Mirar a África

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Expertos internacionales han debatido en la Universidad de Navarra sobre las claves para el desarrollo social y económico del ‘continente olvidado’

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Un nivel bajo de la educación, un sistema financiero superficial y unas administraciones débiles son los principales frenos para el progreso de los países africanos, según han coincidido en señalar los expertos reunidos en la Universidad de Navarra en el seminario sobre el desarrollo social y económico de África.

El encuentro, organizado por la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra, reúne a diferentes expertos de universidades europeas y a representantes de instituciones como el Fondo Monetario Internacional y la ONU. De esta entidad, procede Samuel Gayi, oficial de Asuntos Económicos en la División para África de la UNCTAD, quien señaló la debilidad de las administraciones africanas y sus sistemas financieros como los principales obstáculos para el desarrollo económico del continente.

En esta misma línea, Sandrine Mesplé-Somps, del Instituto de Investigación para el Desarrollo (París), ha lamentado las deficiencias del sistema educativo en gran parte del continente africano. A su juicio, los políticos no tienen oposición en esa población analfabeta. “La desigualdad en la educación significa desigualdad en el nivel del poder”, aseguró.

Opus Dei - Samuel  Gayi

Samuel Gayi

Para esta especialista, las ayudas económicas internacionales sólo son eficaces si recaen sobre países con un “sistema democrático consolidado”. “Si la estructura institucional no es buena, las ayudas internacionales no pueden impactar en la sociedad”, apuntó.

Fortalecer los sistemas financieros locales

Por su parte, el representante de la ONU lamentó la falta de independencia financiera de los países de continente africano y el problema de los altos costes de transporte de las mercancías de sus productos, que reducen la competitividad de sus exportaciones. En este punto, recordó que estos costes son un 5% más elevados en África Subsahariana respecto a la media de desarrollo por país, y más de un 10% en los países sin salida al mar.

Opus Dei - Sandrine  Mesplé-Somps

Sandrine Mesplé-Somps

Por este motivo, animó a los países africanos a fortalecer sus sistemas financieros locales frente a las inversiones extranjeras, para evitar condicionamientos y tener más libertad de acción para diseñar las políticas de desarrollo que estimen más urgentes.

Samuel Gayi afirmó también que los países desarrollados, además de ser flexibles con los más pobres, pueden ayudar “especialmente en el área de la asistencia técnica”, para que puedan mejorar sus infraestructuras comerciales y así posibilitar que aumenten sus beneficios.

Una historia de “negocios”

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Un joven empresario catalán, Martín Frígola, afincado desde hace veinte años en Costa de Marfil, habla de los diversos negocios que ha emprendido en su vida

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Palau-sator, Gerona, años setenta

Soy de Palau-Sator, un pueblo de Girona que data de la época romana. Si uno busca en Google cuántos habitantes tiene el municipio, se encuentra con pocas variaciones: según una web, 283; y según otra, 284. El pueblo –que no llegará a los doscientos habitantes- conserva su aspecto feudal, con su recinto amurallado y la torre del antiguo castillo medieval que sobresale, imponente, sobre los tejados.

Allí pasé mi infancia, ayudando a mis padres –y pasándomelo en grande, todo hay que decirlo- en el negocio familiar: en aquel tiempo tenían diversos cultivos de cereales, hortalizas y frutales, junto con una granja de cerdos.

Doy gracias a Dios por aquella infancia rural en los años setenta, cuando tantos niños europeos sólo conocían las cabras gracias a la televisión. Yo pasé muchas horas de mi infancia y de mi adolescencia rodeado de animales y regando melocotoneros. Realicé mis primeras experiencias comerciales en el mercado de Palafrugell, donde vendía frutas y tomates, y disfrutaba de lo lindo.

Pero sobre todo le agradezco a Dios haber nacido en una familia cristiana –mi padre es supernumerario del Opus Dei- y haber conocido la Obra en Bell-lloc del Pla, un colegio de Girona donde estudié el Bachillerato a partir de los doce años. En Girona descubrí mi vocación y pedí la admisión en el Opus Dei como numerario. Poco después me fui a Valencia, donde estudié algo previsible por mis antecedentes familiares: soy ingeniero agrónomo.

Un cambio inesperado

Opus Dei - Palau-Sator

Palau-Sator

En 1987, al acabar la carrera, empecé a trabajar en una empresa de proyectos agrícolas. Hasta aquí, nada de singular. Es el currículum habitual de tantas personas de mi generación. Lo novedoso fue cuando los directores del Opus Dei me preguntaron si estaría dispuesto a ejercer mi profesión y ayudar en la labor apostólica en Costa de Marfil, que estaba en sus comienzos.

¡Costa de Marfil! No tenía la menor idea de dónde se encontraba. Lo localicé en el mapa y acepté la propuesta sin dudar, aunque el contacto más cercano que había tenido con el trópico habían sido las palmeras tinerfeñas de mi servicio militar…

Empecé a buscar medios para ganarme la vida en el que iba a ser, dentro de muy poco, mi nuevo país. Pedí información en la Cámara de Comercio de Valencia sobre las empresas que mantenían relaciones comerciales con Costa de Marfil, y comencé a hacer entrevistas. Hice un curso de francés de pocas semanas en París. porque dudaba que con mi nivel de Octavo de Básica pudiera mantener una conversación inteligible, y al final encontré una posible línea de negocio: la exportación de pieles de cabra y oveja para la fabricación de bolsos y zapatos. Y comenzó la aventura.

Una aventura humana, profesional y espiritual. Al bajar de la escalerilla del avión, tras el trayecto Madrid-Abidján con escala en Lagos, me encontré ante un país y un ambiente tan desconocido como fascinante.

Hacía tanto calor cuando llegué, que pensé que no habían parado los motores del avión; pero no; así era –es- el clima de este país: un calor húmedo, denso, mezclado con el olor inconfundible de la selva. Luego vino el encuentro con la cama con mosquitera, y al día siguiente, el saludo de los pájaros tropicales al despertarme, con unos sonidos agudísimos que yo sólo conocía por las películas de safaris…

Nuevas experiencias

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La aventura profesional no tenía nada que envidiar a la humana. Había hecho en España una serie de contactos; pero eran sólo eso: una serie de contactos. Afortunadamente, en la Oficina Comercial de la Embajada española me dejaban enviar un télex de vez en cuando. Fui tanteando el terreno y al fin me planteé la posibilidad de montar un negocio de cemento; pero aquello se quedó en nada. Hablando con unos y con otros, me lancé a comprar pieles en la vecina Mali.

Fueron unos años en los que tuve que ingeniármelas por mi cuenta, porque en la carrera no me habían enseñado nada sobre los agentes de aduanas y las compañías marítimas. Pero a caminar se aprende andando y empecé a exportar las primeras pieles de cabra desde Costa de Marfil y Mali. Y vinieron las experiencias, unas buenas y otras malas, porque en unos negocios saqué lo comido por lo servido; en otros me fue bastante bien; y en otros… me estafaron.

Pascal

Al principio estaba solo, hasta que en 1992 conocí a Pascal, un joven despierto que trabajaba de albañil. Vi que era un hombre honrado y valioso, de gran inteligencia práctica, y le propuse un pequeño negocio de materiales de construcción: yo los traería de Europa y él se encargaría de venderlos en el país. El negocio cuajó, aunque luego lo dejamos, porque no tenía expectativas de futuro.

Lo bueno es que Pascal se convirtió en un colaborador cada vez más eficaz: aprendió informática y viajó a Vic para adquirir experiencia. Dio el salto de albañil a pequeño empresario.

Yo también tuve que dar mi propio salto y hacer una transformación profesional, ya que como fruto de las importaciones de material de construcción que hice, me fui convirtiendo poco a poco en un constructor. Y luego, he ido poniendo en marcha diversos negocios –exportación de aceites esenciales, de hierbas medicinales, de colorantes alimentarios, etc.- junto con algunos amigos africanos, con el deseo de ayudar al progreso de este joven país.

Opus Dei - Costa de Marfil

Costa de Marfil

Un país joven en la fe

Costa de Marfil es un país joven en muchos aspectos, también en lo que se refiere a la fe cristiana: cuenta sólo con poco más de un doce por ciento de católicos. Y si la aventura resulta apasionante desde el punto de vista humano y profesional, lo es mucho más desde el punto de vista espiritual. Costa de Marfil ha celebrado recientemente su primer siglo de cristianismo y se encuentra en una situación de gran desarrollo apostólico.

Cuando llegué, hace casi veinte años, era difícil encontrar una Misa entre semana en la capital, Abidján. Ahora hay misas todos los días en todas las parroquias, y están abarrotadas de fieles, con muchos jóvenes. Se multiplican las conversiones; y también se multiplica, como es lógico, el trabajo de formación en la fe.

La familia

Un campo importante de esa formación es la familia, porque hay todavía pocas familias cristianas que sirvan como punto de referencia a los matrimonios cristianos jóvenes de Costa de Marfil. Aunque las leyes prohíban formalmente la poligamia, muchos marfileños han nacido -y siguen naciendo- en el seno de unas familias con relaciones poligámicas, de carácter matriarcal, donde la autoridad del tío materno es, con frecuencia, mucho más importante que la del padre. Esto explica que con frecuencia los padres no se sientan responsables de la educación de sus hijos.

En el pasado era el clan el encargado de educarlos, en un sentido muy amplio; pero en la actualidad, con la progresiva desaparición de los clanes, los padres de familia cristianos necesitan ejemplos para imitar: ejemplos de padres y madres que se ocupen de sus hijos y velen por su educación humana, profesional, cristiana, moral….

Eso me llevó a impulsar, junto con varios amigos africanos, unos cursos de orientación familiar, que están viniendo como agua de mayo.

Los colegios

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Pero las necesidades no se quedan ahí. Se necesitan colegios. Hasta 1990 el país contaba con instalaciones suficientes de carácter educativo, pero con la crisis económica dejaron de construirse edificios con fines docentes y a causa del conflicto armado del 2002 se destruyeron bastantes colegios y hubo un gran movimiento de la población hacia el Sur.

Las carencias en este campo son enormes y la necesidad de poner en marcha nuevos proyectos educativos es tan urgente como evidente.

He colaborado con varias familias en el primer “granito de arena” en este campo: un parvulario que abrió sus puertas el 13 de noviembre de 2006 y que desea ser el germen de una serie de colegios en el país, donde muchas familias encuentren una ayuda valiosa para la educación de sus hijos.

Contamos para este proyecto, además, con la ayuda y el aliento espiritual del Opus Dei. Cuando escribo estas líneas me encuentro en España, donde he venido para asesorarme en la puesta en marcha de este tipo de empresas educativas. En octubre de 2007 comenzará la andadura del primer colegio.

Para la formación de directivos

Las necesidades formativas del país abarcan diversos sectores. Un sector decisivo es la formación de directivos y de empresarios, que deben ser los motores económicos de Costa de Marfil.

Esto me parece un punto vital para el desarrollo de una sociedad como la nuestra, que sufre tantas carencias, y que soporta desde hace tantos años unos conflictos armados. Por esa razón, un grupo de empresarios y directivos de diversas empresas nos hemos unido para prestar este servicio a la sociedad, con el afán de poner en marcha una institución de formación continua de empresarios sin ánimo de lucro.

Ya hemos organizado varios seminarios, asesorados por entidades españolas como el IESE, con gran éxito. Por el seminario de Ética en los negocios ya han pasado 250 ejecutivos.

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Este tipo de formación empresarial es muy importante, porque la corrupción y la estafa –que yo he sufrido en mis propias carnes- son grandes obstáculos para el desarrollo de cualquier país.

Como las selvas africanas

Durante estos casi veinte años muchos de mis amigos africanos se han ido acercando al Opus Dei, y Dios les ha concedido a algunos la gracia de la vocación.

También, gracias al apostolado personal, el espíritu de la Obra va empapando el ambiente de numerosas personas y sus familias, y va vivificando muchas vidas y costumbres, del mismo modo que el agua vivifica estas impresionantes selvas africanas.

Recibo muchas lecciones de los africanos, y procuro –como enseñaba san Josemaría- aprender cada día algo de ellos: tienen una gran vitalidad, grandes deseos de progreso y de mejora espiritual; y algunos son muy buenos comerciantes.

El mejor negocio

A estos amigos míos les hago partícipes del mensaje del Opus Dei: la empresa más importante de nuestra vida es la propia santificación. Afortunadamente, en ese negocio, el negocio de la santidad personal, contamos con un Socio que nunca nos falla y que nos da toda su gracia; pero al mismo tiempo espera nuestro trabajo y  nuestra correspondencia.

Los hombres de negocios que son padres de familia entienden muy bien algo que recordó muchas veces san Josemaría: el mejor negocio para unos padres es darles a sus hijos una buena educación humana, profesional y cristiana.

Luego están los otros negocios humanos, que hay que santificar y donde podemos encontrar a Dios, realizándolos con la máxima perfección humana y espiritual que podamos.
El objeto de esos negocios puede ser muy variado: desde la exportación de pieles de cabra, ladrillos y colorantes, hasta los tomates de huerta, que me recuerdan tanto mi primera y decisiva escuela de negocios: el mercado de Palafrugell.

Kenia: mujeres que se ayudan entre sí

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Alquilan burros para el transporte, gestionan peluquerías o tiendas de alimentos, cosen, maquillan… Son ya más de 500 las mujeres de Kenia que han puesto en marcha un micronegocio, ayudadas por un grupo de universitarias. Así es el TOT, un proyecto de la Fundación Kianda.

Ngarariga y Riara son dos pueblos que forman parte del distrito de Kiambú, en Kenia. El paisaje está compuesto de colinas y mesetas que facilitan el cultivo del café y las plantaciones de té. La recolección de estos productos suponen la mayor fuente de ingresos en esta zona del país africano.

Opus Dei - Las universitarias son las únicas maestras que muchas han tenido en su vida.

Las universitarias son las únicas maestras que muchas han tenido en su vida.

Muchos kenianos acuden a Kiambú en busca de trabajo. Durante la cosecha reciben empleo, pero el resto del año no tienen nada que hacer. Esto significa que durante más de seis meses, no cuentan con ningún medio de subsistencia.

En las colinas del Ngong viven los masais, pastores nómadas. Su estilo de vida les dificulta recibir educación, especialmente a las mujeres. A los 15 años, las chicas son ofrecidas en matrimonio a cambio de un poco de ganado como dote. A esa edad, no han tenido tiempo para formarse y poder desarrollar un empleo.

En 2003, con el fin de ayudar a las mujeres de Ngarariga, Riara y Ngong, la Fundación Kianda puso en marcha el proyecto TOT (Training of Trainers: formadoras de formadoras). Se trata de preparar a jóvenes con estudios universitarios para que, a su vez, enseñen a las mujeres del mundo rural cómo poner en marcha un pequeño negocio.

Hasta ahora, 512 mujeres de entre 25 y 60 años se han beneficiado de este programa, gracias a la colaboración de 73 universitarias. También acuden a los cursos algunas señoras de más de 60 años que, tras el fallecimiento de sus hijos a causa del SIDA, se han visto obligadas a ganar dinero para sostener a sus nietos.

Opus Dei - Anastacia Wanjiru Mungai, peluquera.

Anastacia Wanjiru Mungai, peluquera.

La Fundación Kianda, impulsora del proyecto, promueve el desarrollo social, educativo y espiritual de la mujer en Kenia. Se inspira en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá.

“Es necesario –decía el santo- que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución.

La directora del curso, Susan Kinyua, reune grupos de 15 universitarias y les da un cursillo de una semana. Ellas, a su vez, ayudarán a las 80 mujeres seleccionadas por la Oficina de Desarrollo local. “Aunque las necesidades son mayores –explica Susan-. En diciembre de 2005 fuimos a Kamirithu a presentar el proyecto y no nos esperaban 80 mujeres… ¡sino 3.000!”.

Opus Dei - Maria Njeri, con su máquina de coser.

Maria Njeri, con su máquina de coser.

Las primeras sesiones que imparten las jóvenes universitarias tratan sobre “Hábitos para la vida”, es decir, cómo ser personas educadas, honestas, limpias, serviciales… Susan Kinyua explica que “nuestro proyecto comienza por ayudar a la persona. Estas mujeres aprenden a usar las cosas, a ir arregladas… y la primera consecuencia es que aumenta su autoestima”.

A continuación, el curso les enseña a poner en marcha un negocio: planificarlo, hacerle publicidad, asegurar la continuidad, etc. Cuando las alumnas han escogido su tarea, Kianda les ayuda a poner en marcha la micro empresa, gracias a una ayuda que recibe de la Unión Europea.

Opus Dei - Para las universitarias, supone una verdadera experiencia educativa.

Para las universitarias, supone una verdadera experiencia educativa. “Los universitarios -decía san Josemaría- necesitan tener una sana inquietud por los problemas de los demás”.

Las iniciativas que han puesto en marcha son de lo más variado: alquiler de burros para transporte, salones de belleza, tiendas de ropa, costureros, sastrerías, fruterías, etc.

ALGUNAS HISTORIAS

Cuando el marido de Edith Muthoni murió, ella tuvo que mudarse a una barriada donde vivía de alquiler en una habitación, demasiado estrecha para cobijarse con sus hijos. Así que, para lograr una vida mejor, dejó a sus niños con la abuela, y puso en marcha un negocio de compra y venta de leche. Lo poco que ganaba, lo enviaba a sus hijos. Con la ayuda del TOT ha podido desarrollar su negocio y aumentar sus beneficios. Por fin, pudo comprar un piso propio y traer de nuevo a su lado a sus hijos

Hannah Wakaba, del Ngong, es viuda desde hace 10 años. “Al ser viuda, tendía a ser muy compasiva conmigo misma, y había perdido la autoconfianza. Pensaba que todo el mundo me miraba por encima del hombro. Ahora he creado un grupo de viudas, y entre nosotras nos damos ánimo, nos ayudamos a mejorar el trabajo y profundizamos en los valores que oí a esas jóvenes. ¡La vida es bella! Mis tres hijos me dicen que notan que algo en mí ha cambiado”

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Anastacia Wanjiru Mungai, por su parte, ha iniciado una peluquería. Su marido sólo puede trabajar ocasionalmente, así que la familia depende de ella. Ahora se ha propuesto mejorar un poco su choza de barro: ahorrando un poco de dinero, ha podido comprar algunos materiales de mejor calidad para el suelo.

Me hice congoleña

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Nuria Mata ha vivido dos guerras, dos saqueos, se ha enfrentado al fusil de un niño soldado y ahora, tras veinte años en el Congo, preside la fundación navarra Profesionales Solidarios

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¿Cómo nació Profesionales solidarios?

De un modo bastante fortuito: estaba en la peluquería, cuando  la chica que me atendía me dijo que acababa de venir de una reunión de profesionales. Al poco, en una cafetería, una camarera estaba contando  que había estado en un curso de formación… Si estas profesiones se preocupan por su formación y su profesionalización –me pregunté-  ¿por qué no hacerlo también con todo lo relacionado con la acción social? Puse en marcha la idea de esta fundación y me encontré, afortunadamente, con un grupo de personas que se sintieron muy motivadas: personas con experiencia profesional, que saben qué es lo importante y qué no, y que han superado esa etapa de la vida en la que se  busca el triunfo a toda costa. Comenzamos con ciclos de conferencias, y luego vinieron los cursos de formación para labores sociales, las publicaciones…

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Yo venía de un Congo donde había dejado a muchas personas a las que quiero muchísimo: gente muy cercana, que viven en condiciones paupérrimas… Gente maravillosa, con estudios, inteligentes, buenos… Gente que pasa hambre y es muy generosa. A veces venían a traerme un mango, porque deseaban colaborar conmigo. “Muchas gracias –les decía- pero es mejor que se lo des a tus hijos!”, porque sabía en qué condiciones vivían.

Llegué a España en el 2001 y me encontré con una sociedad muy crispada en la que reina don Confort y don Consumo, y donde a veces se arrincona a los mayores, que en África son un tesoro, la autoridad moral de las familias… Pensé que debía hacer algo, y transmitirles lo que había conocido.

¿Cuál es la clave de Profesionales Solidarios?

Quizá la clave es haber sabido sumar y hacer equipo. Al principio era yo la que impulsaba; ahora todas las decisiones se toman en la Junta, de forma que cada uno puede aportar algo: la periodista, la secretaria, el médico… Hace poco se presentó una madre con dos niños pequeños diciéndome: “me gustaría echar una mano” y ya tiene tarea. Sólo tenemos a una persona contratada. Los demás colaboran de forma voluntaria, contentos de trabajar.

Al año de estar allí me planté ante mi misma y me dije: “o les quiero y hago por ser una de ellos, o me vuelvo”. Y así lo hice. Me hice congoleña, y aprendí a quererles,

¿Qué acogida han tenido en las instituciones?

Muy buena. Además, pienso que en Navarra se conserva un gran sentido de la solidaridad y de la profesionalidad. Veo como la idea gusta.

¿Africa o España?

Ahora España. Quiero vivir el hoy y ahora, lo que toque en cada momento Tenía 28 años cuando el Prelado del Opus Dei me preguntó si quería irme a ejercer mi profesión y a empezar el trabajo apostólico en el Congo. Dije que sí, y me fui a África llena de ilusiones. Pero los comienzos fueron muy duros. El choque cultural fue total. Al año de estar allí me planté ante mi misma y me dije: “o les quiero y  hago por ser una de ellos, o me vuelvo”. Y así lo hice. Me hice congoleña, y aprendí a quererles, hasta que aquello –su vida, sus costumbres- era mío.

Pasaron veinte años y  mi madre se puso enferma, con un cáncer muy duro y comprendí que, por un conjunto de razones, había llegado el momento de regresar. El actual Prelado, Mons. Javier Echevarría, me dijo que mi experiencia podía ser muy útil en España. Y eso es lo que procuro hacer.

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¿Fue duro volver?

Al principio, sí. Al poco de llegar fui a comprar unas verduras al supermercado. Al ver toda aquella abundancia, aquellas ofertas de tres por el precio de uno… noté como si me faltara el aire y tuve que salir a reponerme. Es curioso; yo, que me había enfrentado a tantas cosas… La riqueza está muy mal repartida, y tenemos que transmitir un mensaje de solidaridad y de sobriedad, para saber utilizar sólo lo que necesitamos y saber encauzar bien lo que sobra, sin caer en el despilfarro. El otro día leí algo sobre los viajes turísticos por el espacio. No puedo entenderlo. Que se investigue, bien, pero emplear tanto dinero para divertirse, cuando hay tanta gente que carece hasta de lo más elemental…

Profesor de profesores

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Luis Borrallo, del Departamento de Desarrollo de Strathmore, Kenia

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Yo no me acuerdo del asunto; pero mi padre asegura que fue así. Cada cierto tiempo, como todos los padres, me hacía la consabida pregunta: “¿y ya te has pensado que vas a ser de mayor?” Yo le iba contestando, como todos los niños, según las aficiones del momento: unas veces quería ser piloto de carreras y otras aviador, torero, futbolista, hombre-bala… Hasta que un día –cuenta él- se me ocurrió decirle:

-Yo lo quiero ser es… ¡profesor de profesores!

Debí haber sacado algún suspenso en el Colegio para darle aquella respuesta, en la que late un afán por controlar las notas que me ponían los profesores, y quizás también la oportunidad de suspender a algún profesor mío; pero a mi padre le impresionó mi contestación, la tomó por su lado más trascendente, y pensó que era una declaración de principios; y desde entonces me la recuerda con frecuencia.

Lo divertido del caso es que ahora, al cabo de los años, sin pretenderlo, me dedico, en cierto sentido, a la formación de profesores.

Irlanda, Kenia

Para contar esta historia tengo que dar algunos datos previos: estudié en Madrid, donde conocí el Opus Dei, y desde muy joven manifesté mi deseo de sacar adelante la Obra en otros países. “-¿Qué idiomas sabes?”, me preguntó un director de la Obra cuando le dije que me gustaría marcharme a otro país. “- Por ahora, ninguno –le contesté- pero eso es fácil: es sólo cuestión de estudiarlos…”.

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Las cosas no suelen ser tan sencillas, aunque en mi caso lo fueran: estudié inglés y me fui a Irlanda, donde viví diecisiete años, trabajando como profesor de idiomas, hasta que un día me preguntaron:

-¿Te gustaría ir a Kenia?

-Naturalmente, respondí; y todavía recuerdo la sorpresa de mi padre cuando le conté que me marchaba a África.

Y en Kenia me he convertido, al fin, en profesor de profesores, algo que, según mi padre (porque yo no me acuerdo) era mi vocación profesional desde mi tierna infancia.

Strathmore

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Soy profesor en Strathmore University, una iniciativa docente impulsada por fieles del Opus Dei y cooperadores, con la ayuda de numerosos amigos, del país y del extranjero. Strathmore fue al principio un colegio de preparación para entrar en la universidad. Luego comenzó a dar cursos de contabilidad.

Más tarde comenzaron los cursos de Enseñanza Primaria, que después se completaron con los de Secundaria. En los años noventa, debido al alto número de alumnos y de cursos, los mayores se trasladaron a otro campus. Y desde 2002 Strathmore es, además de todo lo anterior, una Universidad. Todo esto da idea del ritmo de crecimiento y desarrollo de Strathmore.

Gracias a Harambee, una ONG europea nacida con ocasión de la canonización de San Josemaría, Strathmore University está organizando unos cursos de reciclaje pedagógico para profesores de primaria y secundaria. Me ocupo de la formación de estos profesores y de conseguir fondos. Y además de estos cursos para profesores, dirijo el departamento de Desarrollo.

La Universidad se encuentra en pleno proceso de crecimiento; crecimiento de personas, de instalaciones y de algo que suele acompañar este tipo de procesos: de necesidades y preocupaciones económicas.

Afortunadamente la Unión Europea ha proporcionado una ayuda económica relevante. A los expertos que vinieron a analizar el proyecto educativo por parte de la Unión les sorprendió constatar el carácter interracial que ha tenido este centro educativo desde sus comienzos, la calidad científica y el cuidado de las instalaciones materiales, en un medio social donde estos rasgos no son tan frecuentes. Gracias a la Unión hemos podido construir el edificio de aulas, un edificio de Bibliotecas y un salón de actos, además de crear un fondo de becas. Han ayudado también los gobiernos de Kenia e Italia.

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En resumen: la respuesta a la petición de ayuda económica ha sido muy generosa, aunque insuficiente todavía para dar respuesta a los retos que plantea la situación del país.

Cinco mil alumnos

Strathmore cuenta en la actualidad con cinco mil alumnos, a los que el claustro de profesores procura formar lo mejor posible, porque es consciente del papel decisivo de la Universidad en África.

Antes de seguir, como llevo tantos años fuera de Europa, me gustaría dar algunos datos estadísticos, porque ignoro hasta que punto la realidad educativa keniana resulta conocida en el exterior.

En Kenia se ha establecido la Enseñanza Primaria obligatoria. Eso significa que el país cuenta con siete millones de niños escolarizados. Otra cuestión es la calidad de la enseñanza y los medios materiales de esas escuelas, que con frecuencia son elementales.

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Y otra cuestión, más ardua todavía, es garantizar el acceso de esos niños a la Enseñanza Secundaria, porque en la actualidad el país sólo dispone de un millón de plazas disponibles para la Secundaria: es decir, tal como están las cosas, únicamente podría acceder a la Secundaria un niño de cada siete.

Y el embudo se hace aún más estrecho en el paso de la Secundaria a la Universidad, que cuenta sólo con 150.000 plazas.

Estas cifras dan idea de la magnitud del problema educativo; un problema urgente, porque Kenia necesita contar, cuanto antes, para desarrollarse en todos los órdenes, con personas bien capacitadas profesionalmente.

Los que trabajamos en Strathmore procuramos ayudar al país en la medida de nuestras fuerzas. En la actualidad, nuestros alumnos tardan una media de seis meses en encontrar trabajo tras terminar sus estudios. Es una media bastante buena, y eso resulta estimulante; pero quedan aún muchos retos pendientes.

Retos

Uno de esos retos es la sensibilización social de los estudiantes, de forma que se involucren decididamente, en la medida de sus posibilidades, en la resolución de los grandes problemas del país. Esa es la razón por la que se ha implantado en Strathmore, dentro del marco de la formación universitaria, un programa de voluntariado, obligatorio, de ocho semanas, que ya comienza a dar sus frutos.

Pienso por ejemplo en David, un universitario proveniente de una zona muy pobre del país, que pudo estudiar en la Universidad gracias a una beca de una multinacional cervecera. A finales de primer año debía hacer su programa de voluntariado y decidió organizar en su pueblo unas clases de informática para jóvenes. Al ver la buena acogida de esta iniciativa, siguió trabajando durante años en esta línea y ahora que ya ha terminado la carrera, está promoviendo, con la ayuda de una fundación internacional, una escuela en su pueblo. Ya ha conseguido siete mil euros para el proyecto.

Pienso que este tipo de actuaciones resultan particularmente decisivas porque, como es bien sabido, la resolución de los grandes problemas de África está en manos de los propios africanos, en gran medida.

Qué se puede hacer con 30 euros al mes

He hecho esta precisión, “en gran medida”, porque seguimos necesitando mucha ayuda del exterior. En esto mi padre, que es supernumerario del Opus Dei, ha colaborado mucho conmigo. Se puede decir que desde que me vine a África él se vino también aquí de alguna manera, porque desde entonces no ha cesado de hacer gestiones para conseguir ayudas para Strathmore por parte de amigos y conocidos.

La última vez que estuve en Madrid me presentó a uno de ellos. Era un padre de familia deseoso de ayudar, pero con escasa disponibilidad económica.

-Yo solamente te puedo dar 30 euros al mes –me dijo-. ¿Qué se puede hacer con eso?

Le sorprendió saber que con 30 euros al mes en Kenia se puede hacer mucho; y poco después le conté para qué habían servido aquellos 30 euros mensuales: Había un universitario, muy inteligente y trabajador, que no acababa de rendir en los estudios. Hablando con él, su tutor descubrió la causa. Era huérfano, tenía un hermano pequeño que dependía de él, y vivían de la generosidad de sus parientes, que los iban alojando durante temporadas en sus casas, muy lejos de la universidad, con lo cual, el poco dinero que tenía para comer se lo gastaba en transporte. Como resultado, muchos días no comía, y esto, unido a la falta de un lugar para estudiar, hacía que se resintiera en sus estudios.

Esa beca mensual de 30 euros le ha cambiado la vida. Ahora, con quince euros al mes, puede comer todos los días en la universidad –la comida está subvencionada-; y puede darle los otros quince euros a uno de sus tíos, que reside en una casa más cerca de la universidad.

En las cárceles

Hace años una persona que trabajaba en el sistema carcelario del país preguntó si Strathmore podía participar de alguna manera en el proceso de formación e integración social de los presos del país. En aquel momento no se pudo hacer nada por falta de recursos económicos.

La solución vino en el 2002 con motivo de la canonización de San Josemaría. Gracias a Harambee pudimos disponer de una ayuda económica para poner en marcha un programa de contabilidad básica para 140 presos.

Hemos seguido desarrollando este programa –sobre todo en la cárcel de Naivasha-, ampliando progresivamente el número de alumnos. Se les envían libros y ejercicios, que luego se corrigen, preparándolos de forma individualizada para los exámenes.

Este programa resulta muy útil para motivar a las personas que están en prisión: se produce en ellos un cambio de actitud muy positivo cuando advierten que hay sectores del “exterior”, de la sociedad, que están preocupados por su rehabilitación y futura reinserción social.

Las ayudas para este proyecto han sido muy generosas. Por ejemplo, un antiguo alumno de Strathmore, un indio no católico, ha donado un millón de chelines para ese proyecto, que se quiere extender al resto de las cárceles de Kenia.

Buscando ayudas

He vuelto de nuevo a Europa para buscar ayudas, y sin hacer valoraciones generales, que suelen ser injustas, tengo la sensación de que muchos europeos no aprecian del todo los numerosos recursos de los que gozan, por ejemplo, en el ámbito educativo. En Kenia el hecho de haber tenido acceso a una educación primaria ya significa mucho. Y para darles esa educación a sus hijos los padres sacrifican lo que haga falta: venden las tierras, las vacas, las cabras, hacen lo posible y lo imposible para que puedan ir al Colegio.

Tengo la impresión de que entre muchos europeos se da una percepción distorsionada de África. Es cierto: en África hay muchos problemas; hay corrupción; hay inseguridad… pero existe una juventud africana –a la que conozco, y en la que está la clave del futuro- con muchos valores: son jóvenes trabajadores, emprendedores, receptivos, abiertos…

Europa está haciendo mucho, pero pienso que todavía puede hacer muchísimo más por África.

Además, dentro del contexto africano, Kenia es un país clave, al estar rodeada por países con perfiles problemáticos, como Sudán, Etiopía, Somalia, Tanzania y Uganda. Si Kenia se desarrolla adecuadamente puede ser un ejemplo y un motor de avance para los países vecinos.

En Strahtmore trabajamos día tras día para hacer realidad ese desarrollo, que no es sólo un desarrollo material: es también humano y espiritual. Colaborar con ese desarrollo no es un deber de solidaridad, sino también de justicia, como recordó en tantas ocasiones San Josemaría.

Iroto, un centro de desarrollo para la mujer en Nigeria

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El desarrollo humano y social depende en gran parte de la educación. Compaginar el trabajo, que muchas mujeres africanas deben realizar para mantener la familia, y la formación es el sistema elegido por Iroto para fomentar el desarrollo y la esperanza.

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La Educational Cooperation Society es una organización nigeriana sin ánimo de lucro que tiene como fin poner en marcha proyectos que promuevan la educación, el bienestar social y la dignidad de la persona en conformidad con los principios cristianos. Uno de sus primeros proyectos, Iroto Rural Development Centre, nació hace más de veinte años, cuando los jefes locales de Iloti y de los pequeños poblados de Iroto y Abidagba, que forman parte del Área Municipal de Itamapalo, acordaron asignarle veinte acres de tierra virgen.

“Cuando empezamos en 1986”, relata Jane Ohale, una de las pioneras, “nos dimos cuenta de que teníamos por delante una tarea exigente. La mayoría de las mujeres que viven en el ambiente rural se dedican al cultivo de casabe y el procesamiento de gari. El casabe es el tubérculo del que se hace el gari, alimento básico y fuente de ingresos familiares, pero su cultivo y preparación supone un gran esfuerzo y exige mucho tiempo”.

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Poblado de Iroto. Elaboración del “gari”, friendo la “casavva” después de haberla molido.

En efecto, para obtener los resultados esperados, las mujeres deben labrar manualmente la tierra, sembrar y cosechar. Luego viene un largo proceso de pelar, remojar, moler y freír. El calor del clima tropical junto a la humedad, habitualmente del 90%, hacen su cometido aún más difícil. “Se entiende –continúa Jane- que las mujeres recelasen, al principio, de venir a Iroto para recibir clases. Por nuestra parte queríamos introducir otro tipo de cosechas, por ejemplo el cultivo de frutas y verduras, para así mejorar la dieta familiar”.

Las primeras clases, a pesar todo, fueron un éxito. En poco tiempo, en efecto, las alumnas aprendieron manualidades que les permitieron tener más tiempo para cuidar a sus familias y que a la vez la facilitaron la posibilidad de aumentar sus ingresos y de mejorar así su nivel de vida y el de sus familias. Se empezó por impartir lecciones de puericultura y administración del hogar, y más tarde se desarrollaron programas de agricultura y manualidades. Muchas mujeres manifestaron interés por la costura, la fabricación de alfombras, de jabones, de velas, por aprender a tejer cestas y a confeccionar abalorios y variados tipos de adornos. La idea original preveía que las alumnas pudieran realizar estos trabajos en sus casas, para uso propio o para generar ingresos. Para valorar el impacto que tuvo Iroto entre la población, es conveniente conocer la situación socio-económica de esta parte de Nigeria, en la que las mujeres se casan muy jóvenes y los maridos no suelen destacar por un gran sentido de responsabilidad hacia las necesidades familiares: de hecho, por un motivo u otro, las mujeres terminan por hacer todas las tareas del hogar, también las agrícolas o ganaderas.

La ‘Educational Cooperation Society’, a través de la organización ‘Women’s Board’, se comprometió también a dar cursos de inglés –lengua oficial del país y medio imprescindible para poder comunicarse-, de relaciones humanas, de comportamiento social, etcétera. El contenido de estas clases refleja una visión cristiana de la vida, una concepción del hombre que trasciende la mera satisfacción de las necesidades de subsistencia. En el origen y en la raíz de las actividades educativas que se desarrollan en Iroto están las enseñanzas de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, sacerdote que predició la llamada universal a la santidad, a una santidad que se persigue mediante el trabajo y las ocupaciones ordinarias realizadas cara a Dios.

A lo largo de estos veinte años de trabajo en el suroeste de Nigeria, a 100 kilómetros de Lagos, las personas que han trabajado en este proyecto educativo han debido superar no pocas dificultades y barreras. El muro más alto ha sido quizá el de la superstición y la sospecha. No fue fácil que las personas nativas aceptaran ser ayudadas. Paula, que ha estado en Iroto desde 1996, ha experimentado estos recelos: “A pesar de hablar el dialecto Yoruba, los primeros años me costó mucho ganarme la confianza y la amistad de la gente. Pero, ahora ya intercambiamos preocupaciones y alegrías, y puedo decir que soy una de ellos”.

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Un pequeño hospital
Entre las necesidades primordiales de la provincia de Itamapako está la salud. Sin ella, otros posibles planes de solidaridad son irrealizables o pierden efectividad. Por eso, en los terrenos del Centro de Desarrollo Rural Iroto se llevó a cabo la construcción de Abidagba, un centro de salud de primeros auxilios y de cura de enfermedades básicas.

Para construir el centro sanitario Abidagba hizo falta dinero, que se consiguió gracias a la generosidad de muchas personas. Entre los benefactores de Abidagba, se cuenta la familia German Dominick, que, al oír hablar de este proyecto, realizó una significativa donación. Por este motivo, el hospital fue construido en honor de su hijo Andreas, fallecido en un accidente de coche en Alemania, que siempre había mostrado un interés particular por África y por los proyectos de solidaridad que se podían llevar a cabo en este continente. También Manos Unidas, una organización española que impulsa proyectos similares en todo el mundo, colaboró con Abidagba.

El Centro de Salud fue inaugurado el 6 de diciembre de 1996. Han sido necesarios varios años para que el personal médico contara con la confianza de la población. En estos años, los pacientes de Abidagba se han multiplicado y es indudable que los índices de sanidad en la zona se han elevado notablemente. Wachera, enfermera keniana que trabaja en el Centro desde su inauguración, sostiene que poco a poco la cultura sanitaria ha ido calando en las familias. “En muchas ocasiones, la principal causa de la desnutrición de los niños y de las infecciones de los jóvenes era la ignorancia. Gracias a las clases y consejos sobre cómo llevar una vida sana, ha disminuido el número de enfermedades por familia”.

Es evidente que esta educación médica es urgente en África. “Cuando la malaria rebrota, por ejemplo, la gente es capaz de reconocer los síntomas, y saben entonces que tienen que ir al centro de salud para recibir el tratamiento. La malnutrición, que era una dolencia corriente cuando comenzábamos nuestro proyecto, ha desaparecido prácticamente gracias a que ahora conocemos mejor las necesidades nutricionales. La población es pobre, pero pueden sobrevivir y mantener sanos a sus hijos con los productos de la tierra. La mejora que apreciamos es realmente esperanzadora”, explica Wachera.

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Muchas historias
Como señala una de las pioneras de Iroto, “la gente aquí, especialmente las mujeres, tiene una vida muy dura. Intentamos darles formación y los medios necesarios para mejorar la calidad de su trabajo y de su vida familiar”. En Iroto, explica, se tiene muy presente que el desarrollo humano y social del entorno depende en gran parte de la mujer y de su nivel educativo. Es en el hogar donde las personas adquieren los hábitos básicos de conducta y se forjan las virtudes cristianas: se aprende a servir y a trabajar por los demás. En Iroto se conocen muchas historias, de personas y de familias que han encontrado armonía y equilibrio.

Oluwakemi Otesoga, una niña indigente, que estaba parcialmente ciega a causa de una retinopatía congénita. La enfermedad empeoró rápidamente y su madre, sin recursos económicos, estaba desesperanzada. Al tratarse de un caso complicado, una enfermera de Abidagba acudió a una escuela para ciegos, que hay en Lagos, e incluso se procuró los medios para el pago de la matrícula: encontró un benefactor, y gracias a él Oluwakemi pudo estudiar dos años allí y ahora vive en la residencia del colegio para ciegos. “Estoy muy contenta, y enormemente agradecida por lo que han hecho por mí. He aprendido a hacer cestos de caña, bolsos, corbatas y otros complementos. Además, puedo escribir y leer en Braille. He realizado prácticas en el Museo Nacional y es posible que encuentre un trabajo bien remunerado cuando finalice mis estudios en diciembre. Todo este proceso me ha ayudado a madurar como persona, y mi familia también se ha beneficiado”.

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Una asociación de mujeres
Otro de los proyectos que han nacido a la sombra de Iroto es una asociación de mujeres. Por el momento, reúne a 25 jóvenes madres. Todas comparten unas circunstancias biográficas difíciles: mantienen económicamente a la familia y han tenido que abandonar la escuela a muy temprana edad. Sienten la necesidad de enseñar a sus hijos algo distinto del cultivo de un trozo de tierra. “Estoy aprendiendo a escribir y a leer”, dice Agnes, “por mí y sobre todo por lo que podré enseñar a mis hijos”. Esta asociación de mujeres organiza cursos muy variados, en los que las asociadas se forman una cultura mínima. Al comienzo aprenden conceptos básicos de higiene, sanidad y cuidado de los bebés; después participan en clases de cocina, confección y costura.

Iroto ha cedido una parte de sus terrenos a esta asociación para que las mujeres que lo deseen puedan también cultivar vegetales, principalmente okro, ugwu y tomates. En esta hacienda en ciernes se han distribuido tareas y cometidos para la buena marcha de la granja. Por los trabajos bien realizados se dan incentivos, y también se premia la puntualidad en las clases y en la realización de los encargos. Juliet, que primero trabajó en la clínica sanitaria de Iroto, y ahora dedica gran parte de su tiempo al desarrollo de la granja, comenta: “Trabajar bien, con diligencia y responsabilidad, pensando en el porvenir de la familia, ha sido para mí una fortuna inmensa. ¡Qué hubiera sido de mí si no hubiera conocido Iroto!”.

También han manifestado su agradecimiento varias personalidades civiles de la región que valoran positivamente el impacto social de Iroto. Una de ellas es el “Kabiyesi” de Oko Ako, gobernador de 33 poblaciones, que ha declarado: “Estamos muy agradecidos al ‘Women’s Board’ por haber escogido nuestra tierra para poner en marcha el Centro de Desarrollo Rural Iroto. Los resultados están siendo óptimos”. Sir J. F. Adelaja, destacada celebridad en Itamapako, añade: “Iroto ha jugado un papel importante en el desarrollo de esta sociedad rural. Nuestra comunidad ha recibido paz, seguridad, bienestar y más vida cristiana”.

Haz lo que quieras

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D. Jesús Muñoz Chápuli falleció el pasado 24 de septiembre en Nigeria. Recogemos la transcripción del testimonio que hizo durante su última estancia en España

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Un amigo suyo escribía en un blog: estuvo en Granada, -su ciudad natal, porque su tierra era ya Nigeria-, antes del verano, cuando pude estar con él por última vez y doy fe de que no paró quieto ni un momento, siempre buscando recursos y ayudas para su querida patria africana. En un par de semanas contabilicé más de cincuenta gestiones, con personas, instituciones públicas y privadas, empresas…, presentando proyectos, memorias, solicitudes…, hablando, rogando, convenciendo…, y aguantando más de un portazo en las narices. Hoy, precisamente, ha llegado la noticia de que una entidad financiera ha decidido aportar una cantidad sustanciosa de euros para un centro de capacitación de jóvenes en una zona de nueva desecación cerca de Lagos.

Procuramos -continúa el blog- esos días de junio pasado hacerle descansar, reponer su desvencijado ropero, alimentarlo –estaba en los huesos- y revisarlo bien por dentro; creíamos haberlo devuelto a Nigeria como nuevo; pero Dios sabe más: aunque nos duela su repentina muerte, aunque ahora nos falte su incansable trabajo a favor de ese inmenso y poblado país, la verdad es que había merecido de sobra un descanso de verdad, como sólo Él puede dar.

Granada, años cincuenta

Conocí el Opus Dei gracias a mi padre, que fue uno de los primeros supernumerarios del Opus Dei en Granada, junto con don Eduardo Ortiz de Landázuri. Pero mi contacto más directo fue por medio del Club Montañero de Estudiantes de Granada, que comenzaron dos universitarios del Colegio Mayor Albayzín.

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Yo estudiaba entonces tercero de bachillerato en los Maristas, y era muy amigo de Manolo Ortíz de Landázuri. Y un día nos enteramos de que había un club que estaba comenzando, dirigido a chicos como nosotros, en el que organizaban excursiones de montaña.

La idea nos interesó y comenzamos a ir por el Club. A mí me gustaba mucho el tenis y el montañismo y aprendí a esquiar, se me daba muy bien. Me llamó la atención durante esas excursiones el ambiente de alegría que había en el land rover en el que subíamos a Sierra Nevada. Íbamos cantando por el camino en un ambiente de gran alegría.

Fui descubriendo el espíritu del Opus Dei –la santificación en medio del mundo-y muy pronto comprendí con claridad que Dios me llamaba a servirle en ese camino.

Cuando terminé el bachillerato me trasladé a Madrid, para estudiar Económicas. Luego me trasladé a Barcelona y regresé de nuevo a Madrid en cuarto curso. Durante aquel año cuando me propusieron ir a Roma. Acepté encantado.

En Roma, con San Josemaría

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Y al acabar la carrera me fui a estudiar a Roma, donde conocí a San Josemaría y tuve la suerte de estar muchas veces con él. Vivía en el Colegio Romano, que entonces tenía su sede en Villa Tevere. Eran los años del Vaticano II y se acababa de elegir a Juan XXIII.

Recuerdo que durante aquellos años venían muchos Padres Conciliares y obispos a Villa Tevere para hablar con San Josemaría, que seguía con grandísimo interés y con un profundo amor a la Iglesia la marcha del Concilio.

Al cabo de dos años, cuando terminé mis estudios eclesiásticos en Roma, me trasladé a la Universidad de Navarra, para hacer la tesis en Derecho Canónico. Vivía en un centro de universitarios que estaba en la calle Paulino Caballero, del que yo era director. Poco después, en 1966, me ordené sacerdote en Segovia; y regresé al mismo centro, como sacerdote, para acabar la tesis.

Durante ese tiempo se estaba comenzando el trabajo apostólico en Nigeria. Estaban allí seis personas del Opus Dei: tres sacerdotes y tres laicos, y de vez en cuando nos llegaban noticias. Hasta que un buen día me preguntaron si estaba dispuesto a marcharme a aquel país.

-Donde haga falta –contesté.

Nigeria

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Y comencé a informarme sobre Nigeria, al que ya consideraba mi nuevo país. Contacté con un grupo de africanos que estaban estudiando en la Universidad gracias a unas becas, y me empezaron a contar cosas de Nigeria. Uno me dijo que los nigerianos tenían un gran deseo –hambre, me dijo- de formación y que en el país había mucha religiosidad, pero se necesitaban muchos sacerdotes.

El consiliario del Opus Dei en Nigeria, don José Domingo Gabiola, me contó en una carta que ya tenían una casa alquilada, y que ya habían tenido un retiro con chicos jóvenes y otro con profesores de la Universidad. Y así, durante esos meses, seguí los comienzos de Nigeria, por las cartas que me enviaban.

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Y en cuanto defendí la tesis me fui para allá, con un año de experiencia sacerdotal. Pero no pude conseguir el visado porque el país estaba en una situación difícil: había estallado la guerra de Biafra y habían expulsado a todos los sacerdotes extranjeros. Era una medida de castigo contra los misioneros que permanecían junto a los ibos que iban a segregarse.

Eso me hizo cambiar de planes, y tuve que quedarme en Kenia a la espera de conseguir el visado que me permitiera entrar en Nigeria. Y allí estuve un mes, dos meses, cuatro, cinco, seis meses esperando; y al cabo de… ¡casi un año! me concedieron el visado y pude entrar en Nigeria.

Nigeria es muy diferente de Kenia. Los kenianos son muy serenos, casi flemáticos, como los ingleses de la época de la colonia. En Nigeria me impresionó, nada más llegar, la vitalidad de las calles, abarrotadas de gentes. Me llamó la atención la alegría de vivir que bullía por todas partes, el altísimo número de niños, y el amor por el baile: me dio la sensación de que había aterrizado en medio de una muchedumbre colorida y danzante.

El color negro de la piel de los nigerianos me sorprendió, por su gama de tonalidades: en unos tendía al rojo, en otros era casi chocolate, en otros, aceitunado. Para andar por las calles tenía que hacerme paso. Nada más verme por la calle, los niños me rodearon y empezaron a cantarme la típica canción que se canta a los blancos. La tonadilla que sonaba algo así como:

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¡Oibo, oibo, peck, peck!

Es una canción muy divertida que viene a significar: mírale, mírale: no tiene color en la cara: ¿Qué le habrá pasado? Tiene la piel roja, del color de la pimienta y tiene pelos en las manos…

¿Qué tengo qué hacer?

Cuando llegué a la casa que habían alquilado se me cayó el alma a los pies. Fue mi primer contacto con la pobreza de África. Todo era completamente elemental. La puerta de la calle daba directamente al comedor, de tal forma que se comía y se vivía casi en la calle. Tras la comida le dije a don José Domingo:

-Muy bien, ya estoy aquí: ¿Qué tengo qué hacer?

Esperaba que me diera algunos encargos pastorales, o que me indicara que debía atender a tales o cuales personas, pero se quedó mirándome con gesto divertido y me dijo:

-¿Qué tienes que hacer? ¡Lo que quieras!

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Comprendí que tenía que hacerlo todo, porque todo estaba por hacer.

Nuestro primer objetivo era sobrevivir y mantenernos económicamente. Alberto Alós, uno de los laicos, daba clases de física electrónica en la Universidad. Y don José Domingo, el consiliario, además de sus tareas sacerdotales, daba clases de matemáticas. El otro sacerdote también daba clases.

Sí: estaba todo por hacer. Nos esperaba el país entero. Pensé en San Josemaría, que para llegar a todos había comenzado con los universitarios y me dirigí a la universidad -caminando, naturalmente, porque no disponía de otro medio- a eso de las cinco de la tarde, a la hora en que la calor remitía un poco.

Mi sotana blanca no pasó inadvertida en el campus, y empecé a conocer a varios estudiantes y a trabar amistad con ellos. Vi a unos que jugaban al fútbol y me acerqué. Entre ellos estaba Ondó, que era católico, y pronto nos hicimos amigos y me invitó a conocer la Residencia donde vivía. Y al poco tiempo me convertí en el capellán de aquella Residencia, porque los estudiantes comenzaron a pedirme consejo y a pedirme que los confesase. Entre otros medios de formación empezamos a tener una meditación semanal en el centro.

Con mis amigos sacerdotes

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Dentro de esa línea de iniciativas, en el marco de “Haz lo que quieras”, fui conociendo a alumnas y alumnos de los Colleges del campus. Poco tiempo después organizamos unas clases semanales sobre la fe cristiana y me pidieron que les celebrase la Santa Misa el domingo. Los estudiantes católicos eran una minoría, pero colaboraban mucho y tenían ganas de formarse.

Y me acerqué al Seminario, donde fui haciendo amigos entre los profesores y los seminaristas. Me hice especialmente amigo de algunos sacerdotes jóvenes, como Job Alaba, que era de mi misma edad y tenía un gran sentido del humor. Félix –ese era su nombre cristiano- acababa de volver de Roma donde había estado formándose durante un tiempo, y en muchas ocasiones hablábamos de nuestros recuerdos de Italia.

Y así, de esta forma tan sencilla, fuimos comenzando el trabajo del Opus Dei en Nigeria, superando, como todos los que comienzan, muchas dificultades.

Por ejemplo, al principio nos engañaron con el precio del alquiler. Fue mi primera experiencia con el problema de la corrupción en Nigeria, un problema que aún pervive. Desgraciadamente hay algunas personas que siguen aprovechándose de las necesidades y de la indigencia de los demás, sea extranjero o no.

En aquellos momentos se había empezado a explotar el petróleo y se respiraba cierto ambiente de prosperidad, ya que algunos se habían enriquecido rápidamente. Las calles estaban abarrotadas de automóviles que formaban un caos de tráfico inimaginable. Sin embargo, muchos estudiantes seguían viviendo –o más bien sobreviviendo- con el plan 0-1-0.

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El plan 0 -1- 0

El plan 0 -1- 0 -0 el 0 -0- 1- era el más común y sólo lo resistían los que gozaban de una constitución más fuerte. Consistía en hacer una sola comida al día, porque no tenían dinero para más. Algunos, más afortunados, hacían el 1-0-1.

No es que la comida fuese cara; al contrario, era llamativamente barata; lo que sucedía es que sus padres no les podían ayudar económicamente en nada, ni siquiera en eso, a pesar de que la matrícula era simbólica y el alojamiento en la Universidad les salía gratis. La mayoría tenían que hacer grandes equilibrios para estudiar y sobrevivir.

Esto es un reflejo de la situación de gran parte del país. En Nigeria hay una gran necesidad de desarrollo: la mayoría de la población sigue viviendo por debajo del umbral de la pobreza, y hay un amplio sector que no sabe leer ni escribir. Algunos se manejan con un inglés elemental, una especie de dialecto creado para entenderse. Y la mayoría vive con menos de un dólar al día… en el caso de que tengan trabajo y puedan ganar algo de dinero.

Y lo paradójico es que Nigeria es un país rico, que cuenta con una importante reserva de petróleo. Pero ese dinero va a parar a las multinacionales y a sectores gubernamentales, ya que un porcentaje de la venta del crudo se destina al gobierno. El presupuesto general del Estado se financia así, por ley.

Esto genera grandes desequilibrios sociales. Los poquísimos que viven en el entorno de las multinacionales llevan una vida de opulencia, con grandes casas y un alto nivel de vida. Algunos más –poquísimos- viven gracias al empleo que les puedan proporcionar esas multinacionales o el trabajo en los bancos. ¿Y el resto? ¿Qué hace el resto de la población, en un país sin industria y sin desarrollo? El resto intenta sobrevivir en situaciones humanamente terribles, de miseria y de hambre. Y en esa espiral de la pobreza, no es extraño que muchos acaben en la corrupción y en la delincuencia.

Eso nos movió a promover, coincidiendo con el centenario de San Josemaría, una escuela técnica, I.T.I., para ofrecer formación profesional a muchas de esas personas que no tienen nada.

La historia que voy a contar es una entre muchas. Uno de los que han estudiado en el I.T.I. era un muchacho que se ganaba la vida voceando periódicos por las calles. Un día vio el anuncio de la Escuela y fue, para ver de qué se trataba. Ahora, con los conocimientos que ha adquirido, trabaja como técnico en una universidad y ha conseguido que su familia no pase hambre.

Por esa razón necesitamos muchos donantes generosos que contribuyan con becas para ayudar a chicos como éste, de forma que consigan romper la espiral de la pobreza que les atenaza y logren encontrar un trabajo digno. No basta con darles ayudas puntuales; hay que enseñarles a llevar una vida digna, dándoles los medios para que puedan valerse por sí mismos, de forma que puedan crear pequeños negocios y puedan mantener dignamente a su familia.

Esta escuela es una siembra de virtudes humanas y cristianas, como la honradez y la justicia social. Como es bien sabido, Nigeria sufre un alto grado de corrupción. Durante años ha encabezado, desgraciadamente, la lista de los países corruptos del mundo. Se han promulgado algunas leyes para evitarlo, pero resultan insuficientes.

Algunos miembros del Opus Dei han impulsado una escuela de dirección en Nigeria, para la formación de empresarios, que se propone difundir los valores de la honestidad, la responsabilidad y la justicia en este ámbito profesional. Es muy importante que el país cuente con personalidades que sean un punto de referencia, yo conocí a algunas de ellas en su juventud: personas que tras muchos años de trabajo y esfuerzo, ocupan cargos de responsabilidad en el país.

Lo mismo me sucede en otros ámbitos bien diferentes del empresarial. A mi amigo Job, tres años después de conocernos, todavía muy joven, le nombraron obispo de Ibadan. Recuerdo que quiso que yo le diera el retiro previo a su ordenación. Ahora es Arzobispo de Ibadán y le acaban de nombrar Presidente de la Conferencia Episcopal.

La sonrisa de África

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Dos investigadoras del CIMA de la Universidad de Navarra reparten medicinas y material escolar en Gambia

Opus Dei - Cristina Natal Gorgojo (izquierda) y Natalia López Andrés rodeadas de un grupo de niños gambianos

Cristina Natal Gorgojo (izquierda) y Natalia López Andrés rodeadas de un grupo de niños gambianos

Natalia López Andrés y Cristina Natal Gorgojo, investigadoras del Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA) de la Universidad de Navarra, junto con otros 9 navarros, buscaban en una agencia de viajes un destino de vacaciones para el puente foral. No habían pensado en un país en vías de desarrollo como destino, pero decidieron probar y compraron un billete a Gambia, donde permanecieron entre el 30 de noviembre y el 7 de diciembre.

Antes de la fecha de partida, buscaron información sobre el país en Internet y descubrieron la ONG “Colores de África”. “Esta organización pide a los turistas que van a Gambia que aprovechen el viaje para llevar cosas que la población necesita. Esto nos ayudó a priorizar. En vez de llenar la maleta de ropa, la llenamos con material escolar y medicinas”, explica la bióloga Natalia López.

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“Pedimos ayuda a nuestros amigos y también aprovechamos el material que nos dan en congresos y otros eventos. Además, la madre de un compañero de laboratorio tiene una farmacia y nos facilitó los medicamentos”, señala Cristina, licenciada en bioquímica.

La sonrisa de África

Se alojaron en Serekunda, ciudad situada al oeste del país, pero visitaron, con la ayuda de dos guías, escuelas y guarderías donde existe un alto índice de pobreza. También fueron a una de las zonas más deprimidas, Coconut Island. A pesar de la miseria, tanto Natalia como Cristina señalan que Gambia “es un país diferente” y destacan, sobre todo, “las ganas de vivir de la población”. “Hablan de Gambia como la sonrisa de África y hemos podido comprobar que es cierto. La gente es fantástica y a pesar de su pobreza son muy, muy generosos. A todos nos ha hecho pensar mucho”, comenta Cristina.

Opus Dei - Aquí está Gambia

Aquí está Gambia

Las dos investigadoras trabajan en el laboratorio de Hipertensión y Metabolismo del área de Ciencias Cardiovasculares del CIMA de la Universidad de Navarra. Después de este viaje solidario, han decidido repetir experiencia y pasar sus próximas “vacaciones” de Semana Santa en Gambia. “Volveremos con otra mentalidad, porque conocemos el país. Esta vez llevaremos mapas del mundo, pizarras, cosas que sabemos que no tienen los niños…”. Mientras preparan este viaje, en el que también participarán los otros nueve navarros que les acompañaron en el primero, su objetivo es promocionar esta nación: “Cuando nos marchamos, la gente nos dijo: ‘Ahora sois los embajadores del país’”, recuerda Natalia.

A continuación ofrecemos un texto publicado en el “Diario de Navarra” en el que se cuenta como Natalia y Cristina consiguieron enviar:

15 toneladas para Gambia

Opus Dei - Cristina Natal (izda.) y Natalia López, en el laboratorio del CIMA donde trabajan

Cristina Natal (izda.) y Natalia López, en el laboratorio del CIMA donde trabajan

NATALIA López Andrés (soriana de 27 años) y Cristina Natal Gorgojo (leonesa de 30) conocieron Gambia en un viaje del 30 de noviembre al 7 de diciembre. Desde entonces, estas dos investigadoras del CIMA de la Universidad de Navarra sólo piensan en buscar los medios humanos y económicos para ayudar a los habitantes del país conocido como la sonrisa de África.

El 22 de enero, un lector de Diario de Navarra que había visto un reportaje publicado dos días antes sobre el viaje de las jóvenes a Gambia les llamó para hacerles una oferta que no rechazaron.

Solidaridad anónima

«Nos dijo que tenía preparado un contenedor de 15 toneladas con material quirúrgico, medicinas, ropa, calzado y comida y que nos lo regalaba para que lo mandásemos a Gambia. Nos contó que, desde hace años, él reúne material y se lo da a alguna ONG. Hemos estado con él y hemos visitado el almacén en el que guarda el contenedor, pero no quiere que se sepa quién es. Ahora nos toca a nosotras movernos para conseguir el dinero necesario para mandar el contenedor a África», relató.

Enviar el contenedor en barco a Gambia y transportarlo allí en camión cuesta unos 6.000 euros. «Contamos con el problema de que en Gambia no hay camiones tan grandes para transportar 15 toneladas. Tendríamos que alquilar uno en Senegal y llevarlo a Gambia», indicó López.

Llegada a Gambia el 5 de abril

López y Natal tienen previsto que tanto ellas como el contenedor lleguen a Gambia el próximo 5 de abril. «El contenedor lo mandaremos 15 días antes para que llegue a la vez que nosotras. Todavía no hemos confirmado cuántos vamos a ir, pero seremos bastantes porque además de varias personas de Navarra, País Vasco, Zaragoza o Madrid con las que coincidimos en Gambia y con las que mantenemos contacto, varios compañeros del CIMA nos han dicho que quieren ir», recordó López llena de entusiasmo.

Opus Dei - Moneda oficial de Gambia

Moneda oficial de Gambia

Para conseguir los 6.000 euros, las dos jóvenes iniciaron una campaña el mismo 22 de enero. «Hemos abierto una cuenta en Caja Navarra con el nombre de La sonrisa de África para que todo aquel que lo desee ingrese dinero. También hemos editado un cartel que estamos pegando por toda Pamplona y enviando a todos nuestros conocidos para que lo envíen a más gente».

Barça y Osasuna

Natalia López es una gran seguidora del Fútbol Club Barcelona, al que no dudó en pedir ayuda. «En Gambia había muchísimos niños con la camiseta del Barça y yo me hice fotos con todos. Se me ocurrió mandarlas al club para ver si podían enviarnos camisetas y balones para que las llevemos a Gambia. Sorprendentemente, nos contestaron que sí el mismo día. Y, aprovechando que este domingo vienen a Pamplona a jugar contra Osasuna, hemos quedado con representantes del club para que nos den el material».

Por su parte, el club rojillo, a través de la Fundación Osasuna, también ha respondido afirmativamente a la propuesta que les hicieron las dos investigadoras y también donará camisetas y balones que viajarán a Gambia.

Cursos solidarios

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Pero las ideas de López y Natal no terminan ahí. Estas dos jóvenes también han conseguido involucrar a varias entidades deportivas para que organicen cursos solidarios para recaudar dinero y alcanzar así los 6.000 euros. «El Spinning Club va a organizar en marzo en la A.D. San Juan, en el Polideportivo de Berriozar y en el gimnasio León de la Rochapea cursos solidarios de spinning.

También hemos mandado una invitación a todos los monitores de spinning de España animando a realizar el mismo evento y, de momento, ya nos han contestado de forma positiva desde Zaragoza», señaló López ilusionada, quien añadió: «Estamos muy agobiadas con todo lo que se ha montado porque cuando salimos de trabajar nos pasamos el día mandando e-mails, llamando por teléfono y quedando con gente para comentarles nuestra iniciativa. Pero sabemos que todo nuestro esfuerzo es poco. En Gambia nos trataron con muchísimo cariño y amabilidad. Sabemos cómo viven allí y esperamos que nuestro gesto y el de muchas personas que ya se han visto involucradas en este proyecto, les hagan la vida un poquito mejor.

Kenia y Uganda: dos maneras de vivir África

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María Jesús Otero recuerda en un artículo publicado en “La Razón” los veinte años que pasó como enfermera en Kenia y Uganda

Opus Dei - María Jesús Otero

María Jesús Otero

Tras veinte años trabajando en Kenia y Uganda, María Jesús Otero piensa en inglés. Eso dice ella. «Me cuesta recordar algunas palabras en español», asegura esta, enfermera que empezó a trabajar en África en las embajadas de Perú y Chile.

Allí se empapó del idioma anglosajón y empezó a desarrollar una tarea humanitaria incesante.

María José participó en la presentación del documental «Amar al mundo apasionadamente», en Valladolid, junto con Rosario Bachiller, José María García, Belén Sagardía, Ramón Sampietro o el atleta Isaac Viciosa.

Esta enfermera vallisoletana residente en Uganda es otro ejemplo de la vida diaria de este colectivo. «El mensaje de San Josemaría ha influido en en mi vida personal y social; pero sobre todo lo ha hecho en la vida de África. El Opus Dei llega a Kenia -donde residió María Jesús  Otero durante nueve años- antes de lograr la independencia, cuando nadie podía imaginar no hacer diferenciación entre razas. «El mensaje de Escrivá de Balaguer es que sólo hay una raza, y es la de los hijos de Dios», expone.

Lo primero que hizo en Kenia, en su labor humanitaria, fue coordinar la construcción de un colegio –en terrenos de una antigua embajada-, al que acuden africanos, asiáticos y europeos, algo impensable con anterioridad, ya que incluso los padres de los escolares eran reacios a ello.

Su labor como enfermera, ya en Uganda, más concretamente en su capital, Kampala, tiene un destino concreto, los suburbios, porque «no hay dinero, no hay donde ir». Con un grupo de universitarias pertenecientes al Teemba Study Center ha puesto en marcha una «clínica móvil», que recibe donaciones de empresas farmacéuticas y otros colectivos, con lo que pueden completar consultas y tratamientos.

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Uganda, explica María Jesús Otero ha sido muy atacada por el SIDA. La mujer del presidente de Uganda, Yoweri Museveni, con quien ha colaborado María Jesús, que lleva diez años en ese país del Este de África, ha hecho una campaña de educación sexual, recordando valores enfocados a las relaciones humanas.

«Tratar tanto con la muerte, me ha ayudado a valorar la vida», explica María Jesús, quien también trabajó con niños huérfanos que protagonizaron un documental del Colegio Mayor Goimendi, de Navarra, hace dos años.

En Kampala se ha creado también una escuela de hostelería de la mano de este grupo de trabajo, denominada Pearlcrest Hospitality Training Institute. Uganda es un país que se está recuperando de tres guerras y que apuesta por el turismo, la recuperación de espacios naturales y la puesta en marcha de nuevas infraestructuras. Las embajadas vuelven al país, se abren mejores comercios, universidades, aunque, dice, las ayudas que se reciben no se dirigen en ocasiones a la educación, la salud o los nuevos equipamientos, al establecerse contratos de gobierno a gobierno.

Destaca María Jesús que hay voluntariado, como el desarrollado por universitarias navarras que han permitido salir adelante a niños víctimas del SIDA, y han impulsado su apadrinamiento, que facilitará a muchos una educación secundaria.

Monkole, en los alrededores de Kinshasa

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Celine Tendobi, joven numeraria del Opus Dei, cuenta su experiencia

12 de junio de 2007

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Sucedió todo de forma muy sencilla. Yo acababa de terminar el bachillerato y estaba en mi parroquia, la iglesia de la Resurrección de Kinshasa, aguardando turno para confesarme antes de Misa, como otras semanas. La fila para confesarse era bastante larga.

Yo iba a la parroquia todos los domingos y ayudaba en lo que podía, como otras chicas católicas de mi edad. A veces, por ejemplo, hacía las lecturas.

Aquel día estaba un poco nerviosa porque acababa de presentarme a los exámenes para pasar a la Universidad y todavía no me habían dado las notas; y mientras esperábamos –la fila era larga, como he dicho- comencé a charlar con una chica que estaba a mi lado. Y en un determinado momento le comenté, entre otras cosas, que estaba buscando un sacerdote con el que pudiese charlar de algunas cuestiones personales.

-¡Ah! –me dijo-. Yo te puedo presentar uno: l´abbé Quirós, un sacerdote del Opus Dei.

Y me explicó que ese sacerdote atendía un Centro de mujeres del Opus Dei, y que allí acudían muchas chicas de mi edad para formarse cristianamente, tener dirección espiritual, estudiar, etc. Aquello me interesó mucho, y un día fuimos al centro, que se llamaba Tangwa, “eco” en lengua lingala.

Me gustó. Era una casa muy sencilla, situada en Livulu, Oasis, en Lemba, a unos 1500 metros de la Universidad pública de Kinshasa. Era sencilla, pero estaba puesta con gusto, limpia y ordenada.

Opus Dei - Niña congoleña

Niña congoleña

Comencé a charlar regularmente con l´abbé y cuando me matriculé en la Universidad iba a estudiar con frecuencia a aquel Centro, que contaba con una buena sala de estudio y una biblioteca. Ahora hay un Centro que conserva el mismo nombre, pero está en otro sitio. Me invitaron a círculos y acepté encantada, porque buscaba desde hacía tiempo una formación que complementase la formación católica que me habían dado mis padres. Somos ocho hermanos –cinco chicas y tres chicos- y yo soy la tercera.

En esos círculos fui conociendo el mensaje de la santidad en la vida corriente y en el ejercicio de la profesión que enseña San Josemaría. Yo soñaba con ser una buena cristiana y una buena profesional de la medicina, pero no sabía cómo hacer realidad las aspiraciones de entrega a Dios que sentía en mi alma. Fui comprendiendo, poco a poco, que Dios me había ido mostrando el camino de mi vocación de una forma muy sencilla: primero, gracias a la formación que me habían dado en mi casa; luego, mediante las actividades en la parroquia, y más tarde, gracias a aquella conversación que me había traído hasta el Centro… Sí; estaba claro: el Opus Dei era lo que Dios me pedía. Ése era mi camino.

Recé mucho, pedí luces y un día me decidí a pedir la admisión. Cuando lo hice, encontré una gran paz y una profunda serenidad interior. Era como si el Señor me dijese en el fondo del alma: “Celine, al fin has llegado: ya estás donde Yo te quería”.

Descubrí, gracias al espíritu del Opus Dei, la maravilla de la vocación cristiana y fui profundizando en las exigencias del Bautismo. Comprendí que vivir “en cristiano” es incompatible con una existencia replegada en si misma. Me fueron mostrando las exigencias de la caridad y de la justicia, junto con las enseñanzas de la Iglesia en materia social, de las que tantas veces se hizo eco San Josemaría. Pero era yo –me insistieron- la que debía dar mi respuesta personal ante los problemas de mi sociedad.

Opus Dei - Situación geográfica de El Congo

Situación geográfica de El Congo

Como en tantos países, en la República del Congo hay muchas personas que viven en condiciones de vida penosas y que necesitan nuestra ayuda. Comencé a participar en unas actividades de promoción social que se impulsaban desde el Centro en Mont-Ngafula, un poblado de carácter semirural. Esa zona sufre muchas necesidades básicas, aunque está situada sólo a treinta kilómetros de la capital.

Comenzamos dando unas cuantas clases al aire libre, sentadas sobre unas cañas de bambú bajo los árboles. Venía un grupo cada vez más numeroso de madres de familia y de mujeres jóvenes. Les dábamos algunos rudimentos de alfabetización, junto con nociones elementales de higiene y costura en lengua lingala. A veces las clases se acababan rápidamente, porque se desataba de pronto una tormenta y nos teníamos que marchar para guarecernos del chaparrón…

Así estuvimos hasta que Monkole, un hospital promovido por personas del Opus Dei, construyó unos locales en aquella zona, en los que se comenzó a dar atención sanitaria, humana y social a todas estas gentes. Al principio todo era de carácter elemental. Con el tiempo, tanto la atención médica como los diversos servicios se han ido especializando y profesionalizando.

Yo era muy joven todavía –estaba en los primeros cursos de Medicina- cuando me preguntaron si estaba dispuesta a responsabilizarme de algunas actividades de carácter social de aquel proyecto. Acepté encantada.

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Nos enfrentábamos con muchos retos. Las familias eran muy buenas y nos acogían muy bien, pero lo ignoraban casi todo en higiene y nutrición. Muchas de las madres eran jóvenes, algunas casi niñas… Había que enseñarles a cuidar y a educar a sus hijos, que presentaban con frecuencia síntomas graves de anemia, fruto de la mala alimentación.

Algunos estudiantes de Medicina europeos se quejan porque mientras realizan sus estudios se sienten “alejados” de los problemas sanitarios reales: dicen que no tocan la realidad. No era ése mi problema: en mis clases de Universidad iban analizando día tras día cuestiones y problemas que yo tocaba constantemente con mis manos.

A medida que me fui formando como médico, el proyecto fue creciendo y consolidándose en toda la zona. Se pusieron en marcha varios programas de ayuda y comenzamos a enseñar las nociones básicas de una alimentación equilibrada, junto con algunos principios elementales de higiene y comportamiento. Son principios muy sencillos, pero nadie nace sabiendo: se necesita que haya una persona concreta que los enseñe, en el lenguaje adecuado y del modo conveniente a la mentalidad de cada uno. Durante siglos estas gentes no habían contado con esa persona concreta.

Cuando acabé la carrera me dediqué profesionalmente a la atención de esa población y contamos en la actualidad con un pequeño ambulatorio en el que atendemos consultas prenatales y de pediatría. No son simples “consultas”, porque no se trata sólo de atender al paciente, darle una receta y despedirse de él, como sucede en tantos lugares.

Opus Dei - Kinsasha

Kinsasha

En Monkole nos proponemos ayudar a cada paciente, a cada persona, una a una, ayudándola a resolver sus dificultades, que son distintas en cada caso. Con frecuencia son madres muy jóvenes con hijos enfermos, que no saben qué hacer con ellos, porque nadie les ha enseñado. Además de darles las medicinas específicas y el tratamiento a seguir, hay que hablar con ellas, interesarse por sus problemas, ofrecer algunas pautas de conducta personal, orientar, contestar a sus dudas, explicar -de forma comprensible- cómo pueden actuar en esta situación y en esta otra, a quiénes pueden acudir cuando les suceda esto o lo de más allá… No es fácil. El médico, en estos lugares, debe ser al mismo tiempo un educador social, un promotor de salud, un consejero familiar y un amigo en el que se pueda confiar plenamente.

Si se desconoce su mentalidad y su forma peculiar de afrontar y resolver los problemas, es difícil ayudarles de forma eficaz, porque con frecuencia no entienden exactamente lo que se les pregunta. Hay que adecuar el lenguaje a sus propias categorías, ya que es fácil que no valoren la trascendencia médica de las respuestas que dan. Por ejemplo, hace poco le pregunté a una joven embarazada si sabía cual era su grupo sanguíneo y su RH: ¿A positivo, A negativo, B positivo, B negativo, 0 negativo, 0 positivo?

-¿Sabes cual es? –le dije.

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-Claro que lo sé –me contestó, resuelta-: 0 positivo.

Lo anoté y seguí preguntándole por otras cuestiones, de las que deduje que nunca se había hecho un análisis de sangre.

-Entonces… ¿cómo sabes que tienes 0 positivo?

-¡Porque es el numero más bonito de los que me ha dicho!

Estamos impulsando desde Monkole varios programas de lucha contra la desnutrición, en los que se ha ayudado a un buen número de familias. Hemos logrado que aumenten el número de comidas que hacen al cabo de la jornada, pasando de una a tres comidas al día. Se ha logrado también la escolarización de muchos niños y una atención médica regular. Para eso hemos realizado un estudio de los parámetros antropométricos y de las necesidades más urgentes de la población infantil.

También se han puesto en marcha algunos proyectos de piscicultura, que puedan ayudar a estas familias a tener una dieta alimenticia más equilibrada.

Los niños abandonados y huérfanos constituyen un capítulo especial, y desde hace dos años estamos organizando varios proyectos específicos para ellos, con programas de higiene y de nutrición. Esto exige conocer bien las situaciones en que viven y las características del entorno. Necesitamos colaboración para llevar a cabo estos proyectos, porque en ocasiones tenemos que suspenderlos temporalmente -como éste, con los niños huérfanos- mientras recabamos nuevas ayudas económicas.

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Otro capítulo especial es la lucha contra el SIDA. Estamos promoviendo, junto con la atención médica y personal, los códigos de conducta que tan eficaces se han revelado para combatir esta enfermedad en otros países africanos. Se ha demostrado que el mejor camino para obtener resultados eficaces en la prevención de esta enfermedad es favorecer la laboriosidad, el sentido de la responsabilidad y las virtudes de la fidelidad y la continencia.

También hacemos un seguimiento gratuito de los embarazos, promoviendo la atención médica durante el parto, porque cuando surgen complicaciones –ya sea por falta de medios o por ignorancia- son pocas las mujeres que acuden a un hospital o piden atención sanitaria.

En resumen: desde aquellas primeras clases bajo los árboles, que a veces terminaban de repente a causa de la lluvia, hemos ido dando pasos en la promoción humana, médica, laboral y espiritual de estas gentes. Entonces yo era sólo una inexperta e ilusionada estudiante de Medicina.

Pero nos queda todavía mucho camino por recorrer. Es un camino difícil y esperanzado, en el que contamos con la solidaridad de personas de todo el mundo que, gracias a proyectos como Harambee, nos ayudan a ayudar a esta población africana de los alrededores de Kinshasa.


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