nombre de la justicia! —Si tú vendieras armas de fuego y alguien te diera el precio de una de ellas, para matar con esa arma a tu madre, ¿se la venderías?… Pues, ¿acaso no te daba su justo precio?… —Catedrático, periodista, político, hombre de diplomacia: meditad» (n. 400).

Será necesario siempre defender a la Iglesia; no es el discípulo más que el Maestro y, como Él, la Iglesia aparecerá siempre entre los hombres como signo de contradicción. En cierto modo, la fidelidad a Jesús parece llevar ese sello de autenticidad. Y, no obstante, la invitación evangélica a asemejarse a la candidez de la paloma incluye la astucia de la serpiente. Quizá una caricatura de la verdadera humildad —muchas veces originada en el desinterés personal— ha permitido, como testimonia la historia, dejaciones de derechos por parte de los cristianos —en ocasiones impuestas por la violencia, ciertamente— repitiéndose el hecho del Evangelio: brota la cizaña en la Viña del Señor. Inimicus horno hoc fecit (Mt 13, 28). Otras veces, un complejo de inferioridad frente a un mundo avasallador en sus conquistas técnicas y científicas parecía hacer refugiarse a los cristianos en un «fideísmo práctico», la fe de carbonero —profundamente legítima por otra parte, pero, sin duda, peligrosa para nuestros tiempos—, más producida por una retirada del frente de batalla que por otros motivos. Se entiende, pues, que Camino no pacte con ese estado de cosas: «Antes, como los conocimientos humanos —la ciencia— eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe. Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. —Tú… no te puedes desentender de esta obligación» (n. 338). Una manifestación, opere et veritate, de amor a la Iglesia será, entonces, procurar el cultivo de la inteligencia elevada con la luz de la fe, y alimentada con la doctrina de Jesucristo.

Si el amor hace sentir a los hijos cualquier ataque a la Madre como hecho a uno mismo, sería lamentable que, aparcando el sentido común, hubiera cristianos que —por ingenuidad, o por inconfesables intereses egoístas— coreasen a aquellas personas que, de una u otra forma, tratan irrespetuosamente a la Iglesia, su fe o sus instituciones. Refiriéndose a posibles —y reales— ataques a la Iglesia desde el terreno científico, nos aconseja: «Servir de altavoz al enemigo es una idiotez soberana; y, si el enemigo es enemigo de Dios, es un gran pecado. —Por eso, en el terreno profesional, nunca alabaré la ciencia de quien se sirve de ella como cátedra para atacar a la Iglesia» (n. 836). El consejo sigue siendo actual.

d) Las expresiones en que se concreta el amor a la Iglesia en Camino no se reducen a una actitud de defensa frente a las asechanzas externas. Es natural que el amor lleve, de modo primario, al reconocimiento de las magnalia Dei, de la acción de Dios, de la grandeza del obrar divind en su Iglesia.

Camino nos incita, como una exigencia derivada del amor, al aprecio y veneración, por ejemplo, del don del sacerdote ministerial, fundado en esa representación de Cristo que es el sacerdote: «El Sacerdote —quien sea— es siempre otro Cristo» (n. 66); o también al respeto por el carisma religioso, en sus múltiples expresiones queridas por el Espíritu: «Si no tienes veneración suma por el estado sacerdotal y el religioso, no es cierto que ames a la Iglesia de Dios» (n. 526). El motivo de ese amor se reconduce, en consecuencia, a la fe en la presencia de Cristo en sus ministros, en un caso; o al reconocimiento del don de Dios a la Iglesia, en el segundo.

e) En fin, no podía faltar en la obra del Siervo de Dios, en la que vibra por la santidad de la Iglesia, una referencia profunda y radical a la liturgia, a la oración del Cuerpo místico de Cristo, Cabeza y miembros. Constituye, por así decir, la vida interior de la Iglesia que debe nutrir la vida personal del cristiano. De otra parte, un miembro de la Iglesia debe reconocer en la liturgia un motivo más de agradecimiento a Dios, que ha querido esa economía de gracia accesible al hombre, traducida en signos; especialmente agradecido se debe mostrar —lo veíamos antes— con aquellos signos que realizan eficazmente lo significado, los sacramentos (en los que actúa el mismo Cristo: cfr. n. 521). Toda la vida litúrgica, no obstante, hace presente —de diverso modo— el misterio cristiano. Por ello, es digna de veneración y necesaria: «Ten veneración y respeto por la Santa Liturgia de la Iglesia y por sus ceremonias particulares. —Cúmplelas fielmente. —€No ves que los pobrecitos hombres necesitamos que hasta lo más grande y noble entre por los sentidos?» (n. 522). Respeto que Camino extiende al cuidado y esplendor con el que se ha de tratar todo lo relacionado con el culto divino. El amor al Señor, a la Iglesia, a la liturgia, lleva a no escatimar nada ante la magnificencia divina, según muestra la escena evangélica de Mt 26, 6-13, interpretada en Camino, n. 527: «Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. —Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. —Y contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “Opus enim bonum operata est in me” —una buena obra ha hecho conmigo».

Sentire cum Ecclesia, en la vida litúrgica, implica cultivar la vida interior en consonancia con la oración «familiar» de la Iglesia; orar con la liturgia: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o particulares» (n. 86); cantar con la liturgia(39); encontrar en su solemne sobriedad el paso de Dios entre los hombres(40). Hasta en los detalles más pequeños, el autor de Camino descubre la manifestación de una fe viva, la serena presencia de Dios ante la que el hombre reconoce su soberanía, el honor de Dios(41).

Todo lo cual lleva también a apreciar las ricas expresiones de fe que encierran las devociones populares: «¿Quién te ha dicho que hacer novenas no es varonil? —Varoniles serán esas devociones, cuando las ejercite un varón…, con espíritu de oración y de penitencia» (n. 574).

El amor al Papa

Decíamos al comienzo de estas páginas que el amor a la Iglesia constituye uno de los hilos conductores de Camino con los que se va enriqueciendo el tejido sobrenatural de la existencia cristiana, En el contenido de ese amor a la Iglesia no puede faltar el amor al Romano Pontífice. Para el autor de Camino, el Papa es sencillamente —con todo lo que implica— «Pedro», el pescador de Galilea llamado por Cristo a ser roca firme sobre la que se habría de apoyar la fe de sus hermanos, una fe segura porque cuenta con la oración infalible de Cristo (cfr. Lc 22, 32).

El Papa, sea quien sea, es Pedro y, en consecuencia, es el camino seguro para llegar a Cristo: «Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam», nos propone el autor como una orientación para la vida cristiana en el n. 833. El Romano Pontífice es contemplado, pues, en su calidad de Sucesor de Pedro, Cabeza visible de la Iglesia. Ciertamente, el Papa —dirá la teología— no posee todas las prerrogativas que tuvo Pedro, como testigo directo de la vida de Jesús. No se trata en Camino de elaborar una teología del primado, sino de suscitar la fe que reconoce en el Papa la presencia perpetua del ministerio petrino de unidad, de comunión. De igual modo que el Apóstol de las gentes decidió, movido por la fe en el ministerio de Pedro en la Iglesia, ir a Jerusalén tras su conversión «videre Petrum», para «ver a Pedro» (cfr. Gal 1, 18), así en Camino el autor nos invita a afianzar el sentimiento de ser hijo de la Iglesia, el gozo de pertenecer a la Iglesia Católica Romana, por el reconocimiento del Vicario de Cristo en la tierra: «Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que tengas deseos de hacer tu “romería”, “videre Petrum”, para ver a Pedro» (n. 520).

Los deseos de comunión y el ferviente amor al Papa son considerados en Camino como un don de Dios, que hemos de saber agradecer: «Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón» (n. 573). En efecto, aunque el amor al Papa puede ser cultivado y acrecentado en nuestro corazón, no deja de ser, en último término, fruto de la acción del Espíritu Santo que es el alma de la Iglesia y el que pone la semilla de la unidad en el corazón de todos los cristianos.

En conclusión, el amor a la Iglesia y al Papa en Camino no es un sentimiento periférico o accidental, sino que constituye una de las líneas de fuerza más profundas del contenido del libro, junto con la filiación divina y la llamada del cristiano a vivir la santidad en medio del mundo, en el trabajo ordinario. El amor a la Iglesia adquiere una dimensión bien concreta en el amor a las realidades visibles en las que ésta se manifiesta y se despliega en la historia: la liturgia, la doctrina, el Papa, el estado sacerdotal, los hermanos en la fe, y todos los hombres, pues todos están llamados a participar en la salvación que Cristo ofrece mediante la Iglesia. De ahí que el amor a la Iglesia sea una fuerza que estimula al cristiano a la búsqueda de la santidad y al apostolado. Y, precisamente, a la consecución de la santidad en medio de las realidades temporales, pues es ahí donde la Iglesia tiene su punto de inserción en el mundo para santificarlo desde dentro.

Este amor a la Iglesia, concreto y operativo, se percibe en Camino como un don de Dios al hombre, algo que el mismo Señor ha puesto en el corazón del cristiano y, en su caso, del autor del libro. Se entronca así con la virtud teologal de la caridad, ya que el amor del Cristiano a la Iglesia es participación del mismo amor con que la ama Cristo. El cristiano ama entonces a la Iglesia con ese amor de Dios y de Cristo que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5). El cristiano puede contemplar en la Iglesia la bondad y el amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo y nos llega a través de las acciones sacramentales de la Iglesia. Considerando la realidad sobrenatural, y humana al mismo tiempo, de la Iglesia, se comprende la verdad profunda del amor, que consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiación por nuestros pecados (1 Ioh, 4, 10). Así, realmente, el amor a la Iglesia es un don de Dios, pero un don que está orientado a suscitar en el cristiano unos sentimientos de gozo y de fidelidad a la Iglesia que impregnan toda su existencia.

(1) Años más tarde, Mons. Escrivá de Balaguer quiso que junto a unas reliquias de Santa Catalina de Siena figurase esta inscripción: Dilexit opere et veritate Ecclesiam Dei ac Romanum Pontificem, como para resumir, en apretada síntesis, la vida de entrega de la Santa, y su personal admiración por ella.

(2) Quizás es ya hora de precisar la oposición que en ocasiones se establece entre una espiritualidad «individualista» y «eclesial». Toda espiritualidad cristiana correcta es, obviamente, eclesial. Sin embargo, hablar de «individualismo» —ininteligible en la vida cristiana— fácilmente puede identificarse —en un claro equívoco— con el cultivo y desarrollo, conducido por el Espíritu Santo, de la vida cristiana en cada alma. Ciertamente un cristiano no lo es individualmente, pero sí «personalmente», lo cual es a todas luces distinto. La Iglesia forma, con palabras de Santo Tomás, «quasi una mystica persona». Y no obstante —éste es un aspecto del misterio de la Iglesia—, sin enajenar la personalidad propia de cada uno de sus miembros.

(3) Es bien conocida la caracterización de nuestro siglo xx como «el siglo de la Iglesia». Con ello se alude al despertar de la vida cristiana al sentido de Iglesia, saberse parte de un todo al que cada uno se halla incorporado, y que representa una dimensión esencial de la vida de todo cristiano. Entendemos que este valor está presente en Camino, no tanto como afirmación explícita y desarrollada teológicamente, sino más bien como algo admitido, fomentado y subyacente en muchos de los consejos espirituales que ofrece el autor. La naturaleza de Camino, en todo caso, es diferente de las obras, hoy ya clásicas, que a lo largo de los años, de entreguerras y posteriormente, influyeron en la elaboracion de la eclesiología dogmática. Pensemos en un R. Guardini, K. Adam, Domm Vonier, etc., en Alemania, o un H. Clérissac en Francia. No cabe, en este sentido, un paralelismo adecuado entre géneros diferentes. No obstante, ambos tipos de literatura confluyeron, sin duda, en el caudal reunido en el último Concilio.

(4) Carecería de sentido, a nuestro juicio, intentar deducir el pensamiento eclesiológico de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer sólo a partir de Camino. A lo largo de su abundante producción posterior, el autor desarrolló una profunda percepción eclesiológica, cuyo contenido, ciertamente, se halla ya en Camino, pero —no importa repetirlo— bajo el punto de vista de la realidad existencial cristiana. Para hacerse una idea más completa de la personalidad teológica de Mons. Escrivá es imprescindible consultar P. RODRÍGUEZ-P. G. ALVES DE SOUSA-J. M. ZUMAQUERO (dir.), Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei. En el 50 Aniversario de su fundación, ed. EUNSA, Pamplona, 1985; y P. RODRÍGUEZ, Vocación, Trabajo, Contemplación, ed. EUNSA, Pamplona, 1986. Por el género propio de Camino sería inadecuado querer hallar una teorización completa sobre los ministerios, o sobre la teología del laicado, por poner algunos ejemplos. En cambio, sí es legítimo, y necesario, descubrir la profunda renovación que, como fenómeno pastoral, suponen las afirmaciones de Camino sobre las relaciones sacerdocio ministerial y sacerdocio común, y la manera propia del vivir laical cristiano y, en definitiva, sobre la llamada universal a la santidad como despliegue operativo del Bautismo. Es en este sentido, a nuestro juicio, como Juan Pablo II podía decir de Mons. Escrivá «que, desde los comienzos, se ha anticipado a esa teología del laicado, que caracterizó después a la Iglesia del Concilio y del Posconcilio».

(5) «Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 9).

(6) Cfr. Commonitorio, cap. II. No debe sorprender, por tanto, que el autor de Camino refleje en sus textos esas verdades solemnemente expuestas y enseñadas por el magisterio del Concilio Vaticano II. Es el lazo de la tradición genuina que une la fe cristiana a través de los siglos; el Espíritu Santo que, actuando en la Iglesia, impele a sus miembros a vivir la perenne novedad del Evangelio.

(7) A los teólogos les ha llamado la atención repetidamente la ausencia, en los Santos Padres, de un tratado teológico expreso sobre la Iglesia; incluso entre los Escolásticos, comenzando por S. Tomás de Aquino, se descubre este fenómeno. Es que la Iglesia tiene el valor de lo obvio: es algo vivido antes que expresado; realizada en su liturgia, en sus sacramentos, en la vida de comunión. El cristiano vive inmerso en ella.

(8) Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 39.

(9) Especialmente en toda actuación apostólica: «Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. —Es como coser con una aguja sin hilo. ¡Qué pena, si al final hubieras hecho “tu” apostolado y no “su” Apostolado!» (Camino, n. 967).

(10) Es claro —falso amor sería lo contrario— que el amor al Papa incluye el respeto y veneración por sus hermanos en el episcopado. Así lo veía San Gregorio Magno: «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es la solidez de la fuerza de mis hermanos. Entonces se me tributa verdaderamente un honor, cuando no se escatima el honor debido a cada uno en particular» (Epist. ad Eulogium episc. Alexandrinum VIII, 30: ML, 77, n. 933).

(11) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 3.

(12) Mons. Escrivá de Balaguer, con gran fuerza afirmaría años más tarde: «La Iglesia

es eso: Cristo presente entre nosotros, Dios que viene hacia la humanidad para salvarla» (Es Cristo que pasa, n. 131).

(13) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 8: la Iglesia «es el Reino de Cristo presente actualmente en misterio, que por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo» (ibídem, n. 3).

(14) No podemos tratar aquí —no es el lugar— de los elementa seu bona Ecclesiae presentes en las iglesias y comunidades separadas de Roma, y que iure pertinent a la única Iglesia (cfr. Concilio Vaticano II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 3).

(15) Const. Dogm. Lumen gentium, n. 1.

(16) Es significativo que, tiempo después, aplicara el Siervo de Dios ese mismo termino en parecido contexto: «Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terca, como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima» (Hom. Lealtad a la Iglesia, en Amar a la Iglesia, Madrid, 1986, p. 36).

(17) Cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 5.

(18) «El vendaval de la persecución es bueno. —¿Qué se pierde?… No se pierde lo que está perdido. —Cuando no se arranca el árbol de cuajo —y el árbol de la Iglesia no hay viento ni huracán que pueda arrancarlo— solamente se caen las ramas secas… Y ésas, bien caídas están» (Camino, n. 685).

(19) No debe pensarse que ese encargo fuera exclusivo de los Apóstoles y de sus sucesores, el Orden episcopal. La Iglesia entera recibe la misión, el «envío»; por propia naturaleza es «enviada». Ciertamente, cada miembro la realizará según su posición en la Iglesia: suo modo, pro parte sua, según expresiones que utiliza el Concilio Vaticano II al referirse a esa diversidad de las condiciones cristianas, posteriores a su radical igualdad bautismal. El autor de Camino, en este sentido, no duda en referir la misión a cada cristiano.

(20) «Pero… ¿y los medios? —Son los mismos de Pedro y de Pablo, de Domingo y Francisco, de Ignacio y Javier: el Crucifijo y el Evangelio… —¿Acaso te parecen pequeños?» (Camino, n. 470).

(21) Cfr. Camino, n. 779.

(22) «Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo» (Camino, n. 2).

(23) «Ten presente, hijo mío, que no eres solamente un alma que se une a otras almas para hacer una cosa buena. Esto es mucho…, pero es poco. —Eres el Apóstol que cumple un mandato imperativo de Cristo» (Camino, n. 942).

(24) «No puede tener a Dios como Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre», escribía San Cipriano en su Tratado sobre la unidad de la Iglesia Católica, cap. 6. Y de forma parecida San Agustín: «Amemos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia. A Él como a un padre, a ella como a una madre…» (Enarrationes in Psalmos, 88, 2; PL 37, 1140). En una homilía pronunciada en 1972 sobre El fin sobrenatural de la Iglesia, Mons. Escrivá de Balaguer recogería, junto a otras, esas dos citas de los Santos Padres, hablando precisamente del amor filial a la Iglesia. Un ejemplo más de cómo Camino enlaza profundamente con la tradición patrística.

(25) «¡Con qué infame lucidez arguye Satanás contra nuestra Fe Católica! Pero, digámosle siempre, sin entrar en discusiones: yo soy hijo de la Iglesia» (Camino, n. 576).

(26) «Si eres tan miserable, ¿cómo te extraña que los demás tengan miserias?» (Camino, n. 446).

(27) «Cuando hayas terminado tu trabajo, haz el de tu hermano, ayudándole, por Cristo, con tal delicadeza y naturalidad que ni el favorecido se dé cuenta de que estás haciendo más de lo que en justicia debes. -¡Esto sí que es fina virtud de hijo de Dios!» (Camino, n. 440).

(28) «No admitas un mal pensamiento de nadie, aunque las palabras u obras del interesado den pie para juzgar así razonablemente» (Camino, n. 442). «La murmuración es roña que ensucia y entorpece el apostolado. —Va contra la caridad, resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la unión con Dios» (Camino, n. 445).

(29) «”Frater qui adjuvatur a fratre quasi civitas firma”. —El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada. —Piensa un rato y decídete a vivir la fraternidad que siempre te recomiendo» (Camino, n. 460).

(30) «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives—, serás gustosamente hombre penitente. —Y entenderás que la penitencia es “gaudium, etsi laboriosum” —alegría, aunque trabajosa: y te sentirás “aliado” de todas las almas penitentes que han sido, son y serán» (Camino, n. 548).

(31) «El esfuerzo de cada uno de vosotros, aislado, resulta ineficaz. —Si os une la caridad de Cristo, os maravillará la eficacia» (Camino, n. 847).

(32) «Ser “católico” es amar a la Patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y, a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías! Y, lo mismo, muchos motivos de orgullo de alemanes, de italianos, de ingleses…, de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. Católico!: corazón grande, espíritu abierto» (Camino, n. 525).

(33) «Es mal espíritu el tuyo si te duele que otros trabajen por Cristo sin contar con tu labor. —Acuérdate de este pasaje de San Marcos: “Maestro: hemos visto a uno que andaba lanzando demonios en tu nombre, que no es de nuestra compañía, y se lo prohibimos. No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús, puesto que ninguno que haga milagros en mi nombre, podrá luego hablar mal de mí. Que quien no es contrario vuestro, de vuestro partido es”» (Camino, n. 966).

(34) Es admirable la grandeza de corazón que Dios concedió a su Siervo, en un ámbito —la acción apostólica— en que tan sutilmente reaparecen en la Iglesia las celotipias que denunciaba ya el Apóstol: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. ¿Està dividido Cristo? ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros o habéis sido bautizados en su nombre? (1 Cor, 1, 12-13).

(35) Considerando las cosas desde nuestra perspectiva actual y, sobre todo, a partir de la recepción solemne de esta doctrina en el Concilio Vaticano II (cfr. Const. Dogm. Lumen gentium, n. 40, & 2), puede llamar la atención que esta afirmación supusiera una novedad en los años en que aparece Camino. Como principio, ciertamente, nadie negaría la afirmación evangélica. No obstante, las implicaciones que desarrolla en Camino Mons. Escrivá de Balaguer, sobre lo que supone una espiritualidad para el cristiano corriente —el laico— propia y adecuada a su posición en la Iglesia y en el mundo, sí representaban una novedad en el ambiente de la época en que el modelo de perfección religiosa, con la profesión de los consejos evangélicos coram Ecclesiam, se presentaba como el analogado principal de toda espiritualidad tanto para los seglares como para los clérigos.

(36) «¡Qué afán hay en el mundo por salirse de su sitio! —¿Qué pasaría si cada hueso, cada músculo del cuerpo humano quisiera ocupar puesto distinto del que le pertenece? No es otra la razón del malestar del mundo. —Persevera en tu lugar, hijo mío: desde ahí ¡cuánto podrás trabajar por el reinado efectivo de Nuestro Señor!» (Camino, n. 832).

(37) «Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse. ¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta?» (Camino, n. 353).

(38) «”Ideo omnia sustineo propter electos” —todo lo sufro, por los escogidos, “ut et ipsi salutem consequantur” —para que ellos obtengan la salvación, “quae est in Christo Jesu” —que está en Cristo Jesús. —¡Buen modo de vivir la Comunión de los Santos! —Pide al Señor que te dé ese espíritu de San Pablo» (Camino, n. 550).

(39) «Canta la Iglesia —se ha dicho— porque hablar no sería bastante para su plegaria. —Tú, cristiano —y cristiano escogido—, debes aprender a cantar litúrgicamente» (Camino, n. 523).

(40) «Me viste celebrar la Santa Misa sobre un altar desnudo —mesa y ara—, sin retablo. El Crucifijo, grande. Los candeleros recios, con hachones de cera, que se escalonan: más altos, junto a la Cruz. Frontal del color del día. Casulla amplia. Severo de líneas, ancha la copa y recio el cáliz. Ausente la luz eléctrica, que no echamos en falta. —Y te costó trabajo salir del oratorio: se estaba bien allí. ¿Ves cómo lleva a Dios, cómo acerca a Dios el rigor de la liturgia?» (Camino, n. 543).

(41) «Hay una urbanidad de la piedad. —Apréndela. —Dan pena esos hombres “piadosos” que no saben asistir a Misa —aunque la oigan a diario—, ni santiguarse —hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación—, ni hincar la rodilla ante el Sagrario —sus genuflexiones ridículas parecen una burla—, ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora» (Camino, n. 541).


WordPress Theme & Icons by N.Design Studio. WPMU Theme pack by WPMU-DEV.
Entries RSS Comments RSS Acceder